Zalacaín El Aventurero by Baroja, Pío - CAPITULO II

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Zalacaín El Aventurero

CAPITULO II

CO­MO MAR­TIN, BAUTISTA Y CAPIS­TUN PASARON UNA NOCHE EN EL MONTE

Una noche de in­vier­no march­aban tres hom­bres con cu­atro mag­nifi­cas mu­las car­gadas con grandes far­dos. Sali­dos de Zaro por la tarde, se di­ri­gian ha­cia los al­tos del monte Lar­run.

Coste­an­do un ar­royo que ba­ja­ba a unirse con la Niv­elle y cruzan­do pra­dos, lle­garon a una bor­da, donde se de­tu­vieron a ce­nar.

Los tres hom­bres er­an Mar­tin Za­la­cain, Capis­tun el gas­con y Bautista Ur­bide. Ll­ev­aban una par­ti­da de uni­formes y de capotes.

El al­ijo iba consigna­do a Lesaca, en donde lo recoge­ri­an los carlis­tas.

De­spues de ce­nar en la bor­da, los tres hom­bres sac­aron las muias y con­tin­uaron el vi­aje subi­en­do por el monte Lar­run.

Era la noche fria, comen­za­ba a nevar. En los caminos y sendas, llenos de lo­do, se res­bal­aban los pies; a ve­ces una mu­la en­tra­ba en un char­co has­ta el vien­tre y a fuerza de fuerzas se lo­gra­ba sacar­la del apri­eto.

Los an­imales ll­ev­aban mu­cho pe­so. Era pre­ciso seguir el camino largo, sin uti­lizar las veredas, y la mar­cha se ha­cia pe­sa­da. Al lle­gar a la cum­bre y al en­trar en el puer­to de Iban­tel­ly, les sor­pren­dio a los vian­dantes una tem­pes­tad de vien­to y de nieve.

Se en­con­tra­ban en la mis­ma fron­tera. La nieve ar­recia­ba; no era facil seguir ade­lante. Los tres hom­bres de­tu­vieron las mu­las, y mien­tras qued­aba Capis­tun con el­las, Mar­tin y Bautista se echaron uno a un la­do y el otro al otro, para ver si en­con­tra­ban cer­ca al­gun refu­gio, ca­bana o choza de pas­tor.

Za­la­cain vio a pocos pa­sos una ca­sucha de cara­bineros cer­ra­da.

--iEup! iEup!--gri­to.

No con­testo nadie.

Mar­tin em­pu­jo la puer­ta, su­je­ta con un cla­vo, y en­tro den­tro del chozo. In­medi­ata­mente cor­rio a dar parte a los ami­gos de su de­scubrim­ien­to. Los far­dos que ll­ev­aban las mu­las teni­an man­tas, y ex­ten­di­en­dolas y su­je­tan­dolas por un ex­tremo en la choza de los cara­bineros y por otro en unas ra­mas, im­pro­vis­aron un cober­ti­zo para las ca­bal­le­rias.

Pues­tas en se­guri­dad la car­ga y las mu­las, en­traron los tres en la casa de los cara­bineros y en­cendieron una her­mosa hoguera. Bautista fab­ri­co en un mo­men­to, con fi­bras de pino, una an­tor­cha para alum­brar aquel rin­con.

Es­per­aron a que pasara el tem­po­ral y se dis­pusieron los tres a matar el tiem­po jun­to a la lum­bre. Capis­tun ll­ev­aba una cal­abaza llena de aguar­di­ente de Ar­magnac y, mez­clan­do­lo con agua que ca­len­taron, be­bieron los tres.

Luego, co­mo era nat­ural, hablaron de la guer­ra. El carlis­mo se ex­ten­dia y march­aba de tri­un­fo en tri­un­fo. En Catalu­na y en el pais vas­co-​navar­ro iba ha­cien­do pro­gre­sos. La Re­pub­li­ca es­panola era una calami­dad. Los pe­ri­od­icos habla­ban de as­esinatos en Mala­ga, de in­cen­dios en Al­coy, de sol­da­dos que des­obe­de­cian a los je­fes y se ne­ga­ban a batirse. Era una ver­gueen­za.

