Filosofia fundamental by Balmes, Jaime - Filosofia fundamental

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Filosofia fundamental

The Project Guten­berg EBook of Filosofia fun­da­men­tal, by Jaime Balmes

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Ti­tle: Filosofia fun­da­men­tal

Au­thor: Jaime Balmes

Re­lease Date: Oc­to­ber 5, 2004 [EBook #13608]

Lan­guage: Span­ish

Char­ac­ter set en­cod­ing: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTEN­BERG EBOOK FILOSOFIA FUN­DA­MEN­TAL ***

Pro­duced by Mi­ran­da van de Hei­jn­ing, Paz Bar­rios and the PG On­line Dis­tribut­ed Proof­read­ing Team.

FILOSOFÍA FUN­DA­MEN­TAL

por D. JAIME BALMES, PRES­BITERO.

TO­MO I.

Barcelona: IM­PRENTA DE A. BRUSI. 1848

PRÓL­OGO.

El tí­tu­lo de _Filosofía fun­da­men­tal_, no sig­nifi­ca una pre­ten­sion vanidosa, sino el ob­je­to de que se tra­ta. No me lison­jeo en _fun­dar_ de filosofía, pero me pro­pon­go ex­am­inar sus cues­tiones fun­da­men­tales; por es­to llamo á la obra: _Filosofía fun­da­men­tal_. Me ha im­pul­sa­do á pub­li­car­la el de­seo de con­tribuir á que los es­tu­dios filosó­fi­cos adquier­an en Es­paña may­or am­pli­tud de la que tienen en la ac­tu­al­idad; y de pre­venir, en cuan­to al­can­cen mis dé­biles fuerzas, un grave peli­gro que nos ame­naza: el de in­tro­ducirsenos una filosofía pla­ga­da de er­rores trascen­den­tales. A pe­sar de la tur­ba­cion de los tiem­pos, se no­ta en Es­paña un de­sar­rol­lo in­telec­tu­al que den­tro de al­gunos años se hará sen­tir con mucha fuerza; y es pre­ciso guardarnos de que los er­rores que se han ex­ten­di­do por mo­da, se ar­raiguen por prin­ci­pios. Tamaña calami­dad so­lo puede pre­ca­verse con es­tu­dios sóli­dos y bi­en di­rigi­dos: en nues­tra época el mal no se con­tiene con la so­la repre­sion; es nece­sario ahog­ar­le con la abun­dan­cia del bi­en. La pre­sente obra ¿po­drá con­ducir á este ob­je­to? El públi­co lo ha de juz­gar.

LI­BRO PRIMERO.

DE LA CERTEZA.

CAPÍ­TU­LO I.

IM­POR­TAN­CIA Y UTIL­IDAD DE LAS CUES­TIONES SO­BRE LA CERTEZA

[1.] El es­tu­dio de la filosofía debe comen­zar por el exá­men de las cues­tiones so­bre la certeza; antes de lev­an­tar el ed­ifi­cio es nece­sario pen­sar en el cimien­to.

Des­de que hay filosofía, es de­cir, des­de que los hom­bres re­flex­io­nan so­bre sí mis­mos y so­bre los seres que los rodean, se han ag­ita­do cues­tiones que tienen por ob­je­to la base en que es­trib­an los conocimien­tos hu­manos: es­to prue­ba que hay aquí di­fi­cul­tades se­rias. La es­ter­il­idad de los tra­ba­jos filosó­fi­cos no ha de­salen­ta­do á los in­ves­ti­gadores: es­to man­ifi­es­ta que en el úl­ti­mo tér­mi­no de la in­ves­ti­ga­cion, se di­visa un ob­je­to de al­ta im­por­tan­cia.

So­bre las cues­tiones in­di­cadas han cav­ila­do los filó­so­fos de la man­era mas ex­trav­agante; en pocas ma­te­rias nos ofrece la his­to­ria del es­píritu hu­mano tan­tas y tan lamenta­bles aber­ra­ciones. Es­ta con­sid­era­cion po­dria sug­erir la sospecha de que se­me­jantes in­ves­ti­ga­ciones na­da sóli­do pre­sen­tan al es­píritu y que so­lo sir­ven para al­imen­tar la vanidad del sofista. En la pre­sente ma­te­ria, co­mo en muchas otras, no doy de­masi­ada im­por­tan­cia á las opin­iones de los filó­so­fos, y es­toy lejos de creer que de­ban ser con­sid­er­ados co­mo legí­ti­mos rep­re­sen­tantes de la ra­zon hu­mana; pero no se puede ne­gar al menos, que en el ór­den in­telec­tu­al son la parte mas ac­ti­va del hu­mano lina­je. Cuan­do to­dos los filó­so­fos dis­putan, dis­putan en cier­to mo­do la hu­manidad mis­ma. To­do he­cho que afec­ta al lina­je hu­mano es dig­no de un exá­men pro­fun­do; de­spre­cia­rle por las cav­ila­ciones que le rodean, se­ria caer en la may­or de el­las: la ra­zon y el buen sen­ti­do no deben con­trade­cirse, y es­ta con­tradic­cion ex­is­tiria si en nom­bre del buen sen­ti­do se de­spre­cia­ra co­mo in­útil lo que ocu­pa la ra­zon de las in­teligen­cias mas priv­ile­giadas. Sucede con fre­cuen­cia que lo grave, lo sig­ni­fica­ti­vo, lo que hace med­itar á un hom­bre pen­sador, no son ni los re­sul­ta­dos de una dis­pu­ta, ni las ra­zones que en el­la se aducen, sino la ex­is­ten­cia mis­ma de la dis­pu­ta. Es­ta vale tal vez poco por lo que es en sí, pero quizás vale mu­cho por lo que in­di­ca.

[2.] En la cues­tion de la certeza es­tán encer­radas en al­gun mo­do to­das las cues­tiones filosó­fi­cas: cuan­do se la ha de­sen­vuel­to com­ple­ta­mente, se ha ex­am­ina­do ba­jo uno ú otro as­pec­to to­do lo que la ra­zon hu­mana puede con­ce­bir so­bre Dios, so­bre el hom­bre, so­bre el uni­ver­so. A primera vista se pre­sen­ta quizás co­mo un mero cimien­to del ed­ifi­cio cien­tí­fi­co: pero en este cimien­to, si se le ex­am­ina con aten­cion, se ve re­trata­do el ed­ifi­cio en­tero: es un plano en que se proyectan de una man­era muy vis­ible, y en her­mosa per­spec­ti­va, to­dos los sóli­dos que ha de sus­ten­tar.

[3.] Por mas es­ca­so que fuere el re­sul­ta­do di­rec­to é in­medi­ato de es­tas in­ves­ti­ga­ciones, es so­bre man­era útil el hac­er­las. Im­por­ta mu­cho acau­dalar cien­cia, pero no im­por­ta menos cono­cer sus límites. Cer­canos á los límites se hal­lan los es­col­los, y es­tos debe cono­cer­los el nave­gante. Los límites de la cien­cia hu­mana se de­scubren en el exá­men de las cues­tiones so­bre la certeza.

Al de­scen­der á las pro­fun­di­dades á que es­tas cues­tiones nos con­ducen, el en­tendimien­to se ofus­ca y el cora­zon se siente so­brecogi­do de un re­li­gioso pa­vor. Mo­men­tos antes con­tem­plábamos el ed­ifi­cio de los conocimien­tos hu­manos, y nos llenábamos de orgul­lo al ver­le con sus di­men­siones colos­ales, sus for­mas vis­tosas, su con­struc­cion galana y atre­vi­da; hemos pen­etra­do en él, se nos con­duce por hon­das cavi­dades, y co­mo si nos hal­láramos someti­dos á la in­flu­en­cia de un en­can­to, parece que los cimien­tos se adel­gazan, se evap­oran, y que el sober­bio ed­ifi­cio que­da flotan­do en el aire.

[4.] Bi­en se echa de ver que al en­trar en el exá­men de la cues­tion so­bre la certeza no de­sconoz­co las di­fi­cul­tades de que es­tá er­iza­da; ocul­tar­las no se­ria re­solver­las; por el con­trario, la primera condi­cion para hal­lar­les solu­cion cumpl­ida, es ver­las con to­da clar­idad, sen­tir­las con viveza. Que no se apoca el hu­mano en­tendimien­to por de­scubrir el bor­de mas al­lá del cual no le es da­do cam­inar; muy al con­trario es­to le el­eva y for­talece: así el in­trépi­do nat­ural­ista que en bus­ca de un ob­je­to ha pen­etra­do en las en­trañas de la tier­ra, siente una mez­cla de ter­ror y de orgul­lo al hal­larse sepul­ta­do en lóbre­gos sub­ter­rá­neos, sin mas luz que la nece­saria para ver so­bre su cabeza in­men­sas moles medio des­ga­jadas, y de­scur­rir á sus plan­tas abis­mos in­sond­ables.

En la os­curi­dad de los mis­te­rios de la cien­cia, en la mis­ma in­cer­tidum­bre, en los asaltos de la du­da que ame­naza ar­rebatarnos en un in­stante la obra lev­an­ta­da por el es­píritu hu­mano en el es­pa­cio de lar­gos sig­los, hay al­go de sub­lime que atrae y cau­ti­va. En la con­tem­pla­cion de es­os mis­te­rios se han sa­bore­ado en to­das épocas los hom­bres mas grandes: el ge­nio que ag­itara sus alas so­bre el Ori­ente, so­bre la Gre­cia, so­bre Ro­ma, so­bre las es­cue­las de los sig­los medios, es el mis­mo que se cierne so­bre la Eu­ropa mod­er­na. Pla­ton, Aristóte­les, san Agustin, Abelar­do, san Ansel­mo, san­to Tomás de Aquino, Luis Vives, Ba­con, Descartes, Male­branche, Leib­nitz; to­dos, ca­da cual á su man­era, se han sen­ti­do po­sei­dos de la in­spira­cion filosó­fi­ca, que in­spira­cion hay tam­bi­en en la filosofía, é in­spira­cion sub­lime.

To­do lo que con­cen­tra al hom­bre llamán­dole á el­eva­da con­tem­pla­cion en el san­tu­ario de su al­ma, con­tribuye á en­grande­cer­le, porque le de­spe­ga de los ob­je­tos ma­te­ri­ales, le re­cuer­da su al­to orí­gen, y le anun­cia su in­men­so des­ti­no. En un siglo de metáli­co y de go­ces, en que to­do parece en­cam­inarse á no de­sar­rol­lar las fuerzas del es­píritu, sino en cuan­to pueden servir á re­galar el cuer­po, con­viene que se renueven esas grandes cues­tiones, en que el en­tendimien­to di­va­ga con am­plísi­ma lib­er­tad por es­pa­cios sin fin.

So­lo la in­teligen­cia se ex­am­ina á sí propia. La piedra cae sin cono­cer su cai­da; el rayo cal­cí­na y pul­ver­iza, ig­no­ran­do su fuerza; la flor na­da sabe de su en­can­ta­do­ra her­mo­sura; el bru­to an­imal sigue sus in­stin­tos, sin pre­gun­tarse la ra­zon de el­los; so­lo el hom­bre, en frágil or­ga­ni­za­cion que aparece un mo­men­to so­bre la tier­ra para de­shac­erse luego en pol­vo, abri­ga un es­píritu que de­spues de abar­car el mun­do, an­sía por com­pren­der­se, encer­rán­dose en sí pro­pio, al­lí den­tro, co­mo en un san­tu­ario donde él mis­mo es á un tiem­po el orácu­lo y el con­sul­tor. Quién soy, qué ha­go, qué pien­so, por qué pien­so, có­mo pien­so, qué son es­os fenó­menos que ex­per­imen­to en mí, por qué es­toy su­je­to á el­los, cuál es su causa, cuál el ór­den de su pro­duc­cion, cuáles sus rela­ciones; hé aquí lo que se pre­gun­ta el es­píritu; cues­tiones graves, cues­tiones es­pinosas, es ver­dad; pero no­bles, sub­limes, perenne tes­ti­mo­nio de que hay den­tro nosotros al­go su­pe­ri­or á esa ma­te­ria in­erte, so­lo ca­paz de recibir movimien­to y var­iedad de for­mas, de que hay al­go que con su ac­tivi­dad ín­ti­ma, espon­tánea, rad­ica­da en su nat­uraleza mis­ma, nos ofrece la imá­gen de la ac­tivi­dad in­fini­ta que ha saca­do el mun­do de la na­da con un so­lo ac­to de su vol­un­tad[I].

CAPÍ­TU­LO II.

VER­DADERO ES­TA­DO DE LA CUES­TION.

[5.] ¿Es­ta­mos cier­tos de al­go? á es­ta pre­gun­ta re­sponde afir­ma­ti­va­mente el sen­ti­do co­mun. ¿En qué se fun­da la certeza? ¿có­mo la adqui­ri­mos? es­tas son dos cues­tiones difí­ciles de re­solver en el tri­bunal de la filosofía.

La cues­tion de la certeza encier­ra tres muy difer­entes, cuya con­fu­sion con­tribuye no poco á crear di­fi­cul­tades y á em­brol­lar ma­te­rias que, aun deslin­da­dos con suma ex­ac­ti­tud los var­ios as­pec­tos que pre­sen­tan, son siem­pre har­to com­pli­cadas y es­pinosas.

Para fi­jar bi­en las ideas con­viene dis­tin­guir con mu­cho cuida­do en­tre la ex­is­ten­cia de la certeza, los fun­da­men­tos en que es­tri­ba, y el mo­do con que la adqui­ri­mos. Su ex­is­ten­cia es un he­cho in­dis­putable; sus fun­da­men­tos son ob­je­to de cues­tiones filosó­fi­cas; el mo­do de adquirir­la es en mu­chos ca­sos un fenó­meno ocul­to que no es­tá su­je­to á la ob­ser­va­cion.

[6.] Aplique­mos es­ta dis­tin­cion á la certeza so­bre la ex­is­ten­cia de los cuer­pos.

Que los cuer­pos ex­is­ten, es un he­cho del cual no du­da nadie que es­té en su juicio. To­das las cues­tiones que se sus­citen so­bre este pun­to no harán vac­ilar la pro­fun­da con­vic­cion de que al rede­dor de nosotros ex­iste lo que lla­mamos mun­do cor­póreo: es­ta con­vic­cion es un fenó­meno de nues­tra ex­is­ten­cia, que no ac­ertare­mos quizás á ex­plicar, pero de­stru­ir­le nos es im­posi­ble: es­ta­mos someti­dos á él co­mo á una necesi­dad in­de­clin­able.

¿En qué se fun­da es­ta certeza? Aquí ya nos hal­lam­os no con un sim­ple he­cho, sino con una cues­tion que ca­da filó­so­fo re­suelve á su man­era: Descartes y Male­branche re­cur­ren á la ve­raci­dad de Dios; Locke y Condil­lac se atienen al de­sar­rol­lo y carác­ter pe­cu­liar de al­gu­nas sen­sa­ciones.

¿Có­mo adquiere el hom­bre es­ta certeza? no lo sabe: la po­seia antes de re­flex­ionar; oye con ex­trañeza que se sus­ci­tan dis­putas so­bre es­tas ma­te­rias; y jamás hu­biera po­di­do sospechar que se bus­case porque es­ta­mos cier­tos de la ex­is­ten­cia de lo que afec­ta nue­stros sen­ti­dos. En vano se le in­ter­ro­ga so­bre el mo­do con que ha he­cho tan pre­ciosa adqui­sion, se en­cuen­tra con el­la co­mo con un he­cho ape­nas dis­tin­to de su ex­is­ten­cia mis­ma. Na­da re­cuer­da del ór­den de las sen­sa­ciones en su in­fan­cia; se hal­la con el es­píritu de­sar­rol­la­do, pero ig­no­ra las leyes de este de­sar­rol­lo, de la propia suerte que na­da conoce de las que han pre­si­di­do á la gen­era­cion y crec­imien­to de su cuer­po.

[7.] La filosofía debe comen­zar no por dis­putar so­bre el he­cho de la certeza sino por la ex­pli­ca­cion del mis­mo. No es­tando cier­tos de al­go nos es ab­so­lu­ta­mente im­posi­ble dar un so­lo pa­so en ningu­na cien­cia, ni tomar una res­olu­cion cualquiera en los ne­go­cios de la vi­da. Un es­cép­ti­co com­ple­to se­ria un de­mente, y con de­men­cia ll­eva­da al mas al­to gra­do; im­posi­ble le fuera to­da co­mu­ni­ca­cion con sus se­me­jantes, im­posi­ble to­da se­rie or­de­na­da de ac­ciones ex­ter­nas, ni aun de pen­samien­tos ó ac­tos de la vol­un­tad. Con­signemos pues el he­cho, y no caig­amos en la ex­trav­agan­cia de afir­mar que en el um­bral del tem­plo de la filosofía es­tá sen­ta­da la locu­ra.

Al ex­am­inar su ob­je­to, debe la filosofía analizarle, mas no de­stru­ir­le; que si es­to hace se de­struye á sí propia. To­do raciocinio ha de ten­er un pun­to de apoyo, y este pun­to no puede ser sino un he­cho. Que sea in­ter­no ó ex­ter­no, que sea una idea ó un ob­je­to, el he­cho ha de ex­is­tir; es nece­sario comen­zar por supon­er al­go; á este al­go le lla­mamos he­cho: quien los nie­ga to­dos ó comien­za por du­dar de to­dos, se ase­me­ja al anatómi­co que antes de hac­er la dis­ec­cion que­mase el cadáver y aven­tase las cenizas.

[8.] En­tonces la filosofía, se dirá, no comien­za por un exá­men sino por una afir­ma­cion; sí, no lo niego, y es­ta es una ver­dad tan fe­cun­da que su consigna­cion puede cer­rar la puer­ta á muchas cav­ila­ciones y di­fundir abun­dante luz por to­da la teoría de la certeza.

Los filó­so­fos se ha­cen la ilu­sion de que comien­zan por la du­da; na­da mas fal­so; por lo mis­mo que pien­san afir­man, cuan­do no otra cosa, su propia du­da; por lo mis­mo que racioci­nan afir­man el en­lace de las ideas, es de­cir, de to­do el mun­do lógi­co.

Fichte, por cier­to na­da fá­cil de con­tentar, al tratarse del pun­to de apoyo de los conocimien­tos hu­manos, em­pieza no ob­stante por una afir­ma­cion, y así lo con­fiesa con una in­genuidad que le hon­ra. Hablan­do de la re­flex­ion que sirve de base á su filosofía, dice: «Las re­glas á que es­ta re­flex­ion se hal­la su­je­ta, no es­tán to­davía de­mostradas; se las supone táci­ta­mente ad­mi­ti­das. En su orí­gen mas re­ti­ra­do, se derivan de un prin­ci­pio _cuya le­git­im­idad_ no puede ser es­table­ci­da, sino ba­jo la condi­cion de que _el­las sean jus­tas_. Hay un cír­cu­lo, pero _cír­cu­lo in­evitable_. Y supuesto que es in­evitable, y que lo con­fe­samos fran­ca­mente, es per­mi­ti­do, para asen­tar el prin­ci­pio mas el­eva­do, _con­fi­arse á to­das las leyes de la lóg­ica gen­er­al_. En el camino donde va­mos á en­trar con la re­flex­ion, debe­mos par­tir de una proposi­cion cualquiera que nos sea con­ce­di­da por to­do el mun­do, sin ningu­na con­tradic­cion.» (Fichte, Doc­tri­na de la cien­cia, 1.ª parte, § 1).

[9.] La certeza es para nosotros una fe­liz necesi­dad; la nat­uraleza nos la im­pone, y de la nat­uraleza no se de­spo­jan los filó­so­fos. Vióse un dia Pir­ron acometi­do por un per­ro, y co­mo se de­ja supon­er, tu­vo buen cuida­do de apartarse, sin de­ten­erse á ex­am­inar si aque­llo era un per­ro ver­dadero ó so­lo una apari­en­cia; riéronse los cir­cun­stantes echán­dole en cara la in­con­gru­en­cia de su con­duc­ta con su doc­tri­na, mas Pir­ron les re­spondió con la sigu­iente sen­ten­cia que para el ca­so era muy pro­fun­da: «es difí­cil de­spo­jarse to­tal­mente de la nat­uraleza hu­mana.»

[10.] En bue­na filosofía, pues, la cues­tion no ver­sa so­bre la ex­is­ten­cia de la certeza, sino so­bre los mo­tivos de el­la y los medios de adquirir­la. Este es un pat­ri­mo­nio de que no pode­mos pri­varnos, aun cuan­do nos em­peñe­mos en re­pu­di­ar los tí­tu­los que nos garan­ti­zan su propiedad. ¿Quién no es­tá cier­to de que pien­sa, siente, quiere, de que tiene un cuer­po pro­pio, de que en su alrede­dor hay otros se­me­jantes al suyo, de que ex­iste el uni­ver­so cor­póreo? An­te­ri­or­mente á to­dos los sis­temas, la hu­manidad ha es­ta­do en pos­esion de es­ta certeza, y en el mis­mo ca­so se hal­la to­do in­di­vid­uo, aun cuan­do en su vi­da no llegue á pre­gun­tarse qué es el mun­do, qué es un cuer­po, ni en qué con­sis­ten la sen­sa­cion, el pen­samien­to y la vol­un­tad. De­spues de ex­am­ina­dos los fun­da­men­tos de la certeza, y re­cono­ci­das las graves di­fi­cul­tades que so­bre el­los lev­an­ta el raciocinio, tam­poco es posi­ble du­dar de to­do. No ha habido jamás un ver­dadero es­cép­ti­co en to­da la propiedad de la pal­abra.

[11.] Sucede con la certeza lo mis­mo que en otros ob­je­tos de los conocimien­tos hu­manos. El he­cho se nos pre­sen­ta de bul­to, con to­da clar­idad, mas no pen­etramos su ín­ti­ma nat­uraleza. Nue­stro en­tendimien­to es­tá abun­dan­te­mente pro­vis­to de medios para adquirir noti­cia de los fenó­menos así en el ór­den ma­te­ri­al co­mo en el es­pir­itu­al, y posee bas­tante per­spi­ca­cia para de­scubrir, deslin­dar y clasi­ficar las leyes á que es­tán su­je­tos; pero cuan­do tra­ta de el­evarse al conocimien­to de la es­en­cia mis­ma de las cosas, ó in­ves­ti­gar los prin­ci­pios en que se fun­da la cien­cia de que se glo­ría, siente que sus fuerzas se de­biliten, y co­mo que el ter­reno donde fi­ja su plan­ta, tiem­bla y se hunde.

Afor­tu­nada­mente el hu­mano lina­je es­tá en pos­esion de la certeza in­de­pen­di­en­te­mente de los sis­temas filosó­fi­cos, y no lim­ita­da á los fenó­menos del al­ma, sino ex­tendién­dose á cuan­to nece­si­ta­mos para di­ri­gir nues­tra con­duc­ta con re­spec­to á nosotros y á los ob­je­tos ex­ter­nos. Antes que se pen­sase en bus­car si habia certeza, to­dos los hom­bres es­ta­ban cier­tos de que pens­aban, que­ri­an, sen­tian, de que teni­an un cuer­po con movimien­to someti­do á la vol­un­tad, y de que ex­is­tia el con­jun­to de var­ios cuer­pos que se lla­ma uni­ver­so. Comen­zadas las in­ves­ti­ga­ciones, la certeza ha con­tin­ua­do la mis­ma en­tre to­dos los hom­bres, in­clu­sos los que dis­puta­ban so­bre el­la; ninguno de es­tos ha po­di­do ir mas al­lá que Pir­ron y en­con­trar fá­cil el de­spo­jarse de la nat­uraleza hu­mana.

[12.] No es posi­ble de­ter­mi­nar has­ta qué pun­to haya al­can­za­do á pro­ducir du­da so­bre al­gunos ob­je­tos el es­fuer­zo del es­píritu de cier­tos filó­so­fos em­peña­dos en luchar con la nat­uraleza; pero es bi­en cier­to: primero, que ninguno ha lle­ga­do á du­dar de los fenó­menos in­ter­nos cuya pres­en­cia sen­tia ín­ti­ma­mente; se­gun­do, que si al­guno ha po­di­do per­suadirse de que á es­tos fenó­menos no les cor­re­spon­dia al­gun ob­je­to ex­ter­no, es­ta habrá si­do una ex­cep­cion tan ex­traña que, en la his­to­ria de la cien­cia y á los ojos de una bue­na filosofía, no debe ten­er mas pe­so que las ilu­siones de un maniáti­co. Si á este pun­to llegó Berke­ley al ne­gar la ex­is­ten­cia de los cuer­pos, ha­cien­do tri­un­far so­bre el in­stin­to de la nat­uraleza las cav­ila­ciones de la ra­zon, el filó­so­fo de Cloyne, ais­la­do, y en oposi­cion con la hu­manidad en­tera, mere­ce­ria el dic­ta­do que con ra­zon se apli­ca á los que se hal­lan en situa­cion se­me­jante: la locu­ra por ser sub­lime no de­ja de ser locu­ra.

Los mis­mos filó­so­fos que ll­evaron mas lejos el es­cep­ti­cis­mo, han con­venido en la necesi­dad de aco­modarse en la prác­ti­ca á las apari­en­cias de los sen­ti­dos, rel­egan­do la du­da al mun­do de la es­pec­ula­cion. Un filó­so­fo dis­putará so­bre to­do, cuan­to se quiera; pero en ce­san­do la dis­pu­ta de­ja de ser filó­so­fo, con­tinúa sien­do hom­bre á se­me­jan­za de los demás, y dis­fru­ta de la certeza co­mo to­dos el­los. Asi lo con­fiesa Hume que ne­ga­ba con Berke­ley la ex­is­ten­cia de los cuer­pos: «Yo co­mo, dice, juego al cha­que­te, hablo con mis ami­gos, soy fe­liz en su com­pañía, y cuan­do de­spues de dos ó tres ho­ras de di­ver­sion vuel­vo á es­tas es­pec­ula­ciones, me pare­cen tan frias, tan vi­olen­tas, tan ridic­ulas, que no ten­go val­or para con­tin­uar­las. Me veo pues ab­so­lu­ta y nece­sari­amente forza­do á vivir, hablar y obrar co­mo los demás hom­bres en los ne­go­cios co­munes de la vi­da.» (Trata­do de la nat­uraleza hu­mana, to­mo 1.º).

[13.] En las dis­cu­siones so­bre la certeza es nece­sario pre­ca­verse con­tra el pru­ri­to pueril de con­mover los fun­da­men­tos de la ra­zon hu­mana. Lo que se debe bus­car en es­ta clase de cues­tiones es un conocimien­to pro­fun­do de los prin­ci­pios de la cien­cia y de las leyes que pres­iden al de­sar­rol­lo de nue­stro es­píritu. Em­peñarse en de­stru­ir es­tas leyes es de­scono­cer el ob­je­to de la ver­dadera filosofía; bas­ta que las someta­mos á nues­tra ob­ser­va­cion, de la propia suerte que de­ter­mi­namos las del mun­do ma­te­ri­al sin in­ten­cion de trastornar el ór­den ad­mirable que reina en el uni­ver­so. Los es­cép­ti­cos que comien­zan por du­dar de to­do para hac­er mas sól­ida su filosofía, se pare­cen á quien, cu­rioso de ob­ser­var y fi­jar con ex­ac­ti­tud los fenó­menos de la vi­da, se abriese sin piedad el pe­cho y apli­case el es­calpe­lo á su cora­zon pal­pi­tante.

La so­briedad es tan nece­saria al es­píritu para sus ade­lan­tos co­mo al cuer­po para su salud; no hay sabiduría sin pru­den­cia, no hay filosofía sin cor­du­ra. Ex­iste en el fon­do de nues­tra al­ma una luz div­ina que nos con­duce con ad­mirable acier­to, si no nos ob­sti­namos en apa­gar­la; su re­sp­lan­dor nos guia, y en lle­gan­do al límite de la cien­cia nos le mues­tra, hacién­donos leer con claros car­ac­téres la pal­abra _bas­ta_. No vayais mas al­lá; quien la ha es­crito es el Au­tor de to­dos los seres, el que ha es­table­ci­do las leyes que rigen al es­píritu co­mo al cuer­po, y que con­tiene en su es­en­cia in­fini­ta la úl­ti­ma ra­zon de to­do.

[14.] La certeza que pre­ex­iste á to­do exá­men no es cie­ga; antes por el con­trario, ó nace de la clar­idad de la vi­sion in­telec­tu­al, ó de un in­stin­to con­forme á la ra­zon: no es con­tra la ra­zon, es su basa. Cuan­do dis­cur­ri­mos, nue­stro es­píritu conoce la ver­dad por el en­lace de las proposi­ciones, co­mo si di­jéramos por la luz que re­fle­ja de unas ver­dades á otras. En la certeza prim­iti­va, la vi­sion es por luz di­rec­ta, no nece­si­ta de re­flex­ion.

Al consignar pues la ex­is­ten­cia de la certeza no hablam­os de un he­cho ciego, no quer­emos ex­tin­guir la luz en su mis­mo orí­gen, antes dec­imos que al­lí la luz es mas bril­lante que en sus rau­dales. Ten­emos á la vista un cuer­po cuyos re­sp­lan­dores ilu­mi­nan el mun­do en que vivi­mos; si se nos pi­de que ex­plique­mos su nat­uraleza y sus rela­ciones con los demás, ¿comen­zare­mos por apa­gar­le? Los físi­cos para bus­car la nat­uraleza de la luz y de­ter­mi­nar las leyes á que es­tá someti­da, no han comen­za­do por pri­varse de la luz mis­ma y pon­erse á os­curas.

[15.] Este méto­do de filoso­far tiene al­go de dog­ma­tismo, pero dog­ma­tismo tal que, co­mo hemos vis­to, tiene en su apoyo á los mis­mos Pir­ron, Hume, Fichte, mal de su gra­do. No es un sim­ple méto­do filosó­fi­co, es la sum­ision vol­un­taria á una necesi­dad in­de­clin­able de nues­tra propia nat­uraleza; es la com­bi­na­cion de la ra­zon con el in­stin­to, es la aten­cion si­multánea á las difer­entes vo­ces que re­sue­nan en el fon­do de nue­stro es­píritu. Pas­cal ha di­cho: «la nat­uraleza con­funde á los pir­róni­cos, y la ra­zon á los dog­máti­cos.» Este pen­samien­to que pasa por pro­fun­do, y que lo es ba­jo cier­to as­pec­to, encier­ra no ob­stante al­gu­na in­ex­ac­ti­tud. La con­fu­sion no es igual en am­bos ca­sos: la ra­zon no con­funde al dog­máti­co si no se la sep­ara de la nat­uraleza; y la nat­uraleza con­funde al pir­róni­co, ya so­la, ya uni­da con la ra­zon. El ver­dadero dog­máti­co comien­za por dar á la ra­zon el cimien­to de la nat­uraleza; em­plea una ra­zon que se conoce á sí mis­ma, que con­fiesa la im­posi­bil­idad de pro­bar­lo to­do, que no toma ar­bi­trari­amente el pos­tu­la­do que ha men­ester, sino que lo recibe de la nat­uraleza mis­ma. Así la ra­zon no con­funde al dog­máti­co que guia­do por el­la bus­ca el fun­da­men­to que la puede ase­gu­rar. Cuan­do la nat­uraleza con­funde á los pir­róni­cos at­es­tigua el tri­un­fo de la ra­zon de los dog­máti­cos, cuyo ar­gu­men­to prin­ci­pal con­tra aque­llos, es la voz de la mis­ma nat­uraleza. El pen­samien­to de Pas­cal se­ria mas ex­ac­to re­for­ma­do de es­ta man­era: «La nat­uraleza con­funde á los pir­róni­cos, y es nece­saria á la ra­zon de los dog­máti­cos.» Habria menos an­títe­sis, pero mas ver­dad. La necesi­dad de la nat­uraleza no la de­scono­cen los dog­máti­cos; sin es­ta basa la ra­zon na­da puede; para ejercer su fuerza ex­ige un pun­to de apoyo; con él ofre­cia Ar­químedes lev­an­tar la tier­ra; sin él la in­men­sa palan­ca no hu­biera movi­do un so­lo áto­mo (II).

CAPÍ­TU­LO III.

DOS CERTEZAS: LA DEL GÉNERO HU­MANO Y LA FILOSOFÍA.

[16.] La certeza no nace de la re­flex­ion; es un pro­duc­to espon­tá­neo de la nat­uraleza del hom­bre, y va ane­ja al ac­to di­rec­to de las fac­ul­tades in­telec­tuales y sen­si­ti­vas. Co­mo que es una condi­cion nece­saria al ejer­ci­cio de am­bas, y que sin el­la la vi­da es un caos, la poseemos in­stin­ti­va­mente y sin re­flex­ion al­gu­na, dis­fru­tan­do de este ben­efi­cio del Cri­ador co­mo de los demás que acom­pañan in­sep­ara­ble­mente nues­tra ex­is­ten­cia.

[17.] Es pre­ciso pues dis­tin­guir en­tre la certeza del género hu­mano, y la filosó­fi­ca; bi­en que hablan­do in­gen­ua­mente, no se com­prende bas­tante lo que pue­da valer una certeza hu­mana difer­ente de la del género hu­mano.

Pre­scin­di­en­do de los es­fuer­zos que por al­gunos in­stantes hace el filó­so­fo para de­scubrir la base de los hu­manos conocimien­tos, es fá­cil de no­tar que él mis­mo se con­funde luego con el co­mun de los hom­bres. Esas cav­ila­ciones no de­jan ras­tro en su es­píritu en lo to­cante á la certeza de to­do aque­llo de que es­tá cier­ta la hu­manidad. De­scubre en­tonces que no era una ver­dadera du­da lo que sen­tia, aunque quizás él mis­mo se hi­ciese la ilu­sion de lo con­trario; er­an sim­ples su­posi­ciones, na­da mas. En in­ter­rumpi­en­do la med­ita­cion, y aun si bi­en se ob­ser­va, mien­tras el­la du­ra, se hal­la tan cier­to co­mo el mas rús­ti­co, de sus ac­tos in­te­ri­ores, de la ex­is­ten­cia del cuer­po pro­pio, de los demás que rodean el suyo, y de mil otras cosas que con­sti­tuyen el cau­dal de conocimien­to nece­sario para los usos de la vi­da.

Des­de el niño de pocos años has­ta el varon de edad provec­ta y juicio maduro, pre­gun­ta­dles so­bre la certeza de la ex­is­ten­cia propia, de sus ac­tos, in­ter­nos y ex­ter­nos, de los pari­entes y ami­gos, del pueblo en que res­iden y de otros ob­je­tos que han vis­to, ó de que han oi­do hablar, no ob­ser­varéis vac­ila­cion al­gu­na; y lo que es mas, ni difer­en­cia de ningu­na clase, en­tre los gra­dos de se­me­jante certeza; de mo­do que si no tienen noti­cia de las cues­tiones filosó­fi­cas que so­bre es­tas ma­te­rias se ag­itan, leeréis en sus sem­blantes la ad­mira­cion y el asom­bro de que haya quien pue­da ocu­parse se­ri­amente en averiguar cosas tan _claras_.

[18.] Co­mo no es posi­ble saber de qué man­era se van de­sen­volvien­do las fac­ul­tades sen­si­ti­vas in­telec­tuales y morales de un niño, no es dable tam­poco de­mostrar _á pri­ori_, por el análi­sis de las op­era­ciones que en su es­píritu se re­al­izan, que á la for­ma­cion de la certeza no con­cur­ren los ac­tos re­fle­jos; pero no será difí­cil de­mostrar­lo por los in­di­cios que de sí ar­ro­ja el ejer­ci­cio de es­tas fac­ul­tades, cuan­do ya se hal­lan en mu­cho de­sar­rol­lo.

Si bi­en se ob­ser­va, las fac­ul­tades del niño tienen un hábito de obrar en un sen­ti­do di­rec­to, y no re­fle­jo, lo cual man­ifi­es­ta que su de­sar­rol­lo no se ha he­cho por re­flex­ion, sino di­rec­ta­mente.

Si el de­sar­rol­lo prim­iti­vo fuese por re­flex­ion, la fuerza re­flex­iva se­ria grande; y sin em­bar­go no sucede así: son muy pocos los hom­bres dota­dos de es­ta fuerza, y en la may­or parte es poco menos que nu­la. Los que lle­gan á ten­er­la, la adquieren con asid­uo tra­ba­jo, y no sin haberse vi­olen­ta­do mu­cho, para pasar del conocimien­to di­rec­to al re­fle­jo.

[19.] En­señad á un niño un ob­je­to cualquiera y lo percibe bi­en; pero lla­ma­dle la aten­cion so­bre la per­cep­cion mis­ma, y des­de luego su en­tendimien­to se os­curece y se con­funde.

Hag­amos la ex­pe­ri­en­cia. Supong­amos un niño á quien se en­señan los rudi­men­tos de la ge­ometría.--¿Ves es­ta figu­ra, que se cier­ra con las tres líneas? Es­to se lla­ma trián­gu­lo: las líneas tienen el nom­bre de la­dos, y es­os pun­tos donde se re­unen las líneas se apel­li­dan vér­tices de sus án­gu­los.--Lo com­pren­do bi­en.--¿Ves esa otra que se cier­ra con cu­atro líneas? es un cuadrilátero; el cual co­mo el trián­gu­lo, tiene tam­bi­en sus la­dos y sus vér­tices.--Muy bi­en.--¿Un cuadrilátero puede ser trián­gu­lo ó vice-​ver­sa?--Nó señor.--Jamás?--Jamás.--¿Y por qué?--¿No ve V. que aqui hay cu­atro y aqui tres la­dos? ¿có­mo pueden ser una mis­ma cosa?--Pero quién sabe?..... á tí te lo parece..... pero.....--¿Nó señor, no lo ve V. aqui? este tres, ese otro cu­atro, y no es lo mis­mo cu­atro que tres.

Ator­men­tad el en­tendimien­to del niño tan­to co­mo querais, no le sacaréis de su tema: siem­pre no­taréis su per­cep­cion y su ra­zon obran­do en sen­ti­do di­rec­to, es­to es, fi­ján­dose so­bre el ob­je­to; pero no lo­graréis que por sí so­lo diri­ja la aten­cion á los ac­tos in­te­ri­ores, que piense en su pen­samien­to, que com­bine ideas re­fle­jas, ni que en el­las busque la certeza de su juicio.

[20.] Y hé aquí un de­fec­to cap­ital del arte de pen­sar, tal co­mo se ha en­seña­do has­ta aho­ra. A una in­teligen­cia tier­na, se la ejerci­ta luego con lo mas difí­cil que ofrece la cien­cia, el re­flex­ionar: lo que es tan de­sac­er­ta­do co­mo si se comen­zase el de­sar­rol­lo ma­te­ri­al del niño, por los ejer­ci­cios mas ar­du­os de la gim­nás­ti­ca. El de­sar­rol­lo cien­tí­fi­co del hom­bre se ha de fun­dar so­bre el nat­ural, y este no es re­fle­jo sino di­rec­to.

[21.] Aplíquese la mis­ma ob­ser­va­cion al uso de los sen­ti­dos.

¿Oye Vd. qué músi­ca? dice el niño.--Có­mo, qué músi­ca?--No oye Vd.? es­tá Vd. sor­do?--A tí te lo parece.--Pero señor, ¡si se oye tan bi­en!... ¿có­mo es posi­ble?--Pero, ¿có­mo lo sabes?--Señor si lo oi­go!.....

Y de ese _lo oi­go_ no se le po­drá sacar, y no lo­graréis que vac­ile, ni que para de­shac­erse de las im­por­tu­nidades apele á ningun ac­to re­fle­jo: «yo la oi­go; ¿no la oye Vd.?» para él no hay mas ra­zon, y to­da vues­tra filosofía no val­dría tan­to co­mo la _ir­re­sistible fuerza_ de la sen­sa­cion que le ase­gu­ra de que hay músi­ca, y que quien lo dude, ó se chancea ó es­tá sor­do.

[22.] Si las fac­ul­tades del niño se hu­biesen de­sar­rol­la­do en una al­ter­na­ti­va de ac­tos di­rec­tos y re­fle­jos, si al irse cer­cio­ran­do de las cosas hu­biese pen­sa­do en al­go mas que en las cosas mis­mas, claro es que una con­tin­ua­cion de ac­tos se­me­jantes hu­biera de­ja­do huel­la en su es­píritu, y que al en­con­trarse en una situa­cion apremi­ado­ra en que se le pre­gunt­aban los mo­tivos de su certeza, hu­biera echa­do mano de los mis­mos medios que le sirvieron en el suce­si­vo de­sar­rol­lo de sus fac­ul­tades, se hu­biera de­sen­ten­di­do del ob­je­to, se hu­biera re­ple­ga­do so­bre sí mis­mo, y de un mo­do ú otro habria pen­sa­do en su pen­samien­to, y con­tes­ta­do á la di­fi­cul­tad en el mis­mo sen­ti­do. Na­da de es­to sucede; lo que in­di­ca que no han ex­is­ti­do tales ac­tos re­fle­jos, que no ha habido mas que las per­cep­ciones acom­pañadas de la con­cien­cia ín­ti­ma y de la certeza de el­las; pero to­do en con­fu­so, de una man­era in­stin­ti­va, sin na­da que pare­cerse pudiera á re­flex­iones filosó­fi­cas.

[23.] Y es de no­tar que lo que acon­tece al niño, se ver­ifi­ca tam­bi­en en los hom­bres adul­tos, por claro y de­spe­ja­do que sea su en­tendimien­to. Si no es­tán ini­ci­ados en las cues­tiones filosó­fi­cas, recibiréis á poca difer­en­cia las mis­mas re­spues­tas al pro­pon­er­les di­fi­cul­tades so­bre los ex­pre­sa­dos ob­je­tos, y aun so­bre muchísi­mos otros en que al pare­cer po­dria caber mas du­da. La ex­pe­ri­en­cia prue­ba mejor que to­dos los dis­cur­sos, que nadie adquiere la certeza por ac­to re­fle­jo.

[24.] Di­cen los filó­so­fos que las fuentes de la certeza son el sen­ti­do ín­ti­mo ó la con­cien­cia de los ac­tos, los sen­ti­dos ex­te­ri­ores, el sen­ti­do co­mun, la ra­zon, la au­tori­dad. Veamos con al­gunos ejem­plos lo que hay de re­fle­jo en to­das es­tas fuentes, có­mo pien­sa el co­mun de los hom­bres, y has­ta los mis­mos filó­so­fos, cuan­do no pien­san co­mo filó­so­fos sino co­mo hom­bres.

[25.] Una per­sona de en­tendimien­to claro, pero sin noti­cia de las cues­tiones so­bre la certeza, aca­ba de ver un mon­umen­to que de­ja en el al­ma una im­pre­sion vi­va y du­radera, _el Es­co­ri­al_ por ejem­plo. Al pon­der­ar lo gra­to del re­cuer­do, sus­ci­ta­dle du­das so­bre la ex­is­ten­cia de este en su es­píritu, y su cor­re­spon­den­cia, ya con el ac­to pasa­do de ver, ya con el ed­ifi­cio vis­to; es bi­en se­guro que si no pien­sa que os chanceais, le de­scon­cer­taréis com­ple­ta­mente hacién­dole sospechar que habeis per­di­do el juicio. En­tre cosas tan difer­entes co­mo son: la ex­is­ten­cia ac­tu­al del re­cuer­do, su cor­re­spon­den­cia con el ac­to pasa­do de ver, y la con­ve­nien­cia de to­do con el ed­ifi­cio vis­to, él no de­scubre difer­en­cia al­gu­na. Para este ca­so no sabe mas que un niño de seis años: «me acuer­do; lo vi; es tal co­mo lo re­cuer­do:» hé aquí to­da su cien­cia; na­da de re­flex­ion, na­da de sep­ara­cion, to­do di­rec­to y si­multá­neo.

Haced las su­posi­ciones que bi­en os parez­can, no sacaréis del co­mun de los hom­bres, con re­spec­to al sen­ti­do ín­ti­mo, mas que lo que habeis saca­do del re­cuer­do del Es­co­ri­al: «es asi y no hay mas.» Aquí no hay ac­tos re­fle­jos, la certeza acom­paña al di­rec­to; y to­das las re­flex­iones filosó­fi­cas no son ca­paces de añadir un adarme de se­guri­dad, á la que nos da la fuerza mis­ma de las cosas, el in­stin­to de la nat­uraleza.

[26.] Ejem­plo del tes­ti­mo­nio de los sen­ti­dos.

Se pre­sen­ta á nue­stros ojos un ob­je­to cualquiera, y si es­tá á la cor­re­spon­di­ente dis­tan­cia y con la luz su­fi­ciente, juzg­amos luego de su tamaño, figu­ra y col­or; quedán­donos muy se­guros de la ver­dad de nue­stro juicio, aun cuan­do en nues­tra vi­da no hayamos pen­sa­do en las teorías de las sen­sa­ciones, ni en las rela­ciones de nue­stros órganos en­tre sí y con los ob­je­tos ex­ter­nos. Ningun ac­to re­fle­jo acom­paña la for­ma­cion del juicio; to­do se hace in­stin­ti­va­mente, sin que in­ter­ven­gan con­sid­era­ciones filosó­fi­cas. Lo ve­mos y na­da mas; es­to nos bas­ta para la certeza. So­lo de­spues de haber mane­ja­do los li­bros donde se ven­ti­lan se­me­jantes cues­tiones, volve­mos la aten­cion so­bre nue­stros ac­tos; y aun es de no­tar, que es­ta aten­cion du­ra, in­terin nos ocu­pamos del análi­sis cien­tí­fi­co; pues en olvidán­donos de es­to, lo que sucede bi­en pron­to, en­tramos de nue­vo en la cor­ri­ente uni­ver­sal, y so­lo echamos mano de la filosofía en ca­sos muy con­ta­dos.

Nótese que aquí se habla de la certeza del juicio for­ma­do á con­se­cuen­cia de la sen­sa­cion, so­lo en cuan­to es­tá lig­ado con los usos de la vi­da, y de ningu­na man­era en lo to­cante á su may­or ó menor ex­ac­ti­tud con re­spec­to á la nat­uraleza de las cosas. Así, poco im­por­ta que los col­ores por ejem­plo, sean con­sid­er­ados co­mo cal­idades in­her­entes á los cuer­pos, aun cuan­do es­to sea ilu­sion; bas­ta que el juicio for­ma­do no al­tere en na­da nues­tras rela­ciones con los ob­je­tos, sea cual fuere la teoría filosó­fi­ca.

[27.] Ejem­plo del sen­ti­do co­mun.

En pres­en­cia de un con­cur­so nu­meroso, ar­ro­jad á la aven­tu­ra en el sue­lo un ca­jon de car­ac­téres de im­prenta, y de­cid á los cir­cun­stantes que re­sul­tarán es­critos los nom­bres de to­dos el­los; por una­nim­idad se reirán de vues­tra in­sen­satez; y ¿en qué se fun­dan? ¿han re­flex­ion­ado so­bre el fun­da­men­to de su certeza? Nó, de se­guro.

[28.] Ejem­plo de la ra­zon.

To­dos racioci­namos, y en mu­chos ca­sos con acier­to. Sin arte, sin re­flex­ion de ningu­na clase, dis­tin­guimos con fre­cuen­cia lo sóli­do de lo fútil, lo sofís­ti­co de lo con­cluyente. Para es­to no nece­si­ta­mos aten­der al cur­so que sigue nue­stro en­tendimien­to; sin ad­ver­tir­lo siquiera nos va­mos por el buen camino; y tal hom­bre habrá for­ma­do en su vi­da mil­lones de raciocin­ios muy rig­urosos y ex­ac­tos, que no habrá aten­di­do una so­la vez al mo­do con que racioci­na. Aun los mas ver­sa­dos en el ar­ti­fi­cio de la di­aléc­ti­ca se olvi­dan á menudo de el­la; la prac­ti­can quizás muy bi­en, pero sin aten­der ex­pre­sa­mente á ningu­na de sus re­glas.

[29.] Los ideól­ogos es­criben volúmenes en­teros so­bre las op­era­ciones de nue­stro en­tendimien­to; y es­tas op­era­ciones las eje­cu­ta el hom­bre mas rús­ti­co sin pen­sar que las hace. ¡Cuán­to no se ha es­crito so­bre la ab­strac­cion, so­bre la gen­er­al­iza­cion, so­bre los uni­ver­sales! Y no hay hom­bre que no ten­ga to­do es­to muy bi­en ar­reglado en su cabeza, aunque no sepa que ex­iste una cien­cia que lo ex­am­ina. En su lengua­je, hal­laréis ex­pre­sa­do lo uni­ver­sal y lo par­tic­ular, no­taréis que en su dis­cur­so ca­da cosa ocu­pa el puesto que le cor­re­sponde; sus ac­tos di­rec­tos no le ofre­cen di­fi­cul­tad. Pero lla­ma­dle la aten­cion so­bre es­os mis­mos ac­tos, so­bre la ab­strac­cion por ejem­plo: lo que en el ór­den di­rec­to del pen­samien­to era tan claro y lu­mi­noso, se con­vierte en un caos al pasar al ór­den re­fle­jo.

Se echa pues de ver que en el medio de suyo mas re­flex­ivo, cual es el raciocinio, obra muy poco la re­flex­ion, que tiene por ob­je­to el mis­mo ac­to que se ejerce.

[30.] Ejem­plo de la au­tori­dad.

Ningun habi­tante de pais­es civ­iliza­dos ig­no­ra que ex­iste una na­cion lla­ma­da _Inglater­ra_; y la may­or parte de el­los, no lo saben sino por haber­lo oi­do ó lei­do, es de­cir, por au­tori­dad. Claro es que la certeza de la ex­is­ten­cia de la Inglater­ra es tan­ta, que no la ex­cede la de los mis­mos ob­je­tos que se tienen á la vista; y sin em­bar­go, ¿cuán­tos son los que han pen­sa­do en el análi­sis de los fun­da­men­tos en que se apoya se­me­jante certeza? Muy pocos. ¿Y es­ta será may­or en los que se hayan ocu­pa­do de el­la que en los demás? Nó, se­gu­ra­mente. Luego en el pre­sente ca­so y otros in­fini­tos anál­ogos, para na­da in­ter­vienen los ac­tos re­fle­jos; la certeza se for­ma in­stin­ti­va­mente, sin el aux­ilio de ningun medio pare­ci­do á los filosó­fi­cos.

[31.] Es­tos ejem­plos man­ifi­es­tan que la hu­manidad en lo to­cante á la certeza, an­da por caminos muy difer­entes de los de la filosofía: el Cri­ador que ha saca­do de la na­da á los seres, los ha pro­vis­to de lo nece­sario para ejercer sus fun­ciones se­gun el lu­gar que ocu­pan en el uni­ver­so; y una de las primeras necesi­dades del ser in­teligente era la certeza de al­gu­nas ver­dades. ¿Qué se­ria de nosotros si al comen­zar á recibir im­pre­siones, al ger­mi­nar en nue­stro en­tendimien­to las primeras ideas, nos en­con­tráse­mos con el fatigoso tra­ba­jo de labrar un sis­tema que nos pusiese á cu­bier­to de la in­cer­tidum­bre? Si así fuese, nues­tra in­teligen­cia moriria al nac­er; porque en­vuelta en el caos de sus propias cav­ila­ciones en el mo­men­to de abrir los ojos á la luz, y cuan­do sus fuerzas son to­davía tan es­casas, no al­can­zaria á disi­par las nubes que se lev­an­tar­ian de to­dos la­dos, y acabar­ian por sumir­la en una com­ple­ta os­curi­dad.

Si los filó­so­fos mas aven­ta­ja­dos, si las in­teligen­cias mas claras y pen­etrantes, si los ge­nios de mas pu­jan­za y brio, han tra­ba­ja­do con tan es­ca­so fru­to por asen­tar los prin­ci­pios sóli­dos que pud­iesen servir de fun­da­men­to á las cien­cias, ¿qué sucediera si el Cri­ador no hu­biese acu­di­do á es­ta necesi­dad, proveyen­do de certeza á la tier­na in­teligen­cia, del pro­pio mo­do que para la con­ser­va­cion del cuer­po ha prepara­do el aire que le viv­ifi­ca, y la leche que le al­imen­ta?

[32.] Si al­gu­na parte de la cien­cia debe ser con­sid­er­ada co­mo pu­ra­mente es­pec­ula­ti­va, es sin du­da la que ver­sa so­bre la certeza: y es­ta proposi­cion por mas que á primera vista parez­ca una parado­ja, es sin em­bar­go una ver­dad na­da difí­cil de de­mostrar.

[33.] ¿Qué puede pro­pon­erse en este par­tic­ular la filosofía? ¿Pro­ducir la certeza? Es­ta ex­iste, in­de­pen­di­ente de to­dos los sis­temas filosó­fi­cos: nadie habia pen­sa­do en se­me­jantes cues­tiones, cuan­do la hu­manidad es­ta­ba ya cier­ta de in­fini­tas cosas. To­davía mas: de­spues de sus­ci­ta­da la cues­tion, han si­do pocos los que se han ocu­pa­do de el­la, com­para­dos con la to­tal­idad del género hu­mano: lo mis­mo sucede aho­ra, y suced­erá en ade­lante. Luego cuan­tas teorías se ex­cog­iten so­bre este pun­to en na­da pueden in­fluir en el fenó­meno de la certeza. Lo que se dice con re­spec­to á pro­ducir­la, puede ex­ten­der­se al in­ten­to de con­sol­idar­la. ¿Cuán­do han tenido ó ten­drán ni oca­sion ni tiem­po el co­mun de los hom­bres, para ocu­parse de se­me­jantes cues­tiones?

[34.] Si al­go hu­biera po­di­do pro­ducir la filosofía en es­ta parte, habria si­do el es­cep­ti­cis­mo; pues que la var­iedad y oposi­cion de los sis­temas er­an mas propias para en­gen­drar du­das que para disi­par­las. Afor­tu­nada­mente, la nat­uraleza se re­siste al es­cep­ti­cis­mo de una man­era in­su­per­able; y los sueños del gabi­nete de los sabios no tra­scien­den á los usos de la vi­da del co­mun de los hom­bres, ni aun de los mis­mos que los pade­cen ó los fin­gen.

[35.] El ob­je­to mas ra­zon­able que en es­ta cues­tion puede pro­pon­erse la filosofía es el ex­am­inar sim­ple­mente los cimien­tos de la certeza, so­lo con la mi­ra de cono­cer mas á fon­do al es­píritu hu­mano, sin lison­jearse de pro­ducir ningu­na al­teracion en la prác­ti­ca: á la man­era que los as­trónomos ob­ser­van la car­rera de los as­tros, y procu­ran averiguar y de­ter­mi­nar las leyes á que es­tá su­je­ta, sin que por es­to pre­suman poder mod­ifi­car­las.

[36.] Mas aun en es­ta su­posi­cion, se hal­la la filosofía en situa­cion na­da sat­is­fac­to­ria: porque si recor­damos lo que ar­ri­ba se ll­eva es­table­ci­do, echare­mos de ver que la cien­cia ob­ser­va un fenó­meno re­al y ver­dadero, pero le da una ex­pli­ca­cion gra­tui­ta, ha­cien­do de él un análi­sis imag­inario.

En efec­to, se ha de­mostra­do con la ex­pe­ri­en­cia que nue­stro en­tendimien­to no se guia por ningu­na de las con­sid­era­ciones que tienen pre­sentes los filó­so­fos; su asen­so, en los ca­sos en que va acom­paña­do de may­or certeza, es un fru­to espon­tá­neo de un in­stin­to nat­ural, no de com­bi­na­ciones; una ad­he­sion firme ar­ran­ca­da por la ev­iden­cia de la ver­dad, ó la fuerza del sen­ti­do ín­ti­mo ó el im­pul­so del in­stin­to, no una con­vic­cion pro­duci­da por una se­rie de raciocin­ios; luego esas com­bi­na­ciones y raciocin­ios, so­lo ex­is­ten en la mente del filó­so­fo, mas no en la re­al­idad; luego cuan­do se quieren señalar los cimien­tos de la certeza, se in­di­ca lo que tal vez pudiera ó de­biera haber, pero no lo que hay.

Si los filó­so­fos se guiasen por sus sis­temas y no se olvi­dasen ó no pre­scindiesen de el­los, tan pron­to co­mo aca­ban de ex­pli­car­los, y aun mien­tras los ex­pli­can, pudiera de­cirse que si no se da ra­zon de la certeza hu­mana, se da de la certeza filosó­fi­ca; pero lim­itán­dose los mis­mos filó­so­fos á us­ar de sus medios cien­tí­fi­cos, so­lo cuan­do los de­sen­vuel­ven en sus cát­edras, re­sul­ta que los pre­tendi­dos cimien­tos son una pu­ra tí­tu­lo que poco ó na­da tiene que ver con la re­al­idad de las cosas.

[37.] Es­ta de­mostra­cion de la vanidad de los sis­temas filosó­fi­cos en lo to­cante á los fun­da­men­tos de la certeza, lejos de con­ducir al es­cep­ti­cis­mo, ll­eva á un pun­to di­rec­ta­mente op­uesto: porque hacién­donos apre­ciar en su jus­to val­or la vanidad de las cav­ila­ciones hu­manas, y com­para­ndo su im­po­ten­cia con la ir­re­sistible fuerza de la nat­uraleza, nos aparta del necio orgul­lo de so­bre­pon­er­nos á las leyes dic­tadas por el Cri­ador á nues­tra in­teligen­cia, nos hace en­trar en el cauce por donde corre la hu­manidad en el tor­rente de los sig­los, y nos in­cli­na á acep­tar con una filosofía juiciosa, lo mis­mo que de to­dos mo­dos nos fuerzan á acep­tar las leyes de nues­tra nat­uraleza (III).

CAPÍ­TU­LO IV.

SI EX­ISTE LA CIEN­CIA TRASCEN­DEN­TAL EN EL ÓR­DEN IN­TELEC­TU­AL AB­SO­LU­TO.

[38.] Los filó­so­fos han bus­ca­do un primer prin­ci­pio de los conocimien­tos hu­manos: ca­da cual le ha señal­ado á su man­era, y de­spues de tan­ta dis­cu­sion, to­davía es du­doso quién ha ac­er­ta­do, y has­ta si ha ac­er­ta­do nadie.

Antes de pre­gun­tar cuál era el primer prin­ci­pio, era nece­sario saber si ex­is­tia. Es­ta úl­ti­ma cues­tion no puede supon­erse re­suelta en sen­ti­do afir­ma­ti­vo, pues co­mo ver­emos luego, es sus­cep­ti­ble de difer­entes res­olu­ciones se­gun el as­pec­to ba­jo el cual se la mi­ra.

El primer prin­ci­pio de los conocimien­tos puede en­ten­der­se de dos man­eras: ó en cuan­to sig­nifi­ca una ver­dad úni­ca de la cual naz­can to­das las demás; ó en cuan­to ex­pre­sa una ver­dad cuya su­posi­cion sea nece­saria, si no se quiere que de­sa­parez­can to­das las otras. En el primer sen­ti­do se bus­ca un man­an­tial del cual naz­can to­das las aguas que rie­gan una campiña; en el se­gun­do, se pi­de un pun­to de apoyo para afi­an­zar so­bre él un gran pe­so.

[39.] ¿Ex­iste una ver­dad de la cual di­ma­nen to­das las otras? En la re­al­idad, en el ór­den de los seres, en el ór­den in­telec­tu­al uni­ver­sal, sí; en el ór­den in­telec­tu­al hu­mano, nó.

[40.] En el ór­den de los seres hay una ver­dad orí­gen de to­das; porque la ver­dad es la re­al­idad, y hay un Ser, au­tor de to­dos los seres. Este ser es una ver­dad, la ver­dad mis­ma, la plen­itud de ver­dad; porque es el ser por es­en­cia, la plen­itud del ser.

Es­ta unidad de orí­gen la han re­cono­ci­do en cier­to mo­do to­das las es­cue­las filosó­fi­cas. Los ateos hablan de la fuerza de la nat­uraleza, los pan­teis­tas, de la sus­tan­cia úni­ca, de lo ab­so­lu­to, de lo in­condi­cional; un­os y otros han aban­don­ado la idea de Dios, y tra­ba­jan por reem­plazarla con al­go que sir­va de orí­gen á la ex­is­ten­cia del uni­ver­so y al de­sar­rol­lo de sus fenó­menos.

[41.] En el ór­den in­telec­tu­al uni­ver­sal hay una ver­dad de la cual di­manan to­das; es de­cir, que esa unidad de orí­gen de to­das las ver­dades, no so­lo se hal­la en las ver­dades re­al­izadas, ó en los seres con­sid­er­ados en sí mis­mos, sino tam­bi­en en el en­ca­de­namien­to de ideas que rep­re­sen­tan á es­tos seres. Por man­era que si nue­stro en­tendimien­to pud­iese el­evarse al conocimien­to de to­das las ver­dades, abrazán­dolas en su con­jun­to, en to­das las rela­ciones que las un­en, ve­ria que á pe­sar de la dis­per­sion en que se nos ofre­cen en las di­rec­ciones mas re­mo­tas y di­ver­gentes, en lle­gan­do á cier­ta al­tura van con­vergien­do á un cen­tro, en el cual se en­lazan, co­mo las made­jas de luz en el pun­to lu­mi­noso que las de­spi­de.

[42.] Los teól­ogos al pa­so que ex­pli­can los dog­mas de la Igle­sia, siem­bran á menudo en sus trata­dos doc­tri­nas filosó­fi­cas muy pro­fun­das. Así san­to Tomás en sus cues­tiones so­bre el en­tendimien­to de los án­ge­les, y en otras partes de sus obras, nos ha de­ja­do una teoría muy in­tere­sante y lu­mi­nosa. Se­gun él, á pro­por­cion que los es­píri­tus son de un ór­den su­pe­ri­or, en­tien­den por un menor número de ideas; y así con­tinúa la dis­min­ucion has­ta lle­gar á Dios, que en­tien­do por medio de una idea úni­ca, que es su mis­ma es­en­cia. De es­ta suerte se­gun el San­to Doc­tor, hay no so­lo un ser au­tor de to­dos los seres, sino tam­bi­en una idea úni­ca, in­fini­ta, que las encier­ra to­das. Quien la posea ple­na­mente lo verá to­do en el­la; pero co­mo es­ta plen­itud, que en tér­mi­nos teológi­cos se lla­ma com­pren­sion, es propia úni­ca­mente de la in­teligen­cia in­fini­ta de Dios, las criat­uras cuan­do en la otra vi­da al­can­cen la vi­sion beat­ífi­ca, que con­siste en la in­tu­icion de la es­en­cia div­ina, verán mas ó menos ob­je­tos en Dios se­gun sea la may­or ó menor per­fec­cion con que le posean. ¡Cosa ad­mirable! El dog­ma de la vi­sion beat­ífi­ca bi­en ex­am­ina­do, es tam­bi­en una ver­dad que der­ra­ma tor­rentes de luz so­bre las teorías filosó­fi­cas! El sueño sub­lime de Male­branche so­bre las ideas, era quizás una rem­inis­cen­cia de sus es­tu­dios teológi­cos.

[43.] La cien­cia trascen­den­tal, que las abraza y ex­pli­ca to­das, es una quimera para nue­stro es­píritu mien­tras habi­ta so­bre la tier­ra; pero es una re­al­idad para otros es­píri­tus de un ór­den su­pe­ri­or, y lo será para el nue­stro cuan­do de­spren­di­do del cuer­po mor­tal, llegue á las re­giones de la luz.

[44.] En cuan­to pode­mos con­je­tu­rar por analogías, ten­emos prue­bas de que ex­iste en efec­to esa cien­cia trascen­den­tal que las encier­ra to­das, y que á su vez se re­funde en un so­lo prin­ci­pio, ó mejor, en una so­la idea, en una so­la in­tu­icion. Ob­ser­van­do la es­cala de los seres, los gra­dos en que es­tán dis­tribuidas las in­teligen­cias in­di­vid­uales, y el suce­si­vo pro­gre­so de las cien­cias, se nos pre­sen­ta la imá­gen de es­ta ver­dad de una man­era muy no­table.

Uno de los car­ac­téres dis­tin­tivos de la in­teligen­cia es el gen­er­alizar, el percibir lo co­mun en lo vario, el re­ducir lo múlti­plo á la unidad; y es­ta fuerza es pro­por­cional al gra­do de in­teligen­cia.

[45.] El bru­to es­tá lim­ita­do á sus sen­sa­ciones, y á los ob­je­tos que se las cau­san. Na­da de gen­er­alizar, na­da de clasi­ficar, na­da que se eleve so­bre la im­pre­sion recibi­da, y el in­stin­to de sat­is­fac­er sus necesi­dades. El hom­bre, tan pron­to co­mo abre los ojos de su in­teligen­cia, percibe des­de luego un sin­número de rela­ciones; lo que ha vis­to en un ca­so lo apli­ca á otros difer­entes: gen­er­al­iza, encer­ran­do en una idea muchísi­mas otras. Quiere el niño al­can­zar un ob­je­to, no puede lle­gar á él; y al in­stante im­pro­visa su es­calera ar­ri­man­do una sil­la ó un ban­quil­lo. Un bru­to es­tará mi­ran­do largas ho­ras la ta­ja­da que le hechiza, pero que es­tá col­ga­da de­masi­ado al­to, sin que le ocur­ra que pudiera prac­ticar la mis­ma op­era­cion que el niño, y for­mar una es­calera. Si se le dispo­nen los ob­je­tos á propósi­to para subir, sube; pero es in­ca­paz de pen­sar que en situa­ciones se­me­jantes se debe eje­cu­tar la mis­ma op­era­cion. En un ca­so ve­mos un ser que tiene la idea gen­er­al de un _medio_ y de sus rela­ciones con el _fin_, y que cuan­do la nece­si­ta la em­plea; en el se­gun­do, ve­mos otro ser que tiene de­lante de sus ojos el fin y el medio, pero que no percibe su rela­cion, y que por con­sigu­iente no se el­eva so­bre la in­di­vid­ual­idad ma­te­ri­al de los ob­je­tos.

En el primero hay la per­cep­cion de la unidad; en el se­gun­do, no hay ningun la­zo que re­una la var­iedad de los he­chos par­tic­ulares.

En este ejem­plo tan sen­cil­lo se no­ta que la in­finidad de ca­sos, en que por es­tar el ob­je­to de­masi­ado al­to ofrece di­fi­cul­tad el al­can­zarle, los tiene re­duci­dos el niño á uno so­lo: posee por de­cir­lo así la fór­mu­la del pe­queño prob­le­ma.

Por cier­to que él no se da cuen­ta á sí mis­mo de es­ta fór­mu­la, es de­cir que no hace ac­to re­fle­jo so­bre el­la: pero en la re­al­idad la tiene, y la prue­ba es, que en ofre­cién­dose el ca­so, la apli­ca in­stan­tánea­mente. Aun mas: no le pon­gais de­lante un ob­je­to de­ter­mi­na­do, y habla­dle en gen­er­al de cosas de­masi­ado al­tas, in­dicán­dole veloz­mente unas tras otras; veréis que con la rapi­dez del relám­pa­go apli­ca siem­pre la idea gen­er­al de un medio aux­il­iar. Serán los bra­zos de sus padres, ó de un her­mano may­or, ó de un cri­ado; será una sil­la si es­tá en su casa, será un mon­ton de piedras si se hal­la en el cam­po; de to­do se vale, en to­do de­scubre la _rela­cion del medio con el fin_. Cuan­do el fin se pre­sen­ta, su aten­cion se vuelve in­stan­tánea­mente há­cia el medio; la idea gen­er­al, bus­ca un ca­so en que in­di­vid­ualizarse.

[46.] ¿Qué es un arte? ¿es un con­jun­to de re­glas para hac­er bi­en al­gu­na cosa? ¿y cuán­do es mas per­fec­to? lo es tan­to mas, cuan­to encier­ra may­or número de ca­sos en ca­da regla, y por con­sigu­iente cuan­to es menor el número de es­tas. Antes de que se hu­biesen for­mu­la­do las de la ar­qui­tec­tura, se habi­an con­stru­ido sin du­da ed­ifi­cios sóli­dos, her­mosos, y adap­ta­dos al uso á que se des­tin­aban: pero el gran pro­gre­so de la in­teligen­cia en lo rel­ati­vo á la con­struc­cion de ed­ifi­cios con­sis­tió en en­con­trar lo que teni­an de _co­mun_ los bi­en con­stru­idos; en fi­jar la causa de la solidez y de la belleza en sí mis­mas, pasan­do de lo in­di­vid­ual á lo uni­ver­sal, es de­cir, for­mán­dose ideas gen­erales de solidez y de belleza apli­ca­bles á un sin­nu­mero de ca­sos par­tic­ulares: sim­pli­fi­can­do.

[47.] Lo di­cho de la ar­qui­tec­tura, puede ex­ten­der­se á las demás artes lib­erales y mecáni­cas: en to­das se en­con­trará que el ade­lan­to de la in­teligen­cia se cifra en re­ducir á la unidad la mul­ti­pli­ci­dad, en hac­er que en el menor número de ideas posi­ble, se encierre el may­or número de apli­ca­ciones posi­ble. Por es­ta ra­zon los amantes de las le­tras y de las bel­las artes, se afanan en bus­ca de la idea de la belleza en gen­er­al, con la mi­ra de en­con­trar un tipo apli­ca­ble á to­dos los ob­je­tos lit­er­ar­ios y artís­ti­cos. Tam­bi­en pode­mos ob­ser­var que los que se ocu­pan de artes mecáni­cas, dis­cur­ren siem­pre por re­ducir sus pro­ced­imien­tos á pocas re­glas, y aquel se tiene por mas ade­lan­ta­do que al­can­za á com­bi­nar may­or var­iedad de los pro­duc­tos con mas sen­cillez en los medios, ha­cien­do de­pen­der de una so­la idea lo que otros tienen vin­cu­la­do con muchas. Al con­tem­plar una máquina que nos da ad­mirables pro­duc­tos con una com­bi­na­cion muy sen­cil­la, no trib­uta­mos menos el­ogios al artí­fice por lo se­gun­do que por lo primero: «es­to es mag­ní­fi­co, dec­imos, y lo mas asom­broso es la sen­cillez con que se eje­cu­ta.»

[48.] Hag­amos apli­ca­cion de es­ta doc­tri­na á las cien­cias nat­urales y ex­ac­tas.

El méri­to del sis­tema ac­tu­al de nu­mera­cion con­siste en encer­rar en una so­la idea la espre­sion de to­dos los números, ha­cien­do el val­or de ca­da guar­is­mo, décu­plo del que tiene á la derecha, y su­plien­do los hue­cos con el cero. La ex­pre­sion de la in­finidad de los números, es­tá re­duci­da á una so­la regla, fun­da­da en una so­la idea: la rela­cion del lu­gar con el décu­plo del val­or. La ar­it­méti­ca ha he­cho un grande ade­lan­to dis­min­uyen­do el número de sus op­era­ciones fun­da­men­tales por medio de los log­ar­it­mos: re­ducien­do á sumar y restar las de mul­ti­plicar y di­vidir. El ál­ge­bra no es mas que la gen­er­al­iza­cion de las ex­pre­siones y op­era­ciones ar­it­méti­cas: su sim­pli­fi­ca­cion. La apli­ca­cion del ál­ge­bra á la ge­ometría, es la gen­er­al­iza­cion de las ex­pre­siones ge­ométri­cas: las fór­mu­las de las líneas, de las fig­uras, de los cuer­pos, no son mas que la ex­pre­sion de su idea uni­ver­sal. En el­la, co­mo en un tipo con­ser­va el geóme­tra la idea ma­triz, gen­er­ado­ra, bás­tan­le las apli­ca­ciones mas sen­cil­las para for­mar cál­cu­los ex­ac­tos de to­das las líneas de la mis­ma clase que puedan ofrecérse­le en la prác­ti­ca. En la sen­cil­la ex­pre­sion dz/dx = A, apel­li­da­da co­efi­ciente difer­en­cial, se encier­ra la idea ma­triz del cál­cu­lo in­finites­imal; el­la di­manó de con­sid­era­ciones ge­ométri­cas, pero tan pron­to co­mo fué con­ce­bi­da en su uni­ver­sal­idad, es­par­ció so­bre to­dos los ramos de las matemáti­cas y de las cien­cias nat­urales un rau­dal de luz que hi­zo de­scubrir un nue­vo mun­do cuyos con­fines no se al­can­zan. La prodi­giosa fe­cun­di­dad de este cál­cu­lo di­mana de su sim­pli­ci­dad, de que gen­er­al­iza por de­cir­lo así de un golpe la mis­ma ál­ge­bra y la ge­ometría, re­unién­dolas en un so­lo pun­to que es la rela­cion de los límites de las difer­en­cias de to­da fun­cion.

