Zalacaín El Aventurero by Baroja, Pío - CAPITULO XII

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Zalacaín El Aventurero

CAPITULO XII

EN QUE LOS ACON­TEC­IMIEN­TOS MARCHAN AL GA­LOPE

En­tre­garon los serenos a Mar­tin en manos del al­caide, y este le lle­vo has­ta un cuar­to ob­scuro con un ban­co y una can­tar­il­la para el agua.

--De­mo­nio--ex­clamo Mar­tin--, aqui hace mu­cho frio. ?No hay sitio donde dormir?

--Ahi tiene ust­ed el ban­co.

--?No me po­dri­an traer un jer­gon y una man­ta para ten­derme?

--Si pa­ga ust­ed...

--Pa­gare lo que sea. Que me traigan un jer­gon y dos man­tas.

El al­caide se fue, de­jan­do a ob­scuras a Mar­tin, y vi­no poco de­spues con un jer­gon y las man­tas pe­di­das. Le dio Mar­tin un duro, y el carcelero, amansa­do, le pre­gun­to:

--?Que ha he­cho ust­ed para que le traigan aqui?

--Na­da. Ve­nia dis­trai­do sil­ban­do por la calle. Y me ha di­cho el sereno: “No se sil­ba.” Me he calla­do, y sin mas ni mas, me han trai­do a la car­cel.

--?Ust­ed no se ha re­sis­ti­do?

--No.

--En­tonces sera por otra cosa por lo que le han encer­ra­do.

Mar­tin di­jo que asi se lo fig­ura­ba tam­bi­en el. Le dio las bue­nas noches el carcelero; con­testo Za­la­cain am­able­mente, y se ten­dio en el sue­lo.

--Aqui es­toy tan se­guro co­mo en la posa­da--se di­jo--. Al­li me tienen en sus manos, y aqui tam­bi­en, luego es­toy igual. Dur­mamos. Ver­emos lo que se hace man­ana.

A pe­sar de que su imag­ina­cion se le in­sub­or­dina­ba, pu­do con­cil­iar el sueno y des­cansar pro­fun­da­mente.

Cuan­do des­per­to, vio que en­tra­ba un rayo de sol por una al­ta ven­tana ilu­mi­nan­do el destar­ta­la­do za­quiza­mi. Llamo a la puer­ta, vi­no el carcelero, y le pre­gun­to:

--?No le han di­cho a ust­ed por que es­toy pre­so?

--No.

--?De man­era que me van a ten­er encer­ra­do sin mo­ti­vo?

--Quiza sea una equiv­oca­cion.

--Pues es un con­sue­lo.

--iCosas de la vi­da! Aqui no le puede pasar a ust­ed na­da.

--iSi le parece a ust­ed poco es­tar en la car­cel!

--Eso no deshon­ra a nadie.

Mar­tin se hi­zo el asus­tadi­zo y el timi­do, y pre­gun­to:

--?Me traera ust­ed de com­er?

--Si. ?Hay ham­bre, eh?

--Ya lo creo.

--?No quer­ra ust­ed ran­cho?

--No.

--Pues aho­ra le traer­an la co­mi­da.--Y el carcelero se fue, can­tan­do ale­gre­mente.

Comio Mar­tin lo que le tra­jeron, se ten­dio en­vuel­to en la man­ta, y de­spues de un mo­men­to de sies­ta, se levan­to a tomar una res­olu­cion.

--?Que po­dria hac­er yo?--se di­jo--. Sobornar al al­caide exi­giria mu­cho dinero. Lla­mar a Bautista es com­pro­me­ter­le. Es­per­ar aqui a que me suel­ten es ex­pon­erme a car­cel per­pet­ua, por lo menos a es­tar pre­so has­ta que la guer­ra ter­mine... Hay que es­caparse, no hay mas reme­dio.

Con es­ta firme de­ci­sion, comen­zo a pen­sar un plan de fu­ga. Salir por la puer­ta era di­fi­cil. La puer­ta, ade­mas de ser fuerte, se cerra­ba por fuera con llave y cer­ro­jo. De­spues, aun en el ca­so de aprovechar una oca­sion y poder salir de al­la, qued­aba por recor­rer un pasil­lo largo y luego unas es­caleras... Im­posi­ble.

