148apps.com BestAppEver: “Stanza has redefined how everyone thinks about reading on a mobile device.”
2008 Best Free App

Zalacaín El Aventurero by Baroja, Pío - CAPITULO VII

(download Open eBook Format)

Zalacaín El Aventurero

CAPITULO VII

CO­MO MAR­TIN ZA­LA­CAIN BUS­CO NUEVAS AVEN­TURAS

Una noche de in­vier­no llovia en las calles de San Juan de Luz; al­gun mechero de gas tem­bla­ba a im­pul­sos del vien­to, y de las puer­tas de las taber­nas salian vo­ces y sonido de acordeones.

En So­coa, que es el puer­to de San Juan de Luz, en una taber­na de marineros, cu­atro hom­bres, sen­ta­dos en una mesa, char­la­ban. De cuan­do en cuan­do, uno de el­los abria la puer­ta de la taber­na, avan­za­ba en el muelle si­len­cioso, mira­ba al mar y al volver de­cia:

--Na­da, la _Fleche_ no viene aun.

El vien­to sil­ba­ba en bo­canadas fu­riosas so­bre la noche y el mar ne­gros, y se oia el rui­do de las olas azotan­do la pared del muelle.

En la taber­na, Mar­tin, Bautista, Capis­tun y un hom­bre viejo, a quien llam­aban Os­pi­talech, habla­ban; habla­ban de la guer­ra carlista, que seguia co­mo una en­fer­medad cron­ica sin re­sol­verse.

--La guer­ra aca­ba--di­jo Mar­tin.

--?Tu crees?--pre­gun­to el viejo Os­pi­talech.

--Si, es­to mar­cha mal, y yo me ale­gro--di­jo Capis­tun.

--No, to­davia hay es­per­an­za--re­pu­so Os­pi­talech.

--El bom­bardeo de Irun ha si­do un fra­ca­so com­ple­to para los carlis­tas--di­jo Mar­tin--. iY que es­per­an­zas teni­an to­dos es­tos le­git­imis­tas france­ses! Has­ta los her­manos de la Doc­tri­na Cris­tiana habi­an da­do va­ca­ciones a los ni­nos para que fue­sen a la fron­tera a ver el es­pec­tac­ulo. iCanal­las! Y ahi vi­mos a ese ar­ro­gante don Car­los, con sus ter­ri­bles batal­lones, echan­do granadas y granadas, para ten­er luego que es­caparse cor­rien­do ha­cia Ve­ra.

--Si la guer­ra se pierde, nos ar­ru­inamos--mur­muro Os­pi­talech.

Capis­tun es­ta­ba tran­qui­lo, pens­aba re­ti­rarse a vivir a su pais; Bautista, con las ganan­cias del con­tra­ban­do, habia ex­ten­di­do sus tier­ras. De los tres, Za­la­cain no es­ta­ba con­tento. Si no le hu­biese retenido el pen­samien­to de en­con­trar a Catali­na, se hu­biera ido a Amer­ica.

Ll­ev­aba ya mas de un ano sin saber na­da de su novia; en Ur­bia se ig­nor­aba su pa­radero, se de­cia que dona Ague­da habia muer­to, pero no se hal­la­ba con­fir­ma­da la noti­cia.

De es­tos cu­atro hom­bres de la taber­na de So­coa, los dos con­tentos, Bautista y Capis­tun, char­la­ban; los otros dos ra­bi­aban y se mira­ban sin hablarse. Afuera llovia y ven­te­aba.

--?Al­guno de vosotros se en­car­garia de un ne­go­cio di­fi­cil, en que hay que ex­pon­er la pelle­ja?--pre­gun­to de pron­to Os­pi­talech.

--Yo no--di­jo Capis­tun.

--Ni yo--con­testo dis­traida­mente Bautista.

--?De que se tra­ta?--pre­gun­to Mar­tin.

--Se tra­ta de hac­er un recor­ri­do por en­tre las fi­las carlis­tas y con­seguir que var­ios gen­erales y, ade­mas, el mis­mo don Car­los, fir­men unas le­tras.

--iDe­mo­nio! No es facil la cosa--ex­clamo Za­la­cain.

--Ya lo se que no; pero se pa­garia bi­en.

--?Cuan­to?

