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Zalacaín El Aventurero by Baroja, Pío - CAPITULO XIV

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Zalacaín El Aventurero

CAPITULO XIV

CO­MO ZA­LA­CAIN Y BAUTISTA UR­BIDE TOMARON LOS DOS SO­LOS LA CIU­DAD DE LA­GUARDIA OCU­PA­DA POR LOS CARLIS­TAS.

De cono­cer Mar­tin la _Odis­ea_ es posi­ble que hu­biese tenido la pre­ten­sion de com­parar a Lin­da con la hechicera Circe y a si mis­mo con Ulis­es, pero co­mo no habia lei­do el po­ema de Home­ro no se le ocur­rio tal com­para­cion.

Si se le ocur­rio varias ve­ces que se es­ta­ba por­tan­do co­mo un bel­la­co, pero Lin­da iera tan en­can­ta­do­ra! iTe­nia por el tan grande en­tu­si­as­mo! Le habia he­cho olvi­dar a Catali­na. Mu­chos dias malde­cia de su bar­barie, pero no se de­ter­mina­ba a mar­charse. De­cidio en su fuero in­ter­no que la cul­pa de to­do era de Bautista y es­ta de­ci­sion le tran­quil­izo.

--?Donde se ha meti­do ese hom­bre?--se pre­gunt­aba.

Una se­mana de­spues del en­cuen­tro con Lin­da, al pasar por los so­por­tales de la calle prin­ci­pal de Logrono se en­con­tro con Bautista que ve­nia ha­cia el in­difer­ente y tran­qui­lo co­mo de cos­tum­bre.

--?Pero donde es­tas?--ex­clamo Mar­tin in­co­moda­do.

--Eso te pre­gun­to yo, ?donde es­tas?--con­testo Bautista.

--?Y Catali­na?

--iQue se yo! Yo crei que tu sabrias donde es­ta­ba, que os habi­ais mar­cha­do los dos sin de­cirme na­da.

--?De man­era que no sabes?...

--Yo no.

--?Cuan­do hablaste tu con el­la por ul­ti­ma vez?

--El mis­mo dia de lle­gar aqui; hace ocho dias. Cuan­do tu te fuistes a com­er a casa de la seno­ra de Briones, Catali­na, la mon­ja y yo nos fuimos a la fon­da. Pa­so el tiem­po, pa­so el tiem­po y tu no ve­nias.--?Pero donde es­ta?--pre­gunt­aba Catali­na.--?Que se yo?--la de­cia. A la una de la man­ana, vien­do que tu no ve­nias, yo me fui a la ca­ma. Es­ta­ba moli­do. Me dor­mi y me des­perte muy tarde y me en­con­tre con que la mon­ja y Catali­na se habi­an mar­cha­do y tu no habi­as venido. Es­pere un dia, y co­mo no apare­cia nadie, crei que os habi­ais mar­cha­do y me fui a Bay­ona y de­je las le­tras en casa de Levi-​Al­varez. Luego tu her­mana em­pe­zo a de­cirme:--?Pero donde es­tara Mar­tin? ?Le ha pasa­do al­go?--Es­cribi a Briones y me con­testo que es­tabas aqui es­can­dal­izan­do el pueblo, y por eso he venido.

--Si, la ver­dad es que yo ten­go la cul­pa--di­jo Mar­tin--. ?Pero donde puede es­tar Catali­na? ?Habra segui­do a la mon­ja?

--Es lo mas prob­able.

Mar­tin, al en­con­trarse con Bautista y hablar con el, se sin­tio fuera de la in­flu­en­cia del hechizo de Lin­da y comen­zo a hac­er inda­ga­ciones con una ac­tivi­dad ex­traor­di­nar­ia. De las dos vi­ajeras del ho­tel, una se habia mar­cha­do por la esta­cion; la otra, la mon­ja, habia par­tido en un coche ha­cia La­guardia.

Mar­tin y Bautista su­pusieron si las dos es­tar­ian refu­giadas en La­guardia. Sin du­da la mon­ja re­cu­pero su as­cen­di­ente so­bre Catali­na en vista de la fal­ta de Mar­tin y la con­ven­cio de que volviera con el­la al con­ven­to.

Era im­posi­ble que Catali­na en­con­tran­dose en otro la­do no hu­biese es­crito.

Se dedi­caron a seguir la pista de la mon­ja. Averiguaron en la ven­ta de Asa que dias antes un coche con la mon­ja in­ten­to pasar a La­guardia, pero al ver la car­retera ocu­pa­da por el ejerci­to lib­er­al sitian­do la ciu­dad y at­acan­do las trincheras retro­ce­dio. Suponi­an los de la ven­ta que la mon­ja habria vuel­to a Logrono, a no ser que in­ten­tara en­trar en la ciu­dad siti­ada, toman­do en ca­bal­le­ria el camino de Lan­ciego por Oy­on y Ve­naspre.

Mar­charon a Oy­on y luego a Yec­ora, pero nadie les pu­do dar ra­zon. Los dos pueb­los es­ta­ban casi aban­don­ados.

Des­de aquel camino al­to se veia La­guardia rodea­da de su mu­ral­la en medio de una ex­plana­da enorme. Ha­cia el Norte lim­ita­ba es­ta ex­plana­da co­mo una mu­ral­la gris la cordillera de Cantabria; ha­cia el Sur po­dia ex­ten­der­se la vista has­ta los montes de Pancor­bo.

En este poligono amar­il­len­to de La­guardia no se desta­ca­ban ni te­ja­dos ni cam­pa­narios, no pare­cia aque­llo un pueblo, sino mas bi­en una for­taleza. En un ex­tremo de la mu­ral­la se er­guia un torre­on en­vuel­to en aquel in­stante en una den­sa hu­mare­da.

Al salir de Yec­ora, un hom­bre fameli­co y de­stroza­do les salio al en­cuen­tro y hablo con el­los. Les con­to que los carlis­tas iban a aban­donar La­guardia un dia u otro. Le pre­gun­to Mar­tin si era posi­ble en­trar en la ciu­dad.

--Por la puer­ta es im­posi­ble--di­jo el hom­bre--, pero yo he en­tra­do subi­en­do por un­os agu­jeros que hay en el muro en­tre la Puer­ta de Paganos y la de Mer­cadal.

--?Pero y los cen­tinelas?

--No sue­len haber muchas ve­ces.

Ba­jaron Mar­tin y Bautista por una sen­da des­de Lan­ciego a la car­retera y lle­garon al sitio en donde acam­pa­ba el ejerci­to lib­er­al. La tropa, de­spues de canon­ear las trincheras carlis­tas, avan­za­ba, y el en­emi­go aban­don­aba sus posi­ciones refu­gian­dose en los muros.

El regimien­to del cap­itan Briones se en­con­tra­ba en las avan­zadas. Mar­tin pre­gun­to por el y lo en­con­tro. Briones pre­sen­to a Za­la­cain y a Bautista a al­gunos ofi­ciales com­paneros suyos, y por la noche tu­vieron una par­ti­da de car­tas y ju­garon y be­bieron. Gano Mar­tin, y uno de los com­paneros de Briones, un te­niente aragones que habia per­di­do to­da su pa­ga, comen­zo, para ven­garse, a hablar mal de los vas­con­ga­dos, y Za­la­cain y el se en­car­zaron en una es­tup­ida dis­cu­sion de amor pro­pio re­gion­al, de esas tan fre­cuentes en Es­pana.

De­cia el te­niente aragones que los vas­con­ga­dos er­an tan tor­pes, que un cap­itan carlista, para en­se­narles a mar­char a la derecha y a la izquier­da el­ev­aba un mano­jo de pa­ja en la mano y les de­cia, por ejem­plo: iDoble derecha! y en segui­da pasa­ba el mano­jo a la derecha y de­cia. iHa­cia el la­do de la pa­ja! Ade­mas, se­gun el ofi­cial, los vas­con­ga­dos er­an un­os poltrones que no se que­ri­an batir mas que es­tando cer­ca de sus casas.

Mar­tin se es­ta­ba amoscan­do, y di­jo al ofi­cial:

--Yo no se co­mo ser­an los vas­con­ga­dos, pero lo que le puedo de­cir a ust­ed es que lo que ust­ed o cualquiera de es­tos senores ha­ga, lo ha­go yo por de­ba­jo de la pier­na.

--Y yo--di­jo Bautista, colo­can­dose al la­do de Mar­tin.

--Va­mos, hom­bre--di­jo Briones--. No sean ust­edes ton­tos. El te­niente Ramirez no ha queri­do ofend­er­les.