Habia que es­capar por la ven­tana. Era el uni­co re­cur­so.

--?A donde dara es­to?--se di­jo.

Ar­ri­mo el ban­co a la pared, se subio a el, se agar­ro a los bar­rotes y a pul­so se levan­to has­ta poder mi­rar por la re­ja. Da­ba el ven­tanil­lo a la plaza de la fuente, en donde el dia an­te­ri­or se habia en­con­tra­do con el ex­tran­jero.

Salto al sue­lo y se sen­to en el ban­co. La re­ja, era al­ta, pe­que­na, con tres bar­rotes sin trav­es­ano.

--Ar­ran­can­do uno, quiza puediera pasar--se di­jo Mar­tin--. Y es­to no se­ria di­fi­cil... luego nece­si­taria una cuer­da. ?De donde sacaria yo una cuer­da?... La man­ta... la man­ta cor­ta­da en li­ras me po­dia servir...

No tenia mas in­stru­men­to que un cor­ta­plumas pe­queno.

--Hay que ver la solidez de la re­ja--mur­muro.

Volvio a subir. Se hal­la­ba la re­ja em­po­tra­da en la pared, pero no tenia gran re­sisten­cia.

Los bar­rotes es­ta­ban su­je­tos por un mar­co de madera, y el mar­co en un ex­tremo se hal­la­ba apo­lil­la­do. Mar­tin su­pu­so que no se­ria di­fi­cil romper la madera y quitar el bar­rote de un la­do.

Cor­to una tira de la man­ta y pasan­dola por el bar­rote de en medio y atan­dole de­spues por los ex­tremos for­mo una abrazadera y metio dos patas del ban­co en este anil­lo y las otras dos las su­je­to en el sue­lo.

Con­ta­ba asi con una es­pecie de plano in­cli­na­do para lle­gar a la re­ja. Subio por el deslizan­dose, se agar­ro con la mano izquier­da a un bar­rote y con la derecha ar­ma­da del cor­ta­plumas, comen­zo a roer la madera del mar­co.

La pos­tu­ra no era co­mo­da, ni mu­cho menos, pero la con­stan­cia de Za­la­cain no ce­ja­ba, y tras de una ho­ra de rudo tra­ba­jo, logro ar­ran­car el bar­rote de su alve­olo.

Cuan­do lo tu­vo ya suel­to, lo volvio a pon­er co­mo antes, quito el ban­co de su posi­cion oblicua, ocul­to las astil­las ar­ran­cadas del mar­co de la ven­tana en el jer­gon, y es­pero la noche.

El carcelero le lle­vo la ce­na, y Mar­tin le pre­gun­to con em­peno si no habi­an dis­puesto na­da re­spec­to a el, si pens­aban ten­er­lo encer­ra­do sin mo­ti­vo al­guno.

El carcelero se enco­gio de hom­bros y se re­tiro en segui­da tarare­an­do.

In­medi­ata­mente que Za­la­cain se vio so­lo, pu­so manos a la obra.

Tenia la ab­so­lu­ta se­guri­dad de poder­se es­capar. Saco el cor­ta­plumas y comen­zo a cor­tar las dos man­tas de ar­ri­ba aba­jo. He­cho es­to, fue atan­do las tiras una a otra has­ta for­mar una cuer­da de quince brazas. Era lo que nece­sita­ba.

De­spues pen­so de­jar un re­cuer­do ale­gre y di­ver­tido en la car­cel. Co­gio la can­tar­il­la del agua y le pu­so su boina y la de­jo en­vuelta en el tro­zo que qued­aba de man­ta.

--Cuan­do se asome el carcelero po­dra creer que si­go aqui dur­mien­do. Si gano con es­to un par de ho­ras, me pueden servir ad­mirable­mente para es­caparme.

Con­tem­plo el bul­to con una son­risa, luego subio a la re­ja, ato un cabo de la cuer­da a los dos bar­rotes y el otro ex­tremo lo echo fuera poco a poco. Cuan­do to­da la cuer­da que­do a lo largo de la pared, pa­so el cuer­po con mil tra­ba­jos por la aber­tu­ra, que de­ja­ba el bar­rote ar­ran­ca­do, y comen­zo a de­scol­garse res­ba­lan­dose por el muro.