--El pa­tron ha di­cho que daria el veinte por cien­to, si le tra­jer­an las le­tras fir­madas.

--?Y a cuan­to asciende el val­or de las le­tras?

--?A cuan­to? No se de se­guro la can­ti­dad. ?Pero es que tu irias?

--?Por que no? Si se gana mu­cho...

--Pues en­tonces es­pera un mo­men­to. Parece que lle­ga el bar­co, luego hablare­mos.

Efec­ti­va­mente, se habia oi­do en medio de la noche un agu­do sil­bido. Los cu­atro salieron al puer­to y se oyo el rui­do de las aguas re­movi­das por una he­lice, y luego aparecieron un­os marineros en la es­calera del muelle, que su­je­taron la amar­ra en un poste.

--iEup! Man­isch--gri­to Os­pi­talech.

--iEup!--con­tes­taron des­de el mar.

--?To­do bi­en?

--To­do bi­en--re­spon­dio la voz.

--Bueno, en­tremos--ana­dio Os­pi­talech--que la noche es­ta de per­ros.

Volvieron a me­terse en la taber­na los cu­atro hom­bres, y poco de­spues se unieron a el­los Man­isch, el pa­tron del bar­co la _Fleche_, que al en­trar se quito el sud­este, y dos marineros mas.

--?De man­era que tu es­tas dis­puesto a en­car­garte de ese asun­to?--pre­gun­to Os­pi­talech a Mar­tin.

--Si.

--?So­lo?

--So­lo.

--Bueno, va­mos a dormir. Por la man­ana ire­mos a ver al prin­ci­pal y te di­ra lo que se puede ga­nar.

Los marineros de la _Fleche_ comen­za­ban a be­ber, y uno de el­los canta­ba, en­tre gri­tos y patadas, la can­cion de _Les matelot de la Belle Eu­ge­nie_.

Al dia sigu­iente, muy tem­pra­no, se levan­to Mar­tin y con Os­pi­talech to­mo el tren para Bay­ona. Fueron los dos a casa de un ju­dio que se llam­aba Levi-​Al­varez. Era este un hom­bre ba­ji­to, en­tre ru­bio y canoso, con la nar­iz ar­quea­da, el big­ote blan­co y los an­teo­jos de oro. Os­pi­talech era de­pen­di­ente del senor Levi-​Al­varez y con­to a su prin­ci­pal co­mo Mar­tin se brind­aba a re­alizar la ex­pe­di­cion di­fi­cil de en­trar en el cam­po carlista para volver con las le­tras fir­madas.

--?Cuan­to quiere ust­ed por eso?--pre­gun­to Levi-​Al­varez.

--El veinte por cien­to.

--iCaram­ba! Es mu­cho.

--Es­ta bi­en, no hable­mos, me voy.

--Es­pere ust­ed. ?Sabe ust­ed que las le­tras ascien­den a cien­to veinte mil duros? El veinte por cien­to se­ria una can­ti­dad enorme.

--Es lo que me ha ofre­ci­do Os­pi­talech. Eso o na­da.

--iQue bar­bari­dad! No tiene ust­ed con­sid­era­cion...

--Es mi ul­ti­ma pal­abra. Eso o na­da.

--Bueno, bueno. Es­ta bi­en. ?Sabe ust­ed que si tiene suerte se va ust­ed a ga­nar vein­tic­ua­tro mil duros...?

--Y si no me pe­garan un tiro.

--Ex­ac­to. ?Acep­ta ust­ed?

--Si, senor, acep­to.

--Bueno. En­tonces es­ta­mos con­formes.

--Pero yo ex­ijo que ust­ed me for­mal­ice este con­tra­to por es­crito--di­jo Mar­tin.

--No ten­go in­con­ve­niente.

El ju­dio que­do un poco per­ple­jo y, de­spues de vac­ilar un poco, pre­gun­to:

--?Co­mo quiere ust­ed que lo ha­ga?

--En pa­gares de mil duros ca­da uno.

El ju­dio, de­spues de vac­ilar, lleno los pa­gares y pu­so los sel­los.

--Si co­bra ust­ed--ad­vir­tio--de ca­da pueblo me puede ust­ed ir en­vian­do las le­tras.

--?No las po­dria de­posi­tar en los pueb­los en casa del no­tario?

