Zalacaín El Aventurero by Baroja, Pío - CAPITULO X

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Zalacaín El Aventurero

CAPITULO X

CO­MO TRAN­SCUR­RIO EL SE­GUN­DO DIA EN ES­TEL­LA

Con­formes Mar­tin y Bautista, se en­con­traron en la plaza. Mar­tin con­sidero que no con­ve­nia que le viesen hablar con su cu­na­do, y para de­cir lo he­cho por el la noche an­te­ri­or es­cribio en un pa­pel su en­tre­vista con el gen­er­al.

Luego se fue a la plaza. To­ca­ba la cha­ranga. Habia un­os sol­da­dos for­ma­dos. En el bal­con de una casa pe­que­na, en­frente de la igle­sia de San Juan, es­ta­ba don Car­los con al­gunos de sus ofi­ciales.

Es­pero Mar­tin a ver a Bautista y cuan­do le vio le di­jo:

--Que no nos vean jun­tos--y le en­trego el pa­pel.

Bautista se ale­jo, y poco de­spues se ac­er­co de nue­vo a Mar­tin y le dio otro peda­zo de pa­pel.

--?Que pasara?--se di­jo Mar­tin.

Se fue de la plaza, y cuan­do se vio so­lo, leyo el pa­pel de Bautista que de­cia:

_Ten cuida­do. Es­ta aqui el Ca­cho de sar­gen­to. No an­des por el cen­tro del pueblo_.

La ad­ver­ten­cia de Bautista la con­sidero Mar­tin de gran im­por­tan­cia. Sabia que el Ca­cho le odi­aba y que colo­ca­do en una posi­cion su­pe­ri­or, po­dia ven­gar sus an­tigu­os ren­cores con to­da la sana de aquel hom­bre pe­queno, vi­olen­to y co­leri­co.

Mar­tin pa­so por el puente del Azu­carero con­tem­plan­do el agua ver­dosa del rio. Al lle­gar a la pla­zo­le­ta donde comien­za la Rua May­or del pueblo viejo, Mar­tin se de­tu­vo frente al pala­cio del duque de Grana­da, con­ver­tido en car­cel, a con­tem­plar una fuente con un leon ten­ante en medio, en cuyas gar­ras su­je­ta un es­cu­do de Navar­ra.

Es­ta­ba al­li para­do, cuan­do vio que se le ac­er­ca­ba el ex­tran­jero.

--iHo­la, queri­do Mar­tin!--le di­jo.

--iHo­la! iBuenos dias!

--?Va ust­ed a echar un vis­ta­zo por este viejo bar­rio?

--Si.

--Pues ire con ust­ed.

Tomaron por la Rua May­or, la calle prin­ci­pal del pueblo an­tiguo. A un la­do y a otro se lev­anta­ban her­mosas casas de piedra amar­il­la, con es­cu­dos y fig­uras tal­la­dos.

Luego, ter­mi­na­da la Rua, sigu­ieron por la calle de Cur­tidores. Las an­tiguas casas so­lar­ie­gas mostra­ban sus grandes puer­tas cer­radas; en al­gunos por­tales, con­ver­tidos en talleres de cur­tidores, se veian fi­las de pelle­jos col­ga­dos y en el fon­do el agua casi in­movil del rio Ega, ver­dosa y tur­bia.

Al fi­nal de es­ta calle se en­con­traron con la igle­sia del San­to Sepul­cro y se pararon a con­tem­plar­la. A Mar­tin le pare­cio aque­lla por­ta­da de piedra amar­il­la, con sus san­tos desnar­iga­dos a pe­dradas, una cosa al­go grotesca, pero el ex­tran­jero ase­guro que era mag­nifi­ca.

--?De ve­ras?--pre­gun­to Mar­tin.

--iOh! iYa lo creo!

--?Y la habra he­cho la gente de aqui?--pre­gun­to Mar­tin.

--?Le parece a ust­ed im­posi­ble que los de Es­tel­la ha­gan una cosa bue­na?--pre­gun­to rien­do el ex­tran­jero.

--iQue se yo! No me parece que en este pueblo se haya in­ven­ta­do la polvo­ra.

En una calle transver­sal, las pare­des de las an­tiguas casas hi­dal­gas der­rum­badas ser­vian de cer­ca para los jar­dines. No se ale­jaron mas porque a pocos pa­sos es­ta­ba ya la guardia. Volvieron y subieron a San Pe­dro de la Rua, igle­sia colo­ca­da en un al­to, a la cual se lle­ga­ba por unas es­caleras des­gas­tadas, en­tre cuyas losas cre­cia la hi­er­ba.

--Sen­te­monos aqui un mo­men­to--di­jo el ex­tran­jero.

--Bueno, co­mo ust­ed quiera.

Des­de al­li se veia casi to­do Es­tel­la, y los montes que le rodean, aba­jo el te­ja­do de la car­cel y en un al­to la er­mi­ta del Puy. Una vie­ja limpia­ba las es­caleras de piedra de la igle­sia con una es­co­ba y canta­ba a voz en gri­to:

iA­dios los Llanos de Es­tel­la. San Ben­ito y San­ta Clara, Con­ven­to de Reco­le­tos donde yo me pasea­ba!

