COMO ZALACAIN Y BAUTISTA URBIDE TOMARON LOS DOS SOLOS LA CIUDAD DE LAGUARDIA OCUPADA POR LOS CARLISTAS.
De conocer Martin la _Odisea_ es posible que hubiese tenido la pretension de comparar a Linda con la hechicera Circe y a si mismo con Ulises, pero como no habia leido el poema de Homero no se le ocurrio tal comparacion.
Si se le ocurrio varias veces que se estaba portando como un bellaco, pero Linda iera tan encantadora! iTenia por el tan grande entusiasmo! Le habia hecho olvidar a Catalina. Muchos dias maldecia de su barbarie, pero no se determinaba a marcharse. Decidio en su fuero interno que la culpa de todo era de Bautista y esta decision le tranquilizo.
--?Donde se ha metido ese hombre?--se preguntaba.
Una semana despues del encuentro con Linda, al pasar por los soportales de la calle principal de Logrono se encontro con Bautista que venia hacia el indiferente y tranquilo como de costumbre.
--?Pero donde estas?--exclamo Martin incomodado.
--Eso te pregunto yo, ?donde estas?--contesto Bautista.
--?Y Catalina?
--iQue se yo! Yo crei que tu sabrias donde estaba, que os habiais marchado los dos sin decirme nada.
--?De manera que no sabes?...
--Yo no.
--?Cuando hablaste tu con ella por ultima vez?
--El mismo dia de llegar aqui; hace ocho dias. Cuando tu te fuistes a comer a casa de la senora de Briones, Catalina, la monja y yo nos fuimos a la fonda. Paso el tiempo, paso el tiempo y tu no venias.--?Pero donde esta?--preguntaba Catalina.--?Que se yo?--la decia. A la una de la manana, viendo que tu no venias, yo me fui a la cama. Estaba molido. Me dormi y me desperte muy tarde y me encontre con que la monja y Catalina se habian marchado y tu no habias venido. Espere un dia, y como no aparecia nadie, crei que os habiais marchado y me fui a Bayona y deje las letras en casa de Levi-Alvarez. Luego tu hermana empezo a decirme:--?Pero donde estara Martin? ?Le ha pasado algo?--Escribi a Briones y me contesto que estabas aqui escandalizando el pueblo, y por eso he venido.
--Si, la verdad es que yo tengo la culpa--dijo Martin--. ?Pero donde puede estar Catalina? ?Habra seguido a la monja?
--Es lo mas probable.
Martin, al encontrarse con Bautista y hablar con el, se sintio fuera de la influencia del hechizo de Linda y comenzo a hacer indagaciones con una actividad extraordinaria. De las dos viajeras del hotel, una se habia marchado por la estacion; la otra, la monja, habia partido en un coche hacia Laguardia.
Martin y Bautista supusieron si las dos estarian refugiadas en Laguardia. Sin duda la monja recupero su ascendiente sobre Catalina en vista de la falta de Martin y la convencio de que volviera con ella al convento.
Era imposible que Catalina encontrandose en otro lado no hubiese escrito.
Se dedicaron a seguir la pista de la monja. Averiguaron en la venta de Asa que dias antes un coche con la monja intento pasar a Laguardia, pero al ver la carretera ocupada por el ejercito liberal sitiando la ciudad y atacando las trincheras retrocedio. Suponian los de la venta que la monja habria vuelto a Logrono, a no ser que intentara entrar en la ciudad sitiada, tomando en caballeria el camino de Lanciego por Oyon y Venaspre.
Marcharon a Oyon y luego a Yecora, pero nadie les pudo dar razon. Los dos pueblos estaban casi abandonados.
Desde aquel camino alto se veia Laguardia rodeada de su muralla en medio de una explanada enorme. Hacia el Norte limitaba esta explanada como una muralla gris la cordillera de Cantabria; hacia el Sur podia extenderse la vista hasta los montes de Pancorbo.
En este poligono amarillento de Laguardia no se destacaban ni tejados ni campanarios, no parecia aquello un pueblo, sino mas bien una fortaleza. En un extremo de la muralla se erguia un torreon envuelto en aquel instante en una densa humareda.
Al salir de Yecora, un hombre famelico y destrozado les salio al encuentro y hablo con ellos. Les conto que los carlistas iban a abandonar Laguardia un dia u otro. Le pregunto Martin si era posible entrar en la ciudad.
--Por la puerta es imposible--dijo el hombre--, pero yo he entrado subiendo por unos agujeros que hay en el muro entre la Puerta de Paganos y la de Mercadal.
--?Pero y los centinelas?
--No suelen haber muchas veces.
Bajaron Martin y Bautista por una senda desde Lanciego a la carretera y llegaron al sitio en donde acampaba el ejercito liberal. La tropa, despues de canonear las trincheras carlistas, avanzaba, y el enemigo abandonaba sus posiciones refugiandose en los muros.
El regimiento del capitan Briones se encontraba en las avanzadas. Martin pregunto por el y lo encontro. Briones presento a Zalacain y a Bautista a algunos oficiales companeros suyos, y por la noche tuvieron una partida de cartas y jugaron y bebieron. Gano Martin, y uno de los companeros de Briones, un teniente aragones que habia perdido toda su paga, comenzo, para vengarse, a hablar mal de los vascongados, y Zalacain y el se encarzaron en una estupida discusion de amor propio regional, de esas tan frecuentes en Espana.
Decia el teniente aragones que los vascongados eran tan torpes, que un capitan carlista, para ensenarles a marchar a la derecha y a la izquierda elevaba un manojo de paja en la mano y les decia, por ejemplo: iDoble derecha! y en seguida pasaba el manojo a la derecha y decia. iHacia el lado de la paja! Ademas, segun el oficial, los vascongados eran unos poltrones que no se querian batir mas que estando cerca de sus casas.
