Zalacaín El Aventurero by Baroja, Pío - CAPITULO XIII

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Zalacaín El Aventurero

CAPITULO XIII

CO­MO LLE­GARON A LOGRONO Y LO QUE LES OCUR­RIO

Hicieron en­trar a to­dos en el cuer­po de guardia, en donde, ten­di­dos en ca­mas­tros, dormi­an un­os cuan­tos sol­da­dos, y otros se ca­lenta­ban al calor de un gran brasero. Mar­tin fue trata­do con mucha con­sid­era­cion por su uni­forme. Ro­go al ofi­cial le de­jara es­tar a Catali­na a su la­do.

--?Es la seno­ra de ust­ed?

--Si, es mi mu­jer.

El ofi­cial ac­ce­dio y pa­so a los dos a un cuar­to destar­ta­la­do que servia para los ofi­ciales.

La su­pe­ri­ora, Bautista y el de­man­dadero, no merecieron las mis­mas aten­ciones y quedaron en el cuar­telil­lo.

Un sar­gen­to viejo, an­daluz, se amarte­lo con la su­pe­ri­ora y comen­zo a echaria piro­pos de los cla­si­cos; la di­jo que tenia _loz ojoz_ co­mo _doz luceroz_ y que se pare­cia a la Vir­gen de _Con­zo­la­cion_ de Utr­era, y le con­to otra por­cion de cosas del reper­to­rio de los al­manaques.

A Bautista le dieron tal risa los piro­pos del an­daluz, que comen­zo a reirse con una risa con­teni­da.

--A ver _zi_ te _callaz_; cochi­no car­ca--le di­jo el sar­gen­to.

--Si yo no di­go na­da--repli­co Bautista.

--_Zi_ te _siguez_ rien­do _azi_, te voy a _cla­va_ co­mo a un _za­po_.

Bautista tu­vo que ir a un rin­con a reirse, y la su­pe­ri­ora y el sar­gen­to sigu­ieron su con­ver­sa­cion.

Al medio­dia llego un coro­nel, que al ver a Mar­tin le salu­do mil­itar­mente. Mar­tin le con­to sus aven­turas, pero el coro­nel al oir­las frun­cio las ce­jas.

--A es­tos mil­itares--pen­so Mar­tin--no les gus­ta que un paisano ha­ga cosas mas di­fi­ciles que las suyas.

--Iran ust­edes a Logrono y al­li ver­emos si iden­ti­fi­can su per­son­al­idad. ?Que tiene ust­ed? ?Es­ta ust­ed heri­do?

--Si.

--Aho­ra ven­dra el fisi­co a re­cono­cer­le.

Efec­ti­va­mente, llego un doc­tor que re­cono­cio a Mar­tin, le ven­do, y re­du­jo la dis­lo­ca­cion del man­dadero, que gri­to y chil­lo co­mo un con­de­na­do. De­spues de com­er tra­jeron los ca­bal­los del coche, les obli­garon a mon­tar en el­los, y cus­to­di­ados por to­da com­pa­nia tomaron el camino de Logrono.

Al lle­gar cer­ca del puente so­bre el Ebro, una por­cion de la­van­deras y de mu­jeres de cara­bineros salieron a ver la ex­trana comi­ti­va, y varias de el­las comen­zaron a can­tar, so­bre to­do di­rigien­dose a la mon­ja:

Aho­ra si que es­taras con­tentona Carlis­tona, mandilona; Aho­ra si que es­taras con­tenton Carlis­ton, mandilon, co­bar­don.

La po­bre su­pe­ri­ora es­ta­ba livi­da de ra­bia. Mar­tin y Bautista se mira­ban con cier­to comi­co es­tu­por.

En Logrono pararon en el cuar­tel y un ofi­cial hi­zo subir a Mar­tin a ver al gen­er­al. Le con­to Za­la­cain sus aven­turas, y el gen­er­al le di­jo:

--Si yo tu­viera la se­guri­dad de que lo que me dice ust­ed es cier­to, in­medi­ata­mente de­jaria li­bre a ust­ed y a sus com­paneros.

--?Y yo co­mo voy a pro­bar la ver­dad de mis pal­abras?

--iSi pudiera ust­ed iden­ti­ficar su per­sona! ?No conoce ust­ed aqui a nadie? ?Al­gun com­er­ciante?

--No.

--Es las­ti­ma.

--Si, si, conoz­co a una per­sona--di­jo de pron­to Mar­tin--, conoz­co a la seno­ra de Briones y a su hi­ja.

