COMO LOS ACONTECIMIENTOS SE ENREDARON, HASTA EL PUNTO DE QUE MARTIN DURMIO EL TERCER DIA DE ESTELLA EN LA CARCEL.
Al dia siguiente, por la noche, iba a acostarse Martin, cuando la posadera le llamo y le entrego una carta, que decia:
“Presentese usted manana de madrugada en la ermita del Puy, en donde se le devolveran las letras ya firmadas. El General en Jefe.” Debajo habia una firma ilegible.
Martin se metio la carta en el bolsillo, y viendo que la posadera no se marchaba de su cuarto, le pregunto:
--?Queria usted algo?
--Si; nos han traido dos militares heridos y quisieramos el cuarto de usted para uno de ellos. Si usted no tuviera inconveniente, le trasladariamos abajo.
--Bueno, no tengo inconveniente.
Bajo a un cuarto del piso principal, que era una sala muy grande con dos alcobas. La sala tenia en medio un altar, iluminado con unas lamparas tristes de aceite. Martin se acosto; desde su cama veia las luces oscilantes, pero estas cosas no influian en su imaginacion, y quedo dormido.
Era mas de media noche, cuando se desperto algo sobresaltado. En la alcoba proxima se oian quejas, alternando con voces de iAy, Dios mio! iAy, Jesus mio!
--iQue demonio sera esto!--penso Martin.
Miro el reloj. Eran las tres. Se volvio a tender en la cama, pero con los lamentos no se pudo dormir y le parecio mejor levantarse. Se vistio y se acerco a la alcoba proxima, y miro por entre las cortinas. Se veia vagamente a un hombre tendido en la cama.
--?Que le pasa a usted?--pregunto Martin.
--Estoy herido--murmuro el enfermo.
--?Quiere usted alguna cosa?
--Agua.
A Martin le dio la impresion de conocer esta voz. Busco por la sala una botella de agua, y como no habia en el cuarto, fue a la cocina. Al ruido de sus pasos, la voz de la patrona pregunto:
--?Que pasa?
--El herido que quiere agua.
--Voy.
La patrona aparecio en enaguas, y dijo, entregando a Martin una lamparilla:
--Alumbre usted.
Tomaron el agua y volvieron a la sala. Al entrar en la alcoba, Martin levanto el brazo, con lo que ilumino el rostro del enfermo y el suyo. El herido tomo el vaso en la mano, e incorporandose y mirando a Martin comenzo a gritar:
--?Eres tu? iCanalla! iLadron! iPrendedle! iPrendedle!
El herido era Carlos Ohando.
Martin dejo la lamparilla sobre la mesa de noche.
--Marchese usted--dijo la patrona--. Esta delirando.
Martin sabia que no deliraba; se retiro a la sala y escucho, por si Carlos contaba alguna cosa a la patrona. Martin espero en su alcoba. En la sala, debajo del altar, estaba el equipaje de Ohando, consistente en un baul y una maleta. Martin penso que quiza Carlos guardara alguna carta de Catalina, y se dijo:
--Si esta noche encuentro una buena ocasion, descerrajare el baul.
--No la encontro. Iban a dar las cuatro de la manana, cuando Martin, envuelto en su capote, se marcho hacia la ermita del Puy. Los carlistas estaban de maniobras. Llego al campamento de don Carlos, y, mostrando su carta, le dejaron pasar.
--El Senor esta con dos Reverendos Padres--le advirtio un oficial.
--Vayan al diablo el Senor y los Reverendos Padres--refunfuno Zalacain--. La verdad es que este rey es un rey ridiculo.
Espero Martin a que despachara el Senor con los Reverendos, hasta que el rozagante Borbon, con su aire de hombre bien cebado, salio de la ermita, rodeado de su Estado Mayor. Junto al Pretendiente iba una mujer a caballo, que Martin supuso seria dona Blanca.
--Ahi esta el Rey. Tiene usted que arrodillarse y besarle la mano--dijo el oficial.
Zalacain no replico.
--Y darle el titulo de Majestad.
Zalacain no hizo caso.
Don Carlos no se fijo en Martin y este se acerco al general, quien le entrego las letras firmadas. Zalacain las examino. Estaban bien.
En aquel momento, un fraile castrense, con unos gestos de energumeno, comenzo a arengar a las tropas.