--No nos ha lla­ma­do mas que es­tupi­dos y co­bardes--di­jo rien­do Mar­tin--. Claro que a mi no me im­por­ta na­da lo que este senor opine de nosotros, pero me gus­taria en­con­trar una oca­sion para pro­bar­le que es­ta equiv­oca­do.

--Sal­ga ust­ed--di­jo el te­niente.

--Cuan­do ust­ed quiera--con­testo Mar­tin.

--No--repli­co Briones--, yo lo pro­hi­bo. El te­niente Ramirez quedara ar­resta­do.

--Es­ta bi­en--di­jo re­fun­fu­nan­do el alu­di­do.

--Si es­tos senores quieren un poco de ja­leo, cuan­do tomem­os La­guardia pueden venir con nosotros--ad­vir­tio el ofi­cial.

Mar­tin creyo ver al­gu­na iro­nia en las pal­abras del mil­itar y repli­co bur­lon­amente:

--iCuan­do tomen ust­edes La­guardia! No, hom­bre. Eso no es na­da para nosotros. Yo voy so­lo a La­guardia y la to­mo, o a lo mas con mi cu­na­do Bautista.

Se echaron to­dos a reir de la fan­far­rona­da, pero vien­do que Mar­tin in­sis­tia, di­cien­do que aque­lla mis­ma noche iban a en­trar en la ciu­dad siti­ada, pen­saron que Mar­tin es­ta­ba lo­co. Briones, que le cono­cia, tra­to de dis­uadirse de hac­er es­ta bar­bari­dad, pero Za­la­cain no se con­ven­cio.

--?Ven ust­edes este panue­lo blan­co?--di­jo--. Man­ana al amanecer lo ve­ran ust­edes en este pa­lo flotan­do so­bre La­guardia. ?Habra por aqui una cuer­da?

Uno de los ofi­ciales jovenes tra­jo una cuer­da, y Mar­tin y Bautista, sin hac­er ca­so de las pal­abras de Briones, avan­zaron por la car­retera.

El frio de la noche les sereno, y Mar­tin y su cu­na­do se mi­raron al­go ex­trana­dos. Se dice que los an­tigu­os go­dos teni­an la cos­tum­bre de re­solver sus asun­tos dos ve­ces, una bor­ra­chos y otra serenos. De es­ta man­era uni­an en sus de­ci­siones el atre­vimien­to y la pru­den­cia. Mar­tin sin­tio no haber segui­do es­ta pru­dente tac­ti­ca go­da, pero se cal­lo y dio a en­ten­der que se en­con­tra­ba en uno de los mo­men­tos re­go­ci­ja­dos de su vi­da.

--?Que? ?va­mos a ir?--pre­gun­to Bautista.

--Pro­bare­mos.

Se ac­er­caron a La­guardia. A poca dis­tan­cia de sus muros tomaron a la izquier­da, por la Sen­da de las Damas, has­ta salir al camino de El Ciego y cruzan­do este se ac­er­caron a la al­tura en donde se asien­ta la ciu­dad. De­jaron a un la­do el ce­mente­rio y lle­garon a un paseo con ar­boles que cir­cun­da el pueblo.

De­bian de en­con­trarse en el pun­to in­di­ca­do por el hom­bre de Yec­ora, en­tre la puer­ta de Mer­cadal y la de Paganos.

Efec­ti­va­mente, el sitio era aquel. Dis­tin­guieron los agu­jeros en el muro que servia de es­calera; los de aba­jo es­ta­ban tapa­dos.

--Po­dri­amos abrir es­tos bo­quetes--di­jo Bautista.

--iHum! Tar­dari­amos mu­cho--con­testo Mar­tin--. Subete enci­ma de mi a ver si lle­gas. Toma la cuer­da.

Bautista se en­car­amo so­bre los hom­bros de Mar­tin, y luego, vien­do que se po­dia subir sin di­fi­cul­tad, esca­lo la mu­ral­la has­ta lo al­to. Aso­mo la cabeza y vien­do que no habia vig­ilan­cia salto enci­ma.

--?Nadie?--di­jo Mar­tin.

--Nadie.

Su­je­to Bautista la cuer­da con un la­zo corredi­zo en un an­gu­lo de un torre­on, v subio Mar­tin a pul­so, con el pa­lo en los di­entes.

--Se deslizaron los dos por el bor­de de la mu­ral­la, has­ta en­fi­lar una calle­ja. Ni guardia, ni cen­tinela; no se veia ni se oia na­da. El pueblo pare­cia muer­to.

--?Que pasara aqui?--se di­jo Mar­tin.

Se ac­er­caron al otro ex­tremo de la ciu­dad. El mis­mo si­len­cio. Nadie. In­dud­able­mente, los carlis­tas habi­an hui­do de La­guardia.

Mar­tin y Bautista adquirieron el con­vencimien­to de que el pueblo es­ta­ba aban­don­ado. Avan­zaron con es­ta con­fi­an­za has­ta cer­ca de la puer­ta del Mer­cadal; y en­frente del ce­mente­rio, ha­cia la car­retera de Logrono, su­je­taron en­tre dos piedras el pa­lo y ataron en su pun­ta el panue­lo blan­co.

He­cho es­to, volvieron de­prisa al pun­to por donde habi­an subido. La cuer­da seguia en el mis­mo sitio. Amane­cia. Des­de al­la ar­ri­ba se veia una enorme ex­ten­sion de cam­po. La luz comen­za­ba a in­dicar las som­bras de los vine­dos y de los oli­vares. El vien­to fres­co anun­cia­ba la prox­im­idad del dia.

--Bueno, ba­ja--di­jo Mar­tin--. Yo su­jetare la cuer­da.

--No, ba­ja tu--repli­co Bautista.

--Va­mos, no seas im­be­cil.

--?Quien vive?--gri­to una voz en aquel mis­mo mo­men­to.

Ninguno de los dos con­testo. Bautista comen­zo a ba­jar despa­cio. Mar­tin se ten­dio en la mu­ral­la.

--?Quien vive?--volvio a gri­tar el cen­tinela.

Mar­tin se aplas­to en el sue­lo to­do lo que pu­do; sono un dis­paro y una bala pa­so por enci­ma de su cabeza. Afor­tu­nada­mente, el cen­tinela es­ta­ba lejos. Cuan­do Bautista de­scen­dio, Mar­tin comen­zo a ba­jar. Tu­vo la suerte de que la cuer­da no se deslizase. Bautista le es­per­aba con el al­ma en un hi­lo. Habia movimien­to en la mu­ral­la; cu­atro o cin­co hom­bres se aso­maron a el­la, y Mar­tin y Bautista se es­condieron tras de los ar­boles del paseo que cir­cund­aba el pueblo. Lo ma­lo era que aclara­ba ca­da vez mas. Fueron pasan­do de ar­bol a ar­bol, has­ta lle­gar cer­ca del ce­mente­rio.

--Aho­ra no hay mas reme­dio que echar a cor­rer a la de­scu­bier­ta--di­jo Mar­tin--. A la una..., a las dos... Va­mos al­la.

Echaron los dos a cor­rer. Sonaron var­ios tiros. Am­bos lle­garon ile­sos al ce­mente­rio. De aqui ga­naron pron­to el camino de Logrono. Ya fuera de peli­gro, mi­raron ha­cia atras. El panue­lo seguia en la mu­ral­la on­de­an­do al vien­to. Briones y sus ami­gos reci­bieron a Mar­tin y a Bautista co­mo a heroes.

Al dia sigu­iente, los carlis­tas aban­donaron La­guardia y se refu­gia­ron en Pe­nac­er­ra­da. La pobla­cion enar­bo­lo ban­dera de par­la­men­to; y el ejerci­to, con el gen­er­al al frente, en­tra­ba en la ciu­dad.

Por mas que Mar­tin y Bautista pre­gun­taron en to­das las casas, no en­con­traron a Catali­na.

LI­BRO TER­CERO

Las ul­ti­mas aven­turas

CA­PIT­ULO PRIMERO

LOS RE­CIEN CASA­DOS ES­TAN CON­TENTOS

Catali­na no fue in­flex­ible. Pocos dias de­spues, Mar­tin recibio una car­ta de su her­mana. De­cia la Ig­na­cia que Catali­na es­ta­ba en su casa, en Zaro, des­de ha­cia al­gunos dias. Al prin­ci­pio no habia queri­do oir hablar de Mar­tin, pero aho­ra le per­don­aba y le es­per­aba.

Mar­tin y Bautista se pre­sen­taron en Zaro in­medi­ata­mente, y los novios se rec­on­cil­iaron.