Martin se estaba amoscando, y dijo al oficial:
--Yo no se como seran los vascongados, pero lo que le puedo decir a usted es que lo que usted o cualquiera de estos senores haga, lo hago yo por debajo de la pierna.
--Y yo--dijo Bautista, colocandose al lado de Martin.
--Vamos, hombre--dijo Briones--. No sean ustedes tontos. El teniente Ramirez no ha querido ofenderles.
--No nos ha llamado mas que estupidos y cobardes--dijo riendo Martin--. Claro que a mi no me importa nada lo que este senor opine de nosotros, pero me gustaria encontrar una ocasion para probarle que esta equivocado.
--Salga usted--dijo el teniente.
--Cuando usted quiera--contesto Martin.
--No--replico Briones--, yo lo prohibo. El teniente Ramirez quedara arrestado.
--Esta bien--dijo refunfunando el aludido.
--Si estos senores quieren un poco de jaleo, cuando tomemos Laguardia pueden venir con nosotros--advirtio el oficial.
Martin creyo ver alguna ironia en las palabras del militar y replico burlonamente:
--iCuando tomen ustedes Laguardia! No, hombre. Eso no es nada para nosotros. Yo voy solo a Laguardia y la tomo, o a lo mas con mi cunado Bautista.
Se echaron todos a reir de la fanfarronada, pero viendo que Martin insistia, diciendo que aquella misma noche iban a entrar en la ciudad sitiada, pensaron que Martin estaba loco. Briones, que le conocia, trato de disuadirse de hacer esta barbaridad, pero Zalacain no se convencio.
--?Ven ustedes este panuelo blanco?--dijo--. Manana al amanecer lo veran ustedes en este palo flotando sobre Laguardia. ?Habra por aqui una cuerda?
Uno de los oficiales jovenes trajo una cuerda, y Martin y Bautista, sin hacer caso de las palabras de Briones, avanzaron por la carretera.
El frio de la noche les sereno, y Martin y su cunado se miraron algo extranados. Se dice que los antiguos godos tenian la costumbre de resolver sus asuntos dos veces, una borrachos y otra serenos. De esta manera unian en sus decisiones el atrevimiento y la prudencia. Martin sintio no haber seguido esta prudente tactica goda, pero se callo y dio a entender que se encontraba en uno de los momentos regocijados de su vida.
--?Que? ?vamos a ir?--pregunto Bautista.
--Probaremos.
Se acercaron a Laguardia. A poca distancia de sus muros tomaron a la izquierda, por la Senda de las Damas, hasta salir al camino de El Ciego y cruzando este se acercaron a la altura en donde se asienta la ciudad. Dejaron a un lado el cementerio y llegaron a un paseo con arboles que circunda el pueblo.
Debian de encontrarse en el punto indicado por el hombre de Yecora, entre la puerta de Mercadal y la de Paganos.
Efectivamente, el sitio era aquel. Distinguieron los agujeros en el muro que servia de escalera; los de abajo estaban tapados.
--Podriamos abrir estos boquetes--dijo Bautista.
--iHum! Tardariamos mucho--contesto Martin--. Subete encima de mi a ver si llegas. Toma la cuerda.
Bautista se encaramo sobre los hombros de Martin, y luego, viendo que se podia subir sin dificultad, escalo la muralla hasta lo alto. Asomo la cabeza y viendo que no habia vigilancia salto encima.
--?Nadie?--dijo Martin.
--Nadie.
Sujeto Bautista la cuerda con un lazo corredizo en un angulo de un torreon, v subio Martin a pulso, con el palo en los dientes.
--Se deslizaron los dos por el borde de la muralla, hasta enfilar una calleja. Ni guardia, ni centinela; no se veia ni se oia nada. El pueblo parecia muerto.
--?Que pasara aqui?--se dijo Martin.
Se acercaron al otro extremo de la ciudad. El mismo silencio. Nadie. Indudablemente, los carlistas habian huido de Laguardia.
Martin y Bautista adquirieron el convencimiento de que el pueblo estaba abandonado. Avanzaron con esta confianza hasta cerca de la puerta del Mercadal; y enfrente del cementerio, hacia la carretera de Logrono, sujetaron entre dos piedras el palo y ataron en su punta el panuelo blanco.
Hecho esto, volvieron deprisa al punto por donde habian subido. La cuerda seguia en el mismo sitio. Amanecia. Desde alla arriba se veia una enorme extension de campo. La luz comenzaba a indicar las sombras de los vinedos y de los olivares. El viento fresco anunciaba la proximidad del dia.
--Bueno, baja--dijo Martin--. Yo sujetare la cuerda.
--No, baja tu--replico Bautista.
--Vamos, no seas imbecil.
--?Quien vive?--grito una voz en aquel mismo momento.
Ninguno de los dos contesto. Bautista comenzo a bajar despacio. Martin se tendio en la muralla.
--?Quien vive?--volvio a gritar el centinela.
Martin se aplasto en el suelo todo lo que pudo; sono un disparo y una bala paso por encima de su cabeza. Afortunadamente, el centinela estaba lejos. Cuando Bautista descendio, Martin comenzo a bajar. Tuvo la suerte de que la cuerda no se deslizase. Bautista le esperaba con el alma en un hilo. Habia movimiento en la muralla; cuatro o cinco hombres se asomaron a ella, y Martin y Bautista se escondieron tras de los arboles del paseo que circundaba el pueblo. Lo malo era que aclaraba cada vez mas. Fueron pasando de arbol a arbol, hasta llegar cerca del cementerio.
--Ahora no hay mas remedio que echar a correr a la descubierta--dijo Martin--. A la una..., a las dos... Vamos alla.
Echaron los dos a correr. Sonaron varios tiros. Ambos llegaron ilesos al cementerio. De aqui ganaron pronto el camino de Logrono. Ya fuera de peligro, miraron hacia atras. El panuelo seguia en la muralla ondeando al viento. Briones y sus amigos recibieron a Martin y a Bautista como a heroes.
