COMO MARTIN, BAUTISTA Y CAPISTUN PASARON UNA NOCHE EN EL MONTE
Una noche de invierno marchaban tres hombres con cuatro magnificas mulas cargadas con grandes fardos. Salidos de Zaro por la tarde, se dirigian hacia los altos del monte Larrun.
Costeando un arroyo que bajaba a unirse con la Nivelle y cruzando prados, llegaron a una borda, donde se detuvieron a cenar.
Los tres hombres eran Martin Zalacain, Capistun el gascon y Bautista Urbide. Llevaban una partida de uniformes y de capotes.
El alijo iba consignado a Lesaca, en donde lo recogerian los carlistas.
Despues de cenar en la borda, los tres hombres sacaron las muias y continuaron el viaje subiendo por el monte Larrun.
Era la noche fria, comenzaba a nevar. En los caminos y sendas, llenos de lodo, se resbalaban los pies; a veces una mula entraba en un charco hasta el vientre y a fuerza de fuerzas se lograba sacarla del aprieto.
Los animales llevaban mucho peso. Era preciso seguir el camino largo, sin utilizar las veredas, y la marcha se hacia pesada. Al llegar a la cumbre y al entrar en el puerto de Ibantelly, les sorprendio a los viandantes una tempestad de viento y de nieve.
Se encontraban en la misma frontera. La nieve arreciaba; no era facil seguir adelante. Los tres hombres detuvieron las mulas, y mientras quedaba Capistun con ellas, Martin y Bautista se echaron uno a un lado y el otro al otro, para ver si encontraban cerca algun refugio, cabana o choza de pastor.
Zalacain vio a pocos pasos una casucha de carabineros cerrada.
--iEup! iEup!--grito.
No contesto nadie.
Martin empujo la puerta, sujeta con un clavo, y entro dentro del chozo. Inmediatamente corrio a dar parte a los amigos de su descubrimiento. Los fardos que llevaban las mulas tenian mantas, y extendiendolas y sujetandolas por un extremo en la choza de los carabineros y por otro en unas ramas, improvisaron un cobertizo para las caballerias.
Puestas en seguridad la carga y las mulas, entraron los tres en la casa de los carabineros y encendieron una hermosa hoguera. Bautista fabrico en un momento, con fibras de pino, una antorcha para alumbrar aquel rincon.
Esperaron a que pasara el temporal y se dispusieron los tres a matar el tiempo junto a la lumbre. Capistun llevaba una calabaza llena de aguardiente de Armagnac y, mezclandolo con agua que calentaron, bebieron los tres.
Luego, como era natural, hablaron de la guerra. El carlismo se extendia y marchaba de triunfo en triunfo. En Cataluna y en el pais vasco-navarro iba haciendo progresos. La Republica espanola era una calamidad. Los periodicos hablaban de asesinatos en Malaga, de incendios en Alcoy, de soldados que desobedecian a los jefes y se negaban a batirse. Era una vergueenza.
Los carlistas se apoderaban de una porcion de pueblos abandonados por los liberales. Habian entrado en Estella.
En las dos orillas del Bidasoa, lo mismo en la frontera espanola que en la francesa, se sentia un gran entusiasmo por la causa del Pretendiente.
Capistun y Bautista senalaron sus conocidos alistados ya en la faccion. La mayoria eran mozos, pero no faltaban tampoco los viejos. Los fueron citando.
Alla estaban Juan Echeberrigaray, de Espeleta; Tomas Albandos, de Anoa; el herrero Lerrumburo, de Zaro; Echebarria, de Irisarri; Galparzasoro, el alpargatero de Urruna; Mearuberry, el carnicero de Ostabat, Miguel Larralde, el de Azcain; Carricaburo, el mozo de un caserio de Arhamus; Chaubandidegui, el hijo del confitero de Azcarat; Peyrohade y Lafourchette, los dos mozos del bazar de Hasparren.
--iValientes granujas!--murmuro Martin, que escuchaba.
