COMO MARTIN ZALACAIN BUSCO NUEVAS AVENTURAS
Una noche de invierno llovia en las calles de San Juan de Luz; algun mechero de gas temblaba a impulsos del viento, y de las puertas de las tabernas salian voces y sonido de acordeones.
En Socoa, que es el puerto de San Juan de Luz, en una taberna de marineros, cuatro hombres, sentados en una mesa, charlaban. De cuando en cuando, uno de ellos abria la puerta de la taberna, avanzaba en el muelle silencioso, miraba al mar y al volver decia:
--Nada, la _Fleche_ no viene aun.
El viento silbaba en bocanadas furiosas sobre la noche y el mar negros, y se oia el ruido de las olas azotando la pared del muelle.
En la taberna, Martin, Bautista, Capistun y un hombre viejo, a quien llamaban Ospitalech, hablaban; hablaban de la guerra carlista, que seguia como una enfermedad cronica sin resolverse.
--La guerra acaba--dijo Martin.
--?Tu crees?--pregunto el viejo Ospitalech.
--Si, esto marcha mal, y yo me alegro--dijo Capistun.
--No, todavia hay esperanza--repuso Ospitalech.
--El bombardeo de Irun ha sido un fracaso completo para los carlistas--dijo Martin--. iY que esperanzas tenian todos estos legitimistas franceses! Hasta los hermanos de la Doctrina Cristiana habian dado vacaciones a los ninos para que fuesen a la frontera a ver el espectaculo. iCanallas! Y ahi vimos a ese arrogante don Carlos, con sus terribles batallones, echando granadas y granadas, para tener luego que escaparse corriendo hacia Vera.
--Si la guerra se pierde, nos arruinamos--murmuro Ospitalech.
Capistun estaba tranquilo, pensaba retirarse a vivir a su pais; Bautista, con las ganancias del contrabando, habia extendido sus tierras. De los tres, Zalacain no estaba contento. Si no le hubiese retenido el pensamiento de encontrar a Catalina, se hubiera ido a America.
Llevaba ya mas de un ano sin saber nada de su novia; en Urbia se ignoraba su paradero, se decia que dona Agueda habia muerto, pero no se hallaba confirmada la noticia.
De estos cuatro hombres de la taberna de Socoa, los dos contentos, Bautista y Capistun, charlaban; los otros dos rabiaban y se miraban sin hablarse. Afuera llovia y venteaba.
--?Alguno de vosotros se encargaria de un negocio dificil, en que hay que exponer la pelleja?--pregunto de pronto Ospitalech.
--Yo no--dijo Capistun.
--Ni yo--contesto distraidamente Bautista.
--?De que se trata?--pregunto Martin.
--Se trata de hacer un recorrido por entre las filas carlistas y conseguir que varios generales y, ademas, el mismo don Carlos, firmen unas letras.
--iDemonio! No es facil la cosa--exclamo Zalacain.
--Ya lo se que no; pero se pagaria bien.
--?Cuanto?
--El patron ha dicho que daria el veinte por ciento, si le trajeran las letras firmadas.
--?Y a cuanto asciende el valor de las letras?
--?A cuanto? No se de seguro la cantidad. ?Pero es que tu irias?
--?Por que no? Si se gana mucho...
--Pues entonces espera un momento. Parece que llega el barco, luego hablaremos.
Efectivamente, se habia oido en medio de la noche un agudo silbido. Los cuatro salieron al puerto y se oyo el ruido de las aguas removidas por una helice, y luego aparecieron unos marineros en la escalera del muelle, que sujetaron la amarra en un poste.
--iEup! Manisch--grito Ospitalech.
--iEup!--contestaron desde el mar.
--?Todo bien?
--Todo bien--respondio la voz.
--Bueno, entremos--anadio Ospitalech--que la noche esta de perros.
Volvieron a meterse en la taberna los cuatro hombres, y poco despues se unieron a ellos Manisch, el patron del barco la _Fleche_, que al entrar se quito el sudeste, y dos marineros mas.
--?De manera que tu estas dispuesto a encargarte de ese asunto?--pregunto Ospitalech a Martin.
--Si.
--?Solo?
--Solo.
--Bueno, vamos a dormir. Por la manana iremos a ver al principal y te dira lo que se puede ganar.