Al dia siguiente, los carlistas abandonaron Laguardia y se refugiaron en Penacerrada. La poblacion enarbolo bandera de parlamento; y el ejercito, con el general al frente, entraba en la ciudad.
Por mas que Martin y Bautista preguntaron en todas las casas, no encontraron a Catalina.
LIBRO TERCERO
Las ultimas aventuras
CAPITULO PRIMERO
LOS RECIEN CASADOS ESTAN CONTENTOS
Catalina no fue inflexible. Pocos dias despues, Martin recibio una carta de su hermana. Decia la Ignacia que Catalina estaba en su casa, en Zaro, desde hacia algunos dias. Al principio no habia querido oir hablar de Martin, pero ahora le perdonaba y le esperaba.
Martin y Bautista se presentaron en Zaro inmediatamente, y los novios se reconciliaron.
Se preparo la boda. iQue paz se disfrutaba alli, mientras se mataban en Espana! La gente trabajaba en el campo. Los domingos, despues de la misa, los aldeanos endomingados, con la chaqueta al hombro, se reunian en la sidreria y en el juego de pelota; las mujeres iban a la iglesia, con un capuchon negro, que rodeaba su cabeza. Catalina cantaba en el coro y Martin la oia, como en la infancia, cuando en la iglesia de Urbia entonaba el Aleluya.
Se celebro la boda, con la posible solemnidad, en la iglesia de Zaro y luego la fiesta en la casa de Bautista.
Hacia todavia frio, y los aldeanos amigos se reunieron en la cocina de la casa, que era grande, hermosa y limpia. En la enorme chimenea redonda se echaron montones de lena, y los invitados cantaron y bebieron hasta bien entrada la noche, al resplandor de las llamas. Los padres de Bautista, dos viejecitos arrugados, que hablaban solo vascuence, cantaron una cancion monotona de su tiempo, y Bautista lucio su voz y su repertorio completo y canto una cancion en honor de los novios.
Ezcon berriyac pozquidac daude pozquidac daude eguin diralaco gaur alcarren jabe clizan.
(Los recien casados estan muy alegres, porque hoy se han hecho duenos, uno de otro, en la iglesia.)
La fiesta acabo, con la mayor alegria, a la media noche, en que se retiraron todos.
Pasada la luna de miel, Martin volvio a las andadas. No paraba, iba y venia de Espana a Francia, sin poder reposar.
Catalina deseaba ardientemente que acabara la guerra e intentaba retener a Martin a su lado.
--Pero, ?que quieres mas?--le decia--.?No tienes ya bastante dinero? ?Para que exponerte de nuevo?
--Si no me expongo--replicaba Martin.
Pero no era verdad, tenia ambicion, amor al peligro y una confianza ciega en su estrella. La vida sedentaria le irritaba.
Martin y Bautista dejaban solas a las dos mujeres y se iban a Espana. Al ano de casada, Catalina tuvo un hijo, al que llamaron Jose Miguel, recordando Martin la recomendacion del viejo Tellagorri.
CAPITULO II
EN EL CUAL SE INICIA LA “DESHECHA”
Con la proclamacion de la monarquia en Espana, comenzo el deshielo en el campo carlista. La batalla de Lacar, perdida de una manera ridicula por el ejercito regular en presencia del nuevo rey, dio alientos a los carlistas, pero a pesar del triunfo y del botin la causa del Pretendiente iba de capa caida.
La batalla de Lacar no hizo mas que enriquecer el repertorio de las canciones de la guerra con una copla que mas que para soldados parecia escrita para el coro de senoras de una zarzuela, y que decia asi:
En Lacar, chiquillo, Te viste en un tris, Si don Carlos te da con la bota Como una pelota, Te envia a Paris.
Era dificil, al oir esta cancion, no pensar en unas cuantas coristas balanceando voluptuosamente las caderas.
Los carlistas hablaban ya de traicion. Con el fracaso del sitio de Irun y con la retirada de don Carlos, los curas navarros y vascongados empezaron a dudar del triunfo de la causa. Con la proclamacion de Sagunto, la desconfianza cundio por todas partes.
--Son primos y ellos se entienden--decian los desconfiados, que eran legion.
Algunos que habian oido hablar de un don Alfonso, hermano de don Carlos, creian que a este don Alfonso le habian hecho rey.
Los ambiciosos de los pueblos veian que todas las clases ricas se inclinaban a favor de la monarquia liberal.
Los generales alfonsinos, despues de hecho su agosto y ascendido en su carrera todo lo posible, encontraban que era una estupidez continuar la guerra durante mas tiempo; habian matado la republica, que ciertamente por estolida merecia la muerte; el nuevo gobierno les miraba como vencedores, pacificadores y heroes. iQue mas podian desear!
En el campo carlista comenzaba la _Deshecha_. Ya se podia andar por las carreteras sin peligro; el carlismo seguia por la fuerza de la inercia, defendido debilmente y atacado mas debilmente todavia. La unica arma que se blandia de veras era el dinero.
Martin, viendo que no era dificil recorrer los caminos, tomo su cochecito y se dirigio hacia Urbia una manana de invierno.
Todos los fuertes permanecian silenciosos, mudas las trincheras carlistas, ni una detonacion, ni una humareda cruzaban el aire. La nieve cubria el campo con su mortaja blanca bajo el cielo entoldado y plomizo.
Antes de llegar a Urbia, a un lado y a otro, se veian casas de campo derrumbadas, fachadas con las ventanas tapiadas y rellenas de paja, arboles con las ramas rotas, zanjas y parapetos por todas partes.