Los carlis­tas se apoder­aban de una por­cion de pueb­los aban­don­ados por los lib­erales. Habi­an en­tra­do en Es­tel­la.

En las dos oril­las del Bida­soa, lo mis­mo en la fron­tera es­panola que en la france­sa, se sen­tia un gran en­tu­si­as­mo por la causa del Pre­ten­di­ente.

Capis­tun y Bautista senalaron sus cono­ci­dos al­is­ta­dos ya en la fac­cion. La mayo­ria er­an mo­zos, pero no falta­ban tam­poco los viejos. Los fueron ci­tan­do.

Al­la es­ta­ban Juan Echeber­ri­garay, de Es­pele­ta; Tomas Al­ban­dos, de Anoa; el her­rero Ler­rum­buro, de Zaro; Echebar­ria, de Iris­ar­ri; Gal­parza­soro, el al­par­gatero de Ur­runa; Mearu­ber­ry, el car­nicero de Os­ta­bat, Miguel Lar­ralde, el de Az­cain; Car­ri­caburo, el mo­zo de un case­rio de Arhamus; Chauban­didegui, el hi­jo del con­fitero de Az­carat; Pey­ro­hade y Lafourchette, los dos mo­zos del bazar de Has­par­ren.

--iVa­lientes granu­jas!--mur­muro Mar­tin, que es­cuch­aba.

Capis­tun y Bautista sigu­ieron su enu­mera­cion. Es­ta­ban tam­bi­en Bor­dagor­ri, el de Meharin; Achu­car­ro, de Ur­dax; Etchehun, el ver­so­lari de Chacxu; Ganecoechia, de Oss­es; Bishi­no, de Az­par­rain, Lis­tur­ria, de Briscus; Rebe­nacq, de Pour­tales; el propi­etario de Saint Palais con el baron Les­bas d'Ar­magnac, de Mauleon; Detch­esar­ry, el sac­ristan de Biriatu; Guibelegui­eta, de Bar­cus; Itur­bide, de Hen­daya; Echemen­di, el minero de Ar­tic­uza; Chocoa, el can­tero de San Es­te­ban de Baig­or­ri; Gar­raiz, el cazador de palo­mas de Echalar; Se­toain, el lenador de Es­teren­su­by; Isuribere, el pas­tor de Ure­pel; y Chiquier­di, el de Zu­gar­ra­mur­di.

Los vas­cos, sigu­ien­do las ten­den­cias de su raza, march­aban a de­fend­er lo viejo con­tra lo nue­vo. Asi habi­an pe­lea­do en la an­tigueedad con­tra el ro­mano, con­tra el go­do, con­tra el arabe, con­tra el castel­lano, siem­pre a fa­vor de la cos­tum­bre vie­ja y en con­tra de la idea nue­va.

Es­tos aldeanos y viejos hi­dal­gos de Vas­co­nia y de Navar­ra, es­ta semi­aris­toc­ra­cia campesina de las dos ver­tientes del Piri­neo, creia en aquel Bor­bon, vul­gar ex­tran­jero y ex­tran­jer­iza­do, y es­ta­ban dis­puestos a morir para sat­is­fac­er las am­bi­ciones de un aven­turero tan grotesco.

Los le­git­imis­tas france­ses se lo fig­ura­ban co­mo un nue­vo En­rique IV; y co­mo de al­li, del Bearn, salieron en otro tiem­po los Bor­bones para reinar en Es­pana y en Fran­cia, son­aban con que Car­los VII tri­un­faria en Es­pana, acabaria con la maldita Re­pub­li­ca France­sa, daria fueros a Navar­ra, que se­ria el cen­tro del mun­do y, ade­mas, restable­ce­ria el poder politi­co del Pa­pa en Ro­ma.