Los marineros de la _Fleche_ comenzaban a beber, y uno de ellos cantaba, entre gritos y patadas, la cancion de _Les matelot de la Belle Eugenie_.
Al dia siguiente, muy temprano, se levanto Martin y con Ospitalech tomo el tren para Bayona. Fueron los dos a casa de un judio que se llamaba Levi-Alvarez. Era este un hombre bajito, entre rubio y canoso, con la nariz arqueada, el bigote blanco y los anteojos de oro. Ospitalech era dependiente del senor Levi-Alvarez y conto a su principal como Martin se brindaba a realizar la expedicion dificil de entrar en el campo carlista para volver con las letras firmadas.
--?Cuanto quiere usted por eso?--pregunto Levi-Alvarez.
--El veinte por ciento.
--iCaramba! Es mucho.
--Esta bien, no hablemos, me voy.
--Espere usted. ?Sabe usted que las letras ascienden a ciento veinte mil duros? El veinte por ciento seria una cantidad enorme.
--Es lo que me ha ofrecido Ospitalech. Eso o nada.
--iQue barbaridad! No tiene usted consideracion...
--Es mi ultima palabra. Eso o nada.
--Bueno, bueno. Esta bien. ?Sabe usted que si tiene suerte se va usted a ganar veinticuatro mil duros...?
--Y si no me pegaran un tiro.
--Exacto. ?Acepta usted?
--Si, senor, acepto.
--Bueno. Entonces estamos conformes.
--Pero yo exijo que usted me formalice este contrato por escrito--dijo Martin.
--No tengo inconveniente.
El judio quedo un poco perplejo y, despues de vacilar un poco, pregunto:
--?Como quiere usted que lo haga?
--En pagares de mil duros cada uno.
El judio, despues de vacilar, lleno los pagares y puso los sellos.
--Si cobra usted--advirtio--de cada pueblo me puede usted ir enviando las letras.
--?No las podria depositar en los pueblos en casa del notario?
--Si, es mejor. Un consejo. En Estella no vaya usted donde el ministro de la guerra. Presentese usted al general en jefe y le entrega usted las cartas.
--Eso hare.
--Entonces, adios, y buena suerte.
Martin fue a casa de un notario de Bayona, le pregunto si los pagares estaban en regla y, habiendole dicho que si, los deposito bajo recibo.
El mismo dia se fue a Zaro.
--Guardadme este papel--dijo a Bautista y a su hermana--dandoles el recibo.
Yo me voy.
--?Adonde vas?--pregunto Bautista.
Martin le explico sus proyectos.
--Eso es un disparate--dijo Bautista--te van a matar.
--iCa!
--Cualquiera de la partida del Cura que te vea te denuncia.
--No esta ninguno en Espana. La mayoria andan por Buenos Aires. Algunos los tienes por aqui, por Francia, trabajando.
--No importa, es una barbaridad lo que quieres, hacer.
--iHombre! Yo no obligo a nadie a que venga conmigo--dijo Martin.
--Es que si tu crees que eres el unico capaz de hacer eso, estas equivocado--replico Bautista--. Yo voy donde otro vaya.
--No digo que no.
--Pero parece que dudas.
--No, hombre, no.
--Si, si, y para que veas que no hay tal cosa, te voy a acompanar. No se dira que un vasco frances no se atreve a ir donde vaya un vasco espanol.
--Pero hombre, tu estas casado--repuso Martin.
--No importa.
--Bueno, ya veo que lo tu quieres es acompanarme. Iremos juntos, y, si conseguimos traer las letras firmadas te dare algo.
--?Cuanto?
--Ya veremos.
--iQue granuja eres!--exclamo Bautista--?para que quieres tanto dinero?
--?Que se yo? Ya veremos. Yo tengo en la cabeza algo. ?Que? No lo se, pero sirvo para alguna cosa. Es una idea que se me ha metido en la cabeza hace poco.
--?Que demonio de ambicion tienes?
--No se, chico, no se--contesto Martin--pero hay gente que se considera como un cacharro viejo, que lo mismo puede servir de taza que de escupidera. Yo no, yo siento en mi, aqui dentro, algo duro y fuerte... no se explicarme.
