Filosofia fundamental by Balmes, Jaime - CONDICION 1.ª

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Filosofia fundamental

CONDICION 1.ª

La in­cli­na­cion al asen­so es de to­do pun­to ir­re­sistible, de man­era que el hom­bre ni aun con la re­flex­ion, puede re­si­stir­le ni de­spo­jarse de el­la.

CONDI­CION 2.ª

De la primera di­mana la otra, á saber: to­da ver­dad de sen­ti­do co­mun es ab­so­lu­ta­mente cier­ta para to­do el lina­je hu­mano.

CONDI­CION 3.ª

To­da ver­dad de sen­ti­do co­mun puede sufrir el exá­men de la ra­zon.

CONDI­CION 4.ª

To­da ver­dad de sen­ti­do co­mun tiene por ob­je­to la sat­is­fac­cion de al­gu­na gran necesi­dad de la vi­da sen­si­ti­va, in­telec­tu­al ó moral.

[328.] Cuan­do es­tos car­ac­téres se re­unen, el cri­te­rio del sen­ti­do co­mun es ab­so­lu­ta­mente in­fal­ible, y se puede de­safi­ar á los es­cép­ti­cos á que señalen un ejem­plo en que haya fal­la­do. A pro­por­cion que es­tas condi­ciones se re­unen en mas al­to gra­do, el cri­te­rio del sen­ti­do co­mun es mas se­guro, de­bién­dose medir por el­las los gra­dos de su val­or. Ex­pliqué­moslo con al­gunos ejem­plos.

No cabe du­da en que el co­mun de los hom­bres ob­je­ti­va las sen­sa­ciones has­ta el pun­to de trasladar á lo ex­te­ri­or lo mis­mo que el­los sien­ten, sin dis­tin­guir en­tre lo que hay de sub­je­ti­vo y de ob­je­ti­vo. Los col­ores, el lina­je hu­mano los con­sid­era en las cosas mis­mas; para él lo verde no es la sen­sa­cion de lo verde, sino una cier­ta cosa, una cal­idad ó lo que se quiera lla­mar, in­her­ente al ob­je­to. ¿Es así en re­al­idad? nó cier­ta­mente: en el ob­je­to ex­ter­no hay la causa de la sen­sa­cion, hay la dis­posi­cion de las partes para pro­ducir por medio de la luz esa im­pre­sion que lla­mamos _verde_. El sen­ti­do co­mun nos en­gaña, ya que el análi­sis filosó­fi­co le con­vence de falaz. ¿Pero tiene to­das las condi­ciones ar­ri­ba señal­adas? nó. Por lo pron­to le fal­ta el ser ca­paz de sufrir el exá­men de la ra­zon; tan luego co­mo se re­flex­iona so­bre el par­tic­ular, se de­scubre que hay aquí una ilu­sion tan in­ocente co­mo her­mosa. Le fal­ta además al asen­so la condi­cion de ir­re­sistible; porque des­de el mo­men­to en que nos con­vence­mos de que hay ilu­sion, el asen­so de­ja de ex­is­tir. No es uni­ver­sal el asen­so pues no le tienen los filó­so­fos. No es in­dis­pens­able para sat­is­fac­er al­gu­na necesi­dad de la vi­da; y por con­sigu­iente no tiene ningu­na de las condi­ciones ar­ri­ba señal­adas. Lo que se ha di­cho de la vista puede apli­carse á to­das las sen­sa­ciones; ¿has­ta qué pun­to será valedero pues el tes­ti­mo­nio del sen­ti­do co­mun en cuan­to nos ll­eva á ob­je­ti­var la sen­sa­cion? hé­lo aquí.

Para las necesi­dades de la vi­da es nece­saria la se­guri­dad de que á las sen­sa­ciones les cor­re­spon­den ob­je­tos ex­ter­nos; á es­to asen­ti­mos con im­pul­so ir­re­sistible, to­dos los hom­bres, sin dis­tin­cion al­gu­na. La re­flex­ion no bas­ta para de­spo­jarnos de la in­cli­na­cion nat­ural; y la ra­zon, aun la mas cav­ilosa, si al­gu­na vez puede hac­er vac­ilar los fun­da­men­tos de es­ta creen­cia, no al­can­za á con­vencer­la de er­rónea. Los que dan may­or im­por­tan­cia á esas cav­ila­ciones po­drán de­cir que no sabe­mos si ex­is­ten los cuer­pos, pero nó pro­bar que no ex­is­tan.

En este pun­to pues, la in­cli­na­cion nat­ural re­une to­dos los car­ac­téres para el­evarse al ran­go de cri­te­rio in­fal­ible; es ir­re­sistible, es uni­ver­sal, sat­is­face una gran necesi­dad de la vi­da y sufre el exá­men de la ra­zon.

Por lo que to­ca á las cal­idades, ob­je­to di­rec­to de la sen­sa­cion, no nece­si­ta­mos que ex­is­tan en los mis­mos cuer­pos; nos bas­ta que en es­tos haya al­go que nos pro­duz­ca de cualquiera mo­do que sea, la im­pre­sion cor­re­spon­di­ente. Poco im­por­ta que el col­or verde y el anaran­ja­do sean ó nó cal­idades de los ob­je­tos, con tal que en el­los sea con­stante la cal­idad que nos pro­duce en los ca­sos re­spec­tivos, la sen­sa­cion de anaran­ja­do ó de verde. Para to­dos los usos de la vi­da re­sul­ta lo mis­mo en un ca­so que en otro; aun cuan­do el análi­sis filosó­fi­co se gen­er­al­izase, no se per­tur­bar­ian las rela­ciones del hom­bre con el mun­do sen­si­ble. Hay quizás una es­pecie de des­en­can­to de la nat­uraleza, pues que el mun­do de­spo­ja­do de las sen­sa­ciones no es ni con mu­cho tan bel­lo; pero el en­can­to con­tinúa para la gen­er­al­idad de los hom­bres; á él es­tá someti­do tam­bi­en el filó­so­fo ex­cep­to en los breves in­stantes de re­flex­ion; y aun en es­tos, siente un en­can­to de otro género, al con­sid­er­ar que gran parte de esa belleza que se atribuye á los ob­je­tos la ll­eva el hom­bre en sí mis­mo, y que bas­ta el sim­ple ejer­ci­cio de las fac­ul­tades ar­móni­cas de un ser sen­si­ble para que el uni­ver­so en­tero se re­vista de es­plen­dor y de galas (XXVI­II).

CAPÍ­TU­LO XXXI­II.

ER­ROR DE LA-​MEN­NAIS SO­BRE EL CON­SEN­TIMIEN­TO CO­MUN.

[329.] La fe in­stin­ti­va en la au­tori­dad hu­mana de que hablo en el capí­tu­lo an­te­ri­or, es un he­cho at­es­tigua­do por la ex­pe­ri­en­cia y que ningun filó­so­fo ha puesto en du­da. Esa fe, di­rigi­da por la ra­zon de la man­era con­ve­niente, con­sti­tuye uno de los cri­te­rios de ver­dad. Los er­rores á que en cier­tos ca­sos puede in­ducir, son in­her­entes á la de­bil­idad hu­mana, y es­tán abun­dan­te­mente com­pen­sa­dos por las ven­ta­jas que dicha fe pro­duce al in­di­vid­uo y á la so­ciedad.

Un céle­bre es­critor ha queri­do re­fundir to­dos los cri­te­rios en el de la au­tori­dad hu­mana, afir­man­do re­suelta­mente que el «con­sen­timien­to co­mun, _sen­sus com­mu­nis_, es para nosotros el sel­lo de la ver­dad, y que no hay otro,» (La-​Men­nais En­sayo so­bre la in­difer­en­cia en ma­te­ria de re­li­gion tom. 2 cap. 13). Este sis­tema tan er­ró­neo co­mo ex­traño, y en que se con­fun­den pal­abras tan di­ver­sas co­mo _sen­sus_ y _con­sen­sus_, es­tá de­fen­di­da con aque­lla elocuente ex­agera­cion que car­ac­ter­iza al em­inente es­critor; bi­en que al la­do de la elocuen­cia se echa de menos la pro­fun­di­dad filosó­fi­ca. Los re­sul­ta­dos de se­me­jante doc­tri­na se hal­lan patentes en la triste suerte que ha cabido á tan bril­lante co­mo mal­ogra­do in­ge­nio; abrió una sima en que se hun­dia to­da ver­dad; el primero que se ha sepul­ta­do en el­la, ha si­do él mis­mo. Apelar á la au­tori­dad de los demás en to­do y para to­do, de­spo­jar al in­di­vid­uo de to­do cri­te­rio, era anon­adar­los to­dos, in­clu­so el que se pre­tendia es­table­cer.

No se con­cibe có­mo un sis­tema se­me­jante puede ten­er cabi­da en tan el­eva­do en­tendimien­to; cuan­do se leen las elocuentes pági­nas en que es­tá de­sen­vuel­to, se siente una pe­na in­ex­pli­ca­ble al ver em­plea­dos ras­gos tan bril­lantes en repe­tir to­das las vul­gar­idades de los es­cép­ti­cos, para venir á parar á la parado­ja mas in­signe y al sis­tema menos filosó­fi­co que se pue­da imag­inar.

Úni­co cri­te­rio lla­ma La-​Men­nais al con­sen­timien­to co­mun; sin em­bar­go bas­ta dar una ojea­da so­bre los demás para con­vencerse de la es­ter­il­idad del nue­vo para pro­ducir­los.

[330.] En primer lu­gar, el tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia no puede apo­yarse de ningun mo­do en la au­tori­dad aje­na. For­ma­do co­mo es­tá por una se­rie de he­chos ín­ti­ma­mente pre­sentes á nue­stro es­píritu, sin que sea dable ni aun con­ce­bir sin el­los el pen­samien­to in­di­vid­ual, claro es que ha de pre­ex­is­tir á la apli­ca­cion de to­do cri­te­rio, pues que el cri­te­rio es im­posi­ble para quien no piense.

Na­da mas dé­bil ba­jo el as­pec­to cien­tí­fi­co, que la refuta­cion que pre­tende hac­er Mr. de La-​Men­nais del prin­ci­pio de Descartes. «Cuan­do Descartes para salir de su du­da metódi­ca es­tablece es­ta proposi­cion, _yo pien­so luego soy_, sal­va un abis­mo in­men­so, y colo­ca en el aire la primera piedra del ed­ifi­cio que pre­tende lev­an­tar; porque en rig­or no pode­mos de­cir yo pien­so, yo soy; no pode­mos de­cir _luego_, ni afir­mar na­da por via de con­se­cuen­cia» (Ibid.). El prin­ci­pio de Descartes era dig­no de mas de­tenido exá­men para quien trata­ba de in­ven­tar un sis­tema; opon­er­le que no pode­mos de­cir _luego_, es repe­tir el manosea­do ar­gu­men­to de las es­cue­las; y el afir­mar que no pode­mos de­cir, yo pien­so, es con­trari­ar un he­cho de la con­cien­cia que no han ne­ga­do los mis­mos es­cép­ti­cos. En el lu­gar cor­re­spon­di­ente lle­vo ex­pli­ca­do con la de­bi­da ex­ten­sion cuál es, ó al menos cuál debe ser, el sen­ti­do del prin­ci­pio de Descartes.

Sí se­gun La-​Men­nais, no pode­mos de­cir yo pien­so, menos po­dremos de­cir que pien­san los demás; y co­mo el pen­samien­to ajeno le nece­si­ta­mos ab­so­lu­ta­mente en el sis­tema que asien­ta por úni­co cri­te­rio el con­sen­timien­to co­mun, re­sul­ta que su primera piedra la pone La-​Men­nais mas en el aire que los que ha­cen es­trib­ar la filosofía en un he­cho de con­cien­cia.

[331.] Un cri­te­rio, may­or­mente si tiene la pre­ten­sion de ser el úni­co, ha de re­unir dos condi­ciones: no supon­er otro, y ten­er apli­ca­cion á to­dos los ca­sos. Ca­bal­mente el del con­sen­timien­to co­mun es el que menos las re­une; antes que él es­tá el tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia; antes que él es­tá tam­bi­en el tes­ti­mo­nio de los sen­ti­dos; pues no pode­mos saber que los demás con­sien­ten, si de es­to no nos cer­cio­ran el oi­do ó la vista.

[332.] Este cri­te­rio no es posi­ble en es­tos ca­sos, y en mu­chos otros es har­to difí­cil, cuan­do no im­posi­ble del to­do. ¿Has­ta qué pun­to se nece­si­ta el con­sen­timien­to co­mun? si la pal­abra _co­mun_ se re­fiere á to­do el lina­je hu­mano, ¿có­mo se reco­gen los vo­tos de to­da la hu­manidad? si el con­sen­timien­to no debe ser unán­ime, ¿has­ta qué pun­to la con­tradic­cion ó el sim­ple no asen­timien­to de al­gunos, de­stru­irá la le­git­im­idad del cri­te­rio?

[333.] El orí­gen del er­ror de La-​Men­nais es­tá en que tomó el efec­to por la causa, y la causa por el efec­to. Vió que hay cier­tas ver­dades en que con­vienen to­dos, y di­jo: la garan­tía del acier­to de ca­da uno, es­tá en el con­sen­timien­to de la to­tal­idad. Anal­izan­do bi­en la ma­te­ria hu­biera no­ta­do que la ra­zon de la se­guri­dad del in­di­vid­uo, no nace del con­sen­timien­to de los demás, sino que ser el con­trario la ra­zon de que con­vienen to­dos, es que ca­da uno de por sí se siente obli­ga­do á con­venir. En esa gran vota­cion del lina­je hu­mano, vota ca­da uno en cier­to sen­ti­do, por el im­pul­so mis­mo de la nat­uraleza; y co­mo to­dos ex­per­imen­tan el mis­mo im­pul­so, to­dos votan de la mis­ma man­era. La-​Men­nais ha di­cho: ca­da uno vota de un mis­mo mo­do porque to­dos votan así; no ad­vir­tien­do que de es­ta suerte la vota­cion no po­dria acabar ni aun comen­zar. Es­ta com­para­cion no es una ocur­ren­cia satíri­ca, es un ar­gu­men­to rig­urosa­mente filosó­fi­co á que na­da se puede con­tes­tar; él bas­ta para pon­er de man­ifiesto lo in­fun­da­do y con­tra­dic­to­rio del sis­tema de La-​Men­nais, así co­mo in­di­ca por otra parte el orí­gen de la equiv­oca­cion, que con­siste en tomar el efec­to por la causa.

[334.] La-​Men­nais apela al tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia para pro­bar que su cri­te­rio es el úni­co: yo creo que este tes­ti­mo­nio en­seña to­do lo con­trario. ¿Quién ha es­per­ado jamás la au­tori­dad de los otros para cer­cio­rarse de la ex­is­ten­cia de los cuer­pos? ¿no ve­mos que los mis­mos bru­tos en fuerza de un in­stin­to nat­ural, ob­je­ti­van á su mo­do las sen­sa­ciones? Para prestar asen­so á la pal­abra de los hom­bres, si no tu­viése­mos mas cri­te­rio que el con­sen­timien­to co­mun, no po­dri­amos jamás creer á ninguno, por la sen­cil­la ra­zon de que no es dable ase­gu­rarnos de lo que di­cen ó pien­san los demás sin comen­zar por creer á al­guno. El niño para dar fe á lo que le cuen­ta su madre, ¿se re­fiere por ven­tu­ra á la au­tori­dad de los otros? ¿no obe­dece mas bi­en al in­stin­to nat­ural que con mano bené­fi­ca le ha co­mu­ni­ca­do el Cri­ador? El niño no cree porque to­dos creen; por el con­trario, to­dos los niños creen porque ca­da uno cree; la creen­cia in­di­vid­ual no nace de la gen­er­al; antes bi­en la gen­er­al se for­ma del con­jun­to de las creen­cias in­di­vid­uales: no es nat­ural porque es uni­ver­sal, sino que es uni­ver­sal porque es nat­ural.

[335.] El Aquiles de La-​Men­nais con­siste en que en cier­tos ca­sos para ase­gu­rarnos de la ver­dad con re­spec­to á los demás cri­te­rios, apelam­os al con­sen­timien­to co­mun, y que la locu­ra mis­ma no es mas que el desvío de este con­sen­timien­to. A un hom­bre se le dice que sus ojos le en­gañan con re­spec­to á un ob­je­to que tiene á la vista; in­stin­ti­va­mente se vuelve ha­cia los demás y les pre­gun­ta si no lo ven de la mis­ma man­era. Si to­dos con­vienen en que yer­ra y es­tá se­guro de que no se chancean, sen­tirá vac­ilar por un mo­men­to la fe en el tes­ti­mo­nio de la vista, se ac­er­cará al ob­je­to, se colo­cará en otra posi­cion, ó em­pleará el medio que mejor le parez­ca para cer­cio­rarse de que no se en­gaña. Si á pe­sar de es­to ve el ob­je­to de la mis­ma man­era, y las mis­mas per­sonas y cuan­tas so­bre­vienen per­sis­ten en ase­gu­rar que la cosa no es co­mo él la ve, si es­tá en su juicio, de­scon­fi­ará del tes­ti­mo­nio de la vista y se creerá at­aca­do de al­gu­na en­fer­medad que le des­or­de­na la vi­sion. A es­to se re­duce el ar­gu­men­to de La-​Men­nais. ¿Qué re­sul­ta de él? na­da en fa­vor del sis­tema del con­sen­timien­to co­mun: es cier­to que los demás cri­te­rios es­tán su­je­tos á er­ror en cir­cun­stan­cias ex­cep­cionales; es cier­to que en tales ca­sos, y en na­cien­do la du­da, se apela al tes­ti­mo­nio de los otros; mas, ¿para qué? Para ase­gu­rarse de si el que teme er­rar, ha sufri­do uno de es­tos trastornos á que es­tá su­je­ta la mis­eria hu­mana. Se sabe que lo nat­ural es gen­er­al; y el pa­ciente que du­da, pre­gun­ta á los otros para saber si por al­gun ac­ci­dente es­tá fuera del es­ta­do or­di­nario de la nat­uraleza, ¿Quién no ve la sin­ra­zon de el­evar un medio ex­cep­cional al ran­go de cri­te­rio gen­er­al y úni­co? ¿Quién no ve la ex­trav­agan­cia de afir­mar que es­ta­mos se­guros del tes­ti­mo­nio de los sen­ti­dos, por la au­tori­dad de los demás hom­bres, so­lo porque en ca­sos ex­tremos, y al temer al­gun trastorno de nue­stros órganos, pre­gun­ta­mos á los demás si les parece lo mis­mo que á nosotros?