Cru­zo por de­lante de una ven­tana ilu­mi­na­da. Vio a al­guien que se movia a trav­es de un cristal. Es­ta­ba a cu­atro o cin­co met­ros de la calle, cuan­do oyo rui­do de pa­sos. Se de­tu­vo en su de­scen­so y ya comen­za­ban a de­jar de oirse los pa­sos cuan­do cayo a tier­ra, me­tien­do al­gun es­trepi­to.

Uno de los nudos de­bia de haberse solta­do porque le qued­aba un tro­zo de cuer­da en­tre los de­dos. Se levan­to.

--No hay ave­ria. No me he he­cho na­da--se di­jo--. Al pasar por cer­ca de la fuente de la plaza tiro el resto de la cuer­da al agua. Luego, de­prisa, se di­ri­gio por la calle de la Rua.

Iba marchan­do volvien­dose para mi­rar atras, cuan­do vio a la luz de un farol que os­cil­aba col­gan­do de una cuer­da dos hom­bres ar­ma­dos con fusiles, cuyas bay­one­tas bril­la­ban de un mo­do sinie­stro. Es­tos hom­bres sin du­da le seguian. Si se ale­ja­ba iba a dar a la guardia de ex­tra-​muros. No sa­bi­en­do que hac­er y vien­do un por­tal abier­to, en­tro en el, y em­pu­jan­do suave­mente la puer­ta, la cer­ro.

Oyo el rui­do de los pa­sos de los hom­bres en la ac­era. Es­pero a que de­jaran de oirse, y cuan­do es­ta­ba dis­puesto a salir, ba­jo una mu­jer vie­ja al za­guan y echo la llave y el cer­ro­jo de la puer­ta.

Mar­tin se que­do encer­ra­do. Volvieron a oirse los pa­sos de los que le perseguian.

--No se van--pen­so.

Efec­ti­va­mente, no so­lo no se fueron, sino que lla­maron en la casa con dos ald­abona­zos.

Apare­cio de nue­vo la vie­ja con un farol y se pu­so al habla con los de fuera sin abrir.

--?Ha en­tra­do aqui al­gun hom­bre?--pre­gun­to uno de los perseguidores.

--No.

--?Quiere ust­ed ver­lo bi­en? So­mos de la ron­da.

--Aqui no hay nadie.

--Reg­istre ust­ed el por­tal.

Mar­tin, al oir es­to, agaza­pan­dose, salio del por­tal y gano la es­calera. La vie­ja paseo la luz del farol por to­do el za­guan y di­jo:

--No hay nadie, no, no hay nadie.

Mar­tin pre­tendio volver al za­guan, pero la vie­ja pu­so el farol de tal mo­do que ilu­mina­ba el comien­zo de la es­calera. Mar­tin no tu­vo mas reme­dio que re­ti­rarse ha­cia ar­ri­ba y subir los escalones de dos en dos.

--Pasare­mos aqui la noche--se di­jo.

No habia sal­ida al­gu­na. Lo mejor era es­per­ar a que lle­gase el dia y abriesen la puer­ta. No que­ria ex­pon­erse a que lo en­con­traran den­tro es­tando la casa cer­ra­da, y aguar­do has­ta muy en­tra­da la man­ana.

Se­ri­an cer­ca de las nueve cuan­do comen­zo a ba­jar las es­caleras cautelosa­mente. Al pasar por el primer piso vio en un cuar­to muy lu­joso, y ex­ten­di­do so­bre un so­fa, un uni­forme de ofi­cial carlista, con su boina y su es­pa­da. Tenia tal con­vencimien­to Mar­tin de que so­lo a fuerza de au­da­cia se sal­varia, que se desnudo con rapi­dez, se pu­so el uni­forme y la boina, luego se cino la es­pa­da, se echo el capote por enci­ma y comen­zo a ba­jar las es­caleras, tacone­an­do. Se en­con­tro con la vie­ja de la noche an­te­ri­or, y al ver­la la di­jo:

--?Pero no hay nadie en es­ta casa?

--?Que que­ria ust­ed? No le habia vis­to.

--?Vive aqui el co­man­dante don Car­los Ohan­do?

--No, senor, aqui no vive.

--iMuchas gra­cias!

Mar­tin salio a la calle, y em­boza­do y con aire con­quis­ta­dor se di­ri­gio a la posa­da en donde vivia Bautista.