Za­la­cain se sen­tia muy es­panol y di­jo que los france­ses er­an un­os cochi­nos, porque de­bian hac­er la guer­ra en su tier­ra, si que­ri­an.

Capis­tun, co­mo buen re­pub­li­cano, afir­mo que la guer­ra en to­das partes era una bar­bari­dad.

--Paz, paz es lo que se nece­si­ta--ana­dio el gas­con--; paz para poder tra­ba­jar y vivir.

--iAh, la paz!--repli­co Mar­tin con­tradi­cien­dole--; es mejor la guer­ra.

--No, no--re­pu­so Capis­tun--. La guer­ra es la bar­barie na­da mas.

Dis­cutieron el asun­to; el gas­con, co­mo mas ilustra­do, adu­cia mejores ar­gu­men­tos, pero Bautista y Mar­tin repli­ca­ban:

--Si, to­do eso es ver­dad, pero tam­bi­en es her­mosa la guer­ra.

Y los dos vas­cos es­peci­fi­caron lo que el­los con­sid­er­aban co­mo her­mo­sura. Am­bos guard­aban en el fon­do de su al­ma un sueno can­di­do y hero­ico, in­fan­til y bru­tal. Se veian los dos por los montes de Navar­ra y de Guipuz­coa al frente de una par­ti­da, vivien­do siem­pre en ace­cho, en una con­tin­ua elas­ti­ci­dad de la vol­un­tad, at­acan­do, huyen­do, es­con­di­en­dose en­tre las matas, ha­cien­do mar­chas forzadas, in­cen­dian­do el case­rio en­emi­go...

iY que ale­grias! iQue tri­un­fos! En­trar en las aldeas a ca­bal­lo, la boina so­bre los ojos, el sable al cin­to, mien­tras las cam­panas to­can en la igle­sia. Ver, al huir de una fuerza may­or, co­mo aparece, en­tre el verde de las heredades, el cam­pa­nario de la aldea donde se tiene el asi­lo; de­fend­er una trinchera hero­ica­mente y plan­tar la ban­dera en­tre las balas que sil­ban; con­ser­var la serenidad mien­tras las granadas caen, es­tal­lan­do a pocos pa­sos, y cara­colear en el ca­bal­lo de­lante de la par­ti­da, marchan­do to­dos al com­pas del tam­bor...

iQue emo­ciones de­bian de ser aque­llas! Y Bautista y Mar­tin son­aban con el plac­er de at­acar y de huir, de bailar en las fi­es­tas de los pueb­los y de ro­bar en los Ayun­tamien­tos, de acechar y de es­capar por los senderos hume­dos y dormir en una bor­da so­bre una ca­ma de hi­er­ba se­ca...

--iBar­barie! iBar­barie!--repli­ca­ba a to­do es­to el gas­con.

--iQue bar­barie!--ex­clamo Mar­tin--. ?Se ha de es­tar siem­pre he­cho un es­cla­vo, sem­bran­do patatas o cuidan­do cer­dos? Pre­fiero la guer­ra.

--?Y por que pre­fieres la guer­ra? Para ro­bar.

--No hables, Capis­tun, que eres com­er­ciante.

--?Y que?

--Que tu y yo robamos con el li­bro de cuen­tas. En­tre ro­bar en el camino, o ro­bar con el li­bro de cuen­tas, pre­fiero a los que roban en el camino.

--Si el com­er­cio fuera un robo, no habria so­ciedad--re­pu­so el gas­con.

--?Y que?--di­jo Mar­tin.

--Que acabar­ian las ciu­dades.

--Para mi las ciu­dades es­tan hechas por mis­er­ables y sir­ven para que las saque­en los hom­bres fuertes--di­jo Mar­tin con vi­olen­cia.

--Eso es ser en­emi­go de la Hu­manidad.

Mar­tin se enco­gio de hom­bros.