--Si, es mejor. Un con­se­jo. En Es­tel­la no vaya ust­ed donde el min­istro de la guer­ra. Pre­sen­tese ust­ed al gen­er­al en jefe y le en­tre­ga ust­ed las car­tas.

--Eso hare.

--En­tonces, adios, y bue­na suerte.

Mar­tin fue a casa de un no­tario de Bay­ona, le pre­gun­to si los pa­gares es­ta­ban en regla y, ha­bi­en­dole di­cho que si, los de­pos­ito ba­jo reci­bo.

El mis­mo dia se fue a Zaro.

--Guardadme este pa­pel--di­jo a Bautista y a su her­mana--dan­doles el reci­bo.

Yo me voy.

--?Adonde vas?--pre­gun­to Bautista.

Mar­tin le ex­pli­co sus proyec­tos.

--Eso es un dis­parate--di­jo Bautista--te van a matar.

--iCa!

--Cualquiera de la par­ti­da del Cu­ra que te vea te de­nun­cia.

--No es­ta ninguno en Es­pana. La mayo­ria an­dan por Buenos Aires. Al­gunos los tienes por aqui, por Fran­cia, tra­ba­jan­do.

--No im­por­ta, es una bar­bari­dad lo que quieres, hac­er.

--iHom­bre! Yo no obli­go a nadie a que ven­ga con­mi­go--di­jo Mar­tin.

--Es que si tu crees que eres el uni­co ca­paz de hac­er eso, es­tas equiv­oca­do--repli­co Bautista--. Yo voy donde otro vaya.

--No di­go que no.

--Pero parece que du­das.

--No, hom­bre, no.

--Si, si, y para que veas que no hay tal cosa, te voy a acom­pa­nar. No se di­ra que un vas­co frances no se atreve a ir donde vaya un vas­co es­panol.

--Pero hom­bre, tu es­tas casa­do--re­pu­so Mar­tin.

--No im­por­ta.

--Bueno, ya veo que lo tu quieres es acom­pa­narme. Ire­mos jun­tos, y, si con­seguimos traer las le­tras fir­madas te dare al­go.

--?Cuan­to?

--Ya ver­emos.

--iQue granu­ja eres!--ex­clamo Bautista--?para que quieres tan­to dinero?

--?Que se yo? Ya ver­emos. Yo ten­go en la cabeza al­go. ?Que? No lo se, pero sir­vo para al­gu­na cosa. Es una idea que se me ha meti­do en la cabeza hace poco.

--?Que de­mo­nio de am­bi­cion tienes?

--No se, chico, no se--con­testo Mar­tin--pero hay gente que se con­sid­era co­mo un cachar­ro viejo, que lo mis­mo puede servir de taza que de es­cu­pi­dera. Yo no, yo sien­to en mi, aqui den­tro, al­go duro y fuerte... no se ex­pli­carme.

A Bautista le ex­tran­aba es­ta am­bi­cion ob­scu­ra de Mar­tin, porque el era claro y or­de­na­do y sabia muy bi­en lo que que­ria.

De­jaron es­ta cues­tion y hablaron del recor­ri­do que teni­an que hac­er.

Este comen­zaria yen­do en el va­porci­to la _Fleche_ a Zu­maya y sigu­ien­do de aqui a Azpeitia, de Azpeitia a Tolosa y de Tolosa a Es­tel­la. Para no ll­evar la lista de to­das las per­sonas a quien teni­an que ver y es­tar con­sul­tan­do a ca­da pa­so lo que po­dia com­pro­me­ter­les, Bautista, que tenia mag­nifi­ca memo­ria, se la apren­dio de cor­ri­do; cosieron las le­tras en­tre el cuero de las po­lainas y por la noche se em­bar­caron.

En­traron en el va­porci­to de la _Fleche_ en So­coa y se echaron al mar. Bautista y Za­la­cain pasaron la trav­es­ia meti­dos en un ca­marote pe­queno dan­do tum­bos.

Al amanecer, el pi­lo­to vio ha­cia el cabo de Machicha­co un bar­co que le pare­cio de guer­ra, y forzan­do la mar­cha en­tro en Zu­maya.

