Zalacaín El Aventurero by Baroja, Pío - CAPITULO IV

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Zalacaín El Aventurero

CAPITULO IV

HIS­TO­RIA CASI IN­VEROSIM­IL DE JOSHE CRA­CASCH

Los dos dias sigu­ientes es­tu­vo llovien­do y se pa­so la par­ti­da en la ven­ta ha­cien­do al­gunos re­conocimien­tos por los alrede­dores. Ni Za­la­cain ni Bautista vieron al cu­ra. Sin du­da este no se pre­senta­ba mas que en las cir­cun­stan­cias graves.

Co­mo era nat­ural en­tre tan­ta gente in­ac­ti­va, se pasaron las ho­ras al la­do del fuego hablan­do y con­tan­do di­ver­sos episo­dios y aven­turas.

Habia en la par­ti­da un mucha­cho de Tolosa, muy melan­col­ico, cuyas uni­cas ocu­pa­ciones er­an mi­rarse a un es­pe­ji­to de mano y to­car el acordeon. Este mucha­cho se llam­aba Jose Ca­cochipi y al­gunos, a sus es­pal­das, le de­cian Jose Cra­casch o sea en castel­lano Jose Man­chas.

Mar­tin y Bautista le pre­gun­taron varias ve­ces que le pasa­ba para es­tar tan triste, si es que le do­lian las mue­las, si tenia las di­ges­tiones lentas, dis­gus­tos de fa­mil­ia o al­gun des­or­den en la ve­ji­ga; a to­das es­tas pre­gun­tas con­testa­ba Ca­cochipi, alias _Cra­casch_, di­cien­do que no le pasa­ba na­da, pero sus­pira­ba co­mo si le ocur­ri­er­an to­das esas calami­dades al mis­mo tiem­po.

Co­mo el tal Ca­cochipi con­sti­tu­ia un mis­te­rio, Mar­tin pre­gun­to a Dantchari, _el Es­tu­di­ante_, si por ser tolosano sabia la his­to­ria de su con­ter­ra­neo y ami­go, y el exsem­inar­ista di­jo:

--Si no le de­cis na­da, os con­tare la his­to­ria de Joshe, pero habeis de prom­eterme no burlaros de el.

--No nos burlare­mos de el ni le di­re­mos na­da.

Dantchari habla­ba en castel­lano con esa pedan­te­ria cla­si­ca de los curas y sem­inar­is­tas, que creen in­dis­pens­able, para may­or clar­idad, de­cir de cuan­do en cuan­do al­gu­na pal­abra en latin en­tre per­sonas que ig­no­ran en ab­so­lu­to este id­ioma.

--Pues habeis de saber--di­jo Dantchari--que Jose Ca­cochipi, el hi­jo menor de An­dre An­thoni la con­fit­era, ha si­do cono­ci­do siem­pre, _ur­bi et orbe_ por el apo­do de Joshe Cra­casch.

Este apo­do lo tenia muy mere­ci­do porque Joshe era hace anos, y aun hace meses, el mo­zo mas aban­don­ado de la ciu­dad y de los con­tornos; asi que to­do el pueblo, _ne­mine dis­crepante_, lo apod­aba Cra­casch.

Joshe no ha tenido has­ta hace poco mas pa­sion que la mu­si­ca.

Quisieron hac­er­le es­tu­di­ar para cu­ra y or­denarle _in sac­ris_, pero fue im­posi­ble.

Se puede de­cir de el que es mu­si­co _per se_ y hom­bre _per ac­ci­dens_.

Du­rante mu­chos anos se ha pasa­do ocho o nueve ho­ras en el pi­ano ha­cien­do ejer­ci­cios y, co­mo no ha tenido al­ma mas que para la mu­si­ca, en to­do lo de­mas ha si­do un de­scuida­do hor­ri­ble.

Ll­ev­aba el tra­je lleno de lam­parones, la boina su­cia, el pe­lo largo, se olvid­aba la cor­ba­ta. Era una ver­dadera calami­dad.

Por eso se le llam­aba Joshe Cra­casch, y a el no so­lo no le ofendia el apo­do, sino que le ha­cia gra­cia; en cam­bio su madre, An­dre An­thoni, se ponia co­mo una fiera cuan­do oia que a su hi­jo le da­ban este mote.

Hara un ano prox­ima­mente que un in­di­ano ri­co lla­ma­do Ariz­men­di, y que di­cen que ha si­do pi­ra­ta... yo no lo se, _re­la­ta refero_, llego al pueblo. Co­mo di­go, este senor le pre­gun­to al par­ro­co:

--?Que pro­fe­sor de mu­si­ca le po­dria yo pon­er a mi chico?