Martin entro en Urbia. La casa de Catalina estaba destrozada; con los techos atravesados por las granadas, las puertas y ventanas cerradas hermeticamente. Ofrecia el hermoso caseron un aspecto lamentable; en la huerta abandonada, las lilas mostraban sus ramas rotas, y una de las mas grandes de un magnifico tilo, desgajada, llegaba hasta el suelo. Los rosales trepadores, antes tan lozanos, se veian marchitos.
Subio Martin por su calle a ver la casa en donde nacio.
La escuela estaba cerrada; por los cristales empolvados se veian los cartelones con letras grandes y los mapas colgados de las paredes. Cerca del caserio de Zalacain habia una viga de madera, de la que colgaba una campana.
--?Para que sirve esto?--pregunto a un mendigo que iba de puerta en puerta.
Era para el vigia. Cuando notaba un fogonazo tocaba la campana para avisar a la gente de la parte baja.
Entro Martin en el caserio Zalacain. El tejado no existia; solo quedaba un rincon de la antigua cocina con cubierta. Bajo este techo, entre los escombros, habia un hombre sentado escribiendo y un chiquillo ocupado en cuidar varios pucheros.
--?Quien vive aqui?--pregunto Martin.
--Aqui vivo yo--contesto una voz.
Martin quedo atonito. Era el extranjero. Al verse se estrecharon las manos afectuosamente.
--iLo que dio usted que hablar en Estella!--dijo el extranjero--. iQue golpe aquel mas admirable! ?Como se escaparon ustedes?
Martin conto la historia de su escapatoria, y el periodista fue tomando notas.
--Puedo hacer una cronica admirable--dijo.
Luego hablaron de la guerra.
--iPobre pais!--dijo el extranjero--. iCuanta brutalidad! iCuanto absurdo! ?Se acuerda usted del pobre Haussonville que conocimos en Estella?
--Si.
--Murio fusilado. ?Y del Corneta de Lasala y de Praschcu que fueron de los que nos persiguieron cerca de Hernani?
--Si.
--Esos dos habian salvado al cabecilla Monserrat de la muerte. ?Sabe usted quien los ha fusilado?
--?Pero los han fusilado?
--Si, el mismo Monserrat, en Ormaiztegui.
--iPobre gente!
--A otro, llamado Anchusa, de la partida del Cura, debia usted tambien conocer...
--Si, lo conocia.
--A ese lo mando fusilar Lizarraga. Y al _Jabonero_, el lugarteniente del Cura...
--?Tambien lo fusilaron?
--Tambien. Al _Jabonero_ le debia el Cura la unica victoria que consiguio en Usurbil cuando defendieron una ermita contra los liberales; pero tenia celos de el y ademas creia que le hacia traicion, y lo mando fusilar.
--Si esto sigue asi no vamos a quedar nadie.
--Afortunadamente ya ha comenzado la _Deshecha_ como dicen los aldeanos--contesto el extranjero--.?Y usted a que ha venido aqui?
Martin dijo que el era de Urbia, asi como su mujer, y conto sus aventuras desde el tiempo en que habia dejado de ver al extranjero. Comieron juntos y por la tarde se despidieron.
--Todavia creo que nos volveremos a ver--dijo el extranjero.
--Quien sabe. Es muy posible.
CAPITULO III
EN DONDE MARTIN COMIENZA A TRABAJAR POR LA GLORIA
En la epoca de las nieves, un general audaz que venia de muy lejos intento envolver a los carlistas por el lado del Pirineo, y saliendo de Pamplona avanzo por la carretera de Elizondo; pero al ver el alto de Velate defendido y atrincherado por los carlistas, se retiro hacia Engui y luego tomo por el puerto de Olaberri, proximo a la frontera, por entre bosques y sendas malisimas; y perdidos sus soldados en los bosques, llegaron despues de dos dias y tres noches al Baztan.
La imprudencia era grande, pero aquel general tuvo suerte, porque si la terrible nevada que cayo al dia siguiente de estar en Elizondo cae antes, hubieran quedado la mitad de las tropas entre la nieve.
El general pidio viveres a Francia, y gracias a la ayuda del pais vecino, pudo dar de comer a su gente y preparar alojamiento. Martin y Bautista se hallaban en relacion con una casa de Bayona, y fueron a Anoa con sus carros.
Anoa esta a un kilometro proximamente de la frontera, en donde se halla establecida la aduana espanola de Dancharinea.
Aquel dia, una porcion de gente de la frontera francesa se asomo a Anoa. La carretera estaba atestada de carromatos, carretas y omnibus, que conducian al valle de Baztan para las tropas fardos de zapatos, sacos de pan, cajones de galleta de Burdeos, esparto para las camas, barriles de vino y de aguardiente.
El camino estaba intransitable y lleno de barro. Ademas de todo aquel convoy de mercancias consignado al ejercito, hallabanse otros coches atiborrados de generos que algunos comerciantes de Bayona llevaban a ver si vendian al por menor.
Habia tambien cerca del puente, sobre el riachuelo Ugarona, una porcion de cantineros con sus cestas, frascos y cachivaches.
Martin con su mujer, y Bautista con la suya, se acercaron a Anoa y se alojaron en la venta. Catalina queria ver si obtenia noticias de su hermano.
En la venta preguntaron a un muchacho desertor carlista, pero no supo darles ninguna razon de Carlos Ohando.
--Si no esta en Penaplata, ira camino de Burguete--les dijo.
Se encontraban a la puerta de la venta Martin y Bautista, cuando paso, envuelto en su capote, Briones, el hermano de Rosita. Le saludo a Martin muy afectuoso y entro en la venta. Vestia uniforme de comandante y llevaba cordones dorados como los ayudantes de generales.
--He hablado mucho de usted a mi general--le dijo a Martin.
--?Si?
--Ya lo creo. Tendria mucho gusto en conocer a usted. Le he contado sus aventuras. ?Quiere usted venir a saludarle? Tengo ahi un caballo de mi asistente.
--?Donde esta el general?
--En Elizondo. ?Viene usted?