A Bautista le extranaba esta ambicion obscura de Martin, porque el era claro y ordenado y sabia muy bien lo que queria.
Dejaron esta cuestion y hablaron del recorrido que tenian que hacer.
Este comenzaria yendo en el vaporcito la _Fleche_ a Zumaya y siguiendo de aqui a Azpeitia, de Azpeitia a Tolosa y de Tolosa a Estella. Para no llevar la lista de todas las personas a quien tenian que ver y estar consultando a cada paso lo que podia comprometerles, Bautista, que tenia magnifica memoria, se la aprendio de corrido; cosieron las letras entre el cuero de las polainas y por la noche se embarcaron.
Entraron en el vaporcito de la _Fleche_ en Socoa y se echaron al mar. Bautista y Zalacain pasaron la travesia metidos en un camarote pequeno dando tumbos.
Al amanecer, el piloto vio hacia el cabo de Machichaco un barco que le parecio de guerra, y forzando la marcha entro en Zumaya.
Varias companias carlistas salieron al puerto dispuestas a comenzar el fuego, pero cuando reconocieron el barco frances se tranquilizaron. Despues de desembarcar, la memoria admirable de Bautista indico las personas a quienes tenian que visitar en este pueblo. Eran tres o cuatro comerciantes. Los buscaron, firmaron las letras, compraron los viajeros dos caballos, se agenciaron un salvo-conducto; y por la tarde, despues de comer, Martin y Bautista se encaminaron por la carretera de Cestona.
Pasaron por el pueblecito de Oiquina, constituido por unos cuantos caserios colocados al borde del rio Urola, luego por Aizarnazabal y en la venta de Iraeta, cerca del puente, se detuvieron a cenar.
La noche se echo pronto encima. Cenaron Martin y Bautista y discutieron si seria mejor quedarse alli o seguir adelante, y optaron por esto ultimo.
Montaron en sus jamelgos, y al echar a andar vieron que de una casa proxima al puente de Iraeta salia un coche arrastrado por cuatro caballos. El coche comenzo a subir el camino de Cestona al trote. Este trozo de camino, desde Iraeta a Cestona, pasa entre dos montes y tiene en el fondo el rio. De noche, sobre todo, el tal paraje es triste y siniestro.
Martin y Bautista, por ese sentimiento de fraternidad que se siente en las carreteras solitarias, quisieron acercarse al coche y ponerse al habla con el cochero, pero sin duda el cochero tenia razones para no querer compania, porque, al notar que le seguian, puso los caballos al trote largo y luego los hizo galopar.
Asi, el coche delante y Martin y Bautista detras, subieron a Cestona, y al llegar aqui el coche dio una vuelta rapida y poco despues echo un fardo al suelo.
--Es algun contrabandista--dijo Martin.
Efectivamente, lo era; hablaron con el y el hombre les confeso que habia estado dispuesto a dispararles al ver que le perseguian. Marcharon los tres a la posada, ya hechos amigos, y Martin fue a ver a un confitero carlista de la calle Mayor.
Durmieron en la posada de Blas y muy de manana Zalacain y Bautista se prepararon a seguir su camino.
Era el dia lluvioso y frio, la carretera, amarillenta, llena de baches, ondulaba por entre campos verdes; no se veia el monte Itzarroiz, envuelto entre la bruma. El rio, crecido, iba de color de ocre. Se detuvieron en Lasao, en la posesion de un baron carlista, a hacer que su administrador firmara un documento y siguieron bordeando el Urola hasta Azpeitia.
Aqui el trabajo era bastante grande y tardaron en terminarle. Al anochecer, estuvieron ya libres, y, como preferian no quedarse en pueblos grandes, tomaron un camino de herradura que subia al monte Hernio y fueron a dormir a una aldea llamada Regil.
El tercer dia, de Regil cogieron el camino de Vidania, y llegaron a Tolosa, en donde estuvieron unas horas.
De Tolosa fueron a dormir a un pueblo proximo. Les dijeron que por alla andaba una partida, y prefirieron seguir adelante. Esta partida, dias antes, habia apaleado barbaramente a unas muchachas, porque no quisieron bailar con unos cuantos de aquellos foragidos. Dejaron el pueblo, y, unas veces al trote y otras al paso, llegaron hasta Amezqueta, en donde se detuvieron.