[49.] Es­ta unidad de idea, es el ob­je­to de la am­bi­cion de la hu­mana in­teligen­cia, y una vez en­con­tra­da es el man­an­tial de los may­ores ade­lan­tos. La glo­ria de los ge­nios mas grandes se ha cifra­do en de­scubrir­la; el pro­gre­so de las cien­cias ha con­sis­ti­do en aprovechar­la. Vi­eta ex­pone y apli­ca el prin­ci­pio de la ex­pre­sion gen­er­al de las can­ti­dades ar­it­méti­cas; Descartes hace lo mis­mo con re­spec­to á las ge­ométri­cas; New­ton asien­ta el prin­ci­pio de la grav­ita­cion uni­ver­sal; él pro­pio, al mis­mo tiem­po que Leib­nitz, in­ven­ta el cál­cu­lo in­finites­imal; y las cien­cias nat­urales y ex­ac­tas alum­bradas por una grande an­tor­cha marchan á pa­sos agi­gan­ta­dos por caminos antes de­scono­ci­dos. ¿Y por qué? porque la in­teligen­cia se ha aprox­ima­do á la unidad, ha en­tra­do en pos­esion de una idea ma­triz en que se encier­ran otras in­fini­tas.

[50.] Es dig­no de no­tarse que á me­di­da que se va ade­lan­tan­do en las cien­cias se en­cuen­tran en­tre el­las nu­merosos pun­tos de con­tac­to, es­trechas rela­ciones que á primera vista nadie hu­biera po­di­do sospechar. Cuan­do los matemáti­cos an­tigu­os se ocu­pa­ban de las sec­ciones cóni­cas es­ta­ban muy lejos de creer que la idea de la elipse hu­biese de servir de base á un sis­tema as­tronómi­co; los fo­cos er­an sim­ples pun­tos, la cur­va una línea y na­da mas; las rela­ciones de aque­llos con es­ta, er­an ob­je­to de com­bi­na­ciones es­tériles, sin apli­ca­cion. Sig­los de­spues es­os fo­cos son el sol, y la cur­va las ór­bitas de los plan­etas. Las líneas de la mesa del geóme­tra rep­re­senta­ban un mun­do!.....

El ín­ti­mo en­lace de las cien­cias matemáti­cas con las nat­urales es un he­cho fuera de du­da; ¿y quién sabe has­ta qué pun­to se en­lazan unas y otras con las on­tológ­icas, psi­cológ­icas, teológ­icas y morales? La di­lata­da es­cala en que es­tán dis­tribui­dos los seres, y que á primera vista pudiera pare­cer un con­jun­to de ob­je­tos in­conex­os, va man­ifestán­dose á los ojos de la cien­cia co­mo una ca­de­na del­icada­mente tra­ba­ja­da cuyos es­labones pre­sen­tan suce­si­va­mente may­or belleza y per­fec­cion. Los difer­entes reinos de la nat­uraleza se mues­tran en­laza­dos con ín­ti­mas rela­ciones; así las cien­cias que los tienen por ob­je­to, se prestan recíp­ro­ca­mente sus luces, y en­tran al­ter­na­ti­va­mente la una en el ter­reno de la otra. La com­pli­ca­cion de los ob­je­tos en­tre sí, trae con­si­go esa com­pli­ca­cion de conocimien­tos; y la unidad de las leyes que rigen difer­entes ór­denes de seres, aprox­iman to­das las cien­cias y las en­cam­inan á for­mar una so­la. ¡Quién nos diera ver la iden­ti­dad de orí­gen, la unidad del fin, la sen­cillez de los caminos! En­tonces poseeríamos la ver­dadera cien­cia trascen­den­tal, la cien­cia úni­ca, que las encier­ra to­das; ó mejor di­re­mos, la idea úni­ca en que to­do se pin­ta tal co­mo es, en que to­do se ve sin necesi­dad de com­bi­nar, sin es­fuer­zo de ningu­na clase, co­mo en un clarísi­mo es­pe­jo se re­tra­ta un mag­ní­fi­co pais­age, con su tamaño, figu­ra y col­ores! En­tre­tan­to, nos es pre­ciso con­tentarnos con som­bras de la re­al­idad; y en el in­stin­to de nue­stro en­tendimien­to para sim­pli­ficar, para re­ducir­lo to­do ó aprox­imar­lo cuan­do menos á la unidad, debe­mos ver el in­di­cio, el anun­cio, de esa cien­cia úni­ca, de esa in­tu­icion de la idea úni­ca, in­fini­ta; así co­mo en el de­seo de fe­li­ci­dad que agi­ta nue­stro cora­zon, en la sed de gozar que nos ator­men­ta, hal­lam­os la prue­ba de que no aca­ba to­do aquí, de que nues­tra al­ma ha si­do cri­ada para la pos­esion de un bi­en que no se al­can­za en la vi­da mor­tal.

[51.] Lo mis­mo que hemos ob­ser­va­do en la es­cala de los seres, y en el pro­gre­so de las cien­cias, pode­mos no­tar­lo com­para­ndo hom­bres con hom­bres, y aten­di­en­do el carác­ter que ofrece el pun­to mas el­eva­do de la hu­mana in­teligen­cia: el ge­nio. Los hom­bres de ver­dadero ge­nio se dis­tinguen por la unidad y am­pli­tud de su con­cep­cion. Si tratan una cues­tion difí­cil y com­pli­ca­da, la sim­pli­fi­can y al­lanan toman­do un pun­to de vista el­eva­do, fi­jan­do una idea prin­ci­pal que co­mu­ni­ca luz á to­das las otras; si se pro­po­nen con­tes­tar á una di­fi­cul­tad, señalan la raíz del er­ror, y de­struyen con una pal­abra to­da la ilu­sion del sofis­ma; si em­plean la sín­te­sis, acier­tan des­de luego en el prin­ci­pio que ha de servir de base, y de un ras­go trazan el camino que se ha de seguir para lle­gar al re­sul­ta­do que se de­sea; si se valen del análi­sis ati­nan en el pun­to por donde debe em­pezar la de­scom­posi­cion, en el re­sorte ocul­to, y de un golpe por de­cir­lo asi, nos abren el ob­je­to, nos po­nen de man­ifiesto sus in­te­ri­or­idades mas recón­di­tas; si se tra­ta de una in­ven­cion, mien­tras los demás es­tán bus­can­do acá y ac­ul­lá, el­los hi­eren el sue­lo con el pie, y di­cen «el tesoro es­tá aquí.» Na­da de di­lata­dos raciocin­ios; na­da de rodeos: pocos pen­samien­tos, pero fe­cun­dos: pocas pal­abras, pero en ca­da una de el­las en­gas­ta­da una per­la de in­men­so val­or.

[52.] No cabe pues du­da al­gu­na de que en el ór­den in­telec­tu­al hay una ver­dad de la cual di­manan to­das las ver­dades, hay una idea que encier­ra to­das las ideas; así nos lo en­seña la filosofía, así nos los in­di­can los es­fuer­zos, las ten­den­cias nat­urales, in­stin­ti­vas, de to­da in­teligen­cia, cuan­do se afana por la sim­pli­fi­ca­cion y la unidad; así lo es­ti­ma el sen­ti­do co­mun, que con­sid­era tan­to mas al­to y no­ble el pen­samien­to, cuan­to es mas vas­to y mas uno (IV).

CAPÍ­TU­LO V.

NO EX­ISTE LA CIEN­CIA TRASCEN­DEN­TAL EN EL OR­DEN IN­TELEC­TU­AL HU­MANO NO PUEDE DI­MA­NAR DE LOS SEN­TI­DOS.

[53.] En el ór­den in­telec­tu­al hu­mano, mien­tras vivi­mos so­bre la tier­ra, no hay una ver­dad de la cual di­ma­nen to­das: en vano la han bus­ca­do los filó­so­fos; no la han en­con­tra­do porque no era posi­ble en­con­trar­la. Y en efec­to, ¿dónde se hal­lar­ia la de­sea­da ver­dad?

[54.] ¿Di­ma­nará de los sen­ti­dos?

Las sen­sa­ciones son tan varias co­mo los ob­je­tos que las pro­ducen. Por el­las adqui­ri­mos noti­cia de cosas in­di­vid­uales y ma­te­ri­ales; y en ningu­na de es­tas ni en las sen­sa­ciones que de el­las di­manan, puede hal­larse la ver­dad, fuente de to­das las demás.

[55.] Ob­ser­van­do las im­pre­siones que por los sen­ti­dos recibi­mos, pode­mos no­tar que con re­spec­to á pro­ducir certeza, to­das son iguales en­tre sí. Tan cier­tos es­ta­mos de la sen­sa­cion que nos causa un rui­do cualquiera co­mo de la pro­duci­da por la pres­en­cia de un ob­je­to á nue­stros ojos, de un cuer­po oloroso cer­cano al olfa­to, de uno sabroso apli­ca­do al pal­adar, ó de otro que afecte vi­va­mente el tac­to. En la certeza pro­duci­da por aque­llas sen­sa­ciones no hay grada­cion, to­das son iguales; porque si hablam­os de la sen­sa­cion mis­ma, es­ta la ex­per­imen­ta­mos de una man­era que no nos con­siente in­cer­tidum­bre; y si se tra­ta de la rela­cion de la sen­sa­cion con la ex­is­ten­cia del ob­je­to ex­ter­no que la causa, tan cier­tos es­ta­mos de que á la sen­sa­cion que se lla­ma _vi­sion_, cor­re­sponde un ob­je­to ex­ter­no _vis­to_, co­mo que á lo que se apel­li­da _tac­to_, cor­re­sponde un ob­je­to ex­ter­no _to­ca­do_.

Se in­fiere de lo di­cho, que no hay una sen­sa­cion orí­gen de la certeza de las demás; en este pun­to to­das son iguales; y para el co­mun de los hom­bres no hay mas ra­zon que los ase­gure de la certeza, sino que lo ex­per­imen­tan así. No ig­noro que lo suce­di­do con los in­di­vid­uos á quienes se ha he­cho la op­era­cion de las cataratas, in­di­ca que para apre­ciar de­bida­mente el ob­je­to _sen­ti­do_ no es su­fi­ciente la sim­ple sen­sa­cion, y que un­os sen­ti­dos aux­il­ian á los otros; pero es­to no prue­ba la pref­er­en­cia de ninguno de el­los; pues así co­mo el ciego á quien se dió re­penti­na­mente la vista, no forma­ba por la sim­ple vi­sion juicio ex­ac­to so­bre el tamaño y dis­tan­cia de los ob­je­tos vis­tos, sino que nece­sita­ba el aux­ilio del tac­to; así es muy prob­able que si suponemos á una per­sona con vista, pri­va­da de tac­to des­de su nacimien­to, y se lo damos de­spues re­penti­na­mente, tam­poco for­mará juicio ex­ac­to de los ob­je­tos to­ca­dos, has­ta que con el aux­ilio de la vista, se haya ido acos­tum­bran­do á com­bi­nar el nue­vo ór­den de sen­sa­ciones con el an­tiguo, apren­di­en­do con el ejer­ci­cio á fi­jar las rela­ciones de la sen­sa­cion con el ob­je­to y á cono­cer por medio de aque­lla las propiedades de este.

[56.] El mis­mo he­cho del ciego á quien se quitaron las cataratas, es­tá con­trari­ado por otros que con­ducen á un re­sul­ta­do di­rec­ta­mente op­uesto. La jóven á quien hi­zo la mis­ma op­era­cion el oculista Juan Janin, y un­os cie­gos de nacimien­to á quienes el pro­fe­sor Luis de Gre­gori resti­tuyó en parte la vista, no creyeron co­mo el ciego de Cheselden, que los ob­je­tos es­tu­viesen pe­ga­dos á sus ojos, sino que luego los vieron co­mo cosas real­mente ex­ter­nas y sep­aradas. Así lo re­fiere Ros­mi­ni (En­sayo so­bre el orí­gen de las ideas parte 5. cap. 4. To­mo, 2. p. 286 ci­tan­do el opús­cu­lo «de las cataratas de los cie­gos de nacimien­to, ob­ser­va­ciones teóri­co-​quími­cas, del pro­fe­sor de quími­ca y of­talmia Luis de Gre­gori, Ro­mano.» Ro­ma 1826); bi­en que dan­do la pref­er­en­cia al de Cheselden que dice fué ren­ova­do en Italia por el pro­fe­sor Ja­cobo de Pavía, con to­da dili­gen­cia y con el mis­mo re­sul­ta­do en to­das sus partes.

[57.] El mo­do con que es­ta com­bi­na­cion de unas sen­sa­ciones con otras nos en­seña á juz­gar bi­en de los ob­je­tos ex­ter­nos es difí­cil saber­lo: porque ca­bal­mente el de­sar­rol­lo de nues­tras fac­ul­tades sen­si­ti­vas é in­telec­tuales se ver­ifi­ca antes que po­damos re­flex­ionar so­bre él; y así nos en­con­tramos ya cier­tos de la ex­is­ten­cia y propiedades de las cosas, sin que hayamos pen­sa­do en la certeza, ni mu­cho menos en los medios de adquirir­la.

[58.] Pero aun suponien­do que de­spues nos ocu­pe­mos de las sen­sa­ciones mis­mas, y de sus rela­ciones con los ob­je­tos, pre­scin­di­en­do de la certeza que ya ten­emos y ha­cien­do co­mo que la bus­camos, es im­posi­ble hal­lar una sen­sa­cion que pue­da servir de pun­to de apoyo á la certeza de los demás. Las di­fi­cul­tades que es­tas nos ofrecier­an las en­con­traríamos en aque­lla.

[59.] El fi­jar las rela­ciones del sen­ti­do de la vista con el del tac­to, y el de­ter­mi­nar has­ta qué pun­to de­pen­den uno de otro, da lu­gar á cues­tiones que pien­so ex­am­inar mas aba­jo con al­gu­na ex­ten­sion; y por lo mis­mo me ab­sten­dré de en­trar en el­las por aho­ra, ya porque no son tales que puedan ven­ti­larse por in­ci­den­cia, ya tam­bi­en porque su res­olu­cion sea en el sen­ti­do que fuere, en na­da se opone á lo que me pro­pon­go es­table­cer aquí.

[60.] Na­da ade­lan­taríamos con saber que la certeza de to­das las sen­sa­ciones es­tá, filosó­fi­ca­mente hablan­do, vin­cu­la­da en una. To­da sen­sa­cion es un he­cho in­di­vid­ual con­tin­gente; ¿có­mo pode­mos sacar de él la luz para guiarnos á las ver­dades nece­sarias? Con­sid­érese ba­jo el as­pec­to que se quiera la sen­sa­cion, no es mas que la im­pre­sion que recibi­mos por con­duc­to de los órganos. De la im­pre­sion es­ta­mos se­guros porque es­tá in­ti­ma­mente pre­sente á nues­tra al­ma; de sus rela­ciones con el ob­je­to que la pro­duce, nos cer­cio­ramos por la repeti­cion de el­la, con el aux­ilio de otras sen­sa­ciones, ya del mis­mo sen­ti­do, ya de otros; pero to­do in­stin­ti­va­mente, con poca ó ningu­na re­flex­ion, y siem­pre con­de­na­dos, por mas que re­flex­ionemos, á lle­gar á un pun­to del cual no pode­mos pasar porque al­lí nos de­tiene la nat­uraleza.

[61.] Lejos pues de en­con­trar en ningu­na sen­sa­cion un he­cho fun­da­men­tal en que po­damos apo­yarnos para es­table­cer una certeza filosó­fi­ca, ve­mos un con­jun­to de he­chos par­tic­ulares, muy dis­tin­tos en­tre sí, pero que se pare­cen en cuan­to á pro­ducir en nosotros esa se­guri­dad que se lla­ma certeza. En vano es que se de­scom­pon­ga al hom­bre, que se le re­duz­ca primero á una máquina inan­ima­da, que luego se le otorgue un sen­ti­do hacién­dole percibir difer­entes sen­sa­ciones, que de­spues se le con­ce­da otro, hacién­dole com­bi­nar las nuevas con las an­tiguas, y así se pro­ce­da sin­téti­ca­mente has­ta lle­gar á la pos­esion y ejer­ci­cio de to­dos; es­tas cosas son bue­nas para en­treten­er la cu­riosi­dad, al­imen­tar pre­ten­siones filosó­fi­cas, y dar un vi­so de prob­abil­idad á sis­temas imag­inar­ios; pero en la re­al­idad se ade­lan­ta poco ó na­da: las evolu­ciones que fin­ge el ob­ser­vador, no se pare­cen á las de la nat­uraleza; y el ver­dadero filó­so­fo debe ex­am­inar, nó lo que en su con­cep­to pudiera haber, sino lo que hay.

Condil­lac an­iman­do pro­gre­si­va­mente su es­tat­ua y ha­cien­do di­ma­nar de una sen­sa­cion to­do el cau­dal de los conocimien­tos hu­manos, se parece á aque­llos sac­er­dotes que se oculta­ban den­tro de la es­tat­ua del ído­lo y des­de al­lí emi­tian sus orácu­los. No es la es­tat­ua que se va an­iman­do lo que pien­sa y habla, es Condil­lac que es­tá den­tro. Con­cedá­mosle al filó­so­fo sen­su­al­ista to­do lo que quiera; de­jé­mosle que ar­regle á su mo­do la de­pen­den­cia re­spec­ti­va de las sen­sa­ciones; to­do se le de­sconcier­ta des­de el mo­men­to en que le exigis que no dis­cur­ra sino con sen­sa­ciones puras, por mas que las supon­ga trans­for­madas. Pero re­serve­mos es­tas cues­tiones para el lu­gar en que ex­am­inare­mos la nat­uraleza y el orí­gen de las ideas.

[62.] ¿Por qué es­toy se­guro de que la gra­ta sen­sa­cion que ex­per­imen­to en el sen­ti­do del olfa­to pro­cede de un ob­je­to que se lla­ma _rosa_? Porque así me lo at­es­tigua el re­cuer­do de mil otras oca­siones en que he ex­per­imen­ta­do la mis­ma im­pre­sion, porque con el tes­ti­mo­nio del olfa­to es­tán de acuer­do el tac­to y la vista. Pero ¿có­mo puedo saber que es­tas sen­sa­ciones son al­go mas que im­pre­siones que recibe mi al­ma? ¿por qué no he de creer que viene de una causa cualquiera sin rela­cion á ob­je­tos ex­ter­nos? ¿Será porque di­cen lo con­trario los demás hom­bres? ¿Me con­sta que ex­is­tan? ¿Y có­mo saben el­los lo que me di­cen? ¿có­mo sé que los oi­go bi­en? La mis­ma di­fi­cul­tad que se ofrece con re­speto á los otros sen­ti­dos ex­iste en cuan­to al oi­do; si du­do del tes­ti­mo­nio de tres, ¿por qué no du­do del de cu­atro? No ade­lan­to pues na­da con el raciocinio; este me con­duciria á cav­ila­ciones tales, que me exi­giri­an una du­da im­posi­ble, que me ar­ran­car­ian una se­guri­dad de que no puedo de­spren­derme por mas es­fuer­zos que ha­ga.

Además, si para apo­yar la ver­dad de la sen­sa­cion ape­lo á los prin­ci­pios del raciocinio, ya sal­go del ter­reno de las sen­sa­ciones, ya no pon­go en es­tas la ver­dad prim­iti­va orí­gen de las otras, no cump­lo lo que habia ofre­ci­do.

[63.] De lo di­cho re­sul­ta: 1.º que no se en­cuen­tra una sen­sa­cion orí­gen de la certeza de las otras, lo que me he con­tenta­do con in­di­car­lo aquí, re­serván­dome de­mostrar­lo al tratar de las sen­sa­ciones; 2.° que aun cuan­do ex­istiese es­ta sen­sa­cion, no bas­taria á fun­dar na­da en el ór­den in­telec­tu­al, pues con las so­las sen­sa­ciones no es posi­ble ni aun pen­sar; 3.º que las sen­sa­ciones lejos de poder ser la basa de la cien­cia trascen­den­tal, no sir­ven por sí so­las para es­table­cer ningu­na cien­cia; pues de el­las, por ser he­chos con­tin­gentes, no pueden di­ma­nar las ver­dades nece­sarias (V).

CAPÍ­TU­LO VI.

CON­TINÚA LA DIS­CU­SION SO­BRE LA CIEN­CIA TRASCEN­DEN­TAL. IN­SU­FI­CIEN­CIA DE LAS VER­DADES REALES.

[64.] Ha si­do con­ve­niente re­batir de pa­so el sis­tema de Condil­lac, no por su im­por­tan­cia in­trínse­ca, ni porque no es­té ya bas­tante de­sa­cred­ita­do, sino para de­jar el cam­po li­bre á in­ves­ti­ga­ciones mas el­evadas, mas propi­amente filosó­fi­cas. Es pre­ciso no perder oca­sion de in­dem­nizar á la filosofía de los per­juicios que le ir­rog­ara un sis­tema tan vanidoso co­mo es­téril. To­do lo mas sub­lime de la cien­cia del es­píritu, de­sa­pare­cia con el _hom­bre-​es­tat­ua_, y las sen­sa­ciones trans­for­madas; vengue­mos pues los dere­chos de la ra­zon hu­mana, man­ife­stando que antes de en­trar en las cues­tiones mas trascen­den­tales, le es in­dis­pens­able descar­tar el sis­tema de Condil­lac; co­mo para con­stru­ir un buen camino se qui­ta ante to­do la broza que ob­struye el pa­so.

[65.] Va­mos aho­ra á pro­bar que en el ór­den in­telec­tu­al hu­mano, tal co­mo es en es­ta vi­da, no ex­iste ningun prin­ci­pio que sea fuente de to­das las ver­dades; porque no hay ningu­na ver­dad que las encierre to­das.

Las ver­dades son de dos clases: reales ó ide­ales. Llamo ver­dades reales á los he­chos, ó lo que ex­iste; llamo ide­ales el en­lace nece­sario de las ideas. Una ver­dad re­al puede ex­pre­sarse por el ver­bo _ser_ toma­do sus­tan­ti­va­mente, ó al menos supone una proposi­cion en que el ver­bo se haya toma­do en este sen­ti­do; una ver­dad ide­al se ex­pre­sa por el mis­mo ver­bo toma­do cop­ula­ti­va­mente, en cuan­to sig­nifi­ca la rela­cion nece­saria de un pred­ica­do con un su­je­to, pre­scin­di­en­do de la ex­is­ten­cia de uno y de otro. _Yo soy_, es­to es, _yo ex­is­to_, ex­pre­sa una ver­dad re­al, un he­cho. _Lo que pien­sa ex­iste_; ex­pre­sa una ver­dad ide­al, pues no se afir­ma que haya quien piense ni quien ex­ista, sino que si hay quien pien­sa, ex­iste; ó en otros tér­mi­nos, se afir­ma una rela­cion nece­saria en­tre el pen­samien­to y el ser. A las ver­dades reales cor­re­sponde el mun­do re­al, el mun­do de las ex­is­ten­cias; á las ide­ales el mun­do lógi­co, el de la posi­bil­idad.

El ver­bo _ser_ se toma á ve­ces cop­ula­ti­va­mente sin que la rela­cion que por él se ex­pre­sa sea nece­saria; así sucede en to­das las proposi­ciones con­tin­gentes, ó cuan­do el pred­ica­do no pertenece á la es­en­cia del su­je­to. A ve­ces la necesi­dad es condi­cional, es de­cir que supone un he­cho; y en tal ca­so tam­poco hay necesi­dad ab­so­lu­ta, pues el he­cho supuesto es siem­pre con­tin­gente. Cuan­do hablo de las ver­dades ide­ales, me re­fiero á las que ex­pre­san una rela­cion ab­so­lu­ta­mente nece­saria, pre­scin­di­en­do de to­do ór­den á la ex­is­ten­cia; y por el con­trario, com­pren­do en­tre las reales á to­das las que supo­nen una proposi­cion en que se haya es­table­ci­do un he­cho. A es­ta clase pertenecen las de las cien­cias nat­urales, por supon­er to­das al­gun he­cho ob­je­to de ob­ser­va­cion.

[66.] Ningu­na ver­dad re­al fini­ta puede ser orí­gen de to­das las demás. La ver­dad de es­ta clase es la ex­pre­sion de un he­cho par­tic­ular, con­tin­gente; y que por lo mis­mo no puede encer­rar en sí ni las demás ver­dades reales, ó sea el mun­do de las ex­is­ten­cias, ni tam­poco las ver­dades ide­ales, que so­lo se re­fieren á las rela­ciones nece­sarias en el mun­do de la posi­bil­idad.

[67.] Si nosotros viése­mos in­tu­iti­va­mente la ex­is­ten­cia in­fini­ta, causa de to­das las demás, cono­ceríamos una ver­dad re­al, orí­gen de las otras; pero co­mo es­ta ex­is­ten­cia in­fini­ta no la cono­ce­mos por in­tu­icion, sino por dis­cur­so, re­sul­ta que no cono­ce­mos el he­cho de la ex­is­ten­cia en que se con­tiene la ra­zon de to­das las demás ex­is­ten­cias. De­spues que por el dis­cur­so nos hemos el­eva­do á di­cho conocimien­to, tam­poco nos es posi­ble ex­plicar des­de aquel pun­to de vista la ex­is­ten­cia de lo fini­to por so­la la ex­is­ten­cia de lo in­fini­to; porque si pre­scindi­mos de la ex­is­ten­cia de lo fini­to, de­sa­parece el dis­cur­so por el cual nos habi­amos el­eva­do has­ta el conocimien­to de lo in­fini­to, y por con­sigu­iente se hunde to­do el ed­ifi­cio de nues­tra cien­cia. Dad á un hom­bre por medio del dis­cur­so la de­mostra­cion de la ex­is­ten­cia de Dios, y pe­di­dle que pre­scin­di­en­do del pun­to de par­ti­da, y fi­ján­dose so­lo en la idea de lo in­fini­to ex­plique la crea­cion, no so­lo en su posi­bil­idad sino en su re­al­idad, no lo po­drá ver­ificar. Con so­lo pre­scindir de lo fini­to se hunde to­do su dis­cur­so, sin que ningun es­fuer­zo sea bas­tante á evi­tar­lo; se hal­la en el ca­so de un ar­qui­tec­to á quien, ha­bi­en­do con­stru­ido una sober­bia cúpu­la, se le exigiese que la sos­tu­viera, qui­tan­do el cimien­to al ed­ifi­cio.

[68.] Tómese una ver­dad re­al cualquiera, el he­cho mas se­guro, mas cier­to para nosotros; na­da se puede sacar de él si no se le fe­cun­da con ver­dades ide­ales. Yo ex­is­to, yo pien­so, yo sien­to. Hé aqui he­chos in­dud­ables; pero ¿qué puede de­ducir de el­los la cien­cia? na­da: son he­chos par­tic­ulares, con­tin­gentes, cuya ex­is­ten­cia ó no ex­is­ten­cia, no afec­ta á los demás he­chos ni al­can­za al mun­do de las ideas.

Es­tas ver­dades son de puro sen­timien­to; en sí so­las na­da tienen que ver con el ór­den cien­tí­fi­co, y so­lo se el­evan has­ta él, cuan­do se las com­bi­na con ver­dades ide­ales. Descartes, al consignar el he­cho del pen­samien­to y de la ex­is­ten­cia, pasa­ba sin ad­ver­tir­lo, del ór­den re­al al ór­den ide­al, forza­do por su propósi­to de lev­an­tar el ed­ifi­cio cien­tí­fi­co. _Yo pien­so_, de­cia; si se hu­biese lim­ita­do á es­to, se habria re­duci­do su filosofía á una sim­ple in­tu­icion de su con­cien­cia; pero que­ria hac­er al­go mas, que­ria dis­cur­rir, y por necesi­dad ech­aba mano de una ver­dad ide­al: _Lo que pien­sa ex­iste_. Así fe­cund­aba el he­cho in­di­vid­ual, con­tin­gente, con la ver­dad uni­ver­sal y nece­saria; y co­mo habia men­ester una regla para con­ducirse en ade­lante, la bus­ca­ba en la le­git­im­idad de la ev­iden­cia de las ideas. Por donde se echa de ver co­mo este filó­so­fo, que con tan­to afan bus­ca­ba la unidad, se en­con­tra­ba des­de luego con la trip­li­ci­dad: _un he­cho, una ver­dad ob­je­ti­va, un cri­te­rio_. Un he­cho en la con­cien­cia del _yo_; una ver­dad ob­je­ti­va en la rela­cion nece­saria del pen­samien­to con la ex­is­ten­cia; un cri­te­rio, en la le­git­im­idad de la ev­iden­cia de las ideas.

Se puede de­safi­ar á to­dos los filó­so­fos del mun­do á que dis­cur­ran so­bre un he­cho cualquiera sin el aux­ilio de las ver­dades ide­ales. La es­ter­il­idad que hemos en­con­tra­do en el he­cho de la _con­cien­cia_, se hal­lará en to­dos los demás. Es­to no es una con­je­tu­ra, es una de­mostra­cion rig­urosa. So­lo una ex­is­ten­cia con­tiene la ra­zon de to­das las demás; en no cono­cién­dola pues de una man­era in­medi­ata, in­tu­iti­va, nos es im­posi­ble en­con­trar una ver­dad re­al orí­gen de to­das las otras.

[69.] Aun suponien­do que en el ór­den de la crea­cion hu­biese un he­cho prim­iti­vo de tal nat­uraleza que to­do el uni­ver­so no fuera mas que un sim­ple de­sar­rol­lo suyo, tam­poco habri­amos en­con­tra­do la ver­dad re­al, fuente de to­da cien­cia; pues con es­to na­da ade­lan­taríamos con re­spec­to al mun­do de la posi­bil­idad, es de­cir, al ór­den ide­al, in­fini­ta­mente may­or que el de las ex­is­ten­cias in­fini­tas.

Supong­amos que el pro­gre­so de las cien­cias nat­urales con­duz­ca al de­scubrim­ien­to de una ley sim­ple, úni­ca, que presi­da al de­sar­rol­lo de to­das las demás, y cuya apli­ca­cion, vari­ada se­gun las cir­cun­stan­cias, sea su­fi­ciente para dar ra­zon de to­dos los fenó­menos que aho­ra se re­ducen á muchas y muy com­pli­cadas. Este se­ria sin du­da un ade­lan­to in­men­so en las cien­cias que tienen por ob­je­to el mun­do vis­ible; ¿pero qué sabríamos por es­to del mun­do de las in­teligen­cias? ¿qué del mun­do de la posi­bil­idad? (VI).

CAPÍ­TU­LO VII.

ES­TER­IL­IDAD DE LA FILOSOFÍA DEL _yo_ PARA PRO­DUCIR LA CIEN­CIA TRASCEN­DEN­TAL.

[70.] El tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia es se­guro, ir­re­sistible, pero na­da tiene que ver con el de la ev­iden­cia. Aquel tiene por ob­je­to un he­cho par­tic­ular y con­tin­gente, este una ver­dad nece­saria. Que yo pien­so aho­ra, es ab­so­lu­ta­mente cier­to para mí; pero este pen­sar mio no es una ver­dad nece­saria sino muy con­tin­gente, ya que po­dia muy bi­en suced­er que jamás hu­biese pen­sa­do ni ex­is­ti­do; es un he­cho pu­ra­mente in­di­vid­ual, pues no sale de mí, y su ex­is­ten­cia y no ex­is­ten­cia en na­da afec­ta las ver­dades uni­ver­sales.

La con­cien­cia es un án­co­ra nó un faro; bas­ta para evi­tar el naufra­gio de la in­teligen­cia, nó para in­di­car­le el der­rotero. En los asaltos de la du­da uni­ver­sal, ahí es­tá la con­cien­cia que no de­ja pere­cer; pero si le pedís que os diri­ja, os pre­sen­ta he­chos par­tic­ulares, na­da mas.

Es­tos he­chos no tienen un val­or cien­tí­fi­co sino cuan­do se ob­je­ti­van, per­mí­taseme la ex­pre­sion; ó bi­en cuan­do re­flex­io­nan­do so­bre el­los el es­píritu, los baña con la luz de las ver­dades nece­sarias.

Yo pien­so; yo sien­to; yo soy li­bre; hé aquí he­chos; pero ¿qué sacais de el­los por sí so­los? na­da. Para fe­cun­dar­los es nece­sario que los tomeis co­mo una es­pecie de ma­te­ria de las ideas uni­ver­sales. El pen­samien­to se in­mov­iliza, se hiela, si no le ha­ceis an­dar con el im­pul­so de es­tas ideas; la sen­sa­cion os es co­mun con los bru­tos; y la lib­er­tad carece de ob­je­to, de vi­da, si no hay com­bi­na­cion de mo­tivos pre­sen­ta­dos por la ra­zon.

[71.] Aquí se en­cuen­tra la causa de la os­curi­dad y es­ter­il­idad de la filosofía ale­mana, des­de Fichte. Kant, se fi­ja­ba en el su­je­to, pero sin de­stru­ir la ob­je­tivi­dad en el mun­do in­te­ri­or; y por es­to su filosofía, si bi­en con­tiene mu­chos er­rores, ofrece al en­tendimien­to al­gunos pun­tos lu­mi­nosos; pero fué mas al­lá, se colocó en el _yo_, no sirvién­dose de la ob­je­tivi­dad sino en cuan­to le era nece­saria para es­table­cerse mas hon­da­mente en un sim­ple he­cho de con­cien­cia; así no en­con­tró mas que re­giones tene­brosas ó con­tradic­ciones.

La in­teligen­cia de hom­bres de tal­en­to se ha fati­ga­do en vano para hac­er bro­tar un rayo de luz de un pun­to con­de­na­do á la os­curi­dad. El _yo_ se man­ifi­es­ta á sí mis­mo por sus ac­tos; y para ser con­ce­bido de sí pro­pio no dis­fru­ta de ningun priv­ile­gio so­bre los seres dis­tin­tos de él, sino el de pre­sen­tar in­medi­ata­mente los he­chos que pueden con­ducir á su conocimien­to. ¿Qué sabria el al­ma de sí mis­ma, si no sin­tiera su pen­samien­to, su vol­un­tad, y el ejer­ci­cio de to­das sus fac­ul­tades? ¿Có­mo dis­curre so­bre su propia nat­uraleza sino fundán­dose en lo que le sum­in­is­tra el tes­ti­mo­nio de sus ac­tos? El _yo_ pues no es vis­to por sí pro­pio in­tu­iti­va­mente; no se ofrece á sus mis­mos ojos, sino me­di­anta­mente, es­to es por sus pro­pios ac­tos; es de­cir que en cuan­to á ser cono­ci­do, se hal­la en un ca­so se­me­jante al de los seres ex­ter­nos, que lo son por los efec­tos que nos cau­san.

El _yo_ con­sideran­do en sí, no es un pun­to lu­mi­noso; es un sus­ten­tácu­lo para el ed­ifi­cio de la ra­zon; mas nó la regla para con­stru­ir­le. La ver­dadera luz se hal­la en la ob­je­tivi­dad; pues en el­la es­tá propi­amente el blan­co del conocimien­to. El _yo_ no puede ni ser cono­ci­do, ni pen­sa­do de ningu­na man­era, sino en cuan­to se toma á sí mis­mo por ob­je­to, y por con­sigu­iente en cuan­to se colo­ca en la línea de los demás seres, para su­je­tarse á la ac­tivi­dad in­telec­tu­al que so­lo obra en fuerza de las ver­dades ob­je­ti­vas.

[72.] La in­teligen­cia no se con­cibe sin ob­je­tos al menos in­ter­nos; y es­tos ob­je­tos serán es­tériles, si el en­tendimien­to no con­cibe en el­los rela­ciones y por con­sigu­iente ver­dades. Es­tas ver­dades, no ten­drán ningun en­lace, serán he­chos suel­tos, si no en­trañan al­gu­na necesi­dad; y aun las rela­ciones que se re­fier­an á he­chos par­tic­ulares sum­in­istra­dos por la ex­pe­ri­en­cia, no serán sus­cep­ti­bles de ningu­na com­bi­na­cion, si al menos condi­cional­mente, no in­cluyen al­go de nece­sario. El bril­lo de la luz en el aposen­to en que es­cri­bo es en sí un he­cho par­tic­ular y con­tin­gente; y la cien­cia co­mo tal, no puede ocu­parse de él, sino su­je­tan­do el movimien­to de la luz á leyes ge­ométri­cas, es de­cir á ver­dades nece­sarias.

Luego el _yo_ en sí mis­mo, co­mo su­je­to, no es pun­to de par­ti­da para la cien­cia, aunque sea un pun­to de apoyo. Lo in­di­vid­ual no sirve para lo uni­ver­sal, ni lo con­tin­gente para lo nece­sario. La cien­cia del in­di­vid­uo A, es cier­to que no ex­is­tiria si el in­di­vid­uo A no ex­istiese; pero es­ta cien­cia que nece­si­ta del _yo_ in­di­vid­ual, no es la cien­cia propi­amente dicha, sino el con­jun­to de ac­tos in­di­vid­uales con que el in­di­vid­uo percibe la cien­cia. Mas lo percibido no es es­to; lo percibido es co­mun á to­das las in­teligen­cias; no nece­si­ta de este ó aquel in­di­vid­uo; el fon­do de ver­dades que con­sti­tuyen la cien­cia no ha naci­do de aquel con­jun­to de ac­tos in­di­vid­uales, he­chos con­tin­gentes que se pier­den cual go­tas im­per­cep­ti­bles en el océano de la in­teligen­cias.

¿Có­mo se quiere pues fun­dar la cien­cia so­bre el sim­ple _yo_ sub­je­ti­vo? ¿Có­mo de este _yo_ se quiere hac­er bro­tar el ob­je­to? El he­cho de la con­cien­cia na­da tiene que ver con la cien­cia, sino en cuan­to ofrece he­chos á los cuales se pueden aplicar los prin­ci­pios ob­je­tivos, uni­ver­sales, nece­sar­ios, in­de­pen­di­entes de to­da in­di­vid­ual­idad fini­ta, que con­sti­tuyen el pat­ri­mo­nio de la ra­zon hu­mana, pero que no han men­ester la ex­is­ten­cia de ningun hom­bre.

[73.] Analí­cense cuan­to se quiera los he­chos de la con­cien­cia, jamás se en­con­trará en el­los uno que pue­da en­gen­drar la luz cien­tí­fi­ca. Aquel ac­to será ó una per­cep­cion di­rec­ta ó re­fle­ja. Si es di­rec­ta, su val­or no es sub­je­ti­vo sino ob­je­ti­vo; no es el ac­to lo que fun­da la cien­cia, sino la ver­dad percibi­da, no el su­je­to sino el ob­je­to, no el _yo_ sino lo vis­to por el _yo_. Si el ac­to es re­fle­jo, supone otro ac­to an­te­ri­or, á saber, el ob­je­to de la re­flex­ion; no es pues aquel el prim­iti­vo sino este.

La com­bi­na­cion del ac­to di­rec­to con el re­fle­jo, tam­poco sirve para na­da cien­tí­fi­co, sino en cuan­to se somete á las ver­dades nece­sarias, ob­je­ti­vas, in­de­pen­di­entes del _yo_. ¿Qué es un ac­to in­di­vid­ual­mente con­sid­er­ado? un fenó­meno in­te­ri­or. Y ¿qué nos en­seña este fenó­meno sep­ara­do de las ver­dades ob­je­ti­vas? na­da. El fenó­meno rep­re­sen­ta al­go en la cien­cia, en cuan­to es con­sid­er­ado ba­jo las ideas gen­erales, de ser, de causa, de efec­to, de prin­ci­pio ó de pro­duc­to de ac­tivi­dad, de mod­ifi­ca­cion, de sus rela­ciones con su su­je­to que es el _sub­stra­tum_ de otros ac­tos se­me­jantes; es de­cir cuan­do es con­sid­er­ado co­mo un ca­so par­tic­ular, com­pren­di­do en las ideas gen­erales, co­mo un fenó­meno con­tin­gente, apre­cia­ble con el aux­ilio de las ver­dades nece­sarias, co­mo un he­cho es­per­imen­tal, al cual se apli­ca una teoría.

El ac­to re­fle­jo no es mas que el conocimien­to de un conocimien­to, ó sen­timien­to, ó de al­gun fenó­meno in­te­ri­or sea cual fuere; y así to­da re­flex­ion so­bre la con­cien­cia pre­supone ac­to an­te­ri­or di­rec­to. Este ac­to di­rec­to no tiene por ob­je­to el _yo_; luego el conocimien­to no tiene por prin­ci­pio fun­da­men­tal el _yo_, sino co­mo una condi­cion nece­saria (pues no puede haber pen­samien­to sin su­je­to pen­sante), mas nó co­mo ob­je­to cono­ci­do.

[74.] Es­tas con­sid­era­ciones der­rib­an por su cimien­to el sis­tema de Fichte y de cuan­tos toman el _yo_ hu­mano por pun­to de par­ti­da en la car­rera de las cien­cias. El _yo_ en sí mis­mo, no se nos pre­sen­ta; lo que cono­ce­mos de él lo sabe­mos por sus ac­tos, y en es­to par­tic­ipa de una cal­idad de los demás ob­je­tos, que no nos ofre­cen in­medi­ata­mente su es­en­cia sino lo que de el­la em­ana, por la ac­tivi­dad con que obran so­bre nosotros.

De es­ta man­era nos el­eva­mos por raciocinio al conocimien­to de las cosas mis­mas, guia­dos por las ver­dades ob­je­ti­vas y nece­sarias, que son la ley de nue­stro en­tendimien­to, el tipo de las rela­ciones de los seres, y por tan­to una regla se­gu­ra para juz­gar de el­los. ¿Qué sabe­mos de nue­stro es­píritu? que es sim­ple: ¿y es­to, có­mo lo sabe­mos? porque pien­sa, y lo com­puesto, lo múlti­plo, no puede pen­sar. Hé aquí co­mo cono­ce­mos el _yo_. La con­cien­cia nos man­ifi­es­ta su ac­tivi­dad pen­sado­ra; es­ta es la ma­te­ria sum­in­istra­da por el he­cho; pero luego viene el prin­ci­pio, la ver­dad ob­je­ti­va, ilu­mi­nan­do el he­cho, mostran­do la re­pug­nan­cia en­tre el pen­samien­to y la com­posi­cion, el en­lace nece­sario en­tre la sim­pli­ci­dad y la con­cien­cia.

Si bi­en se ob­ser­va, este raciocinio se apli­ca no so­lo al _yo_, sino á to­do ser que piense; y así es que la mis­ma de­mostra­cion la ex­ten­de­mos á to­dos; el _yo_ pues que la apli­ca no crea es­ta ver­dad, so­lo la conoce, y se conoce á sí pro­pio co­mo un ca­so par­tic­ular com­pren­di­do en la regla gen­er­al.

[75.] El pre­tender que del _yo_ sub­je­ti­vo sur­ja la ver­dad, es comen­zar por supon­er al _yo_ un ser ab­so­lu­to, in­fini­to, orí­gen de to­das las ver­dades, y ra­zon de to­dos los seres: lo que equiv­ale á comen­zar la filosofía di­vinizan­do el en­tendimien­to del hom­bre. Y co­mo á es­ta di­viniza­cion no tiene mas dere­cho un in­di­vid­uo que otro, el ad­mi­tir­la equiv­ale á es­table­cer el pan­teis­mo racional, que co­mo ver­emos en su lu­gar, dista poco ó na­da del pan­teis­mo ab­so­lu­to.

Suponien­do que las ra­zones in­di­vid­uales no son mas que fenó­menos de la ra­zon úni­ca y ab­so­lu­ta; y que por tan­to lo que lla­mamos es­píri­tus, no son ver­daderas sub­stan­cias, sino sim­ples mod­ifi­ca­ciones de un es­píritu úni­co, y las con­cien­cias par­tic­ulares meras apari­ciones de la con­cien­cia uni­ver­sal, se con­cibe por qué se bus­ca en el _yo_ la fuente de to­da ver­dad, y se in­ter­ro­ga á la con­cien­cia propia co­mo una es­pecie de orácu­lo por el cual habla la con­cien­cia uni­ver­sal. Pero la di­fi­cul­tad es­tá en que la su­posi­cion es gra­tui­ta: y que tratán­dose de bus­car la ra­zon de to­das las ver­dades, se prin­cip­ia por es­table­cer la mas in­com­pren­si­ble y re­pug­nante de las proposi­ciones. ¿Quién es ca­paz de per­suadirnos que nues­tras con­cien­cias no son mas que una mod­ifi­ca­cion de una ter­cera? ¿Quién nos hará creer que eso que lla­mamos el _yo_, es co­mun á to­dos los hom­bres, á to­dos los seres in­teligentes, y que no hay mas difer­en­cia que la de mod­ifi­ca­ciones de un ser ab­so­lu­to? Este ser ab­so­lu­to, ¿por qué no tiene con­cien­cia de to­das las con­cien­cias que com­prende? ¿Por qué ig­no­ra lo que encier­ra en sí, lo que le mod­ifi­ca? ¿Por qué se cree múlti­plo si es uno? ¿Dónde es­tá el la­zo de tan­ta mul­ti­pli­ci­dad? ¿Las con­cien­cias par­tic­ulares, ten­drán su unidad, su vín­cu­lo de to­do lo que les acon­tece, á pe­sar de no ser mas que mod­ifi­ca­ciones; y este vín­cu­lo, es­ta unidad, fal­tarán á la sub­stan­cia que el­las mod­if­ican?

[76.] Co­mo quiera, aun con la su­posi­cion del pan­teis­mo, na­da ade­lan­tan en sus pre­ten­siones los ami­gos de la filosofía del _yo_. Con su pan­teis­mo, le­git­iman por de­cir­lo así su pre­ten­sion, mas no lo­gran lo que pre­tenden. Se lla­man á sí mis­mos dios­es; y así tienen ra­zon en que en el­los es­tá la fuente de ver­dad; pero co­mo en su con­cien­cia no hay mas que una apari­cion de su di­vinidad, una so­la fase del as­tro lu­mi­noso, no pueden ver en el­la otra cosa que lo que se les pre­sen­ta; y su di­vinidad se en­cuen­tra su­je­ta á cier­tas leyes que la im­posi­bil­itan para dar la luz que la filosofía le pi­de.

[77.] Si in­ter­rog­amos nues­tra con­cien­cia so­bre las ver­dades nece­sarias, no­tare­mos que lejos de pre­tender ó fun­dar­las ó crear­las, las conoce, las con­fiesa in­de­pen­di­entes de sí mis­ma. Pense­mos en es­ta proposi­cion: «es im­posi­ble que á un mis­mo tiem­po, una cosa sea y no sea» y pre­gun­té­monos si la ver­dad de el­la nace de nue­stro pen­samien­to; des­de luego la con­cien­cia mis­ma re­sponde que no. Antes de que mi con­cien­cia ex­istiera, la proposi­cion era ver­dad; si yo no ex­istiese aho­ra, se­ria tam­bi­en ver­dad; cuan­do no pien­so en el­la, es tam­bi­en ver­dad; el _yo_ no es mas que un ojo que con­tem­pla el sol, pero que no es nece­sario para la ex­is­ten­cia del sol.

[78.] Otra con­sid­era­cion hay que de­mues­tra la es­ter­il­idad de to­da filosofía que busque en el so­lo _yo_ el orí­gen úni­co y uni­ver­sal de los conocimien­tos hu­manos. To­do conocimien­to ex­ige un ob­je­to; el conocimien­to pu­ra­mente sub­je­ti­vo es in­con­ce­bible; aun suponien­do iden­ti­dad en­tre el su­je­to y el ob­je­to, se nece­si­ta la du­al­idad de rela­cion, re­al ó con­ce­bi­da; es de­cir que el su­je­to en cuan­to cono­ci­do, es­té en cier­ta oposi­cion al menos con­ce­bi­da, con el mis­mo su­je­to en cuan­to conoce. Aho­ra bi­en; ¿cuál es el ob­je­to en el ac­to prim­iti­vo que se bus­ca? Es el _no yo_? En­tonces la filosofía del _yo_ en­tra en el cauce de las demás filosofías: pues en este _no yo_ es­tán las ver­dades ob­je­ti­vas, ¿Es el _yo_? En­tonces pre­guntare­mos, si es el _yo_ en sí, ó en sus ac­tos; si es el _yo_ en sus ac­tos, en­tonces la filosofía del _yo_ se re­duce á un análi­sis ide­ológi­co, na­da tiene de car­ac­terís­ti­co; si es el _yo_ en sí, di­re­mos que este no es cono­ci­do in­tu­iti­va­mente; y que menos que nadie pueden pre­tender á es­ta in­tu­icion, los que le lla­man el _ab­so­lu­to_. Para el­los mas que para los otros, es el _yo_ un abis­mo tene­broso. En vano os in­cli­nais so­bre este abis­mo y gri­tais para evo­car la ver­dad; el sor­do rui­do que os lle­ga á los oi­dos es el eco de vues­tra voz mis­ma, son vues­tras pal­abras que la hon­da cavi­dad os de­vuelve mas ahuecadas y mis­te­riosas.

[79.] En­tre es­tos filó­so­fos que se pier­den en vanas cav­ila­ciones, de­scuel­la el au­tor de la _Doc­tri­na de la cien­cia_, Fichte, de cuyo sis­tema ha di­cho con mucha gra­cia Madama de Stael, que se parece al­gun tan­to al dis­per­tar de la es­tat­ua de Pig­malion, que tocán­dose al­ter­na­ti­va­mente á sí mis­ma y á la piedra so­bre que es­tá sen­ta­da, dice: soy yo, no soy yo.

Fichte comien­za su obra tit­ula­da _Doc­tri­na de la cien­cia_, di­cien­do que se pro­pone bus­car el prin­ci­pio mas ab­so­lu­to, el prin­ci­pio ab­so­lu­ta­mente in­condi­cional de to­do conocimien­to hu­mano. Hé aquí un méto­do er­ró­neo; se comien­za por supon­er lo que se ig­no­ra, la unidad del prin­ci­pio, y ni aun se sospecha que en la basa del conocimien­to hu­mano puede haber una ver­dadera mul­ti­pli­ci­dad. Yo creo que la puede haber y la hay en efec­to, que las fuentes de nue­stro conocimien­to son varias, de ór­denes di­ver­sos, y que no es posi­ble lle­gar á la unidad, sino sal­ién­dose del hom­bre y re­mon­tán­dose á Dios. Lo repi­to, hay aqui una equiv­oca­cion en que se ha in­cur­ri­do con de­masi­ada gen­er­al­idad, re­sul­tan­do de el­la el fati­gar in­útil­mente los es­píri­tus in­ves­ti­gadores, y ar­ro­jar­los á sis­temas ex­trav­agantes.

Pocos filó­so­fos habrán he­cho un es­fuer­zo may­or que Fichte para lle­gar á este prin­ci­pio ab­so­lu­to. ¿Y qué con­sigu­ió? Lo diré fran­ca­mente; na­da: ó repite el prin­ci­pio de Descartes, ó se en­tre­tiene en un juego de pal­abras. Lás­ti­ma da el ver­le force­jar con tal ahin­co y con tan poco re­sul­ta­do. Ruego al lec­tor que ten­ga pa­cien­cia para seguirme en el exá­men de la doc­tri­na del filó­so­fo ale­man, no con la es­per­an­za de adquirir una luz que le guie en los senderos de la filosofía, sino para poder juz­gar con conocimien­to de causa, doc­tri­nas que tan­to rui­do meten en el mun­do.

«Si este prin­ci­pio, dice Fichte, es ver­dader­amente el mas ab­so­lu­to, no po­drá ser ni definido ni de­mostra­do. De­berá ex­pre­sar el ac­to que no se pre­sen­ta ni puede pre­sen­tarse en­tre las de­ter­mi­na­ciones em­píri­cas de nues­tra con­cien­cia; por el con­trario, so­bre él des­cansa to­da con­cien­cia, y so­lo él la hace posi­ble (1.° parte § 1.).«

Sin ningun an­tecedente, sin ningu­na ra­zon, sin tomarse siquiera la pe­na de in­dicar en qué se fun­da, ase­gu­ra Fichte que el primer prin­ci­pio de­berá ex­pre­sar un ac­to. ¿Por qué no po­dria ser una ver­dad ob­je­ti­va? es­to mere­cia cuan­do menos al­gun exá­men, ya que to­das las es­cue­las an­te­ri­ores, in­clu­so la de Descartes, no habi­an colo­ca­do el primer prin­ci­pio en­tre los ac­tos, sino en­tre las ver­dades ob­je­ti­vas. El mis­mo Descartes al consignar el he­cho del pen­samien­to y de la ex­is­ten­cia, echa mano de una ver­dad ob­je­ti­va. «Lo que pien­sa ex­iste» ó en otros tér­mi­nos: «Lo que no ex­iste, no puede pen­sar.»

[80.] La ob­ser­va­cion que pre­cede, señala uno de los vi­cios rad­icales de la doc­tri­na de Fichte y otros filó­so­fos ale­manes, que dan á la filosofía sub­je­ti­va, ó del su­je­to, una im­por­tan­cia que no merece. El­los acu­san á los demás de hac­er con de­masi­ada fa­cil­idad la tran­si­cion del su­je­to al ob­je­to, y olvi­dan que al pro­pio tiem­po el­los pasan del pen­samien­to ob­je­ti­vo al su­je­to puro, sin ningu­na ra­zon ni tí­tu­lo que los au­torice. Atenién­donos al cita­do pasaje de Fichte, ¿qué será un ac­to que no se pre­sen­ta, ni se puede pre­sen­tar en­tre las de­ter­mi­na­ciones em­píri­cas de nues­tra con­cien­cia? El prin­ci­pio bus­ca­do, por ser ab­so­lu­to, no se exime de ser cono­ci­do, pues si no lo cono­ce­mos, mal po­dremos afir­mar que es ab­so­lu­to; y si no se pre­sen­ta ni se puede pre­sen­tar en­tre las de­ter­mi­na­ciones em­píri­cas de nues­tra con­cien­cia, ni es, ni puede ser cono­ci­do. El hom­bre no conoce lo que no se pre­sen­ta en su con­cien­cia.

El prin­ci­pio ab­so­lu­to en que to­da con­cien­cia des­cansa y que la hace posi­ble, pertenece ó nó á la con­cien­cia. Si lo primero, sufre to­das las di­fi­cul­tades que afectan á los demás ac­tos de la con­cien­cia; si lo se­gun­do, no puede ser ob­je­to de ob­ser­va­cion, y por con­sigu­iente na­da sabe­mos de él.

Para lle­gar al ac­to prim­iti­vo, sep­aran­do del mis­mo to­do lo que no le pertenece real­mente, con­fiesa Fichte que es nece­sario supon­er valed­eras las re­glas de to­da re­flex­ion, y par­tir de una proposi­cion cualquiera de las muchas que se po­dri­an es­coger en­tre aque­llas que to­do el mun­do con­cede sin ningun reparo. «Con­cedién­dosenos es­ta proposi­cion, dice, se nos debe con­ced­er al mis­mo tiem­po co­mo ac­to, lo que quer­emos pon­er co­mo prin­ci­pio de la cien­cia del conocimien­to; y el re­sul­ta­do de la re­flex­ion debe ser que este ac­to nos sea con­ce­di­do co­mo prin­ci­pio, jun­to con la proposi­cion. Ponemos un he­cho cualquiera de la con­cien­cia em­píri­ca, y quita­mos de él una tras otra to­das las de­ter­mi­na­ciones em­píri­cas, has­ta que se re­duz­ca á to­da su pureza, sin con­tener mas que lo que el pen­samien­to no puede ab­so­lu­ta­mente ex­cluir y de lo que na­da puede quitar; (ibid.).»

Se ve por es­tas pal­abras que el filó­so­fo ale­man se pro­ponia el­evarse á un ac­to de con­cien­cia en­ter­amente puro, sin ningu­na de­ter­mi­na­cion. Es­to es im­posi­ble: ó Fichte toma el ac­to en un sen­ti­do muy la­to, en­ten­di­en­do por él el _sub­stra­tum_ de to­da con­cien­cia, en cuyo ca­so no hace mas que ex­pre­sar en otros tér­mi­nos la idea de sub­stan­cia; ó habla de un ac­to propi­amente di­cho, es­to es, de un ejer­ci­cio cualquiera de esa ac­tivi­dad, de esa espon­tanei­dad que sen­ti­mos den­tro de nosotros; y en este con­cep­to el ac­to de con­cien­cia no puede es­tar li­bre de to­da de­ter­mi­na­cion so pe­na de de­stru­ir su in­di­vid­ual­idad y su ex­is­ten­cia. No se pien­sa sin pen­sar al­go; no se quiere sin quer­er al­go; no se siente sin sen­tir al­go; no se re­flex­iona so­bre los ac­tos in­ter­nos, sin que la re­flex­ion se fi­je en al­go. En to­do ac­to de con­cien­cia hay de­ter­mi­na­cion: un ac­to del to­do puro, ab­strai­do de to­do, en­ter­amente in­de­ter­mi­na­do, es im­posi­ble, ab­so­lu­ta­mente im­posi­ble; ya sub­je­ti­va­mente, porque el ac­to de con­cien­cia aun con­sid­er­ado en el su­je­to, ex­ige una de­ter­mi­na­cion; ya ob­je­ti­va­mente, porque un ac­to se­me­jante es in­con­ce­bible co­mo in­di­vid­ual, y por tan­to co­mo ex­is­tente, pues que na­da de­ter­mi­na­do ofrece al es­píritu.

[81.] El ac­to in­de­ter­mi­na­do de Fichte no es mas que la idea de ac­to en gen­er­al; el filó­so­fo ale­man creyó haber he­cho un gran de­scubrim­ien­to cuan­do en el fon­do no con­ce­bia otra cosa que el prin­ci­pio de los ac­tos, es de­cir la idea de la sub­stan­cia apli­ca­da á ese ser ac­ti­vo cuya ex­is­ten­cia nos at­es­tigua la con­cien­cia mis­ma.

Si he de de­cir in­gen­ua­mente lo que pien­so, séame per­mi­ti­do man­ifes­tar que en mi con­cep­to Fichte con to­do el alam­bicar de su análi­sis, no ha he­cho ade­lan­tar un so­lo pa­so á la filosofía en la in­ves­ti­ga­cion del primer prin­ci­pio. Por lo di­cho has­ta aquí se echa de ver que es muy fá­cil de­ten­er­le con so­lo pedirle cuen­ta de las su­posi­ciones que hace des­de la primera pági­na de su li­bro. Sin em­bar­go, para pro­ced­er en la im­pug­na­cion con cumpl­ida leal­tad, no quiero ex­trac­tar sus ideas, sino de­jar­le que las ex­plique él mis­mo.

«To­do el mun­do con­cede la proposi­cion: A es A, así co­mo que A = A, porque es­to es lo que sig­nifi­ca la cópu­la lóg­ica, y es­to es ad­mi­ti­do sin re­flex­ion al­gu­na co­mo com­ple­ta­mente cier­to. Si al­guno pi­diese la de­mostra­cion, nadie pen­saria en dársela sino que se sos­ten­dria que es­ta proposi­cion es cier­ta ab­so­lu­ta­mente, es de­cir, sin ra­zon al­gu­na mas de­sar­rol­la­da. Pro­ce­di­en­do así in­con­testable­mente con el asen­timien­to gen­er­al, nos atribuimos el dere­cho de pon­er al­gu­na cosa ab­so­lu­ta­mente.»

«Al afir­mar que la proposi­cion prece­dente es cier­ta en sí, no se pone la ex­is­ten­cia de A. La proposi­cion A es A, no equiv­ale á es­ta A es, ó hay un A. (_Ser,_ puesto sin pred­ica­do, tiene un sig­nifi­ca­do muy dis­tin­to de _ser_ con pred­ica­do, se­gun ver­emos de­spues). Si se ad­mite que A des­igna un es­pa­cio com­pren­di­do en­tre dos rec­tas, la proposi­cion per­manece ex­ac­ta, aun cuan­do en este ca­so la proposi­cion A es, sea de una falsedad ev­idente. Lo que se pone es, que si A es, A es así. La cues­tion no es­tá en si A es ó nó; se tra­ta aquí nó del con­tenido de la proposi­cion, sino úni­ca­mente de su for­ma; nó de un ob­je­to del cual se sepa al­go, sino de lo que se sabe de to­do ob­je­to sea el que fuere.»

«De la certeza ab­so­lu­ta de la proposi­cion prece­dente re­sul­ta que en­tre el _si_ y el _así_ hay una rela­cion nece­saria: el­la es la que es­tá pues­ta ab­so­lu­ta­mente y sin otro fun­da­men­to; á es­ta rela­cion nece­saria la llamo pre­vi­so­ri­amente X.»

To­do este apara­to de análi­sis no sig­nifi­ca mas de lo que sabe un es­tu­di­ante de lóg­ica; es­to es, que en to­da proposi­cion la cópu­la, ó el ver­bo _ser_, no sig­nifi­ca la ex­is­ten­cia del su­je­to, sino su rela­cion con el pred­ica­do; para de­cirnos una cosa tan sen­cil­la no er­an nece­sarias tan­tas pal­abras, ni tan afec­ta­dos es­fuer­zos de en­tendimien­to, mu­cho menos tratán­dose de una proposi­cion idén­ti­ca. Pero teng­amos pa­cien­cia para con­tin­uar oyen­do al filó­so­fo ale­man.

«¿Este A es ó no es? na­da hay de­ci­di­do to­davía so­bre el par­tic­ular; se pre­sen­ta pues la sigu­iente cues­tion, ba­jo qué condi­cion A es?

«En cuan­to á X el­la es­tá en el _yo_ y es pues­ta por el _yo_; porque el _yo_ es quien juz­ga en la proposi­cion ex­pre­sa­da y has­ta juz­ga con ver­dad, con ar­reg­lo á X co­mo una ley; por con­sigu­iente X es da­da al _yo_; y sien­do pues­ta ab­so­lu­ta­mente y sin otro fun­da­men­to, debe ser da­da al _yo_ por el _yo_ mis­mo.»

[82.] A qué se re­duce to­da esa al­gar­abia? hé­lo aquí tra­duci­do al lengua­je co­mun; en las proposi­ciones de iden­ti­dad ó igual­dad, hay una rela­cion, el es­píritu la conoce, la juz­ga y fal­la so­bre lo demás con ar­reg­lo á el­la. Es­ta rela­cion es da­da á nue­stro es­píritu, en las proposi­ciones idén­ti­cas no nece­si­ta­mos de ningu­na prue­ba para el asen­so. To­do es­to es muy ver­dadero, muy claro, muy sen­cil­lo; pero cuan­do Fichte añade que es­ta rela­cion debe ser da­da al _yo_ por el mis­mo _yo_, afir­ma lo que no sabe ni puede saber. ¿Quién le ha di­cho que las ver­dades ob­je­ti­vas nos vienen de nosotros mis­mos? ¿tan lig­er­amente, de una so­la pluma­da, se re­suelve una de las prin­ci­pales cues­tiones de la filosofía, cual es la del orí­gen de la ver­dad? nos ha definido por ven­tu­ra el _yo_? nos ha da­do de él al­gu­na idea? Sus pal­abras ó no sig­nif­ican na­da ó ex­pre­san lo sigu­iente. Juz­go de una rela­cion; este juicio es­tá en mí; es­ta rela­cion co­mo cono­ci­da, y pre­scin­di­en­do de su ex­is­ten­cia re­al, es­tá en mí; to­do lo cual se re­duce á lo mis­mo que con mas sen­cillez y nat­ural­idad di­jo Descartes: «Yo pien­so, luego ex­is­to.»

[83.] Ex­am­inan­do de­tenida­mente las pal­abras de Fichte se ve con to­da clar­idad que na­da mas ade­lanta­ba so­bre lo di­cho por el filó­so­fo francés. «No sabe­mos, con­tinúa, si A es­tá puesto, ni có­mo lo es; pero de­bi­en­do X ex­pre­sar una rela­cion en­tre un pon­er de­scono­ci­do de A y un pon­er ab­so­lu­to del mis­mo A, en tan­to por lo menos que la rela­cion es pues­ta, A ex­iste en el _yo_, y es­tá puesto por el _yo_, lo mis­mo que X. X no es posi­ble sino rel­ati­va­mente á un A; es así que X es real­mente pues­ta en el _yo_; luego A debe es­tar puesto en el _yo_, si en él se en­cuen­tra la X.» ¡Qué lengua­je mas em­brol­la­do y mis­te­rioso para de­cir cosas muy co­munes! ¡cuán grande parece Descartes al la­do de Fichte! Am­bos comien­zan su filosofía por el he­cho de con­cien­cia que rev­ela la ex­is­ten­cia. El uno ex­pre­sa lo que pien­sa con clar­idad, con sen­cillez, en un lengua­je que to­do el mun­do en­tiende y no puede menos de en­ten­der; y el otro para hac­er co­mo que in­ven­ta, para no man­ifes­tarse dis­cípu­lo de nadie, se en­vuelve en una nube mis­te­riosa, rodea­da de tinieblas, y des­de al­lí con voz ahueca­da pro­nun­cia sus orácu­los. Descartes dice: «yo pien­so, de es­to no puedo du­dar, es un he­cho que me at­es­tigua mi sen­ti­do ín­ti­mo; na­da puede pen­sar sin ex­is­tir; luego yo ex­is­to.» Es­to es claro, es sen­cil­lo, in­gen­uo, es­to man­ifi­es­ta un ver­dadero filó­so­fo, un hom­bre sin afecta­cion ni pre­ten­siones. El otro dice: «déseme una proposi­cion cualquiera, por ejem­plo A es A» ex­pli­ca en segui­da que en las proposi­ciones el ver­bo ser no ex­pre­sa la ex­is­ten­cia ab­so­lu­ta del su­je­to, sino su rela­cion con el pred­ica­do; to­do con un apara­to de doc­tri­na, que cansa por su for­ma y hace reir por su es­ter­il­idad; ¿y para qué? para de­cirnos que A es­tá en el _yo_ porque la rela­cion del pred­ica­do con el su­je­to ó sea la X, no es posi­ble sino en un ser, pues que A sig­nifi­ca un ser cualquiera. Pong­amos en parangon los dos sil­ogis­mos. Descartes dice: «na­da puede pen­sar sin ex­is­tir, es así que yo pien­so, luego ex­is­to.» Fichte dice lit­eral­mente lo que sigue: «X no es posi­ble sino rel­ati­va­mente á un A; es así que X es real­mente puesto en el _yo_; luego A debe es­tar puesto en el _yo_.» ¿Cuál es en el fon­do la difer­en­cia? ningu­na, ¿Cuál es en la for­ma? la que va del lengua­je de un hom­bre sen­cil­lo á un hom­bre vano.

Repi­to que en el fon­do los sil­ogis­mos no son difer­entes. La may­or de Descartes es: «na­da puede pen­sar sin ex­is­tir.» No la prue­ba, y con­fiesa que no se puede pro­bar. La may­or de Fichte es: «X no es posi­ble sino rel­ati­va­mente á un A» ó en otros tér­mi­nos: una rela­cion de un pred­ica­do con un su­je­to, en cuan­to cono­ci­da, no es posi­ble sin un ser que conoz­ca. «De­bi­en­do X ex­pre­sar una rela­cion en­tre un _pon­er_ de­scono­ci­do de A, y un _pon­er_ ab­so­lu­to del mis­mo A, en tan­to por lo menos que _es­ta rela­cion es pues­ta_» es de­cir en tan­to que es cono­ci­da. ¿Y có­mo prue­ba Fichte que un _pon­er_ rel­ati­vo, supone un _pon­er_ ab­so­lu­to, es­to es, un su­je­to en que se _pon­ga_? Lo mis­mo que Descartes: de ningu­na man­era. No hay A rel­ati­vo, si no le hay ab­so­lu­to; na­da puede pen­sar sin ex­is­tir; es­to es claro, es ev­idente, y ni Descartes ni Fichte van mas al­lá.

La menor de Descartes es es­ta: yo pien­so; la prue­ba de es­ta menor no la da el filó­so­fo, se re­fiere al sen­ti­do ín­ti­mo y de al­lí con­fiesa que no puede pasar. La menor de Fichte, es la sigu­iente: X es real­mente pues­ta en el _yo_, lo que equiv­ale á de­cir, la rela­cion del pred­ica­do con el su­je­to es real­mente cono­ci­da por el _yo_; y co­mo la proposi­cion po­dia ser es­cogi­da á ar­bi­trio se­gun el mis­mo Fichte, sien­do in­difer­ente la una ó la otra, de­cir la rela­cion del pred­ica­do con el su­je­to es cono­ci­da por el _yo_, es lo mis­mo que de­cir una rela­cion cualquiera es cono­ci­da por el _yo_, lo que po­dia ex­pre­sarse en tér­mi­nos mas claros: _yo_ pien­so.

[84.] Y nótese bi­en; si hay aquí al­gu­na difer­en­cia, to­da la ven­ta­ja es­tá de parte del filó­so­fo francés. Descartes en­tiende por pen­samien­to to­do fenó­meno in­ter­no de que ten­emos con­cien­cia. Para consignar este he­cho, no nece­si­ta analizar proposi­ciones, ni con­fundir el en­tendimien­to, cuan­do ca­bal­mente es men­ester mas clar­idad y pre­ci­sion. Para lle­gar al mis­mo he­cho Fichte da lar­gos rodeos, Descartes lo señala con el de­do, y dice: aquí es­tá. Lo primero es pro­pio del sofista, lo se­gun­do del ge­nio.

Es­tas for­mas del filó­so­fo ale­man aunque poco á propósi­to para ilus­trar la cien­cia, no ten­dri­an otro in­con­ve­niente que el de fati­gar al lec­tor, si se las lim­itase á lo que hemos vis­to has­ta aquí; pero des­gra­ci­ada­mente, ese _yo_ mis­te­rioso que se nos hace apare­cer en el vestíbu­lo mis­mo de la cien­cia, y que á los ojos de la sana ra­zon, no es ni puede ser otra cosa que lo que fué para Descartes, á saber, el es­píritu hu­mano que conoce su ex­is­ten­cia por su pro­pio pen­samien­to, va di­latán­dose en manos de Fichte co­mo una som­bra gi­gan­tesca, que comen­zan­do por un pun­to aca­ba por ocul­tar su cabeza en el cielo y sus pies en el abis­mo. Ese _yo_ su­je­to ab­so­lu­to, es luego un ser que ex­iste sim­ple­mente porque se pone á sí mis­mo; es un ser que se crea á sí pro­pio, que lo ab­sorbe to­do, que lo es to­do, que se rev­ela en la con­cien­cia hu­mana co­mo en una de las in­fini­tas fas­es que com­parten la ex­is­ten­cia in­fini­ta.

Bas­ta la pre­sente in­di­ca­cion para dar á cono­cer las ten­den­cias del sis­tema de Fichte. Tratán­dose de la certeza y de sus fun­da­men­tos no se­ria opor­tuno ade­lan­tar lo que pien­so de­cir larga­mente en el lu­gar que cor­re­sponde, al ex­pon­er la idea de sus­tan­cia y refu­tar el pan­teis­mo.

Este es uno de los graves er­rores de la filosofía de nues­tra época; en to­das partes, y ba­jo to­dos los as­pec­tos, es men­ester com­bat­ir­le; y para hac­er­lo con fru­to con­viene de­ten­er­le en sus primeros pa­sos. Por es­to, he ex­am­ina­do con de­ten­cion la re­flex­ion fun­da­men­tal de Fichte en su _Doc­tri­na de la cien­cia_; de­spo­ján­dola de la im­por­tan­cia que el filó­so­fo pre­tende atribuir­le para es­table­cer so­bre el­la una cien­cia trascen­den­tal, pues que se lison­jea de poder de­ter­mi­nar el prin­ci­pio ab­so­lu­ta­mente in­condi­cional de to­dos los conocimien­tos hu­manos (VII).

CAPÍ­TU­LO VI­II.

LA IDEN­TI­DAD UNI­VER­SAL.

[85.] Para dar unidad á la cien­cia apelan al­gunos á la iden­ti­dad uni­ver­sal; pero es­to no es en­con­trar la unidad, sino refu­gia­rse en el caos.

Por de pron­to la iden­ti­dad uni­ver­sal, cuan­do no fuese ab­sur­da, es una hipóte­sis des­ti­tu­ida de fun­da­men­to. Ex­cep­to la unidad de la con­cien­cia, na­da en­con­tramos en nosotros que sea uno: muchedum­bre de ideas, de per­cep­ciones, de juicios, de ac­tos de vol­un­tad, de im­pre­siones las mas varias; es­to es lo que sen­ti­mos en nosotros; mul­ti­tud en los seres que nos rodean ó si se quiere en las apari­en­cias; es­to es lo que ex­per­imen­ta­mos con rela­cion á los ob­je­tos ex­ter­nos. ¿Dónde es­tán pues la unidad y la iden­ti­dad, si no se las en­cuen­tra ni en nosotros, ni fuera de nosotros?

[86.] Si se dice que to­do cuan­to se nos ofrece no son mas que fenó­menos, y que no al­can­zamos á la re­al­idad, á la unidad idén­ti­ca y ab­so­lu­ta que se ocul­ta de­ba­jo de el­los, se puede replicar con el sigu­iente dile­ma: ó nues­tra ex­pe­ri­en­cia se limi­ta á los fenó­menos, ó lle­ga á la nat­uraleza mis­ma de las cosas; si lo primero, no pode­mos saber lo que ba­jo los fenó­menos se es­conde, y la unidad idén­ti­ca y ab­so­lu­ta nos será de­scono­ci­da; si lo se­gun­do, luego la nat­uraleza no es una sino múlti­pla, pues que en­con­tramos por to­das partes la mul­ti­pli­ci­dad.