--Vamos.
Advirtio Martin a su mujer que se marchaba a Elizondo; montaron Briones y Zalacain a caballo y charlando de muchas cosas llegaron a esta villa, centro del valle del Baztan. El general se alojaba en un palacio de la plaza; a la puerta dos oficiales hablaban.
Le hizo pasar Briones a Martin al cuarto en donde se encontraba el general. Este, sentado a una mesa donde tenia planos y papeles, fumaba un cigarro puro y discutia con varias personas.
Presento Briones a Martin, y el general, despues de estrecharle la mano, le dijo bruscamente:
--Me ha contado Briones sus aventuras. Le felicito a usted.
--Muchas gracias, mi general.
--?Conoce usted toda esta zona de mugas de la frontera que domina el valle del Baztan?
--Si, como mi propia mano. Creo que no habra otro que las conozca tan bien.
--?Sabe usted los caminos y las sendas?
--No hay mas que sendas.
--?Hay sendero para subir a Penaplata por el lado de Zugarramurdi?
--Lo hay.
--?Pueden subir caballos?
--Si, facilmente.
El general discutio con Briones y con el otro ayudante. El habia tenido el proyecto de cerrar la frontera e impedir la retirada a Francia del grueso del ejercito carlista, pero era imposible.
--Usted ?que ideas politicas tiene?--pregunto de pronto el general a Martin.
--Yo he trabajado para los carlistas, pero en el fondo creo que soy liberal.
--?Querria usted servir de guia a la columna que subira manana a Penaplata?
--No tengo inconveniente.
El general se levanto de la silla en donde estaba sentado y se acerco con Zalacain a uno de los balcones.
--Creo--le dijo--que actualmente soy el hombre de mas influencia de Espana. ?Que quiere usted ser? ?No tiene usted ambiciones?
--Actualmente soy casi rico; mi mujer lo es tambien...
--?De donde es usted?
--De Urbia.
--?Quiere usted que le nombremos alcalde de alla?
Martin reflexiono.
--Si, eso me gusta--dijo.
--Pues cuente usted con ello. Manana por la manana hay que estar aqui.
--?Van a ir tropas por Zugarramurdi?
--Si.
--Yo les esperare en la carretera, junto al alto de Maya.
Martin se despidio del general y de Briones, y volvio a Anoa, para tranquilizar a su mujer. Conto a Bautista su conversacion con el general; Bautista se lo dijo a su mujer y esta a Catalina.
A media noche, se preparaba Martin a montar a caballo, cuando se presento Catalina con su hijo en brazos.
--iMartin! iMartin!--le dijo sollozando--. Me han asegurado que quieres ir con el ejercito a subir a Penaplata.
--?Yo?
--Si.
--Es verdad. ?Y eso te asusta?
--No vayas. Te van a matar, Martin. iNo vayas! iPor nuestro hijo! iPor mi!
--Bah, itonterias! ?Que miedo puedes tener? Si he estado otras veces solo, ?que me va a pasar, yendo en compania de tanta gente?
--Si, pero ahora no vayas, Martin. La guerra se va a acabar en seguida. Que no te pase algo al final.
--Me he comprometido. Tengo que ir.
--iOh, Martin!--sollozo Catalina--. Tu eres todo para mi; yo no tengo padre, ni madre, ni tengo hermano, porque el carino que pudiese tenerle a el lo he puesto en ti y en tu hijo. No vayas a dejarme viuda, Martin.
--No tengas cuidado. Estate tranquila. Mi vida esta asegurada, pero tengo que ir. He dado mi palabra...
--Por tu hijo...
--Si, por mi hijo tambien... No quiero que, andando el tiempo, puedan decir de el: “Este es el hijo de Zalacain, que dio su palabra y no la cumplio por miedo”; no, si dicen algo, que digan: “Este es Miguel Zalacain, el hijo de Martin Zalacain, tan valiente como su padre... No. Mas valiente aun que su padre.”
Y Martin, con sus palabras, llego a infundir animo en su mujer, acaricio al nino, que le miraba sonriendo desde el regazo de su madre, abrazo a esta y, montando a caballo, desaparecio por el camino de Elizondo.
CAPITULO IV
LA BATALLA CERCA DEL MONTE AQUELARRE
Martin llego al alto de Maya al amanecer, subio un poco por la carretera y vio que venia la tropa. Se reunio con Briones y ambos se pusieron a la cabeza de la columna.
Al llegar a Zugarramurdi, comenzaba a clarear. Sobre el pueblo, las cimas del monte, blancas y pulidas por la lluvia, brillaban con los primeros rayos del sol.
De esta blancura de las rocas precedia el nombre del monte Arrizuri (piedra blanca) en vasco y Penaplata en castellano.
Martin tomo el sendero que bordea un torrente. Una capa de arcilla humedecida cubria el camino, por el cual los caballos y los hombres se resbalaban. El sendero tan pronto se acercaba a la torrentera, llena de malezas y de troncos podridos de arboles, como se separaba de ella. Los soldados caian en este terreno resbaladizo. A cierta altura, el torrente era ya un precipicio, por cuyo fondo, lleno de matorrales, se precipitaba el agua brillante.
Mientras marchaban Martin y Briones a caballo, fueron hablando amistosamente. Martin felicito a Briones por sus ascensos.
--Si, no estoy descontento--dijo el comandante--; pero usted, amigo Zalacain, es el que avanza con rapidez, si sigue asi; si en estos anos adelanta usted lo que ha adelantado en los cinco pasados, va usted a llegar donde quiera.
--?Creera usted que yo ya no tengo casi ambicion?
--?No?
--No. Sin duda, eran los obstaculos los que me daban antes brios y fuerza, el ver que todo el mundo se plantaba a mi paso para estorbarme. Que uno queria vivir, el obstaculo; que uno queria a una mujer y la mujer le queria a uno, el obstaculo tambien. Ahora no tengo obstaculos, y ya no se que hacer. Voy a tener que inventarme otras ocupaciones y otros quebraderos de cabeza.