[336.] No es posi­ble ll­evar mas al­lá la ex­agera­cion de lo que hace La-​Men­nais cuan­do afir­ma «que las cien­cias ex­ac­tas se fun­dan tam­bi­en en el con­sen­timien­to co­mun, que en es­ta parte no dis­fru­tan ningun priv­ile­gio, y que el mis­mo nom­bre de _ex­ac­tas_ no es mas que uno de es­os _vanos tí­tu­los_ con que el hom­bre en­galana su flaque­za; que la ge­ometría mis­ma no sub­siste sino en vir­tud de un con­ve­nio tác­ito de ad­mi­rar cier­tas ver­dades nece­sarias, con­ve­nio que puede ex­pre­sarse en los tér­mi­nos sigu­ientes: _nosotros nos oblig­amos á ten­er tales prin­ci­pios por cier­tos; y á cualquiera que se niegue á creer­los sin de­mostra­cion, le declaramos cul­pa­ble de re­beldía con­tra el sen­ti­do co­mun, que no es mas que la au­tori­dad del gran número._» Es­ta ex­agera­cion es in­tol­er­able: los ar­gu­men­tos que en las no­tas aduce La-​Men­nais para pro­bar la in­cer­tidum­bre in­trínse­ca de las matemáti­cas, son suma­mente dé­biles; y al­guno de el­los pudiera hac­er­nos sospechar que el au­tor del _En­sayo so­bre la in­difer­en­cia_ no era tan pro­fun­do matemáti­co co­mo es­critor elocuente.

No de­sconoz­co lo que se ha di­cho con­tra la certeza de las cien­cias ex­ac­tas, ni las di­fi­cul­tades que se ofre­cen cuan­do se las lla­ma al tri­bunal de la metafísi­ca: en el to­mo 1.° del _Protes­tantismo com­para­do con el Catoli­cis­mo_, ten­go ded­ica­do un capí­tu­lo á lo que llamo in­stin­to de fe, y en él me ha­go car­go de que este in­stin­to ejerce tam­bi­en su in­flu­en­cia en las cien­cias ex­ac­tas. No lev­an­te­mos á es­tas so­bre las morales; teng­amos en mas á las morales que á las ex­ac­tas; pero guardé­monos de una ex­agera­cion que las de­struye to­das.

CAPÍ­TU­LO XXXIV.

RESÚ­MEN Y CON­CLU­SION.

[337.] Quiero ter­mi­nar este li­bro, pre­sen­tan­do en resú­men mis opin­iones so­bre la certeza. En este resú­men se man­ifes­tará tam­bi­en el en­lace de las doc­tri­nas ex­pues­tas en los capí­tu­los an­te­ri­ores.

Cuan­do la filosofía se en­cuen­tra con un he­cho nece­sario, tiene el de­ber de consignarle. Tal es la certeza: dis­putar so­bre su ex­is­ten­cia, es dis­putar so­bre el re­sp­lan­dor de la luz del sol en medio del dia. El hu­mano lina­je es­tá cier­to de muchas cosas; lo es­tán igual­mente los filó­so­fos, in­clu­sos los es­cép­ti­cos; el es­cep­ti­cis­mo ab­so­lu­to es im­posi­ble.

Descar­tadas las cues­tiones so­bre la ex­is­ten­cia de la certeza, la filosofía es­tá li­bre de ex­trav­agan­cias, y situ­ada en los do­min­ios de la ra­zon; en­tonces se puede ex­am­inar có­mo adqui­ri­mos la certeza, y en qué se fun­da.

El lina­je hu­mano posee la certeza, co­mo una cal­idad ane­ja á la vi­da; co­mo un re­sul­ta­do espon­tá­neo del de­sar­rol­lo de las fac­ul­tades del es­píritu. La certeza es nat­ural; pre­cede por con­sigu­iente á to­da filosofía, y es in­de­pen­di­ente de las opin­iones de los hom­bres. Por lo mis­mo, las cues­tiones so­bre la certeza, aunque im­por­tantes para el conocimien­to de las leyes á que es­tá su­je­to nue­stro es­píritu, son y serán siem­pre es­tériles en re­sul­ta­dos prác­ti­cos. Es­ta es una línea di­vi­so­ria, que la ra­zon acon­se­ja fi­jar, para que de las re­giones ab­strac­tas, no de­scien­da jamás na­da que pue­da per­ju­dicar á la so­ciedad ni al in­di­vid­uo. Así, des­de el prin­ci­pio de las in­ves­ti­ga­ciones, la filosofía y el buen sen­ti­do for­man una es­pecie de alian­za, y se com­pro­me­ten á no hos­tilizarse jamás.

Al ex­am­inar los fun­da­men­tos de la certeza, surge la cues­tion so­bre el primer prin­ci­pio de los conocimien­tos hu­manos: ¿ex­iste? ¿cuál es?

Es­ta cues­tion ofrece dos sen­ti­dos: ó se bus­ca una primera ver­dad, que con­tenga to­das las demás co­mo la semil­la las plan­tas y los fru­tos, ó se bus­ca sim­ple­mente un pun­to de apoyo; lo primero da lu­gar á las cues­tiones so­bre la cien­cia trascen­den­tal; lo se­gun­do, pro­duce las dis­putas de las es­cue­las so­bre la pref­er­en­cia de difer­entes ver­dades con re­spec­to á la dig­nidad de primer prin­ci­pio.

Si hay ver­dad, ha de haber medios de cono­cer­la: es­to da orí­gen á las cues­tiones so­bre el val­or de los cri­te­rios.

En el ór­den de los seres, hay una ver­dad orí­gen de to­das: Dios. En el ór­den in­telec­tu­al ab­so­lu­to, hay tam­bi­en es­ta ver­dad orí­gen de to­das: Dios. En el ór­den in­telec­tu­al hu­mano, no hay una ver­dad orí­gen de to­das, ni en el ór­den re­al, ni en el ide­al. La filosofía del _yo_ no puede con­ducir á ningun re­sul­ta­do, para fun­dar la cien­cia trascen­den­tal. La doc­tri­na de la iden­ti­dad ab­so­lu­ta es un ab­sur­do, que además tam­poco ex­pli­ca na­da.

Aquí se ofrece el prob­le­ma de la rep­re­senta­cion. Es­ta puede ser de iden­ti­dad, causal­idad, ó ide­al­idad. La ter­cera es dis­tin­ta de la se­gun­da, pero se fun­da en el­la.

A mas del prob­le­ma de la rep­re­senta­cion, se ex­am­ina el de la in­tel­igi­bil­idad in­medi­ata: prob­le­ma difí­cil, pero im­por­tan­tísi­mo para com­ple­tar el conocimien­to del mun­do de las in­teligen­cias.

Las dis­putas so­bre el val­or de los difer­entes prin­ci­pios con re­spec­to á la dig­nidad de fun­da­men­tal, na­cen de la con­fu­sion de las ideas. Se quieren com­parar cosas de ór­den muy di­ver­so, lo que no es posi­ble. El prin­ci­pio de Descartes es la enun­cia­cion de un sim­ple he­cho de con­cien­cia; el de con­tradic­cion, es una ver­dad ob­je­ti­va, condi­cion in­dis­pens­able de to­do conocimien­to; el lla­ma­do de los carte­sianos es la ex­pre­sion de una ley que pre­side á nue­stro es­píritu. Ca­da cual en su clase, y á su man­era, los tres no son nece­sar­ios: ninguno de el­los es del to­do in­de­pen­di­ente; la ru­ina de uno, sea el que fuere, trastor­na nues­tra in­teligen­cia.

Hay en nosotros var­ios cri­te­rios; pueden re­ducirse á tres: la con­cien­cia ó sen­ti­do ín­ti­mo, la ev­iden­cia, y el in­stin­to in­telec­tu­al, ó sen­ti­do co­mun. La con­cien­cia abraza to­dos los he­chos pre­sentes á nues­tra al­ma con pres­en­cia in­medi­ata, co­mo pu­ra­mente sub­je­tivos. La ev­iden­cia se ex­tiende á to­das las ver­dades ob­je­ti­vas en que se ejerci­ta nues­tra ra­zon. El in­stin­to in­telec­tu­al es la nat­ural in­cli­na­cion al asen­so en los ca­sos que es­tán fuera del do­minio de la con­cien­cia y de la ev­iden­cia.

El in­stin­to in­telec­tu­al, nos obli­ga á dar á las ideas un val­or ob­je­ti­vo; en este ca­so, se mez­cla con las ver­dades de ev­iden­cia, y en el lengua­je or­di­nario se con­funde con el­la.

Cuan­do el in­stin­to in­telec­tu­al ver­sa so­bre ob­je­tos no ev­identes, y nos in­cli­na al asen­so, se lla­ma _sen­ti­do co­mun._

La con­cien­cia y el in­stin­to in­telec­tu­al, for­man los demás cri­te­rios.

El cri­te­rio de la ev­iden­cia encier­ra dos cosas: la apari­en­cia de las ideas; es­to pertenece á la con­cien­cia: el val­or ob­je­ti­vo, ex­is­tente ó posi­ble; es­to pertenece al in­stin­to in­telec­tu­al.

El tes­ti­mo­nio de los sen­ti­dos, encier­ra tam­bi­en dos partes: la sen­sa­cion, co­mo pu­ra­mente sub­je­ti­va; es­to es de la con­cien­cia: la creen­cia en la ob­je­tivi­dad de la sen­sa­cion; es­to es del in­stin­to in­telec­tu­al.

El tes­ti­mo­nio de la au­tori­dad hu­mana se com­pone del de los sen­ti­dos, que nos pone en rela­cion con nue­stros se­me­jantes, y del in­stin­to in­telec­tu­al, que nos in­duce á creer­le.

No to­do se puede pro­bar; pero to­do cri­te­rio sufre el exá­men de la ra­zon. El de la con­cien­cia es un he­cho prim­iti­vo de nues­tra nat­uraleza; en el de la ev­iden­cia se de­scubre la condi­cion in­dis­pens­able para la ex­is­ten­cia de la ra­zon mis­ma; en el del in­stin­to in­telec­tu­al, para ob­je­ti­var las ideas, se hal­la una ley de la nat­uraleza, in­dis­pens­able tam­bi­en para la ex­is­ten­cia de la ra­zon; en el del sen­ti­do co­mun, propi­amente di­cho, hay el asen­so in­stin­ti­vo á ver­dades, que luego ex­am­inadas, se nos pre­sen­tan al­ta­mente ra­zon­ables; en el de los sen­ti­dos y de la au­tori­dad hu­mana, se en­cuen­tra lo que en los demás ca­sos del sen­ti­do co­mun, y es un medio para sat­is­fac­er las necesi­dades de la vi­da sen­si­ti­va, in­telec­tu­al y moral.

Los cri­te­rios no se dañan, se fa­vore­cen, y se for­ti­fi­can recíp­ro­ca­mente. Ni la ra­zon lucha con la nat­uraleza, ni la nat­uraleza con la ra­zon; am­bas nos son nece­sarias; am­bas nos diri­gen con acier­to; aunque las dos es­tán su­je­tas á ex­travío, co­mo que pertenecen á un ser lim­ita­do y muy dé­bil.

[338.] Una filosofía que no con­sid­era al hom­bre sino ba­jo un as­pec­to, es una filosofía in­com­ple­ta, que es­tá en peli­gro de de­gener­ar en fal­sa. En lo to­cante á la certeza, con­viene no perder de vista la ob­ser­va­cion que pre­cede: hac­erse de­masi­ado ex­clu­si­vo, es colo­carse al bor­de del er­ror. Analí­cense en­horabue­na las fuentes de ver­dad; pero al mi­rar­las por sep­ara­do, no se pier­da de vista el con­jun­to. Con­ce­bir de an­te­mano un sis­tema, y quer­er su­je­tar­lo to­do á sus ex­igen­cias, es pon­er la ver­dad en el le­cho de Pro­cus­to. La unidad es un gran bi­en; pero es men­ester con­tentarse con la me­di­da que nos im­pone la nat­uraleza. La ver­dad, es pre­ciso bus­car­la por los medios hu­manos, y en pro­por­cion de nue­stro al­cance. Las fac­ul­tades de nue­stro es­píritu es­tán someti­das á cier­tas leyes de que no pode­mos pre­scindir.

Una de las leyes mas con­stantes de nue­stro ser, es la necesi­dad de un ejer­ci­cio si­multá­neo de fac­ul­tades, no so­lo para cer­cio­rarse de la ver­dad sino tam­bi­en para en­con­trar­la. El hom­bre re­une con la sim­pli­ci­dad la may­or mul­ti­pli­ci­dad; uno su es­píritu, es­tá dota­do de varias fac­ul­tades, es­tá unido á un cuer­po de tal var­iedad y com­pli­ca­cion, que con mucha ra­zon ha si­do lla­ma­do un pe­queño mun­do. Las fac­ul­tades es­tán en rela­cion ín­ti­ma y recíp­ro­ca; in­fluyen de con­tín­uo las unas so­bre las otras. Ais­lar­las es mu­ti­lar­las, y á ve­ces ex­tin­guir­las. Es­ta con­sid­era­cion es im­por­tante, porque in­di­ca el vi­cio rad­ical de to­da filosofía ex­clu­si­va.

El hom­bre sin sen­sa­ciones carece de ma­te­ri­ales para el en­tendimien­to, y además se hal­la pri­va­do del es­tí­mu­lo sin el cual su in­teligen­cia per­manece adorme­ci­da. Cuan­do Dios ha unido nues­tra al­ma con un cuer­po, ha si­do para que sirviese el uno al otro; por lo cual ha es­table­ci­do esa ad­mirable cor­re­spon­den­cia en­tre las im­pre­siones del cuer­po, y las afec­ciones del al­ma. Es­ta nece­si­ta pues el cuer­po co­mo un medio, co­mo un in­stru­men­to, ya se supon­ga una ver­dadera ac­cion de él so­bre el­la, ya una sim­ple oca­sion para la causal­idad de un ór­den su­pe­ri­or.

Aun cuan­do sin sen­sa­cion, el hom­bre pen­sase, no pen­saría mas que co­mo un es­píritu puro; no es­taria en rela­cion con el mun­do ex­te­ri­or, no se­ria hom­bre en el sen­ti­do que damos á es­ta pal­abra. En tal ca­so el cuer­po so­bra; y no hay ra­zon porque es­tén unidos.

Si ad­miti­mos las sen­sa­ciones y pre­scindi­mos de la ra­zon, el hom­bre se nos con­vierte en un bru­to. Siente, mas no pien­sa; na­da de com­bi­na­cion en las im­pre­siones que ex­per­imen­ta, porque es in­ca­paz de re­flex­ionar: to­do se sucede en él co­mo una se­rie de fenó­menos nece­sar­ios, ais­la­dos, que na­da in­di­can, á na­da con­ducen, na­da son, sino afec­ciones de un ser par­tic­ular, que ni los com­prende, ni se da á sí mis­mo cuen­ta de el­los. Has­ta es difí­cil de­cir de qué clase son sus rela­ciones con el mun­do ex­ter­no. Dis­cur­rien­do por apari­en­cias y por analogía, se hace prob­able que los bru­tos ob­je­ti­van tam­bi­en sus sen­sa­ciones; pero es reg­ular que su ob­je­tivi­dad se dis­tingue de la nues­tra en mu­chos ca­sos. Tomem­os por ejem­plo el sueño. Si los bru­tos sueñan, co­mo parece prob­able, y lo in­di­can al­gu­nas apari­en­cias, no fuera ex­traño que no dis­tin­guiesen en­tre el sueño y la vig­ilia del mo­do que lo hace­mos nosotros. Es­to supone al­gu­na re­flex­ion so­bre los ac­tos, al­gu­na com­para­cion en­tre el ór­den y con­stan­cia de los un­os con el desór­den é in­con­stan­cia de los otros: re­flex­ion que hace el hom­bre des­de su in­fan­cia, y que con­tin­ua ha­cien­do to­da su vi­da sin ad­ver­tir­lo. Cuan­do des­per­ta­mos de un sueño muy vi­vo, es­ta­mos á ve­ces por al­gunos mo­men­tos du­dan­do de si hay sueño ó re­al­idad; es­ta so­la du­da ya supone la re­flex­ion com­par­ati­va de los dos es­ta­dos. ¿Y qué hace­mos para re­solver la du­da? Aten­de­mos al lu­gar donde nos hal­lam­os; y el he­cho de es­tar en la ca­ma, en la os­curi­dad y si­len­cio de la noche, nos in­di­ca que la vi­sion an­te­ri­or no tiene ningun en­lace con nues­tra situa­cion, y que por tan­to es un sueño. Sin es­ta re­flex­ion, se habri­an en­ca­de­na­do las sen­sa­ciones del sueño con las de la vig­ilia, con­fun­di­das to­das en una mis­ma clase.

El in­stin­to con­ce­di­do á los bru­tos y ne­ga­do al hom­bre, es un in­di­cio de que para apre­ciar las sen­sa­ciones se nos ha da­do la ra­zon.

No hay pues en el hom­bre cri­te­rios de ver­dad en­ter­amente ais­la­dos. To­dos es­tán en rela­cion; se afir­man y com­ple­tan recíp­ro­ca­mente; sien­do de no­tar que las ver­dades de que es­tán cier­tos to­dos los hom­bres, es­tán apoy­adas de al­gun mo­do por to­dos los cri­te­rios.

Las sen­sa­ciones nos ll­evan in­stin­ti­va­mente á creer en la ex­is­ten­cia de un mun­do ex­te­ri­or; y si dicha creen­cia se su­je­ta al exá­men de la ra­zon, es­ta con­fir­ma la mis­ma ver­dad, fundán­dose en las ideas gen­erales de causas y de efec­tos. El en­tendimien­to puro conoce cier­tos prin­ci­pios, y asiente á el­los co­mo á ver­dades nece­sarias; si se su­je­tan los prin­ci­pios á la ex­pe­ri­en­cia de los sen­ti­dos, salen con­fir­ma­dos, en cuan­to lo con­siente la per­fec­cion de es­tos, ó de los in­stru­men­tos con que se aux­il­ian. «En un cír­cu­lo to­dos los ra­dios son iguales.» Es­ta es una ver­dad nece­saria; los sen­ti­dos no ven ningun cír­cu­lo per­fec­to; pero ven sí que los ra­dios se ac­er­can tan­to mas á la igual­dad, cuan­to mas per­fec­to es el in­stru­men­to con que se le con­struye. «No hay mu­dan­za, sin causa que la pro­duz­ca.» Los sen­ti­dos no pueden com­pro­bar la proposi­cion en to­da su uni­ver­sal­idad, pues por su nat­uraleza se lim­itan á un número de­ter­mi­na­do de ca­sos par­tic­ulares; pero en to­do cuan­to se somete á su ex­pe­ri­en­cia, en­cuen­tran el ór­den de de­pen­den­cia en la suce­sion de los fenó­menos.