Se preparo la bo­da. iQue paz se dis­fruta­ba al­li, mien­tras se mata­ban en Es­pana! La gente tra­ba­ja­ba en el cam­po. Los domin­gos, de­spues de la misa, los aldeanos en­domin­ga­dos, con la cha­que­ta al hom­bro, se re­uni­an en la sidreria y en el juego de pelota; las mu­jeres iban a la igle­sia, con un ca­pu­chon ne­gro, que rode­aba su cabeza. Catali­na canta­ba en el coro y Mar­tin la oia, co­mo en la in­fan­cia, cuan­do en la igle­sia de Ur­bia en­ton­aba el Aleluya.

Se cele­bro la bo­da, con la posi­ble solem­nidad, en la igle­sia de Zaro y luego la fi­es­ta en la casa de Bautista.

Ha­cia to­davia frio, y los aldeanos ami­gos se re­unieron en la coci­na de la casa, que era grande, her­mosa y limpia. En la enorme chime­nea re­don­da se echaron mon­tones de lena, y los in­vi­ta­dos can­taron y be­bieron has­ta bi­en en­tra­da la noche, al re­sp­lan­dor de las lla­mas. Los padres de Bautista, dos viejecitos ar­ru­ga­dos, que habla­ban so­lo vas­cuence, can­taron una can­cion mono­tona de su tiem­po, y Bautista lu­cio su voz y su reper­to­rio com­ple­to y can­to una can­cion en hon­or de los novios.

Ez­con berriy­ac pozquidac daude pozquidac daude eguin di­rala­co gaur al­car­ren jabe clizan.

(Los re­cien casa­dos es­tan muy ale­gres, porque hoy se han he­cho duenos, uno de otro, en la igle­sia.)

La fi­es­ta acabo, con la may­or ale­gria, a la me­dia noche, en que se re­ti­raron to­dos.

Pasa­da la lu­na de miel, Mar­tin volvio a las an­dadas. No para­ba, iba y ve­nia de Es­pana a Fran­cia, sin poder re­posar.

Catali­na de­sea­ba ar­di­en­te­mente que acabara la guer­ra e in­tenta­ba reten­er a Mar­tin a su la­do.

--Pero, ?que quieres mas?--le de­cia--.?No tienes ya bas­tante dinero? ?Para que ex­pon­erte de nue­vo?

--Si no me ex­pon­go--repli­ca­ba Mar­tin.

Pero no era ver­dad, tenia am­bi­cion, amor al peli­gro y una con­fi­an­za cie­ga en su es­trel­la. La vi­da seden­taria le ir­ri­ta­ba.

Mar­tin y Bautista de­ja­ban so­las a las dos mu­jeres y se iban a Es­pana. Al ano de casa­da, Catali­na tu­vo un hi­jo, al que lla­maron Jose Miguel, recor­dan­do Mar­tin la re­comen­da­cion del viejo Tel­lagor­ri.

CA­PIT­ULO II

EN EL CUAL SE INI­CIA LA “DESHECHA”

Con la procla­ma­cion de la monar­quia en Es­pana, comen­zo el deshielo en el cam­po carlista. La batal­la de Lacar, per­di­da de una man­era ridic­ula por el ejerci­to reg­ular en pres­en­cia del nue­vo rey, dio alien­tos a los carlis­tas, pero a pe­sar del tri­un­fo y del botin la causa del Pre­ten­di­ente iba de ca­pa cai­da.

La batal­la de Lacar no hi­zo mas que en­rique­cer el reper­to­rio de las can­ciones de la guer­ra con una copla que mas que para sol­da­dos pare­cia es­cri­ta para el coro de seno­ras de una zarzuela, y que de­cia asi:

En Lacar, chiquil­lo, Te viste en un tris, Si don Car­los te da con la bo­ta Co­mo una pelota, Te en­via a Paris.

Era di­fi­cil, al oir es­ta can­cion, no pen­sar en unas cuan­tas coris­tas bal­ance­an­do volup­tu­osa­mente las caderas.

Los carlis­tas habla­ban ya de traicion. Con el fra­ca­so del sitio de Irun y con la re­ti­ra­da de don Car­los, los curas navar­ros y vas­con­ga­dos em­pezaron a du­dar del tri­un­fo de la causa. Con la procla­ma­cion de Sa­gun­to, la de­scon­fi­an­za cun­dio por to­das partes.

--Son pri­mos y el­los se en­tien­den--de­cian los de­scon­fi­ados, que er­an le­gion.

Al­gunos que habi­an oi­do hablar de un don Al­fon­so, her­mano de don Car­los, creian que a este don Al­fon­so le habi­an he­cho rey.

Los am­bi­ciosos de los pueb­los veian que to­das las clases ri­cas se in­clin­aban a fa­vor de la monar­quia lib­er­al.

Los gen­erales al­fon­si­nos, de­spues de he­cho su agos­to y as­cen­di­do en su car­rera to­do lo posi­ble, en­con­tra­ban que era una es­tupi­dez con­tin­uar la guer­ra du­rante mas tiem­po; habi­an mata­do la re­pub­li­ca, que cier­ta­mente por es­tol­ida mere­cia la muerte; el nue­vo go­bier­no les mira­ba co­mo vence­dores, paci­fi­cadores y heroes. iQue mas po­di­an de­sear!

En el cam­po carlista comen­za­ba la _Deshecha_. Ya se po­dia an­dar por las car­reteras sin peli­gro; el carlis­mo seguia por la fuerza de la in­er­cia, de­fen­di­do de­bil­mente y at­aca­do mas de­bil­mente to­davia. La uni­ca ar­ma que se blan­dia de ve­ras era el dinero.

Mar­tin, vien­do que no era di­fi­cil recor­rer los caminos, to­mo su cochecito y se di­ri­gio ha­cia Ur­bia una man­ana de in­vier­no.

To­dos los fuertes per­mane­cian si­len­ciosos, mu­das las trincheras carlis­tas, ni una det­ona­cion, ni una hu­mare­da cruz­aban el aire. La nieve cubria el cam­po con su mor­ta­ja blan­ca ba­jo el cielo en­tolda­do y plomi­zo.

Antes de lle­gar a Ur­bia, a un la­do y a otro, se veian casas de cam­po der­rum­badas, fachadas con las ven­tanas tapi­adas y rel­lenas de pa­ja, ar­boles con las ra­mas ro­tas, zan­jas y para­petos por to­das partes.

Mar­tin en­tro en Ur­bia. La casa de Catali­na es­ta­ba de­stroza­da; con los techos atrav­es­ados por las granadas, las puer­tas y ven­tanas cer­radas her­meti­ca­mente. Ofre­cia el her­moso caseron un as­pec­to lamentable; en la huer­ta aban­don­ada, las lilas mostra­ban sus ra­mas ro­tas, y una de las mas grandes de un mag­nifi­co ti­lo, des­ga­ja­da, lle­ga­ba has­ta el sue­lo. Los ros­ales trepadores, antes tan lozanos, se veian mar­chi­tos.

Subio Mar­tin por su calle a ver la casa en donde na­cio.

La es­cuela es­ta­ba cer­ra­da; por los cristales em­polva­dos se veian los cartelones con le­tras grandes y los ma­pas col­ga­dos de las pare­des. Cer­ca del case­rio de Za­la­cain habia una vi­ga de madera, de la que col­ga­ba una cam­pana.

--?Para que sirve es­to?--pre­gun­to a un mendi­go que iba de puer­ta en puer­ta.

Era para el vi­gia. Cuan­do no­ta­ba un fog­ona­zo to­ca­ba la cam­pana para avis­ar a la gente de la parte ba­ja.

En­tro Mar­tin en el case­rio Za­la­cain. El te­ja­do no ex­is­tia; so­lo qued­aba un rin­con de la an­tigua coci­na con cu­bier­ta. Ba­jo este techo, en­tre los es­com­bros, habia un hom­bre sen­ta­do es­cri­bi­en­do y un chiquil­lo ocu­pa­do en cuidar var­ios pucheros.

--?Quien vive aqui?--pre­gun­to Mar­tin.

--Aqui vi­vo yo--con­testo una voz.

Mar­tin que­do atoni­to. Era el ex­tran­jero. Al verse se es­trecharon las manos afec­tu­osa­mente.

--iLo que dio ust­ed que hablar en Es­tel­la!--di­jo el ex­tran­jero--. iQue golpe aquel mas ad­mirable! ?Co­mo se es­caparon ust­edes?

Mar­tin con­to la his­to­ria de su es­cap­ato­ria, y el pe­ri­odista fue toman­do no­tas.

--Puedo hac­er una cron­ica ad­mirable--di­jo.

Luego hablaron de la guer­ra.

--iPo­bre pais!--di­jo el ex­tran­jero--. iCuan­ta bru­tal­idad! iCuan­to ab­sur­do! ?Se acuer­da ust­ed del po­bre Haus­sonville que conoci­mos en Es­tel­la?