--Es usted la inquietud personificada, Martin--dijo Briones.
--?Que quiere usted? He crecido salvaje como las hierbas y necesito la accion, la accion continua. Yo, muchas veces pienso que llegara un dia en que los hombres podran aprovechar las pasiones de los demas en algo bueno.
--?Tambien es usted sonador?
--Tambien.
--La verdad es que es usted un hombre pintoresco, amigo Zalacain.
--Pero la mayoria de los hombres son como yo.
--Oh, no. La mayoria somos gente tranquila, pacifica, un poco muerta.
--Pues yo estoy vivo, eso si; pero la misma vida que no puedo emplear se me queda dentro y se me pudre. Sabe usted, yo quisiera que todo viviese, que todo comenzara a marchar, no dejar nada parado, empujar todo al movimiento, hombres, mujeres, negocios, maquinas, minas, nada quieto, nada inmovil...
--Extranas ideas--murmuro Briones.
Concluia el camino y comenzaban las sendas a dividirse y a subdividirse, escalando la altura.
Al llegar a este punto, Martin aviso a Briones que era conveniente que sus tropas estuviesen preparadas, pues al final de estas sendas se encontrarian en terreno descubierto y desprovisto de arboles.
Briones mando a los tiradores de la vanguardia preparasen sus armas y fueran avanzando despacio en guerrilla.
--Mientras unos van por aqui--dijo Martin a Briones--otros pueden subir por el lado opuesto. Hay alla arriba una explanada grande. Si los carlistas se parapetan entre las rocas van a hacer una mortandad terrible.
Briones dio cuenta al general de lo dicho por Martin, y aquel ordeno que medio batallon fuera por el lado indicado por el guia. Mientras no oyeran los tiros del grueso de la fuerza no debian atacar.
Zalacain y Briones bajaron de sus caballos y tomaron por una senda, y durante un par de horas fueron rodeando el monte, marchando entre helechos.
--Por esta parte, en una calvera del monte, en donde hay como una plazuela formada por hayas--dijo Martin--deben tener centinelas los carlistas; sino por ahi podemos subir hasta los altos de Penaplata sin dificultad.
Al acercarse al sitio indicado por Martin, oyeron una voz que cantaba. Sorprendidos, fueron despacio acortando la distancia.
--No seran las brujas--dijo Martin.
--?Por que las brujas?--pregunto Briones.
--?No sabe usted que estos son los montes de las brujas? Aquel es el monte Aquelarre--contesto Martin.
--?El Aquelarre? ?Pero existe?
--Si.
--?Y quiere decir algo en vascuence, ese nombre?
--?Aquelarre?... Si, quiere decir Prado del macho cabrio.
--?El macho cabrio sera el demonio?
--Probablemente.
La cancion no la cantaban las brujas, sino un muchacho que en compania de diez o doce estaba calentandose alrededor de una hoguera.
Uno cantaba canciones liberales y carlistas y los otros le coreaban.
No habian comenzado a oirse los primeros tiros, y Briones y su gente esperaron tendidos entre los matorrales.
Martin sentia como un remordimiento al pensar que aquellos alegres muchachos iban a ser fusilados dentro de unos momentos.
La senal no se hizo esperar y no fue un tiro, sino una serie de descargas cerradas.
--iFuego!--grito Briones.
Tres o cuatro de los cantores cayeron a tierra y los demas, saltando entre brenales, comenzaron a huir y a disparar.
La accion se generalizaba; debia de ser furiosa a juzgar por el ruido de fusileria. Briones, con su tropa, y Martin subian por el monte a duras penas. Al llegar a los altos, los carlistas, cogidos entre dos fuegos, se retiraron.
La gran explanada del monte estaba sembrada de heridos y de muertos. Iban recogiendolos en camillas. Todavia seguia la accion, pero poco despues una columna de ejercito avanzaba por el monte por otro lado, y los carlistas huian a la desbandada hacia Francia.
CAPITULO V
DONDE LA HISTORIA MODERNA REPITE EL HECHO DE LA HISTORIA ANTIGUA
Fueron Martin y Catalina en su carricoche a Saint Jean Pied de Port. Todo el grueso del ejercito carlista entraba, en su retirada de Espana, por el barranco de Roncesvalles y por Valcarlos. Una porcion de comerciantes se habia descolgado por alli, como cuervos al olor de la carne muerta, y compraban hermosos caballos por diez o doce duros, espadas, fusiles y ropas a precios infimos.
Era un poco repulsivo ver esta explotacion, y Martin, sintiendose patriota, hablo de la avaricia y de la sordidez de los franceses. Un ropavejero de Bayona le dijo que el negocio es el negocio y que cada cual se aprovechaba cuando podia.
Martin no quiso discutir. Preguntaron Catalina y el a varios carlistas de Urbia por Ohando, y uno le indico que Carlos, en compania del _Cacho_, habia salido de Burguete muy tarde, porque estaba muy enfermo.
Sin atender a que fuera o no prudente, Martin tomo el carricoche por el camino de Arneguy; atravesaron este pueblecillo que tiene dos barrios, uno espanol y otro frances, en las orillas de un riachuelo, y siguieron hasta Valcarlos.
Catalina, al ver aquel espectaculo, quedo horrorizada. La estrecha carretera era un campo de desolacion. Casas humeando aun por el incendio, arboles rotos, zanjas, el suelo sembrado de municiones de guerra, cajas, correas de artilleria, bayonetas torcidas, instrumentos musicales de cobre aplastados por los carros.
En la cuneta de la carretera se veia a un muerto medio desnudo, sin botas, con el cuerpo cubierto por hojas de helechos; el barro le manchaba la cara.