Los sen­ti­dos se aux­il­ian recíp­ro­ca­mente: la sen­sa­cion de un sen­ti­do, se com­para con las de otros, cuan­do hay du­da so­bre la cor­re­spon­den­cia en­tre el­la y un ob­je­to. Nos parece oir el rui­do del vien­to; pero nue­stro oi­do nos ha en­gaña­do otras ve­ces; para ase­gu­rarnos de la ver­dad mi­ramos si hay movimien­to en los ár­boles ó en otros ob­je­tos. La vista nos mues­tra un bul­to; no hay bas­tante luz para dis­cernir­le de una som­bra: nos ac­er­camos y to­camos.

Las fac­ul­tades in­telec­tuales y morales, ejercen tam­bi­en en­tre sí es­ta in­flu­en­cia salud­able. Las ideas rec­ti­fi­can los sen­timien­tos, y los sen­timien­tos las ideas. El val­or de las ideas de un ór­den se com­prue­ba con las de otro ór­den; y lo mis­mo se ver­ifi­ca en los sen­timien­tos. La com­pa­sion por el cas­ti­ga­do in­spi­ra el per­don de to­do crim­inal; la in­dig­na­cion in­spi­ra­da por las víc­ti­mas del crí­men, in­duce á la apli­ca­cion del cas­ti­go: am­bos sen­timien­tos encier­ran al­go bueno: mas el uno po­dria en­gen­drar la im­punidad, el otro la cru­el­dad; para tem­per­ar­los ex­is­ten las ideas de jus­ti­cia. Pero es­ta jus­ti­cia á su vez po­dria dar fal­los de­masi­ado ab­so­lu­tos; la jus­ti­cia es una, y las cir­cun­stan­cias de los pueb­los son muy difer­entes. La jus­ti­cia no con­sid­era mas que los gra­dos de cul­pa­bil­idad, y fal­la en con­se­cuen­cia. Este fal­lo po­dria no ser con­ve­niente: ahí es­tán otras ideas morales de un ór­den dis­tin­to, la en­mien­da del cul­pa­ble com­bi­na­da con la repara­cion hecha á la víc­ti­ma; ahí es­tán además las ideas de con­ve­nien­cia públi­ca, que no re­pug­nan á la sana moral, y pueden guiar en las apli­ca­ciones.

La ver­dad com­ple­ta, co­mo el bi­en per­fec­to, no ex­is­ten sin la ar­monía: es­ta es una ley nece­saria, y á el­la es­tá su­je­to el hom­bre. Co­mo nosotros no ve­mos in­tu­iti­va­mente la ver­dad in­fini­ta en que to­das las ver­dades son una, en que to­dos los bi­enes son uno, y co­mo es­ta­mos en rela­cion con un mun­do de seres fini­tos y por con­se­cuen­cia múlti­plos, hemos men­ester difer­entes po­ten­cias que nos pon­gan en con­tac­to, por de­cir­lo así, con esa var­iedad de ver­dades y bon­dades fini­tas; pero co­mo es­tas á su vez na­cen de _un_ mis­mo prin­ci­pio y se diri­gen á _un_ mis­mo fin, es­tán someti­das á la ar­monía, que es la unidad de la mul­ti­pli­ci­dad.

[339.] Con es­tas doc­tri­nas, creo posi­ble la filosofía sin es­cep­ti­cis­mo: el exá­men no de­sa­parece, por el con­trario se ex­tiende y se com­ple­ta. Este méto­do trae con­si­go otra ven­ta­ja, y es que no hace á la filosofía ex­trav­agante, no hace de los filó­so­fos hom­bres ex­cep­cionales. La filosofía no puede gen­er­alizarse has­ta el pun­to de ser una cosa pop­ular; á este se opone la hu­mana nat­uraleza; pero tam­poco tiene necesi­dad de con­denarse á un ais­lamien­to mis­antrópi­co, á fuerza de pre­ten­siones ex­trav­agantes. En tal ca­so la filosofía de­gen­era en filosofis­mo. Consigna­cion de los he­chos, exá­men con­cien­zu­do; lenguage claro; hé aquí có­mo con­ci­bo la bue­na filosofía. Por es­to no de­jará de ser pro­fun­da, á no ser que por pro­fun­di­dad en­ten­damos tinieblas: los rayos so­lares alum­bran en las mas re­mo­tas pro­fun­di­dades del es­pa­cio.

[340.] Ya sé que no pien­san de este mo­do al­gunos filó­so­fos de nues­tra época: ya sé que al ex­am­inar las cues­tiones fun­da­men­tales de la filosofía creen nece­sario con­mover los cimien­tos del mun­do; sin em­bar­go, yo jamás he po­di­do per­suadirme que para ex­am­inar fuese nece­sario de­stru­ir, ni que para ser filó­so­fos de­biéramos hac­er­nos in­sen­satos. La sin­ra­zon y ex­trav­agan­cia de es­os mae­stros de la hu­manidad, puede hac­erse sen­si­ble con una ale­goría, siquiera la amenidad de las for­mas mor­ti­fique un tan­to su pro­fun­di­dad filosó­fi­ca. Bi­en nece­si­ta el lec­tor al­gun so­laz y des­can­so de­spues de trata­dos tan ab­stru­sos, que to­dos los es­fuer­zos del es­critor no al­can­zan á es­clare­cer, cuan­to menos her­mosear.

Hay una fa­mil­ia no­ble, ri­ca y nu­merosa, que posee un mag­ní­fi­co archi­vo donde es­tán los tí­tu­los de su no­bleza, par­entesco y pos­esiones. En­tre los mu­chos doc­umen­tos, hay al­gunos mal leg­ibles ó por el carác­ter de su es­crit­ura, ó por su mucha antigüedad, ó por el de­te­ri­oro que nat­ural­mente han pro­duci­do los años. Tam­bi­en se sospecha que los hay apócri­fos en bas­tante can­ti­dad; bi­en que cier­ta­mente ha de haber mu­chos autén­ti­cos, pues que la no­bleza y demás dere­chos de la fa­mil­ia, tan uni­ver­salmente re­cono­ci­dos, en al­go deben de fun­darse; y se sabe que no ex­iste otra colec­cion de doc­umen­tos. To­dos es­tán al­lí.

Un cu­rioso en­tra en el archi­vo, echa una ojea­da so­bre los es­tantes, ar­mar­ios y ca­jones, y dice: «es­to es una con­fu­sion; para dis­tin­guir lo autén­ti­co de lo apócri­fo, y ar­reglar­lo to­do en buen ór­den, es nece­sario pe­gar fuego al archi­vo por sus cu­atro án­gu­los, y luego ex­am­inar la ceniza.»

¿Qué os parece de la ocur­ren­cia? Pues este cu­rioso es el filó­so­fo que para dis­tin­guir lo ver­dadero de lo fal­so en nue­stros conocimien­tos, em­pieza por ne­gar to­da ver­dad, to­da certeza, to­da ra­zon.

Se nos dirá, no se tra­ta de ne­gar sino de du­dar; pero quien du­da de to­da ver­dad, la de­struye; quien du­da de to­da certeza la nie­ga; quien du­da de to­da ra­zon, la anon­ada.

La pru­den­cia, el buen sen­ti­do en las cosas pe­queñas, se fun­da en los mis­mos prin­ci­pios que la sabiduría en las grandes. Sig­amos la ale­goría, y veamos lo que el buen sen­ti­do in­di­caria en di­cho ca­so.

Tomar in­ven­tario de to­das las ex­is­ten­cias, sin olvi­dar na­da por de­spre­cia­ble que pare­ciese; hac­er las clasi­fi­ca­ciones pro­vi­sion­ales, que se creye­sen mas propias á fa­cil­itar el exá­men, reser­van­do para el fin la clasi­fi­ca­cion defini­ti­va; no­tar cuida­dosa­mente las fechas, los car­ac­téres, las ref­er­en­cias, y dis­tin­guir así la pri­or­idad ó pos­te­ri­or­idad; ver si en aque­lla balum­ba se en­cuen­tran al­gu­nas es­crit­uras prim­iti­vas, que no se re­fier­an á otras an­te­ri­ores, y que con­tengan la fun­da­cion de la casa; es­table­cer re­glas claras para dis­tin­guir las prim­iti­vas de las se­cun­darias; no em­peñarse en referir to­dos los doc­umen­tos á uno so­lo exigién­doles una unidad, que quizás no tienen, pues po­dria suced­er que hu­biese var­ios prim­itivos, é in­de­pen­di­entes en­tre sí. Aun dis­tin­gui­do lo autén­ti­co de lo apócri­fo, se­ria bueno guardarse de que­mar na­da; porque á ve­ces lo apócri­fo guia para la in­ter­preta­cion de lo autén­ti­co, y puede con­venir el es­tu­di­ar quiénes fueron los fal­sar­ios y por qué mo­tivos fal­si­fi­caron. Además, ¿quién sabe si se juz­ga apócri­fo un doc­umen­to, que so­lo lo parece porque no se le en­tiende bi­en? Guárdese pues to­do, con la de­bi­da sep­ara­cion; que si lo apócri­fo no sirve para fun­dar dere­chos ni de­fend­er­los, puede servir para la his­to­ria del mis­mo archi­vo, lo que no es de poca im­por­tan­cia para dis­tin­guir lo apócri­fo de lo autén­ti­co.

El es­píritu hu­mano no se ex­am­ina á sí mis­mo has­ta que lle­ga á mu­cho de­sar­rol­lo: en­tonces, á la primera ojea­da ve en sí un con­jun­to de sen­sa­ciones, ideas, juicios, afec­ciones de mil clases, y to­do en­laza­do de una man­era in­ex­tri­ca­ble. Para au­men­tar la com­pli­ca­cion, no se hal­la so­lo, sino en com­pañía, en ín­ti­ma rela­cion con sus se­me­jantes, en recíp­ro­ca co­mu­ni­ca­cion de sen­sa­ciones, de ideas, de sen­timien­tos; y to­dos á su vez en con­tac­to, y ba­jo la in­flu­en­cia de seres dese­me­jantes, de asom­brosa var­iedad, y cuyo con­jun­to for­ma el uni­ver­so. ¿Comen­zará por echar­lo to­do aba­jo? ¿Quer­rá re­ducir­lo to­do á cenizas, sin ex­cep­tu­arse á sí pro­pio, y es­peran­do re­nac­er de la pi­ra, cual otro fénix? Así lo ha­cen los que para ser filó­so­fos comien­zan por ne­gar­lo to­do, ó du­dar de to­do. ¿Es­cogerá ar­bi­trari­amente un he­cho, un prin­ci­pio, di­cien­do «al­go he de tomar por pun­to de apoyo, to­mo este, y so­bre él voy á fun­dar la cien­cia?» ¿Antes de ex­am­inar, antes de analizar, dirá: «to­do es­to es uno; no hay na­da si no hay la unidad ab­so­lu­ta; en el­la me colo­co, y rec­ha­zo to­do lo que no veo des­de mi pun­to de vista?» Nó: lo que debe hac­er es saber primero lo que hay en su es­píritu, y luego ex­am­inarlo, clasi­fi­car­lo, apre­cia­rlo en su jus­to val­or: no comen­zar por in­sen­satos é im­po­tentes es­fuer­zos con­tra la nat­uraleza, sino por prestar á las in­spira­ciones de la mis­ma un oi­do aten­to.

No hay filosofía sin filó­so­fo; no hay ra­zon sin ser racional; la ex­is­ten­cia del _yo_ es pues una su­posi­cion nece­saria. No hay ra­zon posi­ble, cuan­do la con­tradic­cion del ser y no ser no es im­posi­ble; to­da ra­zon pues supone ver­dadero el prin­ci­pio de con­tradic­cion. Cuan­do se ex­am­ina la ra­zon, la ra­zon es quien ex­am­ina; la ra­zon ha men­ester re­glas, luz; to­do exá­men pues supone es­ta luz, la ev­iden­cia, y la le­git­im­idad de su cri­te­rio. El hom­bre no se hace á sí pro­pio, se en­cuen­tra he­cho ya: las condi­ciones de su ser, no es él quien las pone: se las hal­la im­pues­tas. Es­tas condi­ciones son las leyes de su nat­uraleza: ¿á qué luchar con­tra el­las? «A mas de las _pre­ocu­pa­ciones_ fac­ti­cias, dice Schelling, las hay _pri­mor­diales_ pues­tas en el hom­bre, no por la ed­uca­cion, sino por _la nat­uraleza mis­ma_, que para _to­dos_ los hom­bres ocu­pan el lu­gar de prin­ci­pios del conocimien­to, y son un _es­col­lo_ para el pen­sador li­bre,» Por mi parte no quiero ser mas que to­dos los hom­bres: no quiero es­tar reñi­do con la nat­uraleza: si no puedo ser filó­so­fo, sin de­jar de ser hom­bre, re­nun­cio á la filosofía y me que­do con la hu­manidad.

NO­TAS

(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO I.)

(I.) Con­viene dis­tin­guir en­tre la certeza y la ver­dad: en­tre las dos hay rela­ciones ín­ti­mas, pero son cosas muy difer­entes. La ver­dad es la con­formi­dad del en­tendimien­to con la cosa. La certeza es un firme asen­so á una ver­dad, re­al ó aparente.

La certeza no es la ver­dad, pero nece­si­ta al menos la ilu­sion de la ver­dad. Pode­mos es­tar cier­tos de una cosa fal­sa; mas no lo es­taríamos, sino la creyése­mos ver­dadera.

No hay ver­dad has­ta que hay juicio, pues sin juicio no hay mas que per­cep­cion, nó com­para­cion de la idea con la cosa; y sin com­para­cion no puede haber con­formi­dad ni dis­crep­an­cia. Si con­ci­bo una mon­taña de mil leguas de el­eva­cion, con­ci­bo una cosa que no ex­iste, mas no yer­ro mien­tras me guar­do de afir­mar la ex­is­ten­cia de la mon­taña. Si la afir­mo, en­tonces hay oposi­cion de mi juicio con la re­al­idad, lo que con­sti­tuye el er­ror.

El ob­je­to del en­tendimien­to es la ver­dad; por es­to nece­si­ta­mos al menos la ilu­sion de el­la para es­tar cier­tos; nue­stro en­tendimien­to es dé­bil; y de aquí es que su certeza es­tá su­je­ta al er­ror. Lo primero es una ley del en­tendimien­to, lo se­gun­do un in­di­cio de su flaque­za.

La filosofía, ó mejor, el hom­bre, no puede con­tentarse con apari­en­cias, ha men­ester la re­al­idad; quien se con­venciere de que no tiene mas que apari­en­cia, ó du­dase de si tiene al­go mas, perde­ria la mis­ma certeza; es­ta ad­mite la apari­en­cia, con la condi­cion de que le sea de­scono­ci­da.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO II.)

(II.) El mis­mo Pir­ron, no dud­aba de to­do co­mo creen al­gunos: ad­mi­tia las sen­sa­ciones en cuan­to pa­si­vas, y se res­igna­ba á las con­se­cuen­cias de es­tas im­pre­siones, con­vinien­do en la necesi­dad de aco­modarse en la prác­ti­ca á lo que el­las nos in­di­can. Nadie has­ta aho­ra ha ne­ga­do las apari­en­cias; las dis­putas ver­san so­bre la re­al­idad; soste­nien­do los un­os que el hom­bre debe con­tentarse con de­cir: _parece_; y otros que puede lle­gar á de­cir: _es_. Con­viene ten­er pre­sente es­ta dis­tin­cion, que evi­ta con­fu­sion de ideas en la his­to­ria de la filosofía, y con­duce á es­clare­cer las cues­tiones so­bre la certeza. Así de las tres cues­tiones: hay certeza; en qué se fun­da; có­mo se adquiere; la primera es­tá re­suelta en un mis­mo sen­ti­do por to­das los es­cue­las, en cuan­to se re­fiere á un he­cho de nues­tra al­ma; con so­lo ad­mi­tir las apari­en­cias ad­mi­tian la certeza de el­las.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO III.)

(III.) Para for­marse ideas claras so­bre el de­sar­rol­lo del en­tendimien­to y demás fac­ul­tades de nue­stro es­píritu véase lo que di­go en la obra tit­ula­da _El Cri­te­rio_, par­tic­ular­mente en los capí­tu­los I, II, III, XII, XI­II, XIV, XVI­II y XXII.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO IV.)

(IV.) Pon­go á con­tin­ua­cion los no­ta­bles pasajes de San­to Tomás, á que me he referi­do en el tex­to, so­bre la unidad y mul­ti­pli­ci­dad de ideas. Creo que los leerán con gus­to to­dos los amantes de una metafísi­ca sól­ida y pro­fun­da.