Varias com­pa­nias carlis­tas salieron al puer­to dis­pues­tas a comen­zar el fuego, pero cuan­do re­conocieron el bar­co frances se tran­quil­izaron. De­spues de de­sem­bar­car, la memo­ria ad­mirable de Bautista in­di­co las per­sonas a quienes teni­an que vis­itar en este pueblo. Er­an tres o cu­atro com­er­ciantes. Los bus­caron, fir­maron las le­tras, com­praron los vi­ajeros dos ca­bal­los, se agen­cia­ron un sal­vo-​con­duc­to; y por la tarde, de­spues de com­er, Mar­tin y Bautista se en­cam­inaron por la car­retera de Ce­stona.

Pasaron por el pueblecito de Oiquina, con­sti­tu­ido por un­os cuan­tos case­rios colo­ca­dos al bor­de del rio Uro­la, luego por Aizarnaz­abal y en la ven­ta de Irae­ta, cer­ca del puente, se de­tu­vieron a ce­nar.

La noche se echo pron­to enci­ma. Ce­naron Mar­tin y Bautista y dis­cutieron si se­ria mejor quedarse al­li o seguir ade­lante, y op­taron por es­to ul­ti­mo.

Mon­taron en sus jamel­gos, y al echar a an­dar vieron que de una casa prox­ima al puente de Irae­ta salia un coche ar­rastra­do por cu­atro ca­bal­los. El coche comen­zo a subir el camino de Ce­stona al trote. Este tro­zo de camino, des­de Irae­ta a Ce­stona, pasa en­tre dos montes y tiene en el fon­do el rio. De noche, so­bre to­do, el tal para­je es triste y sinie­stro.

Mar­tin y Bautista, por ese sen­timien­to de frater­nidad que se siente en las car­reteras soli­tarias, quisieron ac­er­carse al coche y pon­erse al habla con el cochero, pero sin du­da el cochero tenia ra­zones para no quer­er com­pa­nia, porque, al no­tar que le seguian, pu­so los ca­bal­los al trote largo y luego los hi­zo ga­lopar.

Asi, el coche de­lante y Mar­tin y Bautista de­tras, subieron a Ce­stona, y al lle­gar aqui el coche dio una vuelta rap­ida y poco de­spues echo un far­do al sue­lo.

--Es al­gun con­tra­ban­dista--di­jo Mar­tin.

Efec­ti­va­mente, lo era; hablaron con el y el hom­bre les con­fe­so que habia es­ta­do dis­puesto a dis­parar­les al ver que le perseguian. Mar­charon los tres a la posa­da, ya he­chos ami­gos, y Mar­tin fue a ver a un con­fitero carlista de la calle May­or.

Dur­mieron en la posa­da de Blas y muy de man­ana Za­la­cain y Bautista se prepararon a seguir su camino.

Era el dia llu­vioso y frio, la car­retera, amar­il­len­ta, llena de bach­es, on­du­la­ba por en­tre cam­pos verdes; no se veia el monte Itzarroiz, en­vuel­to en­tre la bru­ma. El rio, cre­ci­do, iba de col­or de ocre. Se de­tu­vieron en Lasao, en la pos­esion de un baron carlista, a hac­er que su ad­min­istrador fir­mara un doc­umen­to y sigu­ieron bor­de­an­do el Uro­la has­ta Azpeitia.

Aqui el tra­ba­jo era bas­tante grande y tar­daron en ter­mi­narle. Al anochecer, es­tu­vieron ya li­bres, y, co­mo prefe­ri­an no quedarse en pueb­los grandes, tomaron un camino de her­radu­ra que subia al monte Hernio y fueron a dormir a una aldea lla­ma­da Regil.

El ter­cer dia, de Regil co­gieron el camino de Vi­da­nia, y lle­garon a Tolosa, en donde es­tu­vieron unas ho­ras.

De Tolosa fueron a dormir a un pueblo prox­imo. Les di­jeron que por al­la and­aba una par­ti­da, y pre­firieron seguir ade­lante. Es­ta par­ti­da, dias antes, habia apalea­do bar­bara­mente a unas muchachas, porque no quisieron bailar con un­os cuan­tos de aque­llos for­agi­dos. De­jaron el pueblo, y, unas ve­ces al trote y otras al pa­so, lle­garon has­ta Amez­que­ta, en donde se de­tu­vieron.