--iTu!--ex­clamo Ur­bide--. ?De donde sales con ese uni­forme? ?Que has he­cho en to­do en to­do el dia de ay­er? Es­ta­ba in­tran­qui­lo. ?Que pasa?

--To­do lo con­tare. ?Tienes el coche?

--Si, pero...

--Na­da, traete­lo en segui­da, lo mas pron­to que puedas. Pero a es­cape.

Mar­tin se sen­to a la mesa y es­cribio con lapiz en un pa­pel: “Queri­da her­mana. Nece­si­to verte. Es­toy heri­do, grav­isi­mo. Ven in­medi­ata­mente en el coche con mi ami­go Za­la­cain. Tu her­mano, Car­los.”

De­spues de es­cribir el pa­pel, Mar­tin se paseo con im­pa­cien­cia por el cuar­to. Ca­da min­uto le pare­cia un siglo. Dos ho­ras larguisi­mas tu­vo que es­tar es­peran­do con an­gus­tias de muerte. Al fin, cer­ca de las doce, oyo un rui­do de cam­panil­las.

Se aso­mo al bal­con. A la puer­ta aguard­aba un coche tira­do por cu­atro ca­bal­los. En­tre es­tos dis­tin­guio Mar­tin los dos ja­cos en cuyos lo­mos fueron des­de Zu­maya has­ta Es­tel­la. El coche, un lan­do viejo y destar­ta­la­do, tenia un cristal y uno de los faroles ata­do con una cuer­da.

Ba­jo las es­caleras Mar­tin em­boza­do en la ca­pa, abrio la portezuela del coche, y di­jo a Bautista:

--Al con­ven­to de Reco­le­tas.

Bautista, sin replicar, se di­ri­gio ha­cia el sitio in­di­ca­do. Cuan­do el coche se de­tu­vo frente al con­ven­to, Bautista, al salir Za­la­cain, le di­jo:

--?Que dis­parate vas a hac­er? Re­flex­iona.

--?Tu sabes cual es el camino de Logrono?--pre­gun­to Mar­tin.

--Si.

--Pues toma por al­la.

--Pero...

--Na­da, na­da, toma por al­la. Al prin­ci­pio mar­cha despa­cio, para no cansar a los ca­bal­los, porque luego habra que cor­rer.

Hecha es­ta re­comen­da­cion, Mar­tin, muy er­gui­do, se di­ri­gio al con­ven­to.

--Aqui va a pasar al­go gor­do--se di­jo Bautista preparan­dose para la catas­trofe.

Llamo Mar­tin, en­tro en el por­tal, pre­gun­to a la her­mana tornera por la senori­ta de Ohan­do y le di­jo que nece­sita­ba dar­le una car­ta. Le hicieron pasar al lo­cu­to­rio y se en­con­tro al­li con Catali­na y una mon­ja grue­sa, que era la su­pe­ri­ora. Las salu­do pro­fun­da­mente y pre­gun­to:

--?La senori­ta de Ohan­do?

--Soy yo.

--Trai­go una car­ta para ust­ed de su her­mano.

Catali­na palide­cio y le tem­blaron las manos de la emo­cion. La su­pe­ri­ora, una mu­jer grue­sa, de col­or de marfil, con los ojos grandes y ob­scuros co­mo dos man­chas ne­gras que le co­gian la mi­tad de la cara, y var­ios lunares en la bar­bi­lla, pre­gun­to:

--?Que pasa? ?Que dice ese pa­pel?

--Dice que mi her­mano es­ta grave... que vaya--bal­buceo Catali­na.

--?Es­ta tan grave?--pre­gun­to la su­pe­ri­ora a Mar­tin.

--Si, creo que si.

--?En donde se en­cuen­tra?

--En una casa de la car­retera de Logrono--di­jo Mar­tin.

--?Ha­cia Az­que­ta quiza?

--Si, cer­ca de Az­que­ta. Le han heri­do en un re­conocimien­to.

--Bueno. Va­mos--di­jo la su­pe­ri­ora--. Que ven­ga tam­bi­en el senor Ben­ito el de­man­dadero.