Capistun y Bautista siguieron su enumeracion. Estaban tambien Bordagorri, el de Meharin; Achucarro, de Urdax; Etchehun, el versolari de Chacxu; Ganecoechia, de Osses; Bishino, de Azparrain, Listurria, de Briscus; Rebenacq, de Pourtales; el propietario de Saint Palais con el baron Lesbas d'Armagnac, de Mauleon; Detchesarry, el sacristan de Biriatu; Guibeleguieta, de Barcus; Iturbide, de Hendaya; Echemendi, el minero de Articuza; Chocoa, el cantero de San Esteban de Baigorri; Garraiz, el cazador de palomas de Echalar; Setoain, el lenador de Esterensuby; Isuribere, el pastor de Urepel; y Chiquierdi, el de Zugarramurdi.
Los vascos, siguiendo las tendencias de su raza, marchaban a defender lo viejo contra lo nuevo. Asi habian peleado en la antigueedad contra el romano, contra el godo, contra el arabe, contra el castellano, siempre a favor de la costumbre vieja y en contra de la idea nueva.
Estos aldeanos y viejos hidalgos de Vasconia y de Navarra, esta semiaristocracia campesina de las dos vertientes del Pirineo, creia en aquel Borbon, vulgar extranjero y extranjerizado, y estaban dispuestos a morir para satisfacer las ambiciones de un aventurero tan grotesco.
Los legitimistas franceses se lo figuraban como un nuevo Enrique IV; y como de alli, del Bearn, salieron en otro tiempo los Borbones para reinar en Espana y en Francia, sonaban con que Carlos VII triunfaria en Espana, acabaria con la maldita Republica Francesa, daria fueros a Navarra, que seria el centro del mundo y, ademas, restableceria el poder politico del Papa en Roma.
Zalacain se sentia muy espanol y dijo que los franceses eran unos cochinos, porque debian hacer la guerra en su tierra, si querian.
Capistun, como buen republicano, afirmo que la guerra en todas partes era una barbaridad.
--Paz, paz es lo que se necesita--anadio el gascon--; paz para poder trabajar y vivir.
--iAh, la paz!--replico Martin contradiciendole--; es mejor la guerra.
--No, no--repuso Capistun--. La guerra es la barbarie nada mas.
Discutieron el asunto; el gascon, como mas ilustrado, aducia mejores argumentos, pero Bautista y Martin replicaban:
--Si, todo eso es verdad, pero tambien es hermosa la guerra.
Y los dos vascos especificaron lo que ellos consideraban como hermosura. Ambos guardaban en el fondo de su alma un sueno candido y heroico, infantil y brutal. Se veian los dos por los montes de Navarra y de Guipuzcoa al frente de una partida, viviendo siempre en acecho, en una continua elasticidad de la voluntad, atacando, huyendo, escondiendose entre las matas, haciendo marchas forzadas, incendiando el caserio enemigo...
iY que alegrias! iQue triunfos! Entrar en las aldeas a caballo, la boina sobre los ojos, el sable al cinto, mientras las campanas tocan en la iglesia. Ver, al huir de una fuerza mayor, como aparece, entre el verde de las heredades, el campanario de la aldea donde se tiene el asilo; defender una trinchera heroicamente y plantar la bandera entre las balas que silban; conservar la serenidad mientras las granadas caen, estallando a pocos pasos, y caracolear en el caballo delante de la partida, marchando todos al compas del tambor...
iQue emociones debian de ser aquellas! Y Bautista y Martin sonaban con el placer de atacar y de huir, de bailar en las fiestas de los pueblos y de robar en los Ayuntamientos, de acechar y de escapar por los senderos humedos y dormir en una borda sobre una cama de hierba seca...
--iBarbarie! iBarbarie!--replicaba a todo esto el gascon.
--iQue barbarie!--exclamo Martin--. ?Se ha de estar siempre hecho un esclavo, sembrando patatas o cuidando cerdos? Prefiero la guerra.
--?Y por que prefieres la guerra? Para robar.
--No hables, Capistun, que eres comerciante.
--?Y que?
--Que tu y yo robamos con el libro de cuentas. Entre robar en el camino, o robar con el libro de cuentas, prefiero a los que roban en el camino.
--Si el comercio fuera un robo, no habria sociedad--repuso el gascon.
--?Y que?--dijo Martin.
--Que acabarian las ciudades.
--Para mi las ciudades estan hechas por miserables y sirven para que las saqueen los hombres fuertes--dijo Martin con violencia.
--Eso es ser enemigo de la Humanidad.
Martin se encogio de hombros.
Poco despues de media noche, la nieve comenzo a cesar y Capistun dio la orden de marcha. El cielo habia quedado estrellado. Los pies se hundian en la nieve y se sentia un silencio de muerte.