--El mejor, Jose Ca­cochipi--con­testo el cu­ra.

Le hablaron a Cra­casch y este se enco­gio de hom­bros y di­jo que bueno. Su madre le preparo ropa limpia y le ad­vir­tio que tu­viera cuida­do con lo que de­cia y que fuera pru­dente, pues la colo­ca­cion po­dia ser un _modus viven­di_ para el. Cra­casch prome­tio ser pru­den­tisi­mo.

Llego el primer dia a casa de Ariz­men­di y pre­gun­to por el amo.

Salio a abrir­le una muchacha, y poco de­spues se pre­sen­to un senor. La muchacha le di­jo que de­jara la boina en el col­gador.

--?Para que?--repli­co Joshe--y luego, di­rigien­dose al senor, le pre­gun­to:--?Es la cri­ada, eh?

--No, es­ta senori­ta es mi hi­ja--con­testo fri­amente el senor Ariz­men­di.

Cra­casch com­pren­dio que habia da­do un tropiezo y para en­men­dar­lo, di­jo:

--Es muy gua­pa. iYa se parece a ust­ed, ya!

--No. Si es hi­jas­tra mia--con­testo el senor Ariz­men­di.

--Ja, ja... ique risa!... Ya ten­dra novio, eh.

Ca­cochipi fue a dar en un pun­to que pre­ocu­pa­ba a la fa­mil­ia, pues la muchacha tenia amores, a dis­gus­to de los padres, con un pri­mo.

El senor Ariz­men­di le di­jo que no hiciera mas pre­gun­tas im­per­ti­nentes, que ya sabia que era medio bobo, pero que aprendiese a re­por­tarse.

Joshe, muy ex­trana­do con tal exabrup­to, fue al cuar­to del chico, donde dio su primera lec­cion de solfeo. Aque­llas pal­abras duras del senor Ariz­men­di, mas que ofend­er le ex­tra­naron. Joshe no tenia ningu­na mali­cia, to­da su vi­da la habia pasa­do pen­san­do en la mu­si­ca, y de otras cosas na­da sabia.

A Ca­cochipi, que es­tu­vo varias ve­ces in­vi­ta­do a com­er con la fa­mil­ia de Ariz­men­di, le choca­ba la tris­teza del padre y de la madre y de las her­manas y quiso ale­grar­les un poco; porque, co­mo dice el pro­fano: _Omis­sis curis, ju­cunde viven­dum esse_; lo cual quiere de­cir que se debe vivir ale­gre­mente y sin cuida­dos.

Lo primero que se le ocur­rio a Cra­casch, un dia que se le fig­uro que ya tenia con­fi­an­za con la fa­mil­ia de Ariz­men­di, fue, a los postres, im­itar el rui­do del tren; luego in­ten­to can­tar una can­cion que en la taber­na tenia mu­cho ex­ito. En es­ta can­cion se hace co­mo si se to­cara la flau­ta y el bom­bo, y co­mo si se comiera en una cazuela, y luego medio se desnu­da uno mien­tras can­ta. Joshe creia que, cuan­do el se quitara la cha­que­ta y el chale­co, to­da la fa­mil­ia rompe­ria a reir a car­ca­jadas, pero fue to­do lo con­trario, porque el senor Ariz­men­di, mi­ran­dole con ojos ter­ri­bles, le di­jo:

--Bueno, Ca­cochipi: pon­gase ust­ed el chale­co y no vuel­va ust­ed a quitarse­lo de­lante de nosotros.

Joshe se que­do frio, y no pre­cisa­mente por la fal­ta del chale­co.

--A es­ta gente no les hace gra­cia na­da--mur­muro.

Un dia, apare­cio a dar la lec­cion con la cara pin­ta­da con var­ios lunares y no hi­zo efec­to; otro, ayu­da­do por su dis­cip­ulo, ato los cu­bier­tos a la mesa... y na­da.

--?Que tal, Cra­casch?--le pre­gunt­aba al­guno en la calle--. ?Co­mo va la fa­mil­ia de Ariz­men­di?

--iAh! Es una gente que na­da le gus­ta.--con­testa­ba el--. Se ha­cen cosas boni­tas para di­ver­tir­les... y na­da.

El dia de Car­naval, Joshe Cra­casch tu­vo una idea de las suyas y fue con­vencer a su dis­cip­ulo para que sacara los tra­jes de su madre y de una her­mana. Se dis­frazar­ian los dos y dar­ian a la fa­mil­ia Ariz­men­di una bro­ma gra­cio­sisi­ma.

--Aho­ra si que se van a reir--de­cia Ca­cochipi en su in­te­ri­or.