[87.] Es cu­rioso ob­ser­var la ligereza con que hom­bres es­cép­ti­cos en las cosas mas sen­cil­las, se con­vierten de re­pente en dog­máti­cos, pre­cisa­mente al lle­gar al pun­to donde mas mo­tivos se ofre­cen de du­da. Para el­los el mun­do ex­te­ri­or es ó una pu­ra apari­en­cia, ó un ser que na­da tiene de se­me­jante á lo que se figu­ra el lina­je hu­mano; el cri­te­rio de la ev­iden­cia, el del sen­ti­do co­mun, el del tes­ti­mo­nio de los sen­ti­dos son de es­casa im­por­tan­cia para obli­gar al asen­so; so­lo el vul­go debe con­tentarse con fun­da­men­tos tan ligeros: el filó­so­fo nece­si­ta otros mu­cho mas ro­bus­tos. Pero, ¡cosa sin­gu­lar! el mis­mo filó­so­fo que llam­aba á la re­al­idad apari­en­cia en­gañosa, que veia os­curo lo que el hu­mano lina­je con­sid­era claro, tan pron­to co­mo sale del mun­do fenom­enal y lle­ga á las re­giones de lo ab­so­lu­to, se en­cuen­tra alum­bra­do por un re­sp­lan­dor mis­te­rioso, no nece­si­ta dis­cur­rir, sino que por una in­tu­icion purísi­ma ve lo in­condi­cional, lo in­fini­to, lo úni­co, en que se re­funde to­do lo múlti­plo, la gran re­al­idad cimien­to de to­dos los fenó­menos, el gran to­do que en su seno tiene la var­iedad de to­das las ex­is­ten­cias, que lo rea­sume to­do, que lo ab­sorbe to­do en la mas per­fec­ta iden­ti­dad; fi­ja la mi­ra­da del filó­so­fo en aquel fo­co de luz y de vi­da, ve de­sar­rol­larse co­mo en in­men­sas oleadas el piéla­go de la ex­is­ten­cia, y así ex­pli­ca lo vario por lo uno, lo com­puesto por lo sim­ple, lo fini­to por lo in­fini­to. Para es­tos prodi­gios no ha men­ester salir de sí pro­pio, le bas­ta ir de­struyen­do to­do lo _em­píri­co_, re­mon­tarse has­ta el ac­to puro, por senderos mis­te­riosos á to­dos de­scono­ci­dos menos á él. Ese _yo_ que se crey­era una ex­is­ten­cia fugaz, de­pen­di­ente de otra ex­is­ten­cia su­pe­ri­or, se asom­bra al de­scubrirse tan grande; en sí en­cuen­tra el orí­gen de to­dos los seres, ó por mejor de­cir el ser úni­co del cual to­dos los demás son mod­ifi­ca­ciones fenom­enales; él es el uni­ver­so mis­mo que por un de­sar­rol­lo grad­ual ha lle­ga­do á ten­er con­cien­cia de sí pro­pio; to­do lo que con­tem­pla fuera de sí y que á primera vista le parece dis­tin­to, no es mas que él mis­mo, no es mas que un re­fle­jo de sí pro­pio, que se pre­sen­ta á sus ojos y se de­sen­vuelve ba­jo mil for­mas co­mo un sober­bio panora­ma.

¿Creerán los lec­tores que fin­jo un sis­tema para ten­er el gus­to de com­bat­ir­le? na­da de eso: la doc­tri­na que se aca­ba de ex­pon­er es la doc­tri­na de Schelling.

[88.] Una de las causas de este er­ror es la os­curi­dad del prob­le­ma del conocimien­to. El cono­cer es una ac­cion in­ma­nente y al pro­pio tiem­po rel­ati­va á un ob­je­to ex­ter­no, ex­cep­tuan­do los ca­sos en que el ser in­teligente se toma por ob­je­to á sí pro­pio con un ac­to re­fle­jo. Para cono­cer una ver­dad sea la que fuere, el es­píritu no sale de sí mis­mo; su ac­cion no se ejerce fuera de sí mis­mo: la con­cien­cia ín­ti­ma le es­tá di­cien­do que per­manece en sí y que su ac­tivi­dad se de­sen­vuelve den­tro de sí.

Es­ta ac­cion in­ma­nente se ex­tiende á los ob­je­tos mas dis­tantes en lu­gar y tiem­po y difer­entes en nat­uraleza. ¿Có­mo puede el es­píritu pon­erse en con­tac­to con el­los? ¿Có­mo puede ex­pli­carse que es­tén con­formes la re­al­idad y la rep­re­senta­cion? Sin es­ta úl­ti­ma no hay conocimien­to; sin con­formi­dad no hay ver­dad, el conocimien­to es una pu­ra ilu­sion á que na­da cor­re­sponde, y el en­tendimien­to hu­mano es con­tin­uo juguete de vanas apari­en­cias.

No puede ne­garse que hay en este prob­le­ma di­fi­cul­tades gravísi­mas, quizás in­su­per­ables á la cien­cia del hom­bre mien­tras vive so­bre la tier­ra. Aquí se ofre­cen to­das las cues­tiones ide­ológ­icas y psi­cológ­icas que han ocu­pa­do á los metafísi­cos mas em­inentes. Pero co­mo quiera que no es mi án­imo ade­lan­tar dis­cu­siones que pertenecen á otro lu­gar, me lim­itaré al pun­to de vista in­di­ca­do por la cues­tion que ex­am­ino so­bre la certeza y su prin­ci­pio fun­da­men­tal.

[89.] Que ex­iste la rep­re­senta­cion es un he­cho at­es­tigua­do por el sen­ti­do ín­ti­mo; sin el­la no hay pen­samien­to; y la afir­ma­cion _yo pien­so_, es, si no el orí­gen de to­da filosofía, al menos su condi­cion in­dis­pens­able.

[90.] ¿De dónde viene la rep­re­senta­cion? ¿có­mo se ex­pli­ca que un ser se pon­ga en tal co­mu­ni­ca­cion con los demás, y no por una ac­cion tran­si­ti­va sino in­mi­nente? ¿có­mo se ex­pli­ca la con­formi­dad en­tre la rep­re­senta­cion y los ob­je­tos? Este mis­te­rio, ¿no es­tá in­di­can­do que en el fon­do de to­das las cosas hay unidad, iden­ti­dad, que el ser que conoce es el mis­mo ser cono­ci­do que se aparece á sí pro­pio ba­jo dis­tin­ta for­ma, y que to­do lo que lla­mamos re­al­idades no son mas que fenó­menos de un mis­mo ser siem­pre idén­ti­co, in­fini­ta­mente ac­ti­vo, que de­sen­vuelve sus fuerzas en sen­ti­dos var­ios, con­sti­tuyen­do con su de­sar­rol­lo ese con­jun­to que lla­mamos uni­ver­so? Nó: no es así, no puede ser así, es­to es un ab­sur­do que la ra­zon mas es­travi­ada no al­can­za á de­vo­rar; este es un re­cur­so tan de­ses­per­ado co­mo im­po­tente para ex­plicar un mis­te­rio si se quiere, pero mil ve­ces menos os­curo que el sis­tema con que se le pre­tende aclarar.

[91.] La iden­ti­dad uni­ver­sal na­da ex­pli­ca, mas bi­en con­funde; no disi­pa la di­fi­cul­tad, la ro­bustece, la hace in­sol­uble. Es cier­to que no es fá­cil dar ra­zon del mo­do con que se ofrece al es­píritu la rep­re­senta­cion de cosas dis­tin­tas de él; pero no es mas fá­cil el dar­la de có­mo el es­píritu puede ten­er rep­re­senta­cion de sí pro­pio. Si hay unidad, sí hay com­ple­ta iden­ti­dad, en­tre el su­je­to y el ob­je­to, ¿có­mo es que los dos se nos ofre­cen cual cosas dis­tin­tas? de la unidad ¿có­mo sale es­ta du­al­idad? de la iden­ti­dad ¿có­mo puede nac­er la di­ver­si­dad?

Es un he­cho at­es­tigua­do por la ex­pe­ri­en­cia, y no por la ex­pe­ri­en­cia de los ob­je­tos ex­te­ri­ores, sino por la del sen­ti­do ín­ti­mo, por lo mas recón­di­to de nues­tra al­ma, que en to­do conocimien­to hay su­je­to y ob­je­to, per­cep­cion y cosa percibi­da, y sin es­ta difer­en­cia no es posi­ble el conocimien­to. Aun cuan­do por un es­fuer­zo de re­flex­ion nos tomamos por ob­je­tos á nosotros mis­mos, la du­al­idad aparece; si no ex­iste la fin­gi­mos, pues sin es­ta fic­cion no al­can­zamos á pen­sar.

[92.] Si bi­en se ob­ser­va, aun en la re­flex­ion mas ín­ti­ma y con­cen­tra­da, la du­al­idad se hal­la, no por fic­cion co­mo á primera vista pudiera pare­cer, sino real­mente. Cuan­do la in­teligen­cia se vuelve so­bre sí mis­ma, no ve su es­en­cia, pues no le es da­da la in­tu­icion di­rec­ta de sí propia; lo que ve son sus ac­tos, y á es­tos toma por ob­je­to. Aho­ra bi­en; el ac­to re­flex­ivo no es el mis­mo ac­to re­flex­ion­ado; cuan­do pien­so que pien­so, el primer pen­sar es dis­tin­to del se­gun­do, y tan dis­tin­to, que el uno sucede al otro, no pu­di­en­do ex­is­tir el pen­sar re­flex­ivo, sin que antes haya ex­is­ti­do el pen­sar re­flex­ion­ado.

[93.] Un pro­fun­do análi­sis de la re­flex­ion con­fir­ma lo que se aca­ba de ex­plicar. ¿Es posi­ble re­flex­ionar sin ob­je­to re­flex­ion­ado? Es ev­idente que no. ¿Cuál es este ob­je­to en el ca­so que nos ocu­pa? El pen­samien­to pro­pio; luego este pen­samien­to ha de­bido pre­ex­is­tir á la re­flex­ion. Si se supone que no hay necesi­dad de que se sucedan en difer­entes in­stantes de tiem­po, y que la de­pen­den­cia se sal­va á pe­sar de la si­mul­tane­idad, to­davía que­da en pie la fuerza del ar­gu­men­to; da­do y no con­ce­di­do que lo si­mul­tane­idad sea posi­ble, no lo es al menos la de­pen­den­cia, si no hay dis­tin­cion. La de­pen­den­cia es una rela­cion; la rela­cion supone oposi­cion de ex­tremos; y es­ta oposi­cion trae con­si­go la dis­tin­cion.

[94.] Que es­tos ac­tos son dis­tin­tos, aun cuan­do se supon­gan si­multá­neos, se puede de­mostrar to­davía de otra man­era. Uno de el­los, el re­flex­ion­ado, puede ex­is­tir sin el re­flex­ivo. Se pien­sa con­tin­ua­mente sin pen­sar en que se pien­sa; y de to­da re­flex­ion sea la que fuere, se puede ver­ificar lo mis­mo, ya sea no pre­sen­tán­dose el­la para ocu­parse del ac­to pen­sa­do, ya de­sa­pare­cien­do y de­jan­do so­lo al ac­to di­rec­to: luego es­tos ac­tos son no so­lo dis­tin­tos sino sep­ara­bles; luego la du­al­idad de su­je­to y de ob­je­to ex­iste no so­lo con re­spec­to al mun­do ex­te­ri­or, sino en lo mas ín­ti­mo, en lo mas puro de nues­tra al­ma.

[95.] No vale de­cir que la re­flex­ion no tiene por ob­je­to un ac­to de­ter­mi­na­do, sino el pen­samien­to en gen­er­al. Es­to es fal­so en mu­chos ca­sos, pues no so­lo pen­samos que pen­samos, sino que pen­samos una cosa de­ter­mi­na­da. Además, aun cuan­do la re­flex­ion ten­ga por ob­je­to al­gu­nas ve­ces el pen­samien­to en gen­er­al, ni aun en­tonces la du­al­idad de­sa­parece: el ac­to sub­je­ti­vo es en tal ca­so un ac­to in­di­vid­ual, que ex­iste en de­ter­mi­na­do in­stante de tiem­po, y su ob­je­to es el pen­samien­to en gen­er­al, es de­cir, una idea rep­re­sen­tante de to­do pen­samien­to, una idea que en­vuelve una es­pecie de re­cuer­do con­fu­so de to­dos los ac­tos pasa­dos, ó de eso que se lla­ma ac­tivi­dad, fuerza in­telec­tu­al. La du­al­idad ex­iste pues, mas ev­idente sí cabe, que cuan­do el ob­je­to es un pen­samien­to de­ter­mi­na­do. En un ca­so se com­pa­ra­ban al menos dos ac­tos in­di­vid­uales; mas en este se com­para un ac­to in­di­vid­ual con una idea ab­strac­ta, una cosa que ex­iste en un in­stante de tiem­po, con una idea que ó pre­scinde de él, ó abar­ca con­fusa­mente to­do el trascur­ri­do des­de la época en que ha comen­za­do la con­cien­cia del ser que re­flex­iona.

[96.] Es­tas ra­zones tienen mucha mas fuerza di­rigién­dose con­tra filó­so­fos que po­nen la es­en­cia del es­píritu, no en la fuerza de pen­sar, sino en el pen­samien­to mis­mo, que no dan al _yo_ mas ex­is­ten­cia de la que nace de su pro­pio conocimien­to, afir­man­do que so­lo ex­iste porque se _pone_ á sí mis­mo cono­cién­dose, y que so­lo ex­iste en cuan­to se _pone_, es de­cir, en cuan­to se conoce. Con este sis­tema no so­lo ex­iste la du­al­idad ó mas bi­en la plu­ral­idad en los ac­tos, sino en el mis­mo _yo_; porque ese _yo_ es un ac­to, y los ac­tos se suce­den co­mo una se­rie de flux­iones de­sen­vueltas has­ta lo in­fini­to. Así, lejos de sal­varse la unidad ab­so­lu­ta, ni la iden­ti­dad en­tre el su­je­to y el ob­je­to, se es­tablece la plu­ral­idad y mul­ti­pli­ci­dad en el su­je­to mis­mo; y la mis­ma unidad de con­cien­cia, en peli­gro de ser ras­ga­da por las cav­ila­ciones filosó­fi­cas, tiene que guare­cerse á la som­bra de la in­ven­ci­ble nat­uraleza.

[97.] Que­da proba­do pues de una man­era in­con­testable, que hay en nosotros una du­al­idad prim­iti­va en­tre el su­je­to y el ob­je­to; que sin es­ta no se con­cibe el conocimien­to; y que la rep­re­senta­cion mis­ma es una pal­abra con­tra­dic­to­ria, si de un mo­do ú otro no se ad­miten en los ar­canos de la in­teligen­cia cosas real­mente dis­tin­tas. Per­mí­taseme recor­dar que de es­ta dis­tin­cion hal­lam­os un tipo sub­lime en el au­gus­to mis­te­rio de la Trinidad, dog­ma fun­da­men­tal de nues­tra sacrosan­ta re­li­gion, cu­bier­to con un velo im­pen­etra­ble, pero de donde salen tor­rentes de luz para ilus­trar las cues­tiones filosó­fi­cas mas pro­fun­das. Este mis­te­rio no es ex­pli­ca­do por el dé­bil hom­bre; pero es para el hom­bre una ex­pli­ca­cion sub­lime. Asi Pla­ton se apoderó de las vis­lum­bres de aquel ar­cano co­mo de un tesoro de in­men­so val­or para las teorías filosó­fi­cas; asi los san­tos padres y los teól­ogos al es­forzarse por aclarar­le con al­gu­nas ra­zones de con­gru­en­cia, han ilustra­do los mas recón­di­tos mis­te­rios del pen­samien­to hu­mano.

[98.] Los sostene­dores de la iden­ti­dad uni­ver­sal á mas de con­trade­cir uno de los he­chos prim­itivos y fun­da­men­tales de la con­cien­cia, no ade­lan­tan na­da para ex­plicar ni el orí­gen de la rep­re­senta­cion in­telec­tu­al, ni su con­formi­dad con los ob­je­tos. Es ev­idente que ningun hom­bre posee la in­tu­icion de la nat­uraleza del _yo_ in­di­vid­ual, y mu­cho menos del ser ab­so­lu­to que es­tos filó­so­fos supo­nen co­mo el _sub­stra­tum_, de to­do lo que ex­iste ó aparece. Sin es­ta in­tu­icion, no les será posi­ble ex­plicar _à pri­ori_ la rep­re­senta­cion de los ob­je­tos, ni tam­poco la con­formi­dad de es­tos con aque­lla. El he­cho pues en que se quiere ci­men­tar to­da la filosofía, ó no ex­iste, ó nos es de­scono­ci­do, en am­bos ca­sos no puede servir para fun­dar un sis­tema.

Si este he­cho ex­istiese no se po­dria pre­sen­tar á nue­stro en­tendimien­to por medio de una enun­cia­cion á que llegáse­mos por raciocinio. Ha de ser mas bi­en vis­to que cono­ci­do; ó ha de ocu­par el primer lu­gar ó ninguno. Si em­pezamos por racioci­nar sin tomar­le á él por fun­da­men­to, es­trib­amos en lo aparente para lle­gar á lo ver­dadero; nos vale­mos de la ilu­sion para al­can­zar la re­al­idad. Así re­sul­ta ev­iden­te­mente del sis­tema de nue­stros ad­ver­sar­ios, que, ó la filosofía debe comen­zar por la in­tu­icion mas poderosa que imag­inarse pue­da, ó no le es dable ade­lan­tar un pa­so.

[99.] Las es­cue­las dis­tin­guian en­tre el prin­ci­pio de ser y el de cono­cer, _prin­cip­ium es­sen­di et prin­cip­ium cognoscen­di_; mas es­ta dis­tin­cion no tiene cabi­da en el sis­tema filosó­fi­co que im­pug­namos; el ser se con­funde con el cono­cer; lo que ex­iste, ex­iste porque se conoce, y so­lo ex­iste en cuan­to se conoce. De­ducir la se­rie de los conocimien­tos es de­sen­volver la se­rie de la ex­is­ten­cia. No hay ni siquiera dos movimien­tos par­ale­los, no hay mas que un movimien­to; el _yo_ es el uni­ver­so, el uni­ver­so es el _yo_; to­do cuan­to ex­iste es un de­sar­rol­lo del he­cho prim­iti­vo, es el mis­mo he­cho que se de­spl­ie­ga ofre­cien­do difer­entes for­mas, ex­tendién­dose co­mo un océano in­fini­to: su lu­gar es un es­pa­cio sin límites, su du­ra­cion la eternidad (VI­II).

CAPÍ­TU­LO IX.

CON­TINÚA EL EXÁ­MEN DEL SIS­TEMA DE LA IDEN­TI­DAD UNI­VER­SAL.

[100.] Es­tos sis­temas tan ab­sur­dos co­mo fu­nestos, y que ba­jo for­mas dis­tin­tas y por di­ver­sos caminos, van á parar al pan­teis­mo, encier­ran no ob­stante una ver­dad pro­fun­da, que des­fig­ura­da por vanas cav­ila­ciones, se pre­sen­ta co­mo un abis­mo de tinieblas, cuan­do en sí es un rayo de vivísi­ma luz.

El es­píritu hu­mano bus­ca con el dis­cur­so lo mis­mo á que le im­pele un in­stin­to in­telec­tu­al: el mo­do de re­ducir la plu­ral­idad á la unidad, de recoger por de­cir­lo así la var­iedad in­fini­ta de las ex­is­ten­cias en un pun­to del cual to­das di­ma­nen y en que se con­fun­dan. El en­tendimien­to conoce que lo condi­cional ha de re­fundirse en lo in­condi­cional, lo rel­ati­vo en lo ab­so­lu­to, lo fini­to en lo in­fini­to, lo múlti­plo en lo uno. En es­to con­vienen to­das las re­li­giones, to­das las es­cue­las filosó­fi­cas. La procla­ma­cion de es­ta ver­dad no pertenece á ningu­na ex­clu­si­va­mente; se la en­cuen­tra en to­dos los pais­es del mun­do, en los tiem­pos prim­itivos, jun­to á la cu­na de la hu­manidad. Tradi­cion bel­la, tradi­cion sub­lime, que con­ser­va­da al través de to­das las gen­era­ciones, en­tre el flu­jo y re­flu­jo de los acon­tec­imien­tos, nos pre­sen­ta la idea de la di­vinidad pre­si­di­en­do al orí­gen y al des­ti­no del uni­ver­so.

[101.] Sí: la unidad bus­ca­da por los filó­so­fos es la Di­vinidad mis­ma, es la Di­vinidad cuya glo­ria anun­cia el fir­ma­men­to y cuya faz au­gus­ta nos aparece en lo in­te­ri­or de nues­tra con­cien­cia con re­sp­lan­dor in­efa­ble. Sí: el­la es la que ilu­mi­na y con­suela al ver­dadero filó­so­fo, y cie­ga y per­tur­ba al orgul­loso sofista; el­la es la que el ver­dadero filó­so­fo lla­ma Dios, á quien aca­ta y ado­ra en el san­tu­ario de su al­ma, y la que el filó­so­fo in­sen­sato apel­li­da el _yo_ con pro­fana­cion sacríle­ga; el­la es la que con­sid­er­ada con su per­son­al­idad, con su con­cien­cia, con su in­teligen­cia in­fini­ta, con su per­fec­tísi­ma lib­er­tad, es el cimien­to y la cúpu­la de la re­li­gion; el­la es la que dis­tin­ta del mun­do le ha saca­do de la na­da, la que le con­ser­va, le go­bier­na, le con­duce por mis­te­riosos senderos al des­ti­no señal­ado en sus de­cre­tos in­muta­bles.

[102.] Hay pues unidad en el mun­do; hay unidad en la filosofía; en es­to con­vienen to­dos; la difer­en­cia es­tá en que un­os sep­aran con muchísi­mo cuida­do lo in­fini­to de lo fini­to, la fuerza cre­atriz de la cosa crea­da, la unidad de la mul­ti­pli­ci­dad, man­te­nien­do la co­mu­ni­ca­cion nece­saria en­tre la li­bre vol­un­tad del agente todopoderoso y las ex­is­ten­cias fini­tas, en­tre la sabiduría de la sober­ana in­teligen­cia y la or­de­na­da mar­cha del uni­ver­so; mien­tras los otros to­ca­dos de una ceguera lamentable, con­fun­den el efec­to con la causa, lo fini­to con lo in­fini­to, lo vario con lo uno; y re­pro­ducen en la re­gion de la filosofía el caos de los tiem­pos prim­itivos; pero to­do en dis­per­sion, to­do en con­fu­sion es­pan­tosa, sin es­per­an­za de re­union ni de ór­den: la tier­ra de es­os filó­so­fos es­tá vacía, las tinieblas ya­cen so­bre la faz del abis­mo, mas no hay el es­píritu de Dios ll­eva­do so­bre las aguas para fe­cun­dar el caos y hac­er que sur­jan de las som­bras y de la muerte piéla­gos de luz y de vi­da.

Con los ab­sur­dos sis­temas ex­cog­ita­dos por la vanidad filosó­fi­ca, na­da se aclara; con el sis­tema de la re­li­gion que es al pro­pio tiem­po el de la sana filosofía y el de la hu­manidad en­tera, to­do se ex­pli­ca; el mun­do de las in­teligen­cias co­mo el mun­do de los cuer­pos es para el es­píritu hu­mano un caos des­de el mo­men­to en que desecha la idea de Dios; poned­la de nue­vo, y el ór­den rea­parece.

[103.] Los dos prob­le­mas cap­itales: ¿de dónde nace la rep­re­senta­cion in­telec­tu­al? ¿de dónde su con­formi­dad con los ob­je­tos? tienen en­tre nosotros una ex­pli­ca­cion muy sen­cil­la. Nue­stro en­tendimien­to aunque lim­ita­do, par­tic­ipa de la luz in­fini­ta: es­ta luz no es la que ex­iste en el mis­mo Dios, es una se­me­jan­za co­mu­ni­ca­da á un ser, cri­ado á imá­gen del mis­mo Dios.

Con el aux­ilio de es­ta luz re­sp­lan­de­cen los ob­je­tos á los ojos de nue­stro es­píritu; ya sea que aque­llos es­tén en co­mu­ni­ca­cion con este por medios que nos son de­scono­ci­dos; ya sea que la rep­re­senta­cion nos haya si­do da­da di­rec­ta­mente por Dios á la pres­en­cia de los ob­je­tos.

La con­formi­dad de la rep­re­senta­cion con la cosa rep­re­sen­ta­da, es un re­sul­ta­do de la ve­raci­dad div­ina. Un Dios in­fini­ta­mente per­fec­to no puede com­plac­erse en en­gañar á sus criat­uras. Es­ta es la teoría de Descartes y Male­branche: pen­sadores em­inentes que no sabi­an dar un pa­so en el ór­den in­telec­tu­al sin di­ri­gir una mi­ra­da al Au­tor de to­das las luces, que no ac­erta­ban á es­cribir una pági­na donde no pusiesen la pal­abra Dios.

[104.] Co­mo ver­emos en su lu­gar, ad­mi­tia Male­branche que el hom­bre lo ve to­do en Dios mis­mo, aun en es­ta vi­da; pero su sis­tema lejos de iden­ti­ficar el _yo_ hu­mano con el ser in­fini­to, los dis­tin­guia cuida­dosa­mente, no en­con­tran­do otro medio para sosten­er é ilu­mi­nar al primero que ac­er­car­le y unir­le al se­gun­do. Bas­ta leer la obra in­mor­tal del in­signe metafísi­co para con­vencerse de que su sis­tema no era el de esa in­tu­icion prim­iti­va, purísi­ma, que es un ac­to de­spe­ga­do de to­do em­piris­mo, y que parece salir de las re­giones de la in­di­vid­ual­idad, de esa in­tu­icion del he­cho sim­ple, orí­gen de to­das las ideas y de to­dos los he­chos, y en que, uno de los dog­mas de nues­tra re­li­gion; la vi­sion beat­ífi­ca, parece re­al­iza­do so­bre la tier­ra, en la re­gion de la filosofía. Es­tas son pre­ten­siones in­sen­sa­tas, que es­ta­ban muy lejos del án­imo y del sis­tema de Male­branche (IX).

CAPÍ­TU­LO X.

EL PROB­LE­MA DE LA REP­RE­SENTA­CION. MÓ­NADAS DE LEIB­NITZ.

[105.] La pre­ten­sion de en­con­trar una ver­dad re­al en que se fun­den to­das las demás, es suma­mente peli­grosa, por mas que á primera vista parez­ca in­difer­ente. El pan­teis­mo ó la di­viniza­cion del _yo_, dos sis­temas que en el fon­do co­in­ci­den, son una con­se­cuen­cia que difí­cil­mente se evi­ta, si se quiere que to­da la cien­cia hu­mana naz­ca de un he­cho.

[106.] La ver­dad re­al, ó el he­cho que serviria de base á to­da cien­cia, de­biera ser percibido in­medi­ata­mente. Sin es­ta in­media­cion le fal­taria el carác­ter de orí­gen y cimien­to de las demás ver­dades; pues que el medio con que le percibiri­amos, ten­dria mas dere­cho que él al tí­tu­lo de ver­dad primera. Si este he­cho me­di­ador fuese causa del otro, es ev­idente que este úl­ti­mo no se­ria el primero; y si la an­te­ri­or­idad no se re­firiese al ór­den de ser sino de cono­cer, en­tonces re­sul­tar­ian las mis­mas di­fi­cul­tades que ten­emos aho­ra para ex­plicar la tran­si­cion del su­je­to al ob­je­to, ó sea la le­git­im­idad del medio que nos haría percibir el he­cho prim­iti­vo.

Sien­do nece­saria la in­media­cion, la union ín­ti­ma de la in­teligen­cia con el he­cho cono­ci­do, claro es que co­mo es­ta in­media­cion no la tiene el _yo_ sino para sí mis­mo y para sus pro­pios ac­tos, el he­cho bus­ca­do ha de ser el mis­mo _yo_. Lo que ten­emos in­medi­ata­mente pre­sente son los he­chos de nues­tra con­cien­cia; por el­los nos ponemos en co­mu­ni­ca­cion con lo que es dis­tin­to de nosotros mis­mos. En el ca­so pues de de­berse en­con­trar un he­cho prim­iti­vo orí­gen de to­dos los demás, este he­cho se­ria el mis­mo _yo_. En no ad­mi­tien­do es­ta con­se­cuen­cia, es nece­sario declarar in­ad­mis­ible la posi­bil­idad de en­con­trar el he­cho fuente de la cien­cia trascen­den­tal. Hé aquí co­mo las pre­ten­siones filosó­fi­cas en apari­en­cia mas in­ocentes, con­ducen á re­sul­ta­dos fu­nestos.

[107.] Hay aquí un efu­gio, bi­en dé­bil por cier­to, pero que es bas­tante es­pecioso para que merez­ca ser ex­am­ina­do.

El he­cho, orí­gen cien­tí­fi­co de to­dos los demás, no es nece­sario que sea orí­gen ver­dadero. Dis­tin­guien­do en­tre el prin­ci­pio de ser y el prin­ci­pio de cono­cer, pare­cen quedar sal­vadas to­das las di­fi­cul­tades. Es ab­sur­do, y además con­trario al sen­ti­do co­mun, que el _yo_ sea orí­gen de to­do lo que ex­iste; pero no lo es que sea prin­ci­pio rep­re­sen­ta­ti­vo de to­do lo que se conoce y se puede cono­cer. La rep­re­senta­cion no es sinón­ima de causal­idad. Las ideas rep­re­sen­tan y no cau­san los ob­je­tos rep­re­sen­ta­dos. ¿Por qué pues no se po­dria ad­mi­tir que ex­iste un he­cho rep­re­sen­ta­ti­vo de to­do lo que el hu­mano en­tendimien­to puede cono­cer? Es cier­to que la per­cep­cion de este he­cho ha de ser in­medi­ata, que se le ha de supon­er ín­ti­ma­mente pre­sente á la in­teligen­cia que le percibe, por cuyo mo­ti­vo no puede ser otra cosa que el mis­mo _yo_; pero es­to no di­viniza al _yo_, so­lo le con­cede una fuerza rep­re­sen­ta­ti­va que puede haber­le si­do co­mu­ni­ca­da por un ser su­pe­ri­or. Hace del _yo_, nó una causa uni­ver­sal, sino un es­pe­jo en que re­fle­jan el mun­do in­ter­no y el ex­ter­no.

Es­ta ex­pli­ca­cion re­cuer­da el famoso sis­tema de las mó­nadas de Leib­nitz, sis­tema in­ge­nioso, ar­ranque sub­lime de uno de los ge­nios mas poderosos que hon­raron jamás al hu­mano lina­je. El mun­do en­tero for­ma­do de seres in­di­vis­ibles, to­dos rep­re­sen­ta­tivos del mis­mo uni­ver­so del cual for­man parte, pero con rep­re­senta­cion ade­cua­da á su cat­egoría re­spec­ti­va y con ar­reg­lo al pun­to de vista que les cor­re­sponde se­gun el lu­gar que ocu­pan; de­sen­volvién­dose en una se­rie in­men­sa que prin­cip­iando por el ór­den mas in­fe­ri­or va subi­en­do en grada­cion con­tin­ua has­ta los um­brales de lo in­fini­to; y en la cúspi­de de to­das las ex­is­ten­cias la mó­na­da que con­tiene en sí la ra­zon de to­das, que las ha saca­do de la na­da, les ha da­do la fuerza rep­re­sen­ta­ti­va, las ha dis­tribui­do en sus con­ve­nientes cat­egorías es­table­cien­do en­tre to­das el­las una es­pecie de par­alelis­mo de per­cep­cion, de vol­un­tad, de ac­cion, de movimien­to, de tal suerte que sin co­mu­ni­carse na­da las unas á las otras, marchen to­das en la mas per­fec­ta con­formi­dad, en in­efa­ble ar­monía; es­to es grande, es­to es bel­lo, es­to es asom­broso, es­ta es una hipóte­sis colos­al que so­lo con­ce­bir pudiera el ge­nio de Leib­nitz.

[108.] Pa­ga­do este trib­uto de ad­mira­cion al em­inente au­tor de la _Mon­adología_, ad­ver­tiré que su con­cep­cion gi­gan­tesca es so­lo una hipóte­sis que to­dos los re­cur­sos del tal­en­to de su in­ven­tor no bas­taron á fun­dar en ningun he­cho que le diera vi­sos de prob­abil­idad. Pre­scindiré tam­bi­en de las di­fi­cul­tades gravísi­mas que, con­tra la vol­un­tad del au­tor sin du­da, ofrece es­ta hipóte­sis á la ex­pli­ca­cion del li­bre alve­drío: me ceñiré al exá­men de las rela­ciones de di­cho sis­tema con la cues­tion que me ocu­pa.

En primer lu­gar, sien­do la rep­re­senta­cion de las mó­nadas una mera hipóte­sis, no sirve para ex­plicar na­da, á no ser que la filosofía se con­vier­ta en un juego de com­bi­na­ciones in­ge­niosas. El _yo_ es una mó­na­da, es­to es, una unidad in­di­vis­ible; en es­to no cabe du­da; el _yo_ es una mó­na­da rep­re­sen­ta­ti­va del uni­ver­so; es­ta es una afir­ma­cion ab­so­lu­ta­mente gra­tui­ta. Has­ta que se la pruebe de un mo­do ú otro, ten­emos dere­cho á no quer­er ocu­parnos de el­la.

[109.] Pero supong­amos que la fuerza rep­re­sen­ta­ti­va tal co­mo la en­tiende Leib­nitz, ex­ista en el _yo_; es­ta hipóte­sis no de­struye lo que se ha di­cho con­tra el orí­gen prim­iti­vo de la cien­cia trascen­den­tal. Si bi­en se ob­ser­va, la hipóte­sis de Leib­nitz ex­pli­ca el orí­gen de las ideas, mas nó su en­lace. Hace del al­ma un es­pe­jo en que por efec­to de la vol­un­tad cre­atriz, se rep­re­sen­ta to­do; pero no ex­pli­ca el ór­den de es­tas rep­re­senta­ciones, no da ra­zon de có­mo unas na­cen de otras, ni les señala otro vín­cu­lo que la unidad de la con­cien­cia. Este sis­tema pues, se hal­la fuera de la cues­tion; no dis­puta­mos so­bre el mo­do con que las rep­re­senta­ciones ex­is­ten en el al­ma, ni so­bre la proce­den­cia de el­las, sino que ex­am­inamos la opin­ion que pre­tende fun­dar to­da la cien­cia en un so­lo he­cho, de­sen­volvien­do to­das las ideas, co­mo sim­ples mod­ifi­ca­ciones del mis­mo. Es­to jamás lo ha di­cho Leib­nitz; ni en sus obras se en­cuen­tra na­da que in­dique se­me­jante pen­samien­to. Además, las difer­en­cias en­tre el sis­tema del au­tor de la Mon­adología y el de los filó­so­fos ale­manes que es­ta­mos im­pug­nan­do, son de­masi­ado pal­pa­bles para que puedan ocul­tarse á nadie.

1.º Tan lejos es­tá Leib­nitz de la iden­ti­dad uni­ver­sal, que es­tablece una plu­ral­idad y mul­ti­pli­ci­dad in­fini­tas: sus mó­nadas son seres real­mente dis­tin­tos y difer­entes en­tre sí.

2.º To­do el uni­ver­so com­puesto de mó­nadas ha pro­ce­di­do se­gun Leib­nitz, de una mó­na­da in­fini­ta; y es­ta proce­den­cia no es por em­ana­cion sino por crea­cion.

3.º En la mó­na­da in­fini­ta ó en Dios, pone Leib­nitz la ra­zon su­fi­ciente de to­do.

4.º El conocimien­to les ha si­do da­do á las mó­nadas _li­bre­mente_ por el mis­mo Dios.

5.º Di­cho conocimien­to y la con­cien­cia de él, les pertenece á las mó­nadas in­di­vid­ual­mente, sin que Leib­nitz pen­sase ni re­mo­ta­mente en ese _ab­so­lu­to_, fon­do de to­das las cosas, que con sus trasfor­ma­ciones se el­eva de nat­uraleza á con­cien­cia, ó de­sciende de la re­gion de la con­cien­cia y se con­vierte en nat­uraleza.

[110.] Es­tas difer­en­cias tan mar­cadas, no han men­ester co­men­tar­ios; el­las man­ifi­es­tan has­ta la úl­ti­ma ev­iden­cia que los filó­so­fos ale­manes mod­er­nos no pueden es­cu­darse con el nom­bre de Leib­nitz; bi­en que á de­cir ver­dad no es este el fla­co de es­os filó­so­fos; lejos de bus­car guias, to­dos as­pi­ran á la orig­inal­idad, sien­do es­ta una de las prin­ci­pales causas de sus es­trav­agan­cias. Hegel, Schelling y Fichte to­dos pre­tenden ser fun­dadores de una filosofía; y Kant abri­ga­ba la mis­ma am­bi­cion, has­ta el pun­to de hac­er al­teraciones gravísi­mas en su se­gun­da edi­cion de la _Críti­ca de la ra­zon pu­ra_, por temor de que se le tu­viese por pla­gia­rio del ide­al­is­mo de Berke­ley (X).

CAPÍ­TU­LO XI.

EXÁ­MEN DEL PROB­LE­MA DE LA REP­RE­SENTA­CION.

[111.] To­do lo cono­ce­mos por la rep­re­senta­cion; sin el­la el conocimien­to es in­con­ce­bible; no ob­stante ¿qué es la rep­re­senta­cion con­sid­er­ada en sí? Lo ig­no­ramos; nos ilu­mi­na para lo demás, pero nó para cono­cer­la á el­la mis­ma.

Bi­en se echa de ver que no dis­imu­lo las gravísi­mas di­fi­cul­tades que ofrece la solu­cion del pre­sente prob­le­ma; por el con­trario las seña­lo con to­da clar­idad para evi­tar des­de el prin­ci­pio la vana pre­sun­cion, que pierde en las cien­cias co­mo en to­do. Mas no se crea que in­tente dester­rar es­ta cues­tion del do­minio de la filosofía; opino que las di­fi­cul­tades aunque son muchas y es­pinosas, per­miten sin em­bar­go con­je­turas bas­tante prob­ables.

[112.] La fuerza rep­re­sen­ta­ti­va puede di­ma­nar de tres fuentes: iden­ti­dad, causal­idad, ide­al­idad. Me ex­pli­caré. Una cosa puede rep­re­sen­tarse á si mis­ma; es­ta rep­re­senta­cion es la que llamo de iden­ti­dad. Una causa puede rep­re­sen­tar á sus efec­tos; es­to en­tien­do por rep­re­senta­cion de causal­idad. Un ser, sus­tan­cia ó ac­ci­dente, puede ser rep­re­sen­ta­ti­vo de otro, dis­tin­to de él y que no es su efec­to; á este llamo rep­re­senta­cion de ide­al­idad.

No veo que puedan señalarse otras fuentes de la rep­re­senta­cion; y así te­nien­do la di­vi­sion por com­ple­ta, voy á ex­am­inar sus tres partes, lla­man­do muy es­pe­cial­mente so­bre este pun­to la aten­cion del lec­tor, por ser uno de los mas im­por­tantes de la filosofía.

[113.] Lo que rep­re­sen­ta ha de ten­er al­gu­na rela­cion con la cosa rep­re­sen­ta­da. Es­en­cial ó ac­ci­den­tal, propia ó co­mu­ni­ca­da, la rela­cion ha de ex­is­tir. Dos seres que no tienen ab­so­lu­ta­mente ningu­na rela­cion, y sin em­bar­go, el uno rep­re­sen­tante del otro, son una mon­stru­osi­dad. Na­da hay sin ra­zon su­fi­ciente; y no ex­istien­do ningu­na rela­cion en­tre el rep­re­sen­tante y el rep­re­sen­ta­do, no habria ra­zon su­fi­ciente de la rep­re­senta­cion.

Tén­gase en cuen­ta que por aho­ra pre­scindo de la nat­uraleza de es­ta rela­cion, no afir­mo que sea re­al ni ide­al, so­lo di­go que en­tre lo rep­re­sen­tante y lo rep­re­sen­ta­do ha de haber al­gun vín­cu­lo sea el que fuere. Sus mis­te­rios, su in­com­pren­si­bil­idad, no de­stru­iri­an su ex­is­ten­cia. La filosofía será im­po­tente quizás para ex­plicar el enig­ma, pero es bas­tante á de­mostrar que el vín­cu­lo ex­iste. Así es que pre­scin­di­en­do de to­da ex­pe­ri­en­cia, se puede de­mostrar _à pri­ori_ que hay una rela­cion en­tre el _yo_ y los demás seres, por el mero he­cho de ex­is­tir la rep­re­senta­cion de es­tos en aquel.

La ince­sante co­mu­ni­ca­cion en que es­tán las in­teligen­cias en­tre sí y con el uni­ver­so, prue­ba que hay un pun­to de re­union para to­do. La so­la rep­re­senta­cion es de el­lo una prue­ba in­con­testable; tan­tos seres en apari­en­cia dis­per­sos é in­difer­entes un­os á otros, es­tán ín­ti­ma­mente unidos en al­gun cen­tro; por man­era que el sim­ple fenó­meno de la in­teligen­cia nos con­duce á la afir­ma­cion del vín­cu­lo co­mun, de la unidad en que se en­laza la plu­ral­idad. Es­ta unidad es para los pan­teis­tas la iden­ti­dad uni­ver­sal, para nosotros es Dios.

[114.] Ad­viér­tase que es­ta rela­cion en­tre lo rep­re­sen­tante y lo rep­re­sen­ta­do, no es nece­sario que sea di­rec­ta ó in­medi­ata; bas­ta que sea con un ter­cero; así han de ad­mi­tir­la tan­to los que ex­pli­can la rep­re­senta­cion por la iden­ti­dad, co­mo los que dan ra­zon de el­la por las ideas in­ter­me­dias, sin que para el ca­so pre­sente, haya ningu­na difer­en­cia en­tre los que las con­sid­er­an pro­duci­das por la ac­cion de los ob­je­tos so­bre nue­stro es­píritu, y los que las ha­cen di­ma­nar in­medi­ata­mente de Dios.

[115.] To­do la que rep­re­sen­ta con­tiene en cier­to mo­do la cosa rep­re­sen­ta­da; es­ta no puede ten­er carác­ter de tal si de al­gu­na man­era no se hal­la en la rep­re­senta­cion. Puede ser el­la mis­ma ó una imá­gen suya, pero es­ta imá­gen no rep­re­sen­tará al ob­je­to si no se sabe que es imá­gen. To­da idea pues, encier­ra la rela­cion de ob­je­tivi­dad, de otro mo­do no rep­re­sen­taria al ob­je­to, sino á sí mis­ma. El ac­to de en­ten­der es in­ma­nente, pero de tal mo­do que el en­tendimien­to sin salir de sí, se apodera del ob­je­to mis­mo. Cuan­do pien­so en un as­tro colo­ca­do á mil­lones de leguas de dis­tan­cia, mi es­píritu no va cier­ta­mente al pun­to donde el as­tro se hal­la; pero por medio de la idea sal­va en un in­stante la in­men­sa dis­tan­cia y se une con el as­tro mis­mo. Lo que percibe, no es la idea sino el ob­je­to de el­la; si es­ta idea no en­volviese una rela­cion al ob­je­to, de­jaria de ser idea para el es­píritu, no le rep­re­sen­taria na­da, á no ser que se rep­re­sen­tase á sí mis­ma.

[116.] Hay pues en to­da per­cep­cion una union del ser que percibe con la cosa percibi­da; cuan­do es­ta per­cep­cion no es in­medi­ata, el medio ha de ser tal que con­tenga una rela­cion nece­saria al ob­je­to; se ha de ocul­tar á sí pro­pio para no ofre­cer á los ojos del es­píritu sino la cosa rep­re­sen­ta­da. Des­de el mo­men­to que él se pre­sen­ta, que es vis­to ó so­la­mente ad­ver­tido, de­ja de ser idea y pasa á ser ob­je­to. Es la idea un es­pe­jo que será tan­to mas per­fec­to cuan­to mas com­ple­ta pro­duz­ca la ilu­sion. Es nece­sario que pre­sente los ob­je­tos so­los, proyec­tán­do­los á la con­ve­niente dis­tan­cia, sin que el ojo vea na­da del cristal­ino plano que los re­fle­ja.

[117.] Es­ta union de lo rep­re­sen­tante con lo rep­re­sen­ta­do, de lo in­teligente con lo en­ten­di­do, puede ex­pli­carse en al­gunos ca­sos por la iden­ti­dad. En gen­er­al no se de­scubre ningu­na con­tradic­cion en que una cosa se rep­re­sente á si mis­ma á los ojos de una in­teligen­cia, si se supone que de un mo­do ú otro es­tén unidas. En el ca­so pues de que la cosa cono­ci­da sea el­la mis­ma in­teligente, no se ve ningu­na di­fi­cul­tad en que el­la sea para sí mis­ma su propia rep­re­senta­cion y que de con­sigu­iente se con­fun­dan en un mis­mo ser la ide­al­idad y la re­al­idad.

Si una idea puede rep­re­sen­tar á un ob­je­to, ¿por qué este no se po­drá rep­re­sen­tar á sí mis­mo? si un ser in­teligente puede cono­cer un ob­je­to, me­di­ante una idea, ¿por qué no le po­drá cono­cer in­medi­ata­mente? La union de la cosa en­ten­di­da con la in­teligente será para nosotros un mis­te­rio, es ver­dad; ¿pero lo es menos la union, que se hace por medio de la idea? A es­ta se puede ob­je­tar to­do lo que se di­ga con­tra la cosa mis­ma; y aun si bi­en se con­sid­era, mas in­ex­pli­ca­ble es el que una cosa rep­re­sente á otra, que no que se rep­re­sente á sí mis­ma. Lo rep­re­sen­tante y lo rep­re­sen­ta­do tienen en­tre sí una es­pecie de rela­cion de con­ti­nente y con­tenido; fá­cil­mente se con­cibe que lo idén­ti­co se con­tenga á sí mis­mo, pues que la iden­ti­dad ex­pre­sa mu­cho mas que el con­tener; pero no se con­cibe tan bi­en có­mo el ac­ci­dente _puede con­tener_ á la sub­stan­cia, lo tran­si­to­rio á lo per­ma­nente, lo ide­al á lo re­al. Es pues la iden­ti­dad un ver­dadero prin­ci­pio de rep­re­senta­cion.

[118.] Aquí ad­ver­tiré lo sigu­iente, que es muy nece­sario para evi­tar equiv­oca­ciones.

1º. No afir­mo la rela­cion nece­saria en­tre la iden­ti­dad y la rep­re­senta­cion; de lo con­trario se afir­maria que to­do ser ha de ser rep­re­sen­ta­ti­vo, ya que to­do ser es idén­ti­co con­si­go mis­mo. Es­tablez­co es­ta proposi­cion: «la iden­ti­dad puede ser orí­gen de rep­re­senta­cion;» pero niego las sigu­ientes: «la iden­ti­dad es orí­gen _nece­sario_ de rep­re­senta­cion;» «la rep­re­senta­cion es sig­no de iden­ti­dad.»

2º. Na­da de­ter­mi­no con re­spec­to á la apli­ca­cion de las rela­ciones en­tre la rep­re­senta­cion y la iden­ti­dad en lo que concierne á los seres fini­tos.

3º. Pre­scindo de la du­al­idad que ex­iste por so­lo supon­er su­je­to y ob­je­to, y no en­tro en ningu­na cues­tion so­bre la nat­uraleza de es­ta du­al­idad.

[119.] Fi­jadas las ideas, ad­ver­tiré que ten­emos una prue­ba ir­recus­able de que no hay re­pug­nan­cia in­trínse­ca en­tre la iden­ti­dad y la rep­re­senta­cion, en dos dog­mas de la re­li­gion católi­ca; el de la vi­sion beat­ífi­ca y el de la in­teligen­cia div­ina. El dog­ma de la vi­sion beat­ífi­ca nos en­seña que el al­ma hu­mana en la man­sion de los bi­en­aven­tu­ra­dos, es­tá uni­da ín­ti­ma­mente con Dios, vién­dole cara á cara, en su mis­ma es­en­cia. Nadie ha di­cho que es­ta vi­sion se hi­ciese por medio de una idea, antes bi­en los teól­ogos en­señan lo con­trario, en­tre el­los San­to Tomás. Ten­emos pues la iden­ti­dad uni­da con la rep­re­senta­cion, es de­cir la es­en­cia div­ina rep­re­sen­tán­dose ó mas bi­en pre­sen­tán­dose á sí propia á los ojos del es­píritu hu­mano. El dog­ma de la in­teligen­cia div­ina nos en­seña que Dios es in­fini­ta­mente in­teligente. Dios, para en­ten­der, no sale de sí mis­mo, no se vale de ideas dis­tin­tas, se ve á sí mis­mo en su es­en­cia. Dios no se dis­tingue de su es­en­cia; ten­emos pues la iden­ti­dad uni­da con la rep­re­senta­cion, y el ser in­teligente iden­ti­fi­ca­do con la cosa en­ten­di­da (XI).

CAPÍ­TU­LO XII.

IN­TEL­IGI­BIL­IDAD IN­MEDI­ATA.

[120.] No to­das las cosas tienen rep­re­senta­cion ac­ti­va ni aun pa­si­va; quiero de­cir que no to­das es­tán dotadas de ac­tivi­dad in­telec­tu­al, ni son ap­tas para ter­mi­nar el ac­to del en­tendimien­to ni aun pa­si­va­mente.

Por lo to­cante á la fuerza de rep­re­senta­cion ac­ti­va, que en el fon­do no es mas que la ca­paci­dad de en­ten­der, es ev­idente que son mu­chos los seres des­ti­tu­idos de el­la. Al­gu­na may­or di­fi­cul­tad puede haber con re­spec­to á la rep­re­senta­cion pa­si­va ó á la dis­posi­cion para ser ob­je­to _in­medi­ato_ de la in­teligen­cia.

[121.] Un ob­je­to no puede ser cono­ci­do in­medi­ata­mente, es de­cir, sin la me­dia­cion de una idea, si el pro­pio no hace las ve­ces de es­ta idea, unién­dose al en­tendimien­to que lo ha de cono­cer. Es­ta so­la ra­zon qui­ta á to­das las cosas ma­te­ri­ales el carác­ter de _in­medi­ata­mente_ in­tel­igi­bles, por man­era que fin­gien­do un es­píritu á quien no se hu­biese da­do una idea del uni­ver­so cor­póreo, na­da cono­ce­ria de este aunque es­tu­viese en medio del mis­mo por to­da la eternidad.

Re­sul­ta de es­to que la ma­te­ria no es ni puede ser ni in­teligente ni in­tel­igi­ble; las ideas que ten­emos de el­la han di­mana­do de otra parte; sin cuyo aux­ilio po­dri­amos es­tar lig­ados á la mis­ma, sin cono­cer­la nun­ca, ni sospechar que ex­istiese.

[122.] Aquí se me ofrece la opor­tu­nidad de ex­pon­er una doc­tri­na de San­to Tomás suma­mente cu­riosa. Este metafísi­co em­inente es de pare­cer que re­quiere mas per­fec­cion el ser in­medi­ata­mente in­tel­igi­ble que el ser in­teligente, de man­era que el al­ma hu­mana dota­da de la in­teligen­cia no posee la in­tel­igi­bil­idad.

En la primera parte de la Suma teológ­ica, cues­tion 87, artícu­lo 1º, pre­gun­ta el San­to Doc­tor si el al­ma se conoce á sí mis­ma por su es­en­cia, y re­sponde que nó, apoyan­do su opin­ion de la man­era sigu­iente. Las cosas son in­tel­igi­bles en cuan­to es­tán en ac­to y no en cuan­to es­tán en po­ten­cia; lo que cae ba­jo el conocimien­to es el ser, lo ver­dadero, en cuan­to es­tá en ac­to, así co­mo la vista percibe, no lo que puede ser col­orado, sino lo que lo es. De es­to se sigue que las sub­stan­cias in­ma­te­ri­ales en tan­to son in­tel­igi­bles por su es­en­cia, en cuan­to es­tán en ac­to, y así la es­en­cia de Dios; que es un ac­to puro y per­fec­to, es ab­so­lu­ta y per­fec­ta­mente in­tel­igi­ble por sí mis­ma, y de aquí es que por el­la Dios se conoce á sí mis­mo y á to­das las cosas. La es­en­cia del án­gel pertenece al género de las cosas in­tel­igi­bles en cuan­to es ac­to; pero co­mo no es ac­to puro ni com­ple­to, su en­ten­der no se com­ple­ta por su es­en­cia. Pues aunque el án­gel se conoz­ca á sí mis­mo por su es­en­cia, no conoce las demás cosas sino por ideas que las rep­re­sen­tan. El en­tendimien­to hu­mano, en el género de las cosas in­tel­igi­bles, se hal­la co­mo un ser en po­ten­cia tan so­la­mente, por lo cual con­sid­er­ado en su es­en­cia tiene fac­ul­tad para en­ten­der mas nó para ser en­ten­di­do, sino en cuan­to se pone en ac­to. Por es­ta causa los platóni­cos señalaron á los seres in­tel­igi­bles un ran­go su­pe­ri­or á los en­tendimien­tos, porque el en­tendimien­to no en­tiende sino por la par­tic­ipa­cion in­tel­igi­ble; y se­gun el­los, el que par­tic­ipa es menos per­fec­to que la cosa par­tic­ipa­da. Si pues el en­tendimien­to hu­mano se pusiese en ac­to por la par­tic­ipa­cion de las for­mas in­tel­igi­bles sep­aradas co­mo opinaron los platóni­cos, el en­tendimien­to hu­mano se cono­ce­ria á sí mis­mo por la par­tic­ipa­cion de el­las; pero co­mo es nat­ural á nue­stro en­tendimien­to en la pre­sente vi­da el en­ten­der con rela­cion á las cosas sen­si­bles, no se pone en ac­to sino por las ideas sacadas de la ex­pe­ri­en­cia sen­si­ble por la luz del en­tendimien­to agente que es el ac­to de las cosas in­tel­igi­bles; y así el en­tendimien­to no se conoce por su es­en­cia sino por su pro­pio ac­to. Es­ta es en sub­stan­cia, la doc­tri­na de San­to Tomás; que mas bi­en he tra­duci­do que no ex­trac­ta­do.

El car­de­nal Cayetano, uno de los en­tendimien­tos mas pen­etrantes y su­tiles que han ex­is­ti­do jamás, pone so­bre este lu­gar un co­men­tario dig­no del tex­to. Hé aquí sus pal­abras: «de lo di­cho en el tex­to re­sul­tan dos cosas. 1.ª Que nue­stro en­tendimien­to tiene por sí mis­mo la fac­ul­tad de en­ten­der. 2.ª Que no tiene la de ser en­ten­di­do; de donde se sigue que el ór­den de los en­tendimien­tos es in­fe­ri­or al de las cosas in­tel­igi­bles; pues que si la per­fec­cion que de sí tiene nue­stro en­tendimien­to le bas­ta para en­ten­der, mas nó para ser en­ten­di­do, se in­fiere que se nece­si­ta mas per­fec­cion para ser en­ten­di­do que para en­ten­der. Y co­mo San­to Tomás veia que así re­sulta­ba de lo di­cho, y es­to á primera vista no parece ser ver­dad, antes se le po­dia ob­je­tar lo mis­mo co­mo un in­con­ve­niente, por es­to ex­cluye se­me­jante apre­hen­sion man­ife­stando que así lo de­bian ad­mi­tir no so­lo los peri­patéti­cos, en cuya doc­tri­na se fund­aba, sino tam­bi­en los platóni­cos.»

Mas aba­jo, re­spon­di­en­do á una di­fi­cul­tad de Es­co­to, lla­ma­do el doc­tor su­til, añade, «Para en­ten­der se nece­si­ta en­tendimien­to é in­tel­igi­ble. La rela­cion de aquel á este es la de lo per­fectible á la propia per­fec­cion; pues que el es­tar el en­tendimien­to en ac­to con­siste en que él sea la mis­ma cosa in­tel­igi­ble se­gun se ha di­cho antes; de donde se sigue que los seres in­ma­te­ri­ales se dis­tribuyen en dos ór­denes, in­tel­igi­bles é in­teligentes. Y co­mo el ser in­tel­igi­ble con­siste un ser in­ma­te­rial­mente per­fec­ti­vo; re­sul­ta que una cosa en tan­to es in­tel­igi­ble, en cuan­to es in­ma­te­rial­mente per­fec­ti­va. Que la in­tel­igi­bil­idad ex­ija la in­ma­te­ri­al­idad lo de­mues­tra el que las cosas ma­te­ri­ales no son in­tel­igi­bles sino en cuan­to es­tán ab­straidas de la ma­te­ria............................................................. .......Se ha man­ifes­ta­do mas ar­ri­ba que una cosa es in­teligente en cuan­to es no so­lo el­la mis­ma sino las otras en el ór­den ide­al; este mo­do de ser es en ac­to ó en po­ten­cia, y así no es mas que ser per­fec­ciona­do ó per­fectible por la cosa en­ten­di­da.»

[123.] Es­ta teoría será mas ó menos sól­ida, pero de to­dos mo­dos es al­go mas que in­ge­niosa; sus­ci­ta un nue­vo prob­le­ma filosó­fi­co de la mas al­ta im­por­tan­cia: señalar las condi­ciones de la in­tel­igi­bil­idad. Además tiene la ven­ta­ja de es­tar acorde con un he­cho at­es­tigua­do por la ex­pe­ri­en­cia, cual es, la di­fi­cul­tad que siente el es­píritu en cono­cerse á sí pro­pio. Si fuese in­tel­igi­ble in­medi­ata­mente, ¿por qué no se conoce á sí mis­mo? ¿qué condi­cion le fal­ta? ¿Aca­so la pres­en­cia ín­ti­ma? tiene no so­lo la pres­en­cia sino la iden­ti­dad. ¿Por ven­tu­ra el es­fuer­zo para cono­cerse? la may­or parte de la filosofía no tiene otro fin que este conocimien­to. Ne­gan­do al al­ma la in­tel­igi­bil­idad in­medi­ata se ex­pli­ca por qué es tan­ta la di­fi­cul­tad que en­vuel­ven las in­ves­ti­ga­ciones ide­ológ­icas y psi­cológ­icas, señalán­dose la ra­zon de la ob­scuri­dad que sen­ti­mos al pasar de los ac­tos di­rec­tos á los re­fle­jos.

[124.] La opin­ion de San­to Tomás so­bre no ser una sim­ple con­je­tu­ra, por fun­darse en al­gun mo­do so­bre un he­cho, puede apo­yarse en una ra­zon que en mi con­cep­to la ro­bustece mu­cho, y que tal vez puede ser mi­ra­da co­mo una am­plia­cion de la señal­ada mas ar­ri­ba.

Para ser una cosa in­medi­ata­mente in­tel­igi­ble es men­ester supon­er­le dos cal­idades, 1.ª La in­ma­te­ri­al­idad. 2.ª La ac­tivi­dad nece­saria para op­er­ar so­bre el ser in­teligente. Es­ta ac­tivi­dad es in­dis­pens­able; porque si bi­en se ob­ser­va, en la op­era­cion de en­ten­der, la ac­cion nace de la idea; el en­tendimien­to en cier­to mo­do es­tá pa­si­vo. Cuan­do la idea se ofrece, no es posi­ble no en­ten­der; y cuan­do fal­ta, es im­posi­ble en­ten­der; la idea pues fe­cun­da al en­tendimien­to, y este sin aque­lla na­da puede. Por con­sigu­iente si ad­miti­mos que un ser puede servir de idea á un en­tendimien­to, es nece­sario que le con­cedamos una ac­tivi­dad para ex­ci­tar la op­era­cion in­telec­tu­al y que por tan­to le hag­amos su­pe­ri­or al en­tendimien­to ex­ci­ta­do.

De es­ta suerte se ex­pli­ca por qué nue­stro en­tendimien­to, al menos mien­tras nos hal­lam­os en es­ta vi­da, no es in­tel­igi­ble por si mis­mo para sí mis­mo. La ex­pe­ri­en­cia at­es­tigua que su ac­tivi­dad ha men­ester ex­cita­cion. En­tre­ga­do á sí pro­pio co­mo que duerme: es uno de los he­chos psi­cológi­cos mas con­stantes la fal­ta de ac­tivi­dad en nue­stro es­píritu, cuan­do no han pre­ce­di­do in­flu­en­cias ex­ci­tantes.

No es es­to de­cir que es­te­mos des­ti­tu­idos de espon­tanei­dad, y que ningu­na ac­cion sea posi­ble sin una causa ex­ter­na de­ter­mi­nante; pero sí que el mis­mo de­sar­rol­lo espon­tá­neo no ex­is­tiria, si an­te­ri­or­mente no hu­biése­mos es­ta­do someti­dos al in­flu­jo de causas que han dis­per­ta­do nues­tra ac­tivi­dad. Pode­mos apren­der cosas que no se nos en­señan; pero na­da po­dri­amos apren­der si al prim­iti­vo de­sar­rol­lo de nue­stro es­píritu no hu­biese pre­si­di­do la en­señan­za. Hay en nue­stro es­píritu muchas ideas que no son sen­sa­ciones ni pueden haber di­mana­do de el­las, es ver­dad; pero tam­bi­en lo es que un hom­bre que care­ciese de to­dos los sen­ti­dos, na­da pen­saria por fal­tar­le á su es­píritu la causa ex­ci­tante.

[125.] Me he de­tenido en la ex­pli­ca­cion del prob­le­ma de la in­tel­igi­bil­idad, porque en mi con­cep­to es poco menos im­por­tante que el de la in­teligen­cia, por mas que no se le vea trata­do cual merece en las obras filosó­fi­cas. Aho­ra voy á re­ducir la doc­tri­na an­te­ri­or á proposi­ciones claras y sen­cil­las; ya para que el lec­tor se forme de el­la con­cep­to mas ca­bal; ya tam­bi­en para de­ducir al­gu­nas con­se­cuen­cias que no se han to­ca­do en la ex­posi­cion, ó han si­do so­la­mente in­di­cadas.

1.ª Para ser una cosa in­medi­ata­mente in­tel­igi­ble, debe ser in­ma­te­ri­al.

2.ª La ma­te­ria por sí mis­ma no puede ser in­tel­igi­ble.

3.ª La rela­cion en­tre los es­píri­tus y los cuer­pos, ó la rep­re­senta­cion de es­tos en aque­llos, no puede ser de pu­ra ob­je­tivi­dad.

4.ª Es nece­sario ad­mi­tir al­gun otro género de rela­cion con que se ex­plique la union rep­re­sen­ta­ti­va del mun­do de las in­teligen­cias y del mun­do cor­póreo.

5.ª La rep­re­senta­cion ob­jec­ti­va in­medi­ata, supone ac­tivi­dad en el ob­je­to.

6.ª La fuerza de rep­re­sen­tarse un ob­je­to por sí mis­mo á los ojos de una in­teligen­cia, supone en aquel una fac­ul­tad de obrar so­bre es­ta.

7.ª Es­ta fac­ul­tad de obrar pro­duce nece­sari­amente su efec­to; y por con­sigu­iente en­vuelve una es­pecie de su­pe­ri­or­idad del ob­je­to so­bre la in­teligen­cia.

8.ª Un ser in­teligente puede no ser in­medi­ata­mente in­tel­igi­ble.

9.ª La in­tel­igi­bil­idad in­medi­ata, parece encer­rar may­or per­fec­cion que la mis­ma in­teligen­cia.

10.ª Aunque no to­do ser in­teligente sea in­tel­igi­ble, to­do ser in­tel­igi­ble es in­teligente.

11.ª Dios, ac­tivi­dad in­fini­ta en to­dos sen­ti­dos, es in­fini­ta­mente in­teligente é in­fini­ta­mente in­tel­igi­ble para sí mis­mo.

12.ª Dios es in­tel­igi­ble para to­dos los en­tendimien­tos crea­dos, siem­pre que él quiera pre­sen­tarse in­medi­ata­mente á el­los, for­tale­cién­do­los y eleván­do­los de la man­era con­ve­niente.

13.ª No hay ningu­na re­pug­nan­cia en que la in­tel­igi­bil­idad in­medi­ata se haya co­mu­ni­ca­do á al­gunos es­píri­tus, y por con­sigu­iente el que es­tos sean in­tel­igi­bles por sí mis­mos.

14.ª Nues­tra al­ma mien­tras es­tá uni­da al cuer­po, no es in­medi­ata­mente in­tel­igi­ble, y so­lo la cono­ce­mos por sus ac­tos.

15.ª En es­ta fal­ta de in­tel­igi­bil­idad in­medi­ata se en­cuen­tra la ra­zon de la di­fi­cul­tad de los es­tu­dios ide­ológi­cos y psi­cológi­cos, y de la ob­scuri­dad que ex­per­imen­ta­mos al pasar del conocimien­to di­rec­to al re­fle­jo.

16.ª Luego la filosofía del _yo_, ó la que quiere ex­plicar el mun­do in­ter­no y ex­ter­no, par­tien­do del _yo_, es im­posi­ble, y comien­za por pre­scindir de uno de los he­chos fun­da­men­tales de la psi­cología.

17.ª Luego la doc­tri­na de la iden­ti­dad uni­ver­sal es ab­sur­da tam­bi­en; pues que da á la ma­te­ria in­teligen­cia e in­tel­igi­bil­idad in­medi­ata, cuan­do no puede ten­er ni uno ni otro.

18.ª Luego el es­pir­itu­al­is­mo es una ver­dad que nace así de la filosofía sub­je­ti­va co­mo de la ob­je­ti­va, así de la in­teligen­cia co­mo de la in­tel­igi­bil­idad.

19.ª Luego es nece­sario salir de nosotros mis­mos y el­evarnos además so­bre el uni­ver­so, para en­con­trar el orí­gen de la rep­re­senta­cion así sub­je­ti­va co­mo ob­je­ti­va.

20.ª Luego es nece­sario lle­gar á una ac­tivi­dad prim­iti­va, in­fini­ta, que pon­ga en co­mu­ni­ca­cion á las in­teligen­cias en­tre sí y con el mun­do cor­póreo.

21.ª Luego la filosofía pu­ra­mente ide­ológ­ica y psi­cológ­ica nos con­duce á Dios.

22.ª Luego la filosofía no puede comen­zar por un he­cho úni­co, orí­gen de to­dos los he­chos; sino que debe acabar y aca­ba por este he­cho supre­mo, por la ex­is­ten­cia in­fini­ta, que es Dios (XII).

CAPÍ­TU­LO XI­II.

REP­RE­SENTA­CION DE CAUSAL­IDAD Y DE IDE­AL­IDAD.

[126.] A mas de la rep­re­senta­cion por iden­ti­dad, hay la que he lla­ma­do de causal­idad. Un ser puede rep­re­sen­tarse á sí pro­pio; una causa puede rep­re­sen­tar á sus efec­tos. La ac­tivi­dad pro­duc­ti­va no se con­cibe si el prin­ci­pio de la ac­cion pro­duc­triz, no con­tiene en al­gun mo­do á la cosa pro­duci­da. Por es­to se dice que Dios, causa uni­ver­sal de to­do lo que ex­iste y puede ex­is­tir, con­tiene en sí á to­dos los seres reales y posi­bles de una man­era vir­tu­al em­inente. Si un ser puede rep­re­sen­tarse á sí pro­pio, puede rep­re­sen­tar tam­bi­en lo que en sí con­tiene; luego la causal­idad, con tal que ex­is­tan las demás condi­ciones ar­ri­ba ex­pre­sadas, puede ser orí­gen de rep­re­senta­cion.

[127.] Aquí haré no­tar cuán pro­fun­do filó­so­fo se mues­tra San­to Tomás al ex­plicar el mo­do con que Dios conoce las criat­uras. En la Suma teológ­ica cues­tion 14, artícu­lo 5, pre­gun­ta si Dios conoce las cosas dis­tin­tas de sí mis­mo (alia à se) y re­sponde afir­ma­ti­va­mente, no porque con­sidere á la es­en­cia div­ina co­mo un es­pe­jo, sino que apelando á una con­sid­era­cion mas pro­fun­da, bus­ca el orí­gen de este conocimien­to en la causal­idad. Hé aquí en pocas pal­abras ex­trac­ta­da su doc­tri­na. Dios se conoce per­fec­ta­mente á sí mis­mo; luego conoce to­do su poder y por con­sigu­iente to­das las cosas á que este poder se ex­tiende. Otra ra­zon ó mas bi­en am­plia­cion de la mis­ma. El ser de la primera causa, es su mis­mo en­ten­der: to­dos los efec­tos pre­ex­is­ten en Dios, co­mo en su causa, luego han de es­tar en él, en un mo­do in­tel­igi­ble, sien­do su mis­mo en­ten­der. Dios pues, se ve á sí mis­mo por su mis­ma es­en­cia; pero las demás cosas las ve, no en sí mis­mas sino en sí mis­mo, en cuan­to su es­en­cia con­tiene la se­me­jan­za de to­do. La mis­ma doc­tri­na se hal­la en la cues­tion 12 artícu­lo 8.º donde pre­gun­ta si los que ven la es­en­cia div­ina ven en Dios to­das las cosas.

[128.] La rep­re­senta­cion por ide­al­idad es la que no di­mana ni de la iden­ti­dad de la cosa rep­re­sen­tante con la rep­re­sen­ta­da, ni de la rela­cion de causa con efec­to. Nues­tras ideas se hal­lan en este ca­so, pues ni se iden­ti­fi­can con los ob­je­tos ni los cau­san. Nos es im­posi­ble saber si á mas de esa fuerza rep­re­sen­ta­ti­va que ex­per­imen­ta­mos en nues­tras ideas, ex­is­ten sub­stan­cias fini­tas ca­paces de rep­re­sen­tar cosas dis­tin­tas de el­las y no cau­sadas por el­las. Es­tá por la afir­ma­ti­va Leib­nitz; pero co­mo se ha vis­to en su lu­gar, su sis­tema de las mó­nadas debe ser con­sid­er­ado co­mo mer­amente hipotéti­co. Sien­do preferi­ble no de­cir na­da á en­treten­erse en con­je­turas que no po­dri­an con­ducir á ningun re­sul­ta­do, me con­tentaré con asen­tar las proposi­ciones sigu­ientes.

1.ª Si hay al­gun ser que rep­re­sente á otro que no sea su efec­to, es­ta fuerza rep­re­sen­ta­ti­va no la tiene propia, le ha si­do da­da.

2.ª La co­mu­ni­ca­cion de las in­teligen­cias no puede ex­pli­carse sino apelando á una in­teligen­cia primera que sien­do causa de las mis­mas, pue­da dar­les la fuerza de in­fluir una so­bre otra, y por con­sigu­iente de pro­ducirse rep­re­senta­ciones.

[129.] La causal­idad puede ser prin­ci­pio de rep­re­senta­cion, pero no es ra­zon su­fi­ciente de el­la.

En primer lu­gar, una causa no será rep­re­sen­ta­ti­va de sus efec­tos, si el­la en sí mis­ma no es in­tel­igi­ble. Así, aun cuan­do atribuyéramos á la ma­te­ria una ac­tivi­dad propia, no de­beríamos con­ced­er­le la fuerza de rep­re­senta­cion de sus efec­tos, por fal­tar­le la condi­cion in­dis­pens­able que es la in­tel­igi­bil­idad in­medi­ata.

[130.] Para que los efec­tos sean in­tel­igi­bles en la causa, es nece­sario que es­ta ten­ga com­ple­ta­mente el carác­ter de causa, re­unien­do to­das las condi­ciones y de­ter­mi­na­ciones nece­sarias para la pro­duc­cion del efec­to. Las causas li­bres no rep­re­sen­tan á sus efec­tos porque es­tos se hal­lan rel­ati­va­mente á el­las en la so­la es­fera de la posi­bil­idad. Puede re­alizarse la pro­duc­cion, pero no es nece­saria; y así en la causa se verá lo posi­ble mas nó lo re­al. Dios conoce los fu­tur­os con­tin­gentes que de­pen­den de la vol­un­tad hu­mana, no pre­cisa­mente porque conoce la ac­tivi­dad de es­ta, sino porque ve en sí mis­mo, sin suce­sion de tiem­po, no so­lo to­do lo que puede suced­er sino lo que ha de suced­er, pues que na­da puede ex­is­tir ni en lo pre­sente ni en lo fu­turo sin su vol­un­tad ó per­mi­sion. Conoce tam­bi­en los fu­tur­os con­tin­gentes de­pen­di­entes de su so­la vol­un­tad, porque des­de to­da la eternidad sabe lo que tiene re­suel­to y sus de­cre­tos son in­muta­bles é in­de­fectibles.

[131.] Aun re­fir­ién­donos al ór­den nece­sario de la nat­uraleza, y suponien­do cono­ci­da una ó mas causas se­cun­darias, no es posi­ble ver en el­las to­dos sus efec­tos con to­da se­guri­dad, á no ser que la causa obrase ais­lada­mente ó que jun­to con el­la se cono­ciesen to­das las demás. Co­mo la ex­pe­ri­en­cia nos en­seña que las partes de la nat­uraleza es­tán en co­mu­ni­ca­cion ín­ti­ma y recíp­ro­ca, no es da­do supon­er el in­di­ca­do ais­lamien­to, y por con­sigu­iente la ac­cion de to­da causa se­cun­daria es­tá su­je­ta á la com­bi­na­cion de otras que pueden ó im­pedir su efec­to ó mod­ifi­car­le. De aquí la di­fi­cul­tad de es­table­cer leyes gen­erales en­ter­amente se­guras en to­do lo que concierne á la nat­uraleza.