--_Cantats, amics_--dijo el gascon, a quien tanta tristeza y tanto reposo imponian.
--No nos vayan a oir--advirtio Bautista.
--iCa!--y el gascon canto:
iOan! iOan! lus de deuan lus de darrer que seguiran. Lus de darrer oan, oan, que seguiran a trot de can.
(iAdelante! Adelante, los de delante y los de atras que seguiran. Los de atras, adelante, adelante, que seguiran al trote de can!)
Era esta una vieja cancion gascona para medir la marcha; muy buena para el llano, pero poco oportuna en aquellos vericuetos.
Bautista, animado por el ejemplo del gascon, canto un zortzico vasco frances, que decia asi:
Gau erdi da errico orenean inon ez da arguiric lurrean ez diteque mendian adi deuzic aicearen arrabotza baicic.
(Es media noche en el reloj del pueblo, en ninguna parte hay luz, en la tierra; no se puede, en el monte, oir mas que el rumor estruendoso del viento.)
La cancion de Bautista era de una salvaje melancolia; Martin lanzo un grito, el _irrintzi_, como una larga carcajada, o un relincho salvaje terminado en una risa burlona. Capistun, como protestando, canto:
Del castelet a l'aube sort Isabeu, es blanquette sa raube como la neu.
(Del castillete, al alba, sale Isabel; es blanquita su ropa como la nieve.)
A Martin y a Bautista no les gustaban las canciones del gascon que les parecian empalagosas, y a este tampoco las de sus amigos, a las cuales encontraba siniestras. Discutieron acerca de las excelencias de sus respectivos paises, pasando de los cantos populares a hablar de las costumbres y de la riqueza.
Iba a amanecer; comenzaban a acercarse a Vera, cuando se oyeron a lo lejos varios tiros.
--?Que pasa aqui?--se preguntaron.
Tras de un instante se volvieron a oir nuevos tiros y un lejano sonido de campanas.
--Hay que ver lo que es.
Decidieron como mas practico que Capistun, con las cuatro mulas, se volviera y se encaminara despacio hacia la choza de carabineros donde habian pasado la noche. Si no ocurria nada en Vera, Bautista y Zalacain retornarian inmediatamente. Si en dos horas no estaban alla, Capistun debia ganar la frontera y refugiarse en Francia: en Biriatu, en Zaro, donde pudiese.
Las mulas volvieron de nuevo camino del puerto, y Zalacain y su cunado comenzaron a bajar del monte en linea recta, saltando, deslizandose sobre la nieve, a riesgo de despenarse. Media hora despues, entraban en las calles de Alzate, cuyas puertas se veian cerradas.
Llamaron en una posada conocida. Tardaron en abrir, y al ultimo el posadero, amedrentado, se presento en la puerta.
--?Que pasa?--pregunto Zalacain.
--Que ha entrado en Vera otra vez la partida del Cura.
Bautista y Martin sabian la reputacion del Cura y su enemistad con algunos generales carlistas y convinieron en que era peligroso llevar el alijo a Vera o a Lesaca, mientras anduvieran por alli las gentes del ensotanado cabecilla.
--Vamos en seguida a darle el aviso a Capistun--dijo Bautista.
--Bueno, vete tu--repuso Martin--yo te alcanzo en seguida.
--?Que vas a hacer?
--Voy a ver si veo a Catalina.
--Yo te esperare.
Catalina y su madre vivian en una magnifica casa de Alzate. Llamo Martin en ella, y a la criada, que ya le conocia, la dijo:
--?Esta Catalina?
--Si... Pasa.
Entro en la cocina. Era esta grande y espaciosa y algo obscura. Alrededor de la ancha campana de la chimenea colgaba una tela blanca planchada, sujeta por clavos. Del centro de la campana bajaba una gruesa cadena negra, en cuyo garfio final se enganchaba un caldero. A un lado de la chimenea, habia un banquillo de piedra, sobre el cual estaban en fila tres herradas con los aros de hierro brillantes, como si fueran de plata. En las paredes se veian cacerolas de cobre rojizo y lodos los chismes de la cocina de la casa, desde las sartenes y cucharas de palo, hasta el calentador, que tambien figuraba colgado en la pared como parte integrante de la bateria de cocina.
Aquel orden parecia algo absurdo y extraordinario, contrastado con la agitacion exterior.