El chico no se an­du­vo en re­tor­ic­as y el domin­go de Car­naval to­mo los mejores tra­jes que en­con­tro y fue con el­los a la con­fi­te­ria. Mae­stro y dis­cip­ulo se pusieron las pren­das fe­meni­nas, y ar­ma­dos de sendas es­cobas, fueron a la puer­ta de la igle­sia.

Al salir Ariz­men­di con su mu­jer y sus hi­jas de misa, Ca­cochipi y su dis­cip­ulo cayeron so­bre el­los y les dieron un sin fin de apre­tones y de golpes; Joshe recor­do a Ariz­men­di que tenia den­tadu­ra pos­ti­za, a su mu­jer que se ponia ana­di­dos y a la hi­ja may­or el novio con quien habia renido, y de­spues de otra por­cion de cosas igual­mente opor­tu­nas se mar­charon las dos mas­caras dan­do brin­cos.

Al dia sigu­iente, cuan­do se pre­sen­to en casa de Ariz­men­di, pen­so Cra­casch:

--Na­da, van a fe­lic­itarme por la bro­ma de ay­er.

En­tro y le pare­cio que to­do el mun­do es­ta­ba se­rio. De pron­to, se le ac­er­co Ariz­men­di y con voz mas que sev­era, ira­cun­da, en un ter­ri­ble _ab ira­to_, le di­jo:

--No vuel­va ust­ed a pon­er los pies en mi casa. iIm­be­cil! Si no fuera ust­ed un id­io­ta, le echaria a pun­tapies.

--Pero ?por que?--pre­gun­to Jose.

--?Y lo pre­gun­ta ust­ed to­davia, ma­jadero? Cuan­do no se sabe por­tarse co­mo una per­sona, no se debe al­ternar con los de­mas. Yo creia que era ust­ed un es­tupi­do, pero no tan­to.

Ca­cochipi, por primera vez en su vi­da, se sin­tio ofen­di­do. Se encer­ro en su casa y em­pe­zo a pen­sar en la Cele­do­nia, la se­gun­da hi­ja de Ariz­men­di y en la voz suave y la _elo­quen­di suavi­tatem_ con que le salud­aba por las man­anas cuan­do le de­cia:

--Buenos dias, Joshe.

Ca­cochipi se con­ven­cio de que, co­mo le habia di­cho Ariz­men­di, era un es­tupi­do y de que ade­mas es­ta­ba en­am­ora­do. Es­tos dos con­vencimien­tos le im­pul­saron a mu­darse de tra­je, a cor­tarse el pe­lo, a pon­erse una boina nue­va y a no per­mi­tir que nadie le lla­ma­ra Cra­casch.

--Oye, Cra­casch--le de­cia al­guno en la calle.

--iHom­bre! Creo que me has lla­ma­do Cra­casch--de­cia el.

--Si, ?y que?

--Que no quiero que me vuel­vas a lla­mar asi.

--Pero hom­bre, Cra­casch...

--Toma--y Joshe em­pez­aba a pune­ta­zos y a golpes.

En poco tiem­po Joshe bor­ro su apo­do de Cra­casch. La Cele­do­nia Ariz­men­di habia no­ta­do la trans­for­ma­cion de Joshe y sabia la parte que en este cam­bio le cor­re­spon­dia a el­la. Joshe veia que la muchacha le mira­ba con buenos ojos; pero era tan timi­do que nun­ca se hu­biera atre­vi­do a de­cir­le na­da.

Ll­ev­aban sus amores el camino de pasar a la his­to­ria sin lle­gar al primer ca­pit­ulo, cuan­do el hi­jo de un bot­icario se en­car­go de dar­les una solu­cion.

Que­ria burlarse de Joshe y es­cribio una car­ta de amor grotesca a la hi­ja de Ariz­men­di, fir­man­do Joshe Cra­casch.

La chi­ca le en­vio la car­ta a Joshe di­cien­dole que se que­ri­an burlar de el, pero que el­la le es­tima­ba y que pasara por de­lante de su casa y que hablar­ian.

Joshe fue y vio a la muchacha y le dio las bue­nas tardes y no se le ocur­rio mas; el­la le pre­gun­to si su madre, An­dre An­thoni, es­ta­ba bue­na, el la con­testo que si y en­tonces el­la le di­jo:

--Has­ta man­ana, Joshe.

--Adios.