Martin, sin que lo notara nadie, se fue alejando de alli y bajo al pueblo corriendo. El llevar en su bolsillo su fortuna, le hacia ser mas asustadizo que una liebre.
A la hora en que los soldados formaban en la plaza, se presento Martin y, al ver a Bautista, le dijo:
--Vete a la iglesia y alli hablaremos.
Entraron los dos en la iglesia, y en una capilla obscura se sentaron en un banco.
--Toma las letras--le dijo Martin a Bautista--. iGuardalas!
--?Te las han dado ya firmadas?
--Si.
--Hay que prepararse a salir de Estella en seguida.
--No se si podremos--dijo Bautista.
--Aqui estamos en peligro. Ademas del Cacho, se encuentra en Estella Carlos Ohando.
--?Como lo sabes?
--Porque le he visto.
--?En donde?
--Esta en mi casa herido.
--?Y te ha visto el?
--Si.
--Claro, estan los dos--exclamo Bautista.
--?Como los dos? ?Que quieres decir con eso?
--?Yo? Nada.
--?Tu sabes algo?
--No, hombre, no.
--O me lo dices, o se lo pregunto al mismo Carlos Ohando. ?Es que esta aqui Catalina?
--Si, esta aqui.
--?De veras?
--Si.
--?En donde?
--En el convento de Recoletas.
--iEncerrada! ?Y como lo sabes tu?
--Porque la he visto.
--iQue suerte! ?La has visto?
--Si. La he visto y la he hablado.
--iY eso querias ocultarme! Tu no cres amigo mio, Bautista.
Bautista protesto.
--?Y ella sabe que estoy aqui?
--Si, lo sabe.
--?Como se puede verla?--dijo Zalacain.
--Suele bordar en el convento, cerca de la ventana, y por la tarde sale a pasear a la huerta.
--Bueno. Me voy. Si me ocurre algo, le dire a ese senor extranjero que vaya a avisarte. Mira a ver si puedes alquilar un coche para marcharnos de aqui.
--Lo vere.
--Lo mas pronto que puedas.
--Bueno.
--Adios.
--Adios y prudencia.
Martin salio de la iglesia, tomo por la calle Mayor hacia el convento de las Recoletas, paseo arriba y abajo, horas y horas sin llegar a ver a Catalina. Al anochecer tuvo la suerte de verla asomada a una ventana. Martin levanto la mano, y su novia, haciendo como que no le conocia, se retiro de la ventana. Martin quedo helado; luego Catalina volvio a aparecer y lanzo un ovillo de hilo casi a los pies de Martin. Zalacain lo recogio; tenia dentro un papel que decia: “A las ocho podemos hablar un momento. Espera cerca de la puerta de la tapia.” Martin volvio a la posada, comio con un apetito extraordinario y a las ocho en punto estaba en la puerta de la tapia esperando. Daban las ocho en el reloj de las iglesias de Estella, cuando Martin oyo dos golpecitos en la puerta, Martin contesto del mismo modo.
--?Eres tu, Martin?--pregunto Catalina en voz baja.
--Si, soy yo. ?No nos podemos ver?
--Imposible.
--Yo me voy a marchar de Estella. ?Querras venir conmigo?--pregunto Martin.
--Si; pero icomo salir de aqui!
--?Estas dispuesta a hacer todo lo que yo te diga?
--Si.
--?A seguirme a todas partes?
--A todas partes.
--?De veras?
--Aunque sea a morir. Ahora, vete. iPor Dios! No nos sorprendan.
Martin se habia olvidado de todos sus peligros; marcho a su casa y sin pensar en espionajes entro en la posada a ver a Bautista y le abrazo con entusiasmo.
--Pasado manana--dijo Bautista--tenemos el coche.
--?Lo has arreglado todo?
--Si.
Martin salio de casa de su cunado silbando alegremente. Al llegar cerca de su posada, dos serenos que parecian estar espiandole se le acercaron y le mandaron callar de mala manera.
--iHombre! ?No se puede silbar?--pregunto Martin.
--No, senor.
--Bueno. No silbare.
--Y si replica usted, va usted a la carcel.
--No replico.
--iHala! iHala! A la carcel.
Zalacain vio que buscaban un pretexto para encerrarle y aguanto los empellones que le dieron, y en medio de los dos serenos entro en la carcel.