Mar­tin no se opu­so y es­pero a que se preparasen para acom­pa­narlas. Al salir los cu­atro a tomar el coche y al ver­les Bautista des­de lo al­to del pes­cante, no pu­do menos de hac­er una mue­ca de asom­bro. El de­man­dadero mon­to jun­to a el.

--Va­mos--di­jo Mar­tin a Bautista.

El coche par­tio; la mis­ma su­pe­ri­ora ba­jo las corti­nas y sacan­do un rosario comen­zo a rezar. Recor­rio el coche la calle May­or, atrav­eso el puente del Azu­carero, la calle de San Nico­las, y to­mo por la car­retera de Logrono.

Al salir del pueblo, una pa­trul­la carlista se ac­er­co al coche. Al­guien abrio la portezuela y la volvio a cer­rar en segui­da.

--Va la madre su­pe­ri­ora de las Reco­le­tas a vis­itar a un en­fer­mo--di­jo el de­man­dadero con voz gan­gosa.

El coche sigu­io ade­lante al trote lento de los ca­bal­los. Llovizn­aba, la noche es­ta­ba ne­gra, no bril­la­ba ni una es­trel­la en el cielo. Se pa­so una aldea, luego otra.

--iQue lenti­tud!--ex­clamo la mon­ja.

--Es que los ca­bal­los son muy ma­los--con­testo Mar­tin.

Pasaron de­prisa otra aldea, y cuan­do no teni­an de­lante ni atras pueb­los ni casas prox­imos, Bautista aminoro la mar­cha. Comen­za­ba a anochecer.

--?Pero que pasa?--di­jo de pron­to la su­pe­ri­ora--. ?No lleg­amos to­davia?

--Pasa, seno­ra--con­testo Za­la­cain--que ten­emos que seguir ade­lante.

--?Y por que?

--Hay esa or­den.

--?Y quien ha da­do esa or­den?

--Es un se­cre­to.

--Pues ha­gan el fa­vor de parar el coche, porque voy a ba­jar.

--Si quiere ust­ed ba­jar so­la, puede ust­ed hac­er­lo.

--No, ire con Catali­na.

--Im­posi­ble.

La su­pe­ri­ora lan­zo una mi­ra­da fu­riosa a Catali­na, y al ver que ba­ja­ba los ojos, ex­clamo:

--iAh! Es­ta­ban en­ten­di­dos.

--Si, es­ta­mos en­ten­di­dos--con­testo Mar­tin--.Es­ta senori­ta es mi novia y no quiere es­tar en el con­ven­to, sino casarse con­mi­go.

--No es ver­dad, yo lo im­pedire.

--Ust­ed no lo im­pedi­ra porque no po­dra im­pedir­lo.

La su­pe­ri­ora se cal­lo. Sigu­io el coche en su mar­cha pe­sa­da y mono­tona por la car­retera. Era ya me­dia noche cuan­do lle­garon a la vista de Los Ar­cos.

Do­scien­tos met­ros antes de­tu­vo Bautista los ca­bal­los y salto del pes­cante.

--Tu--le di­jo a Za­la­cain en vas­cuence--ten­emos un ca­bal­lo as­pea­do, si pudieras cam­biar­lo aqui...

--In­tentare­mos.

--Y si se pudier­an cam­biar los dos, se­ria mejor.

--Voy a ver. Cuida­do con el de­man­dadero y con la mon­ja, que no sal­gan.

De­sen­gan­cho Mar­tin los ca­bal­los y fue con el­los a la ven­ta.

Le salio al pa­so una muchacha re­dondi­ta, muy boni­ta y de muy mal hu­mor. Le di­jo Mar­tin, lo que nece­sita­ba, y el­la repli­co que era im­posi­ble, que el amo es­ta­ba acosta­do.

--Pues hay que des­per­tar­le.

Lla­maron al posadero y este pre­sen­to una por­cion de ob­stac­ulos, adu­jo to­da clase de pre­tex­tos, pero al ver el uni­forme de Mar­tin se avi­no a obe­de­cer y man­do des­per­tar al mo­zo. El mo­zo no es­ta­ba.

--Ya ve ust­ed, no es­ta el mo­zo.

--Ayudeme ust­ed, no ten­ga ust­ed mal ge­nio--le di­jo Mar­tin a la muchacha toman­dole la mano y dan­dole un duro--. Me juego la vi­da en es­to.