[132.] Es de no­tar que las con­sid­era­ciones prece­dentes son una nue­va de­mostra­cion de la ab­sur­di­dad de la cien­cia trascen­den­tal, si se la quiere fun­dar en un he­cho del cual di­ma­nen to­dos los demás. La rep­re­senta­cion in­telec­tu­al no se ex­pli­ca susti­tuyen­do la em­ana­cion nece­saria á la crea­cion li­bre. Aun suponien­do que la var­iedad del uni­ver­so sea pu­ra­mente fenom­enal, no ex­istien­do en el fon­do mas que un ser siem­pre idén­ti­co, siem­pre úni­co, siem­pre ab­so­lu­to, no puede ne­garse que las apari­en­cias es­tán su­je­tas á cier­tas leyes y someti­das á condi­ciones muy varias. O el en­tendimien­to hu­mano puede ver lo ab­so­lu­to de tal man­era que con una in­tu­icion sim­ple de­scubra to­do lo que en él se encier­ra, to­do lo que es y puede ser ba­jo to­das las for­mas posi­bles, ó es­tá con­de­na­do á seguir el de­sar­rol­lo de lo in­condi­cional, ab­so­lu­to y per­ma­nente, al través de sus for­mas condi­cionales, rel­ati­vas y vari­ables: lo primero, que es una es­pecie de pla­gio ridícu­lo del dog­ma de la vi­sion beat­ífi­ca, es un ab­sur­do tan pal­pa­ble tratán­dose del en­tendimien­to en su es­ta­do ac­tu­al, que no merece ni refuta­cion ni con­testa­cion; lo se­cun­do su­je­ta al en­tendimien­to si to­das las fati­gas de la ob­ser­va­cion, de­struyen­do de un golpe las ilu­siones que se le habi­an he­cho con­ce­bir prometién­dole la cien­cia trascen­den­tal.

[133.] Nue­stro en­tendimien­to es­tá su­je­to en sus ac­tos á una ley de suce­sion, ó sea á la idea del tiem­po. El mis­mo he­cho dom­ina en la nat­uraleza; ya sea que así se ver­ifique en la re­al­idad, ya sea que el tiem­po de­ba ser con­sid­er­ado co­mo una condi­cion sub­je­ti­va que nosotros trasladamos á los ob­je­tos; sea lo que fuere de es­ta doc­tri­na de Kant, cuyo val­or ex­am­inaré en el lu­gar de­bido, lo cier­to es que la suce­sion ex­iste, al menos para nosotros, y que de el­la no pode­mos pre­scindir. En este supuesto, ningun de­sar­rol­lo in­fini­to puede ser­nos cono­ci­do sino con el aux­ilio de un tiem­po in­fini­to. Así es­ta­mos pri­va­dos por necesi­dad metafísi­ca, de cono­cer no so­lo el de­sar­rol­lo fu­turo de lo ab­so­lu­to, sino el pre­sente y el pasa­do. Sien­do este de­sar­rol­lo nece­sario ab­so­lu­ta­mente, se­gun la doc­tri­na á que me re­fiero, ha de­bido pre­ced­er­nos una suce­sion in­fini­ta; por man­era que la or­ga­ni­za­cion ac­tu­al del uni­ver­so ha de ser mi­ra­da co­mo un pun­to de una es­cala sin límites que asi en lo pasa­do co­mo en lo fu­turo no tiene otra me­di­da que la eternidad. Cuál sea el es­ta­do ac­tu­al del mun­do no lo pode­mos saber con so­la la ob­ser­va­cion, sino en una parte muy pe­queña, y por tan­to nos será pre­ciso sacar­lo de la idea de lo ab­so­lu­to, sigu­ién­dole en su de­sar­rol­lo in­fini­to. Es­to, aun cuan­do en sí no fuera rad­ical­mente im­posi­ble, tiene el in­con­ve­niente de que no cabe en el tiem­po de vi­da otor­ga­do á un so­lo hom­bre, ni en la suma de los tiem­pos que han vivi­do to­dos los hom­bres jun­tos.

[134.] Pero volva­mos á la rep­re­senta­cion de causal­idad. Si bi­en se ob­ser­va, la rep­re­senta­cion ide­al va á re­fundirse en la causal; porque no pu­di­en­do un es­píritu ten­er idea de un ob­je­to que no ha pro­duci­do, sino en cuan­to se la co­mu­ni­ca otro es­píritu causa de la cosa rep­re­sen­ta­da, se in­fiere que to­das las rep­re­senta­ciones pu­ra­mente ide­ales proce­den di­rec­ta ó in­di­rec­ta­mente, in­medi­ata ó me­di­ata­mente, de la causa de los ob­je­tos cono­ci­dos. Y co­mo por otro la­do se­gun hemos vis­to ya (127), el primer Ser no conoce las cosas dis­tin­tas de sí mis­mo, sino en cuan­to es causa de el­las, ten­emos que la rep­re­senta­cion de ide­al­idad viene á re­fundirse en la de causal­idad, ver­ificán­dose en parte el prin­ci­pio de un pro­fun­do pen­sador napoli­tano, Vi­co, «la in­teligen­cia so­lo conoce lo que el­la hace.»

[135.] De la doc­tri­na ex­pues­ta se siguen dos con­se­cuen­cias que es pre­ciso no­tar.

1.º Las fuentes prim­iti­vas de rep­re­senta­cion in­telec­tu­al son so­lo dos: iden­ti­dad y causal­idad. La de ide­al­idad es nece­sari­amente deriva­da de la de causal­idad.

2.º En el ór­den re­al, el prin­ci­pio de ser es idén­ti­co al prin­ci­pio de cono­cer. So­lo lo que da el ser puede dar el conocimien­to; so­lo lo que da el conocimien­to puede dar el ser. La causa primera, en tan­to puede dar el conocimien­to en cuan­to da el ser; rep­re­sen­ta porque causa.

[136.] La rep­re­senta­cion de ide­al­idad, aunque en­laza­da con la de causal­idad, es real­mente dis­tin­ta. Bi­en que la ex­pli­ca­cion de su nat­uraleza pertenez­ca al trata­do de las ideas, no quiero de­jar sin al­gu­na aclara­cion un pun­to tan ín­ti­ma­mente lig­ado con el prob­le­ma de la rep­re­senta­cion in­telec­tu­al.

Con­ciben al­gunos las ideas co­mo una es­pecie de imá­genes ó re­tratos del ob­je­to: si bi­en se ob­ser­va, es­to no tiene sen­ti­do sino re­fir­ién­dose á las rep­re­senta­ciones de la imag­ina­cion, es de­cir, á lo pu­ra­mente cor­póreo; y en cuyo ca­so, aun ex­ige la su­posi­cion de que el mun­do ex­ter­no sea tal cual nos lo pre­sen­tan los sen­ti­dos, lo que ba­jo mu­chos as­pec­tos no es ver­dad. Para con­vencerse de cuán ilu­so­ria es la teoría fun­da­da en la se­me­jan­za de las cosas sen­si­bles, bas­ta pre­gun­tar ¿qué es la imá­gen de una rela­cion? ¿có­mo se re­tratan el tiem­po, la causal­idad, la sub­stan­cia, el ser? Hay en la per­cep­cion de es­tas ideas al­go mas pro­fun­do, al­go de un ór­den en­ter­amente dis­tin­to de cuan­to se parece á cosas sen­si­bles; la necesi­dad ha obli­ga­do á com­parar el en­tendimien­to con un ojo que ve, y á la idea con una imá­gen pre­sente; pero es­to es una com­para­cion; la re­al­idad es al­go mas mis­te­rioso, mas se­cre­to, mas ín­ti­mo; en­tre la per­cep­cion y la idea hay una union in­efa­ble; el hom­bre no la ex­pli­ca pero la ex­per­imen­ta.

[137.] La con­cien­cia nos at­es­tigua que hay en nosotros unidad de ser, que el _yo_ es siem­pre idén­ti­co á sí mis­mo, y que per­manece con­stante á pe­sar de la var­iedad de ideas y de ac­tos que pasan por él co­mo las olas so­bre la su­per­fi­cie de un la­go. Las ideas son un mo­do de ser del es­píritu; pero ¿qué es este mo­do? ¿en qué con­siste su nat­uraleza? La pro­duc­cion y re­pro­duc­cion de las ideas ¿di­mana de una causa dis­tin­ta que in­fluya peren­nemente so­bre nues­tra al­ma y le pro­duz­ca in­medi­ata­mente es­os mo­dos de ser que lla­mamos rep­re­senta­ciones é ideas, ó de­ber­emos ad­mi­tir que le haya si­do da­da al es­píritu una ac­tivi­dad pro­duc­triz de es­tas rep­re­senta­ciones, bi­en que su­je­ta á la de­ter­mi­na­cion de causas ex­is­tentes? Es­tas son cues­tiones que por aho­ra me con­tento con in­dicar (XI­II).

CAPÍ­TU­LO XIV.

IM­POSI­BIL­IDAD DE HAL­LAR EL PRIMER PRIN­CI­PIO EN EL ÓR­DEN IDE­AL.

[138.] Lo que no hemos en­con­tra­do en la re­gion de los he­chos, tam­poco lo hal­lare­mos en la de las ideas; pues no hay ningu­na ver­dad ide­al orí­gen de to­das las ver­dades.

La ver­dad ide­al es aque­lla que so­lo ex­pre­sa rela­cion nece­saria de ideas, pre­scin­di­en­do de la ex­is­ten­cia de los ob­je­tos á que se re­fieren; luego re­sul­ta en primer lu­gar, que las ver­dades ide­ales son ab­so­lu­ta­mente in­ca­paces de pro­ducir el conocimien­to de la re­al­idad.

Para con­ducir á al­gun re­sul­ta­do en el ór­den de las ex­is­ten­cias, to­da ver­dad ide­al nece­si­ta un he­cho al cual se pue­da aplicar. Sin es­ta condi­cion, por mas fe­cun­da que fuese en el ór­den de las ideas, se­ria ab­so­lu­ta­mente es­téril en el de los he­chos. Sin la ver­dad ide­al, el he­cho que­da en su in­di­vid­ual­idad ais­la­da, in­ca­paz de pro­ducir otra cosa que el conocimien­to de sí mis­mo; pero en cam­bio la ver­dad ide­al sep­ara­da del he­cho, per­manece en el mun­do lógi­co, de pu­ra ob­je­tivi­dad, sin miedo para de­scen­der al ter­reno de las ex­is­ten­cias.

[139.] Hag­amos apli­ca­cion de es­ta doc­tri­na á los prin­ci­pios ide­ales mas cier­tos, mas ev­identes, y que por con­tenerse en las ideas que ex­pre­san lo mas gen­er­al del ser, deben de poseer la fe­cun­di­dad que es­ta­mos bus­can­do, si es que sea dable en­con­trar­la.

«Es im­posi­ble que una cosa sea y no sea á un mis­mo tiem­po.» Ente es el famoso prin­ci­pio de con­tradic­cion, que sin du­da puede pre­tender á ser con­sid­er­ado co­mo una de las fuentes de ver­dad para el en­tendimien­to hu­mano. Las ideas que en él se con­tienen son las mas sen­cil­las y mas claras que puedan con­ce­birse; en él se afir­ma la re­pug­nan­cia del ser al no ser, y del no ser al ser á un mis­mo tiem­po; lo que es ev­idente en el mas al­to gra­do. Pero ¿qué se ade­lan­ta con este prin­ci­pio so­lo? Pre­sen­ta­dle al en­tendimien­to mas pen­etrante ó al ge­nio mas poderoso, de­ja­dle so­lo con él, y no re­sul­tará mas que una in­tu­icion pu­ra, clarísi­ma, si, pero es­téril. Co­mo no se afir­ma que al­go sea, ó que no sea, na­da se po­drá in­ferir en pro ni en con­tra de ningu­na ex­is­ten­cia; lo que se ofrece al es­píritu es una rela­cion condi­cional, que si al­go ex­iste re­pugna que no ex­ista á un mis­mo tiem­po y vice-​ver­sa; pero si no se pone la condi­cion de la ex­is­ten­cia, ó no ex­is­ten­cia, el sí el nó son in­difer­entes en el ór­den re­al, na­da se sabe con re­spec­to á el­los por grande que sea la ev­iden­cia en el ór­den ide­al.

Para pasar del mun­do lógi­co al mun­do de la re­al­idad, bas­tará un he­cho que sir­va co­mo de puente; si le ofre­ce­mos al en­tendimien­to, las dos rib­eras se aprox­iman, y la cien­cia nace. Yo sien­to, yo pien­so, yo ex­is­to. Hé aquí he­chos de con­cien­cia; com­bí­nese uno cualquiera de el­los con el prin­ci­pio de con­tradic­cion, y lo que antes er­an in­tu­iciones es­tériles, se de­sen­vuel­ven en raciocin­ios fe­cun­dos que se di­la­tan á un tiem­po por el mun­do de las ideas y el de la re­al­idad.

[140.] Aun en el ór­den pu­ra­mente ide­al, el prin­ci­pio de con­tradic­cion es es­téril si no se jun­ta con ver­dades par­tic­ulares del mis­mo ór­den. En la ge­ometría, por ejem­plo, se hace uso con mucha fre­cuen­cia del raciocinio sigu­iente. «Tal can­ti­dad es may­or ó menor que otra, ó le es igual; porque de lo con­trario re­sul­taría may­or y menor, igual y de­sigual á un mis­mo tiem­po, lo que es ab­sur­do;» aquí se apli­ca con fru­to el prin­ci­pio de con­tradic­cion, mas nó so­lo, sino unido con una ver­dad ide­al par­tic­ular que hace útil la apli­ca­cion dicha. Así, en el raciocinio cita­do, no se po­dria hac­er uso del prin­ci­pio de con­tradic­cion para pro­bar la igual­dad ó la de­sigual­dad, si antes no se hu­biese proba­do ó supuesto que ex­iste, ó no ex­iste una de las dos; lo cual no re­sul­ta ni puede re­sul­tar del prin­ci­pio de con­tradic­cion que no encier­ra ningu­na idea par­tic­ular, sino las mas gen­erales que se ofre­cen al en­tendimien­to hu­mano.

[141.] Las ver­dades gen­erales por sí so­las, aun en el ór­den pu­ra­mente ide­al, no con­ducen á na­da, por lo in­de­ter­mi­na­do de las ideas que con­tienen; y por el con­trario, las ver­dades par­tic­ulares por sí so­las, tam­poco pro­ducen ningun re­sul­ta­do, porque se lim­itan á lo que son, im­posi­bil­itan­do el dis­cur­so que no puede dar un pa­so sin el aux­ilio de las ideas y proposi­ciones gen­erales. De la union de unas con otras re­sul­ta la luz; con la sep­ara­cion, no se ob­tiene mas que, o una in­tu­icion ab­strac­ta y va­ga, o la con­tem­pla­cion de una ver­dad par­tic­ular que, lim­ita­da á pe­queña es­fera, na­da puede en­señar so­bre los seres con­sid­er­ados ba­jo un as­pec­to cien­tí­fi­co.

[142.] Ver­emos al tratar de las ideas, que nue­stro en­tendimien­to las tiene de dos clases muy difer­entes: unas que supo­nen el es­pa­cio, y no pueden pre­scindir de él, co­mo son to­das las ge­ométri­cas; otras que no se re­fieren al es­pa­cio, co­mo son to­das las no ge­ométri­cas. Es­tos dos ór­denes de ideas es­tán sep­ara­dos por un abis­mo que so­lo se puede sal­var procu­ran­do la aprox­ima­cion con el uso si­multá­neo de unas y otras. El mis­mo ór­den ide­al que­da in­com­ple­to si no se hace la aprox­ima­cion; y el ór­den re­al del uni­ver­so se vuelve un caos, ó por mejor de­cir de­sa­parece, ni no se com­bi­nan en am­bos ór­denes, tan­to ge­ométri­co co­mo no ge­ométri­co, las ver­dades reales con las ide­ales. De to­das las ideas ge­ométri­cas imag­in­ables, con­sid­er­adas en to­da su pureza ide­al, no re­sul­taría na­da para el ór­den ide­al ge­ométri­co, ni tam­poco para el mun­do de las re­al­idades aun las ma­te­ri­ales, mu­cho menos de las in­ma­te­ri­ales; y por el con­trario, de las ideas no ge­ométri­cas por sí so­las, no se po­dria sacar ni la idea de una rec­ta. Es­ta ob­ser­va­cion aca­ba de de­mostrar que en el ór­den ide­al no hay para nosotros la ver­dad úni­ca, porque si la tomamos en el ór­den ge­ométri­co, nos limi­ta­mos á com­bi­na­ciones que no salen de él; y si en el ór­den no ge­ométri­co, nos fal­ta la idea del es­pa­cio, y con el­la perde­mos has­ta la posi­bil­idad de con­ce­bir el mun­do cor­póreo (XIV).

CAPÍ­TU­LO XV.

LA CONDI­CION IN­DIS­PENS­ABLE DE TO­DO CONOCIMIEN­TO HU­MANO.

MEDIOS DE PER­CEP­CION DE LA VER­DAD.

[143.] No hemos po­di­do en­con­trar ni en el ór­den re­al ni en el ide­al, una ver­dad orí­gen de to­das las demás, para nue­stro en­tendimien­to, mien­tras nos hal­lam­os en es­ta vi­da. Que­da pues de­mostra­do que la cien­cia trascen­den­tal propi­amente dicha, es para nosotros una quimera. Nue­stros conocimien­tos sin em­bar­go han de ten­er al­gun pun­to de apoyo: éste es el que va­mos á bus­car aho­ra.

Para la mejor in­teligen­cia de lo que me pro­pon­go ex­am­inar, recor­daré el ver­dadero es­ta­do de la cues­tion. No bus­co un primer prin­ci­pio tal que ilu­mine por sí so­lo to­das las ver­dades, ó que las pro­duz­ca, sino una ver­dad que sea condi­cion in­dis­pens­able de to­do conocimien­to; por es­to no la llamo orí­gen, sino pun­to de apoyo: el ed­ifi­cio no nace del cimien­to pero es­tri­ba en él. Co­mo un cimien­to hemos de con­sid­er­ar el prin­ci­pio bus­ca­do, así co­mo en los capí­tu­los an­te­ri­ores tratábamos de en­con­trar una semil­la: es­tas dos imá­genes, semil­la y cimien­to, ex­pre­san per­fec­ta­mente mis ideas y deslin­dan con to­da ex­ac­ti­tud las dos cues­tiones.

[144.] ¿Ex­iste un pun­to de apoyo para la cien­cia, y para to­do conocimien­to, sea ó nó cien­tí­fi­co? Si ex­iste, ¿cuál es? ¿hay uno so­lo, ó son mu­chos?

Es ev­idente que el pun­to de apoyo ha de ex­is­tir; si se nos pre­gun­ta el por qué de un asen­so cier­to, hemos de lle­gar al fin á un he­cho o á una proposi­cion de donde no pode­mos pasar; ya que no es dable ad­mi­tir el pro­ce­so has­ta lo in­fini­to. El pun­to en que nos sea pre­ciso de­ten­er­nos, es para nosotros el primero, y por con­sigu­iente el de apoyo para la certeza.

[145.] Par­tien­do de un asen­so da­do, quizás pode­mos ser con­duci­dos á prin­ci­pios difer­entes, in­de­pen­di­entes un­os de otros, to­dos igual­mente fun­da­men­tales para nue­stro es­píritu; en cuyo ca­so no habrá un pun­to so­lo de apoyo, sino mu­chos.

No creo posi­ble de­ter­mi­nar _á pri­ori_, si en es­ta parte hay para nue­stro en­tendimien­to unidad ó plu­ral­idad. Que la cien­cia hu­mana se haya de re­ducir á un prin­ci­pio so­lo, es una proposi­cion que se afir­ma mas no se prue­ba. No ex­istien­do en el hom­bre la fuente de to­da ver­dad co­mo se ha de­mostra­do en los capí­tu­los an­te­ri­ores, es claro que los prin­ci­pios en que se funde su conocimien­to han de ser co­mu­ni­ca­dos. ¿Quién nos ase­gu­ra que es­tos no sean mu­chos y de ór­denes difer­entes? ¿No cabe pues re­solver na­da _á pri­ori_ en la cues­tion pre­sente; es pre­ciso de­scen­der al ter­reno de la ob­ser­va­cion ide­ológ­ica y psi­cológ­ica.

[146.] Nue­stro es­píritu al­can­za la ver­dad, o al menos su apari­en­cia; es de­cir, que de un mo­do ú otro tiene es­tos ac­tos que lla­mamos percibir y sen­tir. Que la re­al­idad cor­re­spon­da ó nó á los ac­tos de nues­tra al­ma, na­da im­por­ta por aho­ra; no es es­to lo que bus­camos; ponemos la cues­tion en un ter­reno en que pueden caber has­ta los mas es­cép­ti­cos; ni aun es­tos nie­gan la per­cep­cion y la sen­sa­cion: si de­struyen la re­al­idad, ad­miten al menos la apari­en­cia.

[147.] Los medios con que percibi­mos la ver­dad son de var­ios ór­denes; lo que hace que las ver­dades mis­mas percibidas cor­re­spon­dan tam­bi­en á ór­denes difer­entes, par­ale­los por de­cir­lo así, con los re­spec­tivos medios de per­cep­cion.

Con­cien­cia, ev­iden­cia, in­stin­to in­telec­tu­al ó sen­ti­do co­mun, hé aquí los tres medios; ver­dades de sen­ti­do ín­ti­mo, ver­dades nece­sarias, ver­dades de sen­ti­do co­mun, hé aquí lo cor­re­spon­di­ente á di­chos medios. Es­tas son cosas dis­tin­tas, difer­entes, que en mu­chos ca­sos no tienen na­da que ver en­tre sí: es pre­ciso deslin­dar­las con mu­cho cuida­do, si se quieren adquirir ideas ex­ac­tas y ca­bales en las cues­tiones rel­ati­vas al primer prin­ci­pio de los conocimien­tos hu­manos.

[148] El medio que he lla­ma­do de con­cien­cia, es de­cir, el sen­ti­do ín­ti­mo de lo que pasa en nosotros, de lo que ex­per­imen­ta­mos, es in­de­pen­di­ente de to­dos los demás. De­strúyase la ev­iden­cia, de­strúyase el in­stin­to in­telec­tu­al, la con­cien­cia per­manece. Para ex­per­imen­tar y es­tar se­guros de que ex­per­imen­ta­mos y de lo que ex­per­imen­ta­mos, no hemos men­ester sino la ex­pe­ri­en­cia mis­ma. Si se supone en du­da el prin­ci­pio de con­tradic­cion, to­davía no se hará vac­ilar la certeza de que suf­rimos cuan­do suf­rimos, de que gozamos cuan­do gozamos, de que pen­samos cuan­do pen­samos. La pres­en­cia del ac­to ó de la im­pre­sion al­lá en el fon­do de nue­stro es­píritu, es ín­ti­ma, in­medi­ata, de una efi­ca­cia ir­re­sistible para hac­er que nos so­bre­pong­amos á to­da du­da. El sueño y la vig­ilia, la de­men­cia y la cor­du­ra, son in­difer­entes para el tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia; el er­ror puede es­tar en el ob­je­to mas nó en el fenó­meno in­ter­no. El lo­co que cree con­tar nu­merosas tale­gas no las cuen­ta cier­ta­mente, y en es­to se en­gaña; pero tiene en su es­píritu la con­cien­cia de que lo hace, y en es­to es in­fal­ible. El que sueña haber cai­do en manos de ladrones se en­gaña en lo to­cante al ob­je­to ex­ter­no; mas nó en lo que pertenece al ac­to mis­mo con que lo cree.

La con­cien­cia es in­de­pen­di­ente de to­do tes­ti­mo­nio ex­trínseco á el­la; es de una necesi­dad in­de­clin­able, de una fuerza ir­re­sistible para pro­ducir certeza; es in­fal­ible en lo que concierne á el­la so­la: si ex­iste no puede menos de dar tes­ti­mo­nio de sí mis­ma; si no ex­iste no lo puede dar. En el­la la re­al­idad y la apari­en­cia se con­fun­den: no puede ser aparente sin ser re­al; la apari­en­cia por sí so­la, es ya una ver­dadera con­cien­cia.

[149.] Com­pren­do en el tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia to­do lo que ex­per­imen­ta­mos en nues­tra al­ma, to­do lo que afec­ta á lo que se lla­ma el _yo_ hu­mano: ideas, pen­samien­tos de to­das clases, ac­tos de vol­un­tad, sen­timien­tos, sen­sa­ciones, en una pal­abra, to­do aque­llo de que pode­mos de­cir: lo ex­per­imen­to.

[150.] Es claro que las ver­dades de con­cien­cia son mas bi­en he­chos que se pueden señalar, que no com­bi­na­ciones enun­cia­bles en una proposi­cion. No es es­to de­cir que no se puedan enun­ciar, sino que el­las en sí mis­mas pre­scinden de to­da for­ma in­telec­tu­al, que son sim­ples el­emen­tos de que el en­tendimien­to se puede ocu­par or­denán­do­los y com­parán­do­los de var­ios mo­dos, pero que por sí so­los no dan ningu­na luz, que el­los por sí mis­mos na­da _rep­re­sen­tan_, que so­lo _pre­sen­tan_ lo que son, son meros he­chos, mas al­lá de los cuales no se puede ir.

[151.] La cos­tum­bre de re­flex­ionar so­bre la con­cien­cia, y el an­dar mez­cladas las op­era­ciones pu­ra­mente in­telec­tuales con los he­chos de sim­ple ex­pe­ri­en­cia in­ter­na, hace que no se con­ci­ba fá­cil­mente ese ais­lamien­to en que se en­cuen­tra por su nat­uraleza to­do lo que es pu­ra­mente sub­je­ti­vo. Se quiere pre­scindir de la re­flex­ion, pero se re­flex­iona so­bre el es­fuer­zo mis­mo que se hace para pre­scindir de el­la: nue­stro en­tendimien­to es una luz que se en­ciende por una parte cuan­do se la apa­ga en otra; la in­sis­ten­cia mis­ma en apa­gar­la suele hac­er­la mas vi­va y cen­tel­leante. De aquí la di­fi­cul­tad de dis­tin­guir los dos car­ac­téres de lo pu­ra­mente sub­je­ti­vo y pu­ra­mente ob­je­ti­vo, de deslin­dar la ev­iden­cia de la con­cien­cia, lo cono­ci­do de lo ex­per­imen­ta­do. Sin em­bar­go, la sep­ara­cion de dos el­emen­tos tan difer­entes se puede fa­cil­itar con­sideran­do que los bru­tos, á su mo­do, tienen tam­bi­en con­cien­cia de lo que ex­per­imen­tan den­tro de sí mis­mos: no suponién­do­los meras máquinas, es pre­ciso otor­gar­les la con­cien­cia, es de­cir, la pres­en­cia ín­ti­ma de sus sen­sa­ciones: sin es­to, ni aun la sen­sa­cion se con­cibe; no ten­drá sen­sa­cion lo que no siente que siente. El bru­to no re­flex­iona so­bre lo que pasa en su in­te­ri­or, lo ex­per­imen­ta, na­da mas. Las sen­sa­ciones se suce­den unas á otras en su al­ma, sin mas vín­cu­lo que la unidad del ser que las ex­per­imen­ta; pero este no las toma por ob­je­to y por con­sigu­iente no las com­bi­na ni trans­for­ma de ningu­na man­era, las de­ja lo que son, sim­ples he­chos. De aquí pode­mos sacar al­gu­na luz para con­ce­bir lo que son en nosotros los sim­ples he­chos de con­cien­cia, aban­don­ados á sí so­los, en to­do su ais­lamien­to, sin ningu­na mez­cla de op­era­ciones pu­ra­mente in­telec­tuales, y sin es­tar su­je­tos á la ac­tivi­dad re­flex­iva que com­binán­do­los de varias man­eras y eleván­do­los á la re­gion de lo pu­ra­mente ide­al, nos los pre­sen­ta de tal mo­do que nos hace olvi­dar su pureza prim­iti­va.

Es nece­sario es­forzarse en percibir con to­da clar­idad lo que son los he­chos de con­cien­cia, lo que es su tes­ti­mo­nio; pues sin es­to es im­posi­ble ade­lan­tar un pa­so en la in­ves­ti­ga­cion del primer prin­ci­pio de los conocimien­tos hu­manos. La con­fu­sion en este pun­to hace in­cur­rir en equiv­oca­ciones trascen­den­tales. Oca­sion ten­dremos de no­tar­lo en lo suce­si­vo; y hemos en­con­tra­do ya las­ti­mosos ejem­plos de se­me­jantes ex­travíos en los er­rores de la filosofía del _yo_.

[152.] La ev­iden­cia, suele de­cirse, es una luz in­telec­tu­al: es­ta es una metá­fo­ra muy opor­tu­na y has­ta muy ex­ac­ta si se quiere; pero que adolece del mis­mo de­fec­to que to­das las metá­foras, las cuales, por sí so­las, sir­ven poco para ex­plicar los mis­te­rios de la filosofía. Luz in­telec­tu­al tam­bi­en la en­con­tramos en mu­chos ac­tos de con­cien­cia. En aque­lla pres­en­cia ín­ti­ma con que una op­era­cion ó una im­pre­sion se ofrece al es­píritu, tam­bi­en hay una es­pecie de luz clara, vi­va, que hi­ere por de­cir­lo así el ojo del al­ma, y no le per­mite de­jar de ver lo que tiene de­lante. Si pues para definir la ev­iden­cia nos con­tenta­mos con lla­mar­la luz del en­tendimien­to, la con­fundi­mos con la con­cien­cia, ó á lo menos damos oca­sion, con un lengua­je am­biguo, á que otros la con­fun­dan.

No se crea que me pro­pon­ga in­cul­par á los que han em­plea­do la metá­fo­ra de la luz, ni que me lison­jee de poder definir la ev­iden­cia con to­da propiedad: ¿quién ex­pre­sa con pal­abras este fenó­meno de nue­stro en­tendimien­to? Al quer­er em­plear al­gu­na, se ofrece la de luz co­mo la mas ade­cua­da. Porque en ver­dad, cuan­do aten­de­mos á la ev­iden­cia, para ex­am­inar ya su nat­uraleza, ya sus efec­tos so­bre el es­píritu, se nos pre­sen­ta nat­uralísi­ma­mente ba­jo la imá­gen de una luz cuyos re­sp­lan­dores alum­bran los ob­je­tos para que nues­tra al­ma pue­da con­tem­plar­los: pero es­to, repi­to, no es su­fi­ciente: y así, aunque no for­mo el em­peño de definir­la con ex­ac­ti­tud, voy á señalar un carác­ter que la dis­tingue de to­do lo que no es el­la.

[153.] La ev­iden­cia an­da siem­pre acom­paña­da de la necesi­dad, y por con­sigu­iente de la uni­ver­sal­idad de las ver­dades que at­es­tigua. No la hay cuan­do no ex­is­ten las dos condi­ciones señal­adas. De lo con­tin­gente no hay ev­iden­cia, sino en cuan­to es­tá someti­do á un prin­ci­pio de necesi­dad.

Ex­plique­mos es­ta doc­tri­na com­pran­do ejem­plos toma­dos re­spec­ti­va­mente de la con­cien­cia y de la ev­iden­cia.

Que hay en mí un ser que pien­sa, es­to no lo sé por ev­iden­cia sino por con­cien­cia. Que lo que pien­sa ex­iste, es­to no lo sé por con­cien­cia sino por ev­iden­cia. En am­bos ca­sos hay certeza ab­so­lu­ta, ir­re­sistible; pero en el primero, ver­sa so­bre un he­cho par­tic­ular, con­tin­gente; en el se­gun­do so­bre una ver­dad uni­ver­sal y nece­saria. Que yo piense es cier­to para mí, pero no es pre­ciso que lo sea para los demás; la de­sapari­cion de mi pen­samien­to no trastor­na el mun­do de las in­teligen­cias; si mi pen­samien­to de­jase aho­ra de ex­is­tir, la ver­dad en sí mis­ma no sufriría ningu­na al­teracion; otras in­teligen­cias po­dri­an con­tin­uar y con­tin­uar­ian percibién­dola; ni en el ór­den re­al ni en el ide­al, se echar­ian de menos el concier­to y la ar­monía.

Me pre­gun­to á mí mis­mo si pien­so; y en el fon­do de mi al­ma leo que sí; me pre­gun­to si este pen­samien­to es nece­sario, y á mas de que la ex­pe­ri­en­cia me dice que nó, tam­poco en­cuen­tro ra­zon ningu­na en que fun­dar la necesi­dad. Aun suponien­do que mi pen­samien­to de­ja de ex­is­tir, veo que con­tinúo dis­cur­rien­do con buen ór­den; así ex­am­ino lo que hu­biera suce­di­do si yo no ex­istiese, ó lo que po­dria suced­er en ade­lante, y asien­to prin­ci­pios y saco con­se­cuen­cias, sin que­bran­tar ningu­na de las leyes in­telec­tuales. El mun­do ide­al y el re­al se ofre­cen á mis ojos co­mo un mag­ní­fi­co es­pec­tácu­lo al cual yo asis­to cier­ta­mente, si, pero de donde puedo re­ti­rarme sin que la rep­re­senta­cion cese, ni se al­tere na­da, ni re­sulte otra mu­dan­za que la de quedar vacío el im­per­cep­ti­ble lu­gar que es­toy ocu­pan­do. Muy de otro mo­do sucede en las ver­dades ob­je­to de ev­iden­cia; no es nece­sario que yo piense, pero es tan nece­sario que lo que pien­sa ex­ista, que to­dos mis es­fuer­zos no bas­tan para pre­scindir por un mo­men­to de es­ta necesi­dad. Si supon­go lo con­trario, si colocán­dome en el ter­reno de lo ab­sur­do fin­jo por un in­stante que que­da cor­ta­da la rela­cion en­tre el pen­sar y el ser, se rompe el vín­cu­lo que mantiene en ór­den al uni­ver­so en­tero: to­do se trastor­na, to­do se con­funde, y lo que se me pre­sen­ta á la vista no sé si es el caos ó la na­da. ¿Qué ha suce­di­do? Na­da mas sino que el en­tendimien­to ha supuesto una cosa con­tra­dic­to­ria, afir­man­do y ne­gan­do á un mis­mo tiem­po el pen­sar, porque afirma­ba un pen­samien­to al cual ne­ga­ba la ex­is­ten­cia. Se ha que­bran­ta­do una ley uni­ver­sal, ab­so­lu­ta­mente nece­saria; en fal­tan­do el­la to­do se hunde en el caos; la certeza de la ex­is­ten­cia del _yo_ afi­an­za­da en el tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia, no bas­ta á im­pedir la con­fu­sion: la in­teligen­cia con­tradi­cién­dose, se ha ne­ga­do á sí propia; de su pal­abra in­sen­sa­ta no ha sali­do el ser sino la na­da, no la luz sino las tinieblas; y esas tinieblas que el­la ha so­pla­do so­bre to­do lo ex­is­tente y lo posi­ble, vuel­ven á caer á tor­rentes so­bre el­la mis­ma y la en­vuel­ven en eter­na noche.

[154.] Hé aquí fi­ja­dos y deslin­da­dos los car­ac­téres de la con­cien­cia y de la ev­iden­cia. La primera tiene por ob­je­to lo in­di­vid­ual y con­tin­gente; la se­gun­da lo uni­ver­sal y nece­sario: so­lo Dios, fuente de to­da ver­dad, prin­ci­pio uni­ver­sal y nece­sario de ser y de cono­cer, tiene iden­ti­fi­ca­da la con­cien­cia con la ev­iden­cia en sí pro­pio: en aquel ser in­fini­to que to­do lo encier­ra, ve la ra­zon de to­das las es­en­cias y de to­das las ex­is­ten­cias, y no le es dable pre­scindir de sí mis­mo, del tes­ti­mo­nio de su con­cien­cia, sin anon­adar­lo to­do. ¿Qué quedaria en el mun­do, se dice la criatu­ra, si tú de­sa­pare­cieses? y se re­sponde á si mis­ma: _to­do ex­cep­to tú_. Si Dios se di­rigiese es­ta pre­gun­ta, se re­spon­dería á sí pro­pio: _na­da_.

[155.] He lla­ma­do in­stin­to in­telec­tu­al á ese im­pul­so que nos ll­eva á la certeza en mu­chos ca­sos, sin que me­di­en ni el tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia, ni el de la ev­iden­cia. Si se in­di­ca á un hom­bre un blan­co de una línea de diámetro, y luego se le ven­dan los ojos y de­spues de haber­le he­cho dar muchas vueltas á la aven­tu­ra, se le pone un ar­co en la mano para que dis­pare y se ase­gu­ra que la flecha irá á clavarse pre­cisa­mente en el pe­queñísi­mo blan­co, dirá que es­to es im­posi­ble y nadie será ca­paz de per­suadirle tamaño dis­late. ¿Y porqué? ¿se apoya en el tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia? nó, porque se tra­ta de ob­je­tos ex­ter­nos. ¿Se fun­da en la ev­iden­cia? tam­poco, porque es­ta tiene por ob­je­to las cosas nece­sarias, y no hay ningu­na im­posi­bil­idad in­trínse­ca en que la flecha vaya á dar en el pun­to señal­ado. ¿En qué es­tri­ba pues la pro­fun­da con­vic­cion de la neg­ati­va? Si suponemos que este hom­bre na­da sabe de las teorías de prob­abil­idades y com­bi­na­ciones, que ni aun tiene noti­cia de es­ta cien­cia, ni ha pen­sa­do nun­ca en cosas se­me­jantes, su certeza será igual, sin em­bar­go de que no po­drá fun­dar­la en cál­cu­lo de ningu­na es­pecie; igual la ten­drán to­dos los cir­cun­stantes rudos ó cul­tos, ig­no­rantes ó sabios: sin necesi­dad de re­flex­ion, in­stan­tánea­mente, to­dos dirán ó pen­sarán: «es­to es im­posi­ble, es­to no se ver­ifi­cará.» ¿En qué fun­dan, repi­to, tan fuerte con­vic­cion? Es claro que no na­cien­do ni de la con­cien­cia, ni de la ev­iden­cia in­medi­ata ni me­di­ata, no puede ten­er otro orí­gen que esa fuerza in­te­ri­or que llamo in­stin­to in­telec­tu­al, y que de­jaré lla­mar sen­ti­do co­mun ó lo que se quiera, con tal que se re­conoz­ca la ex­is­ten­cia del he­cho. Don pre­cioso que nos ha otor­ga­do el Cri­ador para hac­er­nos ra­zon­ables aun antes de racioci­nar; y á fin de que diri­jamos nues­tra con­duc­ta de una man­era pru­dente, cuan­do no ten­emos tiem­po para ex­am­inar las ra­zones de pru­den­cia.

[156.] Ese in­stin­to in­telec­tu­al abraza muchísi­mos ob­je­tos de ór­den muy difer­ente; es, por de­cir­lo asi, la guia y el es­cu­do de la ra­zon; la guia, porque la pre­cede y le in­di­ca el camino ver­dadero, antes de que comience á an­dar; el es­cu­do, porque la pone á cu­bier­to de sus propias cav­ila­ciones, ha­cien­do en­mude­cer el sofis­ma en pres­en­cia del sen­ti­do co­mun.

[157.] El tes­ti­mo­nio de la au­tori­dad hu­mana, tan nece­sario al in­di­vid­uo y á la so­ciedad, ar­ran­ca nue­stro asen­so por medio de un in­stin­to in­telec­tu­al. El hom­bre cree al hom­bre, cree á la so­ciedad, antes de pen­sar en los mo­tivos de su fe; pocos los ex­am­inan, y sin em­bar­go la fe es uni­ver­sal.

No se tra­ta aho­ra de saber si el in­stin­to in­telec­tu­al nos en­gaña al­gu­nas ve­ces, en qué ca­sos y por qué; al pre­sente so­lo quiero consignar su ex­is­ten­cia; y con re­spec­to á los er­rores á que nos con­duce, me con­tentaré con ob­ser­var que en un ser dé­bil co­mo es el hom­bre, la regla se dobla muy á menudo; y que así co­mo no es posi­ble en­con­trar en él lo bueno sin mez­cla de lo ma­lo, tam­poco es dable hal­lar la ver­dad sin mez­cla de er­ror.

[158.] Si bi­en se ob­ser­va, no ob­je­ti­va­mos las sen­sa­ciones sino en fuerza de un in­stin­to ir­re­sistible. Na­da mas cier­to, mas ev­idente á los ojos de la filosofía que la sub­je­tivi­dad de to­da sen­sa­cion; es de­cir, que las sen­sa­ciones son fenó­menos in­ma­nentes, ó que es­tán den­tro de nosotros y no salen fuera de nosotros; y sin em­bar­go, na­da mas con­stante que el trán­si­to que hace el género hu­mano en­tero de lo sub­je­ti­vo á lo ob­je­ti­vo, de lo in­ter­no á lo ex­ter­no, del fenó­meno á la re­al­idad. ¿En qué se fun­da este trán­si­to? Cuan­do los filó­so­fos mas em­inentes han tenido tan­ta di­fi­cul­tad en en­con­trar el puente, por de­cir­lo así, que une las dos rib­eras op­ues­tas, cuan­do al­gunos de el­los cansa­dos de in­ves­ti­gar han di­cho re­suelta­mente que no era posi­ble en­con­trar­le, ¿lo de­scubrirá el co­mun de los hom­bres des­de su mas tier­na niñez? es ev­idente que el trán­si­to que ha­cen no puede ex­pli­carse por mo­tivos de raciocinio, y que es pre­ciso apelar al in­stin­to de la nat­uraleza. Luego hay un in­stin­to que por sí so­lo nos ase­gu­ra de la ver­dad de una proposi­cion, á cuya de­mostra­cion lle­ga difí­cil­mente la filosofía mas recón­di­ta.

[159.] Aquí ob­ser­varé lo er­ra­do de los méto­dos que ais­lan las fac­ul­tades del hom­bre, y que para cono­cer mejor el es­píritu, le des­fig­uran y mu­ti­lan. Es uno de los he­chos mas con­stantes y fun­da­men­tales de las cien­cias ide­ológ­icas y psi­cológ­icas, la mul­ti­pli­ci­dad de ac­tos y fac­ul­tades de nues­tra al­ma, á pe­sar de su sim­pli­ci­dad at­es­tigua­da por la unidad de con­cien­cia. Hay en el hom­bre co­mo en el uni­ver­so un con­jun­to de leyes cuyos efec­tos se de­sen­vuel­ven si­multánea­mente, con una reg­ular­idad ar­mo­niosa; sep­arar­las equiv­ale muchas ve­ces á pon­er­las en con­tradic­cion; porque no sien­do da­do á ningu­na de el­las el pro­ducir su efec­to ais­lada­mente, sino en com­bi­na­cion con las demás, cuan­do se les ex­ige que obren por sí so­las, en vez de efec­tos reg­ulares, pro­ducen mon­stru­osi­dades las mas de­formes. Si de­jais so­la en el mun­do la ley de grav­ita­cion no com­binán­dola con ningu­na fuerza de proyec­cion, to­do se pre­cip­itará há­cia un cen­tro; en vez de esa in­finidad de sis­temas que her­mosean el fir­ma­men­to, ten­dréis una mole ru­da é in­di­ges­ta: si quitáis la grav­ita­cion y de­jais la fuerza de proyec­cion, los cuer­pos to­dos se de­scom­pon­drán en áto­mos im­per­cep­ti­bles, dis­per­sán­dose cual éter lev­ísi­mo por las re­giones de la in­men­si­dad (XV).

CAPÍ­TU­LO XVI.

CON­FU­SION DE IDEAS EN LAS DIS­PUTAS SO­BRE EL PRIN­CI­PIO FUN­DA­MEN­TAL.

[160.] En mi con­cep­to hay var­ios prin­ci­pios que con rela­cion al en­tendimien­to hu­mano pueden lla­marse igual­mente fun­da­men­tales, ya porque to­dos sir­ven de cimien­to en el ór­den co­mun y en el cien­tí­fi­co, ya porque no se apoy­an en otro; no sien­do dable señalar uno que dis­frute de es­ta cal­idad co­mo priv­ile­gio ex­clu­si­vo. Al bus­carse en las es­cue­las el prin­ci­pio fun­da­men­tal, suele ad­ver­tirse que no se tra­ta de en­con­trar una ver­dad de la cual di­ma­nen to­das las otras; pero sí un ax­ioma tal que su ru­ina traiga con­si­go la de to­das las ver­dades, y su firmeza las sosten­ga, al menos in­di­rec­ta­mente; de man­era que quien las ne­gare pue­da ser re­duci­do por de­mostra­cion in­di­rec­ta ó _ad ab­sur­dum_; es de­cir, que ad­mi­ti­do di­cho ax­ioma, se po­drá con­seguir que quien niegue los otros sea con­ven­ci­do de hal­larse en oposi­cion con el que habia re­cono­ci­do co­mo ver­dadero.

[161.] Mu­cho se ha dis­puta­do so­bre si era este ó aquel prin­ci­pio el mere­ce­dor de la pref­er­en­cia; yo creo que hay aquí cier­ta con­fu­sion de ideas, naci­da en bue­na parte, de no deslin­dar su­fi­cien­te­mente tes­ti­mo­nios tan dis­tin­tos co­mo son el de la con­cien­cia, el de la ev­iden­cia y el del sen­ti­do co­mun.

El famoso prin­ci­pio de Descartes «yo pien­so, luego soy;» el de con­tradic­cion, «es im­posi­ble que una cosa sea y no sea á un mis­mo tiem­po;» el otro que lla­man de los carte­sianos, «lo que es­tá con­tenido en la idea clara y dis­tin­ta de una cosa, se puede afir­mar de el­la con to­da certeza;» son los tres prin­ci­pios que han di­vi­di­do las es­cue­las. En fa­vor de to­dos el­los se ale­ga­ban ra­zones poderosísi­mas, y has­ta con­cluyentes con­tra el ad­ver­sario, aten­di­do el ter­reno en que es­ta­ba colo­ca­da la cues­tion.

Si no es­tais se­guros de que pen­sais, argüiria un par­tidario de Descartes, no podeis es­tar­lo ni aun del prin­ci­pio de con­tradic­cion, ni tam­poco de la le­git­im­idad del cri­te­rio de la ev­iden­cia; para saber to­do es­to, es nece­sario pen­sar; quien afir­ma ó nie­ga, pien­sa; sin supon­er el pen­samien­to, no son posi­bles ni la afir­ma­cion ni la ne­ga­cion. Pero ad­mi­ta­mos el pen­samien­to; ten­emos ya un pun­to de apoyo, y de tal nat­uraleza, que lo en­con­tramos en nosotros mis­mos, at­es­tigua­do por el sen­ti­do ín­ti­mo, im­ponién­donos con una efi­ca­cia ir­re­sistible la certeza de su ex­is­ten­cia. Es­table­ci­do el fun­da­men­to, veamos có­mo se puede lev­an­tar el ed­ifi­cio: para es­to, no es nece­sario salir del pen­samien­to pro­pio; al­lí es­tá el pun­to lu­mi­noso para guiarnos en el camino de la ver­dad; sig­amos sus re­sp­lan­dores, y fi­ja­do un pun­to in­móvil hag­amos salir de él el hi­lo mis­te­rioso que nos con­duz­ca en el laber­in­to de la cien­cia. Así, nue­stro prin­ci­pio es el primero, es la basa de to­dos los demás, posee una fuerza propia para sosten­erse y la tiene so­brante para co­mu­nicar firmeza á los otros.

Este lengua­je es ra­zon­able cier­ta­mente; pero hay la des­gra­cia de que la con­vic­cion que pudiera pro­ducir, es­tá neu­tral­iza­da con otro lengua­je no menos ra­zon­able, en sen­ti­do di­rec­ta­mente op­uesto. He aquí có­mo pudiera con­tes­tar un sostene­dor del prin­ci­pio de con­tradic­cion. Si nos dais por supuesto que es im­posi­ble que una cosa sea y no sea á un mis­mo tiem­po, será posi­ble que á un mis­mo tiem­po pen­séis y no pen­séis; vues­tra afir­ma­cion pues «yo pien­so» no sig­nifi­ca na­da; porque jun­to con el­la se puede ver­ificar la op­ues­ta «yo no pien­so». En tal ca­so, la ila­cion de la ex­is­ten­cia que­da de­stru­ida; porque aun ad­mi­tien­do la le­git­im­idad de la con­se­cuen­cia «yo pien­so, luego ex­is­to», co­mo por otra parte sabríamos que es posi­ble es­ta otra premisa, «yo no pien­so,» la de­duc­cion no ten­dria lu­gar. Sin el prin­ci­pio de con­tradic­cion tam­poco vale na­da el otro: «lo que es­tá con­tenido en la idea clara y dis­tin­ta de una cosa se puede afir­mar de el­la con to­da certeza»: porque si á un mis­mo tiem­po es posi­ble el ser y el no ser, una idea po­drá ser clara y os­cu­ra, dis­tin­ta y con­tusa; un pred­ica­do po­drá es­tar con­tenido en un su­je­to y no con­tenido; po­drá haber certeza é in­cer­tidum­bre; afir­ma­cion y ne­ga­cion; luego es­ta regla no sirve para na­da.

Y tiene mucha ra­zon el que dis­curre de este mo­do; pero lo cu­rioso es, que el ter­cer con­trin­cante las ale­gará igual­mente fuertes con­tra sus dos ad­ver­sar­ios. ¿Có­mo se sabe, po­drá pre­gun­tar, que el prin­ci­pio de con­tradic­cion es ver­dadero? claro es que no lo sabe­mos sino porque en la idea del ser ve­mos la im­posi­bil­idad del no ser á un mis­mo tiem­po y vice-​ver­sa; luego no es­tais se­guros del prin­ci­pio de con­tradic­cion sino apli­can­do mi prin­ci­pio: «lo que es­tá con­tenido en la idea clara y dis­tin­ta de una cosa, se puede afir­mar de el­la con to­da certeza.» Si na­da puede sosten­erse en cayen­do al prin­ci­pio de con­tradic­cion, y este se fun­da en el mio, el mio es el cimien­to de to­do.

[162.] Los tres tienen ra­zon y no la tiene ninguno. La tienen los tres, en cuan­to afir­man que ne­ga­do el re­spec­ti­vo prin­ci­pio se ar­ru­inan los demás; no la tiene ninguno, en cuan­to pre­tenden que ne­ga­dos los demás no se ar­ru­ina el pro­pio. ¿De dónde pues nace la dis­pu­ta? de la con­fu­sion de ideas, de que se com­paran prin­ci­pios de ór­denes muy difer­entes, to­dos de se­guro muy ver­daderos, pero que no pueden parang­onarse por la mis­ma ra­zon que no se com­para lo blan­co con lo caliente, dis­putan­do si una cosa tiene mas gra­dos de calor que de blan­cu­ra. Para la com­para­cion, se nece­si­ta cier­ta oposi­cion en los ex­tremos; pero es­tos deben ten­er al­go co­mun; si son en­ter­amente dis­parata­dos, la com­para­cion es im­posi­ble.

El prin­ci­pio de Descartes es la anun­cia­cion de un sim­ple he­cho de con­cien­cia; el de con­tradic­cion es una ver­dad cono­ci­da por ev­iden­cia; y el otro es la afir­ma­cion de la le­git­im­idad del cri­te­rio de la ev­iden­cia mis­ma; es una ver­dad de re­flex­ion que ex­pre­sa el im­pul­so in­telec­tu­al por el que so­mos ll­eva­dos á creer ver­dadero lo que cono­ce­mos con ev­iden­cia.

La im­por­tan­cia de la cues­tion ex­ige que ex­am­inemos por sep­ara­do los tres prin­ci­pios; así lo haré en los capí­tu­los sigu­ientes (XVI).

CAPÍ­TU­LO XVII.

LA EX­IS­TEN­CIA Y EL PEN­SAMIEN­TO. PRIN­CI­PIO DE DESCARTES.

[163.] ¿Es­toy se­guro de que ex­is­to? sí. ¿Puedo pro­bar­lo? nó. La prue­ba supone un raciocinio; no hay raciocinio sóli­do sin prin­ci­pio firme en que es­tribe; y no hay prin­ci­pio firme, si no es­tá supues­ta la ex­is­ten­cia del ser que racioci­na.

En efec­to: si quien dis­curre no es­tá se­guro de su ex­is­ten­cia, no puede es­tar­lo ni de la ex­is­ten­cia de su pro­pio dis­cur­so; pues no habrá dis­cur­so si no hay quien dis­curre. Luego sin este supuesto no hay prin­ci­pios so­bre que fun­dar, no hay na­da; no hay mas que ilu­sion, y bi­en mi­ra­do, ni ilu­sion siquiera, pues no hay ilu­sion si no hay ilu­so.

Nues­tra ex­is­ten­cia no puede ser de­mostra­da: ten­emos de el­la una con­cien­cia tan clara, tan vi­va, que no nos de­ja la menor in­cer­tidum­bre; pero pro­bar­la con el raciocinio es im­posi­ble.

[164.] Es una pre­ocu­pa­cion, un er­ror de fa­tales con­se­cuen­cias, el creer que pode­mos pro­bar­lo to­do con el uso de la ra­zon; antes que el uso de la ra­zon es­tán los prin­ci­pios en que el­la se fun­da; y antes que uno y otro, es­tá la ex­is­ten­cia de la ra­zon mis­ma, y del ser que racioci­na.

Lejos de que to­do sea de­mostra­ble, se puede de­mostrar que hay cosas in­de­mostra­bles. La de­mostra­cion es una ar­gu­menta­cion en la cual se in­fiere de proposi­ciones ev­identes una proposi­cion ev­iden­te­mente en­laza­da con el­las. Si las premisas son ev­identes por sí mis­mas, no con­sen­tirán de­mostra­cion; si suponemos que el­las á su vez sean de­mostra­bles, ten­dremos la mis­ma di­fi­cul­tad con re­spec­to á las otras en que se funde la nue­va de­mostra­cion; luego, ó es pre­ciso de­ten­erse en un pun­to in­de­mostra­ble, ó pro­ced­er has­ta lo in­fini­to, lo que equiv­aldria á no acabar jamás la de­mostra­cion.

[165.] Y es de ob­ser­var que la in­de­mostra­bil­idad, por de­cir­lo así, no es propia úni­ca­mente de cier­tas premisas: se la hal­la en al­gun mo­do en to­do raciocinio, por su mis­ma nat­uraleza, pre­scin­di­en­do de las proposi­ciones de que se com­pone. Sabe­mos que las premisas A y B son cier­tas; de el­las in­ferire­mos la proposi­cion C. ¿Con qué dere­cho? Porque ve­mos que C se en­laza con las A y B. ¿Y có­mo sabe­mos es­to? Si es con ev­iden­cia in­medi­ata, por in­tu­icion: hé aquí otra cosa in­de­mostra­ble: el en­lace de la con­clu­sion con las premisas. Si es por raciocinio, fundán­donos en los prin­ci­pios del arte de racioci­nar, en­tonces hay dos con­sid­era­ciones, am­bas con­du­centes á de­mostrar la in­de­mostra­bil­idad. 1.ª Si los prin­ci­pios del arte son in­de­mostra­bles, ten­emos ya una cosa in­de­mostra­ble; si lo son, al fin hemos de valer­nos de otros que les sir­van de basa, y ó pararnos en al­guno que no con­sien­ta de­mostra­cion, ó pro­ced­er has­ta lo in­fini­to. 2.ª ¿Có­mo sabe­mos que los prin­ci­pios del raciocinio se apli­can á este ca­so? ¿Será por otro raciocinio? re­sul­tan los mis­mos in­con­ve­nientes que en el ca­so an­te­ri­or. ¿Será porque lo ve­mos así? ¿porque es ev­idente con ev­iden­cia in­medi­ata? hénos aquí en otro pun­to in­de­mostra­ble.

Es­tas re­flex­iones no de­jan ningu­na du­da de que el pedir la prue­ba de to­do es pedir lo im­posi­ble.

[166.] El ser que no pien­sa, no tiene con­cien­cia de sí mis­mo: la piedra ex­iste, mas el­la no lo sabe, y en un ca­so se­me­jante se en­cuen­tra el hom­bre mis­mo cuan­do to­das sus fac­ul­tades in­telec­tuales y sen­si­ti­vas se hal­lan en com­ple­ta in­ac­cion. La difer­en­cia de es­tos dos es­ta­dos se con­cibe muy bi­en recor­dan­do lo que acon­tece al pasar de la vig­ilia á un sueño pro­fun­do, y al volver de este á la vig­ilia.

El primer pun­to de par­ti­da para dar un pa­so en nue­stros conocimien­tos, es es­ta pres­en­cia ín­ti­ma de nue­stros ac­tos in­te­ri­ores, pre­scin­di­en­do de las cues­tiones que sus­ci­tarse puedan so­bre la nat­uraleza de el­los. Si to­do ex­istiese co­mo aho­ra, y ex­istiesen in­fini­tos mun­dos difer­entes del que ten­emos á la vista, na­da ex­is­tiria para nosotros, si nos fal­tasen es­os ac­tos in­te­ri­ores de que es­ta­mos hablan­do. Seríamos co­mo el cuer­po in­sen­si­ble colo­ca­do en la in­men­si­dad del es­pa­cio, que se hal­la lo mis­mo aho­ra que si to­do de­sa­pare­ciese alrede­dor de él, y no percibiria mu­dan­za al­gu­na aun cuan­do él pro­pio se sum­iese de nue­vo en el abis­mo de la na­da. Al con­trario, si suponemos que to­do se aniquila ex­cep­to este ser que den­tro de nosotros siente, pien­sa y quiere; to­davía que­da un pun­to donde hac­er es­trib­ar el ed­ifi­cio de los hu­manos conocimien­tos: este ser, so­lo en la in­men­si­dad, se dará cuen­ta á sí mis­mo de sus pro­pios ac­tos, y se­gun el al­cance de sus fac­ul­tades in­telec­tuales, po­drá ar­ro­jarse á in­nu­mer­ables com­bi­na­ciones que ten­gan por ob­je­to lo posi­ble, ya que nó la re­al­idad.

[167.] Se ha com­bat­ido mu­cho el famoso prin­ci­pio de Descartes: _«yo_ pien­so, luego _ex­is­to_;» el ataque es jus­to y con­cluyente, si en efec­to el filó­so­fo hu­biese en­ten­di­do su prin­ci­pio en el sen­ti­do que se le acos­tum­bra dar en las es­cue­las. Si Descartes le hu­biese pre­sen­ta­do co­mo un ver­dadero raciocinio, co­mo un en­timema en que asen­ta­do el an­tecedente de­du­jera la con­se­cuen­cia, claro es que el ar­gu­men­to clau­di­ca­ba por su basa, es­ta­ba en el aire. Porque, cuan­do él di­jera: «voy á pro­bar mi ex­is­ten­cia con este en­timema: yo pien­so, luego soy», se le po­dia ob­je­tar lo sigu­iente: vue­stro en­timema se re­duce á un sil­ogis­mo en es­ta for­ma: «to­do lo que pien­sa ex­iste; es así que yo pien­so, luego ex­is­to.» Este sil­ogis­mo, en el supuesto de una du­da uni­ver­sal, en que no se dé por supues­ta ni aun la mis­ma ex­is­ten­cia, es in­ad­mis­ible en sus proposi­ciones y en la tra­bazon de el­las. En primer lu­gar: ¿có­mo sabeis que to­do lo que pien­sa ex­iste?--Porque na­da puede pen­sar sin ex­is­tir.--Y es­to ¿có­mo se sabe?--Porque lo que no ex­iste no obra.--Y es­to ¿có­mo se sabe? Suponien­do que de to­do se du­da, que na­da se sabe, no se pueden saber es­tos prin­ci­pios; de otra suerte fal­ta­mos á la su­posi­cion de la du­da uni­ver­sal, y por con­sigu­iente nos sal­imos de la cues­tion. Si al­guno de es­tos prin­ci­pios se ha de ad­mi­tir sin prue­ba, tan­to valia ad­mi­tir des­de luego la ex­is­ten­cia propia, y ahor­rarse el tra­ba­jo de pro­bar­la con un en­timema.

En se­gun­do lu­gar: ¿có­mo sabéis que pen­sais? Se os puede hac­er el sigu­iente ar­gu­men­to, re­tor­cien­do el vue­stro, co­mo di­cen los di­aléc­ti­cos: na­da puede pen­sar sin ex­is­tir, vues­tra ex­is­ten­cia es du­dosa, tratais de pro­bar­la, luego no es­tais se­guros de pen­sar.

[168.] Que­da pues en claro que el prin­ci­pio de Descartes es in­sostenible toma­do co­mo un ver­dadero raciocinio; y sien­do tan fá­cil de al­can­zar su flaque­za, parece im­posi­ble que no la viese un en­tendimien­to tan claro y pen­etrante. Es prob­able pues que Descartes en­tendió su prin­ci­pio en un sen­ti­do muy difer­ente, y voy á ex­pon­er en pocas pal­abras el que en mi juicio de­bió de dar­le el ilus­tre filó­so­fo.

Suponién­dose por un mo­men­to en una du­da uni­ver­sal, sin acep­tar co­mo cier­to na­da de cuan­to sabia, se con­cen­tra­ba den­tro de sí mis­mo, y bus­ca­ba en el fon­do de su al­ma un pun­to de apoyo donde hac­er es­trib­ar el ed­ifi­cio de los conocimien­tos hu­manos. Claro es que, aun ha­cien­do ab­strac­cion de to­do cuan­to nos rodea, no pode­mos pre­scindir de nosotros mis­mos, de nue­stro es­píritu que se pre­sen­ta á sus pro­pios ojos con tan­ta may­or lu­cidez, cuan­to es may­or la ab­strac­cion en que nos con­sti­tu­imos con re­spec­to á los ob­je­tos ex­ter­nos. Aho­ra bi­en, en esa con­cen­tra­cion, en ese ac­to de en­simis­marse, re­trayén­dose el hom­bre de to­do por temor de er­rar, e in­ter­rogán­dose á sí mis­mo, si hay al­go cier­to, si hay al­go que pue­da servir de apoyo, si hay un pun­to de par­ti­da en la car­rera de los conocimien­tos, lo primero que se ofrece es la con­cien­cia del pen­samien­to, la pres­en­cia mis­ma de los ac­tos de nues­tra al­ma, de eso que se lla­ma pen­sar. Hé aquí si no me en­gaño la mente de Descartes; «yo quiero du­dar de to­do; me re­trai­go de afir­mar co­mo de ne­gar na­da; me ais­lo de cuan­to me rodea, porque ig­noro si es­to es al­go mas que una ilu­sion. Pero en este mis­mo ais­lamien­to me en­cuen­tro con el sen­timien­to ín­ti­mo de mis ac­tos in­te­ri­ores, con la pres­en­cia de mi es­píritu: yo pien­so, luego soy: yo pien­so, así lo ex­per­imen­to de una man­era que no me con­siente du­da, ni in­cer­tidum­bre; luego soy, es de­cir, ese sen­timien­to de mi pen­samien­to me hace sabedor de mi ex­is­ten­cia.»

[169.] Así se ex­pli­ca có­mo Descartes no pre­senta­ba su prin­ci­pio cual un mero en­timema, cual un raciocinio co­mun; sino co­mo la consigna­cion de un he­cho que se le ofre­cia el primero en el ór­den de los he­chos; y cuan­do del pen­samien­to in­fe­ria la ex­is­ten­cia, no era con una de­duc­cion propi­amente dicha, sino co­mo un he­cho com­pren­di­do en otro, ex­pre­sa­do por otro, ó mejor di­re­mos, _iden­ti­fi­ca­do_ con él.

He di­cho _iden­ti­fi­ca­do_, porque en re­al­idad es así en con­cep­to de Descartes; y es­to aca­ba de con­fir­mar lo que he asen­ta­do an­te­ri­or­mente, que el filó­so­fo no pre­senta­ba un raciocinio, sino que consigna­ba un he­cho. Sabido es que, se­gun él, la es­en­cia del es­píritu es el mis­mo pen­samien­to, de suerte que así co­mo otras es­cue­las filosó­fi­cas dis­tinguen en­tre la sub­stan­cia y su ac­to, con­sideran­do al es­píritu en la primera clase y al pen­samien­to en la se­gun­da, Descartes soste­nia que no habia dis­tin­cion al­gu­na en­tre el es­píritu y el pen­samien­to, que era una mis­ma cosa: que el pen­samien­to con­sti­tu­ia la es­en­cia del al­ma. «Aunque un atrib­uto, dice, sea su­fi­ciente para hac­er­nos cono­cer la sub­stan­cia, hay sin em­bar­go en ca­da una de el­las, uno que con­sti­tuye su nat­uraleza y es­en­cia, y del cual de­pen­den to­dos los demás. La ex­ten­sion en lon­gi­tud, lat­itud y pro­fun­di­dad, con­sti­tuye la es­en­cia de la sub­stan­cia cor­pórea; _y el pen­samien­to con­sti­tuye la nat­uraleza de la sub­stan­cia que pien­sa_» (Descartes, Prin­ci­pios de la filosofía, 1ª parte). De es­to se in­fiere que Descartes al asen­tar el prin­ci­pio «yo pien­so, luego ex­is­to;» no hacía mas que consignar un he­cho at­es­tigua­do por el sen­ti­do ín­ti­mo; y tan sim­ple le con­sid­er­aba, tan úni­co por de­cir­lo así, que en el de­sar­rol­lo de su sis­tema, iden­ti­ficó el pen­samien­to con el al­ma, y la es­en­cia de es­ta con su mis­ma ex­is­ten­cia. Sin­tió el pen­samien­to, y di­jo: «este pen­samien­to es el al­ma; soy yo.» No tra­to de apre­ciar aho­ra el val­or de es­ta doc­tri­na, y sí tan so­lo de ex­plicar en qué con­siste (XVII).

CAPÍ­TU­LO XVI­II.

MAS SO­BRE EL PRIN­CI­PIO DE DESCARTES. SU MÉTO­DO.

[170.] Descartes al anun­ciar y ex­plicar su prin­ci­pio, no siem­pre se ex­presó con la de­bi­da ex­ac­ti­tud, lo cual dió mo­ti­vo á que se in­ter­pre­tasen mal sus pal­abras. Al pa­so que señal­aba la con­cien­cia del pro­pio pen­samien­to y de la ex­is­ten­cia, co­mo la basa so­bre la cual de­bian es­trib­ar to­dos los conocimien­tos, em­plea­ba tér­mi­nos de los cuales se po­dia in­ferir que no so­lo que­ria consignar un he­cho, sino que in­tenta­ba pre­sen­tar un ver­dadero raciocinio. Sin em­bar­go, leyen­do con aten­cion sus pal­abras, y cote­ján­dolas unas con otras, se ve que no era es­ta su idea; aunque tal vez no habria in­con­ve­niente en de­cir que no se da­ba ex­ac­ta cuen­ta á sí pro­pio de la difer­en­cia que acabo de in­dicar, en­tre un raciocinio y la sim­ple consigna­cion de un he­cho; y que al con­cen­trarse en sí mis­mo, no tu­vo un conocimien­to _re­fle­jo_ bas­tante claro del mo­do con que se apoy­aba en su prin­ci­pio fun­da­men­tal.

Para con­vencer­nos de es­to, ex­am­inemos sus mis­mas pal­abras. «Mien­tras desechamos de es­ta man­era to­do aque­llo de que pode­mos du­dar, y que has­ta _fin­gi­mos_ que es fal­so, suponemos fá­cil­mente que no hay Dios, ni cielo, ni tier­ra, y que ni aun ten­emos cuer­po, pero no _al­can­zamos á supon­er que no ex­is­ti­mos_, mien­tras du­damos de la ver­dad de to­das es­tas cosas; porque ten­emos tan­ta re­pug­nan­cia á con­ce­bir que lo que pien­sa no ex­iste ver­dader­amente al mis­mo tiem­po que pien­sa; que no ob­stante las su­posi­ciones mas ex­trav­agantes, no pode­mos de­jar de creer que es­ta con­clu­sion «yo pien­so, luego soy» no sea ver­dadera, y por con­sigu­iente la primera y la mas cier­ta que se pre­sen­ta al que con­duce sus pen­samien­tos con ór­den.» (Descartes, Prin­ci­pios de la filosofía, P. 1. § 6 y 7.).

En este pasaje nos en­con­tramos con un ver­dadero sil­ogis­mo: «Lo que pien­sa ex­iste; yo pien­so, luego ex­is­to.» «Ten­emos, dice Descartes, tan­ta re­pug­nan­cia á con­ce­bir, que lo que pien­sa no ex­iste mien­tras pien­sa,» lo que equiv­ale á de­cir: «Lo que pien­sa ex­iste;» es­to en tér­mi­nos es­colás­ti­cos, se lla­ma es­table­cer la may­or; luego con­tinúa que «no ob­stante las su­posi­ciones mas ex­trav­agantes, no pode­mos de­jar de creer que es­ta con­clu­sion «yo pien­so, luego soy» sea ver­dadera;» lo que equiv­ale á pon­er la menor y la con­se­cuen­cia del sil­ogis­mo. Se conoce que Descartes es­ta­ba al­go pre­ocu­pa­do con la idea de quer­er pro­bar, al mis­mo tiem­po que trata­ba de consignar. Este era el pru­ri­to gen­er­al de su época; y aun los mas ar­di­entes re­for­madores se preser­van con mucha di­fi­cul­tad de la at­mós­fera que los rodea. En to­do el cur­so de sus med­ita­ciones se en­cuen­tra este mis­mo es­píritu, bi­en que en­laza­do ad­mirable­mente con el de ob­ser­va­cion.

Pero al través de esas ex­pli­ca­ciones os­curas ó am­biguas, ¿qué es lo que se de­scubre? ¿cuál es el pen­samien­to que se hal­la en el fon­do del sis­tema de _Descartes_, pre­scin­di­en­do de sí él se da­ba ó nó á sí mis­mo ex­ac­ta cuen­ta de lo que ex­per­imenta­ba? Hé­lo aquí. «Yo por un es­fuer­zo de mi es­píritu, puedo du­dar de la ver­dad de to­do; pero este es­fuer­zo tiene un límite en mí mis­mo. Cuan­do la aten­cion se con­vierte so­bre mí, so­bre la con­cien­cia de mis ac­tos in­te­ri­ores, so­bre mi ex­is­ten­cia, la du­da se de­tiene, no puede lle­gar á tal pun­to, en­cuen­tra una _tal re­pug­nan­cia_, que las su­posi­ciones mas ex­trav­agantes no al­can­zan á vencer.» Es­to es lo que in­di­can sus mis­mas pal­abras, mas al consignar este he­cho se el­eva á una proposi­cion gen­er­al, muy ver­dadera sin du­da, saca una con­se­cuen­cia, muy legí­ti­ma tam­bi­en; pero que para na­da er­an nece­sarias en el ca­so pre­sente, y que ó ex­pli­ca­ban mal su mis­ma opin­ion ó la ha­cian vac­ilar.

[171.] Si bi­en se ob­ser­va, no ha­cia mas Descartes en este pun­to, que lo que ha­cen to­dos los filó­so­fos; y por mas ex­traño que pue­da pare­cer, no es­ta­ba en de­sacuer­do con los gefes de la es­cuela metafísi­ca di­ame­tral­men­le op­ues­ta: la de Locke y Condil­lac. En efec­to: que el hom­bre al quer­er ex­am­inar el orí­gen de sus conocimien­tos, y los prin­ci­pios en que es­tri­ba su certeza, se en­cuen­tra con el he­cho de la con­cien­cia de sus ac­tos in­ter­nos, que es­ta con­cien­cia pro­duce una certeza fir­mísi­ma, y que na­da pode­mos con­ce­bir mas cier­to para nosotros que el­la, es un he­cho en que es­tán de acuer­do to­dos los ideól­ogos, y que to­dos asien­tan, bi­en que con difer­entes pal­abras. Cuan­to mas se medi­ta so­bre es­tas ma­te­rias, mas se de­scubre en el­las la re­al­iza­cion de un prin­ci­pio con­fir­ma­do por la ra­zon y la ex­pe­ri­en­cia, de que muchas ver­dades no son nuevas, sino pre­sen­tadas de una man­era nue­va; que mu­chos sis­temas no son nuevos, sino for­mu­la­dos de una man­era nue­va.

[172.] La mis­ma du­da uni­ver­sal de Descartes, cuer­da­mente en­ten­di­da, es prac­ti­ca­da por to­do filó­so­fo; con lo cual se ve que las bases de su sis­tema, com­bat­idas por mu­chos, son en el fon­do adop­tadas por to­dos. ¿En qué con­siste el méto­do de Descartes? to­do se re­duce á dos pa­sos: 1.º Quiero du­dar de to­do. 2.° Cuan­do quiero du­dar de mí mis­mo no puedo.

Ex­am­inemos es­tos dos pa­sos, y ver­emos que con Descartes los da to­do filó­so­fo.