In om­nibus en­im sub­stan­ti­is in­tel­lec­tu­al­ibus, in­ven­itur vir­tus in­tel­lec­ti­va per in­flu­en­ti­am di­vi­ni lu­mi­nis. Quod qui­dem in pri­mo prin­ci­pio est unum et sim­plex, et quan­to magis crea­tu­ra in­tel­lec­tuales dis­tant à pri­mo prin­ci­pio, tan­to magis di­vid­itur il­lud lu­men, et di­ver­si­fi­catur, si­cut ac­cid­it in lineis à cen­tro egre­di­en­tibus. Et inde est quod Deus per suam es­sen­ti­am om­nia in­tel­lig­it; su­pe­ri­ores autem in­tel­lec­tu­al­ium sub­stan­tiarum, et­si per plures for­mas in­tel­li­gant, tamen in­tel­li­gunt per pau­ciores et magis uni­ver­sales, et vir­tu­osiores ad com­pre­hen­sionem re­rum, propter ef­fi­ca­ci­am vir­tutis in­tel­lec­tivæ, quæ est in eis. In in­fe­ri­oribus autem sunt for­mæ plures et mi­nus uni­ver­sales, et mi­nus ef­fi­caces ad com­pre­hen­sionem re­rum in quan­tum defi­ci­unt à vir­tute in­tel­lec­ti­va su­pe­ri­orum. Si er­go in­fe­ri­ores sub­stan­tiæ haber­ent for­mas in il­la uni­ver­sal­itate, in qua habent su­pe­ri­ores; quia non sunt tan­tæ ef­fi­caciæ in in­tel­li­gen­do, non acciper­ent per eas per­fec­tam cog­ni­tionem de re­bus, sed in quadam com­mu­ni­tate, et con­fu­sione, quod ali­qualiter ap­paret in ho­minibus. Nam qui sunt de­bil­ioris in­tel­lec­tus, per uni­ver­sales con­cep­tiones magis in­tel­li­gen­tium, non ac­cip­iunt per­fec­tam cog­ni­tionem, nisi eis sin­gu­la in spe­ciali ex­pli­cen­tur (1 p., q. 89, art, 1.).

In­tel­lec­tus quan­to est al­tior et per­spi­ca­cior tan­to ex uno potest plu­ra cognoscere. Et quia in­tel­lec­tus di­vi­nus est al­tissimus, per un­am sim­plicem es­sen­ti­am suam on­mia cognosc­it: nec est ibi ali­qua plu­ral­itas for­marum ide­al­ium, nisi se­cun­dum di­ver­sos re­spec­tus di­vinæ es­sen­tiæ ad res cog­ni­tas; sed in in­tel­lec­tu cre­ato mul­ti­pli­catur se­cun­dum rem quod est unum se­cun­dum rem in mente div­ina, ut non pos­sit om­nia per unum cognoscere: ita tamen quod quan­to in­tel­lec­tus crea­tus est al­tior, tan­to pau­ciores ha­bet for­mas ad plu­ra cognoscen­da ef­fi­caces. Et hoc est quod Dio. dic­it, 12. cæ. hi­er. quod su­pe­ri­ores or­dines habent sci­en­ti­am magis uni­ver­salem in in­fe­ri­oribus. Et in lib. de cau­sis dic­itur, quod in­tel­li­gen­tiæ su­pe­ri­ores habent for­mas magis uni­ver­sales: hoc tamen ob­ser­va­to, quod in in­fimis an­ge­lis sunt for­mæ ad­huc uni­ver­sales in tan­tum, quod per un­am for­mam pos­sunt cognoscere om­nia in­di­vid­ua unius speciei; ita quod il­la species sit pro­pria unius­cuiusque par­tic­ular­ium se­cun­dum di­ver­sos re­spec­tus eius ad par­tic­ular­ia, si­cut es­sen­tia div­ina ef­fici­tur pro­pria simil­itu­do sin­gu­lo­rum se­cun­dum di­ver­sos re­spec­tus; sed in­tel­lec­tus hu­manus qui est ul­timus in or­dine sub­stan­tiarum in­tel­lec­tu­al­ium ha­bet for­mas in tan­tum par­tic­ulatas quod non potest per un­am speciem nisi unum quid cognoscere. Et ideo simil­itu­do speciei ex­is­tens in in­tel­lec­tu hu­mano non suf­ficit ad cognoscen­da plu­ra sin­gu­lar­ia; et propter hoc in­tel­lec­tui ad­junc­ti sunt sen­sus quibus sin­gu­lar­ia ac­cip­iat (Quodlib. 7. art. 3.).

Re­spon­deo di­cen­dum, quod ex hoc sunt in re­bus ali­qua su­pe­ri­ora, quod sunt uni pri­mo, quod est Deus, propin­quio­ra et sim­il­io­ra. In Deo autem to­ta plen­itu­do in­tel­lec­tu­alis cog­ni­tio­nis con­tine­tur in uno, scil­icet in es­sen­tia div­ina, per quam Deus om­nia cognosc­it. Quæ qui­dem in­tel­li­gi­bilis plen­itu­do, in in­tel­li­gi­bilibus crea­turis in­fe­ri­ori mo­do et mi­nus sim­pliciter in­ven­itur. Unde oportet, quod ea quæ Deus cognosc­it per unum, in­fe­ri­ores in­tel­lec­tus cognoscant per mul­ta: et tan­to am­plius per plu­ra, quan­to am­plius in­tel­lec­tus in­fe­ri­or fuer­it. Sic ig­itur quan­to An­gelus fuer­it su­pe­ri­or, tan­to per pau­ciores species uni­ver­si­tatem in­tel­li­gi­bil­ium ap­pre­hen­dere po­ter­it, et ideo oportet quod eius for­mæ sint uni­ver­saliores, quasi ad plu­ra se ex­ten­dentes un­aquæque earum. Et de hoc, ex­em­plum ali­qualiter in no­bis per­spi­ci potest: sunt en­im quidam, qui ver­itatem in­tel­li­gi­bilem ca­pere non pos­sunt; nisi eis par­tic­ula­tim per sin­gu­la ex­plice­tur. Et hoc qui­dem ex de­bil­itate in­tel­lec­tus eo­rum con­tin­git. Alii vero qui sunt for­tioris in­tel­lec­tus, ex pau­cis mul­ta ca­pere pos­sunt (1 p., q. 55. art. 3.).

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO V.)

(V.) Hé aquí ex­pli­ca­da por el mis­mo Condil­lac la idea de su hom­bre es­tat­ua: «Para llenar este ob­je­to nos imag­inamos una es­tat­ua or­ga­ni­za­da in­te­ri­or­mente co­mo nosotros y an­ima­da de un es­píritu, sin ningu­na es­pecie de ideas, suponién­dola además de un ex­te­ri­or to­da de már­mol que no le per­mi­tia el uso de ningun sen­ti­do, nos reser­va­mos la lib­er­tad de abrírse­los á las difer­entes im­pre­siones de que son sus­cep­ti­bles, se­gun mejor nos pare­ciese.

«Creimos de­ber em­pezar por el olfa­to, porque es­to es el sen­ti­do que parece con­tribuir menos á los conocimien­tos del es­píritu hu­mano. En segui­da ex­am­inamos los otros; y de­spues de haber­los con­sid­er­ado sep­arada­mente y en con­jun­to, vi­mos que la es­tat­ua lle­ga­ba á ser un an­imal ca­paz de ve­lar por su con­ser­va­cion.

«El prin­ci­pio que de­ter­mi­na el de­sar­rol­lo de sus fac­ul­tades es sim­ple; las sen­sa­ciones mis­mas le con­tienen; porque sien­do to­das por necesi­dad agrad­ables ó de­sagrad­ables, la es­tat­ua es­tá in­tere­sa­da en gozar de las unas y evi­tarse las otras. El lec­tor se con­vencerá de que este in­terés es su­fi­ciente para dar lu­gar á las op­era­ciones del en­tendimien­to y de la vol­un­tad. El juicio, la re­flex­ion, los de­seos, las pa­siones no son otra cosa que la sen­sa­cion mis­ma que se trans­for­ma de difer­entes man­eras; por es­ta ra­zon nos pare­ció in­útil el supon­er que el al­ma recibe in­medi­ata­mente de la nat­uraleza to­das las fac­ul­tades de que es­tá dota­da: la nat­uraleza nos da órganos para ad­ver­tirnos por el plac­er, lo que debe­mos bus­car, y por el do­lor, lo que debe­mos huir; pero se de­tiene al­lí, y de­ja á la ex­pe­ri­en­cia el cuida­do de hac­er­nos con­traer hábitos y de acabar la obra que el­la comen­zó.

«Este ob­je­to es nue­vo, y man­ifi­es­ta to­da la sen­cillez de las vias del Au­tor de la nat­uraleza: ¿no es cosa digna de ad­mira­cion el que haya bas­ta­do hac­er al hom­bre sen­si­ble al plac­er y al do­lor, para que na­ciesen en él ideas, de­seos, hábitos, tal­en­tos de to­da es­pecie?» (Trata­do de las sen­sa­ciones, _Idea de la obra_).

Lo que ad­mi­ra no es el sis­tema de Condil­lac, sino la can­didez de su au­tor: y to­davía mas el que siquiera por breve tiem­po, haya po­di­do ten­er nu­merosos se­cuaces un sis­tema tan su­per­fi­cial y tan po­bre. Pro­ponese el au­tor la di­fi­cul­tad de que no sien­do to­do lo que hay en el al­ma mas que la sen­sa­cion trans­for­ma­da, es ex­traño que los bru­tos que tam­bi­en tienen sen­sa­ciones, no es­tén dota­dos de las mis­mas fac­ul­tades que el hom­bre. ¿Ati­naría el lec­tor en la pro­fun­da ra­zon señal­ada por el filó­so­fo francés? mu­cho lo du­damos. Héla aquí, co­mo un pen­samien­to cu­rioso: «el órgano del _tac­to_ es en los bru­tos _menos per­fec­to_, y por con­sigu­iente no puede ser para el­los la causa oca­sion­al de to­das las op­era­ciones que se no­tan en nosotros.» Bi­en hi­zo en adop­tar el lema: nec tamen quasi Pythius Apol­lo.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO VI.)

(VI.) En es­tas ma­te­rias, son dig­nas de leerse las obras de los es­colás­ti­cos: al tratar del _ob­je­to de la cien­cia_, son á un tiem­po ex­ac­tos y pro­fun­dos. Difí­cil­mente se puede ex­cog­itar na­da con re­spec­to á clasi­fi­ca­ciones de ver­dades, que el­los no hayan ex­pli­ca­do ó in­di­ca­do.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO VII.)

(VII.) No se crea que juz­go con de­masi­ada sev­eri­dad las for­mas adop­tadas por los filó­so­fos ale­manes. Sabido es co­mo habla de el­los Madama de Stael; pero fe­liz­mente puedo citar en mi apoyo un juez mas com­pe­tente to­davía, Schelling, uno de los je­fes de la filosofía ale­mana. Dice así: «Los ale­manes han filoso­fa­do tan largo tiem­po en­tre sí so­los, que poco á poco se han aparta­do en sus ideas y en su lengua­je, de las for­mas uni­ver­salmente in­tel­igi­bles, lle­gan­do á tomar por me­di­da del tal­en­to filosó­fi­co los gra­dos de apartamien­to de la man­era co­mun de pen­sar y de ex­pre­sarse; fá­cil me se­ria citar ejem­plos; ha suce­di­do á los ale­manes lo que á las fa­mil­ias que se sep­aran del resto del mun­do para vivir úni­ca­mente en­tre el­las, y que aca­ban por adop­tar, á mas de otras sin­gu­lar­idades, ex­pre­siones que les son propias y que so­lo el­las mis­mas pueden en­ten­der. De­spues de al­gunos es­fuer­zos in­fruc­tu­osos para di­fundir en el ex­tran­jero la filosofía de Kant, re­nun­cia­ron á hac­erse in­tel­igi­bles á las demás na­ciones, acos­tum­bráronse á mi­rarse co­mo el pueblo es­cogi­do de la filosofía, y la con­sid­er­aron co­mo una cosa que ex­is­tió por sí mis­ma con ex­is­ten­cia ab­so­lu­ta e in­de­pen­di­ente; olvi­dan­do que el ob­je­to de to­da filosofía, ob­je­to al cual se fal­ta con har­ta fre­cuen­cia, pero que jamás debe perder­se de vista, es obten­er el asen­timien­to uni­ver­sal, hacién­dose uni­ver­salmente in­tel­igi­ble. No es es­to de­cir que las obras de pen­samien­to de­ban ser juz­gadas co­mo ejer­ci­cios de es­ti­lo; pero to­da filosofía que no puede ser in­tel­igi­ble para to­das las na­ciones ilustradas y ac­ce­si­ble á to­das las lenguas, no puede ser por lo mis­mo una filosofía ver­dadera y uni­ver­sal. (_Juicio de M. de Schelling so­bre la filosofía de M. Cousin y so­bre el es­ta­do de la filosofía france­sa y de la filosofía ale­mana en gen­er­al_. 1834).

Lison­jéase M. Schelling de que la filosofía ale­mana irá en­tran­do en mejor camino con re­spec­to á la clar­idad, y añade: «el filó­so­fo que hace diez años no habria po­di­do apartarse del lengua­je y de las for­mas de la es­cuela so pe­na de dañar á su rep­uta­cion cien­tí­fi­ca, po­drá en ade­lante lib­er­tarse de se­me­jantes tra­bas; la pro­fun­di­dad la bus­cará en los pen­samien­tos; y una in­ca­paci­dad ab­so­lu­ta de ex­pre­sarse con clar­idad, no será mi­ra­da co­mo la señal del tal­en­to y de la in­spira­cion filosó­fi­ca.» Na­da ten­go que añadir al pasaje de Schelling; so­lo recor­daré á su au­tor aque­llo de _mu­tu­to nomine, de te fab­ula ista nar­ratur_.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO VI­II.)

(VI­II.) La lec­tura de la obra de Schelling, tit­ula­da _Sis­tema del ide­al­is­mo trascen­den­tal_, no de­ja ningu­na du­da so­bre su mo­do de pen­sar con re­spec­to á esa iden­ti­dad, que en el fon­do no es ni puede ser otra cosa que el pan­teis­mo; sin em­bar­go, en ob­se­quio de la ver­dad con­fe­saré que Schelling parece haber mod­ifi­ca­do su doc­tri­na, o temi­do sus con­se­cuen­cias, si hemos de aten­er­nos á las in­di­ca­ciones que se hal­lan en su dis­cur­so pro­nun­ci­ado en la aper­tu­ra de su cur­so de filosofía en Berlin el 15 de noviem­bre de 1841. En él se lee el sigu­iente pasaje, dig­no de lla­mar la aten­cion de to­dos los hom­bres pen­sadores. «Los di­fi­cul­tades y los ob­stácu­los de to­das clases con­tra los que lucha la filosofía, son vis­ibles, y en vano los quisiéramos dis­im­ular.

»Jamás se ver­ificó con­tra la filosofía, reac­cion mas poderosa de parte de la vi­da ac­ti­va y re­al, que en la época pre­sente; es­to prue­ba que la filosofía ha pen­etra­do has­ta en las cues­tiones mas vi­tales de la so­ciedad, en las que á nadie es per­mi­ti­do ser in­difer­ente. Mien­tras una filosofía se hal­la en los primeros rudi­men­tos de su for­ma­cion, y aun en los primeros pa­sos de su mar­cha, nadie se ocu­pa de el­la, sino los mis­mos filó­so­fos: los demás hom­bres aguardan á la filosofía en su úl­ti­ma pal­abra; pues no adquiere im­por­tan­cia para el públi­co en gen­er­al, sino por sus re­sul­ta­dos.

»Con­fieso que no se debe tomar por re­sul­ta­do prác­ti­co de una filosofía sól­ida y med­ita­da pro­fun­da­mente, lo que se le an­to­ja á cualquiera señalar co­mo tal; si así fuese, el mun­do de­be­ria some­terse á las doc­tri­nas mas con­trarias á la sana moral, aun á aque­llas que za­pasen sus cimien­tos. No, nadie juz­ga una filosofía por las con­clu­siones prác­ti­cas sacadas por la ig­no­ran­cia o la pre­sun­cion. Además, que en este pun­to tam­poco se­ria posi­ble el en­gaño: el públi­co rec­haz­aria una filosofía que tu­viese tales re­sul­ta­dos, sin quer­er ni aun juz­gar­la en sus prin­ci­pios; diria que na­da en­tiende so­bre el fon­do de las cues­tiones, ni la mar­cha ar­ti­fi­cial e in­trin­ca­da de los ar­gu­men­tos; mas sin pararse en es­to, de­cidiría bi­en pron­to que una filosofía que con­duce á tales con­clu­siones, no puede ser ver­dadera en sus bases. Lo que la moral ro­mana ha di­cho de lo útil, _ni­hil utile nisi quod hon­es­tum_, se apli­ca igual­mente á la in­ves­ti­ga­cion de la ver­dad; _ningu­na filosofía que se re­spete, con­fe­sará que lleve á la ir­re­li­gion_. Sin em­bar­go, la ac­tu­al filosofía se hal­la pre­cisa­mente en situa­cion tal que por mas que prometa un re­sul­ta­do re­li­gioso, nadie se lo con­cede; pues que las de­duc­ciones que de el­la se sacan, con­vierten los dog­mas de la Re­li­gion cris­tiana en una vana fan­tas­magoría.

»En es­to con­vienen abier­ta­mente al­gunos de sus dis­cípu­los mas fieles; la sospecha sea o no fun­da­da, bas­ta su ex­is­ten­cia, y que es­ta opin­ion se haya es­table­ci­do.

»Pero en úl­ti­mo re­sul­ta­do la vi­da ac­ti­va tiene siem­pre ra­zon; de suerte que la filosofía es­tá ex­pues­ta á grandes ries­gos. Los que ha­cen la guer­ra á una cier­ta filosofía, es­tán muy cer­canos á con­denarlas to­das; el­los que di­cen en su cora­zon: no haya mas filosofía en el mun­do. Yo mis­mo no es­toy ex­en­to de sus con­de­na­ciones; pues que _el primer im­pul­so de es­ta filosofía, al pre­sente tan mal con­cep­tu­ada, á causa de sus re­sul­ta­dos re­li­giosos, se pre­tende que soy yo quien lo he da­do_.

»¿Có­mo me de­fend­eré? por cier­to que yo no at­acaré jamás una filosofía por sus úl­ti­mos re­sul­ta­dos; pero la juz­garé en sus primeros prin­ci­pios co­mo debe hac­er­lo to­do es­píritu filosó­fi­co. Además, es bas­tante sabido que des­de luego me he man­ifes­ta­do poco sat­is­fe­cho de la filosofía de que hablo, y poco de acuer­do con el­la................................. ......................................................................

»El mun­do moral y es­pir­itu­al se hal­la tan di­vi­di­do, que debe ser un mo­ti­vo de con­tento el hal­lar siquiera por un in­stante, un pun­to de re­union. Además, el de­stru­ir es cosa muy triste cuan­do no se tiene na­da con que reem­plazar lo de­stru­ido: «ha­zlo mejor» se dice al que so­lo sabe criticar.................................................... ......................................................................