En el aire gris, una nube de cuervos avanzaba en el aire, siguiendo aquel ejercito funesto, para devorar sus despojos.
Martin, atendiendo a la impresion de Catalina, volvio prudentemente hasta llegar de nuevo al barrio frances de Arneguy. Entraron en la posada. Alli estaba el extranjero.
--?No le decia a usted que nos veriamos todavia?--dijo este.
--Si. Es verdad.
Martin presento a su mujer al periodista y los tres reunidos esperaron a que llegaran los ultimos soldados.
Al anochecer, en un grupo de seis o siete, aparecio Carlos Ohando y _el Cacho_.
Catalina se acerco a su hermano con los brazos abiertos.
--iCarlos! iCarlos!--grito.
Ohando quedo atonito al verla; luego con un gesto de ira y de desprecio anadio:
--Quitate de delante. iPerdida! iNos has deshonrado!
Y en su brutalidad escupio a Catalina en la cara. Martin, cegado, salto como un tigre sobre Carlos y le agarro por el cuello.
--iCanalla! iCobarde!--rugio--. Ahora mismo vas a pedir perdon a tu hermana.
--iSuelta! iSuelta!--exclamo Carlos ahogandose.
--iDe rodillas!
--iPor Dios, Martin iDejale!--grito Catalina--. iDejale!
--No, porque es un miserable, un canalla cobarde, y te va a pedir perdon de rodillas.
--No--exclamo Ohando.
--Si--y Martin le llevo por el cuello, arrastrandole por el barro, hasta donde estaba Catalina.
--No sea usted barbaro--exclamo el extranjero--. Dejelo usted.
--iA mi, _Cacho!_ iA mi!--grito Carlos ahogadamente.
Entonces, antes de que nadie lo pudiera evitar, _el Cacho_, desde la esquina de la posada, levanto su fusil, apunto; se oyo una detonacion, y Martin, herido en la espalda, vacilo, solto a Ohando y cayo en la tierra.
Carlos se levanto y quedo mirando a su adversario. Catalina se lanzo sobre el cuerpo de su marido y trato de incorporarle. Era inutil.
Martin tomo la mano de su mujer y con un esfuerzo ultimo se la llevo a los labios--. iAdios!--murmuro debilmente, se le nublaron los ojos y quedo muerto.
A lo lejos, un clarin guerrero hacia temblar el aire de Roncesvalles.
Asi se habian estremecido aquellos montes con el cuerno de Rolando.
Asi hacia cerca quinientos anos habia matado tambien a traicion Velche de Micolalde, deudo de los Ohando, a Martin Lopez de Zalacain.
Catalina se desmayo al lado del cadaver de su marido. El extranjero con la gente de la fonda le atendieron. Mientras tanto, unos gendarmes franceses persiguieron al _Cacho_, y viendo que este no se detenia, le dispararon varios tiros hasta que cayo herido.
* * * * *
El cadaver de Martin se llevo al interior de la posada y estuvo toda la noche rodeado de cirios. Los amigos no cabian en la casa. Acudieron a rezar el oficio de difuntos el abad de Roncesvalles y los curas de Arneguy, de Valcarlos y de Zaro.
Por la manana se verifico el entierro. El dia estaba claro y alegre. Se saco la caja y se la coloco en el coche que habian mandado de San Juan del Pie del Puerto. Todos los labradores de los caserios propiedad de los Ohandos estaban alli; habian venido de Urbia a pie para asistir al entierro. Y presidieron el duelo Briones, vestido de uniforme, Bautista Urbide y Capistun el americano.
Y las mujeres lloraban.
--Tan grande como era--decian--. iPobre! iQuien habia de decir que tendriamos que asistir a su entierro, nosotros que le hemos conocido de nino!
El cortejo tomo el camino de Zaro y alli tuvo fin la triste ceremonia.
* * * * *
Meses despues, Carlos Ohando entro en San Ignacio de Loyola; _el Cacho_ estuvo en el hospital, en donde le cortaron una pierna, y luego fue enviado a un presidio frances; y Catalina, con su hijo, marcho a Zaro a vivir al lado de la Ignacia y de Bautista.
CAPITULO VI
LAS TRES ROSAS DEL CEMENTERIO DE ZARO
Zaro es un pueblo pequeno, muy pequeno, asentado sobre una colina. Para llegar a el se pasa por un camino, en algunas partes muy hondo, al cual los arbustos frondosos forman en verano un tunel.
A la entrada de Zaro, como en otros pueblos vasco-franceses, hay una gran cruz de madera, muy alta, pintada de rojo, con diversos atributos de la pasion: un gallo, las tenazas, la lanza y los clavos. Estas cruces barbaras, con estrellas y corazones grabados en negro, dan un caracter sombrio y tragico a las aldeas vascas.
En el vertice del cerro donde se asienta Zaro, en medio de una plazoleta, estrecha y larga, se yergue un inmenso nogal copudo, con el grueso tronco rodeado por un banco de piedra.
Una de las caras que forman la plaza es grande, con portico espacioso, alero avanzado y varias ventanas cubiertas por persianas verdes. Sobre el escudo que se ostenta en el arco de la puerta, se ve escrita la fecha en que se edifico la casa, y unas palabras en latin indicando quien la hizo:
_Bacalareus presbiterus Urbide Hoc domicilium fecit in lapide_.
En un extremo de la plazoleta se levanta la iglesia, pequena, humilde, con su atrio, su campanario y su tejadillo de pizarra.
Rodeandola, sobre una tapia baja, se extiende el cementerio.
En Zaro hay siempre un silencio absoluto, casi unicamente interrumpido por la voz cascada del reloj de la iglesia, que da las horas de una manera melancolica, con un tanido de lloro.
En el reloj de la torre de otro pueblo vasco, en Urruna, se lee escrita esta triste sentencia: _Vulnerant omnes, ultima necat_. Todas hieren, la ultima acaba. Mejor todavia la triste sentencia podria estar escrita en el reloj de la torre de Zaro.