¿Por qué Descartes quiere du­dar de to­do? Porque se pro­pone ex­am­inar el orí­gen y la certeza de sus conocimien­tos; quiere lla­mar á exá­men to­do su saber, y por lo mis­mo no puede em­pezar suponien­do na­da ver­dadero. Si supone al­go, ya no ex­am­inará el orí­gen y los mo­tivos de la certeza de to­do; pues ex­cep­túa aque­llo que supone ver­dadero. Le es pre­ciso no supon­er, co­mo tal, na­da; antes por el con­trario supon­er que no sabe na­da de na­da; sin es­to no puede de­cir que ex­am­ina los fun­da­men­tos de to­do. Ò no hay tal cues­tion filosó­fi­ca, que sin em­bar­go se la en­cuen­tra en to­dos los li­bros de filosofía, ó es nece­sario em­plear el méto­do de Descartes.

¿Pero en qué con­siste es­ta du­da? Racional­mente hablan­do ¿puede ser una du­da re­al y ver­dadera? Nó: es­to es im­posi­ble, ab­so­lu­ta­mente im­posi­ble. El hom­bre, por ser filó­so­fo, no al­can­za á de­stru­ir su nat­uraleza: y la nat­uraleza se opone in­ven­ci­ble­mente á es­ta du­da, toma­da en el sen­ti­do rig­uroso.

[173.] ¿Qué es pues es­ta du­da? Na­da mas que una _su­posi­cion_, una _fic­cion_, su­posi­cion y fic­cion que hace­mos á ca­da pa­so en to­das las cien­cias, y que en re­al­idad no es mas que la _no aten­cion_ á un con­vencimien­to que abrig­amos. Es­ta du­da se la em­plea para de­scubrir la primera ver­dad en que es­tri­ba nue­stro en­tendimien­to; á cuyo fin bas­ta que la du­da sea fic­ti­cia; no hay ningu­na necesi­dad de que sea pos­iti­va; porque es ev­idente, que lo mis­mo se lo­gra du­dan­do efec­ti­va­mente de to­do, no ad­mi­tien­do ab­so­lu­ta­mente na­da, que di­cien­do: «si supon­go que no ten­go por cier­to na­da, que no sé na­da, que no ad­mi­to na­da.» Un ejem­plo aclarará es­ta ex­pli­ca­cion has­ta la úl­ti­ma ev­iden­cia. Quien conoz­ca los rudi­men­tos de ge­ometría sabrá que en un trián­gu­lo al may­or la­do se opone el may­or án­gu­lo, y es­tá ab­so­lu­ta­mente cier­to de la ver­dad del teo­re­ma: pero si se pro­pone dar á otro la de­mostra­cion, ó repetírsela á sí pro­pio, pre­scinde de dicha certeza, pro­cede co­mo si no la tu­viera, para man­ifes­tar que se la puede fun­dar en al­go.

En to­dos los es­tu­dios eje­cu­ta­mos á ca­da pa­so es­to mis­mo. Son vul­gares las ex­pre­siones: «es­to es así, es ev­idente; pero _supong­amos_ que no lo sea; ¿qué re­sul­tará?» «Es­ta de­mostra­cion es con­cluyente, pero pre­scindamos de el­la, supong­amos que no la ten­emos, ¿có­mo po­dri­amos de­mostrar lo que de­seamos?» Los ar­gu­men­tos _ad ab­sur­dum_ tan en uso en to­das las cien­cias, y muy par­tic­ular­mente en las matemáti­cas, es­trib­an no so­lo en pre­scindir de lo que cono­ce­mos, sino en supon­er una cosa di­rec­ta­mente con­traria á lo que cono­ce­mos. «Si la línea A, dice á ca­da pa­so el geóme­tra, no es igual á la B, será may­or ó menor; supong­amos que es may­or: etc. etc.» Por man­era que para la in­ves­ti­ga­cion de la ver­dad pre­scindi­mos fre­cuente­mente de lo que sabe­mos, y has­ta suponemos lo con­trario de lo que sabe­mos. Aplíquese este sis­tema á la in­ves­ti­ga­cion del prin­ci­pio fun­da­men­tal de nue­stros conocimien­tos y re­sul­tará la du­da uni­ver­sal de Descartes, en el úni­co sen­ti­do que puede ser ad­mis­ible en el tri­bunal de la ra­zon, y posi­ble á la hu­mana nat­uraleza.

Es prob­able que el ilus­tre filó­so­fo la en­ten­dia en el mis­mo sen­ti­do, si bi­en es men­ester con­fe­sar que sus pal­abras son am­biguas. No se con­cibe qué ob­je­to po­dia pro­pon­erse en en­ten­der­las de difer­ente mo­do, supuesto que no trata­ba de otra cosa que de al­la­nar el camino á la in­ves­ti­ga­cion de la ver­dad. Con su man­era de ex­pre­sarse dió lu­gar á dis­putas, que con al­gu­na may­or clar­idad se habri­an evi­ta­do.

Así co­mo Descartes no se ex­pli­ca­ba con la clar­idad su­fi­ciente, sus ad­ver­sar­ios no le es­trech­aban quizás con to­da la pre­ci­sion y nervio que po­di­an. En mi con­cep­to, para re­solver la cues­tion basta­ba di­ri­girle es­ta pre­gun­ta: «¿En­ten­deis que al comen­zar las in­ves­ti­ga­ciones filosó­fi­cas, haya de haber un mo­men­to en que _re­al_ y _efec­ti­va­mente_ dude­mos de to­do; ó juz­gais bas­tante el _pre­scindir_ de la certeza, suponien­do que no la ten­emos, co­mo se hace con fre­cuen­cia en to­dos los es­tu­dios?»

[174.] Descartes se en­con­tró en el ca­so de to­dos los re­for­madores. Es­tán dom­ina­dos de una idea; y la ex­pre­san tan fuerte­mente, que al pare­cer no con­sien­ten otra á su la­do. To­do en su lengua­je es ab­so­lu­to, ex­clu­si­vo. Pre­ven la lucha que habrán de sosten­er, quizás la ex­per­imen­tan ya; y así con­cen­tran to­da su fuerza en la idea cuyo tri­un­fo se pro­po­nen, y lle­gan á perder de vista to­do lo que no es el­la. No se puede in­ferir que el re­for­mador no ten­ga otras que mod­ifiquen no­table­mente la prin­ci­pal; mas para hac­er frente á sus ad­ver­sar­ios que le di­cen: «es­to es ab­so­lu­ta­mente fal­so,» él dice: «es­to es ver­dadero ab­so­lu­ta­mente.» La his­to­ria y la ex­pe­ri­en­cia nos pre­sen­tan in­nu­mer­ables ejem­plos de es­tas ex­agera­ciones.

La idea dom­inante de Descartes era ar­ru­inar la filosofía que á la sazon rein­aba en las es­cue­las; y da­ba el im­pul­so tan fuerte que ha­cia tem­blar el mun­do. Véase có­mo ex­presa­ba su des­den para con mu­chos que se apel­li­dan filó­so­fos. «La ex­pe­ri­en­cia en­seña, que los que ha­cen pro­fe­sion de filó­so­fos, son fre­cuente­mente menos sabios y ra­zon­ables que otros que no se han apli­ca­do nun­ca á este es­tu­dio.» (Pref­acio de los Prin­ci­pios de filosofía).

[175.] La se­gun­da parte del méto­do de Descartes, con­siste en tomar el pen­samien­to pro­pio por pun­to de par­ti­da, es­table­cien­do que al es­forzarse el hom­bre por du­dar de to­do, en­cuen­tra un límite en la con­cien­cia de su pen­samien­to, de su ex­is­ten­cia. Es ev­idente, que este es el fenó­meno que nat­ural­mente res­ta in­móvil en la mente del ob­ser­vador, de­spues de haber procu­ra­do du­dar de to­do. Al menos no po­drá du­dar de que du­da; y por con­sigu­iente de su pen­samien­to; sien­do de no­tar que este es un ar­gu­men­to que se ha he­cho siem­pre á los es­cép­ti­cos, lo que equiv­alia á em­plear el méto­do de Descartes, es­to es, á consignar co­mo un fenó­meno in­negable una certeza su­pe­ri­or á to­das las ex­trav­agan­cias: la con­cien­cia de sí mis­mo.

Cuan­do Descartes de­cia «yo pien­so» en­ten­dia por es­ta pal­abra to­do ac­to in­ter­no, to­do fenó­meno pre­sente al al­ma in­medi­ata­mente; no habla­ba del pen­samien­to toma­do en un sen­ti­do pu­ra­mente in­telec­tu­al, sino que com­pren­dia to­do aque­llo de que ten­emos con­cien­cia in­medi­ata. «Por la pal­abra _pen­sar_, dice, en­tien­do to­do aque­llo que se hace en nosotros, de tal suerte, que lo percibi­mos in­medi­ata­mente por nosotros mis­mos; así es que aquí el pen­sar no sig­nifi­ca tan so­lo en­ten­der, quer­er, imag­inar, sino tam­bi­en sen­tir. Porque si di­go que veo ó que an­do, y de ahí in­fiero que ex­is­to, si en­tien­do hablar de la ac­cion que se hace con mis ojos ó mis pier­nas, es­ta con­clu­sion no es tan in­fal­ible, que no ofrez­ca al­gun mo­ti­vo de du­da, ya que puede suced­er que yo crea ver ó an­dar sin que abra los ojos, ni me mue­va de mi sitio; pues que es­to me acon­tece cuan­do duer­mo, y quizás po­dria acon­te­cer lo mis­mo si yo no tu­viese cuer­po; pero si en­tien­do hablar úni­ca­mente de la ac­cion de mi pen­samien­to ó del sen­timien­to, es de­cir, del conocimien­to que hay en mí, por el cual me parece que veo ó an­do, es­ta con­clu­sion es ver­dadera tan ab­so­lu­ta­mente que no me es posi­ble du­dar de el­la, á causa de que se re­fiere al al­ma, úni­ca que tiene la fac­ul­tad de sen­tir ó bi­en de pen­sar, de cualquier mo­do que es­to sea.»(Prin­ci­pios de filosofía, 1.ª parte, § 9).

[176.] Este pasaje man­ifi­es­ta bi­en claro las ideas de Descartes; lo ar­ru­in­aba to­do con la du­da, pero habia una cosa que re­sistía á to­dos los es­fuer­zos: la con­cien­cia de sí mis­mo. Y es­ta con­cien­cia la toma­ba él co­mo pun­to de apoyo, so­bre el cual y con to­da certeza, pudiera lev­an­tar de nue­vo el ed­ifi­cio de las cien­cias, Locke y Condil­lac no han he­cho otra cosa: han segui­do un camino muy difer­ente del de Descartes: pero el pun­to de par­ti­da ha si­do el mis­mo. Oig­amos á Locke. «En primer lu­gar ex­am­inaré cuál es el orí­gen de las ideas, no­ciones, ó co­mo se las quiera lla­mar, que el hom­bre percibe en su al­ma, y que su _pro­pio sen­timien­to_ le hace de­scubrir en el­la.» (En­sayo so­bre el en­tendimien­to hu­mano. Pról­ogo.) «Pues que el es­píritu no tiene otro ob­je­to de sus pen­samien­tos y raciocin­ios que sus propias ideas, las cuales son la úni­ca cosa que el con­tem­pla ó que puede con­tem­plar, es ev­idente que nue­stro conocimien­to se fun­da _to­do en­tero_ so­bre nues­tras ideas.» (Ibid. lib. 4, cap. 1). «Sea que nos re­mon­te­mos has­ta los cie­los, por hablar metafóri­ca­mente, dice Condil­lac, sea que de­scen­damos á los abis­mos, no sal­imos de nosotros, y jamás percibi­mos otra cosa que nue­stro pro­pio pen­samien­to.» (En­sayo so­bre el orí­gen de los conocimien­tos hu­manos. Cap. 1).

[177.] To­dos los tra­ba­jos ide­ológi­cos comien­zan pues por la consigna­cion del he­cho de la con­cien­cia de nues­tras ideas; y no puede ser de otro mo­do con re­spec­to á su certeza. El hom­bre al trastornarlo to­do, al ar­ru­inarlo to­do, al anon­adar­lo to­do, se en­cuen­tra con­si­go mis­mo, que es quien trastor­na, ar­ru­ina y anon­ada. Cuan­do haya lle­ga­do á du­dar de la ex­is­ten­cia de Dios, del mun­do, de sus se­me­jantes, de su cuer­po, en medio de aque­lla in­men­sa soledad se en­cuen­tra to­davía á sí mis­mo. El es­fuer­zo por anon­adarse á sus pro­pios ojos, so­lo sirve para hac­er­le mas vis­ible: es una som­bra que no muere con ningun golpe, y que por ca­da heri­da que se le abre, de­spi­de nuevos tor­rentes de luz. Si du­da que siente, siente al menos que du­da; si du­da de es­ta du­da, siente que du­da de la mis­ma du­da; por man­era que en du­dan­do de los ac­tos di­rec­tos en­tra en una se­rie in­ter­minable de ac­tos re­fle­jos que se en­ca­de­nan por necesi­dad un­os con otros, y se de­sen­vuel­ven á la vista in­te­ri­or co­mo los pliegues de un lien­zo sin fin (XVI­II).

CAPÍ­TU­LO XIX.

LO QUE VALE EL PRIN­CI­PIO: YO PIEN­SO.

SU ANÁLI­SIS.

[178.] El prin­ci­pio de Descartes con­sid­er­ado co­mo un en­timema, ya hemos vis­to que no puede as­pi­rar al tí­tu­lo de fun­da­men­tal. En to­do raciocinio hay premisas y con­se­cuen­cia, y para que sea con­cluyente son nece­sarias la ver­dad de las primeras y la le­git­im­idad de la se­gun­da. De­cir que un raciocinio puede ser prin­ci­pio fun­da­men­tal, es una con­tradic­cion man­ifi­es­ta.

Pero si tomamos el prin­ci­pio de Descartes en el sen­ti­do ex­pli­ca­do an­te­ri­or­mente, es­to es, nó co­mo un raciocinio sino co­mo la consigna­cion de un he­cho, la con­tradic­cion ce­sa; y es cues­tion digna de ex­am­inarse la de si merece ó nó el tí­tu­lo de prin­ci­pio fun­da­men­tal y de qué man­era. En los capí­tu­los an­te­ri­ores se ha es­clare­ci­do ya en parte es­ta ma­te­ria, pero nó has­ta tal pun­to que se la pue­da dar por su­fi­cien­te­mente dilu­ci­da­da: mas bi­en se han pre­sen­ta­do re­flex­iones pre­lim­inares para aclarar el es­ta­do de la cues­tion que no se la ha re­suel­to cumpl­ida­mente.

[179.] La proposi­cion «yo pien­so» no ex­pre­sa, co­mo se ha no­ta­do ya, el so­lo pen­samien­to propi­amente di­cho; abraza los ac­tos de la vol­un­tad, los sen­timien­tos, las sen­sa­ciones, los ac­tos é im­pre­siones de to­das clases que se re­al­izan en nue­stro in­te­ri­or, com­prende to­dos los fenó­menos que pre­sentes á nue­stro es­píritu con pres­en­cia in­medi­ata, nos son at­es­tigua­dos por el sen­ti­do ín­ti­mo ó por la con­cien­cia.

Na­da que dis­tin­ga en­tre las varias clases de ac­tos ó im­pre­siones puede servirnos de prin­ci­pio fun­da­men­tal; la dis­tin­cion supone el análi­sis, y el análi­sis no ex­iste sin re­flex­ion. No se re­flex­iona sin re­glas y sin ob­je­to cono­ci­dos ya: por con­sigu­iente ad­mi­tir clasi­fi­ca­ciones en el primer prin­ci­pio, es de­spo­jar­le de su carác­ter, es con­trade­cirse.

[180.] Con­viene no con­fundir lo ex­pre­sa­do por la proposi­cion «yo pien­so» con la proposi­cion mis­ma; el fon­do y la for­ma son aquí cosas muy difer­entes; pu­di­en­do la nat­uraleza de es­ta hac­er con­ce­bir ideas equiv­ocadas so­bre aquel. El fon­do es un he­cho sim­plicísi­mo; la for­ma es una com­bi­na­cion lóg­ica que encier­ra el­emen­tos muy het­erogé­neos. Es­to nece­si­ta ex­pli­ca­cion.

El he­cho de con­cien­cia con­sid­er­ado en sí mis­mo, pre­scinde de rela­ciones, no es na­da mas que el mis­mo, no con­duce á na­da mas que á sí mis­mo, es la pres­en­cia del ac­to ó de la im­pre­sion, ó mas bi­en es el ac­to mis­mo, la im­pre­sion mis­ma, que es­tán pre­sentes al es­píritu. Na­da de com­bi­na­cion de ideas, na­da de análi­sis de con­cep­tos; cuan­do se lle­ga á es­to úl­ti­mo, se sale del ter­reno de la con­cien­cia pu­ra y se en­tra en las re­giones ob­je­ti­vas de la ac­tivi­dad in­telec­tu­al. Pero co­mo el lengua­je es para ex­pre­sar los pro­duc­tos de esa ac­tivi­dad; co­mo no es­tá va­ci­ado, por de­cir­lo así, en el molde de la con­cien­cia pu­ra sino en el del en­tendimien­to, nos es im­posi­ble hablar sin al­gu­na com­bi­na­cion lóg­ica ó ide­al. Si quisiéramos en­con­trar una ex­pre­sion de la con­cien­cia pu­ra sin mez­cla de el­emen­tos in­telec­tuales, de­beríamos bus­car­la, nó en el lengua­je, sino en el sig­no nat­ural del do­lor ó de la ale­gria ó de una pa­sion cualquiera; so­lo en este ca­so se ex­pre­sa con espon­tanei­dad y sin com­bi­na­ciones de el­emen­tos ajenos, que pasa al­go en nue­stro es­píritu, que ten­emos con­cien­cia de al­gu­na cosa; pero des­de el mo­men­to en que hablam­os, ex­pre­samos al­go mas que la con­cien­cia pu­ra; el ver­bo ex­ter­no in­di­ca el in­ter­no, pro­duc­to de la ac­tivi­dad in­telec­tu­al, con­cep­to de el­la, que en­vuelve ya un su­je­to y un ob­je­to, y que por tan­to se hal­la ya en una re­gion muy su­pe­ri­or á la de la con­cien­cia pu­ra.

[181.] Para de­mostrar la ver­dad de lo que acabo de de­cir, ex­am­inemos la ex­pre­sion «yo pien­so.» Es­ta es una ver­dadera proposi­cion que sin al­ter­arse en lo mas mín­imo, puede pre­sen­tarse ba­jo una for­ma rig­urosa­mente lóg­ica: «yo soy pen­sante.» Aquí en­con­tramos su­je­to, pred­ica­do y cópu­la. El su­je­to es el _yo_, es de­cir que nos hal­lam­os ya con la idea de un ser, su­je­to de ac­tos é im­pre­siones, pos­esor de una ac­tivi­dad sig­nifi­ca­da en el pred­ica­do; ese _yo_, pues, se nos ofrece co­mo al­go muy su­pe­ri­or al ór­den de la con­cien­cia pu­ra, es na­da menos que la idea de sub­stan­cia. Anal­ice­mos mas de­tenida­mente lo que en él se encier­ra.

Ten­emos en primer lu­gar la unidad de con­cien­cia; el _yo_ carece de sen­ti­do, si no sig­nifi­ca al­go que es uno é idén­ti­co, á pe­sar de la plu­ral­idad y di­ver­si­dad que en él se re­al­izan. La unidad ex­per­imen­tal de con­cien­cia trae con­si­go por con­se­cuen­cia pre­cisa la unidad del ser que la ex­per­imen­ta. Este ser es el su­je­to en que se re­al­izan las varia­ciones, sin lo cual no su po­dria de­cir: _yo_. Ten­emos pues, que en una ex­pre­sion tan sim­ple es­tán en­vueltas las ideas de unidad y de su rela­cion á la plu­ral­idad, de sub­stan­cia, y de su rela­cion á los ac­ci­dentes; es de­cir que la idea del _yo_, bi­en que ex­pre­si­va de una unidad sim­plicísi­ma, es com­pues­ta ba­jo el as­pec­to lógi­co, encer­ran­do varias cosas del ór­den ide­al, y que no se hal­lan en la con­cien­cia pu­ra. La idea del _yo_ propi­amente dicha, aunque co­mun en cier­to mo­do á to­dos los hom­bres, es en sí mis­ma al­ta­mente filosó­fi­ca, por encer­rar una com­bi­na­cion de el­emen­tos que pertenecen al ór­den in­telec­tu­al puro.

[182.] El pred­ica­do _pen­sante_ es la ex­pre­sion de una idea gen­er­al, com­pren­si­va, no so­lo de to­do pen­samien­to, sino tam­bi­en de to­do fenó­meno que afec­ta in­medi­ata­mente al es­píritu. Es­tos fenó­menos con­sid­er­ados en lo que tienen de co­mun, ba­jo la idea gen­er­al de pre­sentes al es­píritu, vienen sig­nifi­ca­dos en la pal­abra _pen­sante_.

La rela­cion del pred­ica­do con el su­je­to, ó la con­ve­nien­cia de _pen­sante_ al _yo_, ex­pre­sa tam­bi­en un análi­sis dig­no de aten­cion. Por el pron­to se echa de ver una de­scom­posi­cion del con­cep­to del _yo_ en dos ideas: la de su­je­to de varias mod­ifi­ca­ciones, y la de pen­sante; sin es­to la proposi­cion carece de sen­ti­do, ó mejor, su ex­pre­sion se hace im­posi­ble. La idea de su­je­to, en­vuelve las de unidad y de sub­stan­cia; y la de pen­sante encier­ra la de ac­tivi­dad ó bi­en la de pa­sivi­dad (per­mí­taseme la ex­pre­sion) acom­paña­da de con­cien­cia.

[183.] Para que la proposi­cion sea posi­ble, es pre­ciso supon­er que la de­scom­posi­cion de las ideas ha comen­za­do en al­gun pun­to: es de­cir, que ó en la del _yo_ hemos en­con­tra­do la de _pen­sante_, ó en es­ta úl­ti­ma la del _yo_. Colocán­donos en el _yo_, pre­scin­di­en­do de _pen­sante_, nos en­con­tramos con la idea de su­je­to ó de sub­stan­cia en gen­er­al, donde por mas que cav­ile­mos no al­can­zare­mos á de­scubrir la de _pen­sante_. El _yo_ en sí, no se nos man­ifi­es­ta, le cono­ce­mos por el pen­samien­to, y por tan­to en este debe­mos fi­jar el pun­to de par­ti­da, y nó en aquel; de lo que se in­fiere que en dicha proposi­cion, lo prim­iti­va­mente cono­ci­do, es mas bi­en el pred­ica­do que el su­je­to; y que de los dos con­cep­tos, el del su­je­to tiene mas bi­en el carác­ter de con­tenido que el de con­ti­nente.

En efec­to: el _yo_ nace, digá­moslo así, para sí mis­mo, con la pres­en­cia del pen­samien­to; si la ac­tivi­dad in­telec­tu­al se con­cen­tra para bus­car su primer apoyo, se en­cuen­tra nó con el _yo_ puro, sino con sus ac­tos; es de­cir, con su pen­samien­to. Este úl­ti­mo es por con­sigu­iente el ob­je­to prim­iti­vo de la ac­tivi­dad in­telec­tu­al re­flex­iva; este es su primer el­emen­to de com­bi­na­cion, su primer da­to para la res­olu­cion del prob­le­ma. Fi­jan­do la vista en este el­emen­to, de­scubre una unidad en medio de la plu­ral­idad, de­scubre un ser que con­tinúa el mis­mo en medio del flu­jo y re­flu­jo de los fenó­menos de la con­cien­cia: es­ta iden­ti­dad se la at­es­tigua de una man­era ir­re­sistible la con­cien­cia mis­ma. La idea del _yo_ pues es­tá saca­da del pen­samien­to, y por con­sigu­iente mas bi­en nace el su­je­to del pred­ica­do que nó el pred­ica­do del su­je­to.

[184.] El pen­samien­to de donde se saca la idea del _yo_, no es el pen­samien­to en gen­er­al, sino re­al­iza­do, ex­is­tente en nosotros mis­mos. Pero es­ta re­al­idad es in­fe­cun­da, si no se ofrece al es­píritu ba­jo una idea gen­er­al; porque es ev­idente que el _yo_ no sale de un ac­to so­lo, pues que es la unidad su­je­to de la plu­ral­idad. Para lle­gar á la idea del _yo_ nece­si­ta­mos la unidad de con­cien­cia, y es­ta no la cono­ce­mos sino en cuan­to la ten­emos ex­per­imen­ta­da, es de­cir, en cuan­to percibi­mos la rela­cion de lo uno á lo múlti­plo, de un su­je­to á sus mod­ifi­ca­ciones.

Tan­ta elab­ora­cion es nece­saria para pro­ducir una ex­pre­sion tan sen­cil­la co­mo «yo pien­so;» por donde se echa de ver con cuán­ta ra­zon he dis­tin­gui­do en­tre el fon­do y la for­ma, y cuán in­con­sid­er­ada­mente proce­den los que con­fun­den cosas tan di­ver­sas. Así, y por fal­ta del de­bido análi­sis, se dan en la filosofía saltos in­men­sos pasan­do de un ór­den á otro, con­fun­di­en­do las ideas y em­brol­lan­do las cues­tiones.

[185.] Para dilu­ci­dar com­ple­ta­mente la ma­te­ria ex­am­inaré las rela­ciones de la ex­is­ten­cia con el pen­samien­to; exá­men que será muy fá­cil te­nien­do pre­sentes las ob­ser­va­ciones an­te­ri­ores.

Es cier­to que con­ce­bi­mos la ex­is­ten­cia an­te­ri­or al pen­samien­to: na­da puede pen­sar sin ex­is­tir, la ex­is­ten­cia es para el pen­samien­to una condi­cion in­dis­pens­able; pen­sar y no ex­is­tir, es una con­tradic­cion man­ifi­es­ta. Pero lo que se ofrece prim­iti­va­mente á nue­stro es­píritu, no es la ex­is­ten­cia sino el pen­samien­to; y este nó en ab­strac­to, sino de­ter­mi­na­do, ex­per­imen­tal, em­píri­co co­mo se dice aho­ra. La idea de ex­is­ten­cia es gen­er­al, com­prende á to­do ser, y la con­cien­cia no puede comen­zar por el­la; ora llegue­mos á es­ta idea por ab­strac­cion, ora sea una for­ma pre­ex­is­tente en nue­stro es­píritu, no es lo primero que se nos ocurre; ó para hablar con mas ex­ac­ti­tud, no es el úl­ti­mo pun­to que en­con­tramos al seguir con movimien­to retró­gra­do el hi­lo de nue­stros conocimien­tos para de­scubrir su pun­to de par­ti­da. Este es la con­cien­cia, que de­spues de ob­je­ti­va­da, y ha­bi­en­do sufri­do el análi­sis del con­cep­to que ofrece, nos pre­sen­ta la idea de ex­is­ten­cia co­mo con­tenido en el­la.

Se in­fiere de es­to, que el _luego ex­is­to_, no es rig­urosa­mente hablan­do una con­se­cuen­cia del «yo pien­so,» sino la in­tu­icion de la idea de ex­is­ten­cia en la de pen­samien­to. Hay aquí dos proposi­ciones _per se notæ_ co­mo di­cen los es­colás­ti­cos; una gen­er­al: «lo pen­sante es ex­is­tente;» otra par­tic­ular; «yo pen­sante, soy ex­is­tente.» La primera pertenece al ór­den pu­ra­mente ide­al, es de ev­iden­cia in­trínse­ca, in­de­pen­di­en­te­mente de to­da con­cien­cia par­tic­ular; la se­gun­da par­tic­ipa de los dos ór­denes; re­al é ide­al; re­al, en cuan­to encier­ra el he­cho par­tic­ular de la con­cien­cia; ide­al, en cuan­to in­cluye una com­bi­na­cion de la idea gen­er­al de la ex­is­ten­cia con el he­cho par­tic­ular: pues so­lo así es con­ce­bible la union del pred­ica­do con el su­je­to.

[186.] Aho­ra será suma­mente fá­cil re­solver to­das las cues­tiones que se ag­itan en las es­cue­las.

Primera cues­tion. ¿El prin­ci­pio «yo pien­so» de­pende de otro? Debe re­spon­der­se con dis­tin­cion: si se en­tiende por este prin­ci­pio el sim­ple he­cho de la con­cien­cia, es ev­idente que nó. Para nue­stro en­tendimien­to, no hay na­da an­te­ri­or á nosotros; to­do lo que cono­ce­mos, en cuan­to cono­ci­do por nosotros, supone nues­tra con­cien­cia; si la suprim­imos, lo de­stru­imos to­do; y si en­sayamos el de­stru­ir­lo to­do, el­la per­manece in­de­struc­tible: no de­pende pues de na­da, no pre­supone na­da.

Si por el prin­ci­pio «yo pien­so» se en­tiende una proposi­cion, en tal ca­so no puede haber di­mana­do sino de un raciocinio, ó mas bi­en de un análi­sis: y así no puede ser el prin­ci­pio fun­da­men­tal de nue­stros conocimien­tos.

[187.] Se­gun­da cues­tion. Fal­tan­do los demás prin­ci­pios, ¿fal­ta tam­bi­en el pre­sente? Aplíquese la mis­ma dis­tin­cion: co­mo sim­ple he­cho, nó; co­mo proposi­cion, sí. Niéguese to­do, in­clu­so el prin­ci­pio de con­tradic­cion, la con­cien­cia sub­siste. Pero ne­ga­do el prin­ci­pio de con­tradic­cion, que­da de­stru­ida to­da proposi­cion; to­da com­bi­na­cion es ab­sur­da; el análi­sis, la rela­cion del pred­ica­do con el su­je­to, son pal­abras vacías de sen­ti­do.

[188.] Ter­cera cues­tion. Ad­mi­ti­do el prin­ci­pio «yo pien­so», ¿puede ser con­duci­do á la ver­dad al menos in­di­rec­ta­mente, quien niegue los demás? Es men­ester dis­tin­guir: ó se tra­ta de re­ducir­le por raciocinio ó por ob­ser­va­cion; es de­cir, ó se le quiere com­bat­ir con ar­gu­men­tos ó se tra­ta de lla­mar­le la aten­cion so­bre sí pro­pio, co­mo se hace con un hom­bre dis­trai­do ó con uno que padece ena­ge­na­cion men­tal. Lo se­gun­do se puede hac­er; lo primero nó. Quien nie­ga to­dos los prin­ci­pios in­clu­so el de con­tradic­cion, hace im­posi­ble to­do raciocinio; en vano pues se dis­curre con­tra él. En­sayé­moslo.

Tú pien­sas, se le dirá; al menos así lo afir­mas cuan­do ad­mites el prin­ci­pio «yo pien­so.»

Es ver­dad.

Luego debes ad­mi­tir tam­bi­en el prin­ci­pio de con­tradic­cion.

¿Por qué?

Porque de otro mo­do po­drias pen­sar y no pen­sar á un mis­mo tiem­po.

No hay in­con­ve­niente.

Pero en­tonces de­struyes tu pen­samien­to....

¿Por qué?

¿Pien­sas? ¿no es ver­dad?

Cier­to.

Se­gun tú mis­mo, es posi­ble que no piens­es al mis­mo tiem­po.

Es­ta­mos con­formes.

Luego de­struyes tu pen­samien­to: porque cuan­do no pien­sas se de­struye el «yo pien­so;» y co­mo to­do es­to es si­multá­neo, re­sul­ta que de­struyes tu pro­pio pen­samien­to.

Na­da de eso: lo que hay en el ar­gu­men­to que se me ob­je­ta es que se supone ver­dadero lo que yo niego; in­cur­rién­dose en el sofis­ma que los di­aléc­ti­cos lla­man peti­cion de prin­ci­pio. En efec­to, por lo mis­mo que niego el prin­ci­pio de con­tradic­cion, no ad­mi­to que el no ser de­struya al ser, ni el ser al no ser; y por con­sigu­iente, que el no pien­so pue­da de­stru­ir el yo pien­so. Cuan­do se me ar­guye en este sen­ti­do, se supone lo mis­mo que se bus­ca; se me at­aca por prin­ci­pios que yo no re­conoz­co. En vue­stro sis­tema, en que el ser de­struye al no ser y vice-​ver­sa, es cier­to que el pen­sar y el no pen­sar son in­com­pat­ibles; pero en mis prin­ci­pios el ca­so es muy sen­cil­lo, co­mo se­gun el­los no es im­posi­ble que una cosa sea y no sea á un mis­mo tiem­po, cuan­do no pien­so no de­jo de pen­sar.

Este lengua­je es ab­sur­do, pero con­se­cuente: ne­ga­do el prin­ci­pio, la de­duc­cion es nece­saria; y si se le repli­ca que en tal ca­so no puede ni hac­er el raciocinio que se aca­ba de oir, po­drá él con­tes­tar, que tam­poco pueden racioci­nar los ad­ver­sar­ios; ó que si se quiere, no hal­la in­con­ve­niente en que se raciocine y no se raciocine.

No hay otro medio de re­ducir á un hom­bre ex­travi­ado de es­ta man­era que el de la ob­ser­va­cion; se ha sali­do de la ra­zon y por tan­to es im­posi­ble volver­le á el­la por medio de el­la mis­ma. Las ob­ser­va­ciones que se le diri­gen han de ser mas bi­en un lla­mamien­to, una es­pecie de gri­to para des­per­tar la ra­zon, que nó una com­bi­na­cion para re­con­stru­ir­la; es un hom­bre dormi­do ó desvaneci­do á quien se lla­ma y se to­ca para volver­le en sí, nó un ad­ver­sario con quien se dis­pu­ta (XIX).

CAPÍ­TU­LO XX.

VER­DADERO SEN­TI­DO DEL PRIN­CI­PIO DE CON­TRADIC­CION.

OPIN­ION DE KANT.

[189.] Antes de ex­am­inar el val­or del prin­ci­pio de con­tradic­cion co­mo pun­to de apoyo de to­do conocimien­to, será bi­en fi­jar con ex­ac­ti­tud su ver­dadero sen­ti­do. Es­to me obli­ga á en­trar en al­gu­nas con­sid­era­ciones so­bre una opin­ion de Kant man­ifes­ta­da en su _Críti­ca de la ra­zon pu­ra_, á propósi­to de la for­ma con que el prin­ci­pio de con­tradic­cion ha si­do enun­ci­ado has­ta el pre­sente en to­das las es­cue­las filosó­fi­cas. Con­viene el metafísi­co ale­man en que sea cual fuere la ma­te­ria de nue­stro conocimien­to y de cualquier mo­do que se le re­fiera el ob­je­to, es condi­cion gen­er­al aunque pu­ra­mente neg­ati­va, de to­dos nue­stros juicios, el que no se con­tradi­gan mu­tu­amente; de otro mo­do, aun sin ór­den al ob­je­to, no son na­da en sí mis­mos. Asen­ta­da es­ta doc­tri­na ad­vierte que se lla­ma prin­ci­pio de con­tradic­cion el sigu­iente: «un pred­ica­do que re­pugna á una cosa no le con­viene;» ob­ser­van­do en segui­da que este es un cri­te­rio uni­ver­sal de to­da ver­dad, aunque pu­ra­mente neg­ati­vo; mas que por lo mis­mo pertenece ex­clu­si­va­mente á la lóg­ica, pues que vale para los conocimien­tos pu­ra­mente co­mo conocimien­tos en gen­er­al, sin rela­cion á su ob­je­to, y declara que la con­tradic­cion los hace de­sa­pare­cer com­ple­ta­mente. «Hay sin em­bar­go, con­tinúa, una fór­mu­la de este céle­bre prin­ci­pio pu­ra­mente for­mal y de­spro­vis­to de con­tenido, fór­mu­la que encier­ra una sín­te­sis con­fun­di­da mal á propósi­to con el prin­ci­pio mis­mo, y sin la menor necesi­dad. Héla aquí; es im­posi­ble que una cosa sea y no sea á _un mis­mo tiem­po_. A mas de que la certeza apodíc­ti­ca ha si­do aña­di­da in­útil­mente aquí (por la pal­abra _im­posi­ble_), certeza que debe de sí mis­ma es­tar com­pren­di­da en la proposi­cion, este juicio se hal­la además afec­ta­do por la condi­cion del tiem­po y sig­nifi­ca en al­gun mo­do lo sigu­iente: _una cosa_ = A, que es al­gu­na cosa = B, no puede al mis­mo tiem­po ser no B; pero puede muy bi­en ser suce­si­va­mente lo uno y lo otro (B y no B). Por ejem­plo, un hom­bre que es jóven no puede ser viejo á un mis­mo tiem­po; pero este mis­mo hom­bre puede muy bi­en ser jóven en un tiem­po y ser viejo ó no ser jóven en otro; es así que el prin­ci­pio de con­tradic­cion, co­mo prin­ci­pio pu­ra­mente lógi­co, no debe re­stringir su sig­nifi­ca­do á rela­ciones de tiem­po; luego es­ta fór­mu­la es del to­do con­traria al ob­je­to del prin­ci­pio mis­mo. La equiv­oca­cion nace de que se comien­za por sep­arar el pred­ica­do de una cosa del con­cep­to de el­la; y en segui­da se une á este mis­mo pred­ica­do su con­trario, lo que no da jamás una con­tradic­cion con el su­je­to sino úni­ca­mente con su pred­ica­do que le es­tá unido sin­téti­ca­mente; con­tradic­cion que ni aun tiene lu­gar sino en cuan­to el primer pred­ica­do y el se­gun­do son puestos al mis­mo tiem­po. Si di­go, un hom­bre que es ig­no­rante no es in­stru­ido, la condi­cion _al mis­mo tiem­po_ debe es­tar ex­pre­sa­da, porque el que es ig­no­rante en un tiem­po puede muy bi­en ser in­stru­ido en otro. Pero si di­go, ningun hom­bre ig­no­rante es in­stru­ido, la proposi­cion será analíti­ca, porque el carác­ter de la ig­no­ran­cia con­sti­tuye aho­ra el con­cep­to del su­je­to, en cuyo ca­so la proposi­cion neg­ati­va di­mana in­medi­ata­mente de la proposi­cion con­tra­dic­to­ria, sin que la condi­cion _al mis­mo tiem­po_ de­ba in­ter­venir. Por es­ta ra­zon he cam­bi­ado mas ar­ri­ba la fór­mu­la del prin­ci­pio de con­tradic­cion, de man­era que por el­la fuese ex­pli­ca­da clara­mente la nat­uraleza de una proposi­cion analíti­ca.» (Lóg­ica trascen­den­tal, li­bro 2.º cap. 2.º sec­cion 1.ª).

[190.] El lec­tor no com­pren­derá bi­en el sen­ti­do de este pasaje, ya de suyo no muy claro, si no sabe lo que Kant en­tiende por proposi­ciones analíti­cas y sin­téti­cas; lo ex­pli­caré. En to­dos los juicios afir­ma­tivos la rela­cion de un pred­ica­do con un su­je­to es posi­ble de dos man­eras: ó el pred­ica­do pertenece al su­je­to co­mo con­tenido en él, ó le es com­ple­ta­mente ex­traño, aunque en re­al­idad es­té lig­ado con él mis­mo. En el primer ca­so, el juicio es analíti­co, en el se­gun­do sin­téti­co. Los juicios analíti­cos afir­ma­tivos son aque­llos en que la union del pred­ica­do con el su­je­to es con­ce­bi­da por iden­ti­dad; al con­trario se lla­man sin­téti­cos aque­llos en que dicha union es­tá con­ce­bi­da sin iden­ti­dad. Kant aclara su idea con los ejem­plos sigu­ientes. «Cuan­do di­go to­dos los cuer­pos son ex­ten­sos, este es un juicio analíti­co, pues no nece­si­to salir del con­cep­to de cuer­po para en­con­trar­le uni­da la ex­ten­sion; me bas­ta de­scom­pon­er­le, es de­cir, que es su­fi­ciente el ten­er con­cien­cia de la di­ver­si­dad que pen­samos siem­pre en este con­cep­to, para en­con­trar en él el pred­ica­do de que se tra­ta. Este es pues un juicio analíti­co. Al con­trario, cuan­do di­go, to­dos los cuer­pos son pe­sa­dos, aquí el pred­ica­do es una cosa del to­do difer­ente de lo que pien­so en gen­er­al por el sim­ple con­cep­to de cuer­po: la union pues de se­me­jante pred­ica­do da un juicio sin­téti­co.» (Críti­ca de la ra­zon pu­ra. In­tro­duc­cion § 1).

Échase de ver fá­cil­mente la ra­zon de la nue­va nomen­clatu­ra em­plea­da por el filó­so­fo ale­man. Lla­ma analíti­cos á los juicios en que bas­ta de­scom­pon­er el su­je­to para en­con­trar en él el pred­ica­do, sin necesi­dad de añadirle na­da que no es­tu­viese ya pen­sa­do en el con­cep­to mis­mo del su­je­to, á lo menos os­cu­ra­mente; y apel­li­da sin­téti­cos ó de com­posi­cion, aque­llos en que es pre­ciso añadir al­go al con­cep­to del su­je­to, pues que el pred­ica­do no se en­cuen­tra en este con­cep­to por mas que se le de­scom­pon­ga.

[191.] Es­ta di­vi­sion de juicios en analíti­cos y sin­téti­cos es muy nom­bra­da en la filosofía mod­er­na, so­bre to­do en­tre los ale­manes; y de se­guro no fal­ta quien se imag­ina que este es un de­scubrim­ien­to del au­tor de la _Críti­ca de la ra­zon pu­ra_; la mis­ma novedad del nom­bre puede dar orí­gen á la equiv­oca­cion. Sin em­bar­go, en to­dos los au­tores es­colás­ti­cos que olvi­da­dos y cu­bier­tos de pol­vo ya­cen aho­ra en el fon­do de las bib­liote­cas, se habla de juicios analíti­cos y sin­téti­cos; bi­en que nó con es­tos nom­bres. Se de­cia que los juicios er­an de dos es­pecies: un­os en que el pred­ica­do es­ta­ba con­tenido en la idea del su­je­to y otros en que nó; á las proposi­ciones que ex­presa­ban los juicios de la primera clase se las llam­aba _per se notæ_ ó cono­ci­das por sí mis­mas, á causa de que en­ten­di­da la sig­nifi­ca­cion de los tér­mi­nos se veia que el pred­ica­do es­ta­ba con­tenido en la idea ó en el con­cep­to del su­je­to. Se les da­ba tam­bi­en el nom­bre de primeros prin­ci­pios, y á la per­cep­cion de el­los se la llam­aba _in­teligen­cia, in­tel­lec­tus_, dis­tin­guién­dola de la _ra­zon_ en cuan­to es­ta versa­ba so­bre los conocimien­tos de ev­iden­cia me­di­ata ó de raciocinio.

Véase si de­jan al­go que de­sear ni en clar­idad ni en pre­ci­sion, los sigu­ientes tex­tos de San­to Tomás. «Una proposi­cion es cono­ci­da por sí, _per se no­ta_, cuan­do el pred­ica­do es­tá in­clu­ido en la ra­zon del su­je­to, co­mo el hom­bre es an­imal; pues que an­imal es de la es­en­cia del hom­bre. Si pues to­dos cono­cen lo que es el su­je­to y el pred­ica­do, la proposi­cion será cono­ci­da por sí, para to­dos; co­mo se ve en los primeros prin­ci­pios de las de­mostra­ciones cuyos tér­mi­nos son cosas co­munes que nadie ig­no­ra, co­mo ser y no ser; to­do y parte y otras se­me­jantes.» (1.ª Parte. Cuest. 2. art. 1.º)

«Cualquiera proposi­cion cuyo pred­ica­do es de la es­en­cia del su­je­to, es cono­ci­da por sí, bi­en que puede suced­er que no lo sea para quien ig­nore lo que sig­nifi­ca la defini­cion del su­je­to: así es­ta proposi­cion, «el hom­bre es racional,» es de su nat­uraleza cono­ci­da por sí; pues _quien dice hom­bre dice racional_.» (1.ª 2.ª Cuest. 94. Art. 2).

[192.] Por es­tos ejem­plos, y otros mu­chos que se­ria fá­cil aducir, se ve que la dis­tin­cion en­tre los juicios analíti­cos y sin­téti­cos era vul­gar en las es­cue­las mu­chos sig­los antes de Kant. Los analíti­cos er­an to­dos los que se forma­ban por ev­iden­cia in­medi­ata; y sin­téti­cos, los que re­sulta­ban de ev­iden­cia me­di­ata, ya fuese es­ta del ór­den pu­ra­mente ide­al, ya de­pendiese en al­gun mo­do de la ex­pe­ri­en­cia. Se sabia muy bi­en que hay con­cep­tos de su­je­to en los cuales es­tá pen­sa­do el pred­ica­do, á lo menos en con­fu­so: y por es­to se ex­pli­ca­ba es­ta union ó iden­ti­dad, di­cien­do que las proposi­ciones en que se enun­cia­ba, er­an _per se notæ ex ter­mi­nis_. El pred­ica­do en los juicios analíti­cos es­tá ya en el su­je­to; na­da se le añade se­gun Kant; so­lo se le ex­pli­ca; «Quien dice _hom­bre_ dice _racional_;» así habla San­to Tomás: la idea es la mis­ma que la del filó­so­fo ale­man.

[193.] Pero volva­mos al exá­men de si debe ó nó mu­darse la fór­mu­la en que has­ta aho­ra se ha ex­pre­sa­do el prin­ci­pio de con­tradic­cion.

La primera ob­ser­va­cion de Kant se re­fiere á la pal­abra _im­posi­ble_ por juz­gar­la aña­di­da in­útil­mente, ya que la certeza apodíc­ti­ca que se quiere ex­pre­sar, debe es­tar com­pren­di­da en la mis­ma proposi­cion. Kant for­mu­la el prin­ci­pio de es­ta man­era: «un pred­ica­do que _re­pugna_ á una cosa no le con­viene.» ¿Qué se en­tiende por la pal­abra im­posi­ble? «posi­ble é im­posi­ble ab­so­lu­ta­mente, se dice por la rela­cion de los tér­mi­nos: posi­ble porque el pred­ica­do no re­pugna al su­je­to; im­posi­ble, cuan­do el pred­ica­do re­pugna al su­je­to;» así se ex­pre­sa San­to Tomás (1 P. Cuest. 25. Art. 3.) y con él to­das las es­cue­las; luego la im­posi­bil­idad es la re­pug­nan­cia del pred­ica­do al su­je­to, luego ser una cosa im­posi­ble es ser re­pug­nante, luego em­plea Kant el mis­mo lengua­je que reprende en los otros. La fór­mu­la co­mun po­dria ex­pre­sarse de es­ta man­era: «que una cosa sea y no sea al mis­mo tiem­po, re­pugna; ó bi­en hay re­pug­nan­cia en­tre el ser y el no ser; ó bi­en el ser ex­cluye al no ser;» to­do viene á parar á lo mis­mo, y na­da mas ex­pre­sa Kant cuan­do dice: un pred­ica­do que re­pugna á una cosa, no le con­viene.

[194.] Tratán­dose de un cri­te­rio uni­ver­sal, hay mas ex­ac­ti­tud en la fór­mu­la co­mun que en la de Kant. Es­ta ciñe el prin­ci­pio á la rela­cion de pred­ica­do y su­je­to, y por con­sigu­iente le encier­ra en el ór­den pu­ra­mente ide­al, no va­lien­do para el re­al sino por una es­pecie de am­plia­cion. Es­ta am­plia­cion aunque muy legí­ti­ma y muy fá­cil, no la nece­si­ta la fór­mu­la co­mun: con de­cir, el ser ex­cluye al no ser, abraza lo ide­al y lo re­al, y pre­sen­ta al en­tendimien­to la im­posi­bil­idad, no so­lo de los juicios con­tra­dic­to­rios, sino tam­bi­en de las cosas con­tra­dic­to­rias.

Kant ad­mite que este prin­ci­pio es la condi­cion _sine qua non_ de la ver­dad de nue­stros conocimien­tos, de man­era que debe­mos ten­er cuida­do de no pon­er­nos jamás en con­tradic­cion con él so pe­na de anon­adar to­do conocimien­to. Há­gase la prue­ba: á un hom­bre que no se haya ocu­pa­do á fon­do de es­tas ma­te­rias, aunque sepa muy bi­en lo que se en­tiende por pred­ica­do y su­je­to, dénse­le las dos fór­mu­las; ¿cuál de el­las se le pre­sen­tará co­mo mas fá­cil para to­dos los usos así en lo ex­ter­no co­mo en lo in­ter­no? es claro que no será la de Kant. Que una cosa no puede ser y no ser á un mis­mo tiem­po, al in­stante se ve con to­da gen­er­al­idad, y se apli­ca el prin­ci­pio á to­dos los usos así en el ór­den re­al co­mo en el ide­al. Se tra­ta de un ob­je­to ex­ter­no y se dice: es­to no puede ser y no ser á un mis­mo tiem­po; se tra­ta de juicios con­tra­dic­to­rios, de ideas que se ex­cluyen, y se dice sin di­fi­cul­tad: es­to no puede ser, porque es im­posi­ble que á un mis­mo tiem­po una cosa sea y no sea. Pero no se ve con la mis­ma fa­cil­idad y pron­ti­tud có­mo se hace el trán­si­to del ór­den ide­al al re­al, ó có­mo pueden ten­er uso en el ór­den de los he­chos las ideas pu­ra­mente lóg­icas de su­je­to y pred­ica­do. Luego la fór­mu­la co­mun, á mas de ser igual­mente ex­ac­ta que la de Kant, es mas sen­cil­la, mas in­teligente, y mas fá­cil­mente apli­ca­ble. ¿Pueden de­searse cal­idades mejores para un cri­te­rio uni­ver­sal, para la condi­cion _sine qua non_ de la ver­dad de nue­stros conocimien­tos?

[195.] Has­ta aquí he da­do por supuesto que la fór­mu­la de Kant ex­presa­ba real­mente el prin­ci­pio de con­tradic­cion; pero es­ta su­posi­cion es cuan­do menos in­ex­ac­ta. No cabe du­da que se­ria una con­tradic­cion el que un pred­ica­do que re­pug­nase á un su­je­to, le con­viniese; y en este sen­ti­do se puede de­cir que el prin­ci­pio de con­tradic­cion es­tá de al­gun mo­do ex­pre­sa­do en la fór­mu­la de Kant. Mas es­to no es su­fi­ciente: porque de lo con­trario se­ria pre­ciso de­cir que to­do ax­ioma ex­pre­sa el prin­ci­pio de con­tradic­cion, pues no es posi­ble ne­gar ningun ax­ioma sin una con­tradic­cion. La fór­mu­la del prin­ci­pio debe ex­pre­sar _di­rec­ta­mente_ la ex­clu­sion recíp­ro­ca, la re­pug­nan­cia en­tre el ser y el no ser; es­to es lo que se quiere sig­nificar; jamás se ha en­ten­di­do otra cosa por el prin­ci­pio de con­tradic­cion. Kant en su nue­va fór­mu­la no ex­pre­sa di­rec­ta­mente es­ta ex­clu­sion: lo que ex­pre­sa es, que cuan­do de la idea de un su­je­to es­tá ex­clu­ido el pred­ica­do, este no le con­viene. Si bi­en se mi­ra, lejos de que es­ta fór­mu­la ex­prese el prin­ci­pio de con­tradic­cion, es la famosa de los carte­sianos: lo que es­tá com­pren­di­do en la idea clara y dis­tin­ta de una cosa, se puede afir­mar de el­la con to­da certeza. En sub­stan­cia las dos fór­mu­las ex­pre­san lo mis­mo, y so­lo se dis­tinguen por dos difer­en­cias pu­ra­mente ac­ci­den­tales: 1ª. en que la de Kant es mas con­cisa; 2.ª en que la de este filó­so­fo es neg­ati­va y la de los carte­sianos afir­ma­ti­va.

[196.] Kant viene á de­cir: «lo que es­tá _ex­clu­ido_ de la idea clara y dis­tin­ta de una cosa, se puede ne­gar de el­la.» _Pred­ica­do que re­pugna_ á un su­je­to, es lo mis­mo que lo que es­tá _ex­clu­ido_ de la idea de una cosa; _no le con­viene_, es lo mis­mo que _se puede ne­gar de él_. Y co­mo por otra parte es ev­idente que el prin­ci­pio de los carte­sianos debe en­ten­der­se en am­bos sen­ti­dos, afir­ma­ti­vo y neg­ati­vo, pues que al de­cir que lo que es­tá com­pren­di­do en la idea clara y dis­tin­ta de una cosa, se puede afir­mar de la mis­ma, en­ten­di­an tam­bi­en que cuan­do una cosa es­ta­ba ex­clu­ida, se po­dia ne­gar; re­sul­ta que Kant dice lo mis­mo que el­los; así in­ten­tan­do cor­re­gir á to­das las es­cue­las, ha in­cur­ri­do en una equiv­oca­cion no muy á propósi­to para abonar su per­spi­ca­cia.

Claro es que la mis­ma fór­mu­la de Kant im­pli­ca es­ta otra: el pred­ica­do con­tenido en la idea de un su­je­to, le con­viene. Es­ta proposi­cion es tam­bi­en condi­cion _sine qua non_, de to­dos los juicios analíti­cos afir­ma­tivos: pues es­tos de­sa­pare­cen, si no con­viene al su­je­to lo que es­tá en su idea. En tal ca­so, no hay difer­en­cia ni aun aparente en­tre la fór­mu­la de Kant y la de los carte­sianos; so­lo hay var­iedad en los tér­mi­nos: la proposi­cion es ex­ac­ta­mente la mis­ma. Por donde se echa de ver que antes de afir­mar que en el pun­to mas claro y mas fun­da­men­tal de los conocimien­tos hu­manos, se han ex­pre­sa­do mal to­das las es­cue­las, es nece­sario an­dar con mu­cho tien­to: tes­ti­go la _orig­inal­idad_ de la fór­mu­la de Kant.

[197.] No fué mas fe­liz el au­tor de la _Críti­ca de la ra­zon pu­ra_ al cen­surar la condi­cion _á un mis­mo tiem­po_, que se añade gen­eral­mente á la fór­mu­la del prin­ci­pio de con­tradic­cion. Ya que él se tomó la lib­er­tad de creer que ningun filó­so­fo antes de él habia ex­pre­sa­do de la man­era con­ve­niente este prin­ci­pio, per­mí­taseme de­cir que él no en­tendió bi­en lo que que­ri­an sig­nificar los otros. No creo que con de­cir es­to cometa una pro­fana­cion filosó­fi­ca; si para cier­tos hom­bres Kant es un orácu­lo, to­dos los filó­so­fos jun­tos y la hu­manidad en­tera son tam­bi­en orácu­los que deben ser oi­dos y re­speta­dos.

Se­gun el mis­mo Kant, el prin­ci­pio de con­tradic­cion es condi­cion _sine qua non_ de to­dos los conocimien­tos hu­manos. Si pues es­ta condi­cion ha de servir para su ob­je­to, es nece­sario que se la ex­prese de un mo­do apli­ca­ble á to­dos los ca­sos. Nue­stros conocimien­tos no se com­po­nen úni­ca­mente de el­emen­tos nece­sar­ios, sino que ad­miten en bue­na parte ideas en­lazadas con lo con­tin­gente; pues co­mo hemos vis­to ya, las ver­dades pu­ra­mente ide­ales no con­ducen á na­da pos­iti­vo si no se las hace de­scen­der al ter­reno de la re­al­idad. Los seres con­tin­gentes es­tán someti­dos á la condi­cion del tiem­po; y to­dos los conocimien­tos que á el­los se re­fieren, deben con­tar siem­pre con es­ta condi­cion. Su ex­is­ten­cia se limi­ta á un de­ter­mi­na­do es­pa­cio de tiem­po; y con­forme á es­ta de­ter­mi­na­cion es pre­ciso pen­sar y hablar de la mis­ma. Aun las propiedades es­en­ciales es­tán afec­tadas en cier­to mo­do por la condi­cion del tiem­po; porque si bi­en pre­scinden de él, si se las con­sid­era en gen­er­al, no es así cuan­do es­tán re­al­izadas, es de­cir, cuan­do de­jan de ser una pu­ra ab­strac­cion y son una cosa pos­iti­va. Hé aquí pues la ra­zon, y ra­zon bi­en poderosa y pro­fun­da, de que to­das las es­cue­las hayan jun­ta­do la condi­cion del tiem­po con la fór­mu­la del prin­ci­pio de con­tradic­cion: ra­zon bi­en pro­fun­da, repi­to, y que es ex­traño se es­capase á la pen­etra­cion del filó­so­fo ale­man.

[198.] La im­por­tan­cia de la ma­te­ria recla­ma to­davía ul­te­ri­ores aclara­ciones. Lo es­en­cial en el prin­cio de con­tradic­cion, es la ex­clu­sion del ser por el no ser y del no ser por el ser. La fór­mu­la debe ex­pre­sar este he­cho, es­ta ver­dad que se nos ofrece con ev­iden­cia in­medi­ata y que es con­tem­pla­da por el en­tendimien­to con una in­tu­icion clarísi­ma que no con­siente du­da ni os­curi­dad de ningu­na es­pecie.

El ver­bo _ser_ puede tomarse de dos man­eras: sus­tan­ti­va­mente, en cuan­to sig­nifi­ca la ex­is­ten­cia, y cop­ula­ti­va­mente, en cuan­to ex­pre­sa la rela­cion de un pred­ica­do con un su­je­to. Pe­dro es; aquí el ver­bo _es_ sig­nifi­ca la ex­is­ten­cia de Pe­dro, y equiv­ale á es­ta otra: Pe­dro ex­iste. El trián­gu­lo equi­látero es equián­gu­lo; aquí el ver­bo _es_ se toma cop­ula­ti­va­mente; pues no se afir­ma que ex­ista ningun trián­gu­lo equi­látero, y so­lo se es­tablece la rela­cion de la igual­dad de los án­gu­los con la igual­dad de los la­dos, pre­scin­di­en­do ab­so­lu­ta­mente de que ex­is­tan un­os ni otros.

El prin­ci­pio de con­tradic­cion debe ex­ten­der­se á los ca­sos en que el ver­bo _ser_ es cop­ula­ti­vo y á los en que es sus­tan­ti­vo; porque cuan­do dec­imos que es im­posi­ble que una cosa sea y no sea, no hablam­os úni­ca­mente del ór­den ide­al ó de las rela­ciones en­tre pred­ica­dos y su­je­tos, sino tam­bi­en del ór­den re­al: si no se re­firiese á este úl­ti­mo ten­dríamos que el mun­do en­tero de las ex­is­ten­cias es­taria fal­to de la condi­cion in­dis­pens­able para to­do conocimien­to sino tam­bi­en para to­do ser en sí mis­mo, pre­scin­di­en­do de que sea cono­ci­do y de que sea in­teligente. ¿Qué fuera un ser re­al que pud­iese ser y no ser? ¿qué sig­nifi­ca una con­tradic­cion re­al­iza­da? luego el prin­ci­pio se ha de ex­ten­der no so­lo al ver­bo _ser_ co­mo cop­ula­ti­vo, sino tam­bi­en co­mo sus­tan­ti­vo. To­das las ex­is­ten­cias fini­tas, in­clusa la nues­tra, son me­di­das por una du­ra­cion suce­si­va; luego si la fór­mu­la del prin­ci­pio de con­tradic­cion no ha de ser in­apli­ca­ble á to­do cuan­to cono­ce­mos en el uni­ver­so, ha de es­tar acom­paña­do de la condi­cion del tiem­po. De to­das las cosas fini­tas que ex­is­ten se ha ver­ifi­ca­do que no ex­is­tian y de to­das se po­dria ver­ificar que no ex­istiesen: de ningu­na se afir­maria con ver­dad que su no ex­is­ten­cia fuese im­posi­ble; es­ta im­posi­bil­idad nace de la ex­is­ten­cia en un tiem­po da­do, y so­lo con re­spec­to á este tiem­po se la puede afir­mar. Luego la condi­cion del tiem­po es ab­so­lu­ta­mente nece­saria en la fór­mu­la del prin­ci­pio de con­tradic­cion, si es­ta fór­mu­la ha de poder servirnos para lo ex­is­tente, es de­cir, para lo que tienen de ob­je­to re­al nue­stros conocimien­tos.

[199.] Veamos aho­ra lo que sucede en el ór­den pu­ra­mente ide­al, donde el ver­bo _ser_ se toma cop­ula­ti­va­mente. Las proposi­ciones del ór­den pu­ra­mente ide­al son de dos clases: unas tienen por su­je­to una idea genéri­ca que con la union de la difer­en­cia, puede pasar á una es­pecie de­ter­mi­na­da; otras tienen por su­je­to la mis­ma es­pecie, ó sea la idea genéri­ca jun­to con la de­ter­mi­na­cion de la difer­en­cia. La pal­abra _án­gu­lo_ ex­pre­sa la idea genéri­ca com­pren­si­va de to­dos los án­gu­los, idea que uni­da con la difer­en­cia cor­re­spon­di­ente, puede con­sti­tuir las es­pecies de án­gu­lo rec­to, agu­do ú ob­tu­so. Sucé­denos á ca­da pa­so el mod­ificar la idea genéri­ca de varias man­eras; y co­mo en es­to en­tra por necesi­dad una suce­sion en que se nos rep­re­sen­tan dis­tin­tos con­cep­tos que to­dos tienen por base la idea genéri­ca, re­sul­ta que con­sid­er­amos á es­ta co­mo un ser que suce­si­va­mente se trans­for­ma. Para ex­pre­sar es­ta suce­sion pu­ra­mente in­telec­tu­al, em­pleamos la idea de tiem­po; y hé aquí una de las ra­zones que jus­ti­fi­can el em­pleo de es­ta condi­cion aun en el ór­den pu­ra­mente ide­al. Así dec­imos: un án­gu­lo no puede ser á un mis­mo tiem­po rec­to y no rec­to; porque en­con­tramos que la idea de án­gu­lo puede es­tar suce­si­va­mente de­ter­mi­na­da por la difer­en­cia que le con­sti­tuye rec­to y no rec­to; pero es­tas de­ter­mi­na­ciones no pueden co­ex­is­tir ni aun en nue­stro con­cep­to, por cuya ra­zon no afir­mamos la im­posi­bil­idad ab­so­lu­ta de la union de la difer­en­cia con el género, sino que la limi­ta­mos á la condi­cion de la si­mul­tane­idad.

En es­ta proposi­cion: un án­gu­lo rec­to no puede ser ob­tu­so; el su­je­to no es la idea genéri­ca so­la, sino uni­da con la difer­en­cia _rec­to_. En el con­cep­to del su­je­to for­ma­do de es­tas dos ideas, án­gu­lo y rec­to, ve­mos la im­posi­bil­idad de que se les una la idea _ob­tu­so_. Es­to sin ningu­na condi­cion de tiem­po, y en este ca­so tam­poco se la ex­pre­sa. Se dice con fre­cuen­cia: un án­gu­lo no puede ser al mis­mo tiem­po rec­to y ob­tu­so; pero jamás se dice el án­gu­lo rec­to no puede _á un mis­mo tiem­po_ ser ob­tu­so, sino ab­so­lu­ta­mente: el án­gu­lo rec­to no puede ser ob­tu­so.

[200.] Ob­ser­va Kant que la equiv­oca­cion di­mana de que se comien­za por sep­arar el pred­ica­do de una cosa del con­cep­to de es­ta cosa, y que en segui­da se le jun­ta á este mis­mo pred­ica­do su con­trario, lo que no da jamás una con­tradic­cion con el su­je­to sino con el pred­ica­do que le es­tá unido sin­téti­ca­mente; con­tradic­cion que no tiene lu­gar sino en cuan­to el primero y el se­gun­do pred­ica­do es­tán puestos á un mis­mo tiem­po. Es­ta ob­ser­va­cion de Kant es en el fon­do muy ver­dadera; pero adolece de dos de­fec­tos: el que se la pre­sen­ta co­mo orig­inal cuan­do no dice sino cosas muy sabidas; y el que se le em­plea para com­bat­ir una equiv­oca­cion que no ex­iste sino en la mente del filó­so­fo que pre­tende quitar­la á los demás. Las dos proposi­ciones anal­izadas en el pár­rafo an­te­ri­or con­fir­man lo que acabo de de­cir: el án­gu­lo no puede ser rec­to y no rec­to. Aquí la condi­cion del tiem­po es nece­saria porque la re­pug­nan­cia no es­tá en­tre el pred­ica­do y el su­je­to sino en­tre los dos pred­ica­dos. El án­gu­lo puede ser rec­to ó no rec­to, con tal que es­to se ver­ifique en tiem­pos difer­entes. El án­gu­lo rec­to no puede ser ob­tu­so; aquí la condi­cion del tiem­po no debe ser ex­pre­sa­da, porque en­tran­do en el con­cep­to del su­je­to la idea _rec­to_, es­tá en­ter­amente ex­clu­ida la de _ob­tu­so_.

[201.] Si el prin­ci­pio de con­tradic­cion hu­biese de servir úni­ca­mente para los juicios analíti­cos, es­to es, para aque­llos en que el pred­ica­do es­tá con­tenido en la idea del su­je­to, la condi­cion del tiem­po no de­biera ser ex­pre­sa­da nun­ca; pero co­mo este prin­ci­pio ha de guiarnos tam­bi­en para to­dos los demás juicios, se sigue que en la fór­mu­la gen­er­al no po­dia pre­scindirse de una condi­cion ab­so­lu­ta­mente in­dis­pens­able en la may­or parte de los ca­sos. En el es­ta­do ac­tu­al de nue­stro en­tendimien­to, mien­tras nos hal­lam­os en es­ta vi­da, el no pre­scindir del tiem­po es la regla, el pre­scindir la ex­cep­cion: ¿y se que­ria que una fór­mu­la gen­er­al se re­firiese so­lo á la ex­cep­cion y de­jase en olvi­do la regla?

[202.] No se con­cibe la ra­zon que pu­do mover á Kant á ilus­trar es­ta ma­te­ria con los ejem­plos ar­ri­ba cita­dos. No cabe de­cir cosas mas co­munes é in­opor­tu­nas que las aña­di­das por este filó­so­fo cuan­do ilus­tra la ma­te­ria con al­gunos ejem­plos. «Si di­go, un hom­bre que es ig­no­rante no es in­stru­ido, la condi­cion _al mis­mo tiem­po_ debe es­tar ex­pre­sa­da; porque el que es ig­no­rante en un tiem­po, puedo muy bi­en ser in­stru­ido en otro.» Es­to á mas de ser co­mun é in­opor­tuno, es so­bre man­era in­ex­ac­to. Si la proposi­cion fuese: un hom­bre no puede ser ig­no­rante é in­stru­ido; en­tonces la condi­cion _al mis­mo tiem­po_ de­biera añadirse, porque no dán­dose pref­er­en­cia á ningun pred­ica­do con re­spec­to al otro, se in­di­caria el mo­ti­vo de la re­pug­nan­cia, que es de pred­ica­do á pred­ica­do y no de pred­ica­do á su­je­to. Pero en el ejem­plo aduci­do por Kant, «el hom­bre que es ig­no­rante no es in­stru­ido,» el su­je­to no es so­lo hom­bre, sino hom­bre ig­no­rante; el pred­ica­do in­stru­ido re­cae so­bre el hom­bre mod­ifi­ca­do con el pred­ica­do ig­no­rante; y por con­sigu­iente la ex­pre­sion del tiem­po no es nece­saria ni se la em­plea en el lengua­je co­mun.

Hay mucha difer­en­cia en­tro es­tas dos proposi­ciones: el hom­bre que es ig­no­rante _no es_ in­stru­ido; el hom­bre que es ig­no­rante, _no puede ser_ in­stru­ido. En la primera, la condi­cion del tiem­po no debe es­tar ex­pre­sa­da por las ra­zones dichas: en la se­gun­da sí, porque hablán­dose de la im­posi­bil­idad de un mo­do ab­so­lu­to, se ne­garia al ig­no­rante has­ta la _po­ten­cia_ de ser in­stru­ido.

[203.] El otro ejem­plo de Kant es el sigu­iente: «pero si di­go, ningun hom­bre ig­no­rante es in­stru­ido, la proposi­cion será analíti­ca, porque el carác­ter de la ig­no­ran­cia con­sti­tuye aho­ra el con­cep­to del su­je­to y por tan­to la proposi­cion neg­ati­va se deri­va in­medi­ata­mente de la proposi­cion con­tra­dic­to­ria sin que la condi­cion _al mis­mo tiem­po_ de­ba in­ter­venir.» No se ve la ra­zon porque es­tablece Kant tan­ta difer­en­cia en­tre es­tas dos proposi­ciones: un hom­bre que es ig­no­rante no es in­stru­ido; ningun hom­bre ig­no­rante es in­stru­ido; en am­bas el pred­ica­do no se re­fiere tan so­lo á hom­bre, sino á hom­bre ig­no­rante, y tan­to vale de­cir hom­bre que es ig­no­rante, co­mo hom­bre ig­no­rante. Si pues la ex­pre­sion del tiem­po no es nece­saria en la una, tam­poco lo será en la otra.

Si la idea de ig­no­rante afec­ta al su­je­to mis­mo, el pred­ica­do es­tá nece­sari­amente ex­clu­ido, porque las ideas de in­struc­cion y de ig­no­ran­cia, son con­tra­dic­to­rias: en­tonces nos hal­lam­os con la regla de los di­aléc­ti­cos de que en ma­te­rias nece­sarias, la proposi­cion in­defini­da equiv­ale á la uni­ver­sal.

De es­ta dis­cu­sion re­sul­ta que la fór­mu­la del prin­ci­pio de con­tradic­cion debe ser con­ser­va­da tal co­mo es­tá, y que no debe suprim­irse la condi­cion del tiem­po, porque de otro mo­do se inu­ti­lizaria la fór­mu­la para muchísi­mos ca­sos (XX).

CAPÍ­TU­LO XXI.

SI EL PRIN­CI­PIO DE CON­TRADIC­CION MERECE EL TÍ­TU­LO DE FUN­DA­MEN­TAL; Y EN QUÉ SEN­TI­DO.

[204.] Aclara­do ya el ver­dadero sen­ti­do del prin­ci­pio de con­tradic­cion, veamos si merece el tí­tu­lo de fun­da­men­tal, re­unien­do to­dos los car­ac­téres exigi­dos para es­ta dig­nidad cien­tí­fi­ca. Es­tos son tres: primero, que no se apoye en otro prin­ci­pio. Se­gun­do, que cayen­do él, se ar­ru­inen to­dos los demás. Ter­cero, que per­manecien­do él firme, pue­da argüirse de una man­era con­cluyente con­tra quien niegue los demás, re­ducién­dole á buen camino por de­mostra­cion, al menos in­di­rec­ta.

[205.] Para re­solver cumpl­ida­mente to­das las cues­tiones que se re­fieren al prin­ci­pio de con­tradic­cion, asen­taré al­gu­nas proposi­ciones acom­pañán­dolas con la de­mostra­cion cor­re­spon­di­ente.

PRIMERA PROPOSI­CION.

Si se nie­ga el prin­ci­pio de con­tradic­cion, se de­splo­ma to­da certeza, to­da ver­dad, to­do conocimien­to.

De­mostra­cion. Si una cosa puede ser y no ser á un mis­mo tiem­po, pode­mos es­tar cier­tos y no cier­tos, cono­cer y no cono­cer, ex­is­tir y no ex­is­tir; la afir­ma­cion puede es­tar jun­to con la ne­ga­cion, las cosas con­tra­dic­to­rias pueden her­ma­narse, las dis­tin­tas iden­ti­fi­carse, las idén­ti­cas dis­tin­guirse; la in­teligen­cia es un caos en to­da la ex­ten­sion de la pal­abra; la ra­zon se trastor­na, el lengua­je es ab­sur­do, el su­je­to y el ob­je­to se chocan en medio de es­pan­tosas tinieblas, to­da luz in­telec­tu­al se ha ex­tin­gui­do para siem­pre. To­dos los prin­ci­pios es­tán en­vuel­tos en la ru­ina uni­ver­sal; y la mis­ma con­cien­cia vac­ilar­ia, si al hac­er es­ta su­posi­cion ab­sur­da no se hal­lase sosteni­da por la in­ven­ci­ble mano de la nat­uraleza. Pero en medio de la ab­sur­da hipóte­sis, la con­cien­cia que no de­sa­parece porque no puede de­sa­pare­cer, se siente ar­rastra­da tam­bi­en por el vi­olen­to tor­belli­no que lo ar­ro­ja to­do á las tinieblas del caos; en vano se es­fuerza por con­ser­var sus ideas, to­das de­sa­pare­cen por la fuerza de la con­tradic­cion; en vano hace bro­tar otras nuevas para susti­tuir­las á las que va per­di­en­do, de­sa­pare­cen tam­bi­en; en vano bus­ca ob­je­tos nuevos, de­sa­pare­cen tam­bi­en; y el­la mis­ma no con­tinúa sino para sen­tir la im­posi­bil­idad rad­ical de pen­sar na­da; so­lo ve á la con­tradic­cion que señore­ada de la in­teligen­cia, de­struye con fuerza ir­re­sistible cuan­to se quiera lev­an­tar.

SE­GUN­DA PROPOSI­CION.