Ca­cochipi que­do co­mo em­boba­do; nece­sita­ba res­pi­rar, tomar aire y salio de Tolosa y to­mo el camino de Anoeta y pa­so Anoeta y luego Iru­ra y cru­zo Vil­labona y fue an­dan­do, an­dan­do, has­ta que se topo con la par­ti­da del Cu­ra, que iba a con­quis­tar, _viribus et armis_, la glo­ria. Uno de la par­ti­da le dio el al­to y le hi­zo de­scen­der de las sub­lim­idades am­ato­rio-​mu­si­cales en que se hal­la­ba sum­ido, pre­sen­tan­dole el sen­cil­lo dile­ma de recibir una pal­iza o de venirse con nosotros.

Jose Ca­cochipi, por muy afi­ciona­do que sea a la mu­si­ca, no ha queri­do que solfeen so­bre el y ya hace un mes que es­ta en la par­ti­da.

Tal era la his­to­ria de Joshe Cra­casch, que con­to Dantchari, _el Es­tu­di­ante_, con al­gunos lati­na­jos mas de los que pone el au­tor.

CA­PIT­ULO V

CO­MO LA PAR­TI­DA DEL CU­RA DE­TU­VO LA DILI­GEN­CIA CER­CA DE AN­DOAIN

Al ter­cer dia de es­tar en la ven­ta, la in­ac­cion era grande, y en­tre _el Jabonero_ y Luschia acor­daron de­ten­er aque­lla man­ana la dili­gen­cia que iba des­de San Se­bas­tian a Tolosa.

Se dis­pu­so la gente a lo largo del camino, de dos en dos; los mas le­janos iri­an, avisan­do cuan­do apareciera la dili­gen­cia y re­ple­gan­dose jun­to a la ven­ta.

Mar­tin y Bautista se quedaron con el Cu­ra y _el Jabonero_, porque el cabecil­la y su te­niente no teni­an bas­tante con­fi­an­za en el­los.

A eso de las once de la man­ana, avis­aron la lle­ga­da del coche. Los hom­bres que es­pi­aban el pa­so fueron ac­er­can­dose a la ven­ta, ocul­tan­dose por los la­dos del camino.

El coche iba casi lleno. El Cu­ra, _el Jabonero_ y los si­ete u ocho hom­bres que es­ta­ban con el­los se plan­taron en medio de la car­retera.

Al ac­er­carse el coche, el Cu­ra levan­to su gar­rote y gri­to:

--iAl­to!

An­chusa y Luschia se agar­raron a la cabeza­da de los ca­bal­los y el coche se de­tu­vo.

--_iAr­rayua!_ iEl Cu­ra!--ex­clamo el cochero en voz al­ta--. Nos hemos fas­tidi­ado.

--Aba­jo to­do el mun­do--man­do el Cu­ra.

Egozcue abrio la portezuela de la dili­gen­cia. Se oyo en el in­te­ri­or un coro de ex­cla­ma­ciones y de gri­tos.

--Vaya. Ba­jen ust­edes y no al­boroten--di­jo Egozcue con finu­ra.

Ba­jaron primero dos campesinos vas­con­ga­dos y un cu­ra; luego, un hom­bre ru­bio, al pare­cer ex­tran­jero, y de­spues salto una muchacha more­na, que ayu­do a ba­jar a una seno­ra grue­sa, de pe­lo blan­co.

--Pero Dios mio, ?adonde nos ll­evan?--ex­clamo es­ta.

Nadie le con­testo.

--iAnchusa! iLuschia! De­sen­gan­chad los ca­bal­los--gri­to el Cu­ra--. Aho­ra, to­dos a la posa­da.

An­chusa y Luschia ll­evaron los ca­bal­los y no quedaron con el cu­ra mas que un­os ocho hom­bres, con­tan­do con Bautista, Za­la­cain y Joshe Cra­casch.

--Acom­panad a es­tos--di­jo el cabecil­la a dos de sus hom­bres, sena­lan­do a los campesinos y al cu­ra.

--Vosotros--e in­di­co a Bautista, Za­la­cain, Joshe Cra­casch y otros dos hom­bres ar­ma­dos--id con la seno­ra, la senori­ta y este vi­ajero.

La seno­ra grue­sa llora­ba afligi­da.

--Pero, ?nos van a fusilar?--pre­gun­to gimien­do.

--iVa­mos! iVa­mos!--di­jo uno de los hom­bres ar­ma­dos, bru­tal­mente.

La seno­ra se ar­rodil­lo en el sue­lo, pi­di­en­do que la de­jaran li­bre.

La senori­ta, pal­ida, con los di­entes apre­ta­dos, lan­za­ba fuego por los ojos. Sin du­da, sabia los pro­ced­imien­tos us­ados por el cu­ra con las mu­jeres.