»Yo me con­sagro pues to­do en­tero á la mi­sion de que es­toy en­car­ga­do; para vosotros viviré, para vosotros tra­ba­jaré sin des­can­so, mien­tras haya en mí un so­plo de vi­da, y me lo per­mi­ta _Aquel_ sin cuya vol­un­tad no puede caer de nues­tras cabezas un ca­bel­lo, y menos aun salir de nues­tra bo­ca una pal­abra pro­fun­da­mente sen­ti­da; _Aquel_, sin cuya in­spira­cion no puede bril­lar en nue­stro es­píritu una idea lu­mi­nosa, ni un pen­samien­to de ver­dad y de lib­er­tad alum­brar nues­tra al­ma.»

Este pasaje man­ifi­es­ta to­do lo em­bara­zoso de la posi­cion del filó­so­fo ale­man, y las con­se­cuen­cias ir­re­li­giosas que se acha­can á sus doc­tri­nas; es con­so­lador el ver­le trib­utar un cier­to hom­ena­je á la ver­dad, pero aflige el no­tar que to­davía pre­tende sal­var su in­con­se­cuen­cia.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO IX.)

(IX.) En es­tos úl­ti­mos tiem­pos no ha fal­ta­do quien pre­tendiese con­tar al ilus­tre Male­branche en­tre los par­tidar­ios del pan­teis­mo. No se con­cibe có­mo Mr. Cousin ha po­di­do de­cir: «Male­branche es con Es­pinosa, el mas grande dis­cípu­lo de Descartes: am­bos han saca­do de los prin­ci­pios de su co­mun mae­stro, las con­se­cuen­cias que en los mis­mos se con­te­ni­an. Male­branche es al pie de la le­tra el Es­pinosa cris­tiano» (Frag­men­tos filosó­fi­cos, tom. 2, pág. 167). No se con­cibe, repi­to, có­mo ha po­di­do asen­tar tamaña parado­ja quien haya lei­do siquiera las obras del in­signe metafísi­co. Bas­ta echar la vista so­bre sus es­critos para ver en el­los el es­pir­itu­al­is­mo mas el­eva­do unido con el re­speto mas pro­fun­do á los dog­mas de nues­tra re­li­gion sacrosan­ta. Al espon­er los var­ios sis­temas filosó­fi­cos so­bre el orí­gen de las ideas y el prob­le­ma del uni­ver­so, se me ofre­cerán nuevas oca­siones de vin­dicar al sabio y pi­adoso au­tor de la _In­ves­ti­ga­cion de la ver­dad_; pero no he queri­do de­jar la pre­sente, sin hac­er­le la de­bi­da jus­ti­cia de­fendién­dole de esas im­puta­ciones que él, si viviese, rec­haz­aria con hor­ror co­mo in­tol­er­ables ca­lum­nias. ¡Quién se lo di­jera al es­cribir aque­llas pági­nas donde á ca­da pa­so se en­cuen­tran Dios, el es­píritu, la re­li­gion cris­tiana, la ver­dad eter­na, el peca­do orig­inal, con nu­merosos tex­tos de la Sagra­da Es­crit­ura y de san Agustin, que an­dan­do el tiem­po habia de verse al la­do de Es­pinosa, bi­en que con el ab­sur­do epite­to de Es­pinosa _cris­tiano!_ Es­ta es á ve­ces la triste suerte de los grandes hom­bres, de ser tenidos por gefes de sec­tas que el­los de­tes­taron. Male­branche llam­aba á Es­pinosa el _im­pio de nue­stros dias_, y M. Cousin se atreve á lla­mar á Male­branche el Es­pinosa cris­tiano.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO X.)

(X.) No ig­noro las di­fi­cul­tades á que es­tán su­je­tos los sis­temas de Leib­nitz; pero es pre­ciso de­jar bi­en consigna­do que en la mente de este grande hom­bre no teni­an cabi­da las er­róneas doc­tri­nas de los mod­er­nos ale­manes. «La úl­ti­ma ra­zon de to­das las cosas, dice en su _Mon­adología,_ se hal­la en una sub­stan­cia nece­saria donde es­tá el orí­gen de to­das las mu­dan­zas, á la que lla­mamos Dios.

»Sien­do es­ta sub­stan­cia la ra­zon su­fi­ciente de to­do el uni­ver­so, no hay mas que un Dios, y este Dios bas­ta.

»Co­mo es­ta sub­stan­cia supre­ma, que es úni­ca, uni­ver­sal y nece­saria, no tiene na­da fuera de el­la que sea in­de­pen­di­ente de la mis­ma, debe ser in­ca­paz de límites y con­tener tan­tas re­al­idades co­mo es posi­ble.

»De donde se in­fiere que Dios es ab­so­lu­ta­mente per­fec­to; pues que la per­fec­cion no es otra cosa que el grandor de la re­al­idad pos­iti­va toma­da pre­cisa­mente, de­jan­do á un la­do los límites en las cosas que los tienen. Donde no hay límites, co­mo se ver­ifi­ca en Dios, la per­fec­cion es ab­so­lu­ta­mente in­fini­ta.

»De aqui se de­duce que las criat­uras reciben sus per­fec­ciones de la ac­cion de Dios; pero tienen sus im­per­fec­ciones de su propia nat­uraleza, in­ca­paz de ser ilim­ita­da, en lo que se dis­tinguen de Dios.

»Es ver­dad tam­bi­en que en Dios se hal­la no so­lo el man­an­tial de las ex­is­ten­cias, sino tam­bi­en el de las es­en­cias, en cuan­to reales, ó en lo que la posi­bil­idad con­tiene de re­al.»

En su dis­erta­cion so­bre la filosofía platóni­ca, com­bate las ten­den­cias pan­teis­tas de Valentin Veg­elio con es­tas pal­abras: «Yo quisiera que Valentin Veg­elio ex­pli­can­do en un trata­do par­tic­ular la vi­da bi­en­aven­tu­ra­da por la trans­for­ma­cion en Dios, y pre­conizan­do con fre­cuen­cia una muerte y un re­poso de este género, no hu­biese da­do mo­ti­vo á la sospecha de que él y otros qui­etis­tas adopt­aban es­ta opin­ion. Al mis­mo pun­to se dirige Es­pinosa bi­en que por otro camino: no ad­mite mas que una so­la sub­stan­cia que es Dios, las criat­uras son mod­ifi­ca­ciones de es­ta sub­stan­cia, co­mo las fig­uras que con el movimien­to na­cen y pere­cen de con­tin­uo en la cera blan­da. Síguese de es­to lo mis­mo que de la opin­ion de Alme­rio, que el al­ma no sub­siste de­spues de la muerte, sino por su ser ide­al en Dios, co­mo ha ex­is­ti­do al­lí des­de to­da la eternidad.

«Pero yo na­da en­cuen­tro en Pla­ton para creer que su opin­ion haya si­do que los es­píri­tus no con­ser­van su propia sub­stan­cia. Es­ta doc­tri­na es in­con­testable á los ojos de to­dos los que ra­zo­nan sabi­amente en filosofía; y ni aun es posi­ble for­marse idea de la opin­ion con­traria, á no ser que nos fig­ure­mos á Dios y al al­ma co­mo seres cor­póre­os, pues de otro mo­do las al­mas no po­dri­an ser sacadas de Dios co­mo partícu­las: pero es ab­sur­do for­marse se­me­jantes ideas de Dios y del al­ma» (T. 2, diss. de phil. pla­ton­ica, p. 224, epist. ad Han­schi­um, an. 1707, y se hal­la en­tre los _Pen­samien­tos de Leib­nitz_ so­bre la re­li­gion y la moral pub­li­ca­dos por M. Emery).

Tan lejos es­ta­ba Leib­nitz de abri­gar ten­den­cia al pan­teis­mo, ni de rep­utar­le por una filosofía el­eva­da, que antes bi­en, co­mo acabamos de ver, le con­sid­era co­mo el re­sul­ta­do de una imag­ina­cion grosera. Es muy no­table que así ba­jo el as­pec­to metafísi­co co­mo históri­co, es­tá com­ple­ta­mente de acuer­do Leib­nitz con San­to Tomás, man­ife­stando am­bos las mis­mas ideas con pal­abras muy se­me­jantes. Bus­ca el san­to Doc­tor si el al­ma es hecha de la sub­stan­cia de Dios, y con es­ta oca­sion ex­am­ina el orí­gen del er­ror, y dice lo sigu­iente: «Re­spon­deo di­cen­dum, quod dicere an­imam esse de sub­stan­tia Dei, man­ifes­tam im­prob­abil­itatem con­tinet. Ut en­im ex dic­tis patet, an­ima hu­mana est quan­doque in­tel­li­gens in po­ten­tia, et sci­en­ti­am quo­dammo­do à re­bus ac­quir­it, et ha­bet di­ver­sas po­ten­tias quæ om­nia aliena sunt à Dei natu­ra, qui est ac­tus pu­rus, et ni­hil ab alio ac­cip­iens, et nul­lam in se di­ver­si­tatem habens, ut supra pro­ba­tum est.

»Sed hic er­ror prin­cip­ium habuisse vide­tur ex du­abus po­si­tion­ibus an­tiquo­rum. Pri­mi en­im, qui nat­uras re­runt con­sid­er­are in­cepe­runt, imag­ina­tionem tran­scen­dere non va­lentes, ni­hil præter cor­po­ra esse pos­suerunt. Et ideo Deum dice­bant esse quod­dam cor­pus, quod alio­rum cor­po­rum ju­di­ca­bant esse prin­cip­ium. Et quia an­imam ponebant esse de natu­ra il­lius cor­poris, quod dice­bant esse prin­cip­ium, ut _dic­itur in pri­mo de an­ima_, per con­se­quens se­que­batur quod an­ima es­set deo sub­stan­tia Dei. Jux­ta quam po­si­tionem eti­am Manichari, Deum esse quam­dam lucem cor­pore­am ex­is­ti­mantes, quam­dam partem il­lius lu­cis an­imam esse pos­suerunt cor­pori al­li­gatam. Se­cun­do vero pro­ces­suoi fuit ad hoc quod aliqui aliq­uid in­cor­poreum esse ap­pre­hen­derunt: non tamen á cor­pore sep­ara­tum, sed cor­poris for­mam. Unde et Var­ro dix­it quod Deus est an­ima, mundum in­tu­itu, vel mo­tu et ra­tione gu­ber­nans: ut Au­gu. nar­rat 7 de civ­it. Dei. Sic ig­itur il­lius to­tal­is an­imæ partem, aliqui pos­suerunt an­imam ho­mi­nis: si­cut ho­mo est pars totius mun­di: non va­lentes in­tel­lec­tu per­tin­gere ad dis­tinguen­dos spir­itu­al­ium sub­stan­tiarum gradus, nisi se­cun­dum dis­tinc­tionas cor­po­rum. Hæc autem om­nia sunt im­pos­si­bil­ia, ut supra pro­ba­tum est, unde man­ifeste fal­sum est an­imam esse de sub­stan­tia Dei(1 p. q. 90. art. 1).

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XI.)

(XI) En los es­colás­ti­cos se en­cuen­tra á menudo que el en­tendimien­to es la mis­ma cosa en­ten­di­da, aun tratán­dose de los en­tendimien­tos crea­dos; pero es­ta iden­ti­dad se limi­ta á un ór­den pu­ra­mente ide­al, y no sig­nifi­ca mas que la ín­ti­ma union de la idea con el en­tendimien­to. Sabido es cuán­ta im­por­tan­cia tienen en la filosofía es­colás­ti­ca las ma­te­rias y for­mas; y es­ta dis­tin­cion se la apli­ca tam­bi­en á los fenó­menos de la in­teligen­cia. Bi­en que la idea era con­sid­er­ada co­mo una cosa dis­tin­ta del en­tendimien­to, no ob­stante co­mo este era per­fec­ciona­do por el­la y puesto en rela­cion con la cosa rep­re­sen­ta­da, se de­cia que el en­tendimien­to era la mis­ma cosa en­ten­di­da. Así deben ex­pli­carse los pasajes que se en­cuen­tran en San­to Tomás y otros es­colás­ti­cos; pues aunque las ex­pre­siones de que se valen, con­sid­er­adas ais­lada­mente, se­ri­an in­ex­ac­tas; no lo son si se atiende al sen­ti­do que el­los les atribuyen y que re­sul­ta bi­en claro de los prin­ci­pios en que se fun­dan. Por ejem­plo San­to Tomás (quodli­bet 7. art. 2) para pro­bar que el en­tendimien­to cri­ado no puede en­ten­der muchas cosas á un mis­mo tiem­po dice: «Sed quod in­tel­lec­tus simul in­tel­li­gat plu­ra in­tel­li­gi­bil­ia, primò et prin­ci­paliter, est im­pos­si­bile. Cuius ra­tio est, quia _in­tel­lec­tus se­cun­dum ac­tum est omn­inò, id est per­fec­tè res in­tel­lec­ta: ut dic­itur_ in 3. de an­ima. _Quod qui­dem in­tel­li­gen­dum, est non quòd es­sen­tia in­tel­lec­tus fi­at res in­telec­ta_ vel species eius; sed quia com­pletè in­for­matur per speciem rei in­tel­lec­tæ, dum eam ac­tu in­tel­lig­it. Unde in­tel­lec­tum simul plu­ra in­tel­ligere primò, idem est ac­si res una simul es­set plu­ra. In re­bus en­im ma­te­ri­al­ibus vide­mus quod una res nu­mero non potest esse simul plu­ra in ac­tu, sed plu­ra in po­ten­tia................................. .....................................................................

»Unde patet quòd si­cut una res ma­te­ri­alis non potest esse simul plu­ra ac­tu, ita un­us in­tel­lec­tus non potest simul plu­ra in­tel­ligere pri­mo. Et hoc est quòd Al­ga, dic­it, quòd si­cut unum cor­pus non potest simul fig­urari pluribus fig­uris: ita un­us in­tel­lec­tus non potest simul plu­ra in­tel­ligere. Nec potest di­ci quod in­tel­lec­tus in­forme­tur per­fec­tè simul pluribus speciebus in­tel­li­gi­bilibus, si­cut unum cor­pus simul in­for­matur figu­ra et col­ore: quia figu­ra et col­or non sunt for­mæ unius gener­is, nec in eo­dem or­dine ac­cip­iun­tur quia non or­di­nan­tur ad per­fi­cien­dum in esse unius ra­tio­nis: sed omnes for­mæ in­tel­li­gi­biles in quan­tum huius­mo­di, sunt unius gener­is, et in eo­dem or­dine se habent ad in­tel­lec­tum, in quan­tum per­fi­ci­unt in­tel­lec­tum in hoc quod est esse in­tel­lec­tum. Unde plures species in­tel­li­gi­biles se habent si­cut fig­uræ plures; vel plures col­ores qui simul in ac­tu in eo­dem esse non pos­sunt se­cun­dum idem.»

Por el an­te­ri­or pasaje se echa de ver que el sen­ti­do de la iden­ti­dad del en­tendimien­to con la cosa en­ten­di­da, no era otro que el ex­pli­ca­do al prin­ci­pio de es­ta no­ta, á saber, el de la union ín­ti­ma de la idea ó es­pecie in­tel­igi­ble con el en­tendimien­to, co­mo una for­ma con su ma­te­ria; for­ma que per­fec­ciona­ba al en­tendimien­to, hacién­dole pasar del es­ta­do de po­ten­cia al de ac­to, y ponién­dole en rela­cion con la cosa rep­re­sen­ta­da.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XII.)

(XII.) La doc­tri­na de la in­tel­igi­bil­idad in­medi­ata, es sus­cep­ti­ble de ul­te­ri­ores aclara­ciones; pero co­mo es­tas no po­dri­an ser ca­bales sin ex­am­inar á fon­do la nat­uraleza de la idea, lo que no cor­re­sponde al pre­sente trata­do, me reser­vo dar­las en el lu­gar opor­tuno.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XI­II.)

(XI­II.) Quizás no bas­tará lo di­cho en el tex­to para que to­dos los lec­tores se for­men ideas bas­tante claras y com­ple­tas de la rep­re­senta­cion de causal­idad; pero de­bo ad­ver­tir que es­ta doc­tri­na en lo to­cante á la in­teligen­cia primera, es­tá in­ti­ma­mente en­laza­da con las cues­tiones so­bre el fun­da­men­to de la posi­bil­idad aun de las cosas no ex­is­tentes, cues­tiones que no po­dria ex­pon­er aquí, sin trastornar el ór­den de las ma­te­rias.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XIV.)

(XIV.) La dis­tin­cion de los ór­denes de ideas, ge­ométri­co y no ge­ométri­co, es de la may­or im­por­tan­cia para la ide­ología. He ade­lan­ta­do es­ta dis­tin­cion porque la nece­sita­ba para no de­jar in­com­ple­to el exá­men de la posi­bil­idad de una ver­dad fun­da­men­tal en­tre las pu­ra­mente ide­ales. Pero su ex­pli­ca­cion y los cimien­tos en que es­tri­ba, se en­con­trarán en el trata­do so­bre las ideas del es­pa­cio y de la ex­ten­sion.

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(SO­BRE CAPÍ­TU­LO XV.)

(XV.) La pal­abra _in­stin­to_ apli­ca­da al en­tendimien­to, claro es que se toma en una acep­cion muy difer­ente de cuan­do se habla de los ir­ra­cionales. No encier­ra aquí ningun sig­nifi­ca­do ig­no­ble; lo que es­tá de acuer­do con el uso que de la mis­ma se hace, aun para las cosas div­inas. Una de las acep­ciones que le da el Dic­cionario de la lengua, es: «im­pul­so ó movimien­to del Es­píritu San­to hablan­do de in­spira­ciones so­bre­nat­urales.» El latin _in­stinc­tus_, sig­nifi­ca­ba _in­spira­cion_: sacro mens _in­stinc­ta_ furore.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XVI.)

(XVI.) El orí­gen de la con­fu­sion de ideas en la pre­sente cues­tion, es esa ten­den­cia á la unidad de que he trata­do en el capí­tu­lo IV. Se comien­za por supon­er que no ha de haber mas que un prin­ci­pio, y se bus­ca cuál es; cuan­do antes de in­ves­ti­gar cuál es, se de­be­ria saber si ex­iste so­lo, co­mo se lo supone. Ya hemos vis­to que el sis­tema de Fichte es­tri­ba en la mis­ma su­posi­cion: por man­era que la mis­ma causa que en las es­cue­las pro­du­cia dis­putas in­ocentes, puede ll­evar á ex­travíos de la may­or trascen­den­cia.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XVII.)