La muchacha guar­do el duro en el de­lan­tal, y el­la mis­ma saco dos ca­bal­los de la cuadra y fue con el­los can­tan­do ale­gre­mente:

La Vir­gen del Puy de Es­tel­la le di­jo a la del Pi­lar: Si tu eres aragone­sa yo soy navar­ra y con sal.

Mar­tin pa­go al posadero y que­do con el de acuer­do en el sitio en donde tenia que de­jar los ca­bal­los en Logrono.

En­tre Bautista, Mar­tin y la moza, reem­plazaron el tiro por com­ple­to. Mar­tin acom­pano a la muchacha, y cuan­do la vio so­la la es­tre­cho por la cin­tu­ra y la be­so en la mejil­la.

--iTa­mbi­en ust­ed es pos­ma!--ex­clamo el­la con des­gar­ro.

--Es que ust­ed es navar­ra y con sal y yo quiero pro­bar de esa sal--repli­co Mar­tin.

--Pues ten­ga ust­ed cuida­do no le ha­ga dano.

--?Quien ll­eva ust­ed en el coche?

--Unas vie­jas.

--?Volvera ust­ed por aqui?

--En cuan­to pue­da.

--Pues, adios.

--Adios, her­mosa. Oiga ust­ed. Si le pre­gun­tan por donde hemos ido di­ga ust­ed que nos hemos queda­do aqui.

--Bueno, asi lo hare.

El coche pa­so por de­lante de Los Ar­cos. Al lle­gar cer­ca de San­sol, cu­atro hom­bres se plan­taron en el camino.

--iAl­to!--gri­to uno de el­los que ll­ev­aba un farol.

Mar­tin salto del coche y de­sen­vaino la es­pa­da.

--?Quien es?--pre­gun­to.

--Vol­un­tar­ios re­al­is­tas--di­jeron el­los.

--?Que quieren?

--Ver si tienen ust­edes pas­aporte.

Mar­tin saco salvo­con­duc­to y lo en­seno. Un viejo, de aire re­spetable, to­mo el pa­pel y se pu­so a leer­lo.

--?No ve ust­ed que soy ofi­cial?--pre­gun­to Mar­tin.

--No im­por­ta--repli­co el viejo--. ?Quien va aden­tro?

--Dos madres reco­le­tas que marchan a Logrono.

--?No saben ust­edes que en Viana es­tan los lib­erales?--pre­gun­to el viejo.

--No im­por­ta, pasare­mos.

--Va­mos a ver a esas seno­ras--mur­muro el ve­jete.

--iEh, Bautista! Ten cuida­do--di­jo Mar­tin en vas­co.

De­scen­dio Ur­bide del pes­cante y tras el salto el de­man­dadero. El viejo jefe de la pa­trul­la abrio la portezuela del coche y echo la luz del farol al ros­tro de las vi­ajeras.

--?Quienes son ust­edes?--pre­gun­to la su­pe­ri­ora con presteza.

--So­mos vol­un­tar­ios de Car­los VII.

--En­tonces que nos de­ten­gan. Es­tos hom­bres nos ll­evan se­cuestradas.

No acaba­ba de de­cir es­to cuan­do Mar­tin dio una pata­da al farol que ll­ev­aba el viejo, y de­spues de un em­pu­jon echo al an­ciano re­spetable a la cune­ta de la car­retera. Bautista ar­ran­co el fusil a otro de la ron­da, y el de­man­dadero se vio acometi­do por dos hom­bres a la vez.

--iPero si yo no soy de es­tos. Yo soy carlista--gri­to el de­man­dadero.

Los hom­bres, con­ven­ci­dos, se echaron so­bre Za­la­cain, este cer­ro con­tra los dos; uno de los vol­un­tar­ios le dio un bay­one­ta­zo en el hom­bro izquier­do, y Mar­tin, fu­rioso por el do­lor, le tiro una es­to­ca­da que le atrav­eso de parte a parte.

La pa­trul­la se habia declara­do en fu­ga, de­jan­do un fusil en el sue­lo.

--?Es­tas heri­do?--pre­gun­to Bautista a su cu­na­do.

--Si, pero creo que no es na­da. Ha­la, va­monos.

--?Ll­eva­mos este fusil?