--Si.

--Mu­rio fusila­do. ?Y del Cor­ne­ta de Lasala y de Praschcu que fueron de los que nos per­sigu­ieron cer­ca de Her­nani?

--Si.

--Es­os dos habi­an sal­va­do al cabecil­la Mon­ser­rat de la muerte. ?Sabe ust­ed quien los ha fusila­do?

--?Pero los han fusila­do?

--Si, el mis­mo Mon­ser­rat, en Or­maiztegui.

--iPo­bre gente!

--A otro, lla­ma­do An­chusa, de la par­ti­da del Cu­ra, de­bia ust­ed tam­bi­en cono­cer...

--Si, lo cono­cia.

--A ese lo man­do fusilar Lizarra­ga. Y al _Jabonero_, el lu­garte­niente del Cu­ra...

--?Tam­bi­en lo fusilaron?

--Tam­bi­en. Al _Jabonero_ le de­bia el Cu­ra la uni­ca vic­to­ria que con­sigu­io en Usurbil cuan­do de­fendieron una er­mi­ta con­tra los lib­erales; pero tenia ce­los de el y ade­mas creia que le ha­cia traicion, y lo man­do fusilar.

--Si es­to sigue asi no va­mos a quedar nadie.

--Afor­tu­nada­mente ya ha comen­za­do la _Deshecha_ co­mo di­cen los aldeanos--con­testo el ex­tran­jero--.?Y ust­ed a que ha venido aqui?

Mar­tin di­jo que el era de Ur­bia, asi co­mo su mu­jer, y con­to sus aven­turas des­de el tiem­po en que habia de­ja­do de ver al ex­tran­jero. Comieron jun­tos y por la tarde se de­spi­dieron.

--To­davia creo que nos volver­emos a ver--di­jo el ex­tran­jero.

--Quien sabe. Es muy posi­ble.

CA­PIT­ULO III

EN DONDE MAR­TIN COMIEN­ZA A TRA­BA­JAR POR LA GLO­RIA

En la epoca de las nieves, un gen­er­al au­daz que ve­nia de muy lejos in­ten­to en­volver a los carlis­tas por el la­do del Piri­neo, y salien­do de Pam­plona avan­zo por la car­retera de Eli­zon­do; pero al ver el al­to de Ve­late de­fen­di­do y atrincher­ado por los carlis­tas, se re­tiro ha­cia En­gui y luego to­mo por el puer­to de Olaber­ri, prox­imo a la fron­tera, por en­tre bosques y sendas mal­isi­mas; y per­di­dos sus sol­da­dos en los bosques, lle­garon de­spues de dos dias y tres noches al Baz­tan.

La im­pru­den­cia era grande, pero aquel gen­er­al tu­vo suerte, porque si la ter­ri­ble neva­da que cayo al dia sigu­iente de es­tar en Eli­zon­do cae antes, hu­bier­an queda­do la mi­tad de las tropas en­tre la nieve.

El gen­er­al pidio viveres a Fran­cia, y gra­cias a la ayu­da del pais ve­ci­no, pu­do dar de com­er a su gente y preparar alo­jamien­to. Mar­tin y Bautista se hal­la­ban en rela­cion con una casa de Bay­ona, y fueron a Anoa con sus car­ros.

Anoa es­ta a un kilo­metro prox­ima­mente de la fron­tera, en donde se hal­la es­table­ci­da la ad­ua­na es­panola de Dan­charinea.

Aquel dia, una por­cion de gente de la fron­tera france­sa se aso­mo a Anoa. La car­retera es­ta­ba at­es­ta­da de car­ro­matos, car­retas y om­nibus, que con­du­cian al valle de Baz­tan para las tropas far­dos de za­patos, sacos de pan, ca­jones de gal­leta de Bur­deos, es­par­to para las ca­mas, bar­riles de vi­no y de aguar­di­ente.

El camino es­ta­ba in­tran­sitable y lleno de bar­ro. Ade­mas de to­do aquel con­voy de mer­can­cias consigna­do al ejerci­to, hal­la­banse otros coches at­ibor­ra­dos de gen­eros que al­gunos com­er­ciantes de Bay­ona ll­ev­aban a ver si ven­di­an al por menor.

Habia tam­bi­en cer­ca del puente, so­bre el ri­achue­lo Ugarona, una por­cion de can­tineros con sus ces­tas, fras­cos y cachivach­es.

Mar­tin con su mu­jer, y Bautista con la suya, se ac­er­caron a Anoa y se alo­jaron en la ven­ta. Catali­na que­ria ver si obte­nia noti­cias de su her­mano.

En la ven­ta pre­gun­taron a un mucha­cho de­ser­tor carlista, pero no supo dar­les ningu­na ra­zon de Car­los Ohan­do.

--Si no es­ta en Pe­napla­ta, ira camino de Bur­guete--les di­jo.

Se en­con­tra­ban a la puer­ta de la ven­ta Mar­tin y Bautista, cuan­do pa­so, en­vuel­to en su capote, Briones, el her­mano de Rosi­ta. Le salu­do a Mar­tin muy afec­tu­oso y en­tro en la ven­ta. Ves­tia uni­forme de co­man­dante y ll­ev­aba cor­dones do­ra­dos co­mo los ayu­dantes de gen­erales.

--He habla­do mu­cho de ust­ed a mi gen­er­al--le di­jo a Mar­tin.

--?Si?

--Ya lo creo. Ten­dria mu­cho gus­to en cono­cer a ust­ed. Le he con­ta­do sus aven­turas. ?Quiere ust­ed venir a salu­dar­le? Ten­go ahi un ca­bal­lo de mi asis­tente.

--?Donde es­ta el gen­er­al?

--En Eli­zon­do. ?Viene ust­ed?

--Va­mos.

Ad­vir­tio Mar­tin a su mu­jer que se march­aba a Eli­zon­do; mon­taron Briones y Za­la­cain a ca­bal­lo y char­lan­do de muchas cosas lle­garon a es­ta vil­la, cen­tro del valle del Baz­tan. El gen­er­al se alo­ja­ba en un pala­cio de la plaza; a la puer­ta dos ofi­ciales habla­ban.

Le hi­zo pasar Briones a Mar­tin al cuar­to en donde se en­con­tra­ba el gen­er­al. Este, sen­ta­do a una mesa donde tenia planos y pa­pe­les, fum­aba un cigar­ro puro y dis­cu­tia con varias per­sonas.

Pre­sen­to Briones a Mar­tin, y el gen­er­al, de­spues de es­trecharle la mano, le di­jo br­us­ca­mente:

--Me ha con­ta­do Briones sus aven­turas. Le fe­lic­ito a ust­ed.

--Muchas gra­cias, mi gen­er­al.

--?Conoce ust­ed to­da es­ta zona de mu­gas de la fron­tera que dom­ina el valle del Baz­tan?

--Si, co­mo mi propia mano. Creo que no habra otro que las conoz­ca tan bi­en.

--?Sabe ust­ed los caminos y las sendas?

--No hay mas que sendas.

--?Hay sendero para subir a Pe­napla­ta por el la­do de Zu­gar­ra­mur­di?

--Lo hay.

--?Pueden subir ca­bal­los?

--Si, facil­mente.

El gen­er­al dis­cu­tio con Briones y con el otro ayu­dante. El habia tenido el proyec­to de cer­rar la fron­tera e im­pedir la re­ti­ra­da a Fran­cia del grue­so del ejerci­to carlista, pero era im­posi­ble.

--Ust­ed ?que ideas po­lit­icas tiene?--pre­gun­to de pron­to el gen­er­al a Mar­tin.

--Yo he tra­ba­ja­do para los carlis­tas, pero en el fon­do creo que soy lib­er­al.

--?Quer­ria ust­ed servir de guia a la colum­na que subi­ra man­ana a Pe­napla­ta?

--No ten­go in­con­ve­niente.

El gen­er­al se levan­to de la sil­la en donde es­ta­ba sen­ta­do y se ac­er­co con Za­la­cain a uno de los bal­cones.

--Creo--le di­jo--que ac­tual­mente soy el hom­bre de mas in­flu­en­cia de Es­pana. ?Que quiere ust­ed ser? ?No tiene ust­ed am­bi­ciones?

--Ac­tual­mente soy casi ri­co; mi mu­jer lo es tam­bi­en...

--?De donde es ust­ed?

--De Ur­bia.

--?Quiere ust­ed que le nom­bre­mos al­calde de al­la?

Mar­tin re­flex­iono.

--Si, eso me gus­ta--di­jo.

--Pues cuente ust­ed con el­lo. Man­ana por la man­ana hay que es­tar aqui.

--?Van a ir tropas por Zu­gar­ra­mur­di?

--Si.