(XVII.) Creo haber in­ter­pre­ta­do fiel­mente el pen­samien­to de Descartes, mas por si al­gu­na di­fi­cul­tad quedase so­bre el par­tic­ular, pon­go á con­tin­ua­cion un no­table pasaje del mis­mo au­tor, en su re­spues­ta á las ob­je­ciones recogi­das por el P. Mersenne de bo­ca de var­ios filó­so­fos y teól­ogos con­tra las _Med­ita­ciones_ II, III, IV, V y VI.

«Cuan­do cono­ce­mos que so­mos una cosa que pien­sa, es­ta primera no­cion _no es­tá saca­da de ningun sil­ogis­mo_; y cuan­do al­guno dice: _yo pien­so luego soy_ ó ex­is­to, no _in­fiere_ su ex­is­ten­cia del pen­samien­to co­mo _por la fuerza de un sil­ogis­mo_ sino co­mo una cosa cono­ci­da por sí mis­ma, _la ve por una sim­ple in­spec­cion del es­píritu_; pues que si la de­du­jera de un sil­ogis­mo habria nece­si­ta­do cono­cer de an­te­mano es­ta may­or: to­do lo que pien­sa es ó ex­iste. Por el con­trario, es­ta proposi­cion se la man­ifi­es­ta su pro­pio sen­timien­to, de que no puede suced­er que piense sin ex­is­tir. Este es el carác­ter pro­pio de nue­stro es­píritu de for­mar proposi­ciones gen­erales por el conocimien­to de las par­tic­ulares.» No siem­pre se ex­pre­sa Descartes con la mis­ma lu­cidez; se conoce que las ob­je­ciones de sus ad­ver­sar­ios le ha­cian med­itar mas pro­fun­da­mente su doc­tri­na, y con­tribuian á que aclarase sus ideas.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XVI­II.)

(XVI­II.) Para for­marnos ideas ca­bales so­bre la mente de Descartes, oigá­mosle á él mis­mo ex­pli­can­do su sis­tema.

«Co­mo los sen­ti­dos nos en­gañan al­gu­nas ve­ces, quise _supon­er_ que no habia na­da pare­ci­do á lo que el­los nos ha­cen imag­inar; co­mo hay hom­bres que se en­gañan racioci­nan­do aun so­bre las ma­te­rias mas sen­cil­las de ge­ometría y ha­cen par­al­ogis­mos, juz­gan­do yo que es­ta­ba tan su­je­to á er­rar co­mo el­los, deseché co­mo fal­sas to­das las ra­zones que antes habia toma­do por de­mostra­ciones; y con­sideran­do en fin que aun los mis­mos pen­samien­tos que ten­emos du­rante la vig­ilia, pueden venirnos en el sueño sin que en­tonces ninguno de el­los sea ver­dadero, me re­solví á _fin­gir_ que to­das las cosas que habi­an en­tra­do en mi es­píritu no encerra­ban mas ver­dad que las ilu­siones de los sueños. Pero des­de luego ad­vertí que mien­tras que­ria pen­sar que to­do era fal­so, era nece­sario que yo que lo pens­aba, fuese al­gu­na cosa; y no­tan­do que es­ta ver­dad, yo pien­so luego soy, era tan firme y se­gu­ra que las mas ex­trav­agantes su­posi­ciones de los es­cép­ti­cos no er­an ca­paces de con­mover­la, juzgué que po­dia recibir­la sin es­crúpu­lo por el primer prin­ci­pio de filosofía» (_Dis­cur­so so­bre el Méto­do_, cuar­ta parte).

He di­cho que la du­da de Descartes era una _su­posi­cion_, una _fic­cion_; y ca­bal­mente es­tas son las pal­abras que em­plea el mis­mo au­tor. En la ya cita­da re­spues­ta á las ob­je­ciones recogi­das por el P. Mersenne, se hal­la el sigu­iente pasaje:

«He lei­do con mucha sat­is­fac­cion las ob­ser­va­ciones que me habeis he­cho so­bre mi primer trata­do de la filosofía, porque el­las me dan á cono­cer vues­tra benev­olen­cia para con­mi­go, vues­tra piedad há­cia Dios, y el cuida­do que os tomais por el pro­gre­so de su glo­ria. No puedo de­jar de ale­grarme, no so­lo de que hayais juz­ga­do mis ra­zones dig­nas de vues­tra cen­sura, sino tam­bi­en de que na­da de­cis á que yo no pue­da con­tes­tar fá­cil­mente.

»En primer lu­gar me recor­dais que _nó ve­ras sino tan so­lo por una mera fic­cion_, he desecha­do las ideas ó los fan­tas­mas de los cuer­pos para con­cluir que yo soy una cosa que pien­so, por temor quizás que yo no crea que se sigue de es­to que yo no soy sino una cosa que pien­so; mas ya os he he­cho ver en mi se­gun­da Med­ita­cion que yo me acord­aba de es­to, ya que de­cia lo sigu­iente: «pero puede suced­er que es­tas cosas que yo _supon­go_ que no son, porque no las conoz­co, no sean en efec­to difer­entes de mí á quien conoz­co; no sé na­da de es­to, no me ocupo de es­to en la ac­tu­al­idad.»............................................... ......................................................................

Co­mo se ve, Descartes no rec­haza el que su du­da no sea una mera fic­cion; has­ta dice en tér­mi­nos ex­pre­sos que no hace mas que aplicar un méto­do cuya necesi­dad re­cono­cen to­dos los filó­so­fos.

«Os su­pli­co, con­tinúa, que recordeis que por lo to­cante á las cosas rel­ati­vas á la vol­un­tad, he puesto siem­pre una gran dis­tin­cion en­tre la con­tem­pla­cion de la ver­dad y los usos de la vi­da: con re­spec­to á es­tos, tan dis­tante me hal­lo de pen­sar que so­lo de­bamos seguir las cosas cono­ci­das muy clara­mente, que por el con­trario creo que ni aun es pre­ciso aguardar siem­pre las mas verosímiles, sino que es pre­ciso á ve­ces en­tre muchas cosas del to­do de­scono­ci­das é incier­tas, es­coger una, y aten­erse á el­la firme­mente, mien­tras no se vean ra­zones en con­tra, cual si la hu­biése­mos es­cogi­do por mo­tivos cier­tos y ev­identes, co­mo lo ten­go ya ex­pli­ca­do en el _Dis­cur­so so­bre el Méto­do_; pero cuan­do so­lo se tra­ta de la con­tem­pla­cion de la ver­dad ¿_quién ha du­da­do jamás que sea nece­sario sus­pender el juicio so­bre las cosas ob­scuras ó que no son dis­tin­ta­mente cono­ci­das_?»

¿En­tonces, se nos dirá, en qué con­siste el méri­to de Descartes? En haber _apli­ca­do_ una regla que to­dos cono­cen, y pocos em­plean; y en haber­lo he­cho en una época en que la pre­ocu­pa­cion á fa­vor de las doc­tri­nas aris­totéli­cas, era to­davía muy poderosa. Descartes lo dice ter­mi­nan­te­mente; su méto­do de du­dar no es nue­vo, lo que le falta­ba era la apli­ca­cion; pues por lo to­cante al prin­ci­pio en que se fun­da, «_quién ha du­da­do jamás que sea nece­sario sus­pender el juicio_ so­bre las cosas ob­scuras, ó que no son dis­tin­ta­mente cono­ci­das?»

En­ten­di­do el méto­do de Descartes en este sen­ti­do, es de­cir toman­do la du­da co­mo una su­posi­cion, co­mo una mera fic­cion, no se opone á los buenos prin­ci­pios re­li­giosos y morales. El pro­fun­do filó­so­fo no se des­deña de tran­quil­izar so­bre este pun­to á los lec­tores, man­ife­stando in­gen­ua­mente que al comen­zar sus in­ves­ti­ga­ciones habia puesto en sal­vo sus creen­cias re­li­giosas.

«Y en fin, co­mo antes de em­pezar á re­con­stru­ir la casa en que se habi­ta, no bas­ta el der­rib­ar­la y hac­er pro­vi­sion de ma­te­ri­ales y de ar­qui­tec­tos ó ejerci­tarse en la ar­qui­tec­tura y en trazar cuida­dosa­mente el dis­eño del nue­vo ed­ifi­cio, sino que es pre­ciso es­tar pro­vis­to de al­gun otro donde se pue­da vivir có­moda­mente mien­tras se tra­ba­ja en el nue­vo; para que no es­tu­viese ir­res­olu­to en mis ac­ciones en tan­to que la ra­zon me obli­ga­ba á es­tar­lo en mis juicios, y para no de­jar de vivir en­tre tan­to lo mas fe­liz­mente que pudiera, me for­mé una moral pro­vi­so­ria que con­sis­tia en tres ó cu­atro máx­imas que voy á ex­pon­er. La primera es el obe­de­cer á las leyes y cos­tum­bres de mi pais _con­ser­van­do con­stan­te­mente la Re­li­gion en que por la gra­cia de Dios habia si­do in­stru­ido des­de mi in­fan­cia_............................. ....................................................................

»De­spues de haberme ase­gu­ra­do de es­tas máx­imas y haber­las puesto aparte _con las ver­dades de la fe, que han si­do siem­pre las primeras en mi creen­cia_, juzgué que po­dia de­shac­erme li­bre­mente del resto de mis opin­iones» (_Dis­cur­so so­bre el Méto­do_, ter­cera parte).

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XIX.)

(XIX.) Con re­spec­to á la dis­tin­cion en­tre el tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia y el de la ev­iden­cia, así co­mo en lo to­cante al análi­sis de la proposi­cion: yo pien­so, luego soy, no cabe du­da que Descartes no se ex­pre­sa con bas­tante pre­ci­sion y ex­ac­ti­tud. Véase por ejem­plo el sigu­iente pasaje donde se no­ta al­gu­na con­fu­sion de ideas.

«De­spues de es­to con­sid­eré en gen­er­al lo que se nece­si­ta para que una proposi­cion sea ver­dadera y cier­ta, porque ya que yo acaba­ba de en­con­trar una que tenia di­cho carác­ter, pen­sé que de­bia saber tam­bi­en en qué con­siste es­ta certeza, y ha­bi­en­do no­ta­do que en la proposi­cion, yo pien­so, luego soy, no hay na­da que me ase­gure de que yo di­go la ver­dad, sino que veo muy clara­mente que para pen­sar es pre­ciso ser, juzgué que po­dia tomar por regla gen­er­al que las cosas con­ce­bidas con mucha clar­idad y dis­tin­cion, son to­das ver­daderas; pero que so­lo hay al­gu­na di­fi­cul­tad en no­tar bi­en cuáles son las que con­ce­bi­mos dis­tin­ta­mente» (_Dis­cur­so so­bre el Méto­do_, cuar­ta parte).

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XX.)

(XX.) La certeza _apodíc­ti­ca_ de que habla Kant en el cita­do pasaje, es la que re­sul­ta de la ev­iden­cia in­trínse­ca de las ideas; ó en otros tér­mi­nos, es la mis­ma que en las es­cue­las suele lla­marse metafísi­ca.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XXI.)

(XXI.) A mas de las cues­tiones so­bre el prin­ci­pio de con­tradic­cion, co­mo úni­co fun­da­men­to de certeza, hay otras con re­spec­to á su im­por­tan­cia y fe­cun­di­dad cien­tí­fi­cas. Na­da he queri­do pre­juz­gar aquí so­bre es­tos pun­tos, porque me reser­vo ven­ti­lar larga­mente dichas cues­tiones, al tratar de la idea del _ser_ en gen­er­al.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XXII.)

(XXII.) Por un pasaje de Descartes de la cuar­ta parte de su _Dis­cur­so so­bre el Méto­do_, cita­do en la no­ta (XIX), se echa de ver que á mas del prin­ci­pio, yo pien­so luego soy, ad­mi­tia el de la le­git­im­idad de la ev­iden­cia; pues al bus­car lo que se nece­si­ta para que una proposi­cion sea ver­dadera y cier­ta, dice que ha­bi­en­do no­ta­do que si es­ta­ba se­guro de la ver­dad de es­ta proposi­cion, yo pien­so luego soy, era tan so­lo porque lo veia clara­mente así, creyó que po­dia tomar por _regla gen­er­al_, que _las cosas cono­ci­das con clar­idad y dis­tin­cion son to­das ver­daderas_. Por donde se echa de ver que en el sis­tema de Descartes en­tran dos prin­ci­pios lig­ados en­tre sí, pero muy difer­entes: 1.º el he­cho de con­cien­cia del pen­samien­to; 2.º La regla gen­er­al de la le­git­im­idad del cri­te­rio de la ev­iden­cia.

Es de no­tar tam­bi­en que hay aquí cier­ta con­fu­sion de ideas que he señal­ado ya en otra parte. No es ex­ac­to que el prin­ci­pio yo pien­so luego soy, sea ev­idente: la ev­iden­cia se re­fiere á la _con­se­cuen­cia_, pero en cuan­to al ac­to de pen­sar, no hay ev­iden­cia propi­amente dicha, sino con­cien­cia. La ev­iden­cia es un cri­te­rio, mas nó el úni­co.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XXI­II.)

(XXI­II.) Lo di­cho en la proposi­cion se­gun­da de este capí­tu­lo (236), es in­de­pen­di­ente de las dis­putas so­bre el mo­do con que el al­ma y el cuer­po ejercen su in­flu­en­cia recíp­ro­ca, cues­tiones que no son de este lu­gar. Sea cual fuere el sis­tema que se adopte, la in­flu­en­cia es un he­cho que la ex­pe­ri­en­cia nos at­es­tigua; lo que me bas­ta para lo que me pro­pon­go es­table­cer al­lí.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XXIV.)

(XXIV.) Para en­ten­der mejor lo que se dice en este capí­tu­lo so­bre la ev­iden­cia, será útil en­ter­arse bi­en de las doc­tri­nas ex­pues­tas mas aba­jo des­de el XXVI, has­ta el XXXI in­clu­sive.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XXV.)

(XXV.) Por lo di­cho en este capí­tu­lo se man­ifi­es­ta la ver­dad de lo que di­go en el XXIV, so­bre el en­lace de los difer­entes cri­te­rios y la necesi­dad de no aten­erse á una filosofía ex­clu­si­va. El sen­ti­do ín­ti­mo, ó la con­cien­cia, sirve de base á los demás, co­mo un he­cho in­dis­pens­able; pero él mis­mo se de­struye, si se nie­gan los otros.

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(SO­BRE LOS CAPÍ­TU­LOS XXVI, XXVII Y XXVI­II.)

(XXVI.) Dugald-​Stew­ard (P. 2. Cap. 2. Sec­cion 3. §. 2.) ci­ta un pasaje de una dis­erta­cion pub­li­ca­da en Berlin en 1764, que no parece tan poco ra­zon­able co­mo pre­tende el au­tor de la _Filosofía del es­píritu hu­mano_. Lo pon­go á con­tin­ua­cion, porque la opin­ion del filó­so­fo ale­man me parece ser la mis­ma que he sostenido en el tex­to.

«Omnes math­emati­co­rum propo­si­tiones sunt iden­ticæ et rep­re­sen­tan­tur hac for­mu­la, A = A. Sunt ver­itates iden­ticæ sub varia for­ma ex­pressæ, imo ip­sum quod dic­itur con­tra­dic­tio­nis prin­cip­ium vario mo­do enun­tia­tum et in­vo­lu­tum; si qui­dem omnes hu­jus gener­is propo­si­tiones revera in eo con­ti­nen­tur. Se­cun­dum nos­tram autem in­tel­li­gen­di fac­ul­tatem ea est propo­si­tion­um dif­fer­en­tia, quod quæ­dam lon­ga ra­ti­ocin­io­rum se­rie, alia autem bre­viore via, ad pri­mum om­ni­um prin­cip­ium re­du­can­tur, et in il­lud re­solvan­tur. Sic v.g. propo­si­tio 2 + 2 = 4 sta­tim huc ced­it: 1 + 1 + 1 + 1 = 1 + 1 + 1 + 1; id est, idem est idem; et, pro­prie lo­quen­do, hac mo­do enun­cia­ri de­bet:--si con­tin­gat adesse vel ex­is­tere quatuor en­tia, tum ex­is­tunt quatuor en­tia; nam de ex­is­ten­tia non agunt ge­ometræ, sed ea hy­po­thet­ice tan­tum subin­tel­lig­itur. Inde sum­ma orit­ur cer­ti­tu­do ra­ti­ocinia per­spici­en­ti; ob­ser­vat nempe idearum iden­ti­tatem; et hæc est ev­iden­tia as­sen­sum im­me­di­ate co­gens, quam math­emati­cam aut ge­omet­ri­cam vo­ca­mus. Math­esi tamen sua natu­ra pri­va non est et pro­pria; orit­ur eten­im ex iden­ti­tatis per­cep­tione, quæ locum habere potest, eti­am­si ideæ non repræsen­tent ex­ten­sum.»

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(SO­BRE LOS CAPÍ­TU­LOS XXX Y XXXI.)

(XXVII.) He in­di­ca­do que quizás Dugald-​Stew­ard se habia aprovecha­do de las doc­tri­nas de Vi­co; sin que por es­to quiera hac­er­le el car­go que se di­rigió con­tra su mae­stro Reid, de quien se di­jo que re­sucita­ba las doc­tri­nas del P. Buffi­er je­sui­ta. No ob­stante, para que el lec­tor pue­da juz­gar con pleno conocimien­to de causa, pon­go á con­tin­ua­cion un no­table pasaje del filó­so­fo es­cocés, por el cual se verá la co­in­ci­den­cia de al­gu­nas de sus ob­ser­va­ciones con las del filó­so­fo napoli­tano. Me in­cli­no á creer que si Dugald-​Stew­ard hu­biese lei­do á Vi­co, no se que­jaria de la _con­fu­sion_ con que ex­pli­caron es­ta doc­tri­na var­ios au­tores an­tigu­os y mod­er­nos.