A al­gu­nas so­lia desnudar­las de medio cuer­po ar­ri­ba, les unt­aba con miel el pe­cho y la es­pal­da y las em­plum­aba; a otras les corta­ba el pe­lo o lo unt­aba de brea y luego se lo pe­ga­ba a la es­pal­da.

--Ande ust­ed, seno­ra--di­jo Mar­tin--, que no les pasara na­da.

--Pero, ?adonde?--pre­gun­to el­la.

--A la posa­da, que es­ta aqui cer­ca.

La joven na­da di­jo, pero lan­zo a Mar­tin una mi­ra­da de odio y de de­spre­cio.

Las dos mu­jeres y el ex­tran­jero comen­zaron a mar­char por la car­retera.

--Aten­cion, Bautista--di­jo Mar­tin en frances--, tu al uno, yo al otro. Cuan­do no nos vean.

El ex­tran­jero, ex­trana­do, en el mis­mo id­ioma pre­gun­to:

--?Que van ust­edes a hac­er?

--Es­caparnos. Va­mos a quitar los fusiles a es­tos hom­bres. Ayu­denos ust­ed.

Los dos hom­bres ar­ma­dos, al oir que se en­ten­di­an en una lengua que el­los no com­pren­di­an, en­traron en sospechas.

--?Que hablais?--di­jo uno, retro­ce­di­en­do y preparan­do el fusil.

No tu­vo tiem­po de hac­er na­da, porque Mar­tin le dio un gar­ro­ta­zo en el hom­bro y le hi­zo tirar el fusil al sue­lo, Bautista y el ex­tran­jero force­jearon con el otro y le quitaron el ar­ma y los car­tu­chos. Joshe Cra­casch es­ta­ba co­mo en babia.

Las dos mu­jeres, vien­dose li­bres, echaron a cor­rer por la car­retera, en di­rec­cion a Her­nani. Cra­casch las sigu­io. Este ll­ev­aba una mala es­cope­ta, que po­dia servir en ul­ti­mo ca­so. El ex­tran­jero y Mar­tin teni­an ca­da uno su fusil, pero no con­ta­ba mas que con pocos car­tu­chos. A uno le habi­an po­di­do quitar la car­tuchera, al otro fue im­posi­ble. Este vola­ba cor­rien­do a dar parte a los de la par­ti­da.

El ex­tran­jero, Mar­tin y Bautista cor­rieron y se re­unieron con las dos mu­jeres y con Joshe Cra­casch.

La ven­ta­ja que teni­an era grande, pero las mu­jeres cor­ri­an poco; en cam­bio, la gente del cu­ra en cu­atro saltos se plan­taria jun­to a el­los.

--iVa­mos! iAn­imo!--de­cia Mar­tin--. En una ho­ra lleg­amos.

--No puedo--gemia la seno­ra--. No puedo an­dar mas.

--iBautista!--ex­clamo Mar­tin--. Corre a Her­nani, bus­ca gente y traela. Nosotros nos de­fend­er­emos aqui un mo­men­to.

--Ire yo--di­jo Joshe Cra­casch.

--Bueno, en­tonces de­ja el fusil y las mu­ni­ciones.

Tiro el mu­si­co el fusil y la car­tuchera y echo a cor­rer, co­mo al­ma que ll­eva el di­ablo.

--No me fio de ese mu­si­co sim­ple--mur­muro Mar­tin--. Vete tu, Bautista. La las­ti­ma es que quede un ar­ma inu­til.

--Yo dis­parare--di­jo la muchacha.

Se volvieron a hac­er frente, porque los hom­bres de la par­ti­da se iban ac­er­can­do.

Sil­ba­ban las balas. Se veia una nube­cil­la blan­ca y pasa­ba al mis­mo tiem­po una bala por enci­ma de las cabezas de los fugi­tivos. El ex­tran­jero, la senori­ta y Mar­tin se guarecieron ca­da uno de­tras de un ar­bol y se repartieron los car­tu­chos. La seno­ra vie­ja, sol­lozan­do, se tiro en la hi­er­ba, por con­se­jo de Mar­tin.

--?Es ust­ed buen tirador?--pre­gun­to Za­la­cain al ex­tran­jero.

--?Yo? Si. Bas­tante reg­ular.

--?Y ust­ed, senori­ta?

--Tam­bi­en he tira­do al­gu­nas ve­ces.

Seis hom­bres se fueron ac­er­can­do a un­os cien met­ros de donde es­ta­ban guare­ci­dos Mar­tin, la senori­ta y el ex­tran­jero. Uno de el­los era Luschia.

--A ese ciu­dadano le voy a de­jar co­jo para to­da su vi­da--di­jo el ex­tran­jero.