--Ya ve ust­ed--di­jo el ex­tran­jero--que, aunque a ust­ed le parez­ca este pueblo tan de­sagrad­able, hay gente que le tiene cari­no.

--?Quien?--di­jo Mar­tin.

--El que ha in­ven­ta­do esa can­cion.

--Era un hom­bre de mal gus­to.

La vie­ja se ac­er­co al ex­tran­jero y a Mar­tin y entablo con­ver­sa­cion con el­los. Era una mu­jer pe­que­na, de ojos vivos y tez tosta­da.

--?Ust­ed sera carlista? ?Eh?--le pre­gun­to el ex­tran­jero.

--Ya lo creo. En Es­tel­la to­dos so­mos carlis­tas y ten­emos la se­guri­dad de que ven­dra don Car­los con ayu­da de Dios.

--Si, es muy prob­able.

--?Co­mo prob­able?--ex­clamo la vie­ja--. Es se­guro. ?Ust­ed no sera de aqui?

--No, no soy es­panol.

--Ah, va­mos.

Y la vie­ja, de­spues de mi­rar­le con cu­riosi­dad, sigu­io bar­rien­do las es­caleras.

--Creo que le ha tenido a ust­ed las­ti­ma al saber que no es ust­ed es­panol--di­jo Mar­tin.

--Si, parece que si--con­testo el ex­tran­jero--. La ver­dad es que es triste que por ese es­tupi­do hom­bre guapo se mate es­ta po­bre gente.

--?Por quien lo dice ust­ed, por don Car­los?--pre­gun­to Mar­tin.

--Si.

--?Ust­ed tam­bi­en cree que no es hom­bre de tal­en­to?

--iQue va a ser! Es un tipo vul­gar sin ningu­na condi­cion. Luego, no tiene idea de na­da. Hable con el cuan­do el bom­bardeo de Irun, y no se puede ust­ed fig­urar na­da mas plano y mas opa­co.

--Pues no lo di­ga ust­ed por ahi, porque le ha­cen a ust­ed peda­zos. Es­tos bes­tias es­tan dis­puestos a morir por su rey.

--Oh, no lo diria. Ade­mas ?para que? No habia de con­vencer a nadie; un­os son fa­nati­cos y otros aven­tureros y ninguno es­ta dis­puesto a de­jarse per­suadir. Pero no crea ust­ed que to­dos tienen un gran re­speto ni por don Car­los ni por sus gen­erales. ?No ha oi­do ust­ed en la posa­da que hablan al­gu­nas ve­ces de don Bobo? pues se re­fieren al Pre­ten­di­ente.

Vieron el ex­tran­jero y Mar­tin las otras igle­sias del pueblo, la Pe­na de los Castil­los y la par­ro­quia de San­ta Maria, y volvieron a com­er.

Afor­tu­nada­mente, el vieje­cil­lo an­tipati­co no se senta­ba a la mesa y en cam­bio es­ta­ban un le­git­imista frances, el conde de Haus­sonville, de la lega­cion ex­tran­jera, y un joven co­man­dante carlista lla­ma­do Ic­eta.

El conde de Haus­sonville fue la ale­gria de la mesa. El conde, hom­bre de un­os cuarenta anos, al­to, grue­so, dere­cho, ru­bio, habla­ba en un castel­lano grotesco.

Lo ver­dader­amente gra­cioso de Haus­sonville era su apeti­to vo­raz. To­do lo que le da­ban de com­er no le servia mas que de aper­iti­vo. Habia venido des­de Caspe ll­evan­do pri­sionero a un brigadier va­len­ciano carlista a que con­pareciera ante el Es­ta­do May­or de don Car­los, y con­ta­ba su ex­pe­di­cion de tal man­era que ha­cia morirse de risa a to­dos.

Ex­pli­co su es­tancia en un pueblo, con el batal­lon meti­do en una igle­sia, sin poder mo­verse por es­tar los caminos in­tran­sita­bles por la nieve, no comien­do mas que habichue­las y te­nien­do por re­trete un con­fe­sion­ario, y dio tales de­talles, que to­do el mun­do reia a car­ca­jadas.

--Un dia, so­bre to­do, nos tra­jeron sidra--di­jo el frances--y en­tre la sidra y las habichue­las se nos ar­mo una, que tu­vi­mos que hac­er co­la de­lante del con­fe­sion­ario. Pocas ve­ces se ha vis­to una con­gre­ga­cion de fieles tan ape­na­dos para en­trar en el con­fe­sion­ario co­mo nosotros. Je­fes y sol­da­dos ibamos con gran do­lor de cora­zon a can­tar nues­tra can­cion de las habichue­las a la pe­que­na gari­ta del senor cu­ra.