«El carác­ter par­tic­ular de es­ta es­pecie de ev­iden­cia lla­ma­da de­mostra­ti­va, y que tan mar­cada­mente dis­tingue las con­clu­siones matemáti­cas de las de otras cien­cias, es un he­cho que debe haber lla­ma­do la aten­cion de cualquiera que conoz­ca los el­emen­tos de la ge­ometría; y sin em­bar­go yo du­do que su causa haya si­do señal­ada de una man­era sat­is­fac­to­ria.» Locke nos dice: «lo que con­sti­tuye la de­mostra­cion es la ev­iden­cia in­tu­iti­va de ca­da pa­so del raciocinio;» con­ven­go en que si es­ta ev­iden­cia fal­tase en un so­lo pun­to, to­da la de­mostra­cion se ar­ru­inar­ia; mas no creo que la ev­iden­cia de­mostra­ti­va de la con­clu­sion de­pen­da de es­ta cir­cun­stan­cia, aun cuan­do añadiése­mos es­ta otra condi­cion so­bre la cual Reid in­siste mu­cho: «que para la ev­iden­cia de­mostra­ti­va es nece­sario que los primeros prin­ci­pios sean in­tu­iti­va­mente cier­tos.» Al tratar de los ax­iomas, hice no­tar la in­ex­ac­ti­tud de es­ta ob­ser­va­cion, man­ife­stando además que en las matemáti­cas, los primeros prin­ci­pios de nue­stros raciocin­ios no son los ax­iomas sino las defini­ciones. So­bre es­ta úl­ti­ma cir­cun­stan­cia, es de­cir, so­bre es­ta condi­cion de dis­cur­rir par­tien­do de defini­ciones, se debe fun­dar la ver­dadera teoría de la de­mostra­cion matemáti­ca. Voy á de­sen­volver aquí ex­ten­sa­mente es­ta doc­tri­na, in­di­can­do al mis­mo tiem­po al­gu­nas de las con­se­cuen­cias mas im­por­tantes que de el­la di­manan.

»Co­mo no quiero recla­mar in­jus­ta­mente los hon­ores de la in­ven­cion, de­bo comen­zar por declarar que la idea ma­triz de es­ta doc­tri­na ha si­do man­ifes­ta­da y aun de­sen­vuelta con ex­ten­sion por di­ver­sos au­tores tan­to an­tigu­os co­mo mod­er­nos; pero en to­dos el­los se la en­cuen­tra de tal mo­do con­fun­di­da con otras con­sid­era­ciones del to­do ex­trañas al pun­to de la dis­cu­sion, que la aten­cion del au­tor y del lec­tor se dis­trae del úni­co prin­ci­pio del cual de­pende la solu­cion del prob­le­ma....... ................................................................

»Hemos vis­to ya en el primer capí­tu­lo de es­ta parte que mien­tras en las demás cien­cias las proposi­ciones que se han de es­table­cer ex­pre­san siem­pre he­chos reales ó supuestos, las de­mostradas en las matemáti­cas enun­cian sim­ple­mente una conex­ion en­tre cier­tas su­posi­ciones y cier­tas con­se­cuen­cias. Así en las matemáti­cas nue­stros raciocin­ios tienen un ob­je­to muy difer­ente del que nos sirve en los otros usos de las fac­ul­tades in­telec­tuales; pues que se pro­po­nen, nó consignar ver­dades rel­ati­vas á ex­is­ten­cias reales, sino de­ter­mi­nar la fil­ia­cion lóg­ica de las con­se­cuen­cias que di­manan de una hipóte­sis da­da. Si par­tien­do de es­ta hipóte­sis racioci­namos con ex­ac­ti­tud, es claro que na­da puede fal­tar á la ev­iden­cia del re­sul­ta­do, pues que este se limi­ta á afir­mar un en­lace nece­sario en­tre la su­posi­cion y la con­clu­sion; en las otras cien­cias, aun suponien­do evi­ta­da la am­bigüedad del lengua­je, y rig­urosa­mente ex­ac­tos to­dos los pa­sos de la de­duc­cion, nues­tras con­clu­siones se­ri­an siem­pre mas ó menos incier­tas, pues que en defini­ti­va es­trib­an so­bre prin­ci­pios que pueden cor­re­spon­der ó no cor­re­spon­der con los he­chos» (P. 2. Cap. 2. Secc. 3.). Es­ta es ex­ac­ta­mente la doc­tri­na de Vi­co so­bre la causa de la difer­en­cia en los gra­dos de ev­iden­cia y certeza; bi­en que este filó­so­fo el­eva á un sis­tema gen­er­al, para ex­plicar el prob­le­ma de la in­teligen­cia, lo que el es­cocés so­lo consigna co­mo un he­cho para señalar la ra­zon de la ev­iden­cia matemáti­ca. El P. Buffi­er (Trat. de las primeras ver­dades, P. 1. Cap. 11.) ex­pli­ca lo mis­mo con mucha clar­idad.

He di­cho tam­bi­en que aten­di­da la in­fati­ga­ble la­bo­riosi­dad que dis­tingue á los ale­manes, no fuera ex­traño que hu­biesen lei­do á los es­colás­ti­cos: es­to se con­fir­ma, si se ad­vierte que Leib­nitz re­comien­da mu­cho es­ta lec­tura; y no es reg­ular que se hayan olvi­da­do del con­se­jo de un au­tor tan com­pe­tente, los ale­manes mas mod­er­nos.

En­tre los var­ios pasajes de Leib­nitz so­bre los es­colás­ti­cos, pre­fiero aducir el sigu­iente que me parece suma­mente cu­rioso. «La ver­dad es­tá mas di­fun­di­da de lo que se cree; pero con har­ta fre­cuen­cia se la hal­la en­vuelta, de­bil­ita­da, mu­ti­la­da, cor­romp­ida con adi­ciones que la echan á perder, ó la ha­cen menos útil. No­tan­do esas huel­las de ver­dad en los an­tigu­os, ó para hablar mas gen­eral­mente, en los _an­te­ri­ores_, se sacaria oro del fan­go, el dia­mante de su mi­na, luz de las tinieblas; y es­to se­ria en re­al­idad _peren­nis quæ­dam philosophia_. Has­ta se puede de­cir que se no­taria al­gun pro­gre­so en los conocimien­tos. Los ori­en­tales tienen ideas grandes y her­mosas so­bre la di­vinidad; los grie­gos añadieron el raciocinio y una for­ma cien­tí­fi­ca; los Padres de la Igle­sia desecharon lo que habia de ma­lo en la filosofía de los grie­gos; pero los es­colás­ti­cos trataron de em­plear útil­mente para el cris­tian­is­mo lo que habia de acept­able en la filosofía de los paganos. Repeti­das ve­ces he di­cho: _au­rum lat­ere in ster­core il­lo sco­las­ti­co bar­bari­co_; y de­searia que se pud­iese en­con­trar al­gun hom­bre há­bil, ver­sa­do en es­ta filosofía ir­lan­desa y es­paño­la, que tu­viese in­cli­na­cion y ca­paci­dad para sacar lo que en el­la hay de bueno. _Es­toy se­guro que su tra­ba­jo se­ria rec­om­pen­sa­do con muchas ver­dades bel­las é im­por­tantes_. En otro tiem­po hubo en Suiza un es­critor que _matem­atizó_ en la es­colás­ti­ca; sus obras son poco cono­ci­das; pero lo que de el­las he vis­to me ha pare­ci­do pro­fun­do y dig­no de con­sid­era­cion» (Car­ta 3. á M. Re­mond de Mont­mort).

Así habla Leib­nitz, uno de los hom­bres mas em­inentes de los tiem­pos mod­er­nos, y de quien Fontenelle ha di­cho con ra­zon, que «con­du­cia de frente to­das las cien­cias.» Véase pues si an­duve descam­ina­do al re­comen­dar al es­tu­dio de aque­llos au­tores, á quien de­see adquirir en filosofía conocimien­tos pro­fun­dos. Aun pre­scin­di­en­do de la util­idad in­trínse­ca, se­ria con­ve­niente di­cho es­tu­dio para poder juz­gar con conocimien­to de causa, unas es­cue­las que, val­gan lo que va­lieren, ocu­pan una pági­na en la his­to­ria del es­píritu hu­mano.

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(SO­BRE EL CAPÍ­TU­LO XXXII.)

(XXVI­II.) El au­tor á quien alu­do (317) es Fenelon, quien ba­jo el nom­bre de sen­ti­do co­mun, com­prende tam­bi­en el cri­te­rio de la ev­iden­cia, co­mo se echa de ver en el sigu­iente pasaje: «¿Qué es el sen­ti­do co­mun? ¿no con­siste en las primeras no­ciones que to­dos los hom­bres tienen de las mis­mas cosas? Este sen­ti­do co­mun que siem­pre y en to­das partes es el mis­mo, que pre­viene to­do exá­men y has­ta le tiene por ridícu­lo en cier­tas cues­tiones, en las cuales se rie en vez de ex­am­inar; que re­duce al hom­bre á no poder du­dar por mas que en el­lo se es­fuerce; este sen­ti­do que pertenece á to­dos los hom­bres, que so­lo es­pera ser con­sul­ta­do para mostrarse y de­scubrirnos des­de luego la ev­iden­cia ó lo ab­sur­do de la cues­tion, ¿_no es es­to lo que yo llamo mis ideas_? Hélas aquí, pues, es­tas ideas ó no­ciones gen­erales, que yo no puedo con­trade­cir ni ex­am­inar, se­gun las cuales por el con­trario, lo ex­am­ino y lo juz­go to­do, de man­era que en vez de con­tes­tar me rio, cuan­do se me pro­pone al­go clara­mente op­uesto á lo que me rep­re­sen­tan es­tas _ideas in­muta­bles_» (Ex­is­ten­cia de Dios, p. 2, n. 33).

Es in­dud­able que en este pasaje habla Fenelon de la ev­iden­cia, pues que á mas de que em­plea este mis­mo nom­bre, se re­fiere á las ideas in­muta­bles; por sen­ti­do co­mun en­tiende las mis­mas ideas gen­erales por las cuales juzg­amos de to­do, ó en otros tér­mi­nos, las ideas de donde nace la ev­iden­cia.

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FIN DE LAS NO­TAS.

ÍNDICE DE LAS MA­TE­RIAS DEL TO­MO PRIMERO.

LI­BRO PRIMERO.

DE LA CERTEZA.

CAPÍ­TU­LO PRIMERO. _Im­por­tan­cia y util­idad de las cues­tiones so­bre la certeza_.

Cimien­to de la filosofía. Uni­ver­sal­idad y con­stan­cia de las dis­putas so­bre la certeza. Sig­nifi­ca­do. Am­pli­tud de la cues­tion. Util­idad. Su in­flu­en­cia so­bre el es­píritu.

CAPÍ­TU­LO II. _Ver­dadero es­ta­do de la cues­tion_.

Tres cues­tiones. Ejem­plo. Ob­je­to y de­beres de la filosofía en este pun­to. No comien­za por un exá­men. Fichte. Pir­ron. Necesi­dad de la certeza. Su ex­is­ten­cia y su nat­uraleza. Berke­ley. Con­fe­sion de Hume. Un pru­ri­to pueril. So­briedad nece­saria al es­píritu. La certeza an­te­ri­or á to­do exá­men no es cie­ga. El dog­ma­tismo y el es­cep­ti­cis­mo. Se rec­ti­fi­ca un di­cho de Pas­cal.

CAPÍ­TU­LO III. _Dos certezas_.

La del género hu­mano y la filosó­fi­ca. La certeza y la re­flex­ion. El de­sar­rol­lo de las fac­ul­tades hu­manas no es re­flex­ivo. Ex­per­imen­tos. Es­ter­il­idad de la filosofía con re­spec­to á la certeza. Sus peli­gros. Su ob­je­to mas ra­zon­able. Con­tradic­cion de los filó­so­fos. Re­sul­ta­do.

CAPÍ­TU­LO IV. _Si ex­iste la cien­cia trascen­den­tal en el ór­den in­telec­tu­al ab­so­lu­to_.

Primer prin­ci­pio. Ob­ser­va­cion pre­lim­inar. Ver­dad primera. Difer­entes as­pec­tos de la cues­tion. San­to Tomás. Male­branche. Con­je­tu­ra so­bre la cien­cia trascen­den­tal, uno de los car­ac­téres dis­tin­tivos de la in­teligen­cia. La in­teligen­cia y la unidad. Ejem­plos de las artes y de las cien­cias. Me­di­da de la el­eva­cion de las in­teligen­cias. Carác­ter del ge­nio.

CAPÍ­TU­LO V. _No ex­iste la cien­cia trascen­den­tal en el ór­den in­telec­tu­al hu­mano; no puede di­ma­nar de los sen­ti­dos_.

Ob­je­to de la sen­sa­cion. No hay una, orí­gen de la certeza de las demás. Op­era­cion de las cataratas. Di­fi­cul­tad de ex­plicar el de­sar­rol­lo de los sen­ti­dos, y la rela­cion de las sen­sa­ciones. Inu­til­idad de es­ta ex­pli­ca­cion para la cien­cia trascen­den­tal. La es­tat­ua de Condil­lac. Ob­ser­va­ciones. Re­sul­ta­do.

CAPÍ­TU­LO VI. _Con­tinúa la dis­cu­sion so­bre la cien­cia trascen­den­tal_.

In­su­fi­cien­cia de las ver­dades reales. De­scrédi­to del sen­su­al­is­mo. Ver­dades reales y ver­dades ide­ales. In­su­fi­cien­cia de la ver­dad re­al fini­ta. Dos conocimien­tos de la ver­dad primera. Necesi­dad de fe­cun­dar las ver­dades reales con ver­dades ide­ales. La unidad de Descartes es triple. La ley úni­ca del uni­ver­so. Sus rea­ciones con la cien­cia trascen­den­tal.

CAPÍ­TU­LO VII. _Es­ter­il­idad de la filosofía del_ yo _para pro­ducir la cien­cia trascen­den­tal_.

Con­cien­cia y ev­iden­cia. Una de las causas de la os­curi­dad y es­ter­il­idad de la filosofía ale­mana des­de Fichte. Una ven­ta­ja de Kant. Es­ter­il­idad del _yo_ co­mo el­emen­to cien­tí­fi­co. Lo sub­je­ti­vo y lo ob­je­ti­vo. Ac­to di­rec­to y ac­to re­fle­jo. Es­ter­il­idad de su com­bi­na­cion si les fal­tan las ver­dades nece­sarias. Lo que sabe­mos del _yo_. La con­cien­cia uni­ver­sal. El pan­teis­mo es­pir­itu­al­ista. Du­al­idad de rela­cion en to­do ac­to de in­teligen­cia. Dile­ma con­tra la filosofía del _yo_. Re­flex­ion fun­da­men­tal del sis­tema de Fichte. Su méto­do er­ró­neo. Aser­ciones gra­tu­itas. Ac­to prim­iti­vo. Re­flex­iones. Ac­to in­de­ter­mi­na­do. Es­ter­il­idad de la doc­tri­na de Fichte para en­con­trar el primer prin­ci­pio. A qué se re­duce el apara­to de su análi­sis. Fichte y Descartes. Ven­ta­ja del filó­so­fo francés. Pan­teis­mo del sis­tema de Fichte.

CAPÍ­TU­LO VI­II. _La iden­ti­dad uni­ver­sal_.

Lo in­fun­da­do de este er­ror. Un dile­ma. Con­tradic­cion de cier­tos filó­so­fos. Su sis­tema. Schelling. Una causa de este er­ror. Di­fi­cul­tades del prob­le­ma del conocimien­to. Ar­gu­men­to de los sostene­dores de la iden­ti­dad. Inu­til­idad de es­ta doc­tri­na para ex­plicar el conocimien­to. Du­al­idad en­vuelta en el ac­to de cono­cer. De­sar­rol­lo de es­ta ob­ser­va­cion. Su may­or fuerza con­tra la filosofía del _yo_. El mis­te­rio de la Trinidad. Pla­ton. In­tu­icion del _yo_. Prin­ci­pio de ser y de cono­cer.

CAPÍ­TU­LO IX. _Con­tinúa el exá­men del sis­tema de la iden­ti­dad uni­ver­sal_.

In­stin­to in­telec­tu­al en bus­ca de la unidad. Qué es es­ta unidad. La unidad en la filosofía. La filosofía y la re­li­gion. Dos prob­le­mas cap­itales so­bre la rep­re­senta­cion in­telec­tu­al. Descartes. Vin­di­ca­cion de Male­branche.

CAPÍ­TU­LO X. _El prob­le­ma de la rep­re­senta­cion_.

Mó­nadas de Leib­nitz. Peli­gros de la ex­agera­cion en la unidad cien­tí­fi­ca. He­cho úni­co. Sus in­con­ve­nientes. Un efu­gio. Mó­nadas de Leib­nitz. Lo in­fun­da­do de es­tas hipóte­sis. Tam­poco fun­da la cien­cia trascen­den­tal. Difer­en­cias en­tre este sis­tema y el de los pan­teis­tas mod­er­nos.

CAPÍ­TU­LO XI. _Exá­men del prob­le­ma de la rep­re­senta­cion_.

Tres fuentes de rep­re­senta­cion. Rela­cion de lo rep­re­sen­tante con lo rep­re­sen­ta­do. Con­se­cuen­cia en fa­vor de la ex­is­ten­cia de Dios, saca­da de las rela­ciones de los seres in­telec­tuales y del uni­ver­so cor­póreo. Dos rela­ciones in­medi­ata y me­di­ata. Ob­je­tivi­dad de to­da idea. Union de lo in­teligente con lo en­ten­di­do. La iden­ti­dad fuente de rep­re­senta­cion. Cuán­do y de qué man­era.

CAPÍ­TU­LO XII. _In­tel­igi­bil­idad in­medi­ata_.

Rep­re­senta­cion ac­ti­va y pa­si­va. Doc­tri­na de San­to Tomás y del car­de­nal Cayetano. Re­flex­iones. Un he­cho en su apoyo. Dos condi­ciones de la in­tel­igi­bil­idad in­medi­ata. Con­se­cuen­cias ide­ológ­icas. Resú­men de la doc­tri­na so­bre la in­tel­igi­bil­idad.

CAPÍ­TU­LO XI­II. _Rep­re­senta­cion de causal­idad y de ide­al­idad_.

La causal­idad orí­gen de rep­re­senta­cion. Pro­fun­di­dad de San­to Tomás co­mo filó­so­fo. Ide­al­idad. Dos proposi­ciones cap­itales. Condi­ciones para que la causal­idad sea su­fi­ciente orí­gen de rep­re­senta­cion. Una ob­ser­va­cion so­bre las cien­cias nat­urales. Nue­va refuta­cion de la cien­cia trascen­den­tal. Lo ab­so­lu­to. Re­flex­iones so­bre es­ta doc­tri­na. La rep­re­senta­cion ide­al se re­funde en la causal. Vi­co. Dos con­se­cuen­cias im­por­tantes. Una ob­ser­va­cion so­bre las ideas-​re­tratos. In­di­ca­cion de varias cues­tiones so­bre las ideas.