--Yo les es­per­are en la car­retera, jun­to al al­to de Maya.

Mar­tin se de­spidio del gen­er­al y de Briones, y volvio a Anoa, para tran­quil­izar a su mu­jer. Con­to a Bautista su con­ver­sa­cion con el gen­er­al; Bautista se lo di­jo a su mu­jer y es­ta a Catali­na.

A me­dia noche, se prepara­ba Mar­tin a mon­tar a ca­bal­lo, cuan­do se pre­sen­to Catali­na con su hi­jo en bra­zos.

--iMartin! iMartin!--le di­jo sol­lozan­do--. Me han ase­gu­ra­do que quieres ir con el ejerci­to a subir a Pe­napla­ta.

--?Yo?

--Si.

--Es ver­dad. ?Y eso te asus­ta?

--No vayas. Te van a matar, Mar­tin. iNo vayas! iPor nue­stro hi­jo! iPor mi!

--Bah, iton­te­rias! ?Que miedo puedes ten­er? Si he es­ta­do otras ve­ces so­lo, ?que me va a pasar, yen­do en com­pa­nia de tan­ta gente?

--Si, pero aho­ra no vayas, Mar­tin. La guer­ra se va a acabar en segui­da. Que no te pase al­go al fi­nal.

--Me he com­pro­meti­do. Ten­go que ir.

--iOh, Mar­tin!--sol­lo­zo Catali­na--. Tu eres to­do para mi; yo no ten­go padre, ni madre, ni ten­go her­mano, porque el cari­no que pud­iese ten­er­le a el lo he puesto en ti y en tu hi­jo. No vayas a de­jarme vi­uda, Mar­tin.

--No ten­gas cuida­do. Es­tate tran­quila. Mi vi­da es­ta ase­gu­ra­da, pero ten­go que ir. He da­do mi pal­abra...

--Por tu hi­jo...

--Si, por mi hi­jo tam­bi­en... No quiero que, an­dan­do el tiem­po, puedan de­cir de el: “Este es el hi­jo de Za­la­cain, que dio su pal­abra y no la cumplio por miedo”; no, si di­cen al­go, que di­gan: “Este es Miguel Za­la­cain, el hi­jo de Mar­tin Za­la­cain, tan va­liente co­mo su padre... No. Mas va­liente aun que su padre.”

Y Mar­tin, con sus pal­abras, llego a in­fundir an­imo en su mu­jer, acari­cio al ni­no, que le mira­ba son­rien­do des­de el rega­zo de su madre, abra­zo a es­ta y, mon­tan­do a ca­bal­lo, de­sa­pare­cio por el camino de Eli­zon­do.

CA­PIT­ULO IV

LA BATAL­LA CER­CA DEL MONTE AQUE­LARRE

Mar­tin llego al al­to de Maya al amanecer, subio un poco por la car­retera y vio que ve­nia la tropa. Se re­unio con Briones y am­bos se pusieron a la cabeza de la colum­na.

Al lle­gar a Zu­gar­ra­mur­di, comen­za­ba a clarear. So­bre el pueblo, las cimas del monte, blan­cas y pul­idas por la llu­via, bril­la­ban con los primeros rayos del sol.

De es­ta blan­cu­ra de las ro­cas pre­ce­dia el nom­bre del monte Ar­rizuri (piedra blan­ca) en vas­co y Pe­napla­ta en castel­lano.

Mar­tin to­mo el sendero que bor­dea un tor­rente. Una ca­pa de ar­cil­la humede­ci­da cubria el camino, por el cual los ca­bal­los y los hom­bres se res­bal­aban. El sendero tan pron­to se ac­er­ca­ba a la tor­rentera, llena de malezas y de tron­cos po­dri­dos de ar­boles, co­mo se sep­ara­ba de el­la. Los sol­da­dos ca­ian en este ter­reno res­bal­adi­zo. A cier­ta al­tura, el tor­rente era ya un precipi­cio, por cuyo fon­do, lleno de ma­tor­rales, se pre­cip­ita­ba el agua bril­lante.

Mien­tras march­aban Mar­tin y Briones a ca­bal­lo, fueron hablan­do amis­tosa­mente. Mar­tin fe­lic­ito a Briones por sus as­cen­sos.

--Si, no es­toy de­scon­tento--di­jo el co­man­dante--; pero ust­ed, ami­go Za­la­cain, es el que avan­za con rapi­dez, si sigue asi; si en es­tos anos ade­lan­ta ust­ed lo que ha ade­lan­ta­do en los cin­co pasa­dos, va ust­ed a lle­gar donde quiera.

--?Creera ust­ed que yo ya no ten­go casi am­bi­cion?

--?No?

--No. Sin du­da, er­an los ob­stac­ulos los que me da­ban antes brios y fuerza, el ver que to­do el mun­do se planta­ba a mi pa­so para es­tor­barme. Que uno que­ria vivir, el ob­stac­ulo; que uno que­ria a una mu­jer y la mu­jer le que­ria a uno, el ob­stac­ulo tam­bi­en. Aho­ra no ten­go ob­stac­ulos, y ya no se que hac­er. Voy a ten­er que in­ven­tarme otras ocu­pa­ciones y otros que­braderos de cabeza.

--Es ust­ed la in­qui­etud per­son­ifi­ca­da, Mar­tin--di­jo Briones.

--?Que quiere ust­ed? He cre­ci­do sal­va­je co­mo las hi­er­bas y nece­si­to la ac­cion, la ac­cion con­tin­ua. Yo, muchas ve­ces pien­so que lle­gara un dia en que los hom­bres po­dran aprovechar las pa­siones de los de­mas en al­go bueno.

--?Tam­bi­en es ust­ed son­ador?

--Tam­bi­en.

--La ver­dad es que es ust­ed un hom­bre pin­toresco, ami­go Za­la­cain.

--Pero la mayo­ria de los hom­bres son co­mo yo.

--Oh, no. La mayo­ria so­mos gente tran­quila, paci­fi­ca, un poco muer­ta.

--Pues yo es­toy vi­vo, eso si; pero la mis­ma vi­da que no puedo em­plear se me que­da den­tro y se me pu­dre. Sabe ust­ed, yo quisiera que to­do viviese, que to­do comen­zara a mar­char, no de­jar na­da para­do, em­pu­jar to­do al movimien­to, hom­bres, mu­jeres, ne­go­cios, maquinas, mi­nas, na­da qui­eto, na­da in­movil...

--Ex­tranas ideas--mur­muro Briones.

Con­cluia el camino y comen­za­ban las sendas a di­vidirse y a sub­di­vidirse, es­ca­lan­do la al­tura.

Al lle­gar a este pun­to, Mar­tin avi­so a Briones que era con­ve­niente que sus tropas es­tu­viesen preparadas, pues al fi­nal de es­tas sendas se en­con­trar­ian en ter­reno de­scu­bier­to y de­spro­vis­to de ar­boles.

Briones man­do a los tiradores de la van­guardia preparasen sus ar­mas y fuer­an avan­zan­do despa­cio en guer­ril­la.

--Mien­tras un­os van por aqui--di­jo Mar­tin a Briones--otros pueden subir por el la­do op­uesto. Hay al­la ar­ri­ba una ex­plana­da grande. Si los carlis­tas se para­petan en­tre las ro­cas van a hac­er una mor­tan­dad ter­ri­ble.

Briones dio cuen­ta al gen­er­al de lo di­cho por Mar­tin, y aquel or­de­no que medio batal­lon fuera por el la­do in­di­ca­do por el guia. Mien­tras no oy­er­an los tiros del grue­so de la fuerza no de­bian at­acar.

Za­la­cain y Briones ba­jaron de sus ca­bal­los y tomaron por una sen­da, y du­rante un par de ho­ras fueron rode­an­do el monte, marchan­do en­tre hele­chos.

--Por es­ta parte, en una calvera del monte, en donde hay co­mo una plazuela for­ma­da por hayas--di­jo Mar­tin--deben ten­er cen­tinelas los carlis­tas; sino por ahi pode­mos subir has­ta los al­tos de Pe­napla­ta sin di­fi­cul­tad.

Al ac­er­carse al sitio in­di­ca­do por Mar­tin, oyeron una voz que canta­ba. Sor­pren­di­dos, fueron despa­cio acor­tan­do la dis­tan­cia.

--No ser­an las bru­jas--di­jo Mar­tin.

--?Por que las bru­jas?--pre­gun­to Briones.

--?No sabe ust­ed que es­tos son los montes de las bru­jas? Aquel es el monte Aque­larre--con­testo Mar­tin.

--?El Aque­larre? ?Pero ex­iste?

--Si.

--?Y quiere de­cir al­go en vas­cuence, ese nom­bre?