De­spues de malde­cir de la al­imenta­cion legu­mi­nosa y de la al­imenta­cion _patatosa_, hablo del resto del vi­aje.

Ca­da pueblo del tran­si­to le pare­cia una esta­cion de cal­vario para su es­tom­ago ham­bri­en­to; record­aba las aldeas por lo que habia co­mi­do, o mejor di­cho, por lo que habia ayu­na­do; aqui habi­an da­do por to­da co­mi­da un cal­do de berzas, al­la por ce­na una co­la­cion de ver­duras co­ci­das; y para col­mo de des­dichas, es­ta­ba alo­ja­do en Es­tel­la en casa de unas vie­jas solteronas y por la man­ana le da­ban choco­late con agua, por la tarde co­ci­do, y de noche una sopa de ajo in­fame.

--Y siem­pre, siem­pre, poco--de­cia Haus­sonville, lev­an­tan­do los bra­zos al cielo.

Ic­eta era un aven­turero. Habia es­ta­do al prin­ci­pio en la guer­ra, luego se fue a una re­pub­li­ca amer­icana, to­mo parte en una rev­olu­cion y de­spues, ex­pul­sa­do de al­li por re­belde, volvia al ejerci­to carlista, en donde es­ta­ba ya vi­olen­to y de­se­an­do mar­charse.

Sigu­ien­dole a to­das partes co­mo ami­go y as­esor, iba un an­tiguo cri­ado suyo que se llam­aba Asen­sio, pero a quien se le cono­cia por es­tos dos motes: Asen­sio La­purra (Asen­sio el Ladron) y Asen­chio Araguiar­ra­patza­llia (Asen­sio el de­comisador de carne).

Este mote lo de­bia Asen­sio a haber si­do con­sumero en su pueblo.

Asen­sio era gra­cio­sisi­mo hablan­do castel­lano; no habia pal­abra que em­pleara bi­en.

Siem­pre que tenia que de­cir an­damos, de­cia an­de­mos; y al con­trario, em­plea­ba vaiga por vaya, y ha­gais por haced.

La con­ver­sa­cion en­tre el conde de Haus­sonville y Asen­chio La­purra era de lo mas dis­lo­ca­da y pin­toresca.

--Si aqui hu­biera un buen _quen­erral_--de­cia Haus­sonville--la _quer­ra_ es­ta­ba re­suelta.

--_Pue­da, pue­da_ que si--con­testa­ba Asen­sio.

--No saben _manecar_ un grande _equerci­to_, ami­go Asen­sio.

--Si _supie­seis_ de _tat­ica_, otra cosa se­ria.

Mar­tin y el ex­tran­jero in­ti­maron con Haus­sonville, con Ic­eta y con Asen­chio La­purra y se rieron a car­ca­jadas con los mil quid­procu­os que re­sulta­ban en la con­ver­sa­cion del frances y del vas­co.

Asen­sio habia es­ta­do en Cu­ba al­gun tiem­po, de sol­da­do, y con­to anec­do­tas de aque­lla tier­ra. Lo que mas le gusta­ba era hablar de los chi­nos.

--Son de _mal_ in­ten­cion, pero buenos cocineros, eso si. _Di­gais_ a un chi­no que os ha­ga un ar­roz. Os hace una cosa _man­ifi­ca_. Es gente _raro_. Luego se po­nen a _chun, chun, chun_. ?Y en­ten­der­les? na­da. ?A nosotros? Ra­bia nos teni­an. Y al que co­gian _la_ mar­ti­riz­aban. iPse! Nosotros _tamien_ al­gunos _mate­mos_.

Mar­tin se reia a car­ca­jadas con las ex­pli­ca­ciones de Asen­chio La­purra.

De­spues de com­er en la posa­da, Mar­tin, el ex­tran­jero, Ic­eta, Haus­sonville y Asen­sio fueron a un cafe de la plaza, donde es­tu­vieron hablan­do. Habia ejer­ci­cios es­pir­ituales en la igle­sia de San Juan, y una por­cion de beat­os y de ofi­ciales carlis­tas iban a la igle­sia.

--iQue pais!--di­jo Haus­sonville--la gente no hace mas que ir a la igle­sia. To­do es para el senor cu­ra: las bue­nas co­mi­das, las bue­nas chi­cas... Aqui no hay na­da que hac­er, to­do para el senor cu­ra.

Ic­eta y Haus­sonville con­tem­pla­ban con de­spre­cio aquel tro­pel de gente que se en­cam­ina­ba ha­cia la igle­sia.

--iBes­tias!--ex­clam­aba Ic­eta dan­do pune­ta­zos en la mesa--. No quisiera mas que poder ame­tral­lar­los.

El frances mur­mura­ba co­mo di­cien­dose­lo a si mis­mo:

--iEs­pana! iEs­pana! _iJa­mais de la vie!_ Mucha hi­dal­guia, mucha misa, mucha jo­ta, pero poco al­imen­to.

--La guer­ra--ana­dia Asen­sio, me­tien­do la cuchara­da--es cosa na­da _bueno_.