Poco de­spues de me­dia noche, la nieve comen­zo a ce­sar y Capis­tun dio la or­den de mar­cha. El cielo habia queda­do es­trel­la­do. Los pies se hun­di­an en la nieve y se sen­tia un si­len­cio de muerte.

--_Can­tats, am­ics_--di­jo el gas­con, a quien tan­ta tris­teza y tan­to re­poso im­poni­an.

--No nos vayan a oir--ad­vir­tio Bautista.

--iCa!--y el gas­con can­to:

iOan! iOan! lus de deuan lus de dar­rer que seguiran. Lus de dar­rer oan, oan, que seguiran a trot de can.

(iAde­lante! Ade­lante, los de de­lante y los de atras que seguiran. Los de atras, ade­lante, ade­lante, que seguiran al trote de can!)

Era es­ta una vie­ja can­cion gas­cona para medir la mar­cha; muy bue­na para el llano, pero poco opor­tu­na en aque­llos ver­icue­tos.

Bautista, an­ima­do por el ejem­plo del gas­con, can­to un zortz­ico vas­co frances, que de­cia asi:

Gau er­di da erri­co ore­nean in­on ez da ar­guir­ic lur­re­an ez diteque men­di­an adi deuz­ic aicearen arrabotza baicic.

(Es me­dia noche en el reloj del pueblo, en ningu­na parte hay luz, en la tier­ra; no se puede, en el monte, oir mas que el ru­mor es­tru­en­doso del vien­to.)

La can­cion de Bautista era de una sal­va­je melan­co­lia; Mar­tin lan­zo un gri­to, el _ir­rintzi_, co­mo una larga car­ca­ja­da, o un re­lin­cho sal­va­je ter­mi­na­do en una risa bur­lona. Capis­tun, co­mo prote­stando, can­to:

Del castelet a l'aube sort Is­abeu, es blan­quette sa raube co­mo la neu.

(Del castil­lete, al al­ba, sale Is­abel; es blan­qui­ta su ropa co­mo la nieve.)

A Mar­tin y a Bautista no les gusta­ban las can­ciones del gas­con que les pare­cian em­palagosas, y a este tam­poco las de sus ami­gos, a las cuales en­con­tra­ba sinies­tras. Dis­cutieron ac­er­ca de las ex­ce­len­cias de sus re­spec­tivos pais­es, pasan­do de los can­tos pop­ulares a hablar de las cos­tum­bres y de la riqueza.

Iba a amanecer; comen­za­ban a ac­er­carse a Ve­ra, cuan­do se oyeron a lo lejos var­ios tiros.

--?Que pasa aqui?--se pre­gun­taron.

Tras de un in­stante se volvieron a oir nuevos tiros y un le­jano sonido de cam­panas.

--Hay que ver lo que es.

De­ci­dieron co­mo mas prac­ti­co que Capis­tun, con las cu­atro mu­las, se volviera y se en­cam­inara despa­cio ha­cia la choza de cara­bineros donde habi­an pasa­do la noche. Si no ocur­ria na­da en Ve­ra, Bautista y Za­la­cain re­tornar­ian in­medi­ata­mente. Si en dos ho­ras no es­ta­ban al­la, Capis­tun de­bia ga­nar la fron­tera y refu­gia­rse en Fran­cia: en Biriatu, en Zaro, donde pud­iese.

Las mu­las volvieron de nue­vo camino del puer­to, y Za­la­cain y su cu­na­do comen­zaron a ba­jar del monte en lin­ea rec­ta, saltan­do, deslizan­dose so­bre la nieve, a ries­go de de­spe­narse. Me­dia ho­ra de­spues, en­tra­ban en las calles de Alzate, cuyas puer­tas se veian cer­radas.

Lla­maron en una posa­da cono­ci­da. Tar­daron en abrir, y al ul­ti­mo el posadero, ame­drenta­do, se pre­sen­to en la puer­ta.

--?Que pasa?--pre­gun­to Za­la­cain.

--Que ha en­tra­do en Ve­ra otra vez la par­ti­da del Cu­ra.