--?Y el cap­itan Briones, tam­bi­en lo cono­cera ust­ed?

--Tam­bi­en.

--Pues lo voy a lla­mar; den­tro de un mo­men­to es­tara aqui.

El gen­er­al man­do un ayu­dante suyo, y me­dia ho­ra de­spues es­ta­ba el cap­itan Briones, que re­cono­cio a Mar­tin. El gen­er­al los de­jo a to­dos li­bres.

Mar­tin, Catali­na y Bautista iban a mar­charse jun­tos, a pe­sar de la oposi­cion de la su­pe­ri­ora, cuan­do el cap­itan Briones di­jo:

--Ami­go Za­la­cain, mi madre y mi her­mana ex­igen que vaya ust­ed a com­er con el­las.

Mar­tin ex­pli­co a su novia co­mo no le era posi­ble de­sa­ten­der la in­vita­cion, y de­jan­do a Bautista y a Catali­na fue en com­pa­nia del ofi­cial.

La casa de la seno­ra de Briones es­ta­ba en una calle cen­tri­ca, con so­por­tales.

Rosi­ta y su madre reci­bieron a Mar­tin con grandes mues­tras de amis­tad. La aven­tu­ra de su lle­ga­da a Logrono con un una senori­ta y una mon­ja habia cor­ri­do por to­das partes.

Madre e hi­ja le pre­gun­taron un sin fin de cosas, y Mar­tin tu­vo que con­tar sus aven­turas.

--iPero que mucha­cho!--de­cia dona Pepi­ta, ha­cien­dose cruces--. Ust­ed es un ver­dadero di­ablo.

De­spues de com­er vinieron unas senori­tas ami­gas de Rosa Briones, y Mar­tin tu­vo que con­tar de nue­vo sus aven­turas. Luego se hablo de so­breme­sa y se can­to. Mar­tin pens­aba: ?Que hara Catali­na? Pero luego se olvid­aba con la con­ver­sa­cion.

Dona Pepi­ta di­jo que su hi­ja habia tenido el capri­cho de apren­der la gui­tar­ra e in­ci­to a Rosi­ta para que can­tara.

--Si, can­ta--di­jeron las de­mas muchachas.

--Si, cante ust­ed--ana­dio Za­la­cain.

Rosi­ta saco la gui­tar­ra y can­to al­gu­nas can­ciones, acom­panan­dose con el­la, y luego, co­mo en hon­or de Mar­tin, entono un zortz­ico con le­tra castel­lana, que comen­za­ba asi:

Aunque la ora­cion suene Yo no me voy de aqui; La del panue­lo ro­jo Lo­co me ha vuel­to a mi.

Y el es­tri­bil­lo de la can­cion era:

Au­fa que el cam­panero La ora­cion va a to­car, Au­fa que yo te quiero _Maitia, maitia_, ven aca.

Y Rosi­ta, al can­tar es­to, mira­ba a Mar­tin de tal man­era con los ojos bril­lantes y ne­gros, que el se olvi­do de que le es­per­aba Catali­na.

Cuan­do salio de casa de la seno­ra de Briones, er­an cer­ca de las once de la noche. Al en­con­trarse en la calle com­pren­dio su fal­ta bru­tal de aten­cion. Fue a bus­car a su novia, pre­gun­tan­do en los hote­les. La mayo­ria es­ta­ban cer­ra­dos. En uno del Es­polon le di­jeron: “Aqui ha venido una senori­ta, pero es­ta des­cansan­do en su cuar­to.”

--?No po­dria ust­ed avis­ar­la?

--No.

Bautista tam­poco pare­cia.

Sin saber que hac­er, volvio Mar­tin a los so­por­tales y se pu­so a pasear por el­los. Si no fuera por Catali­na--pen­so--era ca­paz de quedarme aqui y ver si Rosi­ta Briones es­ta de ve­ras por mi, co­mo parece.

Es­ta­ba em­be­bido en es­tos pen­samien­tos cuan­do un hom­bre, con as­pec­to de cri­ado, se paro ante el y le di­jo:

--?Es ust­ed don Mar­tin Za­la­cain?

--El mis­mo.

--?Quiere ust­ed venir con­mi­go? Mi seno­ra quiere hablar­le.

--?Y quien es la seno­ra de ust­ed?

--Me ha en­car­ga­do que le di­ga que es una ami­ga de su in­fan­cia.

--?Una ami­ga de mi in­fan­cia?

--Si.