[206.] No bas­ta que no se supon­ga fal­so el prin­ci­pio de con­tradic­cion; es pre­ciso además supon­er­le ver­dadero, si no se quiere que se ar­ru­ine to­da certeza, to­do conocimien­to, to­da ver­dad.

De­mostra­cion. Las ra­zones ale­gadas con re­spec­to á la proposi­cion an­te­ri­or po­dri­an re­pro­ducirse por en­tero. En el primer ca­so se supone ne­ga­da la ver­dad del prin­ci­pio; en el se­gun­do no se le da por ver­dadero ni por fal­so; pero es ev­idente que la in­difer­en­cia no bas­ta; porque des­de el mo­men­to en que el prin­ci­pio de con­tradic­cion no es­té fuera de to­da du­da, volve­mos á caer en las tinieblas, debe­mos du­dar de to­do.

No quiero de­cir que para ten­er certeza de cualquiera cosa, sea nece­sario pen­sar ex­plíci­ta­mente en di­cho prin­ci­pio; pero sí que debe­mos ten­er­le por firme­mente asen­ta­do, que no pode­mos abri­gar so­bre él la menor du­da, y que en vien­do al­gu­na cosa lig­ada con él mis­mo, es pre­ciso con­sid­er­ar­la co­mo asi­da de un pun­to in­móvil; la menor vac­ila­cion, el mas ligero _quién sabe_!.... so­bre este prin­ci­pio, lo ar­ru­ina to­do: la posi­bil­idad de un ab­sur­do es ya por si mis­ma un ab­sur­do.

TER­CERA PROPOSI­CION

[207.] Es im­posi­ble en­con­trar un prin­ci­pio que nos ase­gure de la ver­dad del de con­tradic­cion.

De­mostra­cion. Hemos vis­to que en to­do conocimien­to es nece­sario supon­er la ver­dad del prin­ci­pio de con­tradic­cion; luego ningu­na puede servir para de­mostrar­le á él. En cualquiera raciocinio que con este ob­je­to se ha­ga, habrá por necesi­dad un cír­cu­lo vi­cioso; se pro­bará el prin­ci­pio de con­tradic­cion con otro prin­ci­pio que á su vez supon­drá siem­pre el de con­tradic­cion. Ten­dremos pues un ed­ifi­cio que es­trib­ará so­bre un cimien­to y un cimien­to que es­trib­ará so­bre el mis­mo ed­ifi­cio.

CUAR­TA PROPOSI­CION.

[208.] A quien niegue el prin­ci­pio de con­tradic­cion, no se le puede re­ducir di­rec­ta ni in­di­rec­ta­mente por ningun otro.

De­mostra­cion. Se­ria cu­rioso oir los ar­gu­men­tos di­rigi­dos con­tra un hom­bre que ad­mite la posi­bil­idad del sí y del nó en to­do. Cuan­do se le re­duz­ca al sí, no se le hará perder el nó, y vice-​ver­sa. Es im­posi­ble no so­lo ar­gu­men­tar, sino hablar, ni pen­sar en su­posi­cion se­me­jante.

QUIN­TA PROPOSI­CION.

[209.] No es ex­ac­to lo que suele de­cirse que con el prin­ci­pio de con­tradic­cion po­damos argüir de una man­era con­cluyente con­tra quien niegue los demás.

Ad­viér­tase que so­lo di­go que _no es ex­ac­to_; porque en efec­to creo que en el fon­do es ver­dadero, pero mez­cla­do con al­gu­na in­ex­ac­ti­tud. Para man­ifes­tar­lo ex­am­inemos el val­or de la de­mostra­cion que se da en ca­sos se­me­jantes. En for­ma de diál­ogo las ra­zones, las con­testa­ciones y las ré­pli­cas se pre­sen­tarán con mas clar­idad y viveza. Supong­amos que uno nie­ga este ax­ioma. El to­do es may­or que la parte.

Si V. nie­ga es­to, ad­mite que una cosa puede ser y no ser á un mis­mo tiem­po.

Es­to es lo que se me ha de pro­bar.

El to­do de V. será to­do y no lo será, y la parte será parte y no parte.

¿Por qué?

En primer lu­gar, será to­do, porque así se supone.

Ad­mi­ti­do.

Al mis­mo tiem­po no lo será....

Ne­ga­do.

No lo será porque no será may­or que su parte.

Buen mo­do de ar­gu­men­tar; es­to es una peti­cion de prin­ci­pio: yo comien­zo por afir­mar que el to­do no es may­or que su parte, y V. me ar­guye en el supuesto con­trario; pues me dice que el to­do no será to­do si no es may­or que su parte. Si yo con­cediese que el to­do es may­or que su parte, y luego ne­gase es­ta propiedad, en­tonces in­cur­riría en con­tradic­cion ha­cien­do un to­do que se­gun mis prin­ci­pios no se­ria to­do; pero co­mo aho­ra niego que el to­do haya de ser may­or que su parte, de­bo ne­gar tam­bi­en que de­je de ser to­do, por no ser may­or que su parte.

[210.] ¿A quien dis­curre de es­ta man­era qué se le puede replicar? na­da ab­so­lu­ta­mente en for­ma de raciocinio; lo que se puede hac­er es lla­mar­le la aten­cion há­cia el ab­sur­do en que se colo­ca; pero es­to nó ar­gu­men­tan­do, sino de­ter­mi­nan­do con to­da ex­ac­ti­tud el sen­ti­do de las pal­abras y anal­izan­do los con­cep­tos que por el­las se ex­pre­san. Es­to es lo úni­co que se puede y debe hac­er. La con­tradic­cion ex­iste, es cier­to; y lo que con­viene es que la vea el que ha in­cur­ri­do en la mis­ma; para lo cual, ó será su­fi­ciente la ex­pli­ca­cion de los tér­mi­nos y el análi­sis de los con­cep­tos, ó no bas­tará na­da.

Veá­moslo en el mis­mo ejem­plo. El to­do es may­or que su parte. ¿Qué es to­do? es el con­jun­to de las partes, es las partes mis­mas re­unidas. En la idea del to­do en­tran pues las partes. ¿Qué sig­nifi­ca may­or? Una cosa se dice may­or que otra, cuan­do además de con­tener can­ti­dad igual á es­ta, con­tiene al­gu­na otra; el si­ete es may­or que el cin­co, porque á mas de con­tener el mis­mo cin­co, con­tiene tam­bi­en el dos. El to­do con­tiene á la parte y además á las otras partes, luego en la idea de to­do en­tra la idea de ser may­or que su parte. Así se po­dria re­ducir á quien ne­gase este prin­ci­pio: méto­do que mas bi­en que de ar­gu­menta­cion, po­dria lla­marse de ex­pli­ca­cion de tér­mi­nos y análi­sis de con­cep­tos, porque es claro que no se ha he­cho mas que definir aque­llos y de­scom­pon­er es­tos.

SEX­TA PROPOSI­CION.

[211.] El prin­ci­pio de con­tradic­cion no puede ser cono­ci­do sino por ev­iden­cia in­medi­ata.

De­mostra­cion. Se han de pro­bar dos cosas. Que el conocimien­to es por ev­iden­cia, y que la ev­iden­cia es in­medi­ata. To­cante á lo primero ob­ser­varé que el prin­ci­pio de con­tradic­cion no es un sim­ple he­cho de con­cien­cia sino una ver­dad pu­ra­mente ide­al. El he­cho de con­cien­cia en­vuelve la re­al­idad, no puede ex­pre­sarse de ningun mo­do sin que se afirme al­gu­na ex­is­ten­cia; el prin­ci­pio de con­tradic­cion no afir­ma ni nie­ga na­da pos­iti­vo; es­to es, no dice que al­go ex­ista ó no ex­ista; so­lo ex­pre­sa la re­pug­nan­cia del ser al no ser, y del no ser al ser, pre­scin­di­en­do de que el ver­bo _ser_ se tome sus­tan­ti­va ó cop­ula­ti­va­mente.

[212.] To­do he­cho de con­cien­cia es al­go, no so­lo ex­is­tente sino de­ter­mi­na­do; no es un pen­samien­to en ab­strac­to, sino tal ó cual pen­samien­to. El prin­ci­pio de con­tradic­cion no con­tiene na­da de­ter­mi­na­do; no so­lo pre­scinde de la ex­is­ten­cia de las cosas sino tam­bi­en de la es­en­cia, pues no se re­fiere á so­las las ex­is­tentes sino tam­bi­en á las posi­bles; y en­tre es­tas no dis­tingue es­pecies, sino que las abraza to­das en su may­or gen­er­al­idad. Cuan­do se dice «es im­posi­ble que una cosa sea y no sea,» la pal­abra _cosa_ no re­stringe su sig­nifi­ca­cion de ningu­na man­era; ex­pre­sa el ser en gen­er­al, en su may­or in­de­ter­mi­na­cion. En el _sea_ ó _no sea_, el ver­bo _ser_ no ex­pre­sa so­lo la ex­is­ten­cia sino to­da clase de rela­ciones de es­en­cias, tam­bi­en en su mas com­ple­ta in­de­ter­mi­na­cion. Así el prin­ci­pio se apli­ca igual­mente en es­tas dos proposi­ciones; es im­posi­ble que la lu­na sea y no sea; es im­posi­ble que un cír­cu­lo sea y no sea cír­cu­lo; no ob­stante que la primera es del ór­den re­al, y en el­la el ver­bo _ser_ ex­pre­sa ex­is­ten­cia; y la se­gun­da es del ór­den ide­al, y el ver­bo _ser_ sig­nifi­ca úni­ca­mente rela­cion de pred­ica­do á su­je­to.

[213.] To­do he­cho de con­cien­cia es in­di­vid­ual, el prin­ci­pio de con­tradic­cion es lo mas uni­ver­sal que imag­inarse pue­da; to­do he­cho de con­cien­cia es con­tin­gente, el prin­ci­pio de con­tradic­cion es ab­so­lu­ta­mente nece­sario: necesi­dad que es uno de los car­ac­téres de las ver­dades cono­ci­das por ev­iden­cia.

[214.] El prin­ci­pio de con­tradic­cion es una ley de to­da in­teligen­cia; es de una necesi­dad ab­so­lu­ta tan­to para lo fini­to co­mo para lo in­fini­to: ni la in­teligen­cia in­fini­ta se hal­la fuera de es­ta necesi­dad, porque la in­fini­ta per­fec­cion no puede ser un ab­sur­do. El he­cho de con­cien­cia co­mo pu­ra­mente in­di­vid­ual, se re­fiere tan so­lo al ser que lo ex­per­imen­ta; de que yo ex­ista ó no ex­ista ni el ór­den de las in­teligen­cias ni el de las ver­dades sufre al­teracion al­gu­na.

[215.] El prin­ci­pio de con­tradic­cion, á mas del carác­ter de uni­ver­sal­idad y necesi­dad con que se dis­tinguen las ver­dades de ev­iden­cia, posee tam­bi­en el del ser vis­to con esa clar­idad in­telec­tu­al in­medi­ata, de que mas ar­ri­ba se ha trata­do. En la idea del ser ve­mos clarísi­ma­mente la ex­clu­sion del no ser.

De es­to se in­fiere la prue­ba de la se­gun­da parte de la proposi­cion: porque hay ev­iden­cia in­medi­ata de la rela­cion de un pred­ica­do con un su­je­to, cuan­do para ver­la nos bas­ta la so­la idea del su­je­to sin necesi­dad de ningu­na com­bi­na­cion con otras ideas; así se ver­ifi­ca en el ca­so pre­sente, pues no so­lo no es nece­saria ningu­na com­bi­na­cion, sino que to­das son im­posi­bles si no se pre­supone la ver­dad del prin­ci­pio (XXI).

CAPÍ­TU­LO XXII.

EL PRIN­CI­PIO DE LA EV­IDEN­CIA.

[216.] En­tre los prin­ci­pios que han fig­ura­do en las es­cue­las en primera línea, con pre­ten­sion al tí­tu­lo de fun­da­men­tales, se en­cuen­tra el que ha soli­do lla­marse de los carte­sianos. «Lo que es­tá com­pren­di­do en la idea clara y dis­tin­ta de una cosa, se puede afir­mar de el­la con to­da certeza.» Ya hemos vis­to que Kant re­suci­ta, aunque en otras pal­abras, este prin­ci­pio, tomán­dole equívo­ca­mente por sinón­imo del de con­tradic­cion. Bi­en ex­am­ina­da la cosa se echa de ver que tan­to la fór­mu­la de los carte­sianos co­mo la de Kant no son mas que la ex­pre­sion de la le­git­im­idad del cri­te­rio de la ev­iden­cia. Am­bas po­dri­an re­ducirse á otras mas sen­cil­las: la ev­iden­cia es cri­te­rio de ver­dad; ó bi­en, lo ev­idente es ver­dadero. Co­mo es­ta trans­for­ma­cion me ha de servir en ade­lante para dis­tin­guir ideas, en mi opin­ion muy con­fusas, daré la ra­zon de el­la man­ife­stando la igual­dad de las dos ex­pre­siones.

[217.] De­cir que una cosa es­tá com­pren­di­da en la idea clara y dis­tin­ta de otra, es lo mis­mo que de­cir que hay ev­iden­cia de que un pred­ica­do con­viene á un su­je­to; las pal­abras no tienen ni pueden ten­er otro sen­ti­do; «es­tar com­pren­di­do en una idea clara y dis­tin­ta,» equiv­ale á de­cir que ve­mos una cosa en otra con aque­lla luz in­telec­tu­al que lla­mamos ev­iden­cia: luego es­ta ex­pre­sion, «lo que es­tá com­pren­di­do en la idea clara y dis­tin­ta de una cosa» es ex­ac­ta­mente igual á es­ta: «lo que es ev­idente.»

De­cir que una cosa se puede afir­mar de otra con to­da certeza, es lo mis­mo que de­cir: «la cosa es ver­dadera, y de es­to pode­mos es­tar com­ple­ta­mente se­guros.» Lo que se puede afir­mar, es la ver­dad y so­lo la ver­dad: luego es­ta ex­pre­sion, «se puede afir­mar de el­la con to­da certeza,» es ex­ac­ta­mente igual á es­ta otra: «es ver­dadero.»

Así, la ex­pre­sion de los carte­sianos puede trans­for­marse en es­ta: «lo ev­idente es ver­dadero,» ó en su equiv­alente: «la ev­iden­cia es se­guro cri­te­rio de ver­dad.»

[218.] «El pred­ica­do que re­pugna á un su­je­to, no le con­viene,» es­ta es la fór­mu­la de Kant. La re­pug­nan­cia de que aquí se tra­ta es la que se en­cuen­tra en las ideas, es­to es, cuan­do de la idea del su­je­to es­tá nece­sari­amente ex­clu­ido el pred­ica­do por _re­pug­nan­cia_ in­trínse­ca. La ex­pre­sion pues «el pred­ica­do que re­pugna á un su­je­to,» equiv­ale á es­ta otra: «cuan­do de la idea del su­je­to se ve con clar­idad ex­clu­ido el pred­ica­do;» la que á su vez es igual á es­ta «la ex­clu­sion ó la re­pug­nan­cia en­tre el su­je­to y el pred­ica­do es ev­idente.»

«No le con­viene» sig­nifi­ca lo mis­mo que es ver­dadero que no le con­viene; y co­mo es­tas fór­mu­las tienen dos val­ores, uno para los ca­sos afir­ma­tivos, otro para los neg­ativos, pues si se dice: el pred­ica­do que re­pugna á un su­je­to no le con­viene, se puede de­cir con la mis­ma ra­zon, el pred­ica­do con­tenido en la idea del su­je­to le con­viene, re­sul­ta que la fór­mu­la de Kant co­in­cide ex­ac­ta­mente con es­ta: «lo que es ev­idente es ver­dadero.»

[219.] Con es­ta trans­for­ma­cion se lo­gra may­or sen­cillez y mas gen­er­al­idad: sen­cillez, por la ex­pre­sion mis­ma; gen­er­al­idad, porque es­tán con­tenidos tan­to los ca­sos afir­ma­tivos co­mo los neg­ativos. Las pal­abras «lo que es ev­idente» abrazan tan­to las afir­ma­ciones co­mo las ne­ga­ciones; porque tan ev­idente puede ser la in­clu­sion de un pred­ica­do en un su­je­to co­mo su mu­tua re­pug­nan­cia. Se puede ver que es­tá con­teni­da una cosa en la idea de otra, co­mo que es­tá ex­clu­ida de el­la. Ba­jo to­dos los con­cep­tos es preferi­ble la fór­mu­la: lo que es ev­idente es ver­dadero; y si se quiere ex­pre­sar nó co­mo prin­ci­pio sino co­mo regla apli­ca­ble, se puede con­ver­tir en es­ta otra: «la ev­iden­cia es se­guro cri­te­rio de ver­dad.»

[220.] No se crea que el análi­sis prece­dente ten­ga por úni­co ob­je­to la trans­for­ma­cion in­di­ca­da; bi­en que en es­tas ma­te­rias la clar­idad y la pre­ci­sion deben ser ll­evadas al mas al­to pun­to posi­ble, no ob­stante me hu­biera ab­stenido de en­trar en se­me­jantes con­sid­era­ciones si so­lo me hu­biese prop­uesto lo­grar una in­no­va­cion que en la prác­ti­ca puede pro­ducir muy es­ca­so re­sul­ta­do; lo mis­mo se ex­pre­sa de un mo­do que de otro, quien no en­tien­da las primeras fór­mu­las no en­ten­derá la úl­ti­ma. Pero no era es­ta in­no­va­cion mi ob­je­to prin­ci­pal; sino el man­ifes­tar la con­fu­sion de ideas que hay en este pun­to cuan­do se ex­am­ina si el prin­ci­pio que con­tiene la le­git­im­idad del cri­te­rio de la ev­iden­cia debe ser con­sid­er­ado ó nó co­mo fun­da­men­tal y preferi­do al de con­tradic­cion y al de Descartes.

[221.] Comien­zo por asen­tar una proposi­cion que pare­cerá la mas ex­traña parado­ja, pero que es­tá muy lejos de ser­lo. _El prin­ci­pio de la ev­iden­cia no es ev­idente._

De­mostra­cion. Este prin­ci­pio puesto en for­ma mas sen­cil­la es el que sigue. Lo ev­idente es ver­dadero. Yo di­go que es­ta proposi­cion no es ev­idente. ¿Cuán­do es ev­idente una proposi­cion? cuan­do en la idea del su­je­to ve­mos el pred­ica­do; es­to no sucede aquí. Ev­idente es lo mis­mo que vis­to con clar­idad, que ofre­ci­do al en­tendimien­to de una man­era muy lu­mi­nosa. Ver­dadero es lo mis­mo que con­formi­dad de la idea con el ob­je­to. Pre­gun­to aho­ra ¿por mas que se anal­ice es­ta idea: «vis­to con clar­idad» se puede de­scubrir es­ta otra, «con­forme al ob­je­to?» nó. Se da aquí un salto in­men­so, se pasa de la sub­je­tivi­dad á la ob­je­tivi­dad, se afir­ma que las condi­ciones sub­je­ti­vas son el re­fle­jo de las ob­je­ti­vas, se hace el trán­si­to de la idea á su ob­je­to, trán­si­to que con­sti­tuye el prob­le­ma mas trascen­den­tal, mas difí­cil, mas os­curo de la filosofía. Vea pues el lec­tor si he di­cho con fun­da­men­to que no era una parado­ja es­ta aser­cion: El prin­ci­pio de la ev­iden­cia no es ev­idente.

[222.] ¿Qué di­re­mos pues de es­ta proposi­cion: lo ev­idente es ver­dadero? hé­lo aquí. No es un ax­ioma porque el pred­ica­do no es­tá con­tenido en la idea del su­je­to; no es una proposi­cion de­mostra­ble porque to­da de­mostra­cion es­tri­ba en prin­ci­pios ev­identes y con­siste en de­ducir de los mis­mos una con­se­cuen­cia ev­iden­te­mente en­laza­da con el­los; lo que no puede ten­er lu­gar si no se pre­supone la le­git­im­idad de la ev­iden­cia, es de­cir, lo mis­mo que es ob­je­to de la de­mostra­cion. Al comen­zar el raciocinio se po­dria pre­gun­tar des­de luego, ¿có­mo es cono­ci­do el prin­ci­pio en que se le quiere fun­dar? ¿có­mo se sabe que sea ver­dadero? ¿por la ev­iden­cia? re­cuérdese que se tra­ta de pro­bar que lo ev­idente es ver­dadero, y por tan­to hay una peti­cion de prin­ci­pio. La ver­dad de las leyes lóg­icas á que debe con­for­marse to­do raciocinio, es cono­ci­da so­lo por ev­iden­cia: luego si no se supone que lo ev­idente es ver­dadero, no se puede ni racioci­nar siquiera.

[223.] Ten­emos pues que el prin­ci­pio de la ev­iden­cia no puede apo­yarse en otro, y por con­sigu­iente re­une el primer carác­ter de prin­ci­pio fun­da­men­tal. Cayen­do él caen tam­bi­en to­dos los demás, in­clu­so el de con­tradic­cion, que co­mo to­dos, no es cono­ci­do sino por ev­iden­cia; este es otro de los car­ac­téres del prin­ci­pio fun­da­men­tal. Veamos sí re­une el ter­cero, á saber, que con su aux­ilio se pue­da re­ducir á quien niegue los demás.

Difí­cil es en­con­trar quien niegue el prin­ci­pio de con­tradic­cion y ad­mi­ta el de ev­iden­cia; sin em­bar­go ha­cien­do es­ta su­posi­cion ex­trav­agante, si al­gun prin­ci­pio pudiera servir para el ca­so se­ria este sin du­da, porque la cues­tion es­taria re­duci­da á si con­fe­saria que los prin­ci­pios son para él ev­identes; si no lo son, su en­tendimien­to es difer­ente del de los demás hom­bres; si lo son, el ar­gu­men­to que se le hace es con­cluyente. Se­gun V. con­fiesa lo ev­idente es ver­dadero; tal ó cual prin­ci­pio es ev­idente para V., luego es ver­dadero. Las premisas son ad­mi­ti­das por él mis­mo; la le­git­im­idad de la con­se­cuen­cia es ev­idente, y por tan­to debe re­cono­cer­la tam­bi­en, ya que por regla gen­er­al ad­mite el cri­te­rio de la ev­iden­cia.

[224.] ¿De qué na­cen las ex­trañezas que hemos no­ta­do en este prin­ci­pio? No es ev­idente, ni es de­mostra­ble; es nece­sario para to­dos los demás, y con su aux­ilio se puede re­ducir á quien los niegue; ¿de dónde se­me­jante ex­trañeza? de un orí­gen muy sen­cil­lo. Es que el prin­ci­pio de la ev­iden­cia no ex­pre­sa ningu­na ver­dad ob­je­ti­va, y por con­sigu­iente no es de­mostra­ble; no es un sim­ple he­cho de con­cien­cia porque ex­pre­sa la rela­cion del su­je­to al ob­je­to y por con­sigu­iente no puede lim­itarse á lo pu­ra­mente sub­je­ti­vo; es una proposi­cion que cono­ce­mos por ac­to re­fle­jo y que ex­pre­sa la ley prim­iti­va de to­dos nue­stros conocimien­tos ob­je­tivos. Es­tos se fun­dan en la ev­iden­cia; así lo ex­per­imen­ta­mos; pero cuan­do el es­píritu se pre­gun­ta ¿por qué debes fi­arte de la ev­iden­cia? no puede re­spon­der otra cosa sino que lo ev­idente es ver­dadero. ¿En qué fun­da es­ta proposi­cion? or­di­nar­ia­mente en na­da: se con­for­ma á la mis­ma sin haber pen­sa­do nun­ca en el­la; pero si se em­peña en re­flex­ionar en­cuen­tra tres mo­tivos para asen­tir á la mis­ma. Primero: un ir­re­sistible in­stin­to de la nat­uraleza. Se­gun­do: el ver que no ad­mi­tien­do la le­git­im­idad del cri­te­rio de la ev­iden­cia, se hun­den to­dos sus, conocimien­tos y le es im­posi­ble pen­sar. Ter­cero: el no­tar que ad­mi­tien­do este cri­te­rio to­do se pone en ór­den en la in­teligen­cia, que en vez de un caos hal­la un uni­ver­so ide­al con tra­bazon ad­mirable, y se siente con los medios nece­sar­ios para racioci­nar y con­stru­ir un ed­ifi­cio cien­tí­fi­co con re­spec­to al uni­ver­so re­al del que tiene conocimien­to por la ex­pe­ri­en­cia (XXII).

CAPÍ­TU­LO XXI­II.

CRI­TE­RIO DE LA CON­CIEN­CIA.

[225.] Apre­ci­ado el méri­to de los tres prin­ci­pios, de con­cien­cia, de con­tradic­cion y de ev­iden­cia, con re­spec­to á la dig­nidad de prin­ci­pio fun­da­men­tal, va­mos aho­ra á ex­am­inar el val­or in­trínseco de los difer­entes cri­te­rios. Para es­to nos sum­in­is­tra mucha luz la doc­tri­na de los capí­tu­los an­te­ri­ores, de la cual son los sigu­ientes un de­sar­rol­lo y com­ple­men­to. Comence­mos por la con­cien­cia ó sen­ti­do ín­ti­mo.

El tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia ó del sen­ti­do ín­ti­mo, com­prende to­dos los fenó­menos que ac­ti­va ó pa­si­va­mente se re­al­izan en nues­tra al­ma. Por su nat­uraleza, es pu­ra­mente sub­je­ti­vo; de mo­do que con­sid­er­ado en sí mis­mo, sep­arada­mente del in­stin­to in­telec­tu­al y de la luz de la ev­iden­cia, na­da at­es­tigua con re­spec­to á los ob­je­tos. Por él sabe­mos lo que ex­per­imen­ta­mos, nó lo que es; percibi­mos el fenó­meno, nó la re­al­idad; él nos au­tor­iza á de­cir: me _parece_ tal cosa; pero nó, _es_ tal cosa.

La tran­si­cion del su­je­to al ob­je­to, de la idea rep­re­sen­tante á la cosa rep­re­sen­ta­da, de la im­pre­sion á la causa im­pri­mente, pertenece á otros cri­te­rios: la con­cien­cia se limi­ta á lo in­te­ri­or, ó por mejor de­cir á el­la mis­ma, que no es mas que un he­cho de nues­tra al­ma.

[226.] Con­viene dis­tin­guir en­tre la con­cien­cia di­rec­ta y la re­fle­ja; aque­lla acom­paña á to­do fenó­meno in­ter­no, es­ta nó; aque­lla es nat­ural, es­ta es filosó­fi­ca; aque­lla pre­scinde de los ac­tos de la ra­zon, es­ta es uno de es­tos ac­tos.

La con­cien­cia di­rec­ta es la pres­en­cia mis­ma del fenó­meno al es­píritu, ya sea una sen­sa­cion, ya una idea, ya un ac­to ó im­pre­sion cualquiera, en el ór­den in­telec­tu­al ó moral.

Por es­ta defini­cion se echa de ver que la con­cien­cia di­rec­ta acom­paña á to­do ejer­ci­cio de las fac­ul­tades de nues­tra al­ma, ac­ti­vo ó pa­si­vo. De­cir que es­tos fenó­menos ex­is­ten en el al­ma y no es­tán pre­sentes á el­la, es una con­tradic­cion.

Es­tos fenó­menos no son mod­ifi­ca­ciones co­mo las que se ver­if­ican en las cosas in­sen­si­bles; se tra­ta de mod­ifi­ca­ciones vi­vas por de­cir­lo así, en un ser vi­vo tam­bi­en: en la idea de las mis­mas es­tá con­teni­da su pres­en­cia al es­píritu.

Es im­posi­ble sen­tir sin que la sen­sa­cion se ex­per­imente: porque quien dice sen­tir, dice ex­per­imen­tar la sen­sa­cion; es­ta ex­pe­ri­en­cia es la pres­en­cia mis­ma: una sen­sa­cion ex­per­imen­ta­da es una sen­sa­cion pre­sente.

El pen­samien­to es por su es­en­cia una rep­re­senta­cion, la que no puede ex­is­tir ni aun con­ce­birse sin la pres­en­cia; el nom­bre mis­mo lo es­tá in­di­can­do; y la idea que le uni­mos con­fir­ma el sig­nifi­ca­do de la pal­abra. Cuan­do de rep­re­senta­cion hablam­os, en­ten­de­mos que hay al­gun ob­je­to re­al ó imag­inario, que me­di­ata ó in­medi­ata­mente se ofrece á un su­je­to: hay pues pres­en­cia en to­da rep­re­senta­cion, y por con­sigu­iente en to­do pen­samien­to.

Si de lo pa­si­vo co­mo son las sen­sa­ciones y rep­re­senta­ciones, pasamos á lo ac­ti­vo, es de­cir, á los fenó­menos en que el al­ma de­sen­vuelve li­bre­mente su fuerza en el ór­den in­telec­tu­al ó moral, _com­bi­nan­do_ ó _que­rien­do_, la pres­en­cia es, si cabe, mas ev­idente. El ser que obra de este mo­do no obe­dece á un im­pul­so nat­ural, sino á mo­tivos que él se pro­pone, y á que puede aten­der ó de­jar de aten­der: com­bi­nar in­telec­tual­mente, ejercer ac­tos de vol­un­tad, sin que ni lo primero ni lo se­gun­do es­tén pre­sentes al al­ma, son afir­ma­ciones con­tra­dic­to­rias.

[227.] La con­cien­cia re­fle­ja, que los france­ses sue­len lla­mar aper­cep­cion, del ver­bo _s'apercevoir_, apercibirse, que en­tre el­los puede sig­nificar per­cep­cion de la per­cep­cion, es el ac­to con que el es­píritu conoce ex­plíci­ta­mente al­gun fenó­meno que en él se re­al­iza. En la ac­tu­al­idad oi­go rui­do; la sim­ple sen­sa­cion pre­sente á mi es­píritu afec­tán­dole, con­sti­tuye lo que he lla­ma­do con­cien­cia di­rec­ta; pero si á mas de oir me aperci­bo (per­mí­taseme el gali­cis­mo) de que oi­go, en­tonces no so­lo oi­go sino que pien­so que oi­go: es­to es lo que llamo con­cien­cia re­fle­ja.

[228.] Claro es por el ejem­plo que se aca­ba de aducir, que la con­cien­cia di­rec­ta y la re­fle­ja son no so­lo dis­tin­tas, sino sep­ara­bles; puedo oir sin pen­sar que oi­go, y es­to se ver­ifi­ca in­fini­tas ve­ces.

[229.] El co­mun de los hom­bres tiene poca con­cien­cia re­fle­ja y la may­or fuerza in­telec­tu­al es en sen­ti­do di­rec­to. Este he­cho ide­ológi­co se en­laza con ver­dades morales de la may­or im­por­tan­cia. El es­píritu hu­mano no ha naci­do para con­tem­plarse á sí pro­pio, para pen­sar que pien­sa; los afec­tos no le han si­do con­ce­di­dos para ob­je­tos de re­flex­ion, sino co­mo im­pul­sos que le ll­evan á donde es lla­ma­do; el ob­je­to prin­ci­pal de su in­teligen­cia y de su amor es el ser in­fini­to así en es­ta vi­da co­mo en la otra. El cul­to de sí pro­pio es una aber­ra­cion del orgul­lo cuya pe­na son las tinieblas.

[230.] Los grandes ade­lan­tos cien­tí­fi­cos son to­dos con rela­cion á los ob­je­tos, nó al su­je­to. Las cien­cias ex­ac­tas, las nat­urales y tam­bi­en las morales, no han naci­do de la re­flex­ion so­bre el _yo_, sino del conocimien­to de los ob­je­tos y de sus rela­ciones. Aun las cien­cias metafísi­cas, en lo que tienen de mas sóli­do, que es lo on­tológi­co, cos­mológi­co y teológi­co, son pu­ra­mente ob­je­ti­vas; la ide­ología y psi­cología que ver­san so­bre el su­je­to, se re­sien­ten ya de la os­curi­dad in­her­ente á to­do lo sub­je­ti­vo; la ide­ología ape­nas sale de los límites de la pu­ra ob­ser­va­cion de los fenó­menos in­ter­nos, ob­ser­va­cion que para de­cir­lo de pa­so suele ser es­casa y muy mal hecha, se pierde en vanas cav­ila­ciones; y la mis­ma psi­cología, ¿qué es lo que tiene ver­dader­amente de­mostra­do sino la sim­pli­ci­dad del es­píritu, con­se­cuen­cia pre­cisa de la unidad de con­cien­cia? En to­do lo demás hace lo mis­mo que la ide­ología, y has­ta cier­to pun­to se con­funde con el­la; ob­ser­va fenó­menos que luego deslin­da y clasi­fi­ca bi­en ó mal, sin que acierte á ex­plicar su mis­te­riosa nat­uraleza.

[231.] El sen­ti­do ín­ti­mo ó la con­cien­cia, es el fun­da­men­to de los demás cri­te­rios, nó co­mo una proposi­cion que les sir­va de apoyo, sino co­mo un he­cho que es para to­dos el­los una condi­cion in­dis­pens­able.

[232.] La con­cien­cia nos dice que ve­mos la idea de una cosa con­teni­da en la de otra; has­ta aquí no hay mas que apari­en­cia: la fór­mu­la en que po­dria ex­pre­sarse el tes­ti­mo­nio se­ria: _me parece_, de­signán­dose un fenó­meno pu­ra­mente sub­je­ti­vo. Pero este fenó­meno an­da acom­paña­do de un in­stin­to in­telec­tu­al, de un ir­re­sistible im­pul­so de la nat­uraleza, el cual nos hace asen­tir á la ver­dad de la rela­cion, no so­lo en cuan­to es­tá en nosotros, sino tam­bi­en en cuan­to se hal­la fuera de nosotros, en el ór­den pu­ra­mente ob­je­ti­vo, ya sea en la es­fera de la re­al­idad, ó de la posi­bil­idad. Así se ex­pli­ca có­mo la ev­iden­cia se fun­da en la con­cien­cia, nó iden­ti­ficán­dose con el­la, sino es­triban­do so­bre la mis­ma co­mo en un he­cho im­pre­scindible, pero encer­ran­do al­go mas: á saber, el in­stin­to in­telec­tu­al que nos hace creer ver­dadero lo ev­idente.

[233.] La sen­sa­cion con­sid­er­ada en sí mis­ma, es un he­cho de pu­ra con­cien­cia, pues que es in­ma­nente; lejos de que sea un ac­to por el cual el es­píritu sal­ga de sí trasladán­dose al ob­je­to, debe mas bi­en ser mi­ra­da co­mo una pa­sion que co­mo una ac­cion; lo que es­tá acorde con el lengua­je co­mun, que le da el sig­nifi­ca­do del ejer­ci­cio de una fac­ul­tad pa­si­va mas bi­en que ac­ti­va. Sin em­bar­go, so­bre este puro he­cho de con­cien­cia se fun­da en al­gun mo­do lo que se lla­ma el tes­ti­mo­nio de los sen­ti­dos, y por con­sigu­iente to­do el conocimien­to del mun­do ex­ter­no y de sus propiedades y rela­ciones.

En la sen­sa­cion de ver el sol, hay dos cosas: primera: la sen­sa­cion mis­ma; es de­cir, es­ta rep­re­senta­cion que ex­per­imen­to en mi, y que llamo _ver_; se­gun­da: la cor­re­spon­den­cia de es­ta sen­sa­cion con un ob­je­to ex­ter­no que llamo sol. Es ev­idente que es­tas son cosas muy dis­tin­tas, y sin em­bar­go las hace­mos an­dar siem­pre jun­tas. La con­cien­cia es cier­ta­mente la primera base para for­mar el juicio, pero no es su­fi­ciente para él; el­la en sí, at­es­tigua lo que se siente, nó lo que es­to es. ¿Có­mo se com­ple­ta el juicio? por medio de un in­stin­to nat­ural que nos hace ob­je­ti­var las sen­sa­ciones, es de­cir, nos hace creer en un ob­je­to ex­ter­no cor­re­spon­di­ente al fenó­meno in­ter­no. Hé aquí có­mo el tes­ti­mo­nio de los sen­ti­dos se fun­da en al­gun mo­do so­bre la con­cien­cia; pero no nace de el­la so­la, sino que ha men­ester el in­stin­to nat­ural que hace for­mar con to­da se­guri­dad el juicio.

[234.] Aquí es de no­tar que el tes­ti­mo­nio de los sen­ti­dos, aun en la parte que encier­ra de in­telec­tu­al, en cuan­to se juz­ga que á la sen­sa­cion le cor­re­sponde un ob­je­to ex­ter­no, na­da tiene que ver con la ev­iden­cia. En la idea de la sen­sa­cion co­mo pu­ra­mente sub­je­ti­va, no se encier­ra la idea de la ex­is­ten­cia ó posi­bil­idad de un ob­je­to ex­ter­no: condi­cion in­dis­pens­able para que el cri­te­rio de la ev­iden­cia pue­da ten­er lu­gar. Es­to, á mas de ser claro de suyo, se con­fir­ma con la ex­pe­ri­en­cia de to­dos los dias. La rep­re­senta­cion de lo ex­ter­no con­sid­er­ada sub­je­ti­va­mente, co­mo puro fenó­meno de nues­tra al­ma, la ten­emos con­tin­ua­mente sin que le cor­re­spon­dan ob­je­tos reales: mas ó menos clara, en la so­la imag­ina­cion du­rante la vig­ilia; vi­va, vivísi­ma, has­ta pro­ducir una ilu­sion com­ple­ta, en el es­ta­do de sueño.

[235.] Con la ex­posi­cion que pre­cede pode­mos de­ter­mi­nar fi­ja­mente el val­or y la ex­ten­sion del cri­te­rio de la con­cien­cia, lo que haré en las sigu­ientes proposi­ciones, ad­vir­tien­do que en to­das el­las me re­fiero á la con­cien­cia di­rec­ta.

PROPOSI­CION PRIMERA.

El tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia se ex­tiende á to­dos los fenó­menos que se re­al­izan en nues­tra al­ma, con­sid­er­ada co­mo un ser in­telec­tu­al y sen­si­ti­vo.

PROPOSI­CION SE­GUN­DA.

[236.] Si en nues­tra al­ma ex­is­ten fenó­menos de al­gun otro ór­den, es de­cir, que el­la pue­da ser mod­ifi­ca­da en al­gun mo­do en fac­ul­tades no rep­re­sen­ta­ti­vas, á es­tos fenó­menos no se ex­tiende el tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia.

Es­ta proposi­cion no la es­tablez­co sin fun­da­do mo­ti­vo. Es posi­ble y además muy prob­able, que nues­tra al­ma tiene fac­ul­tades ac­ti­vas de cuyo ejer­ci­cio no tiene con­cien­cia: sin es­ta su­posi­cion parece difí­cil ex­plicar los mis­te­rios de la vi­da orgáni­ca. El al­ma es­tá uni­da al cuer­po, y es para él un prin­ci­pio vi­tal cuya sep­ara­cion pro­duce la muerte, man­ifes­ta­da en una des­or­ga­ni­za­cion y de­scom­posi­cion com­ple­tas. Es­ta ac­tivi­dad se ejerce sin con­cien­cia, así en cuan­to al mo­do, co­mo en cuan­to á la ex­is­ten­cia mis­ma del ejer­ci­cio.

Tal vez se pue­da ob­je­tar que hay en es­to una se­rie de aque­llas per­cep­ciones con­fusas de que nos habla Leib­nitz en su mon­adología; tal vez es­tas per­cep­ciones sean tan tenues, tan pál­idas por de­cir­lo así, que no de­jen ras­tro en la memo­ria ni puedan ser ob­je­to de re­flex­ion; pero to­do es­to son con­je­turas, na­da mas. Es difí­cil per­suadirse que el fe­to al en­con­trarse to­davía en el seno de la madre, ten­ga con­cien­cia de la ac­tivi­dad ejer­ci­da para el de­sar­rol­lo de la or­ga­ni­za­cion; es difí­cil per­suadirse que aun en los adul­tos haya con­cien­cia de esa mis­ma ac­tivi­dad pro­duc­to­ra de la cir­cu­la­cion de la san­gre, de la nu­tri­cion y demás fenó­menos que con­sti­tuyen la vi­da. Si es­tos fenó­menos son pro­duci­dos por el al­ma, co­mo es cier­to, hay en el­la un ejer­ci­cio de ac­tivi­dad de que, ó no tiene con­cien­cia, ó la tiene tan con­fusa y tan dé­bil que es co­mo si no la tu­viese.

PROPOSI­CION TER­CERA.

[237.] El tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia con­sid­er­ado en _sí mis­mo_, se limi­ta de tal mo­do á lo pu­ra­mente in­ter­no, que _por sí so­lo_ na­da vale para lo ex­ter­no: ya sea para el cri­te­rio de la ev­iden­cia, ya para el de los sen­ti­dos.

PROPOSI­CION CUAR­TA.

El tes­ti­mo­nio de la con­cien­cia es fun­da­men­to de los demás cri­te­rios en cuan­to es un he­cho que to­dos el­los han men­ester, y sin el cual son im­posi­bles.

PROPOSI­CION QUIN­TA.

[238.] De la com­bi­na­cion de la con­cien­cia con el in­stin­to in­telec­tu­al, na­cen to­dos los demás cri­te­rios (XXI­II).

CAPÍ­TU­LO XXIV.

CRI­TE­RIO DE LA EV­IDEN­CIA.

[239.] Hay dos es­pecies de ev­iden­cia: in­medi­ata y me­di­ata. Se lla­ma ev­iden­cia in­medi­ata, la que so­lo ha men­ester la in­teligen­cia de los tér­mi­nos; y me­di­ata, la que nece­si­ta raciocinio. Que el to­do es may­or que su parte, es ev­idente con ev­iden­cia in­medi­ata; que el cuadra­do de la hipotenusa sea igual á la suma de los cuadra­dos de los cate­tos, lo sabe­mos por ev­iden­cia me­di­ata, es­to es, por raciocinio de­mostra­ti­vo.

[240.] Se di­jo mas ar­ri­ba que uno de los car­ac­téres dis­tin­tivos de la ev­iden­cia era la necesi­dad y uni­ver­sal­idad de su ob­je­to. Este carác­ter con­viene tan­to á la ev­iden­cia me­di­ata co­mo á la in­medi­ata.

A mas de este carác­ter ex­iste otro que con may­or ra­zon puede lla­marse con­sti­tu­ti­vo, bi­en que hay al­gu­na di­fi­cul­tad so­bre si com­prende ó nó á la ev­iden­cia me­di­ata, y es, el que la idea del pred­ica­do se halle con­teni­da en la del su­je­to. Es­ta es la no­cion es­en­cial mas cumpl­ida del cri­te­rio de la ev­iden­cia in­medi­ata; por la cual se dis­tingue del de la con­cien­cia y del sen­ti­do co­mun.

He di­cho que hay al­gu­na di­fi­cul­tad so­bre si este carác­ter con­viene ó nó á la ev­iden­cia me­di­ata: con lo cual doy á en­ten­der que tam­bi­en en la ev­iden­cia me­di­ata la idea del pred­ica­do po­dria es­tar con­teni­da en la del su­je­to. Al in­dicar es­to, no es mi án­imo de­scono­cer la difer­en­cia que hay en­tre los teo­re­mas y los ax­iomas, sino lla­mar la aten­cion so­bre una doc­tri­na que me pro­pon­go de­sen­volver al tratar de la ev­iden­cia me­di­ata. En el pre­sente capí­tu­lo, no me ocu­paré de es­ta cues­tion; ó me ceñiré á la ev­iden­cia en gen­er­al, ó trataré tan so­lo de la me­di­ata.

[241.] La ev­iden­cia ex­ige rela­cion, porque im­pli­ca com­para­cion. Cuan­do el en­tendimien­to no com­para, no tiene ev­iden­cia, tiene sim­ple­mente una per­cep­cion que es un puro he­cho de con­cien­cia; por man­era que la ev­iden­cia no se re­fiere á la so­la per­cep­cion, sino que siem­pre supone ó pro­duce un juicio.

En to­do ac­to donde hay ev­iden­cia se en­cuen­tran dos cosas: primera, la pu­ra in­tu­icion de la idea; se­gun­da, la de­scom­posi­cion de es­ta idea en var­ios con­cep­tos, acom­paña­da de la per­cep­cion de las rela­ciones que es­tos tienen en­tre sí. Ex­plique­mos es­to con un ejem­plo de ge­ometría. El trián­gu­lo tiene tres la­dos: es­ta es una proposi­cion ev­idente, porque en la mis­ma idea de trián­gu­lo en­cuen­tro los tres la­dos, y al pen­sar el trián­gu­lo, ya pens­aba en al­gun mo­do sus tres la­dos. Si me hu­biese lim­ita­do á la con­tem­pla­cion de la sim­ple idea de trián­gu­lo, hu­biera tenido in­tu­icion de la idea, pero no ev­iden­cia, que no prin­cip­ia sino cuan­do de­scom­ponien­do el con­cep­to de trián­gu­lo y con­sideran­do en él la idea de figu­ra en gen­er­al, la de la­do, y la del número tres, en­cuen­tro que to­das el­las es­tán ya con­tenidas en el con­cep­to prim­iti­vo: en la clara per­cep­cion de es­to, con­siste la ev­iden­cia.

Tan­ta ver­dad es lo que acabo de de­cir, que la fuerza mis­ma de las cosas obli­ga al lengua­je co­mun á ser filosó­fi­co. No se dice que una idea es ev­idente, pero sí un juicio; nadie lla­ma ev­idente á un tér­mi­no, pero sí á una proposi­cion. ¿Por qué? porque el tér­mi­no ex­pre­sa sim­ple­mente la idea sin rela­cion al­gu­na, sin de­scom­posi­cion en sus con­cep­tos par­ciales; y por el con­trario, la proposi­cion ex­pre­sa el juicio, es de­cir, la afir­ma­cion ó ne­ga­cion de que un con­cep­to es­tá con­tenido en otro, lo que en la ma­te­ria de que se tra­ta, supone la de­scom­posi­cion del con­cep­to to­tal.

[242.] La ev­iden­cia in­medi­ata es la per­cep­cion de la iden­ti­dad en­tre var­ios con­cep­tos, que la fuerza analíti­ca del en­tendimien­to habia sep­ara­do; es­ta iden­ti­dad, com­bi­na­da en cier­to mo­do con la di­ver­si­dad, no es una con­tradic­cion co­mo á primera vista pudiera pare­cer, es una cosa muy nat­ural si se atiende á uno de los he­chos mas con­stantes de nues­tra in­teligen­cia, cual es, la fac­ul­tad de de­scom­pon­er los con­cep­tos mas sim­ples y de ver rela­ciones en­tre cosas idén­ti­cas.

¿Qué son to­dos los ax­iomas? ¿qué to­das las proposi­ciones que se lla­man _per se notæ_? no son mas que ex­pre­siones en que se afir­ma un pred­ica­do que pertenece á la es­en­cia del su­je­to ó es­tá con­tenido en su idea. El so­lo con­cep­to del su­je­to in­cluye ya el pred­ica­do; el tér­mi­no que sig­nifi­ca al primero, sig­nifi­ca tam­bi­en al se­gun­do; sin em­bar­go el en­tendimien­to, con una mis­te­riosa fuerza de de­scom­posi­cion, dis­tingue en­tre cosas idén­ti­cas y luego las com­para para volver­las á iden­ti­ficar. Quien dice trián­gu­lo, dice figu­ra com­pues­ta de tres la­dos y tres án­gu­los; pero el en­tendimien­to puede tomar es­ta idea y con­sid­er­ar en el­la la idea del número tres, la del la­do, la del án­gu­lo, y com­para­rlas con el con­cep­to prim­iti­vo. En es­ta dis­tin­cion no hay en­gaño, hay so­lo el ejer­ci­cio de la fac­ul­tad que mi­ra la cosa ba­jo as­pec­tos difer­entes, para venir á parar á la in­tu­icion y afir­ma­cion de la iden­ti­dad de las mis­mas cosas que antes habia dis­tin­gui­do.

[243.] La ev­iden­cia es una es­pecie de cuen­ta y ra­zon del en­tendimien­to, por la cual hal­la en el con­cep­to de­scom­puesto lo mis­mo que él pu­so en un prin­ci­pio, ó que le dieron con­tenido en él. De aquí nace la necesi­dad y uni­ver­sal­idad del ob­je­to de la ev­iden­cia, en cuan­to y del mo­do que es­tá ex­pre­sa­do por la idea. En es­to no caben ex­cep­ciones: ó un pred­ica­do es­ta­ba puesto en el con­cep­to prim­iti­vo, ó nó; si es­ta­ba puesto, al­lí es­tá, so pe­na de fal­tar al prin­ci­pio de con­tradic­cion; ó es­ta­ba ex­clu­ido del con­cep­to ó nó; si ya el con­cep­to mis­mo le ex­cluia ó le ne­ga­ba, ne­ga­do es­tá en fuerza del mis­mo prin­ci­pio de con­tradic­cion.

Hé aquí có­mo de los dos car­ac­téres de la ev­iden­cia ar­ri­ba señal­ados, es mas fun­da­men­tal el de que la idea del pred­ica­do es­tá con­tenido en la idea del su­je­to. De es­to di­manan la necesi­dad y uni­ver­sal­idad: pues que en ver­ificán­dose la condi­cion de es­tar con­teni­da la idea del pred­ica­do en la del su­je­to, ya es im­posi­ble que el pred­ica­do no con­ven­ga _nece­sari­amente á to­dos_ los su­je­tos.

[244.] Has­ta aho­ra no en­con­tramos di­fi­cul­tad, porque se tra­ta de la ev­iden­cia con­sid­er­ada sub­je­ti­va­mente, es de­cir, en cuan­to se re­fiere á los con­cep­tos puros; mas el en­tendimien­to no se para en el con­cep­to sino que se ex­tiende al ob­je­to y dice, no so­lo que ve la cosa, sino que la cosa es co­mo él la ve. Así el prin­ci­pio de con­tradic­cion mi­ra­do en el ór­den pu­ra­mente sub­je­ti­vo, sig­nifi­ca que el con­cep­to del ser re­pugna al del no ser, que le de­struye, así co­mo el con­cep­to del no ser de­struye el del ser; sig­nifi­ca que al es­forzarnos en pen­sar jun­ta­mente es­tas dos cosas, quer­ién­dolas hac­er co­ex­is­tir, se entabla en el fon­do de nue­stro es­píritu una es­pecie de lucha de pen­samien­tos que se anon­adan recíp­ro­ca­mente, lucha que el en­tendimien­to es­tá con­de­na­do á pres­en­ciar sin es­per­an­za de pon­er la paz en­tre los con­ten­di­entes. Si nos limi­ta­mos á consignar este fenó­meno, na­da se nos puede ob­je­tar; los ex­per­imen­ta­mos así y no hay mas cues­tion; pero al anun­ciar el prin­ci­pio quer­emos anun­ciar al­go mas que la in­com­pat­ibil­idad de los con­cep­tos, trasladamos es­ta in­com­pat­ibil­idad á las cosas mis­mas y ase­gu­ramos que á es­ta ley es­tán someti­dos no so­lo nue­stros con­cep­tos sino to­dos los seres reales y posi­bles. Sea cual fuere el ob­je­to de que se trate, sean cuales fueren las condi­ciones en que se le supon­ga ex­is­tente ó posi­ble, dec­imos que mien­tras es, no puede no ser, y que mien­tras no es, no puede ser. Afir­mamos pues la ley de con­tradic­cion no so­lo para nue­stros con­cep­tos, sino para las cosas mis­mas: el en­tendimien­to apli­ca á to­do la ley que en­cuen­tra nece­saria para si.

¿Con qué dere­cho? in­con­cu­so, porque es la ley de la necesi­dad: ¿con qué ra­zon? con ningu­na, porque to­camos al cimien­to de la ra­zon: aquí hay para el hu­mano en­tendimien­to el _non plus ul­tra:_ la filosofía no va mas al­lá. Sin em­bar­go, no se crea que in­tente aban­donar el cam­po á los es­cép­ti­cos ó atrincher­arme en la necesi­dad, con­tento con señalar un he­cho de nues­tra nat­uraleza; la cues­tion es sus­cep­ti­ble de difer­entes solu­ciones, que si no al­can­zan á ll­evarnos mas lejos del _non plus ul­tra_ de nue­stro es­píritu, de­jan mal para­da la causa de los es­cép­ti­cos.

[245.] Pre­gun­tar la ra­zon de la le­git­im­idad del cri­te­rio de la ev­iden­cia, pedir el por qué de es­ta proposi­cion «lo ev­idente es ver­dadero,» es sus­ci­tar la cues­tion de la ob­je­tivi­dad de las ideas. La difer­en­cia fun­da­men­tal en­tre los dog­máti­cos y los es­cép­ti­cos no es­tá en que es­tos no ad­mi­tan los he­chos de con­cien­cia; no lle­ga á tan­to el mas re­fi­na­do es­cep­ti­cis­mo: un­os y otros con­vienen en re­cono­cer la apari­en­cia ó sea el fenó­meno pu­ra­mente sub­je­ti­vo; la difer­en­cia es­tá en que los dog­máti­cos fun­dan en la con­cien­cia la cien­cia, y los es­cép­ti­cos sostienen que este es un trán­si­to ilegí­ti­mo, que es nece­sario de­ses­per­ar de la cien­cia y lim­itarse á la mera con­cien­cia.

Se­gun es­ta doc­tri­na las ideas son vanas for­mas de nue­stro en­tendimien­to que no sig­nif­ican na­da, ni pueden con­ducir á na­da; no ob­stante de que en­tre­tienen á nues­tra in­teligen­cia ofre­cién­dole un cam­po in­men­so para sus com­bi­na­ciones, el mun­do que le pre­sen­tan es de pu­ra ilu­sion que para na­da puede servir en la re­al­idad. Al con­tem­plar es­tas for­mas en­ter­amente vacías, el en­tendimien­to es juguete de vi­siones fan­tás­ti­cas de cuyo con­jun­to re­sul­ta el es­pec­tácu­lo que ora nos parece de re­al­idad ora de posi­bil­idad, no ob­stante de que ó es un puro na­da, ó si es al­go, no puede cer­cio­rarnos jamás de la re­al­idad que posee.

[246.] Difí­cil es com­bat­ir al es­cep­ti­cis­mo colo­ca­do en este ter­reno: situ­ado fuera de los do­min­ios de la ra­zon. De to­dos le será líc­ito apelar, ya que comien­za re­cu­san­do al juez á tí­tu­lo de in­com­pe­ten­cia. Sin em­bar­go, es­tos es­cép­ti­cos ya que ad­miten la con­cien­cia, jus­to será que la de­fien­dan con­tra quien se la in­tente ar­rebatar: pues bi­en, yo creo que ne­ga­da la ob­je­tivi­dad de las ideas se anon­ada no so­lo la cien­cia sino tam­bi­en la con­cien­cia; y que se puede acusar de in­con­se­cuentes á los es­cép­ti­cos, porque al pa­so que nie­gan la ob­je­tivi­dad de cier­tas ideas ad­miten la de otras. La con­cien­cia propi­amente dicha, no puede ex­is­tir si es­ta ob­je­tivi­dad se de­struye ab­so­lu­ta­mente. Ruego al lec­tor me siga con aten­cion en un breve pero severo análi­sis de los he­chos de con­cien­cia en sus rela­ciones con la ob­je­tivi­dad de las ideas (XXIV).

CAPÍ­TU­LO XXV.

VAL­OR OB­JE­TI­VO DE LAS IDEAS.

[247.] La tran­si­cion del su­je­to al ob­je­to, ó de la apari­en­cia sub­je­ti­va á la re­al­idad ob­je­ti­va, es el prob­le­ma que ator­men­ta á la filosofía fun­da­men­tal. El sen­ti­do ín­ti­mo no nos per­mite du­dar de que cier­tas cosas nos _pare­cen_ de tal man­era, pero ¿_son_ en re­al­idad lo que nos pare­cen? ¿Có­mo nos con­sta es­to? Esa con­formi­dad de la idea con el ob­je­to, ¿có­mo se nos ase­gu­ra?

La cues­tion no se re­fiere úni­ca­mente á las sen­sa­ciones, se ex­tiende á las ideas pu­ra­mente in­telec­tuales, aun á las que es­tán in­un­dadas de esa luz in­te­ri­or que lla­mamos ev­iden­cia. «Lo que veo ev­iden­te­mente en la idea de una cosa, es co­mo yo lo veo» han di­cho los filó­so­fos, y con el­los es­tá la hu­manidad en­tera. Nadie du­da de aque­llo que se le ofrece co­mo ver­dadero ev­iden­te­mente. Pero, ¿có­mo se prue­ba que la ev­iden­cia sea un cri­te­rio legí­ti­mo de ver­dad?

[248.] «Dios es ve­raz, dice Descartes; él no ha po­di­do en­gañarnos; no ha po­di­do com­plac­erse en hac­er­nos víc­ti­mas de ilu­siones per­pet­uas.» To­do es­to es ver­dad; pero ¿có­mo sabe­mos, dirá el es­cép­ti­co, que Dios es ve­raz, y aun que ex­iste? Si lo fun­damos en la idea mis­ma de un ser in­fini­ta­mente per­fec­to, co­mo lo fun­da el cita­do filó­so­fo, nos quedamos con la mis­ma di­fi­cul­tad so­bre la cor­re­spon­den­cia del ob­je­to con la idea. Si la de­mostra­cion de la ve­raci­dad y de la ex­is­ten­cia de Dios la sacamos de las ideas de los seres con­tin­gentes y nece­sar­ios, de efec­tos y causas, de ór­den y de in­teligen­cia, tropezamos otra vez con el mis­mo ob­stácu­lo, y to­davía no sabe­mos có­mo hac­er el trán­si­to de la idea al ob­je­to.

Cavílese cuan­to se quiera, nun­ca sal­dremos de este cír­cu­lo, siem­pre volver­emos al mis­mo pun­to. El es­píritu no puede pen­sar fuera de sí mis­mo; lo que conoce, lo conoce por medio de sus ideas; si es­tas le en­gañan, carece de medios para rec­ti­fi­carse. To­da rec­ti­fi­ca­cion, to­da prue­ba, de­be­ria em­plear ideas, que á su vez nece­si­tar­ian de nue­va prue­ba y rec­ti­fi­ca­cion.

[249.] En mu­chos li­bros de filosofía se pon­der­an las ilu­siones de los sen­ti­dos, y la di­fi­cul­tad de ase­gu­rarnos de la re­al­idad sen­si­ble re­solvien­do la sigu­iente cues­tion: «así lo sien­to, pero ¿es co­mo lo sien­to?» En es­tos mis­mos li­bros se habla luego del ór­den de las ideas con se­guri­dad igual á la de­scon­fi­an­za que se man­ifi­es­ta so­bre el ór­den sen­si­ble; este pro­ced­er no parece muy lógi­co: porque los fenó­menos rel­ativos á los sen­ti­dos, pueden ex­am­inarse á la luz de la ra­zon, para ver has­ta qué pun­to con­cuer­dan con el­la; pero ¿cuál será la piedra de toque de los fenó­menos de la ra­zon mis­ma? Si en lo sen­si­ble hay di­fi­cul­tad, la hay tam­bi­en en lo in­telec­tu­al; y tan­to mas grave, cuan­to afec­ta la base mis­ma de to­dos los conocimien­tos, in­clu­sos los que se re­fieren á las sen­sa­ciones.

Si du­damos de la ex­is­ten­cia del mun­do ex­te­ri­or que nos pre­sen­tan los sen­ti­dos, po­dremos apelar al en­lace de las sen­sa­ciones con causas que no es­tán en nosotros, y así sacar por de­mostra­cion las rela­ciones de las apari­en­cias con la re­al­idad; mas para es­to nece­si­ta­mos las ideas de causa y efec­to, nece­si­ta­mos la ver­dad, al­gunos prin­ci­pios gen­erales, co­mo por ejem­plo que na­da se pro­duce á sí mis­mo, y otros se­me­jantes, y sin el­los no pode­mos dar un pa­so.

[250.] No creo que el hom­bre pue­da señalar una ra­zon sat­is­fac­to­ria en pro de la ve­raci­dad del cri­te­rio de la ev­iden­cia; no ob­stante de que le es im­posi­ble de­jar de rendirse á el­la. El en­lace pues de la ev­iden­cia con la re­al­idad, y por tan­to el trán­si­to de la idea al ob­je­to, es un he­cho prim­iti­vo de nues­tra nat­uraleza, una ley nece­saria de nue­stro en­tendimien­to, es el fun­da­men­to de to­do lo que hay en él, fun­da­men­to que á su vez no es­tri­ba ni es­trib­ar puede en otra cosa que en Dios cri­ador de nue­stro es­píritu.

[251.] Es de no­tar sin em­bar­go, la con­tradic­cion en que in­cur­ren los filó­so­fos que di­cen: «yo no puedo du­dar de lo que es sub­je­ti­vo, es­to es, de lo que me afec­ta á mí mis­mo, de lo que sien­to en mí, pero no ten­go dere­cho á salir de mi mis­mo, y afir­mar que lo que pien­so es en re­al­idad co­mo lo pien­so.» ¿Sabes que sientes, que pien­sas, que tienes en ti tal ó cual apari­en­cia? ¿Lo puedes pro­bar? Es ev­idente que nó. Lo que haces es ced­er á un he­cho, á una necesi­dad ín­ti­ma que te fuerza á creer que pien­sas, que sientes, que te parece tal ó cual cosa; pues bi­en, igual necesi­dad hay en el en­lace del ob­je­to con la idea, igual necesi­dad te fuerza á _creer_ que lo que ev­iden­te­mente te parece que es de tal ó cual man­era, es en efec­to de la mis­ma man­era; ninguno de los dos ca­sos ad­mite de­mostra­cion, en am­bos hay in­de­clin­able necesi­dad; ¿dónde es­tá pues la filosofía cuan­do tan­ta difer­en­cia se quiere es­table­cer en­tre cosas que no ad­miten ningu­na?

Fichte ha di­cho: «Es im­posi­ble ex­plicar de una man­era pre­cisa có­mo un pen­sador ha po­di­do salir jamás del _yo_» (Doct. de la Cien­cia 1. Par. § 3.), y con igual dere­cho se le po­dria de­cir á él que no se con­cibe có­mo ha po­di­do lev­an­tar su sis­tema so­bre el _yo_. ¿A qué apela? á un he­cho de con­cien­cia; es de­cir, á una necesi­dad. Y el asen­so á la ev­iden­cia, la certeza de que á la apari­en­cia cor­re­sponde la re­al­idad, ¿no es tam­bi­en una necesi­dad? ¿En qué fun­da Fichte su sis­tema del _yo_ y del _no yo_? Bas­ta leer su obra, para ver que no es­tri­ba sino en con­sid­era­ciones que supo­nen un val­or á cier­tas ideas, una ver­dad á cier­tos juicios. Sin es­to es im­posi­ble hablar ni pen­sar; y has­ta él pro­pio lo re­conoce cuan­do al comen­zar sus in­ves­ti­ga­ciones so­bre el prin­ci­pio de nue­stros conocimien­tos dice lo que ya ten­go copi­ado mas ar­ri­ba (§ 8). Al­lí con­fiesa que no puede dar un pa­so sin con­fi­arse á to­das las leyes de la lóg­ica gen­er­al, que no es­tán _to­davía de­mostradas, y que se supo­nen táci­ta­mente ad­mi­ti­das_. ¿Y qué son esas leyes, sin ver­dad ob­je­ti­va? Qué son sin el val­or de las ideas, sin la cor­re­spon­den­cia de es­tas con los ob­je­tos? Es un cír­cu­lo, dice bi­en Fichte; y de él no sale este filó­so­fo, co­mo no han sali­do los demás.

[252.] El quitar á las ideas su val­or ob­je­ti­vo, el re­ducir­las á meros fenó­menos sub­je­tivos, el no ced­er á esa necesi­dad ín­ti­ma que nos obli­ga á ad­mi­tir la cor­re­spon­den­cia del _yo_ con los ob­je­tos, ar­ru­ina la con­cien­cia mis­ma del _yo_. Es­to es lo que se de­be­ria haber vis­to, y lo que creo poder de­mostrar has­ta la úl­ti­ma ev­iden­cia.

[253.] Ten­go con­cien­cia de mí mis­mo. Pre­scindo aho­ra de lo que sien­to, de lo que soy; pero sé que sien­to, y que soy. Es­ta ex­pe­ri­en­cia es para mí tan clara, tan vi­va, que no puedo re­si­stir á la ver­dad de lo que el­la me dice. Pero ese _yo_ no es so­lo el _yo_ de este in­stante, es tam­bi­en el _yo_ de ay­er, y de to­do el tiem­po an­te­ri­or de que ten­go con­cien­cia. Yo soy el mis­mo que era ay­er; yo soy el mis­mo en quien se ver­ifi­ca esa suce­sion de fenó­menos; el mis­mo á quien se pre­sen­tan esa var­iedad de apari­en­cias. La con­cien­cia del _yo_, encier­ra pues la iden­ti­dad de un ser, en dis­tin­tos tiem­pos, en situa­ciones varias, con difer­entes ideas, con di­ver­sas afec­ciones: la iden­ti­dad de un ser que _du­ra_, que es el mis­mo, á pe­sar de las mu­dan­zas que en él se suce­den. Si esa du­ra­cion de iden­ti­dad se rompe; si no es­toy se­guro que soy el mis­mo _yo_ aho­ra que era antes, se de­struye la con­cien­cia del _yo_. Ex­is­tirá una se­rie de he­chos in­conex­os, de con­cien­cias ais­ladas; mas nó esa con­cien­cia ín­ti­ma que aho­ra ex­per­imen­to. Es­to es in­dud­able; es­to lo siente to­do hom­bre en sí mis­mo; es­to para nadie ad­mite dis­cu­sion ni prue­ba, para nadie las nece­si­ta. En el mo­men­to en que esa con­cien­cia de iden­ti­dad nos fal­tase, nos anon­adaríamos á nue­stros ojos; fuéramos lo que fuése­mos en la re­al­idad, para nosotros no seríamos na­da. ¿Qué es la con­cien­cia de un ser, for­ma­da de una se­rie de con­cien­cias, sin tra­bazon, sin rela­cion en­tre sí? Es un ser que se rev­ela suce­si­va­mente á sí pro­pio; pero nó co­mo él mis­mo, sino co­mo un ser nue­vo; un ser que nace y muere, y muere y nace á sus ojos, sin que él pro­pio sepa que el que nace es el que murió, ni el que muere el que nació: una luz que se en­ciende y se ex­tingue, y vuelve á en­cen­der­se y á ex­tin­guirse otra vez, sin que se sepa que es la mis­ma.

[254.] Es­ta con­cien­cia la ar­ru­inan com­ple­ta­mente los que nie­gan el en­lace de la idea con el ob­je­to. De­mostra­cion. En el in­stante A, yo no ten­go otra pres­en­cia sub­je­ti­va de mis ac­tos, que el ac­to mis­mo que en aquel in­stante es­toy ejer­cien­do: luego no puedo cer­cio­rarme de haber tenido los an­te­ri­ores, sino en cuan­to es­tán rep­re­sen­ta­dos en la idea ac­tu­al; luego hay un en­lace en­tre es­ta y su ob­je­to. Luego atenién­donos sim­ple­mente á los fenó­menos de la con­cien­cia, á la sim­ple con­cien­cia del _yo_, en­con­tramos que por in­de­clin­able necesi­dad atribuimos á las ideas un val­or ob­je­ti­vo, á los juicios una ver­dad ob­je­ti­va.

[255.] Sin es­ta ver­dad ob­je­ti­va, es im­posi­ble to­do re­cuer­do cier­to, has­ta de los fenó­menos in­te­ri­ores, y por con­sigu­iente, to­do raciocinio, to­do juicio, to­do pen­samien­to.

El re­cuer­do es de ac­tos pasa­dos: cuan­do los recor­damos ya no son; pues si fuer­an, no habria re­cuer­do con re­spec­to á el­los, sino con­cien­cia de pre­sente. Aun cuan­do en el ac­to de recor­dar­los teng­amos otros ac­tos se­me­jantes, es­tos no son los mis­mos; pues en la idea de re­cuer­do en­tra siem­pre la de tiem­po pasa­do. Luego, de el­los no puede haber mas certeza que por el en­lace que tienen con el ac­to pre­sente, por su cor­re­spon­den­cia con la idea que nos los ofrece.

[256.] He di­cho que en fal­tan­do la certeza de la ver­dad ob­je­ti­va en los fenó­menos in­te­ri­ores, era im­posi­ble to­do raciocinio. En efec­to, to­do raciocinio supone una _suce­sion_ de ac­tos: cuan­do el uno ex­iste en el es­píritu, ya no ex­iste el otro: luego hay necesi­dad de pe­queños re­cuer­dos con­tin­uos, para que la ca­de­na no se que­brante: es así que sin es­ta ca­de­na no hay raciocinio, y sin re­cuer­do no hay esa ca­de­na, y sin ver­dad ob­je­ti­va no hay re­cuer­do cier­to; luego sin ver­dad ob­je­ti­va no hay raciocinio.

[257.] Tam­bi­en pare­cen im­posi­bles to­dos los juicios. Es­tos son de dos clases: los que no nece­si­tan de­mostra­cion, ó los que la nece­si­tan. Los que han men­ester de­mostra­cion serán im­posi­bles, porque no hay de­mostra­cion sin raciocinio, y este en tal ca­so se­ria im­posi­ble tam­bi­en. En cuan­to á los que no la han men­ester porque bril­lan con ev­iden­cia in­medi­ata, se­ri­an im­posi­bles to­dos los que no se re­firiesen al ac­to pre­sente del al­ma, en el in­stante mis­mo en que se emi­tiera el juicio. Luego no habria mas juicio que el del ac­to pre­sente: es de­cir, la con­cien­cia del mo­men­to sin rela­cion con na­da de lo an­te­ri­or. Pero lo cu­rioso es que aun con re­spec­to á los ac­tos de con­cien­cia, este juicio se­ria poco menos que im­posi­ble: porque cuan­do for­mamos el juicio so­bre el ac­to de con­cien­cia, no es con este, sino con un ac­to re­fle­jo: es­ta re­flex­ion im­pli­ca suce­sion: y lo suce­si­vo no es cono­ci­do con certeza si no hay ver­dad ob­je­ti­va.

Es muy du­doso que ni aun fuer­an posi­bles los juicios de ev­iden­cia in­medi­ata. El­los, co­mo se ha ex­pli­ca­do en el capí­tu­lo an­te­ri­or, supo­nen la rela­cion de los con­cep­tos par­ciales en que se ha de­scom­puesto el to­tal: ¿có­mo se de­scom­pone sin suce­sion? Si hay suce­sion hay re­cuer­do, si hay re­cuer­do no hay pres­en­cia in­medi­ata de lo recor­da­do; es nece­saria por con­sigu­iente la ob­je­tivi­dad de la idea rep­re­sen­tante con rela­cion á la cosa recor­da­da.

[258.] Se­me­jantes con­se­cuen­cias es­pan­tan, pero son in­de­clin­ables: si quita­mos la ver­dad ob­je­ti­va, de­sa­parece to­do pen­samien­to ra­zon­ado. Este encier­ra cier­ta con­tinuidad de ac­tos cor­re­spon­di­entes á di­ver­sos in­stantes: si es­ta con­tinuidad se rompe, el pen­samien­to hu­mano de­ja de ser lo que es: de­ja de ex­is­tir co­mo _ra­zon_: es una se­rie de ac­tos sin conex­ion de ningu­na es­pecie y que á na­da pueden con­ducir. En tal ca­so de­sa­parece to­da ex­pre­sion, to­da pal­abra: na­da tiene un val­or se­guro: to­do se hunde, así en el ór­den in­telec­tu­al y moral co­mo en el ma­te­ri­al, y el hom­bre que­da has­ta sin el con­sue­lo de poseerse á sí mis­mo; se desvanece en sus propias manos cual vana som­bra.

[259.] Las sen­sa­ciones po­drán ex­is­tir co­mo se­rie in­conexa tam­bi­en; pero no habrá de el­las ningun re­cuer­do cier­to, pues fal­ta la ver­dad ob­je­ti­va: y las sen­sa­ciones pasadas no ex­is­ten sino co­mo pasadas, y por tan­to co­mo sim­ples ob­je­tos.

To­da re­flex­ion in­telec­tu­al so­bre el­las será im­posi­ble; porque la re­flex­ion no es la sen­sa­cion: es­to es un ob­je­to de aque­lla, mas nó el­la mis­ma. Así el rudo tiene la mis­ma sen­sa­cion que el filó­so­fo, pero nó la re­flex­ion so­bre el­la. Mil ve­ces sen­ti­mos sin re­flex­ionar que sen­ti­mos. La con­cien­cia sen­si­ble, es muy difer­ente de la in­telec­tu­al: la primera es la sim­ple pres­en­cia de la sen­sa­cion, la sen­sa­cion mis­ma: la se­gun­da es el ac­to del en­tendimien­to que se ocu­pa de la sen­sa­cion.

[260.] Es­ta dis­tin­cion se en­cuen­tra tam­bi­en en to­dos los ac­tos pu­ra­mente in­telec­tuales: la re­flex­ion so­bre el ac­to no es el ac­to mis­mo. El uno es ob­je­to del otro: no se iden­ti­fi­can, ya que con fre­cuen­cia se en­cuen­tran sep­ara­dos; si no hu­biese pues ver­dad ob­je­ti­va la re­flex­ion se­ria im­posi­ble.