Bautista y Mar­tin sabi­an la rep­uta­cion del Cu­ra y su en­emis­tad con al­gunos gen­erales carlis­tas y con­vinieron en que era peli­groso ll­evar el al­ijo a Ve­ra o a Lesaca, mien­tras an­du­vier­an por al­li las gentes del en­sotana­do cabecil­la.

--Va­mos en segui­da a dar­le el avi­so a Capis­tun--di­jo Bautista.

--Bueno, vete tu--re­pu­so Mar­tin--yo te al­can­zo en segui­da.

--?Que vas a hac­er?

--Voy a ver si veo a Catali­na.

--Yo te es­per­are.

Catali­na y su madre vi­vian en una mag­nifi­ca casa de Alzate. Llamo Mar­tin en el­la, y a la cri­ada, que ya le cono­cia, la di­jo:

--?Es­ta Catali­na?

--Si... Pasa.

En­tro en la coci­na. Era es­ta grande y es­pa­ciosa y al­go ob­scu­ra. Alrede­dor de la an­cha cam­pana de la chime­nea col­ga­ba una tela blan­ca plan­cha­da, su­je­ta por clavos. Del cen­tro de la cam­pana ba­ja­ba una grue­sa ca­de­na ne­gra, en cuyo garfio fi­nal se en­ganch­aba un caldero. A un la­do de la chime­nea, habia un ban­quil­lo de piedra, so­bre el cual es­ta­ban en fi­la tres her­radas con los aros de hi­er­ro bril­lantes, co­mo si fuer­an de pla­ta. En las pare­des se veian cacero­las de co­bre ro­ji­zo y lo­dos los chismes de la coci­na de la casa, des­de las sartenes y cucha­ras de pa­lo, has­ta el ca­len­ta­dor, que tam­bi­en fig­ura­ba col­ga­do en la pared co­mo parte in­te­grante de la ba­te­ria de coci­na.

Aquel or­den pare­cia al­go ab­sur­do y ex­traor­di­nario, con­trasta­do con la ag­ita­cion ex­te­ri­or.

La cri­ada habia subido la es­calera y, tras de al­gun tiem­po, ba­jo Catali­na en­vuelta en un man­ton.

--?Eres tu?--di­jo sol­lozan­do.

--Si, ?que pasa?

Catali­na, llo­ran­do, con­to que su madre es­ta­ba muy en­fer­ma, su her­mano se habia ido con los carlis­tas y a el­la que­ri­an me­ter­la en un con­ven­to.

--?A donde te quieren ll­evar?

--No se, to­davia no se ha de­ci­di­do.

--Cuan­do lo sepas, es­cribe­me.

--Si, no ten­gas cuida­do. Aho­ra vete, Mar­tin, porque mi madre habra oi­do que es­ta­mos hablan­do y, co­mo ha sen­ti­do los tiros hace poco, es­ta muy alar­ma­da.

Efec­ti­va­mente, se oyo poco de­spues una voz de­bil que ex­clam­aba:

--iCatali­na! iCatali­na! ?Con quien hablas?

Catali­na ten­dio la mano a Mar­tin, quien la es­tre­cho en sus bra­zos. El­la apoyo la cabeza en el hom­bro de su novio y, vien­do que la vol­vian a lla­mar subio la es­calera. Za­la­cain la con­tem­plo ab­sorto y luego abrio la puer­ta de la casa, la cer­ro despa­cio y, al en­con­trarse en la calle, se vio con un es­pec­tac­ulo in­es­per­ado. Bautista dis­cu­tia a gri­tos con tres hom­bres ar­ma­dos, que no pare­cian ten­er para el muy bue­nas dis­posi­ciones.

--?Que pasa?--pre­gun­to Mar­tin.

Pasa­ba, sen­cil­la­mente, que aque­llos tres in­di­vid­uos er­an de la par­ti­da del Cu­ra y habi­an pre­sen­ta­do a Bautista Ur­bide este sen­cil­lo dile­ma:

“O for­mar parte de la par­ti­da o quedar pri­sionero y recibir ade­mas, de propina, una tan­da de pa­los.”