En el cementerio, alrededor de la iglesia, entre las cruces de piedra, brillan durante la primavera rosales de varios colores, rojos, amarillos, y azucenas blancas de aspecto triste.
Desde este cementerio se ve un valle extensisimo, un paisaje amable y pastoril. El grave silencio que reina en el camposanto, apenas lo turbian los debiles rumores de la vida del pueblo.
De cuando en cuando, se oye el chirriar de una puerta, el tintineo del cencerro de las vacas, la voz de un chiquillo, el zumbido de los moscones... y, de cuando en cuando, se oye tambien el golpe del martillo del reloj, voz de muerte apagada, sombria, que tiene en el valle un triste eco.
Tras de estas campanadas fatidicas, el silencio que viene despues parece un tierno halago.
Como protesta de la eterna vida, en el mismo camposanto las malas hierbas crecen vigorosas, extienden sus vastagos robustos por el suelo y dan un olor acre en el crepusculo, tras de las horas de sol; pian los pajaros con algarabia estrepitosa y los gallos lanzan al aire su cacareo valiente, como un desafio.
La vista alcanza desde alla un extenso panorama de lineas suaves, de intenso verdor, sin rocas adustas, sin matorrales sombrios, sin nada duro y salvaje. Los pueblecillos blancos duermen sobre las heredades, las carretas rechinan en los caminos, los labradores trabajan con sus bueyes en los campos, y la tierra, fertil y humeda, reposa bajo la gran sonrisa del cielo y la inmensa piedad del sol...
En el cementerio de Zaro hay una tumba de piedra, y en la misma cruz escrito con letras negras dice en vasco:
AQUI YACE MARTIN ZALACAIN MUERTO A LOS 24 ANOS
EL 29 DE FEBRERO DE 1876
* * * * *
Una tarde de verano, muchos, muchos anos despues de la guerra, se vio entrar en el mismo dia en el cementerio de Zaro a tres viejecitas vestidas de luto.
Una de ellas era Linda; se acerco al sepulcro de Zalacain y dejo sobre el una rosa negra; la otra era la senorita de Briones, y puso una rosa roja. Catalina, que iba todos los dias al cementerio, vio las dos rosas en la lapida de su marido y las respeto y deposito junto a ellas una rosa blanca.
Y las tres rosas duraron mucho tiempo lozanas sobre la tumba de Zalacain.
CAPITULO VII
EPITAFIOS
He aqui el epitafio que improviso el versolari Echehun de Zugarramurdi en la tumba de Zalacain el Aventurero:
Lur santu onctan dago Martin Zalacain lo Eriotzac hill zuen Bazan salvatuco Eliz aldeco itzalac Gorde du betico Bere icena dedin Honratu gaur guero Aurrena Euscal Errien Gloriya izateco.
(En esta santa tierra esta durmiendo Martin Zalacain. La muerte lo hirio, pero el logro salvarse. En el proximo presbiterio se guarda para siempre su nombre, para honra primeramente del pais vasco y despues para su gloria.)
Y el joven poeta navarro Juan de Navascues gloso el epitafio del versolari Echehun de Zugarramurdi, en esta decima castellana:
Duerme en esta sepultura Martin Zalacain, el fuerte. Venganza tomo la muerte De su audacia y su bravura. De su guerrera apostura El vasco guarda memoria; Y aunque el libro de la historia Su rudo nombre rechaza, iCaminante de su raza, Descubrete ante su gloria!
FIN
INDICE
PROLOGO.--Como era la villa de Urbia en el ultimo tercio del siglo XIX
LIBRO PRIMERO
LA INFANCIA DE ZALACAIN
I.--Como vivio y se educo Martin Zalacain.
II.--Donde se habla del viejo cinico Miguel de Tellagorri
III.--La reunion de la posada de Arcale
IV.--Que se refiere a la noble casa de Ohando
V.--De como murio Martin Lopez de Zalacain, en el ano de gracia de mil cuatrocientos y doce
VI.--De como llegaron unos titiriteros y de lo que sucedio despues
VII.--Como Tellagorri supo proteger a los suyos
VIII.--Como aumento el odio entre Martin Zalacain y Carlos Ohando
IX.--Como intento vengarse Carlos de Martin Zalacain
LIBRO SEGUNDO
ANDANZAS Y CORRERIAS
I.--En el que se habla de los preludios de la ultima guerra carlista
II.--Como Martin, Bautista y Capistun pasaron una noche en el monte
III.--De algunos hombres decididos que formaban la partida del Cura
IV.--Historia casi inverosimil de Joshe Cracasch
V.--Como la partida del Cura detuvo la diligencia de Andoain
VI.--Como cuido la senora de Briones a Martin Zalacain
VII.--Como Martin Zalacain busco nuevas aventuras
VIII.--Varias anecdotas de Fernando de Amezqueta y llegada a Estella
IX.--Como Martin y el extranjero pasearon de noche por Estella y de lo que hablaron
X.--Como transcurrio el segundo dia en Estella
XI.--Como los acontecimientos se enredaron, hasta el punto de que Martin durmio el tercer dia de Estella en la carcel
XII.--En que los acontecimientos marchan al galope
XIII.--Como llegaron a Logrono y lo que les ocurrio
XIV.--Como Zalacain y Bautista Urbide tomaron los dos solos la ciudad de Laguardia, ocupada por los carlistas
LIBRO TERCERO
LAS ULTIMAS AVENTURAS
I.--Los recien casados estan contentos
II.--En el cual se inicia la _Deshecha_
III.--En donde Martin comienza a trabajar por la gloria
IV.--La batalla cerca del monte Aquelarre
V.--Donde la Historia Moderna repite el hecho de la Historia Antigua
VI.--Las tres rosas del cementerio de Zaro
VII.--Epitafios
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