--Si, quitale la car­tuchera a ese que yo he tum­ba­do, y va­mos an­dan­do.

Bautista en­trego un fusil y una pis­to­la a Mar­tin.

--Va­mos, iaden­tro!--di­jo Mar­tin al de­man­dadero.

Este se metio tem­blan­do en el coche que par­tio, ll­eva­do al ga­lope por los ca­bal­los. Pasaron por en medio de un pueblo. Al­gu­nas ven­tanas se abrieron y salieron los ve­ci­nos, creyen­do sin du­da que pasa­ba un fur­gon de ar­tille­ria. A la me­dia ho­ra Bautista se paro. Se habia ro­to una cor­rea y tu­vieron que ar­reglar­la, ha­cien­dole un agu­jero con el cor­ta­plumas. Es­ta­ba cayen­do un cha­parron que con­ver­tia la car­retera en un bar­rizal.

--Habra que ir mas despa­cio--di­jo Mar­tin.

Efec­ti­va­mente, comen­zaron a mar­char mas despa­cio, pero al cabo de un cuar­to de ho­ra se oyo a lo lejos co­mo un ga­lope de ca­bal­los. Mar­tin se aso­mo a la ven­tana; in­dud­able­mente los perseguian.

El rui­do de las her­raduras se iba ac­er­can­do por mo­men­tos.

--iAl­to! iAl­to!--se oyo gri­tar.

Bautista azo­to los ca­bal­los y el coche to­mo una una car­rera ver­tig­inosa. Al lle­gar a las cur­vas, el viejo lan­do se tor­cia y rechin­aba co­mo si fuera a hac­erse peda­zos. La su­pe­ri­ora y Catali­na rez­aban; el de­man­dadero gemia en el fon­do del coche.

--iAl­to! iAl­to!--gri­taron de nue­vo.

--iAde­lante, Bautista! iAde­lante!--di­jo Mar­tin, sacan­do la cabeza por la ven­tanil­la.

En aquel mo­men­to sono un tiro, y una bala pa­so sil­ban­do a poca dis­tan­cia. Mar­tin car­go la pis­to­la, vio un ca­bal­lo y un ginete que se ac­er­ca­ban al coche, hi­zo fuego y el ca­bal­lo cayo pe­sada­mente al sue­lo. Los perseguidores dis­pararon so­bre el coche que fue atrav­es­ado por las balas. En­tonces Mar­tin car­go el fusil y, sacan­do el cuer­po por la ven­tanil­la, comen­zo a hac­er dis­paros aten­di­en­do al rui­do de las pisadas de los ca­bal­los; los que les seguian dis­para­ban tam­bi­en, pero la noche es­ta­ba ne­gra y ni Mar­tin ni los perseguidores afin­aban la pun­te­ria. Bautista, agaza­pa­do en el pes­cante, ll­ev­aba los ca­bal­los al ga­lope; ninguno de los an­imales es­ta­ba heri­do, la cosa iba bi­en.

Al amanecer ce­so la per­se­cu­cion. Ya no se veia a nadie en la car­retera.

--Creo que pode­mos parar--gri­to Bautista--. ?Eh? Ll­eva­mos otra vez el tiro ro­to. ?Paramos?

--Si, para--di­jo Mar­tin--; no se ve a nadie.

Paro Bautista, y tu­vieron que com­pon­er de nue­vo otra cor­rea.

El de­man­dadero rez­aba y gemia en el coche; Za­la­cain le hi­zo salir de den­tro a em­pu­jones.

--An­da, al pes­cante--le di­jo--. ?Es que tu no tienes san­gre en las ve­nas, sac­ristan de los de­mo­ni­os?--le pre­gun­to.

--Yo soy paci­fi­co y no me gus­ta mezclarme en es­tas cosas ni hac­er dano a nadie--con­testo re­fun­fu­nan­do.

--?No seras tu una mon­ja dis­fraza­da?

--No, soy un hom­bre.

--?No te habras equiv­oca­do?

--No, soy un hom­bre, un po­bre hom­bre, si le parece a ust­ed mejor.

--Eso no im­pedi­ra que te metan unas pil­do­ras de plo­mo en esa grasa fria que for­ma tu cuer­po.

--iQue hor­ror!