[261.] Es difí­cil tam­bi­en de com­pren­der có­mo se­ria posi­ble ningun ac­to de la con­cien­cia del yo, aun de pre­sente. Ya hemos vis­to co­mo de­sa­parece el _yo_, en rompién­dose la se­rie de los re­cuer­dos, pero hay además, que sin ver­dad ob­je­ti­va no os posi­ble con­ce­bir el _yo_ ni aun por un mo­men­to. El _yo_ pen­sante, no conoce al _yo_ pen­sa­do, sino co­mo ob­je­to. Sea que lo _sien­ta_, sea que lo _conoz­ca_, para darse cuen­ta á sí mis­mo de sí mis­mo nece­si­ta re­flex­ionar so­bre sí mis­mo, tomarse á sí mis­mo por ob­je­to. Y en no ha­bi­en­do ver­dad ob­je­ti­va, no se con­cibe que ningun ob­je­to pue­da ten­er ningun val­or.

De es­to se in­fiere, que los que at­acan la ob­je­tivi­dad, at­acan una ley fun­da­men­tal de nue­stro es­píritu, de­struyen el pen­samien­to, y ar­ru­inan has­ta la con­cien­cia, has­ta to­do lo sub­je­ti­vo, que les servía de base.

[262.] Con­tra la certeza ob­je­ti­va suele ar­gu­men­tarse fundán­dose en los er­rores á que el­la nos in­duce. El deli­rante cree ver ob­je­tos que no ex­is­ten; el lo­co cree firme­mente en la ver­dad de sus pen­samien­tos de­scon­cer­ta­dos: ¿por qué lo que en un ca­so nos en­gaña, no po­dria en­gañarnos en otros, ó en to­dos? Un cri­te­rio que al­gu­na vez flaquea, ¿po­drá pasar por se­guro? ¿Por qué no aten­er­nos á lo pu­ra­mente sub­je­ti­vo? El deli­rante, el maniáti­co, el lo­co se en­gañan en el ob­je­to, mas nó en el su­je­to: aunque no sea ver­dad lo que el­los pien­san, es bi­en cier­to y ver­dadero que el­los lo pien­san.

Es­ta ob­je­cion es es­peciosa; pero de­ja en pie to­das las di­fi­cul­tades en con­tra del sis­tema á cuyo fa­vor se aduce; y por otra parte no carece de re­spues­ta, en cuan­to tiende á de­bil­itar la ver­dad ob­je­ti­va.

El deli­rante, el maniáti­co, el lo­co tienen tam­bi­en re­cuer­dos de cosas que no han ex­is­ti­do nun­ca. Es­os re­cuer­dos no se re­fier­an tan so­lo á lo ex­te­ri­or, sino tam­bi­en ú sus ac­tos in­te­ri­ores. El de­mente que se lla­ma rey, se acuer­da de lo que pen­só, de lo que sin­tió, cuan­do lo coro­naron, cuan­do le de­stronaron, y de una larga his­to­ria de se­me­jantes ac­tos: y sin em­bar­go es­tos fenó­menos in­telec­tuales no ex­istieron: y sea co­mo fuere, tan­tos re­cuer­dos se los puede pro­ducir él mis­mo. Ten­emos pues que el cri­te­rio con re­spec­to á la memo­ria, flaquea en este ca­so: y por lo mis­mo no po­drá servir en ninguno. Luego, aun cuan­do mas ar­ri­ba no hu­biése­mos de­mostra­do que sin ver­dad ob­je­ti­va no hay re­cuer­do ni aun de lo in­te­ri­or, el ar­gu­men­to de los ad­ver­sar­ios bas­taria para ar­ru­inar­los to­dos. Es­ta ob­je­cion, si al­go probase, con­fir­maria to­do lo que se ha di­cho para de­mostrar que sin ob­je­tivi­dad no hay con­cien­cia propi­amente dicha, lo cual no lo ad­miten los ad­ver­sar­ios.

[263.] Además: des­de luego salta á los ojos lo que puede valer en el tri­bunal de la ra­zon, lo que comien­za por apo­yarse en la locu­ra. To­do es­to prue­ba á lo mas, la de­bil­idad de nues­tra nat­uraleza; la posi­bil­idad de que en al­gunos des­gra­ci­ados se trastorne el ór­den es­table­ci­do para la hu­manidad; que la regla de la ver­dad en el hom­bre, co­mo que ex­iste en una criatu­ra tan dé­bil, ad­mite al­gu­nas ex­cep­ciones; pero es­tas son cono­ci­das, porque tienen car­ac­téres mar­ca­dos. La ex­cep­cion no de­struye la regla, sino que la con­fir­ma (XXV).

CAPÍ­TU­LO XXVI.

SI TO­DOS LOS CONOCIMIEN­TOS SE RE­DUCEN Á LA PER­CEP­CION DE LA IDEN­TI­DAD.

[264.] La ev­iden­cia in­medi­ata tiene por ob­je­to las ver­dades que el en­tendimien­to al­can­za con to­da clar­idad, y á que asiente con ab­so­lu­ta certeza sin que in­ter­ven­ga ningun _medio_, co­mo lo dice el mis­mo nom­bre. Es­tas ver­dades se enun­cian en las proposi­ciones lla­madas _per se notæ_, primeros prin­ci­pios ó ax­iomas; en las cuales bas­ta en­ten­der el sen­ti­do de los tér­mi­nos, para ver que el pred­ica­do es­tá con­tenido en la idea del su­je­to. Las proposi­ciones de es­ta clase son pocas en to­das las cien­cias: la may­or parte de nue­stros conocimien­tos es fru­to de raciocinio, el cual pro­cede por ev­iden­cia me­di­ata. En la ge­ometría son en muy re­duci­do número las proposi­ciones que no han men­ester ser de­mostradas sino ex­pli­cadas; el cuer­po de la cien­cia ge­ométri­ca con las di­men­siones colos­ales que tiene en la ac­tu­al­idad, ha di­mana­do del raciocinio: aun en las obras mas ex­ten­sas los ax­iomas ocu­pan pocas pági­nas; lo demás es­tá for­ma­do de teo­re­mas, es­to es, de proposi­ciones que no sien­do ev­identes por sí mis­mas, nece­si­tan de­mostra­cion. Lo mis­mo se ver­ifi­ca en to­das las cien­cias.

[265.] Co­mo en los ax­iomas percibe el en­tendimien­to la iden­ti­dad del su­je­to con el pred­ica­do, vien­do por in­tu­icion que la idea de este se hal­la con­teni­da en la de aquel, surge aquí una cues­tion filosó­fi­ca suma­mente grave, que puede ser muy difí­cil y dar pie á ex­trañas con­tro­ver­sias, si no se tiene cuida­do de colo­car­la en su ver­dadero ter­reno. ¿To­do conocimien­to hu­mano se re­duce á la sim­ple per­cep­cion de la iden­ti­dad? y su fór­mu­la gen­er­al, ¿po­dria ser la sigu­iente: A es A, ó bi­en una cosa es el­la mis­ma? Filó­so­fos de no­ta opinan por la afir­ma­ti­va, otros sien­ten lo con­trario. Yo creo que hay en es­to cier­ta con­fu­sion de ideas, rel­ati­va mas bi­en al es­ta­do de la cues­tion que no al fon­do de el­la mis­ma. Con­duce mu­cho á re­solver­la con acier­to el for­marse ideas bi­en claras y ex­ac­tas de lo que es el juicio, y la rela­cion que por él se afir­ma ó se nie­ga.

[266.] En to­do juicio hay per­cep­cion de iden­ti­dad ó de no iden­ti­dad se­gun es afir­ma­ti­vo ó neg­ati­vo. El ver­bo _es_ no ex­pre­sa union de pred­ica­do con el su­je­to, sino iden­ti­dad; cuan­do va acom­paña­do de la ne­ga­cion di­cién­dose _no es_, se ex­pre­sa sim­ple­mente la no iden­ti­dad, pre­scin­di­en­do de la union ó sep­ara­cion. Es­to es tan ver­dadero y ex­ac­to, que en cosas real­mente unidas no cabe juicio afir­ma­ti­vo por so­lo fal­tar­les la iden­ti­dad; en tales ca­sos, para poder afir­mar, es pre­ciso ex­pre­sar el pred­ica­do en con­cre­to, es­to es, en­volvien­do en él de al­gun mo­do la idea del su­je­to mis­mo; por man­era que la mis­ma propiedad que en con­cre­to de­biera ser afir­ma­da, no puede ser­le en ab­strac­to, antes bi­en debe ser ne­ga­da. Así se puede de­cir: el hom­bre es racional; pero nó, el hom­bre es la racional­idad; el cuer­po es ex­ten­so; pero nó, el cuer­po es la ex­ten­sion; el pa­pel es blan­co; pero nó el pa­pel es la blan­cu­ra. Y es­to ¿por qué? ¿es que la racional­idad no es­tá en el hom­bre, que la ex­ten­sion no se halle uni­da al cuer­po y la blan­cu­ra al pa­pel? nó cier­ta­mente; pero, aunque la racional­idad es­té en el hom­bre y la ex­ten­sion en el cuer­po y la blan­cu­ra en el pa­pel, bas­ta que no percibamos iden­ti­dad en­tre los pred­ica­dos y los su­je­tos para que la afir­ma­cion no pue­da ten­er cabi­da: por el con­trario, lo que la tiene es la ne­ga­cion, á pe­sar de la union: así se po­drá de­cir: el hom­bre no es la racional­idad; el cuer­po no es la ex­ten­sion; el pa­pel no es la blan­cu­ra.

He di­cho que para sal­var la ex­pre­sion de iden­ti­dad em­pleábamos el nom­bre con­cre­to en lu­gar del ab­strac­to, en­volvien­do en aquel la idea del su­je­to. No se puede de­cir el pa­pel es la blan­cu­ra, pero sí el pa­pel es blan­co: porque es­ta úl­ti­ma proposi­cion sig­nifi­ca el pa­pel es una cosa blan­ca; es de­cir, que en el pred­ica­do, blan­co, en con­cre­to, hace­mos en­trar la idea gen­er­al de _una cosa_, es­to es, de un su­je­to mod­ifi­ca­ble, y este su­je­to es idén­ti­co al pa­pel mod­ifi­ca­do por la blan­cu­ra.

[267.] Así se echa de ver que la ex­pre­sion: _union del pred­ica­do con el su­je­to_, es cuan­do menos in­ex­ac­ta. En to­da proposi­cion afir­ma­ti­va se ex­pre­sa la iden­ti­dad del pred­ica­do con el su­je­to; el uso au­tor­iza es­tos mo­dos de hablar, que sin em­bar­go no de­jan de pro­ducir al­gu­na con­fu­sion cuan­do se tra­ta de en­ten­der per­fec­ta­mente es­tas ma­te­rias. Y es de no­tar que el lengua­je co­mun por sí so­lo, es en este pun­to co­mo en mu­chos otros, ad­mirable­mente pro­pio y ex­ac­to; nadie dice, el pa­pel es la blan­cu­ra, sino el pa­pel es blan­co; so­lo cuan­do se quiere en­car­ecer mu­cho la per­fec­cion con que un su­je­to posee una cal­idad, se la ex­pre­sa en ab­strac­to, unién­dole el pronom­bre _mis­mo_: así se dice hiper­bóli­ca­mente: es la mis­ma belleza, es la mis­ma blan­cu­ra, es la mis­ma bon­dad.

[268.] Has­ta lo que se lla­ma igual­dad en las matemáti­cas, viene á sig­nificar tam­bi­en iden­ti­dad, de suerte que en es­ta clase de juicios, á mas de lo que hemos ob­ser­va­do de gen­er­al en to­dos, á saber, la iden­ti­dad sal­va­da por la ex­pre­sion del pred­ica­do en con­cre­to, hay que la mis­ma rela­cion de igual­dad sig­nifi­ca iden­ti­dad: es­to nece­si­ta ex­pli­ca­cion.

Si di­go 6 + 3 = 9, ex­pre­so lo mis­mo que 6 + 3 es idén­ti­co á 9. Claro es que en la afir­ma­cion de igual­dad no se atiende á la for­ma con que las can­ti­dades es­tán ex­pre­sadas, sino á las can­ti­dades mis­mas; pues de lo con­trario, no so­lo no se po­dria afir­mar la iden­ti­dad, pero ni aun la igual­dad: porque es ev­idente que 6 + 3 en cuan­to á su for­ma, ni es­cri­ta, ni habla­da, ni pen­sa­da, no es idén­ti­co ni igual con 9. La igual­dad se re­fiere á los val­ores ex­pre­sa­dos, y es­tos no so­lo son iguales, sino idén­ti­cos: 6 + 3 es lo mis­mo que 9. El to­do no se dis­tingue de sus partes re­unidas: el 9 es el to­do; 6 + 3 con sus partes re­unidas.

El mo­do difer­ente con que se con­ciben 9 y 6 + 3, no ex­cluye la iden­ti­dad: es­ta difer­en­cia es rel­ati­va á la for­ma in­telec­tu­al; y tiene lu­gar no so­lo en este ca­so, sino en las per­cep­ciones de las cosas mas sim­ples; no hay na­da que nosotros no con­cibamos ba­jo as­pec­tos difer­entes, y cuyo con­cep­to no po­damos de­scom­pon­er de di­ver­sos mo­dos; y sin em­bar­go nó por es­to se dice que la cosa de­je de ser sim­ple é idén­ti­ca con­si­go mis­ma.

Lo que se apli­ca á una ecua­cion ar­it­méti­ca, puede ex­ten­der­se á las al­ge­brái­cas y ge­ométri­cas. Si se tiene una ecua­cion en que el primer miem­bro sea muy sen­cil­lo, por ejem­plo Z, y el se­gun­do muy com­pli­ca­do, por ejem­plo el de­sar­rol­lo de una se­rie, no se quiere de­cir que la ex­pre­sion primera sea igual á la se­gun­da; la igual­dad se re­fiere, nó á la mis­ma ex­pre­sion sino á lo ex­pre­sa­do, al val­or que con las le­tras se des­igna: es­to úl­ti­mo es ver­dadero; lo primero se­ria ev­iden­te­mente fal­so.

Dos cir­cun­fer­en­cias que ten­gan un mis­mo ra­dio son iguales. Aquí parece que se tra­ta so­la­mente de igual­dad, pues que hay en efec­to dos ob­je­tos dis­tin­tos que son las dos cir­cun­fer­en­cias, las cuales pueden trazarse en el pa­pel ó rep­re­sen­tarse en la imag­ina­cion: no ob­stante, ni aun en este ca­so la dis­tin­cion es ver­dadera y sí so­lo aparente, ver­ificán­dose lo que en las ecua­ciones ar­it­méti­cas y al­ge­brái­cas, de que hay dis­tin­cion y has­ta di­ver­si­dad en las for­mas, é iden­ti­dad en el fon­do. Des­de luego se puede com­bat­ir el ar­gu­men­to prin­ci­pal en que se fun­da la dis­tin­cion, si se ob­ser­va que las cir­cun­fer­en­cias que se pueden trazar ó rep­re­sen­tar, no son mas que for­mas de la idea, y de ningun mo­do la idea mis­ma. Ya se tra­cen ya se rep­re­sen­ten, ten­drán una mag­ni­tud de­ter­mi­na­da y una cier­ta posi­cion en los planos que se ten­gan á la vista ó que se imag­inen: en la idea y en la proposi­cion que á el­la se re­fiere, no hay na­da de es­to; se pre­scinde de to­das las mag­ni­tudes, de to­das las posi­ciones, se habla en un sen­ti­do gen­er­al y ab­so­lu­to. Es ver­dad que las rep­re­senta­ciones pueden ser in­fini­tas, ya en la imag­ina­cion ya en lo ex­te­ri­or: pero es­to, lejos de pro­bar su iden­ti­dad con la idea, in­di­ca su di­ver­si­dad; pues que la idea es úni­ca, el­las son in­fini­tas; la idea es con­stante, el­las son vari­ables; la idea es in­de­pen­di­ente de las mis­mas, y el­las son de­pen­di­entes de la idea, te­nien­do el carác­ter y la de­nom­ina­cion de cir­cun­fer­en­cias en cuan­to se le aprox­iman rep­re­sen­tan­do lo que el­la con­tiene.

¿Qué se ex­pre­sa pues en la proposi­cion: dos cir­cun­fer­en­cias que ten­gan un mis­mo ra­dio, son iguales? la idea fun­da­men­tal es que el val­or de la cir­cun­fer­en­cia de­pende del ra­dio; y la proposi­cion aquí enun­ci­ada no es mas que una apli­ca­cion de aque­lla propiedad al ca­so de igual­dad de los ra­dios. Luego las cir­cun­fer­en­cias que con­ce­bi­mos co­mo dis­tin­tas, no son mas que ejem­plos que nos ponemos en lo in­te­ri­or para hac­er­nos vis­ible la ver­dad de la apli­ca­cion; pero en el fon­do pu­ra­mente in­telec­tu­al, no se en­cuen­tra mas que la de­scom­posi­cion de la idea mis­ma de la cir­cun­fer­en­cia, ó su rela­cion con el ra­dio apli­ca­da al ca­so de igual­dad. No hay pues dos cir­cun­fer­en­cias en el ór­den pu­ra­mente ide­al; hay una so­la cuyas propiedades cono­ce­mos ba­jo difer­entes con­cep­tos y que ex­pre­samos de di­ver­sas man­eras.

Si en to­dos los juicios hay afir­ma­cion de iden­ti­dad ó no iden­ti­dad, y to­dos nue­stros conocimien­tos ó na­cen de un juicio ó van á parar á él, parece que to­dos se han de re­ducir á una sim­ple per­cep­cion de iden­ti­dad: en­tonces, la fór­mu­la gen­er­al de nue­stros conocimien­tos será: A es A, ó una cosa es el­la mis­ma. Este re­sul­ta­do parece una parado­ja ex­trav­agante, y lo es se­gun el mo­do con que se le en­tiende; pero si se ex­pli­ca co­mo se debe, puede ser ad­mi­ti­do co­mo una ver­dad, y ver­dad muy sen­cil­la. Por lo di­cho en los pár­rafos an­te­ri­ores, se puede colum­brar cuál es el sen­ti­do de es­ta opin­ion; pero la im­por­tan­cia de la ma­te­ria ex­ige otras aclara­ciones.

CAPÍ­TU­LO XXVII.

CON­TIN­UA­CION.

[269.] Es has­ta ridícu­lo el de­cir que los conocimien­tos de los mas sub­limes matemáti­cos, se hayan re­duci­do á es­ta ecua­cion: A es A. Es­to, di­cho ab­so­lu­ta­mente, es no so­lo fal­so sino con­trario al sen­ti­do co­mun; pero ni es con­trario al sen­ti­do co­mun, ni es fal­so, el de­cir que los conocimien­tos de to­dos los matemáti­cos, son per­cep­ciones de iden­ti­dad, la cual pre­sen­ta­da ba­jo difer­entes con­cep­tos sufre in­fini­tas varia­ciones de for­ma, que fe­cun­dan al en­tendimien­to y con­sti­tuyen la cien­cia. Para may­or clar­idad tomem­os un ejem­plo y sig­amos una idea al través de sus trans­for­ma­ciones.

[270.] La ecua­cion cír­cu­lo = cír­cu­lo(1) es muy ver­dadera, pero nó muy lu­mi­nosa, pues no sirve para na­da, á causa de que hay iden­ti­dad no so­lo de ideas sino tam­bi­en de con­cep­tos y ex­pre­sion. Para que haya un ver­dadero pro­gre­so en la cien­cia, no bas­ta que la ex­pre­sion se mude, es nece­sario que se var­ié en al­gun mo­do el con­cep­to ba­jo el cual se pre­sen­ta la cosa idén­ti­ca. Asi es que si la ecua­cion an­te­ri­or la abre­vi­amos en es­ta for­ma C = cír­cu­lo(2) na­da hemos ade­lan­ta­do, sino en cuan­to á la ex­pre­sion pu­ra­mente ma­te­ri­al. La úni­ca ven­ta­ja que puede re­sul­tarnos, es el que alivi­amos un tan­to la memo­ria porque en vez de ex­pre­sar el cír­cu­lo por una pal­abra la ex­pre­samos por una le­tra, la ini­cial C. ¿Por qué? porque la var­iedad es­tá en la ex­pre­sion, no en el con­cep­to.

Si en vez de con­sid­er­ar la iden­ti­dad en to­da su sim­pli­ci­dad en am­bos miem­bros de la ecua­cion, refe­ri­mos el val­or del cír­cu­lo al de la cir­cun­fer­en­cia, ten­dremos C = cir­cun­fer­en­cia x ½ R (3) es de­cir que el val­or del cír­cu­lo es igual á la cir­cun­fer­en­cia mul­ti­pli­ca­da por la mi­tad del ra­dio. En la ecua­cion (3) hay iden­ti­dad co­mo en las (1) y (2) porque en el­la se sig­nifi­ca que el val­or ex­pre­sa­do por C es el mis­mo ex­pre­sa­do por cir­cun­fer­en­cia x ½ R; de la propia suerte que en las an­te­ri­ores se ex­pre­sa que el val­or del cír­cu­lo es el val­or del cír­cu­lo. ¿Pero hay al­gu­na difer­en­cia de es­ta ecua­cion á las an­te­ri­ores? sí, y muy grande. ¿Cuál es? en las primeras se ex­presa­ba sim­ple­mente la iden­ti­dad con­ce­bi­da ba­jo un mis­mo pun­to de vista; el cír­cu­lo ex­pre­sa­do en el se­gun­do miem­bro no ex­cita­ba ningu­na idea que no ex­ci­tase el primero; pero en la úl­ti­ma el se­gun­do miem­bro ex­pre­sa el mis­mo cír­cu­lo sí, pero en sus rela­ciones con la cir­cun­fer­en­cia y el ra­dio, y por con­sigu­iente á mas de con­tener una es­pecie de análi­sis de la idea del cír­cu­lo, re­cuer­da el análi­sis que an­te­ri­or­mente se ha he­cho de la idea de la cir­cun­fer­en­cia con rela­cion á la del ra­dio. La difer­en­cia pues no es­tá en la so­la ex­pre­sion ma­te­ri­al, sino en la var­iedad de con­cep­tos ba­jo los cuales se pre­sen­ta una cosa mis­ma.

Lla­man­do N el val­or de la rela­cion de la cir­cun­fer­en­cia con el diámetro, y C al cír­cu­lo, la ecua­cion se nos con­vierte en es­ta otra C = N R¹(4). Aquí hay tam­bi­en iden­ti­dad en los val­ores, pero en­con­tramos un pro­gre­so no­table en la ex­pre­sion del se­gun­do miem­bro, en el cual se nos ofrece el val­or del cír­cu­lo de­sem­baraza­do de sus rela­ciones con el de la cir­cun­fer­en­cia y de­pen­di­ente tan so­lo de un val­or numéri­co N y de una rec­ta que es el ra­dio. Sin perder pues la iden­ti­dad y so­lo por suce­sion de per­cep­ciones de iden­ti­dad, hemos lle­ga­do á ade­lan­tar en la cien­cia, y ha­bi­en­do par­tido de una proposi­cion tan es­téril co­mo cír­cu­lo = cír­cu­lo, nos en­con­tramos en otra por la cual pode­mos des­de luego cal­cu­lar el val­or de un cír­cu­lo cualquiera con tal que se nos dé su ra­dio.

Salien­do de la ge­ometría el­emen­tal y con­sideran­do el cír­cu­lo co­mo una cur­va referi­da á dos ejes y cuyos pun­tos se de­ter­mi­nan con re­spec­to á es­tos, ten­dremos Z = 2Bx-​x¹ (5); ex­pre­san­do Z el val­or de la or­de­na­da; B el de una parte con­stante del eje de las ab­scisas; y x la ab­scisa cor­re­spon­di­ente á Z. Aquí en­con­tramos ya otro pro­gre­so de ideas to­davía mas no­table; en am­bos miem­bros, no ex­pre­samos ya el val­or del cír­cu­lo sino el de unas líneas, con las cuales se de­ter­mi­nan to­dos los pun­tos de la cur­va; y con­ce­bi­mos fá­cil­mente que es­ta cur­va que nos cerra­ba la figu­ra cuyas propiedades de­ter­minábamos en la ge­ometría el­emen­tal, puede ser con­ce­bi­da ba­jo tal for­ma que pertenez­ca á un género de cur­vas de las cuales el­la con­sti­tuya una es­pecie por la par­tic­ular rela­cion de las can­ti­dades 2 x y B; de man­era que mod­if­ican­do la ex­pre­sion con la aña­didu­ra de una nue­va can­ti­dad com­bi­na­da de este ó de aquel mo­do, puede re­sul­tarnos una cur­va de otra es­pecie. En­tonces, si quer­emos de­ter­mi­nar el val­or de la su­per­fi­cie encer­ra­da en es­to cír­cu­lo, po­dremos con­sid­er­ar­la, no sim­ple­mente con re­spec­to al ra­dio, sino á las áreas encer­radas en­tre las varias per­pen­dic­ulares cuyos ex­tremos de­ter­mi­nan los pun­tos de la cur­va y que se lla­man or­de­nadas: con lo cual re­sul­tará que el mis­mo val­or del cír­cu­lo se de­ter­mi­nará ba­jo con­cep­tos difer­entes, no ob­stante de que ese val­or es siem­pre idén­ti­co: la tran­si­cion de un­os con­cep­tos á otros será la suce­sion de las per­cep­ciones de iden­ti­dad pre­sen­ta­da ba­jo for­mas difer­entes.

Con­sid­er­emos aho­ra que el val­or del cír­cu­lo de­pende del ra­dio, lo cual nos da C = fun­cion x (6). Ecua­cion que nos ll­eva á con­ce­bir el cír­cu­lo ba­jo la idea gen­er­al de una fun­cion de su ra­dio ó de x, y por con­sigu­iente nos au­tor­iza á some­ter­le á to­das las leyes á que una fun­cion es­tá su­je­ta y nos con­duce á las propiedades de las difer­en­cias, de los límites, y de las rela­ciones de es­tos; con lo cual en­tramos en el cál­cu­lo in­finites­imal cuyas ex­pre­siones nos pre­sen­tan la iden­ti­dad ba­jo una for­ma que nos re­cuer­da una se­rie de con­cep­tos de análi­sis de­teni­da y pro­fun­da. Así, ex­pre­san­do la difer­en­cial del cír­cu­lo por dc; y su in­te­gral por S. dc; ten­dremos c = S. dc (7) ecua­cion en que se ex­pre­san los mis­mos val­ores que en aque­lla otra, cír­cu­lo = cír­cu­lo, pero con la difer­en­cia de que la (7) re­cuer­da in­men­sos tra­ba­jos analíti­cos, es el re­sul­ta­do de la di­lata­da suce­sion de con­cep­tos del cál­cu­lo in­te­gral, del difer­en­cial, de los límites de las difer­en­cias de las fun­ciones, de la apli­ca­cion del ál­ge­bra á la ge­ometría y de una muchedum­bre de no­ciones ge­ométri­cas el­emen­tales, re­glas y com­bi­na­ciones al­ge­brái­cas y de to­do cuan­to ha si­do men­ester para lle­gar al re­sul­ta­do. En­tonces, cuan­do se in­te­gre la difer­en­cial, y por in­te­gra­cion se llegue á sacar el val­or del cír­cu­lo, es claro que se­ria lo mas ex­trav­agante el afir­mar que la ecua­cion in­te­gral no es mas que la de cír­cu­lo = cír­cu­lo; pero no lo es el de­cir que en el fon­do hay iden­ti­dad, y que la di­ver­si­dad de ex­pre­sion á que hemos lle­ga­do es el fru­to de una suce­sion de per­cep­ciones de la mis­ma iden­ti­dad pre­sen­ta­da ba­jo as­pec­tos difer­entes. Suponien­do que los con­cep­tos por los cuales haya si­do nece­sario pasar sean A B C D E M; la ley de su en­lace cien­tí­fi­co po­drá ex­pre­sarse de es­ta man­era: A = B, B = C, C = D, D = E, E = M; luego A = M.

[271.] Lo que acabo de ex­plicar no puede com­pren­der­se bi­en si no se re­cuer­dan al­gunos car­ac­téres de nues­tra in­teligen­cia, en los cuales se en­cuen­tra la ra­zon de tamañas anoma­lías. Nue­stro en­tendimien­to tiene la de­bil­idad de no poder percibir muchas cosas sino suce­si­va­mente, y de que aun en las ideas mas claras, no ve lo que en el­las se con­tiene, sino con mu­cho tra­ba­jo. De es­to re­sul­ta una necesi­dad á la cual cor­re­sponde con ad­mirable ar­monía una fac­ul­tad que la sat­is­face: una necesi­dad de con­ce­bir ba­jo varias for­mas no so­lo dis­tin­tas sino difer­entes, aun las cosas mas sim­ples; una fac­ul­tad de de­scom­pon­er un con­cep­to en muchas partes, mul­ti­pli­can­do en el ór­den de las ideas lo que en re­al­idad es uno. Es­ta fac­ul­tad de de­scom­posi­cion se­ria in­útil si al pasar el en­tendimien­to por la suce­sion de con­cep­tos, no tu­viese medio de en­lazar­los y reten­er­los, en cuyo ca­so iría per­di­en­do el fru­to de sus tar­eas es­capán­dose­le de la mano tan pron­to co­mo lo acaba­ba de coger. Afor­tu­nada­mente, este medio le tiene en los sig­nos es­critos, habla­dos ó pen­sa­dos; ex­pre­siones mis­te­riosas que á ve­ces des­ig­nan no so­lo una idea, sino que son co­mo el com­pen­dio de los tra­ba­jos de una larga vi­da y quizás de una di­lata­da se­rie de sig­los. Al pre­sen­társenos el sig­no, no ve­mos cier­ta­mente con en­tera clar­idad to­do lo que por él se ex­pre­sa, ni las ra­zones de la le­git­im­idad de la ex­pre­sion; pero sabe­mos en con­fu­so el sig­nifi­ca­do que al­lí se encier­ra, sabe­mos que en ca­so nece­sario nos bas­ta tomar el hi­lo de las per­cep­ciones por las cuales hemos pasa­do, volvien­do así con pa­so retró­gra­do has­ta los el­emen­tos mas sim­ples de la cien­cia. Al hac­er los cál­cu­los, el matemáti­co mas em­inente no ve con to­da clar­idad lo que sig­nif­ican las ex­pre­siones que va em­ple­an­do, sino en cuan­to se re­fieren al ob­je­to que le ocu­pa; pero es­tá cier­to que aque­llas ex­pre­siones no le en­gañan, que las re­glas por las cuales se guia son en­ter­amente se­guras; porque sabe que en otro tiem­po las afi­anzó en in­con­cusas de­mostra­ciones. El de­sar­rol­lo de una cien­cia puede com­para­rse á una se­rie de col­unas en las cuales se han mar­ca­do las dis­tan­cias de un camino; el in­ge­niero que ha he­cho las op­era­ciones se sirve de los guar­is­mos de las col­unas, sin necesi­dad de recor­dar las op­era­ciones que le con­du­jeron á mar­car la can­ti­dad que tiene á la vista; bástale saber que las op­era­ciones fueron bi­en hechas y que el re­sul­ta­do de el­las se es­cribió bi­en.

[272.] La prue­ba de es­ta necesi­dad de de­scom­posi­cion, á mas de ten­er­la am­pli­amente consigna­da en los ejem­plos an­te­ri­ores, se la en­cuen­tra en los el­emen­tos de to­da en­señan­za, donde se hace pre­ciso ex­plicar ba­jo una for­ma de de­mostra­cion proposi­ciones que na­da mas di­cen que las defini­ciones ó ax­iomas que se han asen­ta­do. Por ejem­plo, en las obras el­emen­tales de ge­ometría se en­cuen­tra este teo­re­ma: to­dos los diámet­ros de un cír­cu­lo son iguales; y si se quiere que los prin­cipi­antes le com­pren­dan, es nece­sario dar la for­ma de de­mostra­cion á lo que no es ni puede ser mas que una ex­pli­ca­cion, y casi un re­cuer­do de la idea del cír­cu­lo. Cuan­do se traza la cir­cun­fer­en­cia se fi­ja un pun­to en torno del cual se hace gi­rar una línea que se lla­ma ra­dio; pues bi­en, no sien­do el diámetro otra cosa que el con­jun­to de los dos ra­dios con­tin­ua­dos en una mis­ma línea, parece que de­biera bas­tar la enun­cia­cion del teo­re­ma para que se le viese ev­iden­te­mente con­tenido en la idea del cír­cu­lo y co­mo una es­pecie de repeti­cion del pos­tu­la­do en que se fun­da la con­struc­cion de la cur­va; sin em­bar­go no sucede así, y es nece­sario ex­plicar, ha­cien­do co­mo que se prue­ba, y mostrar el diámetro igual á dos ra­dios, y recor­dar que es­tos son iguales, y á ve­ces repe­tir que así se supone en la mis­ma con­struc­cion; en una pal­abra, em­plear una por­cion de con­cep­tos para con­vencer de una ver­dad que de­biera ser cono­ci­da con la sim­ple in­tu­icion de uno so­lo, co­mo sucede cuan­do las fuerzas ge­ométri­cas del en­tendimien­to han adquiri­do cier­ta ro­bustez.

[273.] Aho­ra po­dré­mos apre­ciar en su jus­to val­or la opin­ion de Dugald-​Stew­ard en sus _El­emen­tos de la filosofía del es­píritu hu­mano_, cuan­do dice: «es líc­ito du­dar que aun es­ta ecua­cion ar­it­méti­ca 2 x 2 = 4 pue­da ser rep­re­sen­ta­da con ex­ac­ti­tud por la fór­mu­la A = A. Es­ta ecua­cion es una proposi­cion que enun­cia _la equiv­alen­cia de dos ex­pre­siones difer­entes_, equiv­alen­cia cuyo de­scubrim­ien­to puede ser de la may­or im­por­tan­cia en una in­finidad de ca­sos. La fór­mu­la es una proposi­cion del to­do in­signif­icante y frivola que no puede en ningun ca­so recibir la menor apli­ca­cion prác­ti­ca; ¿qué pen­sare­mos pues de es­ta proposi­cion A = A, si se la com­para con la fór­mu­la del bi­nomio de New­ton á la cual en tal ca­so rep­re­sen­taria? sin du­da cuan­do se la apli­ca á la ecua­cion 2 x 2 = 4 (que por su ex­trema sim­pli­ci­dad y vul­gar­idad puede pasar por un ax­ioma) la parado­ja no pre­sen­ta tan de bul­to su mon­stru­osi­dad; pero en este se­gun­do ca­so parece del to­do im­posi­ble que ten­ga ni aun sig­nifi­ca­cion» (2. p. cap. 2. sec­cion 3. § 2.). Este filó­so­fo no ad­vierte que la pre­tendi­da mon­stru­osi­dad nace de la er­ra­da in­ter­preta­cion que él mis­mo da á la opin­ion de sus ad­ver­sar­ios. Nadie ha pen­sa­do en ne­gar la im­por­tan­cia de los de­scubrim­ien­tos en que se prue­ba la equiv­alen­cia de ex­pre­siones difer­entes; nadie du­dará de que la fór­mu­la del bi­nomio de New­ton sea un gran pro­gre­so so­bre la fór­mu­la A = A; pero la cues­tion no es­tá aquí, es­tá en ver si la fór­mu­la del bi­nomio de New­ton es mas que la ex­pre­sion de cosas idén­ti­cas, y si aun el méri­to mis­mo de la ex­pre­sion, es ó no el fru­to de una se­rie de per­cep­ciones de iden­ti­dad. Si la cues­tion se pre­sen­tase ba­jo el pun­to de vista de Dugald-​Stew­ard, se­ria has­ta in­digna de ser ven­ti­la­da: en bue­na filosofía no puede dis­putarse so­bre cosas no so­lo ab­sur­das sino ridic­ulas.

CAPÍ­TU­LO XXVI­II.

CON­TIN­UA­CION.

[274.] Ex­plique­mos aho­ra có­mo la doc­tri­na de la iden­ti­dad se apli­ca en gen­er­al á to­dos los raciocin­ios, versen ó no so­bre ob­je­tos matemáti­cos; para es­to ex­am­inare­mos al­gu­nas de las for­mas di­aléc­ti­cas en las cuales es­tá consigna­do el arte de racioci­nar.

To­do A es B; M es A, luego M es B. En este sil­ogis­mo en­con­tramos en la may­or, la iden­ti­dad de to­do A con B, y en la menor la de M con A, de lo cual sacamos la de M con B. En las tres proposi­ciones hay afir­ma­cion de iden­ti­dad, y por con­sigu­iente per­cep­cion de el­la: veamos lo que sucede en el en­lace que con­sti­tuye la fuerza del raciocinio.

¿Por qué di­go que M es B? porque M es A, y to­do A es B. M es uno de los A, que es­ta­ba ex­pre­sa­do ya en las pal­abras: to­do A; luego cuan­do di­go M es A, no di­go na­da nue­vo so­bre lo que habia di­cho por to­do A; ¿qué difer­en­cia hay pues? hay la difer­en­cia de que en la ex­pre­sion to­do A, no ha­cia aten­cion á uno de sus con­tenidos M, del cual sin em­bar­go afirma­ba que era B, por lo mis­mo que de­cia to­do A es B. Si en la ex­pre­sion to­do A hu­biese vis­to dis­tin­ta­mente á M, no hu­biera si­do nece­sario el sil­ogis­mo, pues por lo mis­mo que de­cia to­do A es B, hu­biera en­ten­di­do M es B.

Es­ta ob­ser­va­cion es tan ver­dadera y ex­ac­ta, que en tratán­dose de rela­ciones de­masi­ado claras se suprime el sil­ogis­mo y se le reem­plaza por el en­timema. El en­timema es cier­ta­mente la abre­via­cion del sil­ogis­mo; pero en es­ta abre­via­cion debe­mos ver al­go mas que un ahor­ro de pal­abras; hay un _ahor­ro de con­cep­tos_, porque el en­tendimien­to ve in­tu­iti­va­mente lo uno en lo otro sin necesi­dad de de­scom­posi­cion. Es hom­bre, luego es racional; callam­os la may­or y ni aun la pen­samos, porque en la idea de hom­bre y en su apli­ca­cion á un in­di­vid­uo, ve­mos in­tu­iti­va­mente la de racional, sin grada­cion de ideas ni suce­sion de con­cep­tos.

Supong­amos que se tra­ta de de­mostrar que el perímetro de un polí­gono in­scrito en un cír­cu­lo es menor que la cir­cun­fer­en­cia, y que se hace el sigu­iente sil­ogis­mo: to­do con­jun­to de rec­tas in­scritas en sus re­spec­ti­vas cur­vas es menor que el con­jun­to de las mis­mas cur­vas; es así que el perímetro del polí­gono es un con­jun­to de rec­tas, y la cir­cun­fer­en­cia un con­jun­to de ar­cos ó cur­vas; luego el perímetro in­scrito os menor que la cir­cun­fer­en­cia. Pre­gun­to aho­ra, si quien sepa que el con­jun­to de rec­tas es menor que el con­jun­to de cur­vas no verá con igual fa­cil­idad que el perímetro es menor que la cir­cun­fer­en­cia cir­cun­scri­ta, con tal que en­tien­da per­fec­ta­mente el sig­nifi­ca­do de las pal­abras; es ev­idente que sí. ¿Para qué pues se nece­si­ta el re­cuer­do del prin­ci­pio gen­er­al? ¿es para añadir na­da al con­cep­to par­tic­ular? nó por cier­to; porque na­da puede haber mas claro que las sigu­ientes proposi­ciones: el perímetro del polí­gono es un con­jun­to de rec­tas; la cir­cun­fer­en­cia es un con­jun­to de ar­cos ó cur­vas; lo que se hace pues con el prin­ci­pio gen­er­al es lla­mar la aten­cion so­bre una fase del con­cep­to par­tic­ular, para que con la re­flex­ion se vea en este lo que sin la re­flex­ion no se veia. La certeza de la con­clu­sion no de­pende del prin­ci­pio gen­er­al; pues que si se hu­biese pen­sa­do en las rela­ciones de may­oría y mi­noría, so­lo con re­spec­to á las rec­tas del perímetro y á los ar­cos cuyo con­jun­to for­ma la cir­cun­fer­en­cia, se hu­biera in­feri­do lo mis­mo.

Con este ejem­plo se con­fir­ma que el en­timema no es una sim­ple abre­via­cion de pal­abras, y se ex­pli­ca por qué le em­pleamos en los raciocin­ios que ver­san so­bre ma­te­rias fa­mil­iares al en­tendimien­to. En­tonces, en uno cualquiera de los con­cep­tos ve­mos lo que nece­si­ta­mos para la con­se­cuen­cia, y por es­to ten­emos bas­tante con una premisa, en la cual in­cluimos la otra, mas bi­en que no la so­breen­ten­de­mos. El prin­cipi­ante dirá: el ar­co es may­or que la cuer­da, porque la cur­va es may­or que la rec­ta; pero cuan­do se haya fa­mil­iar­iza­do con las ideas ge­ométri­cas dirá sim­ple­mente, el ar­co es may­or que la cuer­da, vien­do en la mis­ma idea del ar­co la idea de cur­va, en la de cuer­da la de rec­ta, sin ningu­na de­scom­posi­cion. ¿Por ven­tu­ra es ver­dad que el ar­co sea may­or que la cuer­da porque to­da cur­va es may­or que su rec­ta? nó, de ningu­na man­era; si no ex­istiese la idea ab­strac­ta de cur­va y la úni­ca cur­va pen­sa­da fuese la par­tic­ular ar­co de cír­cu­lo; si no ex­istiese tam­poco la idea ab­strac­ta de rec­ta y la úni­ca rec­ta pen­sa­da fuese la cuer­da, se­ria ver­dad co­mo aho­ra que el ar­co es may­or que la cuer­da.

[275.] En tratán­dose de las rela­ciones _nece­sarias_ de los ob­je­tos, los prin­ci­pios gen­erales, los tér­mi­nos medios, y cuan­tos re­cur­sos nos ofrece la di­aléc­ti­ca para aux­il­iar el raciocinio, no son mas en el fon­do que in­ven­ciones del arte para in­ducirnos á re­flex­ionar so­bre el con­cep­to de la cosa, hacién­donos ver en él lo que antes no veíamos. De es­to se sigue que to­dos los juicios so­bre los ob­je­tos nece­sar­ios, son en cier­to mo­do analíti­cos; equiv­ocán­dose Kant cuan­do afir­ma que los hay sin­téti­cos pre­scin­di­en­do de la ex­pe­ri­en­cia. Si es­ta no ex­iste, no ten­emos ningun da­to de la cosa, so­lo poseemos su con­cep­to; de lo ex­traño á este na­da pode­mos saber. No quiero de­cir que to­das las proposi­ciones ex­pre­sen tal rela­cion del pred­ica­do al su­je­to, que el con­cep­to de este sea su­fi­ciente para que de­scubramos aquel; pero sí que la ra­zon de la in­su­fi­cien­cia es­tá en que el con­cep­to es in­com­ple­to ó en sí ó con re­spec­to á nues­tra com­pren­sion; y que suponién­dole com­ple­to en sí mis­mo y la de­bi­da ca­paci­dad en nue­stro en­tendimien­to para com­pren­der to­do lo que él nos dice, en­con­traríamos en el mis­mo to­do lo que puede for­mar ma­te­ria cien­tí­fi­ca.

[276.] Un ejem­plo ge­ométri­co aclarará mis ideas. El trián­gu­lo tiene muchas propiedades cuya ex­pli­ca­cion, de­mostra­cion y apli­ca­ciones ocu­pan largas pági­nas en los li­bros de ge­ometría. En el con­cep­to del trián­gu­lo en­tran el de rec­tas y el de los án­gu­los que es­tas for­man: pre­gun­to aho­ra ¿en to­das las ex­pli­ca­ciones y de­mostra­ciones de las propiedades de los trián­gu­los en gen­er­al, ¿se sale jamás de las ideas de án­gu­lo y de rec­ta? nó, jamás, ni se sale, ni se puede salir; de lo con­trario flaque­aria cuan­to se di­jese fun­da­do en nuevos el­emen­tos que se hu­biesen in­tro­duci­do en el con­cep­to. Es­tos el­emen­tos se­ri­an ajenos al trián­gu­lo, y por con­sigu­iente le quitarían su nat­uraleza. En las rela­ciones nece­sarias no cabe mas ni menos, ni aña­diduras, ni sus­trac­ciones de ningu­na clase: lo que es es, y na­da mas. Cuan­do se pasa del trián­gu­lo en gen­er­al á sus varias es­pecies, co­mo equi­látero, isósce­les, rec­tán­gu­lo, oblicuán­gu­lo etc. etc., es de no­tar que la de­mostra­cion se atiene rig­urosa­mente á lo con­tenido en el con­cep­to gen­er­al mod­ifi­ca­do con la propiedad de­ter­mi­nante de la es­pecie, es de­cir, á la igual­dad de los tres la­dos, ó de dos, ó á la de­sigual­dad de to­dos, ó á la su­posi­cion de un án­gu­lo rec­to etc. etc.

[277.] En la apli­ca­cion del ál­ge­bra á la ge­ometría, se ve con mas clar­idad lo que es­toy ex­pli­can­do. Una cur­va se ex­pre­sa por una fór­mu­la que con­tiene el con­cep­to de la mis­ma cur­va; es de­cir, su es­en­cia. Para de­mostrar to­das las propiedades de la cur­va, el geóme­tra no nece­si­ta salir de la fór­mu­la; en to­das las cues­tiones que se sus­ci­tan ll­eva la fór­mu­la en la mano co­mo la piedra de toque, y en la mis­ma en­cuen­tra to­do cuan­to ha men­ester. Es ver­dad que traza trián­gu­los ú otras fig­uras den­tro de la mis­ma cur­va, que de la mis­ma tira rec­tas á pun­tos fuera de el­la, pero jamás sale del con­cep­to ex­pre­sa­do en la fór­mu­la; lo que hace es de­scom­pon­er­le y de­scubrir en él cosas que antes no habia de­scu­bier­to.

En es­ta ecua­cion z² = e²/E² (2 Ex - x³) se en­cuen­tra la ex­pre­sion de las rela­ciones con­sti­tu­ti­vas de la elipse, ex­pre­san­do E el semieje may­or, e el semieje menor, z las or­de­nadas, y x las ab­scisas. Con es­ta ecua­cion de­sen­vuelta y trans­for­ma­da de varias man­eras, se de­ter­mi­nan las propiedades de la cur­va; ¿y có­mo? ha­cien­do ver con la ayu­da de las con­struc­ciones, que la nue­va propiedad es­tá con­teni­da en el con­cep­to mis­mo, y que bas­ta analizarle para en­con­trar­la en él.

Si suponemos un en­tendimien­to que con­cibe la es­en­cia de la cur­va, con in­medi­ata in­tu­icion de la ley que pre­side á la in­flex­ion de los pun­tos, sin necesi­dad de referir­la á ningu­na línea, ó bi­en bastán­dole un eje en vez de nece­si­tar dos, ó de al­gun otro mo­do que nosotros no pode­mos ni siquiera imag­inar, re­sul­tará que no habrá men­ester dar los rodeos que nosotros para de­mostrar las propiedades de la cur­va, pues las verá clara­mente pen­sadas en el mis­mo con­cep­to de el­la. Es­ta su­posi­cion no es ar­bi­traria: has­ta cier­to pun­to la ve­mos re­al­iza­da to­dos los dias, aunque en es­cala menor; un geóme­tra vul­gar tiene el con­cep­to de una cur­va co­mo lo tenia Pas­cal: en este mis­mo con­cep­to el geóme­tra vul­gar ve las propiedades de la mis­ma con largo tra­ba­jo, y lim­itán­dose á las co­munes; Pas­cal veia las mas recón­di­tas poco menos que de una ojea­da. Kant, por no haberse he­cho car­go de es­ta doc­tri­na, no puede dar solu­cion al prob­le­ma filosó­fi­co de los juicios sin­téti­cos puros: pro­fun­dizan­do mas la ma­te­ria hu­biera vis­to que hablan­do en rig­or, no hay tales juicios, y en vez de cansarse por re­solver el prob­le­ma se hu­biera ab­stenido de sus­ci­tar­le (XXVI).

CAPÍ­TU­LO XXIX.

SI HAY VER­DADEROS JUICIOS SIN­TÉTI­COS _à pri­ori_, EN EL SEN­TI­DO DE KANT.

[278.] La mucha im­por­tan­cia que da el filó­so­fo ale­man á su imag­ina­do de­scubrim­ien­to ex­ige que le ex­am­inemos con de­ten­cion. Júzguese de es­ta im­por­tan­cia por lo que él mis­mo dice: «si al­gun an­tiguo hu­biese tenido la idea de so­lo pro­pon­er la pre­sente cues­tion, el­la hu­biera si­do una bar­rera poderosa con­tra to­dos los sis­temas de la ra­zon pu­ra has­ta nue­stros dias, y habria ahor­ra­do muchas ten­ta­ti­vas in­fruc­tu­osas que se han em­pren­di­do _cie­ga­mente sin saber de qué se trata­ba._» (Críti­ca de la ra­zon pu­ra. In­tro­duc­cion). El pasaje no es na­da modesto, y ex­ci­ta nat­ural­mente la cu­riosi­dad de saber en qué con­siste un prob­le­ma cuyo so­lo planteo habria si­do bas­tante á evi­tar los ex­travíos de la ra­zon pu­ra.

Hé aquí sus pal­abras: «en los juicios sin­téti­cos á mas del con­cep­to del su­je­to de­bo ten­er al­gu­na otra cosa (x) so­bre la cual el en­tendimien­to se apoye para re­cono­cer que un pred­ica­do no con­tenido en este con­cep­to, no ob­stante le pertenece.

»To­cante á los juicios em­píri­cos ó de ex­pe­ri­en­cia, no hay ningu­na di­fi­cul­tad; porque es­ta x es la ex­pe­ri­en­cia com­ple­ta del ob­je­to que conoz­co por un con­cep­to _a_, el cual no for­ma mas que una parte de es­ta ex­pe­ri­en­cia. En efec­to: aunque yo no com­pren­da en el con­cep­to de cuer­po en gen­er­al el pred­ica­do pe­sadez, este con­cep­to in­di­ca no ob­stante una parte to­tal de la ex­pe­ri­en­cia; puedo por con­sigu­iente añadirle otra parte de la mis­ma ex­pe­ri­en­cia co­mo perteneciente al primer con­cep­to. De an­te­mano puedo re­cono­cer analíti­ca­mente el con­cep­to de cuer­po por los car­ac­téres de ex­ten­sion, im­pen­etra­bil­idad, figu­ra etc., car­ac­téres con­ce­bidos to­dos en este con­cep­to. Pero si ex­tien­do mi conocimien­to volvien­do la aten­cion del la­do de la ex­pe­ri­en­cia de donde he saca­do este con­cep­to; en­tonces hal­lo siem­pre la pe­sadez uni­da á los car­ac­téres prece­dentes. Es­ta x que es­tá fuera del con­cep­to _a_ y que es el fun­da­men­to de la posi­bil­idad de la sín­te­sis del pred­ica­do pe­sadez, con el con­cep­to _a_, pertenece pues á la ex­pe­ri­en­cia.

»Pero en los juicios sin­téti­cos _à pri­ori_, este medio fal­la ab­so­lu­ta­mente. Si de­bo salir del con­cep­to _a_ para cono­cer otro con­cep­to _b_ co­mo unido con aquel, ¿dónde me apo­yaré y có­mo será posi­ble la sín­te­sis, cuan­do no me es dable volverme há­cia el cam­po de la ex­pe­ri­en­cia?

»Hay pues aquí un cier­to mis­te­rio, cuya ex­pli­ca­cion puede so­lo ase­gu­rar el pro­gre­so en el cam­po ilim­ita­do del conocimien­to in­telec­tu­al puro» (ibid.).

[279.] La ra­zon de es­ta sín­te­sis, la en­con­tramos en la fac­ul­tad de nue­stro en­tendimien­to para for­mar con­cep­tos to­tales, en los que de­scubra la _rela­cion_ de los par­ciales que los com­po­nen; y la le­git­im­idad de la mis­ma sín­te­sis, se fun­da en los prin­ci­pios en que es­tri­ba el cri­te­rio de la ev­iden­cia.

La sín­te­sis de que se habla en las es­cue­las, con­siste en la re­union de con­cep­tos, y no se opone á que se ten­gan por analíti­cos los con­cep­tos to­tales, de cuya de­scom­posi­cion re­sul­ta el conocimien­to de las rela­ciones de los par­ciales.

Si Kant se hu­biese ceñi­do á los juicios de ex­pe­ri­en­cia, no habria in­con­ve­niente en su doc­tri­na; pero ex­tendién­dola al ór­den in­telec­tu­al puro, ó es in­ad­mis­ible, o cuan­do menos es­tá ex­pre­sa­da con poca ex­ac­ti­tud.

[280.] Afir­ma Kant que los juicios matemáti­cos son to­dos sin­téti­cos, y que es­ta ver­dad que en su juicio es «cier­ta­mente in­con­testable y muy im­por­tante por sus con­se­cuen­cias, parece haber es­capa­do has­ta aquí á la sagaci­dad de los anal­is­tas de la ra­zon hu­mana, ha­cien­do muy con­trarias sus con­je­turas;» yo creo que lo que fal­ta aquí no es la sagaci­dad de los anal­is­tas, sino la de su Aristar­co. Lo de­mostraré.

«Tal vez se po­dria creer á primera vista que la proposi­cion 7 + 5 = 12, es una proposi­cion pu­ra­mente analíti­ca que re­sul­ta de la idea de si­ete mas cin­co, se­gun el prin­ci­pio de con­tradic­cion; pero bi­en mi­ra­do se en­cuen­tra que el con­cep­to de la suma de si­ete y de cin­co, no con­tiene otra cosa que la re­union de dos números en uno so­lo, lo que de ningun mo­do trae con­si­go el pen­samien­to de lo que es este número úni­co com­puesto de los otros dos.»

Si se di­jese que quien oye si­ete mas cin­co, no siem­pre pien­sa doce, porque no ve bas­tante bi­en que un con­cep­to es el otro, aunque ba­jo difer­ente for­ma, se diria ver­dad; pero no lo es que por es­ta ra­zon el con­cep­to no sea pu­ra­mente analíti­co. La sim­ple ex­pli­ca­cion de am­bos es bas­tante á man­ifes­tar su iden­ti­dad.

Para que se com­pren­da mejor, tomem­os la in­ver­sa 12 = 7 + 5. Es ev­idente que quien no sepa que 7 + 5 = 12, tam­poco sabrá que 12 = 7 + 5; y pre­gun­to aho­ra, ex­am­inan­do el con­cep­to 12, ¿no veo con­tenido en él el 7 + 5? es cier­to: luego el con­cep­to de 12 se iden­ti­fi­ca con el de 7 + 5; luego asi co­mo de que oyen­do 12 no siem­pre se pien­sa 7 + 5 no se puede in­ferir que el con­cep­to de 12 no con­tenga el 7 + 5, tam­poco de que quien oiga el 7 + 5 no siem­pre com­pren­da 12, no se puede de­ducir que el primer con­cep­to no in­cluya el se­gun­do.

La causa de la equiv­oca­cion es­tá en que dos con­cep­tos idén­ti­cos es­tán pre­sen­ta­dos al en­tendimien­to ba­jo difer­ente for­ma; y has­ta que quitán­doles la for­ma se ve el fon­do, no se de­scubre la iden­ti­dad. No hay propi­amente _raciocinio_ sino _ex­pli­ca­cion._

Lo que añade Kant so­bre la necesi­dad de apelar en este ca­so á una in­tu­icion, con re­spec­to á uno de los dos números, aña­di­en­do al si­ete el cin­co ex­pre­sa­do suce­si­va­mente por los de­dos de la mano, es so­bre man­era fútil. 1.º Añá­dase co­mo se quiera el cin­co, nun­ca será mas que el cin­co aña­di­do, y por tan­to na­da dará ni quitará á 7 + 5. 2.º La suce­si­va adi­cion por _los de­dos_ equiv­ale á de­cir 1 + 1 + 1 + 1 + 1 = 5. Lo que trasfor­ma la espre­sion 7 + 5 = 12, en es­ta otra 7 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 = 12; es asi que la mis­ma rela­cion tiene el con­cep­to 1 + 1 + 1 + 1 + 1 con 5, que 7 + 5 con 12; luego si de es­tos el uno no es­tá con­tenido en el otro, tam­poco lo es­tarán los de Kant. Se repli­cará que Kant no habla de iden­ti­dad sino de in­tu­icion; pero es­ta in­tu­icion no es la sen­sa­cion, sino la idea; si es la idea, es el con­cep­to ex­pli­ca­do, na­da mas. 3.º Este méto­do de in­tu­icion ve­mos que no es nece­sario ni aun para los niños. 4.º Di­cho méto­do es im­posi­ble en los números grandes.

[281.] Añade Kant que es­ta proposi­cion: «en­tre dos pun­tos, la línea rec­ta es la mas cor­ta» no es pu­ra­mente analíti­ca, porque en la idea de _rec­ta_ no en­tra la de _mas cor­ta_. Pre­scindiré de que hay au­tores que de­mues­tran ó pre­tenden de­mostrar es­ta proposi­cion; y me ceñiré úni­ca­mente á la ra­zon de Kant. Este au­tor olvi­da que no se tra­ta de la rec­ta so­la, sino de la rec­ta _com­para­da_. En la rec­ta so­la, no en­tra ni puede en­trar lo de _mas_, ni de _menos_, pues es­to supone com­para­cion; pero des­de el mo­men­to en que se com­paran la rec­ta y la cur­va, con re­spec­to á la _lon­gi­tud_, en el con­cep­to de la cur­va, se ve el ex­ce­so so­bre la rec­ta. La proposi­cion pues re­sul­ta de la sim­ple com­para­cion de dos con­cep­tos pu­ra­mente analíti­cos, con un ter­cero que es _lon­gi­tud_.

[282.] Sí la ra­zon de Kant fuese de al­gun val­or, se in­feriria que ni aun el juicio «el to­do es may­or que su parte» es analíti­co; porque en la idea de _to­do_, no en­tra la de _may­or_, has­ta que se la com­para con la de _parte_. Tam­poco se­ria juicio analíti­co este: 4 es may­or que 3; porque en el con­cep­to de 4, no en­tra la idea de may­or, has­ta que se le com­para con el de 3.

El ax­ioma: cosas iguales á una ter­cera son iguales en­tre si, tam­poco se­ria juicio analíti­co: porque en el con­cep­to de _cosas iguales á una ter­cera_, tam­poco en­tra la igual­dad en­tre sí, has­ta que se re­flex­iona que la igual­dad del medio im­pli­ca la de los ex­tremos.

Esa _x_ de que nos habla Kant, se en­con­traría en casi to­dos los juicios, si no pudiése­mos for­mar con­cep­tos to­tales en que se en­volviese la com­para­cion de los par­ciales: en cuyo ca­so no ten­dríamos mas juicios analíti­cos que los pu­ra­mente idén­ti­cos, ó los com­pren­di­dos di­rec­ta­mente en es­ta fór­mu­la A es A.

[283.] La com­para­cion de dos con­cep­tos con un ter­cero no qui­ta al re­sul­ta­do el carác­ter de juicio analíti­co, así co­mo el que un pred­ica­do no pue­da verse des­de luego en la idea del su­je­to sin el aux­ilio de dicha com­para­cion. Es­ta la nece­si­ta­mos muchas ve­ces, porque pen­samos so­lo muy con­fusa­mente lo que se hal­la en el con­cep­to que ya ten­emos, y has­ta sucede que no lo pense­mos de ningun mo­do. A ca­da pa­so es­ta­mos vien­do que una per­sona dice una cosa y sin no­tar­lo se con­tradice luego, por no ad­ver­tir que lo que añade se opone á lo mis­mo que habia di­cho. Son co­munes en la con­ver­sa­cion las sigu­ientes ré­pli­cas: ¿no ve V. que supone lo con­trario de lo que aho­ra dice? ¿no ve V. que en las mis­mas condi­ciones antes asen­tadas, se im­pli­ca lo con­trario de lo que aho­ra es­tablece?

[284.] En un con­cep­to no so­lo se in­cluye lo que ex­pre­sa­mente se pien­sa en él, sino to­do lo que se puede pen­sar. Si de­scom­ponién­dole en­con­tramos en el mis­mo cosas nuevas, no se puede de­cir que las añadi­mos, sino que las de­scub­ri­mos: no hay en­tonces sín­te­sis, sino análi­sis; de lo con­trario se­ria pre­ciso in­ferir que no hay ningun con­cep­to analíti­co ó que so­lo lo son los pu­ra­mente idén­ti­cos. Ex­cep­to este úl­ti­mo ca­so cuya fór­mu­la gen­er­al es, A es A, siem­pre hay en el pred­ica­do al­go mas de lo pen­sa­do en el su­je­to, si nó en cuan­to á la sus­tan­cia, al menos en cuan­to al mo­do. El cír­cu­lo es una cur­va: es­ta es sin du­da una proposi­cion analíti­ca de las mas sen­cil­las que imag­inarse pueden; y no ob­stante, el pred­ica­do ex­pre­sa la ra­zon gen­er­al de cur­va, que en el su­je­to puede es­tar en­vuelta de un mo­do con­fu­so con rela­cion á una es­pecie par­tic­ular de las cur­vas. Sigu­ien­do una grada­cion en las proposi­ciones ge­ométri­cas se po­dria no­tar que no hay mas que lo di­cho en la proposi­cion an­te­ri­or, sino la may­or ó menor di­fi­cul­tad de de­scom­pon­er el con­cep­to y ver en él lo que antes no se veia.

Si di­go: el cír­cu­lo es una sec­cion cóni­ca; el pred­ica­do no es­tá pen­sa­do en el su­je­to por quien no sepa lo que sig­nif­ican los tér­mi­nos ó no haya re­flex­ion­ado so­bre su ver­dadero sen­ti­do. Al con­cep­to del cír­cu­lo na­da le aña­do, so­lo le de­scubro una propiedad que antes no cono­cia, y este de­scubrim­ien­to nace de su com­para­cion con el cono. ¿Hay aquí sín­te­sis? nó, de ningun mo­do; lo que hay es análi­sis com­para­do de los dos con­cep­tos; cír­cu­lo y cono.

[285.] Co­mo es­ta doc­tri­na de­struye por su base el sis­tema de Kant en este pun­to, voy á de­sen­volver­la y dar­le mas sóli­do fun­da­men­to.

Para que haya sín­te­sis propi­amente dicha, es men­ester que se una al con­cep­to una cosa que de ningun mo­do le pertenece, co­mo se ve en el ejem­plo aduci­do por el mis­mo Kant. La fig­ura­bil­idad se en­cuen­tra en el con­cep­to del cuer­po; pero la pe­sadez es una idea to­tal­mente ex­traña, y que so­lo pode­mos unir al con­cep­to del cuer­po porque así nos lo at­es­tigua la ex­pe­ri­en­cia. So­lo con es­ta aña­didu­ra se ver­ifi­ca propi­amente la sín­te­sis; pero nó con la union de ideas que naz­can del mis­mo con­cep­to de la cosa, aunque para fe­cun­dar­le se nece­site la com­para­cion. Los con­cep­tos no son en­ter­amente ab­so­lu­tos; con­tienen rela­ciones, y el de­scubrim­ien­to de es­tas no es una sín­te­sis sino un análi­sis mas com­ple­ta. Si se repli­ca que en tal ca­so hay al­go mas que el con­cep­to prim­iti­vo, ob­ser­varé que es­to se ver­ifi­ca en to­dos los que no son pu­ra­mente idén­ti­cos. Además que con la com­para­cion se for­ma un con­cep­to to­tal nue­vo, re­sul­tante de los con­cep­tos prim­itivos; en cuyo ca­so las propiedades de las rela­ciones son vis­tas nó por sín­te­sis sino por el análi­sis del con­cep­to to­tal.

Se­gun Kant, la ver­dadera sín­te­sis nece­si­ta re­union de cosas ex­trañas en­tre sí, y tan ex­trañas, que el la­zo que las une es una es­pecie de mis­te­rio, una _x_ cuya de­ter­mi­na­cion es un gran prob­le­ma filosó­fi­co. Si es­ta _x_ se en­cuen­tra en la rela­cion es­en­cial de los con­cep­tos par­ciales que en­tran en el con­cep­to to­tal, se ha re­suel­to el prob­le­ma por la sim­ple análi­sis; ó para hablar con mas ex­ac­ti­tud, se ha man­ifes­ta­do que el prob­le­ma no ex­is­tia pues la _x_ era una can­ti­dad cono­ci­da.

Yo no sé que pue­da haber juicio mas analíti­co que aquel en el cual ve­mos las partes en el to­do: pues este no es mas que las mis­mas partes re­unidas. Si di­go; uno y uno son dos, ó bi­en dos es igual á uno mas uno, no puede ne­garse que ten­go un con­cep­to to­tal dos, en cuya de­scom­posi­cion hal­lo uno mas uno: si es­to no es analíti­co, es de­cir, si aquí el pred­ica­do no es­tá con­tenido en la idea del su­je­to, no se al­can­za cuán­do po­drá es­tar­lo. Pues bi­en, aquí mis­mo hay difer­entes con­cep­tos, uno mas uno, se los re­une y de el­los se for­ma el con­cep­to to­tal. Aunque sen­cil­lísi­ma, la rela­cion ex­iste; y el que sea mas ó menos sen­cil­la ó com­pli­ca­da y que por con­sigu­iente sea vista con mas ó menos fa­cil­idad, no al­tera el carác­ter de los juicios con­vir­tién­do­los de analíti­cos en sin­téti­cos.

[286.] Com­plete­mos es­ta ex­pli­ca­cion con un ejem­plo de ge­ometría el­emen­tal. Si se dice un par­aleló­gramo oblicuán­gu­lo es igual en su­per­fi­cie á un rec­tán­gu­lo de la mis­ma base y al­tura, ten­emos: 1.º Que en la idea de par­aleló­gramo oblicuán­gu­lo no ve­mos la de igual­dad con el rec­tán­gu­lo. Ni tam­poco la pode­mos ver, porque la rela­cion no ex­iste cuan­do no hay otro ex­tremo al cual se re­fiera. En la idea de par­aleló­gramo no en­tra la de rec­tán­gu­lo, y por con­sigu­iente no puede en­trar la de igual­dad. 2.° La rela­cion nace de la com­para­cion del oblicuán­gu­lo con el rec­tán­gu­lo, y por con­sigu­iente se la ha de en­con­trar en un con­cep­to to­tal en que en­tren los dos. En­tonces no puede de­cirse que al con­cep­to del oblicuán­gu­lo le añadamos al­go que no le pertenez­ca, sino que por el con­trario es­ta igual­dad la ve­mos sur­gir del con­cep­to del oblicuán­gu­lo y del rec­tán­gu­lo co­mo con­cep­tos par­ciales del to­tal en que los dos se com­bi­nan. El análi­sis de este con­cep­to to­tal, nos ll­eva á de­scubrir la rela­cion bus­ca­da; sien­do de no­tar, que cuan­do la sim­ple re­union de los con­cep­tos com­para­dos no bas­ta, nos vale­mos de otro que com­pren­da á los mis­mos y al­guno mas; y del con­cep­to del nue­vo de­bida­mente anal­iza­do, sacamos la rela­cion de las dos partes com­para­das.

[287.] Pre­cisa­mente en la con­struc­cion ge­ométri­ca que suele hac­erse para de­mostrar el teo­re­ma que me sirve de ejem­plo, puede sen­si­bi­lizarse por de­cir­lo así lo que acabo de ex­plicar con re­spec­to á los con­cep­tos to­tales que con­tienen otros á mas de los com­para­dos. Con­fun­di­das las bases del par­aleló­gramo rec­tán­gu­lo y oblicuán­gu­lo, se ve des­de luego una parte que les es co­mun, y es el trián­gu­lo for­ma­do por la base, una parte de un la­do del oblicuán­gu­lo y otra de uno del rec­tán­gu­lo; para es­to no se nece­si­ta ni sín­te­sis ni análi­sis, pues hay per­fec­ta co­in­ci­den­cia, lo que en ge­ometría equiv­ale á iden­ti­dad. La di­fi­cul­tad es­tá en las dos partes restantes, es de­cir, en los trapecios á que se re­ducen los dos par­aleló­gramos quita­do el trián­gu­lo co­mun. La sim­ple in­tu­icion de las fig­uras na­da dice con re­spec­to á la equiv­alen­cia de las dos su­per­fi­cies: so­lo se ve que los dos la­dos del oblicuán­gu­lo van ex­tendién­dose, encer­ran­do menor dis­tan­cia á pro­por­cion que el án­gu­lo va sien­do mas oblic­uo, hal­lán­dose es­tas dos condi­ciones de lon­gi­tud de la­dos y dis­min­ucion de dis­tan­cias en­tre dos límites, de los cuales el uno es lo in­fini­to y el otro el rec­tán­gu­lo. Se puede de­mostrar la rela­cion de la equiv­alen­cia de las su­per­fi­cies, pro­lon­gan­do la par­alela op­ues­ta á la base, y for­man­do así un cuadrilátero del cual son partes los trapecios; para de­scubrir la igual­dad de es­tos trapecios bas­ta de­scom­pon­er el cuadrilátero aten­di­en­do á la igual­dad de dos trián­gu­los for­ma­dos re­spec­ti­va­mente ca­da uno por uno de los trapecios y un trián­gu­lo co­mun. ¿Aña­do con es­to na­da al con­cep­to de ca­da trapecio? nó; so­lo le com­paro. Es­ta com­para­cion no la he po­di­do hac­er di­rec­ta­mente, y por es­to los he in­clu­ido en un con­cep­to to­tal cuya sim­ple análi­sis me ha bas­ta­do para de­scubrir la rela­cion que bus­ca­ba. Es­ta rela­cion no se la da el con­cep­to, so­lo la man­ifi­es­ta; por man­era que si el con­cep­to de las dos fig­uras com­para­das fuese mas per­fec­to, de suerte que viése­mos in­tu­iti­va­mente la rela­cion que ex­iste en­tre el au­men­to de los la­dos y el decre­men­to de la dis­tan­cia de los mis­mos, veríamos que hay aquí una ley con­stante que su­ple de una parte lo que se pierde por otra; y por con­sigu­iente en el mis­mo con­cep­to del oblicuán­gu­lo de­scubriríamos la ra­zon fun­da­men­tal de la igual­dad, es de­cir la no al­teracion del val­or de la su­per­fi­cie por la may­or ó menor oblicuidad de los án­gu­los, te­nien­do así lo que de­spues sacamos por la ex­pre­sa­da com­para­cion y que gen­er­al­izamos re­fir­ién­donos á dos val­ores lin­eales con­stantes: base y al­tura. Lo mis­mo nos suced­eria con re­spec­to á la equiv­alen­cia de to­das las can­ti­dades vari­ables ex­pre­sadas de difer­ente mo­do, si sus con­cep­tos pudiése­mos re­ducir­los á fór­mu­las tan claras y sen­cil­las co­mo las de las fun­ciones aparentes, por ejem­plo n s/m s, donde sea cual fuere el val­or de la vari­able re­sul­ta siem­pre el mis­mo el val­or de la ex­pre­sion, el cual es con­stante, á saber n/m.

[288.] No se crea que es­tas in­ves­ti­ga­ciones sean in­útiles: en la cues­tion pre­sente co­mo en muchas otras, sucede que de un prob­le­ma filosó­fi­co, al pare­cer mer­amente es­pec­ula­ti­vo, es­tán pen­di­entes ver­dades im­por­tan­tísi­mas. Así en el ca­so que nos ocu­pa, no­tare­mos que Kant ex­pli­ca el prin­ci­pio de causal­idad de una man­era in­ex­ac­ta, y que se­gun co­mo se in­ter­pre­ten sus pal­abras debe lla­marse com­ple­ta­mente fal­sa; y quizás la raíz de su equiv­oca­cion es­tá en que con­sid­era el prin­ci­pio de causal­idad co­mo sin­téti­co, aunque _á pri­ori_, cuan­do en re­al­idad debe ser tenido por analíti­co, co­mo de­mostraré al tratar de la idea de causa.

Con­sideran­do de la may­or im­por­tan­cia el ten­er ideas claras y dis­tin­tas en la pre­sente ma­te­ria, voy á re­sumir en pocas pal­abras la doc­tri­na ex­pues­ta so­bre la ev­iden­cia in­medi­ata y la me­di­ata.

[289.] Hay ev­iden­cia in­medi­ata cuan­do por el con­cep­to del su­je­to ve­mos la con­ve­nien­cia ó re­pug­nan­cia del pred­ica­do, sin nece­si­tar otro medio que la sim­ple re­flex­ion so­bre el sig­nifi­ca­do de las pal­abras. A los juicios de es­ta clase, se los lla­ma con propiedad analíti­cos, porque bas­ta de­scom­pon­er el con­cep­to del su­je­to para en­con­trar en él la con­ve­nien­cia ó re­pug­nan­cia del pred­ica­do.