--?Aque­larre?... Si, quiere de­cir Pra­do del ma­cho cabrio.

--?El ma­cho cabrio sera el de­mo­nio?

--Prob­able­mente.

La can­cion no la canta­ban las bru­jas, sino un mucha­cho que en com­pa­nia de diez o doce es­ta­ba ca­len­tan­dose alrede­dor de una hoguera.

Uno canta­ba can­ciones lib­erales y carlis­tas y los otros le core­aban.

No habi­an comen­za­do a oirse los primeros tiros, y Briones y su gente es­per­aron ten­di­dos en­tre los ma­tor­rales.

Mar­tin sen­tia co­mo un re­mordimien­to al pen­sar que aque­llos ale­gres mucha­chos iban a ser fusila­dos den­tro de un­os mo­men­tos.

La senal no se hi­zo es­per­ar y no fue un tiro, sino una se­rie de descar­gas cer­radas.

--iFuego!--gri­to Briones.

Tres o cu­atro de los can­tores cayeron a tier­ra y los de­mas, saltan­do en­tre bre­nales, comen­zaron a huir y a dis­parar.

La ac­cion se gen­er­al­iz­aba; de­bia de ser fu­riosa a juz­gar por el rui­do de fusile­ria. Briones, con su tropa, y Mar­tin subian por el monte a duras pe­nas. Al lle­gar a los al­tos, los carlis­tas, cogi­dos en­tre dos fue­gos, se re­ti­raron.

La gran ex­plana­da del monte es­ta­ba sem­bra­da de heri­dos y de muer­tos. Iban reco­gien­do­los en camil­las. To­davia seguia la ac­cion, pero poco de­spues una colum­na de ejerci­to avan­za­ba por el monte por otro la­do, y los carlis­tas huian a la des­ban­da­da ha­cia Fran­cia.

CA­PIT­ULO V

DONDE LA HIS­TO­RIA MOD­ER­NA REPITE EL HE­CHO DE LA HIS­TO­RIA AN­TIGUA

Fueron Mar­tin y Catali­na en su car­ric­oche a Saint Jean Pied de Port. To­do el grue­so del ejerci­to carlista en­tra­ba, en su re­ti­ra­da de Es­pana, por el bar­ran­co de Ron­ces­valles y por Val­car­los. Una por­cion de com­er­ciantes se habia de­scol­ga­do por al­li, co­mo cuer­vos al olor de la carne muer­ta, y com­pra­ban her­mosos ca­bal­los por diez o doce duros, es­padas, fusiles y ropas a pre­cios in­fi­mos.

Era un poco re­pul­si­vo ver es­ta ex­plota­cion, y Mar­tin, sin­tien­dose pa­tri­ota, hablo de la avari­cia y de la sor­didez de los france­ses. Un ropave­jero de Bay­ona le di­jo que el ne­go­cio es el ne­go­cio y que ca­da cual se aprovech­aba cuan­do po­dia.

Mar­tin no quiso dis­cu­tir. Pre­gun­taron Catali­na y el a var­ios carlis­tas de Ur­bia por Ohan­do, y uno le in­di­co que Car­los, en com­pa­nia del _Ca­cho_, habia sali­do de Bur­guete muy tarde, porque es­ta­ba muy en­fer­mo.

Sin aten­der a que fuera o no pru­dente, Mar­tin to­mo el car­ric­oche por el camino de Arneguy; atrav­es­aron este pueble­cil­lo que tiene dos bar­rios, uno es­panol y otro frances, en las oril­las de un ri­achue­lo, y sigu­ieron has­ta Val­car­los.

Catali­na, al ver aquel es­pec­tac­ulo, que­do hor­ror­iza­da. La es­trecha car­retera era un cam­po de des­ola­cion. Casas hume­an­do aun por el in­cen­dio, ar­boles ro­tos, zan­jas, el sue­lo sem­bra­do de mu­ni­ciones de guer­ra, ca­jas, cor­reas de ar­tille­ria, bay­one­tas tor­ci­das, in­stru­men­tos mu­si­cales de co­bre aplas­ta­dos por los car­ros.

En la cune­ta de la car­retera se veia a un muer­to medio desnudo, sin bo­tas, con el cuer­po cu­bier­to por ho­jas de hele­chos; el bar­ro le manch­aba la cara.

En el aire gris, una nube de cuer­vos avan­za­ba en el aire, sigu­ien­do aquel ejerci­to fu­nesto, para de­vo­rar sus de­spo­jos.

Mar­tin, aten­di­en­do a la im­pre­sion de Catali­na, volvio pru­den­te­mente has­ta lle­gar de nue­vo al bar­rio frances de Arneguy. En­traron en la posa­da. Al­li es­ta­ba el ex­tran­jero.

--?No le de­cia a ust­ed que nos ve­ri­amos to­davia?--di­jo este.

--Si. Es ver­dad.

Mar­tin pre­sen­to a su mu­jer al pe­ri­odista y los tres re­unidos es­per­aron a que lle­garan los ul­ti­mos sol­da­dos.

Al anochecer, en un grupo de seis o si­ete, apare­cio Car­los Ohan­do y _el Ca­cho_.

Catali­na se ac­er­co a su her­mano con los bra­zos abier­tos.

--iCar­los! iCar­los!--gri­to.

Ohan­do que­do atoni­to al ver­la; luego con un gesto de ira y de de­spre­cio ana­dio:

--Qui­tate de de­lante. iPer­di­da! iN­os has deshon­ra­do!

Y en su bru­tal­idad es­cu­pio a Catali­na en la cara. Mar­tin, ce­ga­do, salto co­mo un ti­gre so­bre Car­los y le agar­ro por el cuel­lo.

--iCanal­la! iCo­barde!--ru­gio--. Aho­ra mis­mo vas a pedir per­don a tu her­mana.

--iSuelta! iSuelta!--ex­clamo Car­los ahogan­dose.

--iDe rodil­las!

--iPor Dios, Mar­tin iDe­jale!--gri­to Catali­na--. iDe­jale!

--No, porque es un mis­er­able, un canal­la co­barde, y te va a pedir per­don de rodil­las.

--No--ex­clamo Ohan­do.

--Si--y Mar­tin le lle­vo por el cuel­lo, ar­ras­tran­dole por el bar­ro, has­ta donde es­ta­ba Catali­na.

--No sea ust­ed bar­baro--ex­clamo el ex­tran­jero--. De­je­lo ust­ed.

--iA mi, _Ca­cho!_ iA mi!--gri­to Car­los ahogada­mente.

En­tonces, antes de que nadie lo pudiera evi­tar, _el Ca­cho_, des­de la es­quina de la posa­da, levan­to su fusil, apun­to; se oyo una det­ona­cion, y Mar­tin, heri­do en la es­pal­da, vac­ilo, solto a Ohan­do y cayo en la tier­ra.

Car­los se levan­to y que­do mi­ran­do a su ad­ver­sario. Catali­na se lan­zo so­bre el cuer­po de su mari­do y tra­to de in­cor­po­rar­le. Era inu­til.

Mar­tin to­mo la mano de su mu­jer y con un es­fuer­zo ul­ti­mo se la lle­vo a los labios--. iA­dios!--mur­muro de­bil­mente, se le nublaron los ojos y que­do muer­to.

A lo lejos, un clar­in guer­rero ha­cia tem­blar el aire de Ron­ces­valles.

Asi se habi­an es­treme­ci­do aque­llos montes con el cuer­no de Rolan­do.

Asi ha­cia cer­ca quinien­tos anos habia mata­do tam­bi­en a traicion Velche de Mi­co­lalde, deu­do de los Ohan­do, a Mar­tin Lopez de Za­la­cain.

Catali­na se des­mayo al la­do del ca­dav­er de su mari­do. El ex­tran­jero con la gente de la fon­da le atendieron. Mien­tras tan­to, un­os gen­darmes france­ses per­sigu­ieron al _Ca­cho_, y vien­do que este no se de­te­nia, le dis­pararon var­ios tiros has­ta que cayo heri­do.

* * * * *

El ca­dav­er de Mar­tin se lle­vo al in­te­ri­or de la posa­da y es­tu­vo to­da la noche rodea­do de cirios. Los ami­gos no cabi­an en la casa. Acud­ieron a rezar el ofi­cio de di­fun­tos el abad de Ron­ces­valles y los curas de Arneguy, de Val­car­los y de Zaro.

Por la man­ana se ver­ifi­co el en­tier­ro. El dia es­ta­ba claro y ale­gre. Se saco la ca­ja y se la colo­co en el coche que habi­an man­da­do de San Juan del Pie del Puer­to. To­dos los labradores de los case­rios propiedad de los Ohan­dos es­ta­ban al­li; habi­an venido de Ur­bia a pie para asi­stir al en­tier­ro. Y pre­si­dieron el du­elo Briones, vesti­do de uni­forme, Bautista Ur­bide y Capis­tun el amer­icano.