Mar­tin iba a lan­zarse a de­fend­er a su cu­na­do cuan­do vio que a un ex­tremo de la calle apare­cian cin­co o seis mo­zos ar­ma­dos. En el otro es­per­aban diez o doce. Con su rapi­do in­stin­to de com­pren­der la situa­cion, Mar­tin se dio cuen­ta de que no habia mas reme­dio que some­terse y di­jo a Bautista, en vas­cuence, aparentan­do gran jovi­al­idad:

--iQue de­mo­nio, Bautista! ?No que­rias tu en­trar en una par­ti­da? ?No so­mos carlis­tas? Pues aho­ra es­ta­mos a tiem­po.

Uno de los tres hom­bres, vien­do co­mo se ex­pli­ca­ba Za­la­cain, ex­clamo sat­is­fe­cho:

--_iAr­rayua!_ Este es de los nue­stros. Venid los dos.

El tal hom­bre era un aldeano al­to, fla­co, vesti­do con un uni­forme de­stroza­do y una pi­pa de bar­ro en la bo­ca. Pare­cia el jefe y le llam­aban Luschia.

Mar­tin y Bautista sigu­ieron a los mo­zos ar­ma­dos, pasaron de Alzate a Ve­ra y se de­tu­vieron en una casa, en cuya puer­ta habia un cen­tinela.

--iBa­jad­los! iBa­jad­los!--di­jo Luschia a su gente.

Cu­atro mo­zos en­traron en el por­tal y subieron por la es­calera.

Luschia, mien­tras tan­to, pre­gun­to a Mar­tin:

--?Vosotros de donde sois?

--De Zaro.

--?Sois france­ses?

--Si--di­jo Bautista.

Mar­tin no quiso de­cir que el no lo era, sa­bi­en­do que el de­cir que era frances po­dia pro­te­gerle.

--Bueno, bueno--mur­muro el jefe.

Los cu­atro aldeanos de la par­ti­da que habi­an en­tra­do en la casa tra­jeron a dos viejos.

--iAtad­los!--di­jo Luschia, el aldeano de la pi­pa.

Sac­aron a la calle un tam­bor de regimien­to y un ces­to, y a los dos viejos los ataron.

--?Que es lo que han he­cho?--pre­gun­to Mar­tin a uno de la par­ti­da que ll­ev­aba una boina a rayas.

--Que son traidores--con­testo este.

El uno era un mae­stro de es­cuela y el otro un ex­par­tidario de la guer­ril­la del Cu­ra.

Cuan­do es­tu­vieron las dos vic­ti­mas atadas y con las es­pal­das desnudas, el eje­cu­tor de la jus­ti­cia, el mo­zo de la boina a rayas, se re­man­go el bra­zo y co­gio una vara.

El mae­stro de es­cuela, su­pli­cante, im­ploro:

--iPero si to­dos so­mos un­os!

El exguer­rillero no di­jo na­da.

No hubo apela­cion ni mis­eri­cor­dia. Al primer golpe, el mae­stro de es­cuela per­dio el sen­ti­do; el otro, el an­tiguo lu­garte­niente del Cu­ra, cal­lo y comen­zo a recibir los pa­los con un es­to­icis­mo sinie­stro.

Luschia se pu­so a hablar con Za­la­cain. Este le con­to una por­cion de men­ti­ras. En­tre el­las le di­jo que el mis­mo habia guarda­do cer­ca de Ur­dax, en una cue­va, mas de trein­ta fusiles mod­er­nos. El hom­bre oia y, de cuan­do en cuan­do, volvien­dose al eje­cu­tor de sus or­denes, de­cia con voz gan­gosa: _iJo! iJo!_ (Pe­ga, pe­ga).

Y volvia a caer la vara co­bre las es­pal­das desnudas.