La criada habia subido la escalera y, tras de algun tiempo, bajo Catalina envuelta en un manton.
--?Eres tu?--dijo sollozando.
--Si, ?que pasa?
Catalina, llorando, conto que su madre estaba muy enferma, su hermano se habia ido con los carlistas y a ella querian meterla en un convento.
--?A donde te quieren llevar?
--No se, todavia no se ha decidido.
--Cuando lo sepas, escribeme.
--Si, no tengas cuidado. Ahora vete, Martin, porque mi madre habra oido que estamos hablando y, como ha sentido los tiros hace poco, esta muy alarmada.
Efectivamente, se oyo poco despues una voz debil que exclamaba:
--iCatalina! iCatalina! ?Con quien hablas?
Catalina tendio la mano a Martin, quien la estrecho en sus brazos. Ella apoyo la cabeza en el hombro de su novio y, viendo que la volvian a llamar subio la escalera. Zalacain la contemplo absorto y luego abrio la puerta de la casa, la cerro despacio y, al encontrarse en la calle, se vio con un espectaculo inesperado. Bautista discutia a gritos con tres hombres armados, que no parecian tener para el muy buenas disposiciones.
--?Que pasa?--pregunto Martin.
Pasaba, sencillamente, que aquellos tres individuos eran de la partida del Cura y habian presentado a Bautista Urbide este sencillo dilema:
“O formar parte de la partida o quedar prisionero y recibir ademas, de propina, una tanda de palos.”
Martin iba a lanzarse a defender a su cunado cuando vio que a un extremo de la calle aparecian cinco o seis mozos armados. En el otro esperaban diez o doce. Con su rapido instinto de comprender la situacion, Martin se dio cuenta de que no habia mas remedio que someterse y dijo a Bautista, en vascuence, aparentando gran jovialidad:
--iQue demonio, Bautista! ?No querias tu entrar en una partida? ?No somos carlistas? Pues ahora estamos a tiempo.
Uno de los tres hombres, viendo como se explicaba Zalacain, exclamo satisfecho:
--_iArrayua!_ Este es de los nuestros. Venid los dos.
El tal hombre era un aldeano alto, flaco, vestido con un uniforme destrozado y una pipa de barro en la boca. Parecia el jefe y le llamaban Luschia.
Martin y Bautista siguieron a los mozos armados, pasaron de Alzate a Vera y se detuvieron en una casa, en cuya puerta habia un centinela.
--iBajadlos! iBajadlos!--dijo Luschia a su gente.
Cuatro mozos entraron en el portal y subieron por la escalera.
Luschia, mientras tanto, pregunto a Martin:
--?Vosotros de donde sois?
--De Zaro.
--?Sois franceses?
--Si--dijo Bautista.
Martin no quiso decir que el no lo era, sabiendo que el decir que era frances podia protegerle.
--Bueno, bueno--murmuro el jefe.
Los cuatro aldeanos de la partida que habian entrado en la casa trajeron a dos viejos.
--iAtadlos!--dijo Luschia, el aldeano de la pipa.
Sacaron a la calle un tambor de regimiento y un cesto, y a los dos viejos los ataron.
--?Que es lo que han hecho?--pregunto Martin a uno de la partida que llevaba una boina a rayas.
--Que son traidores--contesto este.
El uno era un maestro de escuela y el otro un expartidario de la guerrilla del Cura.
Cuando estuvieron las dos victimas atadas y con las espaldas desnudas, el ejecutor de la justicia, el mozo de la boina a rayas, se remango el brazo y cogio una vara.
El maestro de escuela, suplicante, imploro:
--iPero si todos somos unos!
El exguerrillero no dijo nada.
No hubo apelacion ni misericordia. Al primer golpe, el maestro de escuela perdio el sentido; el otro, el antiguo lugarteniente del Cura, callo y comenzo a recibir los palos con un estoicismo siniestro.
Luschia se puso a hablar con Zalacain. Este le conto una porcion de mentiras. Entre ellas le dijo que el mismo habia guardado cerca de Urdax, en una cueva, mas de treinta fusiles modernos. El hombre oia y, de cuando en cuando, volviendose al ejecutor de sus ordenes, decia con voz gangosa: _iJo! iJo!_ (Pega, pega).
Y volvia a caer la vara cobre las espaldas desnudas.