Y las mu­jeres llora­ban.

--Tan grande co­mo era--de­cian--. iPo­bre! iQuien habia de de­cir que ten­dri­amos que asi­stir a su en­tier­ro, nosotros que le hemos cono­ci­do de ni­no!

El corte­jo to­mo el camino de Zaro y al­li tu­vo fin la triste cer­emo­nia.

* * * * *

Meses de­spues, Car­los Ohan­do en­tro en San Ig­na­cio de Loy­ola; _el Ca­cho_ es­tu­vo en el hos­pi­tal, en donde le cor­taron una pier­na, y luego fue en­vi­ado a un pre­sidio frances; y Catali­na, con su hi­jo, mar­cho a Zaro a vivir al la­do de la Ig­na­cia y de Bautista.

CA­PIT­ULO VI

LAS TRES ROSAS DEL CE­MENTE­RIO DE ZARO

Zaro es un pueblo pe­queno, muy pe­queno, asen­ta­do so­bre una col­ina. Para lle­gar a el se pasa por un camino, en al­gu­nas partes muy hon­do, al cual los ar­bus­tos fron­dosos for­man en ve­ra­no un tunel.

A la en­tra­da de Zaro, co­mo en otros pueb­los vas­co-​france­ses, hay una gran cruz de madera, muy al­ta, pin­ta­da de ro­jo, con di­ver­sos atrib­utos de la pa­sion: un gal­lo, las tenazas, la lan­za y los clavos. Es­tas cruces bar­baras, con es­trel­las y cora­zones graba­dos en ne­gro, dan un car­ac­ter som­brio y tragi­co a las aldeas vas­cas.

En el ver­tice del cer­ro donde se asien­ta Zaro, en medio de una pla­zo­le­ta, es­trecha y larga, se yer­gue un in­men­so no­gal cop­udo, con el grue­so tron­co rodea­do por un ban­co de piedra.

Una de las caras que for­man la plaza es grande, con por­ti­co es­pa­cioso, alero avan­za­do y varias ven­tanas cu­bier­tas por per­sianas verdes. So­bre el es­cu­do que se os­ten­ta en el ar­co de la puer­ta, se ve es­cri­ta la fecha en que se ed­ifi­co la casa, y unas pal­abras en latin in­di­can­do quien la hi­zo:

_Ba­calareus pres­biterus Ur­bide Hoc domi­cil­ium fecit in lapi­de_.

En un ex­tremo de la pla­zo­le­ta se lev­an­ta la igle­sia, pe­que­na, hu­milde, con su atrio, su cam­pa­nario y su te­jadil­lo de pizarra.

Rode­an­dola, so­bre una tapia ba­ja, se ex­tiende el ce­mente­rio.

En Zaro hay siem­pre un si­len­cio ab­so­lu­to, casi uni­ca­mente in­ter­rumpi­do por la voz cas­ca­da del reloj de la igle­sia, que da las ho­ras de una man­era melan­col­ica, con un tanido de lloro.

En el reloj de la torre de otro pueblo vas­co, en Ur­runa, se lee es­cri­ta es­ta triste sen­ten­cia: _Vul­ner­ant omnes, ul­ti­ma necat_. To­das hi­eren, la ul­ti­ma aca­ba. Mejor to­davia la triste sen­ten­cia po­dria es­tar es­cri­ta en el reloj de la torre de Zaro.

En el ce­mente­rio, alrede­dor de la igle­sia, en­tre las cruces de piedra, bril­lan du­rante la pri­mav­era ros­ales de var­ios col­ores, ro­jos, amar­il­los, y azu­ce­nas blan­cas de as­pec­to triste.

Des­de este ce­mente­rio se ve un valle ex­ten­sisi­mo, un paisaje am­able y pas­to­ril. El grave si­len­cio que reina en el cam­posan­to, ape­nas lo tur­bian los de­biles ru­mores de la vi­da del pueblo.

De cuan­do en cuan­do, se oye el chirri­ar de una puer­ta, el tin­ti­neo del cencer­ro de las va­cas, la voz de un chiquil­lo, el zumbido de los moscones... y, de cuan­do en cuan­do, se oye tam­bi­en el golpe del mar­tillo del reloj, voz de muerte apa­ga­da, som­bria, que tiene en el valle un triste eco.

Tras de es­tas cam­panadas fa­tidi­cas, el si­len­cio que viene de­spues parece un tier­no ha­la­go.

Co­mo protes­ta de la eter­na vi­da, en el mis­mo cam­posan­to las malas hi­er­bas cre­cen vig­orosas, ex­tien­den sus vasta­gos ro­bus­tos por el sue­lo y dan un olor acre en el cre­pus­cu­lo, tras de las ho­ras de sol; pi­an los pa­jaros con al­gar­abia es­trepi­tosa y los gal­los lan­zan al aire su cacareo va­liente, co­mo un de­safio.

La vista al­can­za des­de al­la un ex­ten­so panora­ma de lin­eas suaves, de in­ten­so ver­dor, sin ro­cas adus­tas, sin ma­tor­rales som­brios, sin na­da duro y sal­va­je. Los pueble­cil­los blan­cos duer­men so­bre las heredades, las car­retas rechi­nan en los caminos, los labradores tra­ba­jan con sus bueyes en los cam­pos, y la tier­ra, fer­til y hume­da, re­posa ba­jo la gran son­risa del cielo y la in­men­sa piedad del sol...

En el ce­mente­rio de Zaro hay una tum­ba de piedra, y en la mis­ma cruz es­crito con le­tras ne­gras dice en vas­co:

AQUI YACE MAR­TIN ZA­LA­CAIN MUER­TO A LOS 24 ANOS

EL 29 DE FEBRERO DE 1876

* * * * *

Una tarde de ve­ra­no, mu­chos, mu­chos anos de­spues de la guer­ra, se vio en­trar en el mis­mo dia en el ce­mente­rio de Zaro a tres viejecitas vesti­das de lu­to.

Una de el­las era Lin­da; se ac­er­co al sepul­cro de Za­la­cain y de­jo so­bre el una rosa ne­gra; la otra era la senori­ta de Briones, y pu­so una rosa ro­ja. Catali­na, que iba to­dos los dias al ce­mente­rio, vio las dos rosas en la lap­ida de su mari­do y las re­speto y de­pos­ito jun­to a el­las una rosa blan­ca.

Y las tres rosas du­raron mu­cho tiem­po lozanas so­bre la tum­ba de Za­la­cain.

CA­PIT­ULO VII

EPITAFIOS

He aqui el epitafio que im­pro­vi­so el ver­so­lari Echehun de Zu­gar­ra­mur­di en la tum­ba de Za­la­cain el Aven­turero:

Lur san­tu onc­tan da­go Mar­tin Za­la­cain lo Eri­otzac hill zuen Bazan sal­vatu­co Eliz alde­co itza­lac Gorde du beti­co Bere ice­na dedin Hon­ratu gaur guero Au­rre­na Eu­scal Errien Glo­riya iza­te­co.

(En es­ta san­ta tier­ra es­ta dur­mien­do Mar­tin Za­la­cain. La muerte lo hirio, pero el logro sal­varse. En el prox­imo pres­bi­te­rio se guar­da para siem­pre su nom­bre, para hon­ra primer­amente del pais vas­co y de­spues para su glo­ria.)

Y el joven po­eta navar­ro Juan de Navas­cues gloso el epitafio del ver­so­lari Echehun de Zu­gar­ra­mur­di, en es­ta dec­ima castel­lana:

Duerme en es­ta sepul­tura Mar­tin Za­la­cain, el fuerte. Ven­gan­za to­mo la muerte De su au­da­cia y su bravu­ra. De su guer­rera apos­tu­ra El vas­co guar­da memo­ria; Y aunque el li­bro de la his­to­ria Su rudo nom­bre rec­haza, iCam­inante de su raza, De­scubrete ante su glo­ria!

FIN

IN­DICE

PRO­LO­GO.--Co­mo era la vil­la de Ur­bia en el ul­ti­mo ter­cio del siglo XIX

LI­BRO PRIMERO

LA IN­FAN­CIA DE ZA­LA­CAIN

I.--Co­mo viv­io y se educo Mar­tin Za­la­cain.