--Es posi­ble--pen­so Za­la­cain--. Si habre cono­ci­do en mi in­fan­cia a al­guien que ten­ga cri­ados, sin saber­lo. En fin, va­mos a ver a mi ami­ga--di­jo en voz al­ta.

El cri­ado sigu­io por los so­por­tales, tor­cio una es­quina, y en una casa grande em­pu­jo la puer­ta y en­tro en un za­guan el­egante, ilu­mi­na­do por un gran farol.

--Pase el senori­to--di­jo el cri­ado in­di­can­dole una es­calera al­fom­bra­da.

--Debe haber una equiv­oca­cion--pen­so Mar­tin--. No es posi­ble otra cosa.

Subieron la es­calera, el cri­ado levan­to una corti­na y pa­so Za­la­cain. Sen­ta­da en un so­fa y ho­je­an­do un al­bum, habia una mu­jer de­scono­ci­da, una mu­jer pe­que­na, del­ga­da, ru­bia, el­egan­tisi­ma.

--Per­done ust­ed, seno­ra--di­jo Mar­tin--, creo que ust­ed y yo so­mos vic­ti­mas de una equiv­oca­cion...

--Yo, por mi parte, no--con­testo el­la rien­do, con una risa zum­bona.

--?Quiere al­go mas la seno­ra?--pre­gun­to el cri­ado.

--No, pueden ust­edes re­ti­rarse.

Mar­tin que­do asom­bra­do. El cri­ado echo la pe­sa­da corti­na y quedaron so­los.

--Mar­tin--di­jo la dama, lev­an­tan­dose de su sil­la y ponien­dole las manos pe­que­nas en sus hom­bros--. ?No te acuer­das de mi?

--No, la ver­dad.

--Soy Lin­da.

--?Que Lin­da?

--Lin­da, la que es­tu­vo en Ur­bia cuan­do fue el do­mador, y mu­rio tu madre. ?No te acuer­das?

--?Ust­ed es Lin­da?

--iOh, no me hables de ust­ed! Si, yo soy Lin­da. He sabido co­mo habi­as venido a Logrono y he man­da­do que te bus­caran.

--?De man­era que tu eres aque­lla chiquil­la que ju­ga­ba con el oso?

--La mis­ma.

--?Y me has cono­ci­do?

--Si.

--Yo no te hu­biera cono­ci­do.

--Habla, cuen­ta de tu vi­da. Tu no sabes la gana que tenia de verte. Eres el uni­co hom­bre por quien me han pe­ga­do. ?Te acuer­das? Para mi con­sti­tu­ias to­da mi fa­mil­ia. ?Que hara? ?Donde es­tara Mar­tin? pens­aba.

--?De ve­ras? iQue ex­tra­no! iHace de es­to tan­to tiem­po! Y so­mos jovenes los dos.

--iCuen­ta! iCuen­ta! ?Cual ha si­do tu vi­da? ?Que has he­cho por el mun­do?

Mar­tin, emo­ciona­do, hablo de su vi­da, de sus aven­turas. Luego, Lin­da con­to las suyas, su ex­is­ten­cia bo­hemia de volatin­era, has­ta que un senor ri­co le saco del cir­co y le brindo con su pro­tec­cion. Aho­ra este senor, tit­ulo, con grandes pos­esiones en la Ri­oja, que­ria casarse con el­la.

--?Y tu te vas a casar?--la pre­gun­to Mar­tin.

--Claro.

--?De man­era que den­tro de poco seras una seno­ra con­de­sa o mar­que­sa?

--Si, mar­que­sa, pero chico, es­to no me en­tu­si­as­ma. He vivi­do siem­pre li­bre y ya las ca­de­nas no son para mi, aunque sean de oro. Pero es­tas pali­do. ?Que te pasa?

Mar­tin sen­tia un gran can­san­cio y le do­lia el hom­bro. Lin­da, al saber que es­ta­ba heri­do, le obli­go a quedarse al­li.

Afor­tu­nada­mente el ras­guno no era grave y Za­la­cain curo pron­to.

Al dia sigu­iente, Lin­da no le de­jo salir; y al verse dom­ina­do por el­la, por su suave en­can­to, en­con­tro el heri­do que sus con­va­le­cen­cias er­an mas peli­grosas para sus sen­timien­tos que para su salud.

--Que le avisen a mi cu­na­do donde es­toy--di­jo Mar­tin varias ve­ces a Lin­da.

Es­ta en­vio un cri­ado a los hote­les, pero en ninguno da­ban noti­cias ni de Bautista ni de Catali­na.