CAPÍ­TU­LO XIV. _Im­posi­bil­idad de hal­lar el primer prin­ci­pio en el ór­den ide­al_.

Es­ter­il­idad de las ver­dades ide­ales con re­spec­to al mun­do re­al. Apli­ca­ciones. Necesi­dad de la union de las ver­dades reales con las ide­ales. Es­ter­il­idad del ór­den no ge­ométri­co para el ge­ométri­co y vice-​ver­sa.

CAPÍ­TU­LO XV. _La condi­cion in­dis­pens­able de to­do conocimien­to hu­mano_.

Medios de per­cep­cion de la ver­dad. Es­ta­do de la cues­tion. Dis­tin­cion. Con­cien­cia. Ev­iden­cia. In­stin­to in­telec­tu­al ó sen­ti­do co­mun. Tres ór­denes de ver­dades. Carác­ter y difer­en­cias de los medios de per­cep­cion y sus ob­je­tos. Una ob­ser­va­cion so­bre el de­sar­rol­lo de las fac­ul­tades del hom­bre.

CAPÍ­TU­LO XVI. _Con­fu­sion de ideas en las dis­putas so­bre el prin­ci­pio fun­da­men­tal_.

Anoma­lías. Sus causas. Es­ta­do de la cues­tion.

CAPÍ­TU­LO XVII. _La ex­is­ten­cia del pen­samien­to_.

Prin­ci­pio de Descartes. In­de­mostra­bil­idad de la ex­is­ten­cia. No to­do se puede de­mostrar. Apli­ca­ciones. Pun­to de par­ti­da de nue­stros conocimien­tos. Dos sen­ti­dos del prin­ci­pio de Descartes. Se ex­pli­ca la mente del filó­so­fo.

CAPÍ­TU­LO XVI­II. _Mas so­bre el prin­ci­pio de Descartes_.

Su méto­do. Am­bigüedad del lengua­je de Descartes. Su idea cap­ital. Su du­da metódi­ca. En qué sen­ti­do es posi­ble. Apli­ca­ciones. Ob­ser­va­cion so­bre los ex­travíos de los re­for­madores. Acuer­do de Descartes con to­das las es­cue­las. Locke. Condil­lac.

CAPÍ­TU­LO XIX. _Lo que vale el prin­ci­pio, yo pien­so_.

Su análi­sis. Sig­nifi­ca­do de la proposi­cion, yo pien­so. Có­mo se dis­tingue de la proposi­cion mis­ma. Exá­men de el­la ba­jo el as­pec­to lógi­co. Condi­ciones de su posi­bil­idad. For­ma­cion de la idea del _yo_. Rela­ciones de la ex­is­ten­cia con el pen­samien­to. Res­olu­cion de tres cues­tiones.

CAPÍ­TU­LO XX. _Ver­dadero sen­ti­do del prin­ci­pio de con­tradic­cion_.

Opin­ion de Kant. Fór­mu­la del prin­ci­pio. Opin­ion del filó­so­fo ale­man. Juicios analíti­cos y sin­téti­cos. Antigüedad de es­ta dis­tin­cion. En­mien­da de Kant en la fór­mu­la del prin­ci­pio. No tiene fun­da­men­to. Equiv­oca­cion en la fór­mu­la de Kant. Apli­ca­ciones. Rec­ti­fi­ca­ciones.

CAPÍ­TU­LO XXI. _Si el prin­ci­pio de con­tradic­cion merece el tí­tu­lo de fun­da­men­tal, y en qué sen­ti­do._

Seis proposi­ciones so­bre es­ta ma­te­ria.

CAPÍ­TU­LO XXII. _El prin­ci­pio de la ev­iden­cia_.

Fór­mu­la lla­ma­da de los carte­sianos. Su trans­for­ma­cion. Su cote­jo con la de Kant. El prin­ci­pio de la ev­iden­cia no es ev­idente. Anoma­lía. Su ex­pli­ca­cion.

CAPÍ­TU­LO XXI­II. _Cri­te­rio de la con­cien­cia_.

Ob­je­to de este cri­te­rio. Con­cien­cia di­rec­ta y con­cien­cia re­fle­ja. Sus car­ac­téres y difer­en­cias. Ob­ser­va­ciones so­bre la fuerza in­telec­tu­al en es­tos dos sen­ti­dos. Rela­cion de la con­cien­cia con los demás cri­te­rios. Cin­co proposi­ciones que resú­men la doc­tri­na so­bre el cri­te­rio de la con­cien­cia.

CAPÍ­TU­LO XXIV. _Cri­te­rio de la ev­iden­cia_.

Sus car­ac­téres. Ev­iden­cia in­medi­ata. La ev­iden­cia es una es­pecie de cuen­ta y ra­zon. De dónde di­mana su necesi­dad y uni­ver­sal­idad. Val­or sub­je­ti­vo de la ev­iden­cia. Val­or ob­je­ti­vo. Cues­tion im­por­tante.

CAPÍ­TU­LO XXV. _Val­or ob­je­ti­vo de las ideas_.

Es­ta­do de la cues­tion. Doc­tri­na de Descartes. Si se puede pro­bar la ve­raci­dad de la ev­iden­cia. Un ar­gu­men­to en pro fun­da­do en la necesi­dad. Fichte. Si se nie­ga la ob­je­tivi­dad de las ideas se ar­ru­ina la unidad de con­cien­cia. Con­se­cuen­cias ab­sur­das.

CAPÍ­TU­LO XXVI. _Si to­dos los conocimien­tos se re­ducen á la per­cep­cion de la iden­ti­dad_.

Ob­ser­va­ciones pre­lim­inares. Qué se afir­ma ó se nie­ga en to­do juicio. Qué sig­nifi­ca la igual­dad en los juicios matemáti­cos.

CAPÍ­TU­LO XXVII. _Con­tin­ua­cion_.

La fór­mu­la A es A. Có­mo se apli­ca á las matemáti­cas. Ejem­plo en las trans­for­ma­ciones de una ecua­cion. Re­flex­iones. Car­ac­téres de nues­tra in­teligen­cia. Una necesi­dad, y una fac­ul­tad. Dugald-​Stew­ard. Se con­tes­ta á una di­fi­cul­tad de este au­tor.

CAPÍ­TU­LO XXVI­II. _Con­tin­ua­cion_.

Apli­ca­cion de la doc­tri­na de la iden­ti­dad á los sil­ogis­mos. Una ob­ser­va­cion so­bre el en­timema. Ob­je­to y util­idad de los medios di­aléc­ti­cos. Am­plia­cion de la doc­tri­na con ejem­plos ge­ométri­cos y al­ge­brái­cos.

CAPÍ­TU­LO XXIX. _Si hay ver­daderos juicios sin­téti­cos á pri­ori, en el sen­ti­do de Kant_.

Doc­tri­na del filó­so­fo ale­man. Ex­agera­cion de sus pre­ten­siones. Su equiv­oca­cion so­bre los juicios matemáti­cos. Com­bi­na­cion del análi­sis de los con­cep­tos con su com­para­cion. Qué se nece­si­ta para la sín­te­sis se­gun Kant. En qué con­siste la x que él bus­ca. Resú­men de la doc­tri­na so­bre los juicios analíti­cos y sin­téti­cos.

CAPÍ­TU­LO XXX. _Cri­te­rio de Vi­co_.

Su sis­tema. Su apli­ca­cion teológ­ica. Exá­men. Ob­je­ciones, ba­jo el as­pec­to filosó­fi­co y el teológi­co. Doc­tri­na de San­to Tomás. El cri­te­rio de Vi­co y el es­cep­ti­cis­mo.

CAPÍ­TU­LO XXXI. _Con­tin­ua­cion_.

El cri­te­rio de Vi­co en el ór­den de las ver­dades ide­ales. Ar­gu­men­tos en su fa­vor. Im­pug­na­cion. Juicio del sis­tema de Vi­co. Has­ta qué pun­to es acept­able. Su méri­to. Sus in­con­ve­nientes Dugald-​Stew­ard, de acuer­do con Vi­co. Los es­colás­ti­cos.

CAPÍ­TU­LO XXXII. _Cri­te­rio del sen­ti­do co­mun_.

Sig­nifi­ca­do de es­tas pal­abras. Apli­ca­ciones. En qué con­siste. Re­seña con re­spec­to á los demás cri­te­rios. Si es cri­te­rio in­fal­ible. Cu­atro car­ac­téres de su in­fal­ibil­idad. Ejem­plo.

CAPÍ­TU­LO XXXI­II. _Er­ror de La-​Men­nais so­bre el con­sen­timien­to co­mun_.

Su sis­tema. Con­fu­sion de las dos pal­abras _sen­sus_ y _con­sen­sus_. Su cri­te­rio no puede ser el úni­co. De­mostra­cion. Re­seña. Orí­gen del er­ror de La-​Men­nais. Se de­shace una di­fi­cul­tad. Sus parado­jas so­bre las matemáti­cas. Una ob­ser­va­cion.

CAPÍ­TU­LO XXXIV. _Resú­men y con­clu­sion_.

Ráp­ida ex­posi­cion de las doc­tri­nas con­tenidas en este to­mo. En­lace de las mis­mas. Alian­za de los cri­te­rios. Una ley de nue­stro es­píritu. In­con­ve­nientes de una filosofía ex­clu­si­va. La filosofía es posi­ble sin es­cep­ti­cis­mo y sin ex­trav­agan­cias. Un méto­do filosó­fi­co puesto en for­ma de ale­goría.

--No­tas.

FIN.

End of the Project Guten­berg EBook of Filosofia fun­da­men­tal, by Jaime Balmes

*** END OF THIS PROJECT GUTEN­BERG EBOOK FILOSOFIA FUN­DA­MEN­TAL ***

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1.B. “Project Guten­berg” is a reg­is­tered trade­mark. It may on­ly be used on or as­so­ci­at­ed in any way with an elec­tron­ic work by peo­ple who agree to be bound by the terms of this agree­ment. There are a few things that you can do with most Project Guten­berg-​tm elec­tron­ic works even with­out com­ply­ing with the full terms of this agree­ment. See para­graph 1.C be­low. There are a lot of things you can do with Project Guten­berg-​tm elec­tron­ic works if you fol­low the terms of this agree­ment and help pre­serve free fu­ture ac­cess to Project Guten­berg-​tm elec­tron­ic works. See para­graph 1.E be­low.

1.C. The Project Guten­berg Lit­er­ary Archive Foun­da­tion (“the Foun­da­tion” or PGLAF), owns a com­pi­la­tion copy­right in the col­lec­tion of Project Guten­berg-​tm elec­tron­ic works. Near­ly all the in­di­vid­ual works in the col­lec­tion are in the pub­lic do­main in the Unit­ed States. If an in­di­vid­ual work is in the pub­lic do­main in the Unit­ed States and you are lo­cat­ed in the Unit­ed States, we do not claim a right to pre­vent you from copy­ing, dis­tribut­ing, per­form­ing, dis­play­ing or cre­at­ing deriva­tive works based on the work as long as all ref­er­ences to Project Guten­berg are re­moved. Of course, we hope that you will sup­port the Project Guten­berg-​tm mis­sion of pro­mot­ing free ac­cess to elec­tron­ic works by freely shar­ing Project Guten­berg-​tm works in com­pli­ance with the terms of this agree­ment for keep­ing the Project Guten­berg-​tm name as­so­ci­at­ed with the work. You can eas­ily com­ply with the terms of this agree­ment by keep­ing this work in the same for­mat with its at­tached full Project Guten­berg-​tm Li­cense when you share it with­out charge with oth­ers.

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1.E. Un­less you have re­moved all ref­er­ences to Project Guten­berg:

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- You pro­vide a full re­fund of any mon­ey paid by a us­er who no­ti­fies you in writ­ing (or by e-​mail) with­in 30 days of re­ceipt that s/he does not agree to the terms of the full Project Guten­berg-​tm Li­cense. You must re­quire such a us­er to re­turn or de­stroy all copies of the works pos­sessed in a phys­ical medi­um and dis­con­tin­ue all use of and all ac­cess to oth­er copies of Project Guten­berg-​tm works.

- You pro­vide, in ac­cor­dance with para­graph 1.F.3, a full re­fund of any mon­ey paid for a work or a re­place­ment copy, if a de­fect in the elec­tron­ic work is dis­cov­ered and re­port­ed to you with­in 90 days of re­ceipt of the work.

- You com­ply with all oth­er terms of this agree­ment for free dis­tri­bu­tion of Project Guten­berg-​tm works.

1.E.9. If you wish to charge a fee or dis­tribute a Project Guten­berg-​tm elec­tron­ic work or group of works on dif­fer­ent terms than are set forth in this agree­ment, you must ob­tain per­mis­sion in writ­ing from both the Project Guten­berg Lit­er­ary Archive Foun­da­tion and Michael Hart, the own­er of the Project Guten­berg-​tm trade­mark. Con­tact the Foun­da­tion as set forth in Sec­tion 3 be­low.

1.F.

1.F.1. Project Guten­berg vol­un­teers and em­ploy­ees ex­pend con­sid­er­able ef­fort to iden­ti­fy, do copy­right re­search on, tran­scribe and proof­read pub­lic do­main works in cre­at­ing the Project Guten­berg-​tm col­lec­tion. De­spite these ef­forts, Project Guten­berg-​tm elec­tron­ic works, and the medi­um on which they may be stored, may con­tain “De­fects,” such as, but not lim­it­ed to, in­com­plete, in­ac­cu­rate or cor­rupt da­ta, tran­scrip­tion er­rors, a copy­right or oth­er in­tel­lec­tu­al prop­er­ty in­fringe­ment, a de­fec­tive or dam­aged disk or oth­er medi­um, a com­put­er virus, or com­put­er codes that dam­age or can­not be read by your equip­ment.

1.F.2. LIM­IT­ED WAR­RAN­TY, DIS­CLAIMER OF DAM­AGES - Ex­cept for the “Right of Re­place­ment or Re­fund” de­scribed in para­graph 1.F.3, the Project Guten­berg Lit­er­ary Archive Foun­da­tion, the own­er of the Project Guten­berg-​tm trade­mark, and any oth­er par­ty dis­tribut­ing a Project Guten­berg-​tm elec­tron­ic work un­der this agree­ment, dis­claim all li­abil­ity to you for dam­ages, costs and ex­pens­es, in­clud­ing le­gal fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REME­DIES FOR NEG­LI­GENCE, STRICT LI­ABIL­ITY, BREACH OF WAR­RAN­TY OR BREACH OF CON­TRACT EX­CEPT THOSE PRO­VID­ED IN PARA­GRAPH F3. YOU AGREE THAT THE FOUN­DA­TION, THE TRADE­MARK OWN­ER, AND ANY DIS­TRIB­UTOR UN­DER THIS AGREE­MENT WILL NOT BE LI­ABLE TO YOU FOR AC­TU­AL, DI­RECT, IN­DI­RECT, CON­SE­QUEN­TIAL, PUNI­TIVE OR IN­CI­DEN­TAL DAM­AGES EVEN IF YOU GIVE NO­TICE OF THE POS­SI­BIL­ITY OF SUCH DAM­AGE.

1.F.3. LIM­IT­ED RIGHT OF RE­PLACE­MENT OR RE­FUND - If you dis­cov­er a de­fect in this elec­tron­ic work with­in 90 days of re­ceiv­ing it, you can re­ceive a re­fund of the mon­ey (if any) you paid for it by send­ing a writ­ten ex­pla­na­tion to the per­son you re­ceived the work from. If you re­ceived the work on a phys­ical medi­um, you must re­turn the medi­um with your writ­ten ex­pla­na­tion. The per­son or en­ti­ty that pro­vid­ed you with the de­fec­tive work may elect to pro­vide a re­place­ment copy in lieu of a re­fund. If you re­ceived the work elec­tron­ical­ly, the per­son or en­ti­ty pro­vid­ing it to you may choose to give you a sec­ond op­por­tu­ni­ty to re­ceive the work elec­tron­ical­ly in lieu of a re­fund. If the sec­ond copy is al­so de­fec­tive, you may de­mand a re­fund in writ­ing with­out fur­ther op­por­tu­ni­ties to fix the prob­lem.

1.F.4. Ex­cept for the lim­it­ed right of re­place­ment or re­fund set forth in para­graph 1.F.3, this work is pro­vid­ed to you 'AS-​IS' WITH NO OTH­ER WAR­RANTIES OF ANY KIND, EX­PRESS OR IM­PLIED, IN­CLUD­ING BUT NOT LIM­IT­ED TO WAR­RANTIES OF MER­CHAN­TIBIL­ITY OR FIT­NESS FOR ANY PUR­POSE.

1.F.5. Some states do not al­low dis­claimers of cer­tain im­plied war­ranties or the ex­clu­sion or lim­ita­tion of cer­tain types of dam­ages. If any dis­claimer or lim­ita­tion set forth in this agree­ment vi­olates the law of the state ap­pli­ca­ble to this agree­ment, the agree­ment shall be in­ter­pret­ed to make the max­imum dis­claimer or lim­ita­tion per­mit­ted by the ap­pli­ca­ble state law. The in­va­lid­ity or un­en­force­abil­ity of any pro­vi­sion of this agree­ment shall not void the re­main­ing pro­vi­sions.

1.F.6. IN­DEM­NI­TY - You agree to in­dem­ni­fy and hold the Foun­da­tion, the trade­mark own­er, any agent or em­ploy­ee of the Foun­da­tion, any­one pro­vid­ing copies of Project Guten­berg-​tm elec­tron­ic works in ac­cor­dance with this agree­ment, and any vol­un­teers as­so­ci­at­ed with the pro­duc­tion, pro­mo­tion and dis­tri­bu­tion of Project Guten­berg-​tm elec­tron­ic works, harm­less from all li­abil­ity, costs and ex­pens­es, in­clud­ing le­gal fees, that arise di­rect­ly or in­di­rect­ly from any of the fol­low­ing which you do or cause to oc­cur: (a) dis­tri­bu­tion of this or any Project Guten­berg-​tm work, (b) al­ter­ation, mod­ifi­ca­tion, or ad­di­tions or dele­tions to any Project Guten­berg-​tm work, and (c) any De­fect you cause.