II.--Donde se habla del viejo cini­co Miguel de Tel­lagor­ri

III.--La re­union de la posa­da de Ar­cale

IV.--Que se re­fiere a la no­ble casa de Ohan­do

V.--De co­mo mu­rio Mar­tin Lopez de Za­la­cain, en el ano de gra­cia de mil cu­atro­cien­tos y doce

VI.--De co­mo lle­garon un­os titiriteros y de lo que suce­dio de­spues

VII.--Co­mo Tel­lagor­ri supo pro­te­ger a los suyos

VI­II.--Co­mo au­men­to el odio en­tre Mar­tin Za­la­cain y Car­los Ohan­do

IX.--Co­mo in­ten­to ven­garse Car­los de Mar­tin Za­la­cain

LI­BRO SE­GUN­DO

AN­DAN­ZAS Y COR­RE­RIAS

I.--En el que se habla de los pre­lu­dios de la ul­ti­ma guer­ra carlista

II.--Co­mo Mar­tin, Bautista y Capis­tun pasaron una noche en el monte

III.--De al­gunos hom­bres de­ci­di­dos que forma­ban la par­ti­da del Cu­ra

IV.--His­to­ria casi in­verosim­il de Joshe Cra­casch

V.--Co­mo la par­ti­da del Cu­ra de­tu­vo la dili­gen­cia de An­doain

VI.--Co­mo cui­do la seno­ra de Briones a Mar­tin Za­la­cain

VII.--Co­mo Mar­tin Za­la­cain bus­co nuevas aven­turas

VI­II.--Varias anec­do­tas de Fer­nan­do de Amez­que­ta y lle­ga­da a Es­tel­la

IX.--Co­mo Mar­tin y el ex­tran­jero pasearon de noche por Es­tel­la y de lo que hablaron

X.--Co­mo tran­scur­rio el se­gun­do dia en Es­tel­la

XI.--Co­mo los acon­tec­imien­tos se enredaron, has­ta el pun­to de que Mar­tin durmio el ter­cer dia de Es­tel­la en la car­cel

XII.--En que los acon­tec­imien­tos marchan al ga­lope

XI­II.--Co­mo lle­garon a Logrono y lo que les ocur­rio

XIV.--Co­mo Za­la­cain y Bautista Ur­bide tomaron los dos so­los la ciu­dad de La­guardia, ocu­pa­da por los carlis­tas

LI­BRO TER­CERO

LAS UL­TI­MAS AVEN­TURAS

I.--Los re­cien casa­dos es­tan con­tentos

II.--En el cual se ini­cia la _Deshecha_

III.--En donde Mar­tin comien­za a tra­ba­jar por la glo­ria

IV.--La batal­la cer­ca del monte Aque­larre

V.--Donde la His­to­ria Mod­er­na repite el he­cho de la His­to­ria An­tigua

VI.--Las tres rosas del ce­mente­rio de Zaro

VII.--Epitafios

End of the Project Guten­berg EBook of Za­la­cain El Aven­turero, by Pio Baro­ja

*** END OF THIS PROJECT GUTEN­BERG EBOOK ZA­LA­CAIN EL AVEN­TURERO ***

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Sec­tion 2. In­for­ma­tion about the Mis­sion of Project Guten­berg-​tm

Project Guten­berg-​tm is syn­ony­mous with the free dis­tri­bu­tion of elec­tron­ic works in for­mats read­able by the widest va­ri­ety of com­put­ers in­clud­ing ob­so­lete, old, mid­dle-​aged and new com­put­ers. It ex­ists be­cause of the ef­forts of hun­dreds of vol­un­teers and do­na­tions from peo­ple in all walks of life.

Vol­un­teers and fi­nan­cial sup­port to pro­vide vol­un­teers with the as­sis­tance they need, is crit­ical to reach­ing Project Guten­berg-​tm's goals and en­sur­ing that the Project Guten­berg-​tm col­lec­tion will re­main freely avail­able for gen­er­ations to come. In 2001, the Project Guten­berg Lit­er­ary Archive Foun­da­tion was cre­at­ed to pro­vide a se­cure and per­ma­nent fu­ture for Project Guten­berg-​tm and fu­ture gen­er­ations. To learn more about the Project Guten­berg Lit­er­ary Archive Foun­da­tion and how your ef­forts and do­na­tions can help, see Sec­tions 3 and 4 and the Foun­da­tion web page at http://www.pglaf.org.

Sec­tion 3. In­for­ma­tion about the Project Guten­berg Lit­er­ary Archive Foun­da­tion

The Project Guten­berg Lit­er­ary Archive Foun­da­tion is a non prof­it 501(c)(3) ed­uca­tion­al cor­po­ra­tion or­ga­nized un­der the laws of the state of Mis­sis­sip­pi and grant­ed tax ex­empt sta­tus by the In­ter­nal Rev­enue Ser­vice. The Foun­da­tion's EIN or fed­er­al tax iden­ti­fi­ca­tion num­ber is 64-6221541. Its 501(c)(3) let­ter is post­ed at http://pglaf.org/fundrais­ing. Con­tri­bu­tions to the Project Guten­berg Lit­er­ary Archive Foun­da­tion are tax de­ductible to the full ex­tent per­mit­ted by U.S. fed­er­al laws and your state's laws.

The Foun­da­tion's prin­ci­pal of­fice is lo­cat­ed at 4557 Melan Dr. S. Fair­banks, AK, 99712., but its vol­un­teers and em­ploy­ees are scat­tered through­out nu­mer­ous lo­ca­tions. Its busi­ness of­fice is lo­cat­ed at 809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email busi­ness@pglaf.org. Email con­tact links and up to date con­tact in­for­ma­tion can be found at the Foun­da­tion's web site and of­fi­cial page at http://pglaf.org

For ad­di­tion­al con­tact in­for­ma­tion: Dr. Gre­go­ry B. New­by Chief Ex­ec­utive and Di­rec­tor gb­new­by@pglaf.org

Sec­tion 4. In­for­ma­tion about Do­na­tions to the Project Guten­berg Lit­er­ary Archive Foun­da­tion

Project Guten­berg-​tm de­pends up­on and can­not sur­vive with­out wide spread pub­lic sup­port and do­na­tions to car­ry out its mis­sion of in­creas­ing the num­ber of pub­lic do­main and li­censed works that can be freely dis­tribut­ed in ma­chine read­able form ac­ces­si­ble by the widest ar­ray of equip­ment in­clud­ing out­dat­ed equip­ment. Many small do­na­tions ($1 to $5,000) are par­tic­ular­ly im­por­tant to main­tain­ing tax ex­empt sta­tus with the IRS.

The Foun­da­tion is com­mit­ted to com­ply­ing with the laws reg­ulat­ing char­ities and char­ita­ble do­na­tions in all 50 states of the Unit­ed States. Com­pli­ance re­quire­ments are not uni­form and it takes a con­sid­er­able ef­fort, much pa­per­work and many fees to meet and keep up with these re­quire­ments. We do not so­lic­it do­na­tions in lo­ca­tions where we have not re­ceived writ­ten con­fir­ma­tion of com­pli­ance. To SEND DO­NA­TIONS or de­ter­mine the sta­tus of com­pli­ance for any par­tic­ular state vis­it http://pglaf.org

While we can­not and do not so­lic­it con­tri­bu­tions from states where we have not met the so­lic­ita­tion re­quire­ments, we know of no pro­hi­bi­tion against ac­cept­ing un­so­licit­ed do­na­tions from donors in such states who ap­proach us with of­fers to do­nate.

In­ter­na­tion­al do­na­tions are grate­ful­ly ac­cept­ed, but we can­not make any state­ments con­cern­ing tax treat­ment of do­na­tions re­ceived from out­side the Unit­ed States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Guten­berg Web pages for cur­rent do­na­tion meth­ods and ad­dress­es. Do­na­tions are ac­cept­ed in a num­ber of oth­er ways in­clud­ing in­clud­ing checks, on­line pay­ments and cred­it card do­na­tions. To do­nate, please vis­it: http://pglaf.org/do­nate

Sec­tion 5. Gen­er­al In­for­ma­tion About Project Guten­berg-​tm elec­tron­ic works.

Pro­fes­sor Michael S. Hart is the orig­ina­tor of the Project Guten­berg-​tm con­cept of a li­brary of elec­tron­ic works that could be freely shared with any­one. For thir­ty years, he pro­duced and dis­tribut­ed Project Guten­berg-​tm eBooks with on­ly a loose net­work of vol­un­teer sup­port.

Project Guten­berg-​tm eBooks are of­ten cre­at­ed from sev­er­al print­ed edi­tions, all of which are con­firmed as Pub­lic Do­main in the U.S. un­less a copy­right no­tice is in­clud­ed. Thus, we do not nec­es­sar­ily keep eBooks in com­pli­ance with any par­tic­ular pa­per edi­tion.

Most peo­ple start at our Web site which has the main PG search fa­cil­ity:

http://www.guten­berg.net