--Por eso debes com­pren­der, hom­bre lin­fati­co, que cuan­do se en­cuen­tra uno en el ca­so de morir o de matar, no puede uno an­darse con ton­te­rias ni con re­zos.

Las pal­abras rudas de Mar­tin re­an­imaron un poco al de­man­dadero.

Al subir Bautista al pes­cante, le di­jo Mar­tin:

--?Quieres que guie yo aho­ra?

--No, no. Yo voy bi­en. Y tu, ?co­mo tienes la heri­da?

--No debe de ser na­da.

--?Va­mos a ver­la?

--Luego, luego; no hay que perder tiem­po.

Mar­tin abrio la portezuela, y, al sen­tarse, di­rigien­dose a la su­pe­ri­ora, di­jo:

--Re­spec­to a ust­ed, seno­ra, si vuelve ust­ed a chillar, la voy a atar a un ar­bol y a de­jar­la en la car­retera.

Catali­na, asus­ta­dis­ima, llora­ba. Bautista subio al pes­cante y el de­man­dadero con el. Comen­zo el car­ru­aje a mar­char despa­cio, pero, al poco tiem­po, volvieron a oirse co­mo pisadas de ca­bal­los.

Ya no qued­aban mu­ni­ciones; los ca­bal­los del coche es­ta­ban cansa­dos.

--Va­mos, Bautista, un es­fuer­zo--gri­to Mar­tin, sacan­do la cabeza por la ven­tanil­la--. iAsi! Echan­do chis­pas.

Bautista, ex­ci­ta­do, gri­ta­ba y chasque­aba el lati­go. El coche pasa­ba con la rapi­dez de una ex­ha­la­cion, y pron­to de­jo de oirse de­tras el rui­do de pisadas de ca­bal­los.

Ya es­ta­ba clare­an­do; nubar­rones de plo­mo cor­ri­an a im­pul­sos del vien­to, y en el fon­do del cielo ro­ji­zo y triste del al­ba se adiv­in­aba un pueblo en un al­to. De­bia de ser Viana.

Al ac­er­carse a el, el coche trope­zo con una piedra, se solto una de las ruedas, la ca­ja se in­cli­no y vi­no a tier­ra. To­dos los vi­ajeros cayeron re­vuel­tos en el bar­ro. Mar­tin se levan­to primero y to­mo en bra­zos a Catali­na.

--?Tienes al­go?--la di­jo.

--No, creo que no--con­testo el­la, gimien­do.

La su­pe­ri­ora se habia he­cho un chi­chon en la trente y el de­man­dadero dis­lo­ca­do una muneca.

--No hay ave­rias im­por­tantes--di­jo Mar­tin--.iAde­lante!

Los vi­ajeros en­ton­aban un coro de que­jas y de lamen­tos.

--De­sen­gan­chare­mos y montare­mos a ca­bal­lo--di­jo Bautista.

--Yo no. Yo no me mue­vo de aqui--repli­co la su­pe­ri­ora.

La lle­ga­da del coche y su bat­aca­zo no habi­an pasa­do in­ad­ver­tidos, porque, pocos mo­men­tos de­spues, avan­zo del la­do de Viana me­dia com­pa­nia de sol­da­dos.

--Son los _guiris_--di­jo Bautista a Mar­tin.

--Me ale­gro.

La me­dia com­pa­nia se ac­er­co al grupo.

--iAl­to!--gri­to el sar­gen­to--. ?Quien vive?

--Es­pana.

--Daos pri­sioneros.

--No nos re­sis­ti­mos.

El sar­gen­to y su tropa quedaron asom­bra­dos, al ver a un mil­itar carlista, a dos mon­jas y a sus acom­panantes llenos de bar­ro.

--Va­mos ha­cia el pueblo--les or­denaron.

To­dos jun­tos, es­colta­dos por los sol­da­dos, lle­garon a Viana.

Un te­niente que apare­cio en la car­retera, pre­gun­to:

--?Que hay, sar­gen­to?

--Trae­mos pri­sioneros a un gen­er­al carlista y a dos mon­jas.

Mar­tin se pre­gun­to por que le llam­aba el sar­gen­to gen­er­al carlista; pero, al ver que el te­niente le salud­aba, com­pren­dio que el uni­forme, cogi­do por el en Es­tel­la, era de un gen­er­al.