Hay ev­iden­cia me­di­ata cuan­do por el sim­ple con­cep­to del su­je­to, no ve­mos des­de luego la con­ve­nien­cia ó re­pug­nan­cia del pred­ica­do; por lo cual nece­si­ta­mos apelar á un medio que nos la man­ifi­este.

[290.] Surge aqui la cues­tion de si los juicios de ev­iden­cia me­di­ata pueden lla­marse analíti­cos. Claro es que si por analíti­cos se en­tien­den so­la­mente aque­llos en los cuales bas­ta en­ten­der el sig­nifi­ca­do de los tér­mi­nos para ver la con­ve­nien­cia ó re­pug­nan­cia del pred­ica­do, no pueden lla­marse tales los de ev­iden­cia me­di­ata. Pero si en­ten­de­mos por juicio analíti­co aquel en que bas­ta _de­scom­pon­er_ un con­cep­to para en­con­trar en él la con­ve­nien­cia ó re­pug­nan­cia del pred­ica­do, hal­lare­mos que los juicios de ev­iden­cia me­di­ata pertenecen tam­bi­en á dicha clase, y que el medio em­plea­do no es mas que la for­ma­cion de un con­cep­to to­tal en que se ha­cen en­trar los par­ciales cuya rela­cion se quiere de­scubrir. En la _re­union_ de es­tos con­cep­tos par­ciales hay sín­te­sis, es ver­dad, pero no la hay en el _de­scubrim­ien­to_ de sus rela­ciones, pues este se hace por análi­sis.

El que se hayan tenido que re­unir var­ios con­cep­tos para for­mar un juicio, no de­struye su carác­ter de analíti­co, pues de otro mo­do se­ria men­ester de­cir que no hay ningun juicio analíti­co. Si se afir­ma: el hom­bre es racional; en el con­cep­to de hom­bre en­tran dos, an­imal y racional, lo que no qui­ta que el juicio sea analíti­co. Este carác­ter con­siste en que co­mo lo dice su mis­mo nom­bre, baste la de­scom­posi­cion de un con­cep­to para en­con­trar en él cier­tos pred­ica­dos, y pre­scinde del mo­do con que se ha for­ma­do el con­cep­to que se de­scom­pone y de si se han he­cho en­trar en él dos ó mas con­cep­tos.

[291.] De es­ta doc­tri­na re­sul­ta con clar­idad en qué con­siste la ev­iden­cia me­di­ata. El pred­ica­do es­tá tam­bi­en con­tenido en la idea del su­je­to, pero la lim­ita­cion de nues­tra in­teligen­cia hace que ó es­tas ideas sean in­com­ple­tas, o no las veamos en to­da su ex­ten­sion, ó no dis­ting­amos bi­en lo que en las mis­mas pen­samos ya de un mo­do con­fu­so; y de aquí di­mana el que no sea su­fi­ciente en­ten­der el sig­nifi­ca­do de las pal­abras para ver des­de luego con­tenido el pred­ica­do en la idea del su­je­to. Además, los ob­je­tos, aun los pu­ra­mente ide­ales, se nos pre­sen­tan co­mo dis­per­sos; de aquí es que no cono­cien­do el con­jun­to, va­mos pasan­do suce­si­va­mente de un­os á otros, de­scubrien­do las rela­ciones que tienen en­tre sí, á me­di­da que los va­mos aprox­iman­do.

[292.] De lo di­cho se in­fiere que en el ór­den pu­ra­mente ide­al to­dos los juicios son analíti­cos, pues to­do conocimien­to de este ór­den se hace con la in­tu­icion de lo que hay en un con­cep­to mas ó menos com­pli­ca­do, y que no hay mas sín­te­sis que la nece­saria para aprox­imar los ob­je­tos re­unien­do sus con­cep­tos en uno to­tal que nos sir­va para el de­scubrim­ien­to de la rela­cion de los par­ciales.

[293.] La x pues de que nos habla Kant, y cuyo de­spe­jo es uno de los prob­le­mas mas im­por­tantes de la filosofía, no será mas que la fac­ul­tad del en­tendimien­to para re­unir en un con­cep­to to­tal con­cep­tos de cosas difer­entes y de­scubrir en aquel las rela­ciones que es­tos tienen en­tre sí. Es­ta fac­ul­tad no es un de­scubrim­ien­to nue­vo; pues que con este ó aquel nom­bre, la han re­cono­ci­do to­das las es­cue­las. Nadie ha dis­puta­do al en­tendimien­to la fac­ul­tad de com­parar; y la com­para­cion es una op­era­cion por la cual el en­tendimien­to se pone á la vista dos ó mas con­cep­tos para cono­cer las rela­ciones que tienen en­tre sí. En este ac­to se for­ma un con­cep­to to­tal del cual los com­para­dos son una parte; así co­mo hemos vis­to que en las con­struc­ciones ge­ométri­cas para averiguar la rela­cion de varias fig­uras, se con­struye una que las com­pren­da to­das y que sea co­mo el cam­po en el cual se ha­ga la com­para­cion.

Bas­ta por aho­ra lo di­cho so­bre los juicios analíti­cos y sin­téti­cos, pues que no pro­ponién­dome tratar­los sino en gen­er­al, y en cuan­to tienen rela­cion con la certeza, no de­scen­deré á por­menores ha­cien­do apli­ca­cion á varias ideas, cuyo análi­sis cor­re­sponde á otros lu­gares de es­ta obra.

CAPÍ­TU­LO XXX.

CRI­TE­RIO DE VI­CO.

[294.] Con las cues­tiones de los capí­tu­los an­te­ri­ores rel­ati­vas á la ev­iden­cia in­medi­ata y á la me­di­ata, es­tá en­laza­da la doc­tri­na de Vi­co so­bre el cri­te­rio de la ver­dad. Cree este filó­so­fo que di­cho cri­te­rio con­siste en haber he­cho la ver­dad cono­ci­da; que nue­stros conocimien­tos son com­ple­ta­mente cier­tos cuan­do se ver­ifi­ca dicha cir­cun­stan­cia; y que van per­di­en­do de su certeza á pro­por­cion que el en­tendimien­to pierde su carác­ter de causa con re­spec­to á los ob­je­tos. Dios, causa de to­do, lo conoce per­fec­ta­mente to­do; la criatu­ra, de causal­idad muy lim­ita­da, conoce tam­bi­en con mucha lim­ita­cion; y si en al­gu­na es­fera puede ase­me­jarse á lo in­fini­to, es en ese mun­do ide­al que el­la propia se con­struye, y que puede ex­ten­der á su vol­un­tad, sin que sea dable señalar­le un linde que no pue­da to­davía re­ti­rar.

De­je­mos hablar al mis­mo au­tor. «Los tér­mi­nos _verum et fac­tum_, lo ver­dadero y lo he­cho, se po­nen el uno por el otro en­tre los lati­nos, o co­mo dice la es­cuela, se con­vierten. Para los lati­nos _in­tel­ligere_, com­pren­der, es lo mis­mo que leer con clar­idad y cono­cer con ev­iden­cia. Llam­aban _cog­itare_ lo que en ital­iano se dice _pen­sare e an­dar rac­coglien­do_; _ra­tio_, ra­zon, des­igna­ba en­tre el­los una colec­cion de el­emen­tos numéri­cos, y ese don que dis­tingue al hom­bre de los bru­tos y con­sti­tuye su su­pe­ri­or­idad. Llam­aban or­di­nar­ia­mente al hom­bre un an­imal partícipe de la ra­zon (_ra­tio­nis par­ti­ceps_) y que por tan­to no la posee ab­so­lu­ta­mente. Así co­mo las pal­abras son los sig­nos de las ideas, las ideas son los sig­nos y rep­re­senta­ciones de las cosas. Así co­mo leer _leg­ere_, es re­unir los el­emen­tos de la es­crit­ura de los cuales se for­man las pal­abras, la in­teligen­cia, _in­tel­ligere_, con­siste en re­unir to­dos los el­emen­tos de una cosa, de lo que re­sul­ta la idea per­fec­ta. Por donde pode­mos con­je­tu­rar que los an­tigu­os ital­ianos ad­mi­tian la doc­tri­na sigu­iente so­bre lo ver­dadero: lo ver­dadero es lo he­cho mis­mo; y por con­sigu­iente Dios es la ver­dad primera porque es el primer hace­dor (_fac­tor_), la ver­dad in­fini­ta porque ha he­cho to­das las cosas, la ver­dad ab­so­lu­ta, pues que rep­re­sen­ta to­dos los el­emen­tos de las cosas tan­to in­ter­nos co­mo ex­ter­nos, porque los con­tiene. Saber es re­unir los el­emen­tos de las cosas; de donde se sigue que el pen­samien­to (_cog­ita­tio_) es pro­pio del es­píritu hu­mano, y la in­teligen­cia lo es del es­píritu di­vi­no: porque Dios re­une to­dos los el­emen­tos de las cosas in­ter­nos y ex­ter­nos á causa de que los con­tiene, y él pro­pio es quien los dispone; mien­tras el es­píritu hu­mano lim­ita­do co­mo es, y fuera de to­do lo que no es él mis­mo, puede aprox­imar los pun­tos ex­tremos mas nó re­unir­lo to­do; de man­era que puede pen­sar so­bre las cosas, pero no com­pren­der­las; y hé aquí por qué par­tic­ipa de la ra­zon, mas no la posee. Para aclarar es­tas ideas con una com­para­cion: lo ver­dadero di­vi­no es una imá­gen sól­ida de las cosas, co­mo una figu­ra plás­ti­ca; lo ver­dadero hu­mano es una imá­gen plana sin pro­fun­di­dad, co­mo una pin­tu­ra. Así co­mo lo ver­dadero di­vi­no lo es, porque Dios en el ac­to mis­mo de su conocimien­to dispone y pro­duce, lo ver­dadero hu­mano es para las cosas en que el hom­bre dispone y crea de una man­era se­me­jante. La cien­cia es el conocimien­to del mo­do con que la cosa se hace; conocimien­to en el cual el es­píritu mis­mo hace el ob­je­to, pues que re­com­pone sus el­emen­tos. El ob­je­to es un sóli­do para Dios que com­prende to­das las cosas; una su­per­fi­cie para el hom­bre que no com­prende sino lo ex­te­ri­or. Es­table­ci­dos es­tos pun­tos para pon­er­los mas fá­cil­mente en ar­monía con nues­tra re­li­gion, con­viene saber, que los an­tigu­os filó­so­fos de Italia iden­ti­fi­ca­ban lo ver­dadero con lo he­cho, porque creian el mun­do eter­no: asi los filó­so­fos paganos ado­raron un Dios que obra­ba siem­pre _ad ex­tra_, cosa desecha­da por nues­tra teología. Por cuyo mo­ti­vo en nues­tra re­li­gion, en la cual pro­fe­samos que el mun­do ha si­do cri­ado de la na­da en el tiem­po, es nece­sario es­table­cer una dis­tin­cion, iden­ti­fi­can­do lo ver­dadero cri­ado con lo he­cho, y lo ver­dadero in­crea­do con el _en­gen­dra­do_ (gen­ito). Así la Sagra­da Es­crit­ura con una el­egan­cia ver­dader­amente div­ina, lla­ma Ver­bo à la sabiduría de Dios que con­tiene en sí las ideas de to­das las cosas y los el­emen­tos de las ideas mis­mas. En este Ver­bo, lo ver­dadero es la com­pren­sion mis­ma de to­dos los el­emen­tos de este uni­ver­so, la cual po­dria for­mar in­fini­tos mun­dos. De es­tos el­emen­tos cono­ci­dos y con­tenidos en la om­nipo­ten­cia div­ina, se for­ma el Ver­bo re­al ab­so­lu­to, cono­ci­do des­de to­da la eternidad por el Padre y en­gen­dra­do por él, tam­bi­en des­de to­da la eternidad.» (De la an­tigua sabiduría de la Italia, lib. 1. cap. 1).

[295.] De es­tos prin­ci­pios saca Vi­co con­se­cuen­cias muy trascen­den­tales, en­tre el­las la de ex­plicar la causa de la di­vi­sion de nues­tra cien­cia en mu­chos ramos, y de los difer­entes gra­dos de certeza con que se dis­tinguen. Las matemáti­cas son las mas cier­tas porque son una es­pecie de crea­cion del en­tendimien­to, el que par­tien­do de la unidad y de un pun­to, se con­struye un mun­do de for­mas y de números, pro­lon­gan­do las líneas y mul­ti­pli­can­do la unidad, has­ta lo in­fini­to. Así conoce lo que él mis­mo pro­duce, re­sul­tan­do que los mis­mos teo­re­mas tenidos vul­gar­mente co­mo ob­je­tos de pu­ra con­tem­pla­cion, han men­ester ac­cion co­mo los prob­le­mas. La mecáni­ca ya es menos cier­ta que la ge­ometría y la ar­it­méti­ca, porque con­sid­era el movimien­to re­al­iza­do en las máquinas; y la físi­ca lo es to­davía menos, porque no con­sid­era co­mo la mecáni­ca el movimien­to ex­ter­no de las cir­cun­fer­en­cias sino el movimien­to in­ter­no de los cen­tros. En las cien­cias del ór­den moral hay to­davía menos certeza, porque no se ocu­pan de los movimien­tos de los cuer­pos, los cuales di­manan de un orí­gen cier­to y con­stante que es la nat­uraleza, sino de los movimien­tos de las al­mas que se re­al­izan á grandes pro­fun­di­dades y con fre­cuen­cia na­cen del capri­cho.

«La cien­cia hu­mana, dice, ha naci­do de un de­fec­to del es­píritu hu­mano, que en su ex­trema lim­ita­cion es­tá fuera de to­das las cosas, no con­tiene na­da de lo que quiere cono­cer, y por con­sigu­iente no puede hac­er la ver­dad á la cual as­pi­ra. Las cien­cias mas cier­tas son las que ex­pi­an el vi­cio de su orí­gen, y se asim­ilan co­mo crea­cion á la cien­cia div­ina, es de­cir, aque­llas en que lo ver­dadero y lo he­cho son mu­tu­amente con­vert­ibles.

«De lo que pre­cede se puede in­ferir que el cri­te­rio de lo ver­dadero y la regla para re­cono­cer­lo, es el _haber­lo he­cho_; por con­sigu­iente la idea clara y dis­tin­ta que ten­emos de nue­stro es­píritu, no es un cri­te­rio de lo ver­dadero, y no es ni aun un cri­te­rio de nue­stro es­píritu; porque el al­ma cono­cién­dose, no se hace á sí mis­ma; y pues que no se hace, no sabe la man­era con que se conoce. Co­mo la cien­cia hu­mana tiene por base la ab­strac­cion, las cien­cias son tan­to menos cier­tas cuan­to mas se ac­er­can á la ma­te­ria cor­po­ral................. ....................................................................

«Para de­cir­lo en una pal­abra, lo ver­dadero es con­vert­ible con lo bueno, si lo que es cono­ci­do co­mo ver­dadero tiene su ser del es­píritu que lo conoce, im­itan­do la cien­cia hu­mana á la div­ina por la cual Dios cono­cien­do lo ver­dadero lo en­gen­dra _en lo in­te­ri­or_ en la eternidad, y lo hace _en lo ex­te­ri­or_ en el tiem­po. En cuan­to al cri­te­rio de ver­dad es para Dios el co­mu­nicar la bon­dad á los ob­je­tos de su pen­samien­to (vid­it Deus quod es­sent bona): y para los hom­bres el haber _he­cho lo ver­dadero que cono­cen_.» (Ibi­dem § 1).

[296.] No puede ne­garse que el sis­tema de Vi­co rev­ela un pen­sador pro­fun­do que ha med­ita­do de­tenida­mente so­bre los prob­le­mas de la in­teligen­cia. La línea di­vi­so­ria en cuan­to á la certeza de las cien­cias es so­bre man­era in­tere­sante. A primera vista na­da mas es­pecioso que la difer­en­cia señal­ada en­tre las cien­cias matemáti­cas y las nat­urales y morales. Las matemáti­cas son ab­so­lu­ta­mente cier­tas porque son obra del en­tendimien­to, son co­mo el en­tendimien­to las ve, porque él mis­mo las con­struye; al con­trario, las nat­urales y morales ver­san so­bre ob­je­tos in­de­pen­di­entes de la ra­zon, que tienen por sí mis­mos una ex­is­ten­cia propia, y de aquí es que el en­tendimien­to conoce poco de el­los; y en es­to se en­gaña con tan­ta mas fa­cil­idad cuan­to mas pen­etra en la es­fera donde su con­struc­cion no al­can­za. He lla­ma­do es­pecioso á este sis­tema porque ex­am­ina­do á fon­do se le en­cuen­tra des­ti­tu­ido de cimien­to sóli­do; al pa­so que he re­cono­ci­do en su au­tor un pen­samien­to pro­fun­do, porque efec­ti­va­mente lo hay en con­sid­er­ar las cien­cias ba­jo el pun­to de vista que él las con­sid­era.

[297.] La in­teligen­cia so­lo conoce lo que hace. Es­ta proposi­cion que re­sume to­do el sis­tema de Vi­co, no puede afi­an­zarse en na­da; y el filó­so­fo napoli­tano se en­con­traría de­tenido en sus primeros pa­sos con so­lo pedirle la prue­ba de lo que afir­ma. ¿Por qué la in­teligen­cia so­lo conoce lo que hace? ¿Por qué el prob­le­ma de la rep­re­senta­cion no ha de ten­er solu­cion posi­ble sino en la causal­idad? Creo haber de­mostra­do que á mas de este orí­gen se en­cuen­tra otro en la iden­ti­dad, y tam­bi­en en la ide­al­idad en­laza­do del mo­do de­bido con la causal­idad.

[298.] En­ten­der no es causar: puede haber, y la hay en efec­to, una in­teligen­cia pro­duc­to­ra; pero en gen­er­al el ac­to de en­ten­der y el de causar ofre­cen ideas dis­tin­tas. La in­teligen­cia supone una ac­tivi­dad, porque sin és­ta no se con­cibe aque­lla vi­da ín­ti­ma que dis­tingue al ser in­teligente: pero es­ta ac­tivi­dad no es pro­duc­to­ra de los ob­je­tos cono­ci­dos, se ejerce de un mo­do in­ma­nente so­bre es­tos ob­je­tos, pre­supuestos ya en union con la in­teligen­cia, me­di­ata ó in­medi­ata­mente.

[299.] Si la in­teligen­cia es­tu­viese con­de­na­da á no cono­cer sino lo que el­la mis­ma hace, no es fá­cil con­ce­bir có­mo el ac­to de en­ten­der pudiera comen­zar; colocán­donos en el mo­men­to ini­cial, no sabre­mos có­mo ex­plicar el de­sar­rol­lo de es­ta ac­tivi­dad: porque si no puede en­ten­der sino lo que el­la hace, ¿qué en­ten­derá en el primer mo­men­to cuan­do aun no ha he­cho na­da? En el sis­tema que nos ocu­pa, no hay otro ob­je­to para la in­teligen­cia que el que el­la mis­ma se pro­duce; por otra parte en­ten­der sin ob­je­to en­ten­di­do es una con­tradic­cion; así, en el mo­men­to ini­cial, no ha­bi­en­do na­da pro­duci­do, no puede haber na­da en­ten­di­do; y por con­sigu­iente la in­teligen­cia es in­ex­pli­ca­ble. No cabe supon­er que la ac­tivi­dad se de­spl­ie­ga cie­ga­mente; no hay na­da ciego cuan­do se tra­ta de rep­re­senta­cion, y la ac­tivi­dad pro­duc­ti­va se re­fiere es­en­cial­mente á cosas rep­re­sen­tadas en cuan­to rep­re­sen­tadas. El que es­tas sean pro­duci­das en lo ex­te­ri­or con ex­is­ten­cia dis­tin­ta de la rep­re­senta­cion in­telec­tu­al, es in­difer­ente para el prob­le­ma de la in­teligen­cia. Así, co­mo ex­pli­ca el mis­mo Vi­co, la ra­zon hu­mana conoce lo que el­la con­struye en un mun­do pu­ra­mente ide­al, y Dios conoce al Ver­bo que en­gen­dra, no ob­stante de que este Ver­bo no es­tá fuera de la es­en­cia div­ina sino iden­ti­fi­ca­do con el­la.

[300.] No se con­tenta el filó­so­fo napoli­tano con aplicar su sis­tema á la ra­zon hu­mana; lo gen­er­al­iza á to­das las in­teligen­cias, in­clusa la div­ina; bi­en que procu­ran­do con loable re­li­giosi­dad, con­cil­iar sus doc­tri­nas ide­ológ­icas con los dog­mas del cris­tian­is­mo. Y en ver­dad que los prob­le­mas de la in­teligen­cia no pueden re­sol­verse cumpl­ida­mente sino en­cum­brán­dose á tan­ta al­tura. Para cono­cer al en­tendimien­to hu­mano, no bas­ta seguir los pa­sos de la hu­mana ra­zon; es nece­sario pro­pon­erse además el prob­le­ma gen­er­al de la in­teligen­cia mis­ma, ora se lim­ite co­mo la nues­tra á fla­cas vis­lum­bres, ora se di­late por las re­giones de la in­finidad en un piéla­go de luz. Las sub­limes pal­abras con que san Juan comien­za su Evan­ge­lio, encier­ran, á mas de la ver­dad au­gus­ta en­seña­da por la in­spira­cion div­ina, doc­tri­nas trascen­den­tales que aun mi­radas ba­jo un pun­to de vista mer­amente filosó­fi­co, son de una im­por­tan­cia may­or de la que en­con­trarse pudiera en las pal­abras de ningun hom­bre.

Al iden­ti­ficar lo ver­dadero con lo he­cho, ad­vierte Vi­co que se­gun el dog­ma de nues­tra re­li­gion, es nece­sario dis­tin­guir en­tre lo crea­do y lo in­crea­do. A lo primero se le debe lla­mar he­cho, á lo se­gun­do en­gen­dra­do. Pon­dera la el­egan­cia div­ina con que la Es­crit­ura san­ta lla­ma Ver­bo á la Sabiduría de Dios, en la cual se con­tienen las ideas de to­das las cosas, y los el­emen­tos de las ideas mis­mas; sin em­bar­go, las pal­abras de Vi­co son muy in­ex­ac­tas, cuan­do al ex­plicar la con­cep­cion de di­cho Ver­bo, pare­cen dar á en­ten­der que so­lo re­sul­ta de los el­emen­tos cono­ci­dos y con­tenidos en la om­nipo­ten­cia div­ina. «En este Ver­bo, dice, lo ver­dadero es la com­pren­sion mis­ma de to­dos los el­emen­tos de este uni­ver­so, la cual po­dria for­mar in­fini­tos mun­dos; de es­tos el­emen­tos cono­ci­dos y con­tenidos en la om­nipo­ten­cia div­ina, se _for­ma_ el Ver­bo re­al, ab­so­lu­to, cono­ci­do des­de to­da la eternidad por el Padre, y en­gen­dra­do por él des­de to­da la eternidad.» (De la An­tigua Sabiduría de la Italia, lib. 1, cap. 1.) Si el au­tor quiere sig­nificar que el Ver­bo es con­ce­bido por so­lo el conocimien­to de lo con­tenido en la om­nipo­ten­cia div­ina, su aser­cion es fal­sa; si no quiso sig­nificar es­to, su locu­cion es in­ex­ac­ta.

San­to Tomás (1 part., cuest. 34, art. 3.)pre­gun­ta si en el nom­bre del Ver­bo se con­tiene al­gu­na rela­cion á la criatu­ra «utrum in nomine Ver­bi im­porte­tur re­spec­tus ad crea­tu­ram» y al­lí re­suelve la cues­tion con ad­mirable la­con­is­mo y solidez. «Re­spon­do que en el Ver­bo se con­tiene rela­cion á la criatu­ra. Dios cono­cién­dose á sí mis­mo, conoce á to­da criatu­ra. El ver­bo pues, con­ce­bido en la mente, es rep­re­sen­ta­ti­vo de to­do aque­llo que ac­tual­mente se en­tiende. Así en nosotros hay di­ver­sos ver­bos se­gun son di­ver­sas las cosas en­ten­di­das. Pero co­mo Dios con un so­lo ac­to se conoce á sí y á to­das las cosas, su úni­co Ver­bo es ex­pre­si­vo no so­lo del padre sino tam­bi­en de las criat­uras. Y asi co­mo la cien­cia de Dios en cuan­to á Dios, es so­lo conocimien­to, pero en cuan­to á las criat­uras es conocimien­to y causa, así el Ver­bo de Dios con re­spec­to á Dios Padre, es so­lo ex­pre­si­vo, pero con rela­cion á las criat­uras es ex­pre­si­vo y pro­duc­ti­vo, por cuya ra­zon se dice en el salmo 32: di­jo, y las cosas fueron hechas, porque en el Ver­bo se con­tiene la ra­zon pro­duc­ti­va de las cosas que Dios hace[1].»

[Foot­note 1: Re­spon­deo di­cen­dum, quod in Ver­bo im­por­tatur re­spec­tus ad crea­tu­ram. Deus en­im cognoscen­do se, cognosc­it om­nem crea­tu­ram. Ver­bum ig­itur in mente con­cep­tum est rep­re­sen­ta­tivum om­nis eius, quod ac­tu in­tel­lig­itur. Unde in no­bis sunt di­ver­so ver­bo, se­cun­dum di­ver­sa, quæ in­tel­ligimus. Sed quia Deus uno ac­tu et se, et om­nia in­tel­lig­it, unicum ver­bum eius est ex­pres­sivum, non solum Pa­tris sed eti­am crea­tu­rarum. Et si­cut Dei sci­en­tia, Dei qui­dem est con­gnosc­iti­va tan­tum, crea­tu­rarum autem cognosc­iti­va et fac­ti­va; ila ver­bum Dei, eius quod in Deo Pa­tre est, est ex­pres­sivum tan­tum, crea­tu­rarum vero est ex­pres­sivum, et op­er­ativum, et propter hoc dic­itur in Psal. 32. Dix­it, et fac­ta sunt, quia im­por­tatur in ver­bo ra­tio fac­ti­va eo­rum qua Deus fac­it.]

Por este pasaje se echa de ver que se­gun la doc­tri­na de San­to Tomás, el Ver­bo ex­pre­sa tam­bi­en á las criat­uras, pero que él es con­ce­bido no so­lo por el conocimien­to de es­tas, sino y pri­mari­amente, por el conocimien­to de la es­en­cia div­ina; «el Padre, dice en otra parte el San­to Doc­tor, en­tendién­dose á sí y al Hi­jo y al Es­píritu San­to y á to­das las cosas con­tenidas en su cien­cia, con­cibe al Ver­bo de man­era que to­da la Trinidad es _dicha_ en el Ver­bo y tam­bi­en to­da criatu­ra[2].»

[Foot­note 2: Pa­ter en­im in­tel­li­gen­do se et Fil­ium et Spir­itum Sanc­tum et om­nia alia quæ eius sci­en­tia con­ti­nen­tur, con­cip­it Ver­bum, ut sic to­ta Trini­tas Ver­bo di­catur, et eti­am om­nis crea­tu­ra (1. par. q. 31. art. 1 - ad. 3.)]

[301.] Hay tam­bi­en otra doc­tri­na de San­to Tomás que se opone al sis­tema de Vi­co. Se­gun éste, la in­teligen­cia conoce lo que hace, y so­lo lo que hace, y so­lo por qué lo hace; pues que lo he­cho y lo ver­dadero son con­vert­ibles, sien­do lo he­cho el úni­co cri­te­rio de ver­dad. Es­ta doc­tri­na la apli­ca Vi­co á la in­teligen­cia div­ina susti­tuyen­do á _he­cho, en­gen­dra­do;_ con lo cual in­vierte el ór­den de las ideas, pues que ni se­gun nue­stro mo­do de con­ce­bir, Dios en­tiende porque en­gen­dra, sino que en­gen­dra porque en­tiende; no se con­cibe la gen­era­cion del Ver­bo sin con­ce­bir antes la in­teligen­cia. «En quien en­tiende, dice San­to Tomás, por lo mis­mo que en­tiende, pro­cede al­gu­na cosa den­tro de él, lo cual es el con­cep­to de la cosa en­ten­di­da, y proviene de la fuerza in­telec­tu­al y de su noti­cia[3]».

[Foot­note 3: Quicumque autem in­tel­lig­it ex hoc ip­so quod in­tel­lig­it, pro­ced­it aliq­uid in­tra ip­sum, quod est con­cep­tio rei in­tel­lec­tæ ex vi in­tel­lec­ti­va prove­niens et ex eius noti­tia proce­dens. Quam qui­dem con­cep­tionem vox sig­ni­fi­cat, et dic­itur ver­bum cordis, sig­ni­fi­ca­tum ver­bo vo­cis. (1. p. q. 27. art. 1.).]

Es­ta doc­tri­na de San­to Tomás con­fir­ma la opin­ion ex­pues­ta mas ar­ri­ba, so­bre la im­posi­bil­idad de ex­plicar el ac­to in­telec­tu­al por so­la la pro­duc­cion. Es ev­idente que para pro­ducir en el ór­den in­telec­tu­al, es nece­sario en­ten­der ya: y por con­sigu­iente en el mo­men­to ini­cial de to­da in­teligen­cia, no puede pon­erse la ac­cion pro­duc­ti­va, sino la in­tu­icion del ob­je­to. En este mis­mo sen­ti­do habla San­to Tomás, en el mo­do que hablar puede el hom­bre de las cosas div­inas: no fun­da en la gen­era­cion del Ver­bo la in­teligen­cia div­ina; antes por el con­trario, en la in­teligen­cia fun­da la gen­era­cion del Ver­bo. Dios, se­gun San­to Tomás, en­gen­dra al Ver­bo porque en­tiende, no en­tiende porque en­gen­dra: y si bi­en en este Ver­bo pone el San­to Doc­tor la ex­pre­sion de to­do cuan­to es­tá con­tenido en Dios, es pre­suponien­do la in­teligen­cia div­ina, con la cual se hace posi­ble de­cir ó pro­ferir el Ver­bo. El ór­den de los con­cep­tos, pues, es el sigu­iente: en­tendimien­to, ob­je­to en­ten­di­do, ver­bo proce­dente de la ac­cion de en­ten­der por el cual el ser in­teligente se ex­pre­sa, se dice á sí pro­pio, la mis­ma cosa en­ten­di­da. Apli­cadas es­tas ideas á Dios, serán: Dios Padre in­teligente; es­en­cia div­ina con to­do lo que el­la con­tiene, en­ten­di­da; Ver­bo ó Hi­jo en­gen­dra­do por este ac­to in­telec­tu­al, y ex­pre­si­vo de to­do lo que se encier­ra en este ac­to gen­er­ador.

[302.] No es mi án­imo in­cul­par á Vi­co; so­lo he queri­do hac­er no­tar la in­ex­ac­ti­tud de sus pal­abras, hacién­dole por otra parte la jus­ti­cia de creer que él en­ten­dia las cosas del mis­mo mo­do que las he ex­pli­ca­do, aunque no ac­ertó á ex­pre­sarse con la de­bi­da clar­idad. Pase­mos aho­ra á con­sid­er­ar el sis­tema de Vi­co ba­jo pun­tos de vista menos del­ica­dos.

Es fá­cil no­tar que ad­mi­tien­do lo he­cho por úni­co cri­te­rio de ver­dad, la in­teligen­cia que­da in­co­mu­ni­ca­da con to­do lo que no sean sus obras. Ni á sí mis­ma se puede cono­cer, porque no se hace. «El al­ma, cono­cién­dose, dice Vi­co, no se hace, y por lo mis­mo no sabe la man­era con que se conoce;» de suerte que pre­scin­di­en­do del prob­le­ma de la in­tel­igi­bil­idad que se ha ven­ti­la­do mas ar­ri­ba (cap. XII,) nie­ga Vi­co á nues­tra al­ma el cri­te­rio de sí propia por la úni­ca ra­zon de que no se causa á sí mis­ma. En­tonces, la iden­ti­dad lejos de ser un orí­gen de rep­re­senta­cion co­mo se ha proba­do (cap. XI), es in­com­pat­ible con el­la; na­da po­drá cono­cerse á sí mis­mo porque na­da se hace á sí mis­mo.

De es­to re­sul­ta un gravísi­mo er­ror; pues que se in­fiere que tam­poco Dios puede cono­cerse á sí mis­mo; porque no se causa á sí mis­mo. Ni bas­ta de­cir que se conoce en el Ver­bo, pues que si no se supone la in­teligen­cia, el Ver­bo es im­posi­ble.

[303.] To­do el mun­do de la re­al­idad dis­tin­to del ser in­telec­tu­al, será de­scono­ci­do para siem­pre; de donde se de­duce que el sis­tema de Vi­co ll­eva al es­cep­ti­cis­mo mas rig­uroso. ¿Qué ad­mite el filó­so­fo napoli­tano? el conocimien­to por el es­píritu, de la obra mis­ma del es­píritu; en es­to se com­pren­den los ac­tos de con­cien­cia y to­dos los ob­je­tos pu­ra­mente ide­ales que en el­la nos creamos; es­to tam­bi­en lo ad­miten los es­cép­ti­cos, ninguno de el­los de­jará de con­venir que hay en nosotros con­cien­cia, que hay un mun­do ide­al, obra de es­ta con­cien­cia mis­ma ó at­es­tigua­do por el­la.

Si pues no ad­miti­mos otro cri­te­rio de ver­dad que lo he­cho, ab­ri­mos la puer­ta al es­cep­ti­cis­mo, aban­don­amos el mun­do de las re­al­idades para es­table­cer­nos en el de las apari­en­cias. No ob­stante ¡sin­gu­lar­idad de las opin­iones hu­manas! Vi­co pens­aba to­do lo con­trario; él creia que so­lo con su sis­tema era posi­ble re­batir á los es­cép­ti­cos. Es cu­rioso oir­le de­cir con ad­mirable se­riedad «el úni­co medio de de­stru­ir el es­cep­ti­cis­mo es tomar por cri­te­rio de ver­dad, que ca­da cual es­tá se­guro de lo ver­dadero que hace.»

¿En qué puede fun­darse tamaña ex­trañeza? oig­amos al filó­so­fo, que dice cosas muy bue­nas, pero que no se al­can­za có­mo pueden con­ducir á la de­struc­cion del es­cep­ti­cis­mo. «Los es­cép­ti­cos van repi­tien­do siem­pre que las cosas les _pare­cen_, pero que ig­no­ran lo que el­las son en re­al­idad; con­fiesan los efec­tos y conce­den por con­sigu­iente que es­tos efec­tos tienen sus causas; pero afir­man que no cono­cen á es­tas porque ig­no­ran el género ó la for­ma se­gun la cual las cosas se ha­cen. Ad­mi­tid es­tas proposi­ciones, y re­torced­las con­tra el­los de la man­era sigu­iente: es­ta com­pren­sion de causas que con­tiene to­dos los géneros ó to­das las for­mas ba­jo las cuales son da­dos to­dos los efec­tos, cuyas apari­en­cias con­fiesa ver el es­cép­ti­co, pero cuya es­en­cia re­al ase­gu­ra ig­no­rar; es­ta com­pren­sion de causas se hal­la en la primera ver­dad que las com­prende to­das, y donde to­das es­tán con­tenidas has­ta las úl­ti­mas. Y pues que es­ta ver­dad las com­prende to­das, es in­fini­ta, y no ex­cluye ningu­na, y tiene la pri­or­idad so­bre el cuer­po que no es mas que un efec­to. Por con­sigu­iente es­ta ver­dad es al­gu­na cosa es­pir­itu­al, en otros tér­mi­nos es Dios, el Dios que con­fe­samos nosotros los cris­tianos; so­bre es­ta ver­dad debe­mos medir la ver­dad hu­mana, pues que la ver­dad hu­mana es aque­lla cuyos el­emen­tos hemos or­de­na­do nosotros mis­mos, aque­llo que con­tenemos en nosotros y que por medio de cier­tos pos­tu­la­dos pode­mos pro­lon­gar y seguir has­ta lo in­fini­to. Or­de­nan­do es­tas ver­dades las cono­ce­mos, y las hace­mos á un mis­mo tiem­po; y hé aquí por qué en este ca­so poseemos el género ó la for­ma se­gun la cual hace­mos» (Ibid. 3.).

En es­ta refuta­cion de los es­cép­ti­cos na­da en­cuen­tro que pue­da de­stru­ir el es­cep­ti­cis­mo. Aun suponien­do que to­dos ad­miten el prin­ci­pio de causal­idad, lo que no es ex­ac­to, ¿qué se puede sacar de este prin­ci­pio cuan­do se señala por úni­co cri­te­rio la obra del mis­mo en­tendimien­to que ha de em­plear el prin­ci­pio? Si no hay mas cri­te­rio que el de causal­idad, el en­tendimien­to se en­cuen­tra ais­la­do, sin poder ir mas al­lá en el ór­den de los efec­tos, que has­ta donde lle­gan los pro­duci­dos por él mis­mo; y en el de las causas, no puede subir mas ar­ri­ba que de sí pro­pio; porque si sube, ya conoce cosas que él no ha he­cho, á saber, la causa que le ha pro­duci­do á él. En este supuesto los es­cép­ti­cos quedan tri­un­fantes; el conocimien­to se re­duce al mun­do in­te­ri­or, á las sim­ples apari­en­cias; cuan­do de es­tas se quiera salir se tropieza con el ob­stácu­lo del cri­te­rio úni­co, el cual se opone al conocimien­to de to­do lo _no he­cho_ por el en­tendimien­to mis­mo. En­tonces la re­al­idad nos es­tá veda­da y nos hal­lam­os sep­ara­dos de el­la por un val­la­do in­salv­able. El mun­do en sí, será lo que se quiera supon­er; mas para nosotros no será na­da. Es­ta ley se apli­cará á to­das las in­teligen­cias, de man­era que la re­al­idad so­lo po­drá ser cono­ci­da por la causa primera.

Es­tas con­se­cuen­cias son in­ad­mis­ibles en no ar­ro­ján­dose sin reser­va al cam­po del es­cep­ti­cis­mo, y no ob­stante son in­evita­bles en el sis­tema de Vi­co. Orig­inal ocur­ren­cia la de quer­er com­bat­ir el es­cep­ti­cis­mo con un sis­tema que le abre la mas an­churosa puer­ta.

CAPÍ­TU­LO XXXI.

CON­TIN­UA­CION.

[304.] Si en al­gun ter­reno pudiera ser ad­mi­ti­do el cri­te­rio del filó­so­fo napoli­tano, se­ria en el de las ver­dades ide­ales. Co­mo es­tas pre­scinden ab­so­lu­ta­mente de la ex­is­ten­cia, puede suponérse­las cono­ci­das has­ta por un en­tendimien­to que no las pro­duz­ca en la re­al­idad. En cuan­to cono­ci­das por el en­tendimien­to na­da en­vuel­ven de re­al, y por con­sigu­iente no en­trañan ningu­na condi­cion que ex­ija fuerza pro­duc­ti­va, á no ser que es­ta se re­fiera á un ór­den de pu­ra ide­al­idad. En este ór­den parece que la ra­zon hu­mana pro­duce efec­ti­va­mente: porque toman­do por ejem­plo la ge­ometría, es fá­cil de no­tar que aun en su parte mas el­eva­da y de may­or com­pli­ca­cion, no es mas que una es­pecie de con­struc­cion in­telec­tu­al donde so­lo se hal­la lo que la ra­zon ha puesto. Es­ta ra­zon es la que á fuerza de tra­ba­jo ha ido re­unien­do los el­emen­tos y com­binán­do­los de dis­tin­tas man­eras has­ta lle­gar al asom­broso re­sul­ta­do del cual pue­da de­cir con ver­dad: es­to es mi obra.

Sí­gase con aten­ta ob­ser­va­cion el de­sar­rol­lo de la cien­cia ge­ométri­ca y se echará de ver que la di­lata­da se­rie de ax­iomas, teo­re­mas, prob­le­mas, de­mostra­ciones, res­olu­ciones, ar­ran­ca de un­os cuan­tos pos­tu­la­dos, y que con­tinúa siem­pre con la ayu­da ó de es­tos mis­mos ó de otros que la ra­zon ex­cogi­ta, con­forme lo ex­ige la necesi­dad ó la util­idad.

¿Qué es la línea? una se­rie de pun­tos. La línea pues es una con­struc­cion in­telec­tu­al, no en­vuelve otra cosa que las flux­iones suce­si­vas de un pun­to. ¿Qué es el trián­gu­lo? una con­struc­cion in­telec­tu­al en que se re­unen los ex­tremos de tres líneas. ¿Qué es el cír­cu­lo? es otra con­struc­cion in­telec­tu­al, el es­pa­cio encer­ra­do por la cir­cun­fer­en­cia, for­ma­da á su vez por el ex­tremo de una línea que gi­ra al rede­dor de un pun­to. ¿Qué son to­das las demás cur­vas? líneas mar­cadas por el movimien­to de un pun­to con ar­reg­lo á una cier­ta ley de in­flex­ion. ¿Qué es la su­per­fi­cie? ¿no se en­gen­dra su idea con el movimien­to de una línea, así co­mo el sóli­do con el movimien­to de una su­per­fi­cie? ¿Qué son to­dos los ob­je­tos de la ge­ometría sino líneas, su­per­fi­cies y sóli­dos de varias es­pecies y con di­ver­sas com­bi­na­ciones?

La ar­it­méti­ca uni­ver­sal es una crea­cion del en­tendimien­to, ora la con­sid­er­emos en la ar­it­méti­ca propi­amente dicha, ora en el ál­ge­bra. El número es un con­jun­to de unidades; el en­tendimien­to es quien las re­une: el dos no es mas que uno mas uno, el tres es dos mas uno, y de es­ta suerte se for­man to­dos los val­ores numéri­cos, por con­sigu­iente las ideas ex­pre­si­vas de es­tos val­ores con­tienen una crea­cion de nue­stro es­píritu, son su obra, na­da encier­ran sino lo que él mis­mo ha puesto en el­las.

Ya se ha no­ta­do que el ál­ge­bra es una es­pecie de lengua­je. Sus re­glas tienen una parte de con­ven­cionales, y las fór­mu­las mas com­pli­cadas se re­suel­ven en un prin­ci­pio con­ven­cional. Tomem­os una muy sen­cil­la: $a^0=1$; ¿por qué? porque $a^0=a^{n-n}$; ¿por qué? La ra­zon es porque se ha con­venido en señalar la di­vi­sion por la res­ta de los espo­nentes; y de con­sigu­iente $\frac{a^n}{a^n}$ que ev­iden­te­mente es igual á uno; se puede ex­pre­sar por $\frac{a^n}{a^n}=a^{n-n}=a^0$.

[305.] Es­tas ob­ser­va­ciones pare­cen pro­bar que en re­al­idad es ver­dadero el sis­tema de Vi­co en lo que concierne á las matemáti­cas puras, es de­cir á una cien­cia del ór­den pu­ra­mente ide­al. Aunque tal vez po­dria en­sa­yarse lo mis­mo con rela­cion á otras cien­cias, por ejem­plo á la metafísi­ca, no lo haré, porque en salien­do de las matemáti­cas, ya es difí­cil en­con­trar un ter­reno donde no haya opin­iones op­ues­tas. Además, que en ha­bi­en­do man­ifes­ta­do has­ta qué pun­to es ad­mis­ible el sis­tema de Vi­co en las cien­cias matemáti­cas, quedarán tam­bi­en re­sueltas las di­fi­cul­tades que puede haber en lo que concierne á otros ramos.

[306.] El en­tendimien­to con­struye en un ór­den pu­ra­mente ide­al, es in­negable; y en es­to con­vienen to­das las es­cue­las. Nadie du­da de que la ra­zon supone, com­bi­na, com­para, de­duce: op­era­ciones que no pueden con­ce­birse sin una es­pecie de con­struc­cion in­telec­tu­al. En este ca­so el en­tendimien­to sabe lo que hace, porque su obra le es­tá pre­sente; cuan­do com­bi­na sabe lo que com­bi­na, cuan­do com­para y de­duce, sabe lo que de­duce y com­para, cuan­do es­tri­ba en cier­tas su­posi­ciones que él mis­mo ha es­table­ci­do, sabe en qué con­sis­ten, pues se apoya en el­las.

[307.] El en­tendimien­to conoce lo que hace, pero conoce mas de lo que hace; hay ver­dades que no son ni pueden ser su obra, pues que son el cimien­to de to­das sus obras: por ejem­plo el prin­ci­pio de con­tradic­cion. ¿Puede de­cirse que la im­posi­bil­idad de ser y no ser una cosa á un mis­mo tiem­po, sea obra de nues­tra ra­zon? nó cier­ta­mente. La ra­zon mis­ma es im­posi­ble si el prin­ci­pio no es­tá supuesto ya; el en­tendimien­to le en­cuen­tra en si pro­pio co­mo una ley ab­so­lu­ta­mente nece­saria, co­mo una condi­cion _sine qua non_ de to­dos sus ac­tos. Hé aquí fal­li­do el cri­te­rio de Vi­co: «el en­tendimien­to so­lo conoce la ver­dad que hace;» sin em­bar­go la ver­dad del prin­ci­pio de con­tradic­cion, el en­tendimien­to la conoce y no la hace.

[308.] Los he­chos de con­cien­cia son cono­ci­dos por la ra­zon, no ob­stante de que no son su obra. Es­tos he­chos á mas de es­tar pre­sentes á la con­cien­cia, son ob­je­to de las com­bi­na­ciones de la ra­zon; hé aquí otro ca­so en que fal­la el cri­te­rio de Vi­co.

[309.] Aun en las cosas que son obra pu­ra­mente in­telec­tu­al, el en­tendimien­to conoce lo que hace, pero no hace lo que quiere; de lo con­trario se­ria men­ester de­cir que las cien­cias son ab­so­lu­ta­mente ar­bi­trarias; en vez de los re­sul­ta­dos ge­ométri­cos que ten­emos aho­ra, po­dri­amos ten­er tan­tos otros cuan­tos son los hom­bres que pien­san en líneas, su­per­fi­cies y sóli­dos. ¿Es­to qué in­di­ca? que la ra­zon es­tá someti­da á cier­tas leyes, que sus con­struc­ciones es­tán lig­adas á condi­ciones de que no se puede pre­scindir: una de el­las es el prin­ci­pio de con­tradic­cion, al cual no se puede fal­tar nun­ca so pe­na de anon­adar to­do conocimien­to. Es ver­dad que se lle­ga á sacar el volú­men de una es­fera por medio de una se­rie de con­struc­ciones in­telec­tuales; pero yo pre­gun­to: ¿pueden dos en­tendimien­tos lle­gar á dos val­ores difer­entes? nó, es­to es ab­sur­do; seguirán quizás di­ver­sos caminos, ex­pre­sarán sus de­mostra­ciones y sus re­sul­ta­dos de dis­tin­tas man­eras, pero el val­or es el mis­mo; si hay difer­en­cia, hay er­ror por una ú otra parte.

[310.] Pro­fun­dizan­do la ma­te­ria se echa de ver que la con­struc­cion in­telec­tu­al de que nos habla Vi­co, es una cosa gen­eral­mente ad­mi­ti­da. Lo que hay de nue­vo en el sis­tema de este filó­so­fo son dos cosas, una bue­na y otra mala: la bue­na, es el haber in­di­ca­do una de las ra­zones de la certeza de las matemáti­cas y demás cien­cias de un ór­den pu­ra­mente ide­al; la mala es el haber ex­ager­ado el val­or de su cri­te­rio.

He di­cho que el sis­tema del filó­so­fo napoli­tano ex­presa­ba un he­cho gen­eral­mente re­cono­ci­do, mas que por su parte lo habia ex­ager­ado. No cabe du­da en que el en­tendimien­to crea en al­gun mo­do las cien­cias ide­ales ¿pero de qué man­era? nó de otra sino toman­do pos­tu­la­dos, y com­bi­nan­do los datos de varias man­eras. Aquí se aca­ba su fuerza cre­atriz; porque en es­os pos­tu­la­dos y en esas com­bi­na­ciones en­cuen­tra ver­dades nece­sarias que él no ha puesto.

¿Qué es el trián­gu­lo en el ór­den pu­ra­mente ide­al? una crea­cion del en­tendimien­to: él es quien dispone las líneas en for­ma tri­an­gu­lar, él es quien, sal­va esa mis­ma for­ma, la mod­ifi­ca de in­fini­tas man­eras. Has­ta aquí no hay mas que un pos­tu­la­do y difer­entes com­bi­na­ciones del mis­mo. Pero las propiedades del trián­gu­lo di­manan por ab­so­lu­ta necesi­dad de las condi­ciones del mis­mo pos­tu­la­do; es­tas propiedades el en­tendimien­to no las hace, las en­cuen­tra. El ejem­plo del trián­gu­lo es apli­ca­ble á to­da la ge­ometría; el en­tendimien­to toma un pos­tu­la­do, es­ta es su obra li­bre, con tal que no se pon­ga en lucha con el prin­ci­pio de con­tradic­cion; de este pos­tu­la­do di­manan con­se­cuen­cias ab­so­lu­ta­mente nece­sarias, in­de­pen­di­entes de la ac­cion in­telec­tu­al, que encier­ran una ver­dad ab­so­lu­ta cono­ci­da por el en­tendimien­to mis­mo. Por con­sigu­iente con re­spec­to á el­las, es fal­so el de­cir que las hace. Un hom­bre pone un cuer­po en tal dis­posi­cion que aban­don­ado á su gravedad cae al sue­lo; ¿es el hom­bre quien le da la fuerza de caer? nó por cier­to, sino la nat­uraleza. Lo que el hom­bre hace es pon­er la condi­cion ba­jo la cual la fuerza de gravedad pue­da pro­ducir sus efec­tos: des­de que la condi­cion ex­iste, la cai­da es in­evitable. Hé aquí una se­me­jan­za que man­ifi­es­ta con clar­idad y ex­ac­ti­tud lo que sucede en el ór­den pu­ra­mente ide­al: el en­tendimien­to pone las condi­ciones, pero de es­tas di­manan otras ver­dades, _no hechas_ por el en­tendimien­to, sino cono­ci­das; es­ta ver­dad es ab­so­lu­ta, es co­mo si di­jéramos la fuerza de gravedad en el ór­den de las ideas. Hé aquí deslin­da­do lo que hay de ad­mis­ible é in­ad­mis­ible en el sis­tema de Vi­co. Ad­mis­ible, la fuerza de com­bi­na­cion, he­cho gen­eral­mente re­cono­ci­do; in­ad­mis­ible, la ex­agera­cion de este he­cho ex­ten­di­do á to­das las ver­dades, cuan­do so­lo com­prende los pos­tu­la­dos en sus varias com­bi­na­ciones.

En las re­glas al­ge­brái­cas hay una parte de con­ven­cional, en cuan­to se re­fieren á la _ex­pre­sion_; porque es ev­idente que es­ta po­dria haber si­do difer­ente. Pero supues­ta la ex­pre­sion, el de­sar­rol­lo de las re­glas, no es con­ven­cional, sino nece­sario. En la mis­ma ex­pre­sion a^n/a^n, claro es que el número de ve­ces que la can­ti­dad a en­tra por fac­tor, po­dia haberse ex­pre­sa­do de in­fini­tas man­eras; pero supuesto que se ha adop­ta­do la pre­sente, no es con­ven­cional la regla sino ab­so­lu­ta­mente nece­saria; pues que sea cual fuere la ex­pre­sion, siem­pre es cier­to que la di­vi­sion de una can­ti­dad por sí mis­ma con dis­tin­tos ex­po­nentes, da por re­sul­ta­do la dis­min­ucion del número de ve­ces que en­tra por fac­tor; lo que se sig­nifi­ca por la res­ta de los ex­po­nentes; y por tan­to, si el número de ve­ces es igual en el div­iden­do y en el di­vi­sor, el re­sul­ta­do ha de ser = 0. Por donde se echa de ver, que aun en el ál­ge­bra, lo que hace el en­tendimien­to es pon­er las condi­ciones, y ex­pre­sar­las co­mo mejor le parece: mas aquí con­cluye su obra li­bre, pues de es­tas condi­ciones re­sul­tan ver­dades nece­sarias; él no las hace, so­lo las conoce.

El méri­to de Vi­co en este pun­to con­siste en haber emi­ti­do una idea muy lu­mi­nosa so­bre la causa de la may­or certeza en las cien­cias pu­ra­mente ide­ales. En es­tas el en­tendimien­to pone él pro­pio las condi­ciones ba­jo las cuales ha de lev­an­tar el ed­ifi­cio; él es­coge por de­cir­lo así el ter­reno, for­ma el plan, y lev­an­ta las con­struc­ciones con ar­reg­lo á este; en el ór­den re­al este ter­reno lo es pre­vi­amente señal­ado, así co­mo el plan del ed­ifi­cio y los ma­te­ri­ales con que lo ha de lev­an­tar. En am­bos ca­sos es­tá someti­do á las leyes gen­erales de la ra­zon; pero con la difer­en­cia de que en el ór­den pu­ra­mente ide­al, ha de aten­der á esas leyes y á na­da mas; pero en el re­al, no puede pre­scindir de los ob­je­tos con­sid­er­ados en sí, y es­tá con­de­na­do á sufrir to­dos los in­con­ve­nientes que por su nat­uraleza le ofre­cen. Aclare­mos es­tas ideas con un ejem­plo. Si quiero de­ter­mi­nar la rela­cion de los la­dos de un trián­gu­lo ba­jo cier­tas condi­ciones, me bas­ta supon­er­las y aten­erme á el­las; el trián­gu­lo ide­al es en mi en­tendimien­to una cosa en­ter­amente ex­ac­ta y además fi­ja: si le supon­go isósce­les con la rela­cion de los la­dos á la base co­mo de cin­co á tres, es­ta ra­zon es ab­so­lu­ta, in­mutable, mien­tras yo no al­tere el supuesto; en to­das las op­era­ciones que ha­ga so­bre es­tos datos puedo en­gañarme en el cál­cu­lo, pero el er­ror no proven­drá de la in­ex­ac­ti­tud de los datos. El en­tendimien­to conoce bi­en, porque lo cono­ci­do es su mis­ma obra. Si el trián­gu­lo no es pu­ra­mente ide­al sino re­al­iza­do so­bre el pa­pel ó en el ter­reno, el en­tendimien­to vac­ila; porque las condi­ciones que él fi­ja con to­da ex­ac­ti­tud en el ór­den ide­al, no pueden ser trasladadas de la mis­ma man­era al ór­den re­al: y aun cuan­do lo fue­sen, el en­tendimien­to carece de medios para apre­cia­rlo. Hé aquí por qué dice Vi­co con mucha ver­dad, que nue­stros conocimien­tos pier­den en certeza á pro­por­cion que se ale­jan del ór­den ide­al y se en­gol­fan en la re­al­idad de las cosas.

[311.] Dugald Stew­ard se aprovecharia prob­able­mente de es­ta doc­tri­na de Vi­co al ex­plicar la causa de la may­or certeza de las cien­cias matemáti­cas. Dice que es­ta no se fun­da en los ax­iomas sino en las defini­ciones; es de­cir que con cor­ta difer­en­cia, viene á parar al sis­tema del filó­so­fo napoli­tano de que las matemáti­cas son las cien­cias mas cier­tas, porque son una con­struc­cion in­telec­tu­al fun­da­da en cier­tas condi­ciones que el mis­mo en­tendimien­to pone, y que es­tán ex­pre­sadas por la defini­cion.

[312.] Es­ta difer­en­cia en­tre el ór­den pu­ra­mente ide­al y el re­al no se habia es­capa­do á los filó­so­fos es­colás­ti­cos. Era co­mun en­tre el­los el di­cho de que de los con­tin­gentes y par­tic­ulares no hay cien­cia, que las cien­cias so­lo son de las cosas nece­sarias y uni­ver­sales: susti­tu­id á la pal­abra con­tin­gente la de re­al, pues to­da re­al­idad fini­ta es con­tin­gente; en vez de uni­ver­sal poned ide­al, pues lo pu­ra­mente ide­al es to­do uni­ver­sal; y en­con­traréis ex­pre­sa­do lo mis­mo con dis­tin­tas pal­abras. Difí­cil es deslin­dar has­ta qué pun­to se hayan aprovecha­do los filó­so­fos mod­er­nos de las doc­tri­nas de los es­colás­ti­cos en lo to­cante á la dis­tin­cion en­tre los conocimien­tos puros y los em­píri­cos; pero lo cier­to es que en las obras de los es­colás­ti­cos se hal­lan so­bre es­tas cues­tiones, pasajes suma­mente lu­mi­nosos. No fuera ex­traño que hu­biesen si­do lei­dos por al­gunos mod­er­nos, par­tic­ular­mente por los ale­manes, cuya la­bo­riosi­dad es prover­bial, es­pe­cial­mente en lo que to­ca á las ma­te­rias de eru­di­cion (XXVII).

CAPÍ­TU­LO XXXII.

CRI­TE­RIO DEL SEN­TI­DO CO­MUN.

[313.] _Sen­ti­do co­mun_, hé aquí una ex­pre­sion suma­mente va­ga. Co­mo to­das las ex­pre­siones que encier­ran muchas y difer­entes ideas, la de sen­ti­do co­mun debe ser con­sid­er­ada ba­jo dos as­pec­tos, el de su val­or eti­mológi­co, y el de su val­or re­al. Es­tos dos val­ores no siem­pre son idén­ti­cos: á ve­ces dis­crepan muchísi­mo; pero aun en su dis­crep­an­cia, sue­len con­ser­var ín­ti­mas rela­ciones. Para apre­ciar de­bida­mente el sig­nifi­ca­do de ex­pre­siones se­me­jantes, es pre­ciso no lim­itarse al sen­ti­do filosó­fi­co y no des­deñarse del vul­gar. En este úl­ti­mo hay con fre­cuen­cia una filosofía pro­fun­da, porque en tales ca­sos el sen­ti­do vul­gar es una es­pecie de sed­imen­to pre­cioso que ha de­ja­do so­bre la pal­abra el trán­si­to de la ra­zon por es­pa­cio de mu­chos sig­los. Sucede á menudo que en­ten­di­do y anal­iza­do el sen­ti­do vul­gar, es­tá fi­ja­do el sen­ti­do filosó­fi­co, y se re­suel­ven con fa­cil­idad suma las cues­tiones mas in­trin­cadas.

[314.] Es no­table que aparte los sen­ti­dos cor­po­rales, haya otro cri­te­rio lla­ma­do sen­ti­do co­mun. _Sen­ti­do_; es­ta pal­abra ex­cluye la re­flex­ion, ex­cluye to­do raciocinio, to­da com­bi­na­cion na­da de es­to tiene cabi­da en el sig­nifi­ca­do de la pal­abra _sen­tir_. Cuan­do sen­ti­mos, el es­píritu mas bi­en se hal­la pa­si­vo que ac­ti­vo; na­da pone de sí pro­pio; no da, recibe; no ejerce una ac­cion, la sufre. Este análi­sis nos con­duce á un re­sul­ta­do im­por­tante, el sep­arar del sen­ti­do co­mun to­do aque­llo en que el es­píritu ejerce su ac­tivi­dad, y el fi­jar uno de los car­ac­téres de este cri­te­rio, cual es, el que con re­spec­to á él, no hace mas el en­tendimien­to que some­terse á una ley que siente, á una necesi­dad in­stin­ti­va que no puede de­cli­nar.

[315.] _Co­mun_: es­ta pal­abra ex­cluye to­do lo in­di­vid­ual, é in­di­ca que el ob­je­to del sen­ti­do co­mun es gen­er­al á to­dos los hom­bres.

Los sim­ples he­chos de con­cien­cia son de sen­ti­do, mas nó de sen­ti­do co­mun; el es­píritu los siente pre­scin­di­en­do de la ob­je­tivi­dad y de la gen­er­al­idad; lo que ex­per­imen­ta en sí pro­pio es ex­pe­ri­en­cia ex­clu­si­va­mente suya, na­da tiene que ver con la de los demás.

En la pal­abra co­mun, se sig­nifi­ca que los ob­je­tos de este cri­te­rio lo son para to­dos los hom­bres, y de con­sigu­iente se re­fieren al ór­den ob­je­ti­vo; pues que lo pu­ra­mente sub­je­ti­vo, co­mo tal, se ciñe á la in­di­vid­ual­idad, en na­da afec­ta á la gen­er­al­idad. Es­ta ob­ser­va­cion es tan ex­ac­ta que en el lengua­je or­di­nario jamás se lla­ma op­uesto al sen­ti­do co­mun un fenó­meno in­te­ri­or por ex­trav­agante que sea, con tal que se ex­prese sim­ple­mente el fenó­meno y se pre­scin­da de su rela­cion al ob­je­to. A un hom­bre que dice, yo ex­per­imen­to tal ó cual sen­sa­cion, me parece que veo tal ó cual cosa, no se le opone el sen­ti­do co­mun; pero si dice: tal cosa es de tal man­era, si la aser­cion es ex­trav­agante, se le ob­je­ta: es­to es con­trario al sen­ti­do co­mun.

[316.] Yo creo que la ex­pre­sion, sen­ti­do co­mun, sig­nifi­ca una ley de nue­stro es­píritu, difer­ente en apari­en­cia se­gun son difer­entes los ca­sos á que se apli­ca, pero que en re­al­idad y á pe­sar de sus mod­ifi­ca­ciones, es una so­la, siem­pre la mis­ma, y con­siste en una in­cli­na­cio nat­ural de nue­stro es­píritu á dar su asen­so á cier­tas ver­dades, no at­es­tiguadas por la con­cien­cia, ni de­mostradas por la ra­zon; y que to­dos los hom­bres han men­ester para sat­is­fac­er las necesi­dades de la vi­da sen­si­ti­va, in­telec­tu­al ó moral.

Poco im­por­ta el nom­bre si se con­viene en el he­cho; sen­ti­do co­mun, sea ó nó la ex­pre­sion mas ade­cua­da para sig­nifi­car­le, es cues­tion de lengua­je, nó de filosofía. Lo que debe­mos hac­er es ex­am­inar si en efec­to ex­iste es­ta in­cli­na­cion de que hablam­os, ba­jo qué for­mas se pre­sen­ta, á qué ca­sos se apli­ca y has­ta qué pun­to y en qué gra­do puede ser con­sid­er­ada co­mo cri­te­rio de ver­dad.

En la com­pli­ca­cion de los ac­tos y fac­ul­tades de nue­stro es­píritu, y en la muchedum­bre y di­ver­si­dad de ob­je­tos que se le ofre­cen, claro es que dicha in­cli­na­cion no puede pre­sen­tarse siem­pre con el mis­mo carác­ter y que ha de sufrir varias mod­ifi­ca­ciones, ca­paces de hac­er­la con­sid­er­ar co­mo un he­cho dis­tin­to, aunque en re­al­idad no sea mas que el mis­mo, trans­for­ma­do de la man­era con­ve­niente. El mejor medio de evi­tar la con­fu­sion de ideas, es deslin­dar los var­ios ca­sos en que tiene cabi­da el ejer­ci­cio de es­ta in­cli­na­cion.

[317.] Des­de luego la en­con­tramos con re­spec­to á las ver­dades de ev­iden­cia in­medi­ata. El en­tendimien­to no las prue­ba ni las puede pro­bar, y sin em­bar­go nece­si­ta asen­tir á el­las so pe­na de ex­tin­guirse, co­mo una luz que carece de pábu­lo. Para la vi­da in­telec­tu­al es condi­cion in­dis­pens­able la pos­esion de una ó mas ver­dades prim­iti­vas; sin el­las la in­teligen­cia es un ab­sur­do. Nos en­con­tramos pues con un ca­so com­pren­di­do en la defini­cion del sen­ti­do co­mun: im­posi­bil­idad de prue­ba; necesi­dad in­telec­tu­al que se ha de sat­is­fac­er con el asen­so; ir­re­sistible y uni­ver­sal in­cli­na­cion á di­cho asen­so.

¿Hay al­gun in­con­ve­niente en dar á es­ta in­cli­na­cion el nom­bre de sen­ti­do co­mun? por mi parte no dis­putaré de pal­abras, con­signo el he­cho, y no nece­si­to na­da mas en el ter­reno de la filosofía. Con­ven­go en que al tratarse de la ev­iden­cia in­medi­ata, la in­cli­na­cion al asen­so no suele lla­marse sen­ti­do co­mun: es­to no carece de ra­zon. Para que se aplique con propiedad el nom­bre de _sen­ti­do_, es nece­sario que el en­tendimien­to mas bi­en sien­ta que conoz­ca, y en la ev­iden­cia in­medi­ata mas bi­en conoce que siente. Co­mo quiera, repi­to que el nom­bre na­da im­por­ta, aunque no se­ria difí­cil en­con­trar al­gun au­tor grave que ha da­do al cri­te­rio de ev­iden­cia el tí­tu­lo de sen­ti­do co­mun; lo que de­seo es consignar esa ley de nues­tra nat­uraleza que nos in­cli­na á dar asen­so á cier­tas ver­dades, in­de­pen­di­entes de la con­cien­cia y del raciocinio.

No es so­lo la ev­iden­cia in­medi­ata, la que tiene en su fa­vor la ir­re­sistible in­cli­na­cion de la nat­uraleza; lo pro­pio se ver­ifi­ca en la me­di­ata. Nue­stro en­tendimien­to asiente por necesi­dad, no so­lo á los primeros prin­ci­pios, sí que tam­bi­en á to­das las proposi­ciones en­lazadas clara­mente con el­los.

[318.] Es­ta nat­ural in­cli­na­cion al asen­so, no se limi­ta al val­or sub­je­ti­vo de las ideas, se ex­tiende tam­bi­en al ob­je­ti­vo. Ya se ha vis­to que esa ob­je­tivi­dad tam­poco es de­mostra­ble di­rec­ta­mente y _á pri­ori_, no ob­stante que la nece­si­ta­mos. Si nues­tra in­teligen­cia no se ha de lim­itar á un mun­do pu­ra­mente ide­al y sub­je­ti­vo, es pre­ciso que no so­lo sep­amos que las cosas nos _pare­cen_ tales con ev­iden­cia in­medi­ata ó me­di­ata, sino que _son_ en re­al­idad co­mo nos pare­cen. Hay pues necesi­dad de asen­tir á la ob­je­tivi­dad de las ideas, y nos hal­lam­os con la ir­re­sistible y uni­ver­sal in­cli­na­cion á este asen­so.

[319.] Lo di­cho de la ev­iden­cia me­di­ata é in­medi­ata con re­spec­to al val­or ob­je­ti­vo de las ideas, tiene lu­gar no so­lo en el ór­den pu­ra­mente in­telec­tu­al sino tam­bi­en en el moral. El es­píritu, dota­do co­mo es­tá de lib­er­tad, ha men­ester re­glas para di­ri­girse; si los primeros prin­ci­pios in­telec­tuales son nece­sar­ios para cono­cer, no lo son menos los morales para quer­er y obrar; lo que son para el en­tendimien­to la ver­dad y el er­ror, son para la vol­un­tad el bi­en y el mal. A mas de la vi­da del en­tendimien­to, hay la vi­da de la vol­un­tad; aquel se anon­ada si carece de prin­ci­pios en que pue­da es­trib­ar; es­ta perece tam­bi­en co­mo ser moral, ó es una mon­stru­osi­dad in­con­ce­bible, si no tiene ningu­na regla cuya ob­ser­van­cia ó que­bran­tamien­to con­sti­tuya su per­fec­cion ó im­per­fec­cion. Hé aquí otra necesi­dad del asen­so á cier­tas ver­dades morales, y hé aquí por qué en­con­tramos tam­bi­en esa ir­re­sistible y uni­ver­sal in­cli­na­cion al asen­so.

Y es de no­tar, que co­mo en el ór­den moral no bas­ta cono­cer, sino que es nece­sario obrar, y uno de los prin­ci­pios de ac­cion es el sen­timien­to, las ver­dades morales no so­lo son cono­ci­das sino tam­bi­en sen­ti­das: cuan­do se ofre­cen al es­píritu, el en­tendimien­to asiente á el­las co­mo á in­con­cusas, y el cora­zon las abraza con en­tu­si­as­mo y con amor.

[320.] Las sen­sa­ciones con­sid­er­adas co­mo pu­ra­mente sub­je­ti­vas, tam­poco bas­tan para las necesi­dades de la vi­da sen­si­ti­va. Es pre­ciso que es­te­mos se­guros de la cor­re­spon­den­cia de nues­tras sen­sa­ciones con un mun­do ex­te­ri­or, nó pu­ra­mente fenom­enal, sino re­al y ver­dadero. El co­mun de los hom­bres no posee ni la ca­paci­dad ni el tiem­po que son men­ester para ven­ti­lar las cues­tiones filosó­fi­cas so­bre la ex­is­ten­cia de los cuer­pos, y de­cidirlas en pro ó en con­tra de Berke­ley y sus se­cuaces: lo que nece­si­ta es es­tar en­ter­amente se­guro de que los cuer­pos ex­is­ten, de que las sen­sa­ciones tienen en re­al­idad un ob­je­to ex­ter­no. Es­ta se­guri­dad la poseen to­dos los hom­bres, as­in­tien­do á la ob­je­tivi­dad de las sen­sa­ciones, es­to es, á la ex­is­ten­cia de los cuer­pos, con asen­so ir­re­sistible.

[321.] La fe en la au­tori­dad hu­mana nos ofrece otro ca­so de este in­stin­to ad­mirable. El in­di­vid­uo y la so­ciedad nece­si­tan esa fe; sin el­la, la so­ciedad y la fa­mil­ia se­ri­an im­posi­bles; el mis­mo in­di­vid­uo es­taria con­de­na­do al ais­lamien­to, y por tan­to á la muerte. Sin la fe en la pal­abra del hom­bre, el lina­je hu­mano de­sa­pare­ce­ria. Es­ta creen­cia tiene dis­tin­tos gra­dos se­gun las difer­entes cir­cun­stan­cias, pero ex­iste siem­pre; el hom­bre se in­cli­na á creer al hom­bre por un in­stin­to nat­ural. Cuan­do son mu­chos los hom­bres que hablan, y no tienen con­tra sí otros que hablan en sen­ti­do op­uesto, la fuerza de la in­cli­na­cion es may­or á pro­por­cion que es may­or el número de los tes­ti­gos, has­ta lle­gar á un pun­to en que es ir­re­sistible: ¿quién du­da de que ex­iste Con­stantino­pla? y sin em­bar­go los mas, so­lo lo sabe­mos por la pal­abra de otros hom­bres.

¿En qué se fun­da la fe en la au­tori­dad hu­mana? las ra­zones filosó­fi­cas que se pueden señalar no las conoce el co­mun de los hom­bres; mas por es­to su fe no de­ja de ser igual­mente vi­va que la de los filó­so­fos. ¿Cuál es la causa? es que hay una necesi­dad, y á su la­do el in­stin­to para sat­is­fac­er­la; el hom­bre nece­si­ta creer al hom­bre, y le cree. Y nótese bi­en, cuan­to may­or es la necesi­dad tan­to may­or es la fe: los muy ig­no­rantes, los im­bé­ciles, creen to­do lo que se les dice; su guia es­tá en los demás hom­bres y el­los la siguen á cie­gas; el tier­no niño que na­da conoce por sí pro­pio, cree con ab­so­lu­to aban­dono las may­ores ex­trav­agan­cias; la pal­abra de cuan­tos le rodean es para él un in­fal­ible cri­te­rio de ver­dad.

[322.] A mas de los primeros prin­ci­pios in­telec­tuales y morales, de la ob­je­tivi­dad de las ideas y sen­sa­ciones, y del val­or de la au­tori­dad hu­mana, nece­si­ta el hom­bre el asen­so in­stan­tá­neo á cier­tas ver­dades que, si bi­en con la ayu­da del tiem­po po­dria de­mostrar, no le es per­mi­ti­do hac­er­lo, aten­di­do el mo­do re­penti­no con que se le ofre­cen, exigien­do for­ma­cion de juicio y á ve­ces ac­cion. Para to­dos es­tos ca­sos hay una in­cli­na­cion nat­ural que nos im­pele al asen­so.

De aquí di­mana el que juzgue­mos in­stin­ti­va­mente por im­posi­ble ó poco menos que im­posi­ble, obten­er un efec­to de­ter­mi­na­do por una com­bi­na­cion fortúi­ta: por ejem­plo el for­mar una pági­na de Vir­gilio ar­ro­jan­do á la aven­tu­ra al­gunos car­ac­téres de im­prenta; el dar en un blan­co pe­queñísi­mo sin apun­tar há­cia él, y otras cosas se­me­jantes. ¿Hay aquí una ra­zon filosó­fi­ca? cier­ta­mente; pero no es cono­ci­da del vul­go. Es­ta ra­zon se ev­iden­cia en la teoría de las prob­abil­idades, y es una apli­ca­cion in­stin­ti­va del prin­ci­pio de causal­idad y de la nat­ural oposi­cion de nue­stro en­tendimien­to á supon­er efec­to cuan­do no hay causa, ór­den cuan­do no hay in­teligen­cia or­de­nado­ra.

[323.] En la vi­da hu­mana son nece­sar­ios en in­fini­tos ca­sos los ar­gu­men­tos de analogía; ¿có­mo sabe­mos que el sol sal­drá mañana? por las leyes de la nat­uraleza. ¿Có­mo sabe­mos que con­tin­uarán rigien­do? claro es que al fin hemos de parar á la analogía: s